Historia y Arqueología Marítima

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EL SISTEMA GEOESTRATEGICO ESPAÑOL EN EL HORIZONTE DE LA HISTORIA UNIVERSAL

Publicado Por la Academia Uruguaya de Historia Maritima y Fluvial, 1997

Indice Prologo Politica Internacional en la Época El Sistema Geoestrategico Español El equlibrio naval
El Apostadero de Montevideo y las Islas Malvinas El Montevideo del Apostadero Aspectos comerciales y politicos del Apostadero. Montevideo visto desde el Mar Los Gobernadores y el Apostadero
Sus Comandantes Los Ingenieros de Marina Las operaciones Britanicas y Españolas en el Plata 1806-7 Las Batallas del Apostadero  

 

 Académico Doctor

DANIEL CASTAGNIN        

"A los historiadores se les ha   

otorgado un Poder del que ni     

siquiera gozan los Dioses:       

Cambiar los hechos ya  sucedidos"

David Irving    

            Los restos  del Edificio del Apostadero Naval de Montevideo, más allá de la significación histórica puntual dentro del conjunto de la Ciudad Vieja nos vertebran orgánicamente con un designio espacial que aún hoy no ha sido superado en la categoría histórica de los grandes sistemas políticos. 

            Ese pórtico y esa atarazana, con su sólida arquería y con los rústicos bloques que conforman el pavimento, son un testimonio - local y doméstico - de la presencia y del alcance de un sistema estratégico y político que abarcó la mitad del globo, y del cual fuimos importante componente. 

            Una visión tan esquemática como maniquea de nuestra historia nos privó durante generaciones de la capacidad de apreciar nuestra cabal raigambre temporal, imbricada profundamente con una empresa que cristalizó en una estructura de Poder de alcance inigualado y de técnica asombrosa. 

            Hoy nosotros tenemos la satisfacción de poder enfocar el rescate de esa parte de nuestro patrimonio, en su menguada materialidad edilicia, pero en su dilatada expresión historiográfica. 

            Hecho y acto que nos permite poner en las manos de las nuevas generaciones una clave certera para el desarrollo de una mentalidad eficaz para el manejo de los tiempos venideros. 

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            Durante el año 1492 se producen dos hechos que determinarán de manera definitiva el rumbo de la historia universal por varios siglos: 

            El descubrimiento, que unifica el nuevo continente con las tierras y con el ciclo histórico de Europa; y la expulsión de los musulmanes de la tierra peninsular, con lo que Occidente rechaza a Oriente. 

            Es decir, que, en lo sucesivo, la civilización europea abarcará dos continentes, y que lo occidental se contrapondrá a lo oriental. 

            Estas categorías se mantienen totalmente vigentes aún en nuestro propio momento. De esta forma el Atlántico devino en el nuevo mediterráneo, y los musulmanes (asiáticos o africanos) pasaron a ser los enemigos de allende los mares, ajenos al mundo occidental. 

            La rapidez con que estos cambios se procesaron (sólo 20 años llevó todo), hace que los filósofos e historiadores hablen de una verdadera "mutación planetaria", dado que en muy pocos años los pequeños reinos marginales de Portugal y Castilla, lograron cambiar los parámetros esenciales del mundo europeo. Al punto que la velocidad histórica del cambio no ha logrado ser superada en nuestra propia época. 

            Esa expansión marítima y terrestre, que abarcará distintos mares y océanos (hasta llegar a abrazar la plena redondez del planeta) obligó a crear modalidades operativas y orgánicas aún hoy vigentes. 

            Así tenemos que la exigencia de combatir en tierra y mar, en forma casi simultánea, llevó a crear los "Tercios de la Mar", o sea la primera Infantería de Marina del mundo, y que la fusión de la Marina de Castilla con la de Aragón en un mismo cuerpo, dio lugar a la denominación de "Cuerpo General" de uso universal. 

            Extendido el poder de los Reyes de España por medio mundo, recorriendo sus buques los océanos, mares y ríos del globo, atravesando sus huestes los más alejados e inhóspitos territorios, y organizando sus funcionarios los más variados y complejos dominios, se arquitecturó así un sistema administrativo y financiero dotado de una profunda raigambre política y de un notable rigor militar. 

            Este colosal sistema admite ventajosa comparación con los restantes imperios que encontramos en la historia. Más universal que el romano, más marítimo que los imperios amarillos, más profundamente hincado en el corazón de los continentes que el británico, mucho más sólido que las atrayentes construcciones de los franceses, tuvo la ventaja de reposar totalmente en las verdades espirituales del cristianismo, haciendo siempre de la evangelización, su título más preciado. 

            Este dilatado bloque político sobrevivió trescientos años, disponiendo solo de una tecnología primitiva, y debiendo afrontar los vientos contrarios de períodos históricos francamente opuestos a los intereses de España en el mundo. 

            O sea que el sistema geoestrátegico que la corona de España implanta sobre el globo, debe soportar el tormento que le inflige un tiempo histórico desfasado con su propio poder y ampliamente contrario a su supervivencia.

             La prueba es colosal, y el esfuerzo que ejércitos, buques y fortalezas deben afrontar durante cuatrocientos años, constituye una epopeya militar cuya justa dimensión ha escapado  a la historiografía actual, quizá debido a la desproporción que la propia hazaña requiere para su comprensión en el corto plazo. 

            La Armada Española se genera históricamente sobre dos núcleos: 

            La Marina de Castilla, que se conforma inicialmente sobre el litoral cantábrico, y la de Aragón, que se desarrolla sobre el Mediterráneo. Muy tempranamente ambas coinciden (en conjunto) en la vital tarea de enfrentar a las escuadras musulmanas, duro cometido que templa el empuje marinero de todos estos equipajes. 

            La marginalidad occidental de Castilla, su sentido misional (derivado de la Reconquista en forma directa e inmediata) la recepción de la tradiciones marineras e ideas náuticas de otras zonas, así como la muy oportuna ubicación del arco costero meridional sobre el Atlántico, configuró la estupenda base geopolítica para la hazaña oceánica. 

            De pronto, todo un nuevo mundo, islas y ríos espectaculares, costas recortadas y tierras interminables, y el oro, común denominador económico del hombre de todas las épocas, se ofrecían sin término. La increíble empresa cristalizó en apenas un siglo: ciudades y virreinatos, fortalezas y puertos, tierras y hombres, y la fe, la gloria y la fortuna emparejadas con el hambre, la muerte y el horror, se sucedieron ya sin límite. 

            El empuje castellano, hecho al tenor de la orgullosa divisa "Plus Ultra", se amoldó perfectamente a la desmesurada tarea, y la culminó exitosamente, forjando un imperio en el cual no se ponía el sol. 

            Este sistema global logró atravesar intacto tres siglos, durante los cuales, la propia metrópoli, sufrió convulsiones agónicas, pero las tierras americanas y el sistema de gobierno, así como la propia hacienda, no experimentaron daños fatales. Más allá de las tremendas tentativas de flotas militares y de los corsarios y piratas, de pestes y catástrofes, el mismo se sobrepuso, y sólo el embate de los agentes naturales le aportó una merma real, perfectamente enjugada dentro de la previsible cuota de riesgo que cualquier empresa de esta índole suponía en la época. 

            Esta estructura de poder global fue perfeccionándose durante mucho tiempo, ajustando sus medios - incluso ya frente a circunstancias históricas desfavorables, - y cuando la propia metrópoli había perdido categoría histórica frente a las otras potencias, la jerarquía del sistema se sobrepuso y sostuvo el rango que le correspondía, avatar este al que no somos históricamente ajenos en estas latitudes .... 

            Brevemente recordemos que el Sistema Español, a más de abarcar la propia península, se extendió hasta el Mar del Norte (Flandes), por el este de Francia, por el norte de Italia, Sicilia y Nápoles, las tres Américas y las Islas Filipinas. 

            Este conjunto global estaba apoyado en una tecnología primitiva (eotécnica en el lenguaje de Mundford): sobre la tierra dependía del caballo y de la simple articulación de madera y piedra, ayudada por piezas enterizas de metal. 

            Castillos y baluartes, molinos, canales, calzadas y caminos, eran el único elemento que, junto a la agricultura más tradicional hacían posible la modelación de un nuevo paisaje humano. 

            Sobre las aguas, el buque de vela, hermosa concreción de carpinteros y calafates, de cordeleros y veleros, dotado de artillería de avancarga, era una completa expresión de poder. Plataforma artillera a merced de los elementos, fortaleza de madera extrañamente alada, dueña o instrumento de los vientos, podía enfrentar la vastedad oceánica alargando sus singladuras casi sin límite, y hacer sentir el poder de sus numerosas bocas de fuego, cuya elemental potencia se regía por la sencilla expresión matemática de la ecuación de Lanchester: "el poder de combate es directamente proporcional al cuadrado de la potencia de fuego". 

            O sea que la victoria estará siempre (hablamos de veleros) del lado del que tenga más cañones. Esta simple y rotunda verdad, encartó la suerte de miles de hombres y de cientos de buques, consumidos en todas las batallas libradas entre las flotas de la época. 

            El tenaz cultivo de estas cualidades fue el secreto (en realidad por todos conocido en la época) que un señor de los mares llevó a su más destacada expresión: Horacio Nelson. 

            Llegada la charla a esta altura, es necesario reconocer que estos conceptos básicos y casi elementales eran muy fáciles de instrumentar en una isla que carecía de dominios terrestres claves, y cuya actividad primordial se reducía al mercantilismo marítimo, matizado con los rendidores dividendos que la piratería podía llegar a ofrecer. 

            Pero la Corona de Castilla e Indias era un imperio extendido por las tierras de distintos continentes, y el mar era la vinculación natural entre tan alejadas tierras. Las rutas marinas, las fluviales y las terrestres se complementaban envolviendo a todo el globo. 

            Es por esta sencilla razón que la audacia simple del pirata, o la más preordenada y cauta del corsario, así como la concentración naval del "Escuadrón Occidental" (antecesor de la poderosa "Home Fleet") que nutrieron en forma sucesiva y sostenida a la tan decantada estrategia británica de épocas recientes, no era de recibo en el sistema español. Las exigencias de este atendían ámbitos tanto marítimos como terrestres, y cuya gestión apuntaba al fomento de la agricultura y la industria, al urbanismo, al traslado de valores fiscales en forma normal y al sostén logístico de innumerables guarniciones. 

            El imperio español no se reducía ni a una isla, ni a una península; se sentía como lo que era: un hemisferio, dentro del cual se procesaban innumerables fases del ciclo económico, en forma simultánea con el desarrollo civil, administrativo y espiritual, todo lo que dio lugar a un fenómeno de transculturación que no tiene comparación posible. 

            Los otros procesos que se le aproximan son producto ya de otro ciclo histórico; los anglosajones utilizaron la máquina de vapor y el ferrocarril para sus migraciones, y otro tanto han hecho los eslavos en su marcha al este.

             Con nada parecido contaron los españoles.

             El análisis temporal de la marina española nos obliga a adecuarnos a las dos modalidades dinásticas que conforman la historia de ese país. Ellas son la Casa de Austria y la Casa de Borbón.

            A la Marina de los Austria podemos definirla brevemente mediante una condición negativa: es la única armada que no es tributaria de la piratería.

             Heredera de las tradiciones caballerescas de los cuerpos feudales, fue siempre una flota de cruzados, hecha para empresas sobredimensionadas; sus hombres tenían una clara tendencia al arma blanca y al singular combate. 

            Como sabemos, pagaron caro tributo ante los recursos y modalidades generadas por los hábitos de piratas y corsarios: el combate cooperativo, el uso del poder de fuego para eludir el cuerpo a cuerpo, la aproximación indirecta. 

            La segunda etapa corresponde a la Marina de los Borbones.Ya organizada como un poder del estado, con una base presupuestaria y una jerarquía militar, tiene un desarrollo científico acorde. 

            Cristalizó (más allá de su suerte militar) en un designio estratégico magno, a la altura de los mayores sistemas de seguridad de la actualidad. (Cosa que extrañamente ha pasado desapercibido a estudios tan agudos como es el caso de Camilo Barcia Trelles, por ejemplo). 

            A esta altura debemos decir que toda esta labor es la culminación de los esfuerzos de tres figuras rectoras que descuellan entre los grandes creadores de la estrategia mundial: Patiño, Ensenada y Galvez. 

            No hay en el mundo otro ejemplo de labor tan sostenida, de proyecto tan ajustado, de tres generaciones dedicadas al mismo objetivo, que estos tres sucesivos Ministros de Marina e Indias. 

            Durante un siglo estos hombres se fueron sucediendo en la tarea ciclópea, de desarrollar, sostener e instrumentar un sistema de poder global, basado en el despliegue preferencial del Poder Naval, disuadiendo a potencias con mayor poderío,  tanto en mar como en tierra. 

            Repetimos que, en este sentido, el Imperio Español fue empresa única en el horizonte de la Historia Universal, y que quizás ya nunca más pueda ser eclipsada. 

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            Esta dimensión óptima que España alcanzó a fines del siglo XVIII no fue, por supuesto, producto de un instante, sino que fue el resultado de un largo proceso, donde todo tipo de institución y experiencia se fue amalgamando para adecuar los resultados a nuevos estímulos y exigencias. 

            En lo que concierne a la marina, la primer organización, de completo cuño feudal, era la establecida por las Galeras del Mediterráneo, aptas para ese teatro cerrado. 

            Los navíos del Océano, como su nombre nos dice, respondían a las exigencias del Atlántico Norte; y los Galeones de Indias se adaptaban a las rutas que conectaban a la metrópoli con el Nuevo Mundo. 

            A su vez la Casa de Contratación era el cerebro que coordinaba todo este sistema. 

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            Cuando la Casa de Borbón - luego de la amarga guerra de Sucesión Española - restablece la preminencia de la Corona de España en el sistema internacional, la reorganización de armada fue la clave de todo el proceso. 

            En 1717 se crea la Intendencia General de la Armada; 20 años después surge el cargo de Almirante General de España. 

            Y en 1720 cobran vigencias las primeras ordenanzas, y seis años después surge el Ministerio de Marina e Indias, y se construye el arsenal de El Ferrol. 

            En 1737 se establece la Junta de Marina donde se articula el sistema colegiado de almirantazgo. 

            Liquidado el compromiso europeo (Flandes e Italia), el sistema español se recuesta totalmente en Indias. Y el teatro atlántico cobra una admirable perfección. 

            Una "triada" conformada por la armada, el ejército y las fortificaciones, constituía una unidad operativa de una eficacia y alcance excepcionales. 

            La flota, distribuida entre los apostaderos de España, América y Filipinas, servía de nexo entre todas las tierras de ese vasto imperio, permitiendo el juego de la administración y la circulación de los bienes. 

            El ejército aseguraba la presencia del estado tierra adentro, y era un eficaz elemento de poblamiento y civilización. 

            Y las fortificaciones hacían firme la posesión de los puntos geográficos claves. 

            Hace precisamente doscientos veinte años el Ministro José de Galvez resolvía la creación del Virreynato del Río de la Plata, y, en forma simultánea, la de la Comandancia General de las Provincias Internas y de Nueva Vizcaya (núcleo del futuro Virreynato de California) apuntando el primero a contener la expansión portuguesa y la segunda contra el avance ruso en la costa del Pacífico. 

            Estas dos iniciativas destinadas a promover una disuasión global que incluso nos asombra en la actualidad, no podía funcionar sin una condición esencial: la erección del Apostadero de Montevideo como pieza clave. 

            Por lo tanto, el sistema estratégico español cristalizó efectivamente con la concreción del mismo sobre la bahía homónima. 

            La expedición al Africa y el control de las Malvinas y de la costa magallánica fueron sus cometidos inmediatos; ya durante las guerras de la Independencia, se configuró muy claramente su rol de antemural del Perú. 

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            Hoy recogemos de todo esto una valiosa lección: un sistema disuasorio logró mantenerse con medios escasos y recursos limitados, hasta sobreponerse a un tiempo que ya no era suyo. Lección imperecedera esta que recibimos: Si  los tiempos no son definitivamente nuestros, la empresa sí nos pertenece hasta sus últimas consecuencias. 

Este Plano existe a fs. 57 del Registro de Protocolizaciones del escribano Francisco D. Araucho, correspondiente al año 1868, pero se refiere a una donación de 1777 (Archivo de la Escribanía de Gobierno).

  

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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