Historia y Arqueología Marítima

 

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HACIA EL POLO ANTÁRTICO. LAS EXPEDICIONES ANTARTICAS DE 1903/1904 VISTAS POR EL BOLETIN DEL CENTRO NAVAL

Indice Antartida

La expedición de la “Uruguay” a las regiones australes

Los primeros resultados del “Discovery” y los preparativos del doctor Charcot. Expedicion Antartica Francesa - Charcot Conferencia del Dr. Charcot La Pérdida del Antarctic
Transformacion Cañonera "URUGUAY" Expedicion de la "URUGUAY"  Expediciones Antarticas del “Frithjof” y del “Le Francais” Partida de la "URUGUAY"
Regreso de la "URUGUAY" Informe Yalour Conferencia del Dr. Otto Nordenskjöld Conferencia del Alf. de Navío J.M. Sobral

Cuando el Congreso Geográfico de Berlín, y la Sociedad Real de Geografía de Londres, determinaron realizar estudios en el continente antártico, emitieron también el voto de que el gobierno argentino cooperara a la realización de dicho pensamiento científico, erigiendo un observatorio magnético y meteorológico de primera clase en la isla de los Estados. Sabida es por todos la forma en que coadyuvó el gobierno en la obra emprendida de común acuerdo por Alemania, la Gran Bretaña y Suecia, sólo costeando la fundación del mencionado observatorio, que con tanto acierto ha establecido y dirigido el teniente Ballvé, y dotándolo de personal idóneo compuesto de oficiales de nuestra armada, sino también auxiliando, de la mejor manera posible, a la comisión sueca encargada de efectuar investigaciones en las tierras australes que corresponden al sector argentino.

Acababa de fenecer el término prefijado para las observaciones, cuando se oyó un grito de alarma. El Antarctic, que había ido en busca de la comisión sueca, y que debía estar de regreso a fines de abril de este año, no aparecía. Según los datos suministrados por nuestro observatorio de Año Nuevo, se sabía que el invierno en 1902 había sido excepcionalmente malo y seguido de una primavera y verano nada benignos, circunstancias que hacían deducir, sobre una base cierta, que los deshielos habían sido insignificantes. Muchas conjeturas podían formularse, de un orden más ó menos optimista, sobre la suerte del Antarctic; pero quedaba siempre en pie la necesidad de organizar una expedición para marchar en su busca y prestarle los auxilios que pudiera requerir. Estábamos bien lejos de pensar que la tarea nos estuviera reservada.

Las grandes naciones de Europa, que disponen de amplios recursos, de buques adecuados, y de personal experimentado en campañas polares, se presentaban en primer término como las más indicadas para acometer la empresa. Pero ¿no debía nuestro país hacer sentir su acción concurriendo a la obra salvadora de llevar auxilios a la expedición antartica? Nadie entre nosotros sabía de regiones polares, no teníamos a mano barco alguno especialmente construido para navegar entre los hielos y el costo mismo de la expedición merecía también ser meditado. Sin embargo, nos sentíamos estrechamente vinculados a la expedición sueca por la parte que nos tocó desempeñar en la campaña científica de 1901 a 1903; después, allá lejos, más allá del cabo de Hornos, límite máximo de latitud austral alcanzado por barcos argentinos, se hallaba formando parte de aquélla uno de nuestros camaradas, el alférez Sobral; era, además, un deber de humanidad el no dejar perder entre los hielos a tantos hombres valerosos y abnegados, con las valiosas colecciones y datos de toda especie que habían logrado reunir, y, por fin, algo también por amor a la gloria. ¿No valia la pena de ensayar nuestras fuerzas, aunque fuese en forma modesta, para recibir siquiera un rayo de esa luz gloriosa que ilumina los nombres de Nansen y de Nordenskjöld?

Aceptada la idea por los poderes públicos, se puso mano a la obra en el mes de julio. Quedaban tres meses por delante, y era menester aprovecharlos bien, so pena de no estar listos para la fecha conveniente de salida.

 

La Uruguay antes de la transformación

Ante todo, preocupaba la atención del gobierno la adquisición de un ballenero apto para navegar entre los hielos; pero, no habiendo sido posible conseguirlo, no quedaba más arbitrio que improvisar aquí lo que buenamente se pudiera; y en tal concepto, se nombró una comisión de oficiales de la armada para que asesorara al gobierno La comisión aconsejó el temperamento de transformar a la Uruguay reforzando su casco; cambiando sus calderas, máquinas y arboladura; y variando su distribución interna, para colocarla en debidas condiciones.

Entre las reformas efectuadas, debo citar dos que responden a las ideas más modernas sobre las condiciones que deben llenar los buques destinados a las expediciones polares. Una de ellas es la colocación de mamparos transversales de acero, que aumentando considerablemente la resistencia del buque, lo subdividen en siete compartimientos estancos, lo que es de importancia en caso de producirse vías de agua; y la otra, el revestimiento del fondo con planchas de acero, para favorecer el deslizamiento de los hielos y evitar la destrucción del casco por la acción de sus cortantes aristas.

Confiadas estas obras al Arsenal de marina de la capital, logróse llevarlas a cabo en el corto plazo con que se contaba. Simultáneamente, el comandante Irízar se había puesto en relación con sir Clement Markham, presidente de la Sociedad Real de Geografía de Londres, y, mediante su valiosa cooperación, había logrado obtener las colecciones y vestuarios especiales para campañas en el hielo; en tanto que se preparaban aquí mismo los demás elementos, muchos de ellos sin erogación para el tesoro, gracias  a la gentileza de los señores Santamarina, Bagley, O’Connor, Mariano Unzué (hijo) y la Sociedad Cooperativa Almacenes Militares, etc., etc. Reciban todos ellos el testimonio de nuestra profunda gratitud.

Respecto a la tripulación, como era muy justo, desde el primer momento se decidió utilizar personal exclusivamente argentino. A ese objeto se hizo un llamamiento a todos los que voluntariamente quisieran formar parte de la expedición; y si por el número excedieron a las necesidades, no debe olvidarse que, por la calidad, colmaron nuestras mayores exigencias. Bien merece un aplauso ese grupo de marineros que ha compartido con nosotros las fatigas de nuestra expedición antártica.

Por fin, el 8 de octubre largamos las amarras que aun nos retenían en el dique de carena, y despedidos por S. E. el señor presidente de la República, altas autoridades civiles, militares y navales, salíamos con destino a Ushuaia, decididos a cumplir dignamente el honroso encargo de devolver a la vida civilizada a Nordenskjöld y sus compañeros.

El 16 llegamos a la isla de Año Nuevo, donde debíamos recibir del observatorio el instrumental magnético y meteorológico que empleariamos ampliamente en el caso de una invernada forzosa. El mismo día entramos en Cook, de donde zarpamos el 19 con destino a Ushuaia, punto a que llegamos el 21 después do la navegación, siempre agradable, por el canal de Beagle. En Ushuaia, terminado el embarque de combustible, permanecimos hasta el 1.° de noviembre, en cumplimiento de las instrucciones que nos indicaban aguardáramos allí hasta esa fecha el arribo de las expediciones sueca y francesa, con las que debíamos ponernos de acuerdo.

En la madrugada del 1.° de noviembre, abandonamos aquellas aguas tranquilas, y después de recibir los cariñosos saludos de despedida del Azopardo, franqueamos el paso de Murray, pasamos por el cabo de Hornos, e hicimos proa al misterioso sur, preparado el ánimo a soportar sin desmayo las contingencias de nuestra primera navegación en los mares australes.

El día 4, a las 7 a. m., percibimos los primeros hielos de pequeño volumen, provenientes de la banquisa que comenzaba a disgregarse y que cruzamos en dos ocasiones. A mediodía nos hallamos a unas seis millas al norte de las Shetland. El tiempo muy fosco no permitía ver más allá de dos millas. A las dos de la tarde, avistamos por la proa un bulto de crecidas dimensiones y terminado en punta, que al principio creíamos que fuera algún islote que no marcaban las cartas; pero que, reconocido más tarde, resultó ser un enorme iceberg cuadrangular, de una milla por costado, y de 150 pies de altura, que derivaba a impulsos del viento y la corriente.

Por primera vez sentíamos la sensación real que producen los hielos, y de que no dan idea las descripciones más fantásticas. Disminuimos  la marcha, para aguardar que aclarase; poco después distinguimos otros cuatro icebergs, con su característica forma de torre, y a las seis de la tarde, una tierra elevada, que por nuestra situación supusimos fuera el cabo Foreland de la isla del Rey Jorge.

Durante la noche, debido a lo cerrado del tiempo y al fuerte viento reinante, se puso el buque a la capa, con proa al norte, teniendo que maniobrar continuamente para evitar el choque de los abundantes trozos de hielo sueltos y esparcidos en una gran extensión de mar.

En aquellas regiones y en la presente estación, los dias son muy largos; obscurece a las once de la noche y amanece a la una de la mañana, persistiendo el crepúsculo durante las dos horas, de lo que impropiamente pudiéramos llamar noche. Así, pues, al amanecer del día 5, proseguimos viaje al sur, haciendo proa al cabo Foreland, frente al cual nos hallamos a las seis de la mañana, y, de paso, reconocimos que está mal situado un islote peligroso bordeado por arrecifes a la altura del cabo Melville. A mediodía estábamos frente a la isla Brickmann, cerca de la cual se veía un hermoso iceberg. Aquí el problema de nuestra navegación admitía dos soluciones: cortar por el estrecho situado entre Joinville y Luis Felipe, ó seguir a la vista de la costa de Joinville, dejando todas las tierras al oeste. Por la dirección y fuerza de los vientos predominantes en los días anteriores, suponíamos que el pack estaba corrido al SE, y, por lo tanto, que la boca del estrecho se hallaba bloqueada por el hielo; en cambio, la otra ruta, al menos en las proximidades de la costa, debía de dar paso libre.

Nos decidimos, en consecuencia, por la segunda derrota, y, a las tres de la tarde del día 5, encontramos todo el horizonte obstruido por el pack, sin alcanzar a divisar mar libre desde el nido de cuervo. Se resolvió entonces cambiar de ruta, y, en efecto, hicimos rumbo al este, descubriendo a las 8 millas de camino, mar libre a cuatro millas más adelante. Despuntado el pack de nuevo, torcimos rumbo al S, quedándonos mar libre al este en todo lo que abarcaba la vista.

A las cinco de la tarde el vigía anunció, desde el nido de cuervo, que, a distancia de 6 millas, el pack cubría todo el horizonte visible. Se buscó la parte más angosta, y, a las seis, penetramos en él lentamente primero, y después a toda fuerza, para abrimos paso con la proa. Navegamos así durante una hora, dejando tenidos de rojo los hielos que rozaban contra el costado de la Uruguay. ¡El pack, el pack! Es una dilatada extensión de mar, totalmente cubierta de témpanos oprimidos los unos contra los otros, de volumen y espesor variables. Y el marino que evita embestir con todo obstáculo, y que hasta teme el encuentro de su barco con un simple leño flotante, tiene que arremeter contra estas masas heladas, tiene que sentir bajo sus pies el estremecimiento del choque, hendir los témpanos, verlos pasar, injuriando los flancos del buque, formando a popa un estrecho canal que poco a poco se cierra, mientras el corazón y la máquina baten ataque a toda fuerza. En el pack se entra, pero no siempre se sale, y Larsen se empeñó bravamente en él; pero la barrera se espesó, se hizo infranqueable;la quilla del Antarctic fue impotente para abrirse camino, y la atrevida nave quedó formando parte del helado macizo, a merced del viento y de las corrientes, cada vez más comprimida. Una enorme masa de hielo avanza lentamente en el pack: éste se estremece, y, abriendo paso al formidable block, estrangula a su vez a la nave prisionera.

Estos packs ofrecen para el buque que los atraviesa, no sólo el peligro de quedar detenidos por presión, sino también por imposibilidad de movimiento propio, a causa de una rotura de la hélice, lo que puede ocurrir en cualquier momento al chocar sus palas con la parte sumergida de los blocks, que, como es sabido, tienen bajo el agua nueve veces más volumen que sobre la superficie. Paramos la máquina a las once de la noche para esperar el alba a causa de hallarnos rodeados por pack y icebergs y de ser el tiempo muy brumoso; la precaución quedó justificada algo más tarde, pues el capitán Hermelo, que en el puente cuidaba de la nave, a duras penas pudo escapar de un enorme témpano que venia a embestirnos.

Amaneció el día 6 y continuamos viaje reconociendo la isla Etna y el cabo Fitz Roy. En toda esta navegación tuvimos siempre grandes icebergs a la vista, y el pack al este, de modo que aprovechábamos para seguir adelante ese mar relativamente libre, situado entre el pack y la costa firme y que estaba relleno de grandes témpanos. A causa de no estar bien estudiada la hidrografía de esa región, la derrota recomendada es dejar al oeste a todas las islas Danger, para evitar los bajíos ó piedras sueltas que pueda haber en aque llas aguas; pero, como el pack estaba pegado a las islas, resolvimos meternos entre éstas y la costa, a pesar de haber allí muchos icebergs.

Continuamos navegando por entre los trozos de hielo, chocando con ellos a cada momento. De aquí hicimos rumbo a cabo Seymour, dejando la isla Paulet a doce millas al oeste: ¡Quién hubiera pensado que allí estaban guarecidos desde principios de año, los sufridos tripulantes del Antarctic!

A l as 6 de la tarde distábamos 10 millas del cabo Seymour. El vigía anunció el pack al S E, mar libre sobre la costa y pack angosto por la proa. Entramos en éste a las 6 y 10, y después de navegarlo con las precauciones aconsejadas por todos, estábamos en mar libre. A las 8 1/2 de la noche echábamos el ancla en la bahía formada por el cabo Seymour y la isla Cockburn, a 1000 m. del borde del mar helado, que se extendía hacia el fondo de la bahía, distante 12 millas, donde debía encontrarse la estación de invierno de la expedición sueca. El comandante fue a reconocer las condiciones del hielo, y, como encontrara que éste tenia tres metros de espesor, y ante la imposibilidad material de forzarlo con el buque, se convenció de que sólo era factible el trasladarse a ella en trineo. A su regreso a bordo, trajo una foca que fue cazada en el hielo con el objeto de probar su carne. Se decidió, pues, a efectuar una expedición a Snow Hill después de hacer un reconocimiento en busca del depósito de víveres de la isla Seymour, en el cual debían encontrarse noticias sobre la expedición sueca. En consecuencia, se despachó una comisión compuesta por el doctor Gorrochategui y teniente Fliess, con la misión de reconocer la costa S de la isla Seymour en busca del depósito de víveres; y entretanto se desembarcaba un trineo con el objeto de experimentarlo en el transporte de los víveres que debía llevar la comisión que dirigiría el comandante Irízar hacia la estación de Snow Hill.

Después de caminar todo el día Gorrochategui y Fliess regresaron a bordo a las 6 de la tarde En el punto en que se suponía ubicado el depósito de víveres, encontraron un palo con esta inscripción:

« Jacson 1899; Sobral, Anderson, Octubre 1903 ».

La nieve mostraba huella fresca del paso de dos individuos; y seguida ésta, habían perdido el rastro en un gran cañadón. Como Anderson era el jefe de la comisión científica del Antarctic,, conjeturamos que aprisionado este durante el invierno se había liberado al llegar la primavera y realizado después el embarque de Nordenskjtöd. Era dado suponer también, que bien podía haber naufragado el Antarctic, y en tal supuesto estar todos reunidos en el Snow Hill.

El descubrimiento de un mar libre al S E de la isla Seymour, decidió al comandante a zarpar el día 8 a las 6 a. m. para llegar por agua al depósito de víveres y aproximarse todo lo posible a la estación de invierno; pero a las 2 de la mañana, un trozo de hielo desprendido de alguna costa, que tenía unas cuatro millas de largo por dos de ancho y de dos metros y medio de espesor en su borde, según una medición del maquinista Bertodano, nos obligó a huir a escape del fondeadero, porque apoyándose por un extremo contra la isla Cockburn giraba impulsado por la corriente, amenazando aprisionarnos contra el hielo de la costa.

Salimos, pues, por el cabo Seymonr y costeando la isla de este nombre por su parte sur, tratamos de descubrir casillas u otros indicios que nos guiaran en nuestra exploración. Toda la costa se hallaba bloqueada por grandes icebergs varados. Se cumplía un mes de nuestra partida de Buenos Aires, en ese día, 8 de noviembre, cuando a las 5 de la mañana distinguimos en tierra un bulto grande que supusimos fuera una carpa, pues la distancia impedía precisar su verdadera naturaleza. La refracción era tan grande, que un objeto que tomamos por una casilla de observaciones, después resultó ser un cajón de kerosene? en cuanto a la carpa parecía tener capacidad para cincuenta personas, y en realidad apenas daba cabida a dos.

Nuestro regocijo crecía al aproximarnos a la costa. Desembarcamos en un bote con el comandante Irízar y caminando por el hielo llegamos a inmediaciones de la carpa. Como los objetos dispersos que rodeaban a ésta, botines, trineos, etc., nos denunciaran la presencia de seres humanos y estuviera cerrada la carpa, comenzamos a hablar en alta voz para evitar que los que dormían en ella sufrieran una brusca impresión.

Gritamos ¡Sobral! Nos contestó desde adentro alguien que se expresaba en un idioma desconocido, riéndose a carcajadas. A poco aparecieron dos individuos que dormían en una bolsa-cama, dando muestras de gran contento y ofreciéndonos en inglés café, lujoso articulo de que carecían en absoluto. Calmada la primera y fortísima impresión que experimentaran a nuestra vista los dos moradores del depósito de víveres, nos presentamos mutuamente sabiendo así que ellos eran el doctor Bottmann y el cocinero de la estación de invierno, quienes habían ido para hacer una provisión de huevos de pingüino, destinados a la próxima invernada.

Supimos por ellos que Sobral y demás compañeros gozaban de salud y se hallaban en Snow Hill, a muy corta distancia de allí. Cualquiera comprobará la exactitud del último dato, al saber que la travesía hasta dicho punto nos costó seis horas continuas de marcha sobre el mar helado.

Transmitida al teniente Hermelo la orden do que asumiera el comando del barco, dejamos el depósito transladándonos a Snow Hill. En el camino el doctor Bottmann nos refirió que el capitán Larsen había pretendido entrar en diciembre de 1902, y encontrado un verano tan malo que, a 250 millas al S del cabo de Hornos, había permanecido aprisionado durante quince días; que el 29 de diciembre Larsen había dejado en el Monte Bransfield a Duse, Anderson y un marinero, para que fueran a pie a Snow Hill y comunicaran a Nordenskjöld la necesidad de trasladarse a Bransfield para su embarque en el Antarctic; éstos invernaron por no poder llegar a Snow Hill, siguieron viaje en la primavera, y, a medio camino, tropezaron con Nordenskjöld, que iba a Paulet a llevar noticias suyas, y con él se volvieron A la estación de invierno de Snow Hill.

Al avistarnos, desde esta última, se nos tomó al principio por pingüinos, pero, rectificando después su error, salieron a nuestro encuentro el Dr. Nordenskjöld, el alférez Sobral, el teniente Duse y el Dr. Ekeloff. Después de cambiar nuestras congratulaciones, el Dr. Nordenskjöld y el comandante Irízar acordaron abandonar la estación de invierno y buscar el Antarctic, aprovechando el único dato que se tenía acerca de su derrota; es decir, que había tomado hacia el este; pues Larsen había dicho a Anderson que por esa vía contaba alcanzar a Snow Hill, de donde regresaría a Bransfield en su busca, para el caso de que el último aun no hubiera conseguido llegar a la estación de invierno.

Ese día 8, por la tarde, nos despedíamos de los habitantes de la estación de invierno, y al anochecer estábamos a bordo de regreso con el comandante Irízar y el teniente Duse, y a las tres de la mañana del dia 9 fuimos a fondear con la Uruguay frente a la punta norte de Snow Hill. Inmediatamente el capitán Hermelo bajó con las cartas de navegación, a fin de concertar con el Dr. Nordenskjöld la derrota para buscar el Antarctic. Próximamente a las nueve de la mañana, por señales, pidieron bote desde tierra. Al regresar la embarcación que se habla enviado, el comandante, que estaba en  el puente, reconoció a Larsen (a pesar de no haberlo visto sino en fotografía). Pasada la algazara que produjo en la Uruguay la presencia del infatigable capitán, nos refirió éste que, a las 11 de la noche anterior, habla llegado en un bote a Cockburn con procedencia de Bransfield, de donde habla salido dos días antes.

A todo esto, Hemelo se cruzaba en el camino con Larsen, sin verlo, y llegaba a la estación de invierno. Allí, Nordenskjöld le advirtió que Larsen estaba a bordo, a lo que asintió Hermelo, creyendo que se refería al Antarctic. Ante la insistencia de Nordenskjöld, cruzó por su mente la Idea de que el doctor estuviese sufriendo las consecuencias de las emociones pasadas; pero grande fue su alegría cuando, al explicársele mas claramente lo ocurrido, se dio perfecta cuenta, de la veracidad de la fausta noticia.

Entretanto, un mal tiempo del NO obligó a la Uruguay a capear todo el día y la noche del 9. La ballenera cortó la amarra que la retenía al costado, y apretada contra los hielos de la costa quedó destruida, no obstante los esfuerzos del alférez Fliess, que, embarcado en otro bote, pretendió salvarla. El teniente Hermelo, que había llegado al embarcadero, encontró capeando el buque, y, casi vencido por la fatiga, a duras penas pudo regresar a Snow Hill. Por fin, a las siete de la mañana del día 10, amainó el tiempo y fondeamos. Embarcamos ese día a todo el personal, material y perros de la misión sueca. Poco después de llegar a bordo Nordenskjöld y sus compañeros, les proveíamos muy gustosos de aquellas prendas de ropa que les eran necesarias. Fuimos después al depósito de Seymour para dejar allí víveres y noticias, aprovechando en estas circunstanciastener al costado trozos de pack para hacer aguada. Concluido el aprovisionamiento del depósito, seguimos a Paulet a recoger a los náufragos del Antarctic. A media distancia divisamos un iceberg característico que afectaba la forma de un templo, del cual nos refiere Larsen, está varado hace dos años.

Llegamos a Paulet el 11 a las 5 de la mañana. Hacemos sonar el silbato, pero en vano. Están durmiendo, nos dijimos. Repetimos el aviso, y nadie se muestra. ¿Qué sucedía? Sencilla es la explicación: despertados por el silbato habían querido salir todos a una, y acuñados en la puerta no podían abandonar su vivienda. A poco sus hurras agradecían el salvador auxilio. Dejamos allí un gran depósito de víveres, y noticias de la derrota que pensábamos seguir; llenamos también el piadoso deber de levantar una modesta cruz en la tumba del marinero noruego fallecido durante la invernada. Y recogida la tripulación del Antarctic, salimos el 11 a las 8 de la mañana en dirección al estrecho que separa a Joinville de Luis Felipe, para recoger los fósiles coleccionados por Anderson y Duse durante su invernada.

Cruzamos do continuo trozos de pack, y evitamos los más espesos. Hay mucho hielo; como a mediodía paramos la máquina y desembarca Anderson; el buque está entonces frente a un gran glacier, debiendo maniobrar continuamente para evitar el encuentro de témpanos. El vigía permanece en el nido de cuervo: libres del estrecho, seguimos cortando el pack y contorneando los grandes icebergs; y finalmente, el 11 de noviembre a las 10 de la noche entramos en mar libre, dejando al sur por la popa todos los hielos y el pack.

En la madrugada del 12 pasamos por las Shettlands australes. El viento duro del oeste y noroeste aumenta, obligándonos a capear durante los días 13 y 11. El 15 a la 1 de la madrugada salta el viento  al SO, y sopla con la impetuosidad de un huracán a razón de 101 kilómetros por hora. Continuamos a la capa dando rolidos de 42 grados. A las 6 de la mañana se quiebra el palo mayor y empieza, a bambolearse la arboladura.

Tratamos de remediar el mal, pero esto no es posible; pues a las 8.30 se parte el palo trinquete. Dos minutos después cala el mayor a estribor y el trinquete a babor, cumpliéndose asi involuntariamente el precepto consagrado por los antiguos textos de maniobras para estas emergencias. Salvada, afortunadamente, la chimenea — que, de caer, nos hubiera puesto en serios apuros para continuar navegando — nos dimos por satisfechos con poder, en tres horas de rudo trabajo, cortar la cabullería y abandonar al mar el tributo de esos despojos, que tal vez alguna corriente lleve hasta el costado del Frithjof, al que intrigará como mudo interrogante el presagio de nuestra probable pérdida. Continuamos sin descanso, y luchando siempre con los malos tiempos, hasta el día 18 en que recalamos en Año Nuevo, para comparar en nuestro observatorio el instrumental de Nordenskjöld y corrimos a Santa Cruz para transmitir la fausta nueva y de allí a Buenos Aires, donde nos esperaba el premio excesivo de una grandiosa recepción que en todos nosotros despertó el deseo de hacernos dignos de ella, participando en la expedición que algún día, quizá muy lejano, irá a invernar en los hielos australes, costeada por el pueblo argentino y arbolando el pabellón de la patria.

Quizá sea escaso el material de paisajes antarticos recogidos por la Uruguay, pero hay que tener presente que no llevaba fotógrafo especial, que sus oficiales no tenían lugar ni disposición de espíritu, para presentar la placa fotográfica a aquella sucesión precipitada de acontecimientos que se desarrollaron en unos pocos días, absorbiendo toda su atención y todas sus energías.

Nuevos en la navegación entre el hielo, su principal empeño debía ser recoger la experiencia que les faltaba para orientarse en aquel medio extraño, venciendo las emociones propias de tantas sorpresas y peligros. Estaba demasiado absorta nuestra curiosidad para pensar en la curiosidad ajena, y tentamos la convicción de que no había de faltarnos tiempo ni oportunidades para poner en acción el objetivo de nuestras máquinas.

Hemos tenido pocas horas para preparar esta reseña que hubiera merecido mayor tiempo para evocar tantos recuerdos, tanta emoción, tanta sacudida violenta, como hemos recibido en tan corto plazo — ¿saldremos del pack? ¿hallaremos con vida a los expedicionarios?—¡Hurra! Nordenskjöld y Sobral están en nuestros brazos.— ¿Hallaremos el Antarctic? ¿qué habrá sido del teniente Fliess en su empresa de salvar la ballenera? Mil veces hurra. Larsen está con nosotros; sus valientes marineros quedaron en Paulet. Algunas horas más y todos estarán a bordo de la Uruguay bajo la bandera argentina, orgullosa de haber llevado sus colores, bis a bis de las nieves eternas, bis a bis de los cielos australes que no la conocían: y si los riesgos han sido escasos y el tiempo breve cual nadie soñara, no ha sido por arte de nuestro arbitrio ni porque hayamos esquivado los peligros; sino porque resueltos a cumplir nuestro deber y sintiendo en nuestra alma el aliento generoso de la patria que nos acompañaba con sus votos, acaso merecimos que la Providencia nos ayudara. Y si aun hay quien lamenta que no haya sido más cruel y larga la lucha que culpe a esa ciega deidad, que tanta participación suele tomar en las glorias y en las desdichas de los hombres, y a la cual yo quisiera ver siempre como ahora aliada a las empresas de mi patria.

J o r g e Y a l o u r

Teniente de fragata.

  

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