Historia y Arqueología Marítima

 

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ACADEMIA URUGUAYA DE HISTORIA MARITIMA Y FLUVIAL

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LA  PRINCIPAL  INFLUENCIA DE LAS INVASIONES  INGLESAS EN  LOS  PUEBLOS ORIENTALES 

Por: Licenciado LUIS VICTOR ANASTASIA  Publicado en Ciclo de Conferencias año 2007

Indice Introducción La Marina inglesa antes de Trafalgar La Real Armada Española en Trafalgar

El Comando en el Mar

El Combate de Trafalgar Enfermedades y muerte de Lord. Horatio Nelson El legado de un marino español que combatió en Trafalgar
Un testigo de la Batalla de Trafalgar en Uruguay Consecuencias Geoestratégicas de Trafalgar Antecedentes previos a las Invasiones Inglesas 1806: Montevideo hacia la Reconquista de Buenos Aires
¡Culpables! ….. de la Reconquista

Médicos y Medicina en las Invasiones Inglesas

The Southern Star, el primer periódico montevideano La toma de Montevideo por los británicos en el periódico londinense “The Times”
Colonia bajo bandera británica La principal influencia de las Invasiones Inglesas en los Pueblos Orientales Fe y Cultura en las Invasiones Inglesas Las Invasiones Inglesas: balances y perspectivas

 

 Las incesantes batallas en ambas márgenes del Plata entre las fuerzas navales y de tierra de las grandes expediciones invasoras británicas con las fuerzas regulares y populares de la región de ambas orillas, de un extremo al otro del Río de la Plata, son para mí la verdadera Batalla del Río de la Plata, y no la así denominada a causa del combate librado entre un acorazado alemán y destructores británicos en 1939.

En las primeras intervinieron, de Este a Oeste del Virreinato, y de Norte a Sur, la mayor cantidad de combatientes que se había conocido hasta entonces, en una proporción y con una intensidad de sentimientos que sólo pudieron darse en los años inmediatos siguientes cuando estaban en curso las revoluciones armadas contra la Corona española.

El historiador Francisco Bauzá, por tantos conceptos uno de nuestros más grandes clásicos aún actuales, en el Libro VII de su “Historia de la Dominación española en el Uruguay”, ed. De 1929, pág. 387, dijo que “el pueblo de Montevideo, con presentimientos y vistas de otra magnitud (ante la toma de Buenos de Aires por los ingleses), debía tomar por sí, iniciativas de mayor alcance. En las calles, plazas y atrios de sus templos, lo mismo que en todo centro particular o público de reunión habitual, a raíz de conocida la invasión inglesa, ya se discutía la eventualidad de la reconquista de Buenos Aires como un deber de honra impuesto por las circunstancias. Uniformada la opinión a este respecto, todo derroche de tiempo parecía inoficioso. Dinero, soldados y buques era lo imprescindible para asegurar a Montevideo contra cualquier tentativa y reconquistar la Capital, y ése fue el tema debatido. Los vecinos convinieron en imponerse una cuota mensual durante la guerra, destinada a levantar el sueldo de las tropas de  línea y facilitar el enrolamiento voluntario en campaña, con oferta de 10 pesos mensuales a los paisanos que se presentasen sin caballo, y 12 pesos a los que lo trajesen consigo, a más de la ración de carne y yerba-mate para unos y otros.

Simultáneamente con estas reuniones de vecinos, se verificaban otras de militares y hombres de mar. Una de ellas tuvo efecto en el patio principal del convento de S. Francisco, componiéndola varios oficiales de las cañoneras destinadas a la policía del puerto, y algunos capitanes y pilotos mercantes. De tan espontáneo movimiento de opinión resultó, que en 1º. d Julio se ofrecieran a hacer por sí mismo la reconquista de Buenos Aires, si Ruiz Huidobro les franqueaba 12 lanchas tripuladas por 50 hombres cada una…” Bauzá nombra a quienes tenían las lanchas bajo su mando.

Luego escribe esto que me parece de mucha importancia, y que marca aspectos muy hondos de la visión que tiene Bauzá de lo que está historiando, al mismo tiempo que define una vez más la naturaleza del campo historiable que muestra en  su obra, que es para él la historia misma en su claro aparecer según surge de la documentación que tiene ante sus ojos.

Nos debiera ser evidente que Bauzá imprime a su historiar lo más necesario para que exprese la historia misma de lo que está estudiando.

Dice esto: “Ruiz Huidobro, enfermo y perplejo entre sus deberes de obediencia y la ansiedad de no malograr una explosión patriótica que abría horizontes inesperados a toda tentativa audaz, se había reconcentrado en el silencio” (ib. Pág. 387).

La interpretación de Bauzá me parece que es la siguiente: Ruiz Huidobro soporta una enfermedad, que había de producirle dificultades físicas, más el dolor espiritual de verse impedido, aunque su lucha personal se realiza contra su debilidad. También soporta una tensión interior, una especie de conflicto que Bauzá define: está perplejo. ¿Ante qué? Ante lo que debe hacer. ¿Debe dejar que siga su curso la explosión popular que crece ante sus ojos y que desborda toda previsión y aún todo mando, o debe seguir lo que le dice su conciencia militar y gubernativa, es decir, encauzar las energías que surgen de todas partes y ponerlas dentro de las pautas de un  poder central que las encauce  con la disciplina y la cadena de mandos?

Bauzá ve que esa energía, a la que define como explosión patriótica que abre horizontes inesperados a toda tentativa audaz, se impone de tal modo a la conciencia y a la inteligencia o al instinto del Gobernador, que éste prefiere hacer silencio, incluso obstinado, ante el patriotismo explosivo que hace salir recursos de todas partes, espontáneamente, que los ofrece en dinero, en materiales, en ganado y caballadas, con sus  vidas, con sus regimientos que forman por origen de patria y por oficios, silencio para no interferir, para no obstaculizar con prerrogativas e iniciativas de mando, lo que la gente hace por su propia inspiración.

La lectura, hoy, de los documentos que muestran, siempre vívidamente, la capacidad de resistencia, de lucha denodada hasta la muerte, de ponerlo todo en el tablero, de diversas formas de inteligencia táctica y estratégica para correr en todas las direcciones geográficas imaginables hacia los ingleses, primero para la reconquista de Buenos Aires y luego para la defensa de los territorios, pueblos, ciudades y casas de este suelo, arrastra nuestra imaginación y le da la visión, muy pálida y muy incompleta sin duda, de aquella efervescencia volcánica y a la vez de búsqueda de la mayor eficiencia para emplearla con el máximo de su fuerza allí donde estuvieran los ingleses o donde podía suponerse que estarían.

La atmósfera y el ritmo de combate continuo surge de los papeles que leemos hoy, como surge de su uso, al resumirlos o al citarlos, que hacen de ellos los historiadores y cronistas que los estudiaron en el pasado, o siguen haciéndolo hoy, para escribir la historia de aquellas invasiones y de las reacciones que provocaron en los habitantes de este territorio de la margen  oriental del Río de la Plata.

II 

Decía Mommsem –según cita de Ortega y Gasset- que la historia se estudia y se escribe cum ira et cum studio, con pasión y con investigación.

Ambas virtudes integran la vocación del historiador y lo orientan en su trabajo, con una voz que, pienso, es similar a la del demonio socrático: le dice si está bien o no. Tanto mejor estará cuanto más cumpla con los requisitos fundamentales de la hermenéutica: tener presente, siempre, el suelo, el subsuelo y el horizonte. Y no olvidar la definición de Kant: la historia sin la filosofía está ciega; la filosofía sin la historia está vacía.

En estas relaciones, qué función desempeñan los documentos. La Historia de Europa, de Pirenne, no tiene documentos. Los Archivos de todas las instituciones y de personas no hacen, por sí, por su sola presencia, o por su  repetición oral, por lectura o de memoria, una historia. Son materiales indispensables, por cierto, absolutamente indispensables, como también es indispensable la continua búsqueda de nuevos documentos, pero son auxiliares de la investigación, como también llegan a ser auxiliares las bibliografías y la historiografías respectivas.

Alguien leyó todos los documentos y leyó toda la bibliografía, pero esa suma no da, como resultado, a la historia como investigación y como reflexión. No da, como resultado, el espejo vivo capaz de mostrar los hechos y los pensamientos que han sido, y son, la historia real que el historiador transforma en historia.  

III 

La lectura de la ingente masa de documentos que producen las invasiones inglesas a lo largo de algo más de un año produce, en primer lugar, una doble percepción, de los acontecimientos y de los españoles, criollos y negros que intervienen. Los hechos se suceden con rapidez. Sin embargo, no hay, en los papeles que los registran, siempre que se trate de la gente del común, del pueblo, ninguna forma de ahogo, de no saber qué hacer, de atolondrarse, de acobardamiento y huida, de dejar el campo libre a fuerzas contrarias tan numerosas y tan bien equipadas, tan agresivas y con tanto estudio y preparación para la navegación, los bloqueos, los desembarcos y los ataques. La documentación muestra, cuando seguimos las fechas que se suceden, que hay una continuidad intensa en los ataques por mar y por tierra. Lo vemos al leerlo en los documentos que van dando cuenta de las acciones con que se advierten, se preparan y se llevan a cabo las respuestas de las fuerzas de los habitantes. Para probarlo tendríamos que citar todos los documentos, ver sus fechas y confrontarlas con los hechos que narran. La secuencia de hechos y textos va por una misma línea. No hay soluciones de continuidad. No hay movimiento de los ingleses que, advertido o previsto, no dé lugar a los movimientos y organizaciones destinados a enfrentarlos con la mayor resolución.

Esa cita no es necesaria ahora.

Doy esta indicación porque es para mí una influencia extraordinaria, en lo inmediato y continuo, de cuán rápidamente actúan los espíritus y la comunidad entera que forman, sin preparaciones o entrenamientos previos de acuerdo a un programa establecido. Se trata de una capacidad que surge ya formada y tan eficaz como para crear campos de acción en todas partes sin retardo y hasta sin errores.

Doy esta indicación porque es una investigación para llevar a cabo, a fin de percibir el tiempo como lo percibieron los protagonistas en los hechos que ocurrían y los acuciaban, y que asumieron con libertad, ensanchándola para darse el tiempo necesario a lo que sentían y comprendían que tenían que hacer como habitantes de este territorio.

El análisis pormenorizado de los documentos que escribieron los propios protagonistas nos dará idea y vivencia similares, en parte, a lo que sentían al vivirlos y al escribirlos.

No tengo dudas que, si los historiadores hacen estos análisis, van a darse cuenta de que estos documentos no sólo muestran los hechos que van ocurriendo tal como los perciben quienes los crean o actúan frente a estos hechos en que participan, sino que van a entender de qué manera esta percepción de sí mismos en el tiempo, que ven pasar con ellos con intensidad y rápida frecuencia, comienza a generar en ellos el sentido de su libertad. Se dan cuenta de que son libres para intervenir sin necesidad de recibir órdenes. Son libres por la naturaleza de sus reacciones tan directas como profundas desde el fondo de sus personas. Esta libertad los hace poner todo lo que son y todo lo que tienen como expresión de su libre compromiso y de una voluntad que alcanza el mismo nivel o la misma altura del arrojo con que intervienen.

El historiador que mejor percibió esto, y que quiso expresarlo, fue, según es mi criterio, Bauzá. Abrió el camino a estas investigaciones históricas que deben integrar, para ser completas, ese sentimiento que Bauzá destaca como  conciencia de una personalidad colectiva que se forja al ritmo de los acontecimientos. Como ese ritmo es intenso y ocurre durante varios meses, esa intensidad y dinámica rítmicas, ya puestas en movimiento, toman una dirección histórica, social y, a medida que se continúan y ahondan, política, hasta coincidir con la conciencia jurídica de la soberanía y del poder soberano propio, como lo vemos en los años inmediatos con sucesión ininterrumpida hasta 1811 y, luego, en los años siguientes, creando así, este conjunto, el perfil auténtico y diferenciado de una nacionalidad y de una revolución que nada le debe, y sí se aparta de ella con una vocación madura soberana, a la revolución de Buenos Aires de 1810.

Tan es así que en varias oportunidades es el pueblo en armas el que toma las decisiones y deja de lado a los jefes, creando con ello una disciplina militar popular que sale de las energías hondas de la gente que participa.  

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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