Historia y Arqueología Marítima  HOME

DE LA SELVA A LOS ANDES - ACCIDENTES DE AVIACIÓN

PERDIDO EN MEDIO DE LA TORMENTA
Un DC-3 siniestrado y las sospechas de espionaje y alta traición

 

Por Federico B. Kirbus, Buenos Aires

Drama en la Espesur del Mato Grosso Un Panzazo en La Brava Los Papelitos Verdes Perdido en medio de la tomenta De Mejicaneadas y otras Felonías

 Accidentes de aviación los hubo desde el momento mismo de iniciarse la actividad aeronáutica. La lucha eterna contra la gravedad, lucha que invariablemente ganará la fuerza elemental. Como que también se “descubrió” desde muy temprano que el aeroplano era un vehículo ideal para contrabandear. Tanto es así que ya en el remoto 1922, un 21 de marzo,  en un avión Airco RAF de 90 HP llegado de Montevideo a Buenos Aires y piloteado por Shirley Kingsley se halló un cargamento de alcaloides envasados en 376 frasquitos, además de 500 termómetros. Desde entonces y con mil matices la historia se fue – y continúa – repitiendo.

Por otro lado lo dramático, lo trágico y lo cómico nunca están divorciados. Como en el presente caso. Es justamente el del avión que se estrelló contra el cerro La Estrella, en inmediaciones del Mercedario, en San Juan.

Promediaba junio de 1938. Del antiguo aeropuerto Los Cerrillos en Santiago de Chile con buen tiempo había salido un DC-3 de Panagra, avión correo con tres tripulantes norteamericanos y un oficial de ruta chileno. La máquina se dirigía al Norte con correspondencia (también procedente de Buenos Aires) para Arica y Lima.

A las 10.45 de ese día se recibió en Santiago un mensaje radiotelegráfico: “Desviamos ruta por mal tiempo; fuerte temporal al frente; vamos a Argentina. Tratamos pasar la Cordillera.” Y a las 11: “Atención, Cerrillos: Temporal aumenta. Vientos de 150 km/h. Volamos cerca (del) Mercedario”.   

Después, nada. Nunca más. De inmediato se inició una amplia búsqueda que resultó infructuosa. El avión correo NC 3 de Pan American Grace Airways permanecía extraviado. Luego surgiría la pregunta de por qué no desviaron hacia alta mar en vez de enfrentar el macizo andino, pero tal vez sobre el Pacífico el tiempo era aún peor.

Casi dos años después, en mayo de 1940, en la alta montaña un pastor halló los restos en circunstancias fortuitas. Pero ya había comenzado el invierno y se decidió postergar el rescate hasta fines de enero de 1941. Una patrulla chilena subió entonces al paraje Los Erizos, al Norte del yacimiento de cobre El Pachón. Los restos se encontraban sobre una ladera del cerro La Estrella (4720 metros), unos 40 kilómetros al Nornoroeste del Mercedario y alrededor de 20 kilómetros dentro de territorio argentino.

Cuatro días después de los chilenos, el 2 de febrero, alcanza el lugar Ricardo Faltis, el personaje principal de esta historia.

 

Los restos del DC-3 de Panagra en el cerro La Estrella, en San Juan,  causa de una curiosa historia de espionaje y alta traición 

Ricardo A. Faltis era un alemán que vivía en Barreal (San Juan) y trabajaba para la Dirección Provincial de Irrigación colocando nivómetros y registrando las precipitaciones. Conocía la Cordillera sanjuanina al dedillo.

Apenas había desaparecido, Faltis ya había recibido un telegrama con la orden de buscar el aparato. Cuando por fin es localizado, recorre 240 kilómetros a pie y a mula y llega poco después que la patrulla de rescate chilena. Estos habían retirado los restos más importantes, pero igualmente Faltis pudo recuperar fajos de correspondencia y otros elementos diseminados en los alrededores.

Puesto que ya conocía el sitio y cómo llegar, Faltis pidió permiso por escrito tanto a la Aduana argentina como a Panagra en Buenos Aires para retirar y recuperar lo que pudiera del aluminio, que debido a la guerra era escaso. Se acordó que abonaría 30 centavos por kilo, material que en sucesivos y penosos viajes acarreó en considerable cantidad hasta su vivienda en Barreal, donde lo fue depositando en el jardín.

Un trabajo de buey y de hormiga a la vez. Porque si bien específicamente liviano, también el aluminio pesa (2,7 a 1). Poco a poco fue creciendo la parva de piezas retorcidas de metal.

Pero semejante cosa no podía dejar de llamar la atención de la “utoridá” local. Justo el 28 de diciembre de 1943, día de los Santos Inocentes, Faltis recibe la visita de un sargento gordo acompañado por un furriel para requisar su vivienda. No hay orden judicial, pero conjeturas fundadas.  

  

Foto documental tomada meses después del  accidente del DC-3  en la Cordillera  (Fotos de Ricardo Faltis) 

Todo indicaba que aquí, en este tranquilo valle precordillerano, un espía alemán hacía de las suyas para apoyar desde esa posición estratégica el Eje en perjuicio de los Aliados.

Durante la inspección de la vivienda la comisión policial se instala en el living, efectúa un relevamiento minucioso de toda la vivienda y comienza a hallar cosas sospechosas. Muy sospechosas.

En la extensa acta que se labra en el procedimiento, carilla tras carilla se van sucediendo apuntes que podrían haber sido del Agente 007 o del famoso Cícero de la Segunda Guerra Mundial. Así, línea tras línea, según la constancia mecanografiada de los uniformados, se va registrando textualmente:

+Un rollo de papel milimetrado para levantar planos

+Dos mapas ilustrativos de la Cordillera de los Andes de San Juan

+Una cajita conteniendo placas fotográficas Agfa; otra, de Kodak

+Un frasquito con la inscripción “Veneno”

+Dos libretas de apuntes

+Un álbun conteniendo 735 fotografías

... y así por el estilo cientos y cientos de renglones y rubros: carpetas, sobres, cuadernos, blocks de apuntes, biblioratos, fotos, películas, pegamento, lápices y lapiceras, lupas, tijeras, incluso

+Una libretita con título en la tapa “Dónde está”.

Y más fotografías, y rollos, y negativos, tintas, químicos y mapas, y cartas, hasta que... bueno, hasta que de pronto al sargento gordo se le comienza a nublar la vista y entrecortar la respiración. Porque allí arriba, en el último rincón sobre un armario, lee por fin lo que más ansiosamente estuvo buscando para confirmar la sospecha de sabotaje: entre rollos de papeles y recortes de diarios asoma, impreso en una caja de cartón, una palabra delatora: “BOMB...”.

¡Bombas en la Cordillera! ¡Alta traición! ¡Espionaje en pleno conflicto bélico protagonizado por un ciudadano germano viviendo en forma encubierta como pacífico empleado en este soñoliento valle! ¡Peligro de un inminente atentado!

El sargento, estirándose hasta donde sus cortas piernas y su obesa figura lo permiten, alcanza extraer, con extremo cuidado, la caja sospechosa. Y en letras mayúsculas estampa con la máquina en el acta lo que acaba de descubrir:

+ UNA CAJA VACÍA CON LA INSCRIPCIÓN “BOMBONERÍA ALEMANA”

Ante tanta y tan convincente evidencia se incauta acto seguido todo el material de Faltis: libretas, ficheros, apuntes, planos, fotografías, estadísticas, registros, placas, películas, documentos. Y se retira de paso parte del aluminio traído de la alta montaña.

En un viaje posterior a Buenos Aires para aclarar la situación y recuperar sus pertenencias  aparece en las tramitaciones de Faltis también el entonces Ministro de Guerra, un tal coronel Perón, como interesado en confiscar el material de la máquina a fin de aprovechar lo que se pudiera para la propia e incipiente industria aeronáutica.

Para Ricardo A. Faltis, que luego armaría en su casa de San Juan la biblioteca y el archivo más completo de montañismo de la Argentina, el episodio con todas las diligencias y trámites burocráticos termina recién en 1946 con un gasto personal para él de 2.976 pesos m/n. Todo por haber ido en busca de un avión siniestrado y haber despertado las sospechas de la utoridá.

Algunos sobres franqueados y cartas chamuscadas de las que se rescataron del DC-3 correo pueden verse cada tanto en las exposiciones filatélicas. Pocos conocen la historia detrás de los sobres achicharrados. 

 
 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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