Historia y Arqueología Marítima

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LA POLÍTICA INTERNACIONAL  EN LA EPOCA DEL  APOSTADERO DE MONTEVIDEO

(1776-1814)

Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

 

Publicado Por la Academia Uruguaya de Historia Maritima y Fluvial, 1997

Indice Prologo Politica Internacional en la Época El Sistema Geoestrategico Español El equlibrio naval
El Apostadero de Montevideo y las Islas Malvinas El Montevideo del Apostadero Aspectos comerciales y politicos del Apostadero. Montevideo visto desde el Mar Los Gobernadores y el Apostadero
Sus Comandantes Los Ingenieros de Marina Las operaciones Britanicas y Españolas en el Plata 1806-7 Las Batallas del Apostadero  

  Académico Doctor OSCAR ABADIE AICARDI  

              La historia del Virreinato del Río de la Plata y de su Apostadero Naval de Montevideo se inscribe temporalmente en la gran época de las revoluciones norteamericana y francesa y de la primera etapa de la hispanoamericana (1808-14), que transformaron profundamente al mundo occidental. Es, igualmente, la época del ascenso de Inglaterra al poder mundial, al quebrantar -- a partir de su política de equilibrio continental en Europa -- la potencia colonial de Francia y España, reducir a los países hispanoamericanos y el Brasil a un protectorado virtual, e iniciar su nuevo Imperio en la India y el Africa, controlando los mares (y consiguientemente a sus ribereños) gracias a un collar de pequeñas islas y posesiones de selecto valor estratégico. 

            En lo que a la América Española respecta, durante este largo período hicieron crisis algunos problemas estructurales, derivados de su enorme extensión y su dispersante geografía, exteriorizándose en un grave problema estratégico global, focalizado en dos puntos principales: el Caribe y la frontera septentrional del Virreinato de Nueva España, por un lado, y la frontera rioplatense con Portugal, por otro.

             En el Norte, el problema tuvo su punto de partida ya en 1682, cuando La Salle tomó posesión para Francia de toda la cuenca del Misisipí, a la que llamó Luisiana como homenaje al rey Luis XIV, y se propuso unirla al Canadá. Ello suponía estrechar amenazadoramente a las colonias inglesas contra el litoral atlántico. Los franceses iniciaron entonces un doble avance hacia el sur: por el territorio de Illinois,hacia la Luisiana; y por los valles del apto Ohio y el Hudson hacia Nueva York, puerto libre de hielos todo el año, a diferencia de los del San Lorenzo, para una comunicación franca con Europa. En esta dirección, los colonos franceses chocaron con los ingleses, que remontaban el Hudson para alcanzar la región rica en pieles de castor de los Grandes Lagos y el Oeste. A partir de 1689, y a pesar de la vigorosa acometida inicial francesa, las acciones se fueron inclinando, tras tres guerras sucesivas, a favor de los ingleses, debido a su inmensa superioridad numérica (relación de 25 a 1 en 1763) y al mayor apoyo de su metrópoli. En la cuarta guerra, la de los Siete años (1756-63), la derrota de Llanuras de Abraham (13 de setiembre 1759), en las puertas de Quebec, selló la suerte de la Nueva Francia, que, por el tratado de París de 1763 pasó a dominio británico, lo mismo que la Luisiana Oriental y la India francesas.

             Así, la América inglesa pasó a extenderse desde la bahía de Hudson y la Acadia hasta el golfo de México y el Caribe, y desde el Atlántico al Misisipí. Francia desapareció de la América del Norte, con lo que España quedó sola, sin el contrapeso francés, ante una Inglaterra mucho más fuerte que antes, y, lo que era peor, con una frontera en la Luisiana abierta y despoblada, expuesta a la presión expansiva angloamericana hacia el virreinato novo-hispano y las Floridas.

             El segundo tratado de París, del 3 de setiembre de 1783, que reconoció la independencia de las trece colonias inglesas, lograda gracias al importante apoyo de Francia y España contra Inglaterra, no alteró en esencia la situación territorial, pues la diplomacia francesa, a diferencia de la inglesa en 1763, no supo aprovechar como debía el triunfo militar. El flanco oriental de la Nueva España siguió así expuesto al avance anglo-americano.

             Por la misma década de 1760, otro peligro se cernía sobre el Virreinato mexicano, aunque por la costa del Pacífico. Por esos años, cazadores y traficantes de pieles rusos, llegados desde Siberia con Vito Behring ya a comienzos del siglo, se hallaban instalados en el estrecho de Behring, Kodiak e islas Unalaska, y barcos rusos navegaban hacia el sur, rumbo a Oregón. Este motivo fue el determinante de la ocupación de la Alta California por los españoles de México; pero pesaron en ello, además, la necesidad de encontrar un puerto que sirviera de refugio al Galeón de Manila, y también el ansia de los misioneros franciscanos de México por convertir a los indios gentiles del Norte. Para ello, el Visitador José de Gálvez, tras fundar el puerto de San Blas, en el golfo de California, que luego sería Apostadero Naval de ese Virreinato, envió una expedición a fundar los puertos de San Diego y Monterrey, en la que participaron misioneros franciscanos dirigidos por el notable mallorquín Fray Junípero Serra (enero de 1769). Nacieron inicialmente las misiones de San Diego y San Carlos Borromeo de Monterrey (1769-70) y poco después San Antonio de Padua, San Gabriel y San Luis Obispo de Tolosa (1771-72). Tras un alto, el 9 de octubre de 1776, cuatro meses después de la declaración de independencia norteamericana en Filadelfia, quedó fundada San Francisco, la sexta y la más septentrional de todas las misiones que orlaron la costa californiana. Tres más llegó a fundar Fray Junípero antes de su muerte en 1784; sus continuadores establecieron ocho más, entre 1786 y 1798, todas las cuales continuaron prosperando después de 1800 y a las que se sumaron otras tres.

             Paralelamente, y por iniciativa del propio Gálvez, entonces Ministro de Indias, en 1776 se reformó la organización política del Virreinato, segregándose las provincias del norte, con las que se constituyó el Gobierno y Comandancia General de las Provincias Internas, con el propósito de fortalecer una frontera ya claramente amenazada por la expansión de los Estados Unidos, paradojalmente nacidos el mismo año que la provincia mexicana de California, a la que andando el tiempo y sonando el oro, acometerían e incorporarían en 1848.

             El otro gran problema geopolítico del Imperio español, el de la frontera oriental rioplatense con Portugal, era de muy larga data. El desconocimiento de la línea de Tordesillas (Pará do Belem-Cananea) por Portugal se agravó en el siglo XVII con las " bandeiras " paulistas de apresamiento de indios como esclavos y la expansión por el litoral, con las fundaciones de Laguna, el Puerto de Río Grande y Porto Alegre así como de la Colonia, respaldada por Inglaterra como punta de lanza de su contrabando.

                        Por otro lado, la necesidad de incorporar tierras templadas productoras de alimentos para la zona de influencia de la minería del oro y diamantes descubiertos desde 1693 en Minas Gerais, impulsó al Brasil a desplazar su centro de gravedad hacia el sur con la creación del Virreinato con capital en Río, desplazando a la ahora demasiado septentrional Bahía, así como a firmar el tratado de Permuta con España (1750), que sustituyó la línea geográfico-matemática de Tordesillas por una geodésica basada en límites naturales. Como este límite era preciso determinarlo sobre el terreno, ello benefició a Portugal, al permitirle interponer interminables chicanas. En cuanto las medidas reorganizadoras y centralizadoras fueron respaldadas por el envío de importantes refuerzos militares y su concentración en Santa Catalina, a fines de 1774, la Gobernación del Plata quedó en manifiesta inferioridad política, estratégica y militar en comparación con el Brasil.

             En coincidencia con lo anterior -- coincidencia que en el caso inglés es por demás significativa-- otros poderes europeos amagaban a España en sus mares americanos. Tal fue el caso de Inglaterra, precisamente, que en 1765 fundó el establecimiento de Puerto Egmont, en las Malvinas, expugnado el 10 de junio de 1770 por una expedición partida de Montevideo. El incidente puso a ambas naciones al borde de la guerra pero se zanjó, pues Inglaterra, aunque ya más fuerte, debió transar pues se estaba empantanando en la rebelión norteamericana.

             Mientras tanto, España continuaba su recuperación naval, disfrazando su esfuerzo bélico, hábilmente, como destinado a su guerra con Marruecos. En tales circunstancias, a comienzos de 1776, los portugueses, sin mediar declaración de guerra, atacaron el Río Grande español, ocupando puntos importantes, como el fuerte de Santa Tecla y el puerto de Río Grande . España, habiéndose asegurado con una muy sutil relación diplomática con Inglaterra de que ésta, absorbida por la revolución norteamericana, no saldría en defensa de Portugal en la medida en que España se limitara a restaurar las tierras últimamente usurpadas por aquel, se resolvió a abrir campaña. La señal se la dio la declaratoria de independencia de los Estados Unidos. El 1 de agosto, por acuerdo secreto, se creó el Virreinato del Río de la Plata y partió al frente de una enorme flota y ejército el primer Virrey, el general D. Pedro de Ceballos, con el resultado exitoso conocido.

             Tras el breve y anárquico período inicial de la Confederación, asumió el gobierno Jorge Washington (1789-97), candidato del conservador partido del nuevo Estado Federalista. Dedicó su gobierno a consolidar el país, asegurando sus límites y manteniendo la paz tanto en lo interior, lo que era necesario para fortalecer la economía, como en lo exterior, mediante una política de neutralidad entre las grandes potencias europeas y de abstención de firmar tratados de alianza o de cualquier tipo que lo comprometieran de algún modo por un lapso prolongado. Tal fue, por lo demás, la política que aconsejó en 1796 en su Mensaje de despedida (" Farewell address "), en lo que se llamó luego " doctrina de los dos hemisferios ", a la que se atuvo su sucesor y correligionario John Adams (1796-1800). 

            En 1800 fue elegido Presidente Thomas Jefferson (1800-08), del partido Republicano-Demócrata, que representaba a los agricultores y se oponía al predominio de los capitalistas del Norte. Era un demócrata rusoniano, amigo de la revolución francesa y enemigo de Inglaterra; pero como gobernante se mostró prudente y no se apartó de la política Federalista contraria a las alianzas, primando así en él la formación empirista anglo-americana sobre la febril utopía del ginebrino. Mas, como representante de la población agrícola que poco a poco emigraba hacia el Oeste, se mostró más empeñoso que sus antecesores en hacer posible la expansión más allá del Misisipí, atento a los intereses de la oligarquía terrateniente y esclavista sureña. Puso igualmente sus ojos en la adquisición de las Floridas y de Cuba. 

            Ahora bien, como dice Bemis, la política exterior de Washington " se habría desvanecido de la noche a la mañana " si las provincias españolas limítrofes hubieran pasado súbitamente a manos de una potencia marítima europea más fuerte. La transferencia de la Luisiana a Inglaterra, por ejemplo, habría  puesto a ésta en condiciones de cercar a los Estados Unidos, como Francia a las trece colonias antes de la guerra de Siete años. No era menor el temor que inspiraba su devolución a Francia, tras la cesión que ya le había hecho España, por el tratado de Basilea del 22 de julio de 1795, de la mitad oriental de la isla de Santo Domingo. De ahí la enorme preocupación de Jefferson al enterarse de la cesión de la Luisiana hecha a Francia por España en el tratado de San Ildefonso del 1 de octubre de 1800. Ella permitiría a la poderosa y agresiva Francia napoleónica apoderarse de todo el valle del Misisipí y de Nueva Orleans, resguardándolos desde Santo Domingo como base naval de un vasto dominio francés en América del Norte y las Antillas, tanto mas grave si se consideraba además los rumores de que España cedería igualmente a Francia las Floridas. Su temor fue compartido por el gobierno inglés, cuando el ministro norteamericano le comunicó que " estamos conformes con que las Floridas continúen en poder de España, pero veríamos con disgusto que fueran cedidas a otros que no seamos nosotros ". En definitiva, aunque Napoleón y Talleyrand se opusieron a la venta, el desaliento que les causó la desastrosa derrota del ejército francés en Haití ante Dessalines, los llevó a aceptarla. También Inglaterra lo hizo, como mal menor. Los EE.UU. adquirieron así todos los territorios casi inexplorados, existentes al Oeste del Misisipí hasta las Rocallosas, abriéndose para ellos las perspectivas de extenderse hacia el Pacífico a expensas del Virreinato de México.

            La aceptación inglesa había sido hecha con prevención contra la pretensión norteamericana de incluir en la incorporación de la Luisiana a las Floridas y Texas, con la consiguiente exclusión de Inglaterra de la navegación del Misisipí y la sustitución de la soberanía española por la norteamericana desde los confines meridionales de Georgia (conquistada fácilmente por Inglaterra a España en 1752) hasta  el río Grande. 

            Absorbida por las guerras europeas, Inglaterra no actualizó su prevención hasta que el alzamiento español contra Napoleón, en 1808, la hizo inquietarse por los planes norteamericanos sobre las provincias españolas limítrofes, ya que la situación en la Península brindaba a Jefferson la oportunidad de anexarlas. En efecto el 22 de octubre de ese año sometió aquél a su gabinete la consulta sobre qué política seguir con esos territorios y Cuba. La resolución fue la de comunicar a círculos influyentes de Cuba y México --que ya aparece también en la mira-- que el gobierno de Washington no vería con disgusto su permanencia bajo dominio español, pero que le produciría " la más enérgica repugnancia...verlos subordinados a Francia o Inglaterra, ya fuera en el plano político o el comercial ". A pedido del ministro español en Londres, Almirante Apodaca, Inglaterra solicitó en 1809 aclaraciones en nombre de España, su aliado flamante; los EE.UU.,naturalmente, desmintieron todo rumor de intenciones hostiles contra España.

            Ello no obstó a que en setiembre de 1810, los colonos de Bâton Rouge (Florida Occidental), en su mayoría inmigrantes norteamericanos atraídos por las concesiones de tierras absurdamente hechas por la autoridad española, se proclamaran independientes y solicitaran el mes siguiente a EE.UU la ocupación de la provincia. Lo que velozmente tuvo lugar el 27 de ese mismo mes, aduciéndose el peligro de que " cualquier potencia extranjera " se adueñara de ella, pensándose desde luego en Inglaterra y no en sí mismo. Sobre la base del hecho consumado de la ocupación militar, el Presidente Jacobo Madison (1808-16), invocando como siempre el temor de que Inglaterra interviniese para apoderarse de los restos de territorio español, logró que el Congreso votase una declaración, el 15  de enero de 1811, que estableció que visto el debilitamiento español y el consiguiente peligro de que las Floridas pasaran a otra potencia, " la debida consideración de su propia seguridad le obliga a proveer... a la ocupación temporal de dichos territorios ", los cuales " continuarán en sus manos, sujetos a futuras negociaciones". Esta llamada " Resolución de no transferencia " fue, según dice Dexter Perkins con toda razón, precursora de la " doctrina Monroe ".

            Durante el segundo mandato de Jefferson (1804-08) habían surgido roces con Inglaterra. Esta, en guerra con Napoleón, trataba de imponer el bloqueo a Europa. Por cierto que para imponérselo a Dinamarca, el Almirante Nelson procedió a arrasar Copenhagen, hallándose ambos países en paz. Los barcos ingleses detenían para ello a los neutrales, como era el caso de los EE.UU., requisaban ciertas mercancías y se llevaban marineros norteamericanos, alegando, a veces con razón, que eran desertores de la Armada británica. En 1812 estalló la guerra. Tropas inglesas del Canadá ocuparon el norte del país, incluida Washington, que fue parcialmente incendiada. Los EE.UU. pidieron la paz e Inglaterra planteó condiciones muy duras; pero una vez más las guerras europeas salvaron a los EE.UU.: el retorno de Napoleón de Elba obligó a Inglaterra  a retirar tropas de América, por lo que se firmó la paz, en Gante, sobre la base del statu quo ante bellum.

            En cuanto a la actitud de los EE.UU. respecto a los insurgentes de las provincias españolas no limítrofes, ella estuvo determinada en cierta medida por la línea anti-británica y pro-napoleónica del gobierno de Madison, que tanto pesó en el estallido de la guerra de 1812-14 e hizo del país la mejor vía de comunicación de Francia y la España bonapartista con la América Española. Washington recibió a los agentes de los insurgentes, aconsejándolos y proveyéndolos de barcos, armas y municiones, enviando a su vez agentes consulares y comerciales que se dedicaron además a difundir las ideas políticas norteamericanas, suscitando numerosos conflictos con los ingleses y sus allegados locales. Un caso bien ilustrativo es el de Joel R. Poinsett en Buenos Aires y Chile (1811-14), donde actuó en el bando de los hermanos Carrera y llegó a participar en la elaboración del proyecto constitucional federal de 1812. 

            Por lo que respecta al foco de amenaza que planteaba al Imperio español la frontera rioplatense con Portugal, el aprovechamiento inteligente por el rey Carlos III y sus ministros de la coyuntura planteada por la guerra de independencia de los Estados Unidos dio a España resultados positivos. En efecto, la fulminante y victoriosa expedición restauradora del Virrey Ceballos culminó con la firma del tratado de San Ildefonso (1 de octubre de 1777) que la benefició con la alteración de la línea de 1750, pues al basarse en el divorcio de las aguas tributarias del Atlántico y el Plata, recuperó la Colonia y las Misiones Orientales, devolviendo en cambio a Portugal Santa Catalina y la región oriental del Río Grande. Al año siguiente, ambas Coronas suscribieron en El Pardo un tratado de amistad, garantía y

comercio (11 marzo 1778), por el que se obligaba " cada uno a auxiliar... al otro contra cualquier ataque o invasión ", extendiéndose este compromiso a un vasto frente marítimo atlántico entre las bocas del Orinoco y el estrecho de Magallanes. 

            El nuevo Virreinato se había fundado en razón de la creciente importancia estratégica y económica del Plata, unida a la necesidad de dotarlo de una organización política y administrativa que le permitiera hacer frente a los avances portugueses en su frontera terrestre y las ambiciones inglesas sobre las costas patagónica y fueguina así como sobre las islas del Atlántico Sur. Para cumplir con este último cometido, el Virreinato debía contar con el concurso de una fuerza naval. No es de sorprender, por tanto, que la Real Orden que lo creó fuera seguida, sólo ocho días después, el 9 de agosto, por otra que supuso el comienzo del establecimiento del Apostadero Naval de Montevideo. Este, aparte de las funciones - comunes a todos los Apostaderos -, de policía fiscal, reprimiendo el contrabando, y de defensa de los dominios del Rey, impidiendo el establecimiento de extranjeros en sus costas e islas, " tuvo--como dice Martínez Montero-- una misión particular que cumplir ", que era " mantener la posesión de las islas Malvinas".

            Esta protección de los mares y tierras del Sur se expresó en el establecimiento, contemporáneo, de una línea de fortines en la frontera india de Mendoza y Buenos Aires, para prevenirse contra el ataque inglés alertado en esos años y denunciado por el propio Padre jesuita Falkner en su " Descripción patagónica " aparecida en 1774 ; como también de las fundaciones patagónicas de Carmen de Patagones, San Julián y Puerto Deseado, en 1779 y 1780, con papel protagónico del Apostadero; el sostenido patrullaje del Atlántico Sur por éste, y la explotación de sus riquezas. Todo ello se hizo, en buena medida, en los años comprendidos por la guerra de los Estados Unidos, aprovechando sabiamente tan favorable coyuntura. 

            En 1790 tuvo lugar un nuevo incidente entre España e Inglaterra que las puso al borde de la guerra, debido a la expulsión por barcos españoles de una expedición pesquera inglesa en la caleta de Nootka Sound, en la isla de Vancouver. España debió ceder y se firmó la Convención de San Lorenzo o de Nootka Sound, el 28 de octubre de ese año, que reconoció el principio de la libertad de navegación y pesca en ambos océanos americanos, lo que marcó el fin parcial de los " mares cerrados ", tan largamente ansiado por Inglaterra. Pero el

triunfo inglés distó mucho de ser total, pues aparte de reconocer el uti possidetis español, que amparó a las costas patagónicas y fueguinas y a las Malvinas, ya suficientemente pobladas, Inglaterra sólo podía desembarcar para comerciar y colonizar en las costas del Pacífico al norte de las ya pobladas por España; y en las costas occidentales y orientales suramericanas y sus islas adyacentes, no podría desembarcar, salvo con fines de pesca, al sur de las costas e islas ya ocupadas por España. Aunque esto dañó con su competencia la actividad pesquera española, la soberanía de España en el Atlántico Sur no se vio afectada. 

            La paz traída por el tratado de París de 1783 y el consiguiente cabal funcionamiento del régimen de libre comercio aprobado por la Real Cédula de 1778 aparejaron para el Imperio español una creciente prosperidad y un desarrollo económico que no fue sino parcialmente afectado por las guerras de 1796-1801 y de 1805-09 ni por las invasiones inglesas de 1806-1807.

            Entre tanto, los portugueses organizaban en el Río Grande la administración civil, estimulaban la agricultura y la ganadería, poblaban el país con una intensa inmigración de azorianos como colonos y el capital privado desarrollaba la industria del charque. Frente a ello, el Plata oriental español se desangraba en el semi-nomadismo, la insurrección indígena azuzada por Portugal y la dispersión de los muy escasos recursos militares. Así, pese a los esfuerzos del Virrey Arredondo, los portugueses fundaron fuertes en la margen occidental del Paraguay, prosiguieron la ocupación de tierras y comenzaron a sostener que la frontera en Merín no era el Piratiní, como claramente indicaba el tratado de San Ildefonso, sino el Yaguarón. La nueva guerra de España con Inglaterra (1796-1802), fue aprovechada por Portugal para sus planes expansivos, que culminaron con la conquista del Yaguarón y las Misiones Orientales, en 1801, sin mediar guerra entre las dos naciones.

            En 1809, al aliarse España con Inglaterra, se planteó a ésta el problema de cómo armonizar las relaciones entre el nuevo aliado español y el tradicional aliado portugués. Establecida la Corte portuguesa en Río, Londres debió disuadir a los portugueses de sus planes de protectorado sobre Buenos Aires y de gestionar el reconocimiento de la Princesa Carlota Joaquina como autoridad depositaria de la soberanía española. Debió luego intervenir dos veces más: cuando la invasión portuguesa de 1811, imponiendo a las partes el armisticio de Octubre de ese año; y en Mayo de 1812, cuando al replantearse el problema, volvió a restablecer la paz entre Buenos Aires y Portugal por el convenio firmado por el Dr. Nicolás Herrera, en nombre de Buenos Aires, y el coronel británico John Rademaker, por la Corte portuguesa.

            En junio de 1814, cuando la plaza de Montevideo capituló, vencido su Apostadero Naval con honor, ello aparejó en buena medida la victoria de la revolución en el Plata, la cual, paradojalmente, estaba en esos momentos siendo derrotada en todo el continente: en Chile en los campos de Rancagua (1814), en Venezuela en los de La Puerta, Urica y Maturín, y el exilio de Bolívar en Jamaica, y en México con la derrota y ejecución de Morelos.

  BIBLIOGRAFÍA  

ABADIE-AICARDI, Anibal y Oscar.- Portugueses y brasileños hacia el Río de la Plata. Un informe geopolítico 1816. Recife, 1977, Pool, 216 pp. 

FLAGG BEMIS, Samuel.- A Diplomatic History os the United States. New York, 1951 (3a.), Henry Holt, 994 pp. 

FLAGG BEMIS, Samuel.- The Latin American Policy of the United States. New York, 1971 (2a.), Norton, 470 pp. 

GIL MUNILLA, Octavio.- El Río de la Plata en la política internacional. Génesis del Virreinato. Sevilla, 1949.    

MARTINEZ MONTERO, Homero.- El Apostadero de Montevideo.      Madrid, 1968, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 272 pp. 

RENOUVIN, Pierre.- Histoire des Relations Internationales.   Tome V, Le XIXè. Siècle. Paris, 1954, Hachete, 421 pp.  

 
 

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