Historia y Arqueología Marítima

 

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ACADEMIA URUGUAYA DE HISTORIA MARITIMA Y FLUVIAL

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FE Y CULTURA EN LAS INVASIONES INGLESAS

Por:   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2007

Indice Introducción La Marina inglesa antes de Trafalgar La Real Armada Española en Trafalgar

El Comando en el Mar

El Combate de Trafalgar Enfermedades y muerte de Lord. Horatio Nelson El legado de un marino español que combatió en Trafalgar
Un testigo de la Batalla de Trafalgar en Uruguay Consecuencias Geoestratégicas de Trafalgar Antecedentes previos a las Invasiones Inglesas 1806: Montevideo hacia la Reconquista de Buenos Aires
¡Culpables! ….. de la Reconquista

Médicos y Medicina en las Invasiones Inglesas

The Southern Star, el primer periódico montevideano La toma de Montevideo por los británicos en el periódico londinense “The Times”
Colonia bajo bandera británica La principal influencia de las Invasiones Inglesas en los Pueblos Orientales Fe y Cultura en las Invasiones Inglesas Las Invasiones Inglesas: balances y perspectivas

 LOS PUEBLOS SE MOVILIZAN

            Un aspecto de las Invasiones Inglesas que llama la atención es la movilización, se diría espontánea, de los pueblos.  Tanto de una como de otra margen del Río de la  Plata durante el transcurso de las dos incursiones británicas.

            Parecería que las primeras emociones fueron de desánimo.  Buenos Aires fue ocupada fácilmente por los británicos en junio de 1806.  Religiosos franciscanos y domínicos, no así Fray Nicolás de San Miguel, behetlemita, ofrecieron en Buenos Aires sus felicitaciones, gracias y obediencia al General William Carr Beresford.

            El victorioso militar exigió la entrega de los caudales, que oportunamente se habían puesto a resguardo.  Incluso los fue a buscar a la localidad de Luján.  Al mismo tiempo, presentó otras exigencias.  En sus encuentros con diversas personas fue conociendo a algunos, que se le acercaban con el ánimo de colaborar con la nueva administración, como asimismo personas desafectadas y hasta capaces de conspirar.  Uno de ellos, Santiago de Liniers, estaba persuadido de que se podía intentar con éxito la reconquista de la capital virreinal, no bien encontrase gente esforzada a acompañarlo en la empresa que se proponía.

            Una vez producida la toma de Buenos Aires por los británicos, comenzaron los preparativos para su reconquista.

            El Cabildo de Montevideo consideró que la caída de Buenos Aires en poder de los invasores aparejaba graves y variados males.  Se trataba de una desgracia que hacía estremecer la religión, agitaba al poder real, hacía llorar a la educación, y dejaba a la Patria sin apoyos en sus necesidades.  La dominación anglicana, como la denominaba el Cabildo, siendo dueña de Buenos Aires podría enseñorearse de las provincias del Río de la Plata y hacer emerger al monstruo insurgente.  En esas críticas situaciones, el único apoyo lo veían en el Gobernador de Montevideo, Pascual Ruiz Huidobro.  Reconocido como defensor y jefe superior, a él debería corresponder el enfrentar a los enemigos para derrotarlos “…. En honor y gloria de las armas del rey, que es el centro de los deseos y meditaciones del cabildo ….”.

            Santiago Sáinz de la Maza consideraba que mediante las Invasiones Inglesas, “…. el Dios de las Majestades, viendo oprimido al pueblo bonaerense, con el objeto de abatir su soberbia y castigar sus maldades quiere que Montevideo se ofrezca a salir de garante ….”.

            El pueblo de Montevideo se movilizó.  La conmoción, según el cronista citado, había sido intensa y universal.  “…. abarcaba a todos, chicos y grandes, ricos, nobles y plebeyos, paisanos y militares de todos los cuerpos, de tierra, marina real y mercante.  Incluso las mujeres participarían con valentía en las heroicas jornadas de la reconquista de la capital ….”.

            Según el relato de José Espina, integrante del Regimiento de Dragones de Buenos Aires, no bien Montevideo se determinó a intentar la reconquista de la capital, se percibió “…. en forma indecible la dedicación de todo género de personas a concurrir a los aprestos ….”, y a tomar partido en la empresa.  Era general el deseo y nadie quería eximirse de tener parte.

            William Carr Beresford confiaba su capacidad de resistencia gracias a la profesionalidad y disciplina de sus fuerzas.  Llegó a opinar que por ese entonces el vecindario había sido seducido en contra de los británicos “…. mediante las más desvergonzadas falsedades y tergiversaciones sobre nuestras miras finales e intenciones ….”, tanto relativas a la política como a la religión y la propiedad.  A su juicio, los rioplatenses habrían sido forzados bajo el terror a empuñar las armas.  

POPULARIDAD Y ENTUSIASMO DE LOS COMBATIENTES

            El presbítero José Manuel Pérez Castellano destacó el entusiasmo que manifestaban las tropas que partían de Montevideo con el ánimo de reconquistar la capital del virreinato.  “…. los que empuñaban las armas e iban en búsqueda del enemigo lo hicieron con tanto regocijo como si fueran a tomar parte de una fiesta ….”, afirmaba el cualificado testigo citado.

            Se puede considerar que militarmente se trataba de fuerzas improvisadas.  Pérez Castellano aseguraba que las tropas se encontraban casi desnudas.  De militares solo ostentaban las armas y la cucarda prendida en unos sombrerillos despreciables.

            Cuando se previó que la Banda Oriental iba a ser objeto de otro intento de ocupación por parte de los nórdicos invasores, su pueblo se preparó con entusiasmo y patriotismo.  En efecto, los paisanos de la campaña se presentaron a las autoridades ofreciendo sus servicios.  Las señoras de Montevideo entregaron sus alhajas, las personas pudientes se enrolaron para servir en las baterías junto con sus sirvientes y esclavos.  El fervor patrio cundía de nuevo en el recinto amurallado.  Se formaron nuevos cuerpos dispuestos a la defensa.

            En oportunidad del desembarco y en la antesala del ataque británico a Montevideo, a los ofrecimientos de rendición que se les ofrecieron sus defensores contestaron que “…. esta plaza está resuelta a defender hasta no quedar un solo hombre en ella ….”.  Era el 15 de enero de 1807.  Pascual Ruiz Huidobro pudo testimoniar al Príncipe de la Paz acerca de la intrepidez de los defensores, la constancia y el valor de la guarnición montevideana, que en parte estaba formada por paisanos armados.

            Ellos estaban dispuestos a morir por el monarca “…. antes que sufrir otra dominación que la de su dulce gobierno ….”.  El gobernador de Montevideo entendía que los sacrificios asumidos por los montevideanos en oportunidad de la reconquista de Buenos Aires, el año anterior, no habían sido sino “…. unos ensayos de las acciones heroicas que han ejecutado para sostener una resistencia que llenó de asombro a los enemigos ….”.  Asimismo, testimonió que “…. el dinero, las propiedades, las alhajas, la sangre de sus propios hijos, todo se nos ofreció con placer, con amistad y con instancia ….”.  De ahí que considerase que el vecindario agredido por los británicos había realizado “…. grandes sacrificios en sus haciendas, en la vida de sus hijos y en su propia sangre por la religión, por su rey y por la Patria ….”.

            La bravura de los combatientes montevideanos se puso de manifiesto en oportunidad del ataque que realizaron contra los invasores saliendo de las murallas de Montevideo y pretendiendo alejar el peligro de la toma de su ciudad fortificada.  Tuvo lugar en el verano de 1807.  Según informó Ruiz Huidobro, entre ellos había “…. gente sin instrucción militar, sin carácter de soldados y, por consiguiente, sin la menor disposición ni disciplina ….”.

            A su vez, el Cabildo de Montevideo señaló que el vecindario y la guardia contestaron a los norteños que ofrecían la rendición, que no admitían “…. más contrato que el de vencer o morir por la religión, por el rey y por la patria ….”

            El fervor popular resultó ser un factor fundamental en la confrontación que, a la postre, recabará la victoria.  Los soldados, unidos a los voluntarios y al pueblo, estrecharon filas bajo la misma bandera y bajo los mismos ideales.  La poesía de Pantaleón Rivarola lo reconoció en oportunidad de cantar las hazañas de la reconquista:

Tócase alarma al instante

fórmanse todos en guerra,

y lloviéndoles encima

sin reparos, ni defensa,

valientes, como sufridos,

la noche pasan entera.

Algún tanto reparados

de borrasca tan severa,

marchan los héroes invictos

y a la Chacarita llegan,

donde son obsequiados

con gusto, amor y franqueza;

todas las gentes a gritos

los claman y vocean;

todos ofrecen sus bienes,

su pan, su vino y pobreza;

tan disgustados estaban

con la autoridad inglesa.

            Conmovedor resulta el testimonio del Presbítero José Pérez Castellano, en oportunidad de la segunda invasión:  “…. Cuando yo vi salir por el Portón a los nuestros no pude contener las lágrimas, compadeciéndome de la desgraciada suerte de unos hombres valientes y honrados, mal dirigidos, pues sin ser yo soldado conocía la ventaja de parte de los enemigos, no solo por su mayor número, o por su táctica militar, pues al fin ellos son soldados de profesión, sino también por su localidad, y por el descanso, con que esperaban a los nuestros fatigados con el bochorno del día, y con la marcha cuesta arriba que tenían que hacer antes de llegar a las manos …”

            En filas de los invasores, un combatiente acreditó la existencia de entusiasme e intrepidez entre los rioplatenses.  Él entendía que el desastroso final de la aventura de las invasiones se debía a los superiores “…. y a la imbecilidad de un comandante carente de capacidad para trazar planes juiciosos …”, y de la energía y celo para llevarlos adelante.

            Entre las dos invasiones Montevideo y Buenos Aires se enfrentaron reivindicando el mérito que alegaban por su protagonismo en el heroico episodio de la reconquista de la capital.  Montevideo alegó su iniciativa y conciente de sus méritos llegó a enviar a la corte a Manuel Pérez Balbín con el objeto de obtener del monarca el reconocimiento de sus méritos.  Carlos IV envió una real cédula concediendo diversos honores al Cabildo y a la ciudad de Montevideo atento a “…. La constancia y amor acreditados al real servicio de en la reconquista de Buenos Aires ….”.  Esta real cédula otorgó a Montevideo el título de “MUY FIEL Y RECONQUISTADORA”, al tiempo que incorporaba diversos símbolos al escudo de la ciudad en memoria de ese heroico acontecimiento.

            Alejados definitivamente los británicos invasores del escenario del Río de la Plata, llegó para los bravos combatientes el momento de gestionar el reconocimiento de los méritos.  Una serie de testimonios vertidos por los jefes aseveraron el entusiasmo y el valor puesto al servicio de la causa.  Así, por ejemplo, en el caso de José Blas Leonardo, de la 3ª Compañía del Batallón de Voluntarios de Infantería, quien acudió a la reconquista de Buenos Aires.  Son los casos de Baltasar Magín y Benito Vidal, quienes formaron una compañía de catalanes para ir a la reconquista.  Es el caso de Esteban Berrel, español, quien se destacó en la defensa de Montevideo en 1807 entregando su vida sin más interés que el amor al rey, a la Patria y a la religión.  También de Miguel Tramujas, y de Cristóbal Salvañach, de quien se dice: “…. Montevideo tiene el timbre de haber concebido el sublime designio de liberar su capital encadenada por el tirano de los mares y de haber dado el ser a una falange de bravos, que consumaron la obra de la propuesta restauración, suscitando el espíritu de heroísmo de los tiempos fabulosos de la gracia, realizados con sus estupendos hechos ….”.

            Allí están los servicios prestados por José Artigas, por los presbíteros Dámaso Antonio Larrañaga y Rafael de Zufriateguy, entre otros muchos. 

BONAERENSES EN ARMAS

            Un invasor combatiente llegó a escribir que el fracaso de las invasiones había sido “…. un suceso que arrojó la vergüenza sobre la corona y llevado a muchos al borde e la bancarrota y de la ruina ….”.  Si América del Sur quedaba cerrada para Gran Bretaña, se trataba entonces de la mayor calamidad sufrida por el país.  En sus reflexiones agregaba: “…. Resulta doloroso y casi hiriente reflexionar sobre el hecho de que aquello que tan fácilmente podríamos haber obtenido sin sacrificar una gota de sangre y en forma gratuita, se haya perdido irrevocablemente por irreflexión e incapacidad, y lo que es peor: con deshonor y a costa de tantas vidas y riquezas.

            No bien apareció el enemigo ante Buenos Aires, también apareció el pueblo bonaerense movilizado.  Santiago Sáinz de la Maza relata que “…. Era innumerable el gentío que se presentaba en el Fuerte deseosos todos de defender los sagrados derechos de la religión, del rey y los propios ….”.  Todos los sectores de la población se movilizaron.  Incluso se organizaron milicias de negros y mulatos.

            El gran enfrentamiento estaba por producirse dentro de Buenos Aires a mediados de 1807.  Otra vez el pueblo en armas para rechazar ahora definitivamente a los británicos del Río de la Plata.  Escribe Sáinz de la Maza: “…. La ciudad de Buenos Aires toda sobre las armas, y exterior dividida en cuerpos de bizarros y bien disciplinados de naciones.  Patricios, vizcaínos, andaluces, gallegos, arribeños, montañeses, cazadores, húsares de varias denominaciones y reunidos en la unidad del fin con que los Cuerpos de la Real Marina, pardos, negros libres, desean con las mayores ansias los felices instantes de venir a las manos procurando cada cuerpo con que los Cuerpos de la Real Marina, pardos, negros libres, desean con las mayores ansias los felices instantes de venir a las manos procurando cada cuerpo dar auténticas pruebas de su disciplina, valor y patriotismo ….”.

            Después de narrar la victoria del 6 de julio, Sáinz de la Maza comentaba el carácter popular y el patriotismo exhibido por los americanos de la manera siguiente: “…. Merecerán a los ojos de las naciones más cultas el más condigno aplauso semejantes tropas voluntarias, quienes llenas de mayor entusiasmo, abandonando sus propios intereses por el espacio de once meses, se emplearon en uniformarse, ponerse en cuerpos nacionales, entretenerse en ejercicios espirituales para su instrucción, y llegar a la victoria, que han conseguido no perdonando trabajo ni fatiga alguna que perteneciese a su seguridad y defensa; semejante fidelidad y patriotismo de la América del Sur desmentirá en todo las relaciones dadas a la Corte de Londres por Sir Home Pophan ….”.

            El cabildo de la capital se mantuvo siempre junto a su pueblo, que defendió valerosamente la ciudad contra los invasores de 1807.  Los cabildantes abandonaron sus familias, sus casas y caudales consagrándose enteramente al socorro del pueblo que peleaba denodadamente.  El cabildo contribuyó a las urgencias que ocurrían y facilitó auxilios.  Repartió carne, pan y otros víveres al pueblo en la plaza para que no tuviera que preocuparse más que en las arduas tareas de defensa de la ciudad.  En fin, intervino en todas las circunstancias de la heroica y victoriosa defensa.  Su actitud mereció el reconocimiento de la Real Audiencia, la cual elogió el amor y la fidelidad que había mostrado en su servicio al rey. 

JUICIO SOBRE LA ACTITUD DEL VIRREY SOBREMONTE

            Como es sabido, el Virrey del Río de la Plata, Marqués Rafael de Sobremonte, tuvo durante el episodio de las Invasiones Inglesas, un comportamiento que no satisfizo al pueblo.  No supo ni canalizar ni dirigir el fervor patriótico de las poblaciones deseos de luchar contra el enemigo sajón.

            No bien aparecieron los británicos comandados por William Carr Beresford sobre Buenos Aires, Sobremonte se retiró dejando al Brigadier José Ignacio de la Quintana a la cabeza de la defensa.  Los versos de Sáinz de la Maza reflejan los sentimientos populares:

¿Ves aquel bulto lejano

que se pierde detrás del monte?

Es la carroza del miedo

con el Virrey Sobremonte.

La invasión de los ingleses

le dio un susto tal cabal

que buscó guarida lejos

para él y su capital.

            El virrey se hizo impopular.  El pueblo lo rechazó, a la vez que se volcó en torno a la figura de Santiago de Liniers.  Producida la reconquista de Buenos Aires el 28 de agosto de 1806, por iniciativa del Cabildo Sobremonte fue conminado a abandonar el mando militar en la persona de Liniers. 

EXPERIENCIA RELIGIOSA

            Uno de los factores que explican la popularidad de la reacción popular y generalizada contra los británicos radicó en los sentimientos rioplatenses.  De ahí la necesidad de buscar explicaciones en la cultura rioplatense de entonces y en las convicciones religiosas.  La fe católica predicada en el período hispánico había prendido en el corazón de los pueblos rioplatenses.  Llegado el momento de las invasiones de los británicos, estas convicciones religiosas afloraron y se constituyeron en factor, quizá no decisivo pero sí importante, dado que ayudaron a apuntalar el fervor y el patriotismo popular en el enfrentamiento contra los mayoritariamente protestantes.  Desde entonces, la lucha asumió aspectos de guerra de religión.  Fue una experiencia original, única en el Río de la Plata.

            Como se sabe, la administración española respaldó al credo católico y no permitió la entrada en escena de otras confesiones o personas de otras religiones.  Hubo durante el período hispánico una vigilancia cuidadosa sobre los extranjeros, entre otras cosa, potenciales introductores de otras confesiones religiosas.  El sistema implantado resultó eficaz.  La prohibición y el control respecto a extranjeros fue también motivado por razones mercantiles.

            Las circunstancias originadas por las Invasiones Inglesas fueron inéditas.  La confrontación armada provocada por los invasores despertó la confrontación religiosa entre protestantes y católicos. 

POR LA FE Y LA RELIGION

            Los pueblos rioplatenses consideran que inglés era sinónimo de protestante.  Entre los ingredientes de la lucha, los pueblos rioplatenses colocaron la defensa de sus convicciones católicas.  Fueron a las armas con el objeto de rechazar a un invasor perteneciente a otra cultura, súbdito de otro rey y que, además, profesaba otra confesión religiosa.

            Por todos lados y reiteradamente, las fuentes de las Invasiones Inglesas refieren que los rioplatenses acudieron a defender a su monarca, a su religión y a su Patria.

            De ahí las rogativas y misas, encomendando a Dios la suerte de sus armas con las cuales tocaba servirlo.  Ese Dios de su fe, al cual acudían con rogativas, debía mirar por sus fieles servidores amenazados por un poderoso enemigo.  Lo sentirán próximo y compasivo.  Lo percibirán ciñéndose el casco y empuñando la espada.  En el fondo se hacía presente una antigua tradición bíblica, muy clara en el libro del Éxodo.  En esa epopeya de salvación, como en oportunidad de las Invasiones Inglesas al Río de la Plata, Dios metía su mano en la historia ayudando al pueblo sencillo contra la prepotencia del ejército del faraón entonces, y del agresor británico ahora.  Los combates del pueblo de Israel entablados contra enemigos poderosos como los narran los libros del Antiguo Testamento, parecían reiterarse.  De acuerdo a este trasfondo bíblico, en el Río de la Plata de apeló a Dios bajo la denominación veterotestamentria de Señor de los Ejércitos, Yavé Sebaot.

            La lucha desproporcionada daba lustre y cargaba de heroísmo a la magnífica victoria.  Con la victoria y el alejamiento de los invasores llegaba la hora de agradecer a Dios, a quien se había invocado y confiado la suerte de las armas.  Se cató Te Deum, se celebraron misas solemnes con predicación y sufragios por los caídos.  Liniers obsequió a la Virgen del Rosario banderas de los batallones británicos, que tomara como trofeos.  Se llevaron a cabo otras demostraciones de piedad religiosa.  No solo en Buenos Aires y Montevideo, sino también en Córdoba.  Con ello volvieron  a aparecer rasgos culturales y la fe, con que se identificaban estos pueblos de ambas márgenes del Plata.

            Recuérdese, por otra parte, que si bien los administradores británicos prometieron respetar el culto católico durante las ocupaciones de ciudades, sin embargo, se produjeron excesos contra objetos litúrgicos, iglesias y personas.  Se trató de actos que, durante el proceso de la confrontación, fueron exasperando la sensibilidad de los pueblos.  Las fuentes señalan, por ejemplo, que los invasores ocuparon la iglesia y el convento de Santa Catalina de Buenos Aires.  Si bien respetaron a las religiosas, sin embargo realizaron despojos y profanaciones, como lo cuenta un versificador anónimo:

¿Qué inurbanidad! ¿Qué exceso!

Las saquean su pobreza,

ropas, mantas y el dinero

común que era reservado

para el precioso sustento.

Las imágenes de los santos

y Jesucristo rompieron,

se llevaron las alhajas

preciosas del santo templo,

con algunas otras cosas

y sagrados ornamentos.

            En medio de los temores y de los horrores propios de toda confrontación armada, no faltaron tampoco los gestos notables.  Es el caso, por ejemplo, del sargento británico quien, como guardián de ese convento, suavizó el régimen de las religiosas, las cuales tuvieron algún alivio y alguna mayor comodidad.  Es el caso del Presbítero Zufriateguy atendiendo a los heridos británicos en el campo de batalla durante la reconquista de Buenos Aires.

            Como es sabido, no todos los invasores eran protestantes.  En esas tropas rejuntadas en el Cabo Buena Esperanza vinieron también irlandeses católicos, quienes en gran parte desertaron de sus filas pasando a combatir contra los invasores, tanto en Montevideo como en Buenos Aires.  El Regimiento 71 era el más discipli9nado de la expedición de Beresford, y sin embargo le desertaron 36 combatientes.  Entre los desertores británicos fue apresado un artillero alemán y católico, que fue condenado a muerte por traidor, pero que salvó su vida por mediación del obispo bonaerense Fray Lué y Riega.  Este obispo logró también salvar la vida del cadete español San Genes, quien había ayudado a varios invasores a desertar. 

CONCLUSIONES

            Las Invasiones Inglesas fueron un acontecimiento que afectó y conmocionó a los pueblos del Río de la Plata.  Fue una experiencia única que obligó a los pueblos platenses a optar por sus ideales.  Respecto, especialmente, a su fidelidad al Rey de España, a la forma de ser de las provincias, y a las opciones religiosas.  Es así como estos pueblos plasmaron su divisa de la siguiente forma: “por el rey, la religión y la Patria”.

            Por primera vez los pueblos platenses tuvieron ocasión de vivir, aunque por poco tiempo, bajo un régimen de tolerancia religiosa implantado por una monarquía extranjera y protestante.  Los invasores, cuando administraron temporalmente Buenos Aires, Montevideo y otras poblaciones de la Banda Oriental, se comprometieron a respetar el culto católico y las celebraciones religiosas de los vecinos.  También se comprometieron a respetar la propiedad privada.

            Las autoridades virreinales y los pueblos, sin embargo, reaccionaron contra los invasores.  Esta manifestación popular vino inspirada por diferencias de culturas y credos.  En respuesta al nórdico agresor los pueblos de ambas márgenes del Río de la Plata abandonaron sus diferendos y se unieran para levantar la bandera del Rey de España, de la Patria y de la religión católica.  Hubo comunión en estos ideales.  Hubo firmeza y perseverancia en la defensa de estos ideales.  Hasta la victoria, que fue vivida como un presagio de felicidad.

            En la conciencia religiosa del poeta se expresó como el pueblo atribuyó la magnífica victoria al Dios de su fe, a quien sirvió como valiente soldado en la oportunidad:

Las campanas todas juntas

de conventos y de iglesias

en repiques muy alegres

la ilustre victoria expresan.

Todos alaban a Dios

y a la Virgen madre nuestra

al verse ya libres de

la dominación inglesa.

Mucho más considerando,

por circunstancias muy ciertas,

que ha sido favor del cielo

una gloria tan completa;

por la cual debemos todos

con la devoción más tierna

tributar a Dios las gracias

con alabanzas eternas.

            A pocos años de iniciarse el proceso por la emancipación del Río de la Plata, los pueblos de esta región supieron mostrar como habían asimilado los ideales inculcados por España.  Se encontraban identificados en una cultura propia y profesaban una fe católica arraigada.  Militaban heroicamente a favor del rey de España Carlos IV y sus derechos.  Sin fisuras y con heroísmo.

            Paraguayos, cordobeses, hombres del interior del actual territorio argentino y de la Banda Oriental, e incluso los genéricamente denominados indios, participaron activamente junto a bonaerenses y montevideanos bajo las banderas y los ideales que valientemente supieron enarbolar.

            Algo se destaca y debe ser señalado.  En estos eventos no militaron los indios misioneros, que tanto protagonismo tuvieron en las luchas rioplatenses contra los portugueses, especialmente por la Colonia del Sacramento.  Si bien se debería considerar que tal circunstancia se habría debido a la falta de protagonismo del virrey, quien no habría tenido la autoridad suficiente como para convocarlos.  Además de que tras la expulsión de los jesuitas, la nueva administración de las misiones trajo aparejada una progresiva desarticulación del sistema de los treinta pueblos misioneros.

            Otro punto a destacar es la no intervención del Brasil portugués, sobre todo teniendo en cuenta la relación vinculante entre Portugal e Inglaterra.

            Un factor importante en el fracaso de la aventura británica en el Río de la Plata fue la confrontación de culturas.  Dos reinos diferentes pretendiendo dos obediencias; dos credos religiosos diferentes pretendiendo adhesiones; dos patrias diferentes pretendiendo integración.  La cultura de los rioplatenses se manifestó en el momento de la confrontación.  No solo se trataba de diversidad de reinos, de credos, de patrias.  Abarcó mucho más, como por ejemplo el ingrediente de la lengua castellana, “lo nuestro”, la manera de ser, el camino histórico recorrido por los pueblos, las conexiones hacia afuera, el estilo de vida, la inserción en el paisaje geográfico, en fin, tantas cosas como comporta la cultura.  En definitiva, todo lo que conformó una cultura o manera de ser y de vivir, que en el momento en que aparecieron las pretensiones de un invasor representando otra cultura, otra manera de ser, reaccionó radicalmente con las armas en la mano y con el objeto de seguir viviendo de corazón los parámetros de su cultura.

            Esta actitud, que al mismo tiempo comportaba una adhesión a Carlos IV y a la Iglesia Católica, fue un elemento constitutivo que explica la reacción popular y, a la vez exitosa, del rechazo de los rioplatenses a los británicos invasores de 1806 y b1807.  Una prueba, a la vez, de que el período hispánico en estas regiones bañadas por el generoso Río de la Plata, había formado pueblos que los mismos gobernantes metropolitanos en poco tiempo más habrán de experimentar como capaces de asumir sus propios derroteros, y que ellos superficial y equivocadamente considerarán como de insurgentes y rebeldes.

            La historia parece seguir y ofrecer “a lo nuestro” variadas sugerencias bajo el rótulo sugestivo de prosperidad material, modernidad y humanización.  Cada vez que esto suceda habrá que ver si las distintas generaciones de compatriotas asimilarán la totalidad de esas propuestas, o parte de ellas, o, si acaso, las rechazarán con la radicalidad y convicciones que mostró la generación de las Invasiones Inglesas en aquella cuenca Río de la Plata de 1806 y 1807.

 

 

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