Historia y Arqueología Marítima

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Indice articulos publicados de la Academia Uruguaya de Historia Maritima y Fluvial

LAS OPERACIONES BRITÁNICAS Y ESPAÑOLAS EN EL PLATA - 1806 - 1807

Publicado Por la Academia Uruguaya de Historia Maritima y Fluvial, 1997

Indice Prologo Politica Internacional en la Época El Sistema Geoestrategico Español El equlibrio naval
El Apostadero de Montevideo y las Islas Malvinas El Montevideo del Apostadero Aspectos comerciales y politicos del Apostadero. Montevideo visto desde el Mar Los Gobernadores y el Apostadero
Sus Comandantes Los Ingenieros de Marina Las operaciones Britanicas y Españolas en el Plata 1806-7 Las Batallas del Apostadero  

  

Académico Escribano RUBEN ÁLVAREZ MASSINI      

            Cuando sucedieron los hechos de 1806 y 1807 las fuerzas del Apostadero montevideano eran sumamente escasas. Realmente el Plata no había visto una "gran flota" desde los tiempos de Ceballos y Casa - Tilly en 1777. Aun en su completa plantilla no hubiesen sido capaces de medirse con la escuadra de Popham y sus once navíos. De hecho su finalidad se reducía a la defensa de los puertos, la vigilancia y el mantenimiento de las comunicaciones con las islas Malvinas . 

            Una corbeta, "La Atrevida" dejada por la expedición de Malaspina, y un surtido de lanchas cañoneras - "del Rey" unas y particulares otras - formaban toda la fuerza disponible. En caso extremo podía contarse con algunos mercantes oportunamente artillados. 

            No por escasos los medios la actitud fue de mera pasividad. Hacia 1805 se fomentó una real política corsaria destinada a dificultar el comercio británico en las costas de Africa occidental. Antonio Massini armó la fragata "Reina Luisa" y Berro y Errazquin la "Oriente", cuyo mando estaba en manos de los franceses Estanislao Couraud e Hipólito Mordeille respectivamente. Los resultados fueron bastante halagadores en cuanto al número y porte de las presas, empero parece ser que la falta de buques impidió la continuación de tal política agresiva. 

            En un plano mas general debe observarse que en el Río de la Plata las autoridades tenían ideas bastantes claras respecto de una invasión por mar, que siempre se esperaba fuese británica. Esto se constata por el estudio de las actas de las respectivas Juntas de Guerra que se venían realizando desde hacía varias décadas. En ellas las mas altas autoridades castrenses del virreinato habían elaborado todo un conjunto de conceptos de como enfrentarse a la agresión.           

            Siempre quedó claro que el lugar donde se decidirían los acontecimientos sería Montevideo, pues era la plaza fuerte por excelencia. Se le reconocía como suficientemente defendida por mar, pero bastante mal fortificada por tierra. No obstante su ubicación y la geografía circundante impedirían un sitio completo, permitiendo un relativamente fácil contacto con el interior del país de donde vendrían abastecimientos y refuerzos. En general se sostenía, quizás no muy erradamente, que una resistencia prolongada por parte de la plaza debía estar acompañada por grandes masas de fuerzas montadas en la campaña. Estas hostilizarían la retaguardia del enemigo, quién combatiendo en dos frentes y sin abastecimientos locales terminarían por agotarse y abandonar el lugar. 

            Lo elaborado a través de tanto tiempo debió ponerse en práctica cuando los británicos asumieron la decisión de tomar Montevideo. No obstante la defensa de nuestra ciudad fue bicéfala: por un lado el gobernador Ruiz Huidobro y por otra el Virrey Marqués de Sobremonte. Dos autoridades que se enfrentaron en todo momento; por lo que no podemos dudar que, en gran medida, la caída de nuestra ciudad se debió a estas divergencias. La personalidad y actuación de ambos jefes españoles merecería un estudio aparte y despojado de los prejuicios con que siempre se les ha considerado. Ni Ruiz fue tan competente y honesto, ni Sobremonte tan cobarde e ineficaz.  

            En el momento de los acontecimientos que historiamos  - el bloqueo del Plata y ataque a Montevideo - las fuerzas del Apostadero estaban sustancialmente disminuidas. En efecto, con motivo de la expedición de Liniers para reconquistar Buenos Aires había partido una fuerza naval de 6 zumacas y goletas armadas, 6 cañoneras "del Rey" y 3 particulares . Creemos que su presencia, de todas formas, no hubiese alterado los resultados finales. 

            Frente a los españoles los británicos alinearon unas fuerzas que variaron ampliamente en número. Desde los 11 navíos de Popham hasta los más de 100 que comandaba Stirling. Las cifras totales, así como la categoría de los buques invasores son un tanto difíciles de determinar con precisión, puesto que hubo un constante ir y venir desde y hacia Inglaterra, el Cabo y, los supuestamente neutrales, puertos de Brasil. 

            Desde la perspectiva del invasor la situación fue apreciada en formas distintas con el correr del tiempo. Parece quedar claro que Popham no tenía ideas muy precisas sobre el Río de la Plata cuando hacia éste se encaminaba. Su "plan de operaciones"  datado en alta mar el 8 de Mayo de 1806 nos dice que el Comodoro cifraba sus esperanzas en obtener información de primera mano una vez llegado a la boca del río. Creía que Montevideo debía ser su principal objetivo, pero poco conocía de la situación real. Por ello es que su "plan" proponía varias opciones: desembarcar dentro de la misma bahía y ocupar el puerto y ciudad, hacer lo propio en Punta Brava, desembarcar en las Barras del Santa Lucía o del Arroyo Pando. Si nada de esto fuere posible los esfuerzos debían dirigirse hacia Buenos Aires. 

            La derrota de Beresford en las calles de la capital virreinal, el bloqueo del Plata y la llegada de nuevas fuerzas permitieron que los británicos encarasen la toma de nuestra ciudad; empero siempre la sobrevaloraron en cuanto a la calidad de sus fortificaciones y de sus defensores. Para los británicos quedaba claro que el peso de las operaciones recaería sobre el ejército, pues la decisión sería en tierra; no obstante la escuadra debía echar en la balanza el peso de su poder y técnicas navales en un paso enormemente difícil como lo era el desembarco en tierras dominadas por el enemigo. 

            No podemos, a estas alturas, dejar de lado una comparación que nos parece oportuna. Me refiero a los sucesivos jefes navales británicos. Ambos representaban dos formas y estilos muy distintos que, por entonces, coexistían en la Royal Navy. 

            Popham había nacido en un lugar tan exótico entonces como hoy: la ciudad marroquí de Tetuán. Como todo oficial comenzó su carrera como grumete, pero ni bien llegado a oficial pasó al servicio de la Compañía de las Indias Orientales. Esto nos da la medida del Comodoro. El oficial de Indias era por definición persona de carácter ambicioso y aventurero, siempre en busca de emular a Lord Clive el legendario fautor de imperios coloniales. La conquista y la riqueza eran fines que estos personajes siempre tenían presentes, a pesar de todo, aún de la autoridad. 

            Capitán en el Mar del Norte, altos contactos en San Petersburgo, relaciones con el propio Zar Pablo I y un título ruso de caballero completan su personalidad por este lado. En su propia patria contaba con la amistad del Duque de York, entonces Comandante en Jefe del Ejército, y del propio William Pitt. Todo esto le permitía tener una actitud independiente ante el Almirantazgo donde era bastante detestado. Su participación en la heroica cuan frustrada expedición de Abercromby que marchó desde las costas del Mar Rojo hasta El Cairo para desalojar a unos franceses que ya no estaban allí, dio a Sir Home y compañeros una popularidad que todo lo justificaba y perdonaba. En esa expedición del desierto se forjaron amistades navales y militares que no dejaron de tener su peso en la ventura platense. 

            Estos antecedentes convirtieron a Sir Home en uno de los motores de la aventura platense. Su desesperación fue no haber culminado "su" aventura, lo que le hizo más doloroso el relevo llevado a cabo en forma bastante dura por su sucesor Sir Charles Stirling. Este era otro típico producto de la Armada Británica. Hombre de carrera pareja, ordenancista, encadenado a la disciplina y obediencia absolutas, y por todo ello apreciado en el Almirantazgo. Diríamos que era un buen técnico, pero sin el espíritu de empresa de su antecesor. En todo se atuvo a ejecutar las políticas de Achmuty. Empero el fin de su carrera fue el proceso y la pérdida de su grado por delito de desviación de fondos. Popham en cambio fue miembro del Parlamento, de la Royal Society y jefe de escuadra en las Indias Occidentales. 

            En agosto de 1806 la escuadra británica con 11 buques permanecía en el Plata bloqueando los puertos hispanos. Empero mayores acciones no podía emprender por hallarse sin bases en tierra, dependiendo para su abastecimiento de los puertos amigos del Brasil,y con su marinería bastante reducida por haber empleado parte de ella en reforzar las fuerzas de tierra ahora prisioneras en Buenos Aires. 

            La situación varió cuando a principios de Octubre llegó la vanguardia del segundo contingente, encabezada por el Tte. Cnel. Browne que contaba con 2.800 hombres entre infantería y " lights dragoons " desmontados. Ante este aumento de efectivos Pophan propuso a Browne una operación que salvaría toda la empresa: la toma de Montevideo. 

            El jefe de tierra accedió bajo condición de que la escuadra garantizase que podía acallar los fuegos del frente Sur de la ciudad y los de la Ciudadela. Browne en esto partía de un concepto erróneo puesto que estaba convencido que el frente de tierra montevideano era la parte más fuerte de las fortificaciones y el del mar la más débil. La situación era verdaderamente a la inversa. No contando con tren de sitio accedía a intentar el desembarco por la parte Sur. 

            A mediados de Octubre la escuadra fondeó al amparo de la isla de Flores, tomándose varios días para enviar fragatas que reconociesen fuerzas, la respuesta de la artillería y, especialmente, los fondos. El 28 de Octubre, con veintiséis buques la escuadra arrumbó hacia Montevideo paralela a la costa. El Diadem y el Raysonable llevaban las tropas de desembarco. Sobre las diez de la mañana comenzó el fuego de los barcos respondido por la plaza con bastante vigor y abundancia de bala roja. Aproximados a la costa los atacantes percibieron que la respuesta de la plaza era más violenta de lo esperado. Pero peor fue comprobar que, quizá por la bajante, los fondos eran escasos y sólo con las baterías altas y las piezas con máxima elevación apenas llegaban los tiros a la playa. La acción redobló cuando en la boca del puerto hubo que hacer frente a los disparos del fuerte de San José y de los buques y lanchas que estaban en la bahía. Todo llevó a que hacia las once de la mañana se suspendiese la acción. 

            Para los montevideanos, según el P. Pérez Castellano, la única baja fue una mujer herida por una esquirla a quien debió amputársele un pie. Para los británicos la principal consecuencia fue decidir que había que esperar nuevas fuerzas que permitirían un sitio en regla y buscar rápidamente una base en tierra. Así entre el 29 y 30 de Octubre tomaron Maldonado, acción de poco interés naval si no es por el bombardeo a las baterías de Gorriti que resistieron hasta agotar toda la munición y el desembarco sobre la Punta de la Ballena sin mayor oposición. 

            A principios de Diciembre de 1806 Sir Charles Stirling asumió el mando de la escuadra enviando, en forma bastante desconsiderada, a Pophan de regreso. A los pocos días llegó el general Sir Samuel Achmuty quien se convirtió en el jefe nato de la expedición. Este militar apreció la costa con ojo experto. Entendió que Maldonado era indefendible, el hostigamiento de la caballería española era constante y, en razón de ello, el abastecimiento local era imposible. En sus propias palabras fueron estas constataciones las que le decidieron emprender acción contra Montevideo. 

            El 16 de Enero de 1807, partiendo desde su fondeadero en la Isla de Flores, la escuadra se dividió en dos; unos buques amagando hacia el Cerro y otros dirigiéndose hacia "El Buceo", donde debía realizarse efectivamente el desembarco. Aquí nos hallamos ante una perplejidad, la documentación compulsada nos indica que el Buceo de esa época no es la zona que actualmente conocemos por ese topónimo. Sin duda era mucho más al Este. 

            Aquí debía efectuarse la más delicada de las operaciones, tal como lo comentaron varios participantes de los hechos. El desembarco era algo difícil ante un enemigo alertado, por lo que la acción de protegerlo por parte de la escuadra era fundamental para el éxito. Dos divisiones, la de Lumley y la de Browne, formaban el cuerpo; y la protección estaba encomendada a cuatro fragatas acoderadas y un bergantín artillado.                        

            Los españoles disponían de numerosas fuerzas de caballería en extramuros, dotadas de importante tren de artillería; el mando lo tenía el propio Virrey, Marqués de Sobremonte, quién encomendó aplastar la cabeza de playa al Coronel  - en funciones de Mayor General - Santiago Alejo de Allende. Con su tradicional arrojo esta caballería marchó al combate pero su acción resultó poco menos que inútil. En efecto, el fuego naval impidió que siquiera se aproximasen efectivamente a la playa donde la infantería británica desembarcaba con absoluta tranquilidad. Metralla sobre la costa y bombas sobre médanos y barrancas mantuvieron alejados a los españoles; pese a los heroicos intentos de los "miñones" que intentaron combatir en orden abierto. El hecho fue que hacia las diez de la mañana toda la operación había concluida. 

            La marcha hacia la ciudad siguió por tierra en ruta próxima a la costa. Achmuty, receloso de las fuerzas montadas, dispuso sus tropas de tal forma que formasen un cuadro cuya a la izquierda desguarnecida diese sobre el río; desde allí varias fragatas acompañaban sus movimientos y con su fuego hostigaban constantemente el flanco derecho de los defensores. las fuentes hispanas son contestes en afirmar que esta acción protectora de la flota británica impidió en todo momento un despliegue conveniente de sus fuerzas las que, por falta de apoyo de la ciudad, terminaron por retirarse hacia el NorOeste. El combate del Cristo, el 20 de Enero, terminó con las operaciones en campaña y establece el principio de las operaciones del sitio. 

            En los acontecimientos posteriores la escuadra británica, ahora favorecida por la marea alta, se circunscribió efectivamente al bombardeo intenso de la ciudad y sus defensas, coadyuvando a las baterías de sitio. Empero nunca le fue posible ingresar a la bahía por la oposición de los buques artillados allí existentes en segunda línea y doce lanchas cañoneras colocadas en primera. Esta actuación de las fuerzas del apostadero fue esencial para la resistencia; porque por un lado el uso español de la bahía permitía las comunicaciones con la campaña, el abastecimiento de la ciudad y la llegada de refuerzos - que fueron pocos y tardíos - y por otro porque sus fuegos hostilizaron constantemente a las baterías que los británicos habían establecido en la Aguada. 

            Todos sabemos que los relatos posteriores a los hechos, y más si son realizados por sus protagonistas, pecan de parciales y justificatorios. Pero no dejamos de reconocer un importante fondo de verdad en el parte que hizo el 30 de Diciembre de 1807 en Madrid el propio Ruiz Huidobro para el Príncipe de la Paz. El nos da una visión bastante global de los acontecimientos; por ello consideramos que su parte medular es ilustrativa de la participación de las fuerzas del Apostadero y adecuado fin para estas palabras. 

"Por lo que respecta a la Marina Real no tuvo ocasión de manifestar que su entusiasmo en nada cedía al que animaba a la guarnición y pueblo para defender la Plaza; pues como el enemigo respetó las líneas de defensa del puerto, compuesta la primera de cinco buques acoderados con dos cañones de a 24 y 18 en las proas con sus flancos guardados por las baterías de la Isla y San Francisco y la segunda avanzada de doce lanchas cañoneras que en caso necesario debía replegarse entre los claros de la primera, no hubo ocasión de una acción general, y solo tuvo lugar algún ligero ataque a los buques que se aproximaban o que casualmente quedaban en calma. Las lanchas cañoneras nos fueron de suma utilidad para proteger las embarcaciones que durante el sitio nos conducían los víveres desde la barra del Miguelete hasta el muelle, y a ellas se debió que el enemigo no los interceptase. Por las noches las obuseras les causaban bastante molestia en su campo con las granadas que les arrojaban, y a la batería de la Aguada - que era la que estaba al alcance de las cañoneras - se dieron diferentes ataques en que perdimos algunos marineros. La Marina se mantuvo en sus buques la noche del asalto, pues no era prudente sacarla de ellos con el riesgo de que el enemigo atacase el puerto al mismo tiempo que lo hacía por tierra. Visto que éste dominaba la plaza se puso fuego a los buques del rey en cumplimiento de mis órdenes y pasaron sus individuos a Buenos Aires..." 

            Poco queda por decir puesto que lo ya expuesto resulta ilustrativo. Demás está llamar la atención sobre la desproporción entre ambas fuerzas navales, ya sea en calidad como en cantidad. Pero si cabe destacar algo cuya validez trasciende las meras circunstancias históricas y que se refiere a valores fundamentales: las fuerzas del Apostadero, en la mejor tradición de la Marina del Rey, actuaron hasta el límite de sus posibilidades cumpliendo con su deber y razón de ser.-      

 
 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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