Historia y Arqueología Marítima

   

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HACIA EL POLO ANTÁRTICO. LAS EXPEDICIONES ANTARTICAS DE 1903/1904 VISTAS POR EL BOLETIN DEL CENTRO NAVAL

Indice Antartida

LA PÉRDIDA DEL “ ANTARCTIC ”

 

Los primeros resultados del “Discovery” y los preparativos del doctor Charcot. Expedicion Antartica Francesa - Charcot Conferencia del Dr. Charcot La Pérdida del Antarctic
Transformacion Cañonera "URUGUAY" Expedicion de la "URUGUAY"  Expediciones Antarticas del “Frithjof” y del “Le Francais” Partida de la "URUGUAY"
Regreso de la "URUGUAY" Informe Yalour Conferencia del Dr. Otto Nordenskjöld Conferencia del Alf. de Navío J.M. Sobral

(12 DE FEBRERO DE 1903).

Ninguna expedición que haya afrontado los peligros de las regiones antárticas ha encontrado acogida tan mala en la región de los hielos como la nuestra. Cuando en diciembre de 1902 fuimos en busca de los que habían quedado en la estación de invierno, se vio muy pronto que habia pocas probabilidades de éxito y en seguida nos dimos cuenta de la necesidad de emprender un viaje por tierra para ponernos en contacto con nuestros compañeros en Snow Hill. El 29 del mismo mes, un grupo de expedicionarios, compuesto del Dr. Anderson, teniente Duse y el marinero Grunden, desembarcó en la costa de la tierra de Luis Felipe, al sur de monte Bransfield.

Estaban provistos de un trineo y víveres para tres semanas. Se estableció allí un depósito de víveres para cerca de seis meses. Se convino que en el caso de no poder llegar el buque a su destino hasta el 10 de febrero, todos deberían volver a dicho depósito y esperar al Antarctic, el cual debía regresar entre el 25 de febrero al 10 de marzo.

En vísperas de año nuevo, el Antarctic intentó avanzar A lo largo de las costas de la isla Joinville, pero apenas hubimos pasado el cabo nordeste de la isla, fue aprisionado por el hielo. En ninguna parte se veia agua; todo era una sólida superficie helada con una serie numerosa de montañas de hielo.

El 1.° de enero de 1903 empezó la parte mas peligrosa de nuestra expedición. El hielo se puso en movimiento con una velocidad siempre creciente, dirigiéndose hacia el sur y arrastrando consigo el Antarctic. Habíamos sacado el botalón y en previsión de una catástrofe puesto los botes en la cubierta, donde nosotros contemplábamos, impotentes, el espectáculo.

El hielo avanzaba hacia el sur con una velocidad de cerca de 2 millas por hora, amontonándose en las costas de las islas de Danger. Pero el Antarctic, como si fuera guiado por una mano invisible, tuvo la suerte de no chocar contra ninguna de las montañas de hielo ni arrecifes que le rodeaban. El conjunto nos dejaba asombrados, produciéndonos un efecto maravilloso.

Pasamos las noches vestidos, porque no sabíamos qué hora sería la última. Pero el 3 de enero por la mañana entramos en un paraje libre de hielo, extendiéndose en dirección suroeste hacia el golfo Erebus y Terror. Hacía ya mucho tiempo que no habíamos visto tanta agua.

A las cinco de la tarde nos vimos aprisionados de nuevo y amarramos el Antarctic a un témpano de varios kilómetros de superficie. Nuestra situación era sumamente crítica, porque si el hielo hubiera empezado a moverse hacia la tierra ¿cuáles hubieran sido las consecuencias? El 9 de enero empezó a soplar un viento sur, acompañado de una fuerte nevada. Por la tarde del mismo día el hielo empezó a oprimir nuestro buque. Al día siguiente, el viento degeneró en tempestad.

La nieve cavó en cantidades enormes y todo lo cubrió. La presión del hielo se volvía cada vez más fuerte, la popa del buque se levantó cuatro pies y el hielo que rodeaba la proa se desmenuzó como si fuera harina. El buque temblaba como una hoja, las vigas crujían, produciendo detonaciones como truenos, y con la noche nos vino el presentimiento de un desenlace fatal.

Me desperté sobresaltado. El crujir de los hielos aumentaba por momentos; el buque se, tumbó con fuerza del lado de estribor. Vimos que algo anormal habla, sucedido. Me puse mis zapatillas y corrí al puente. Era próximamente la una. En la popa encontré a uno de los marineros. ¿Ha sucedido algo? le pregunté. No sabemos aún, me contestó, pero creo que...

En ese momento uno de los pilotos vino corriendo y gritó: ¡Se ha abierto un rumbo en el buque y el agua entra a chorros! Un momento después ya me encontraba en mi camarote. Me vestí, abrí los cajones, recogí los objetos más útiles y más indispensables y los puse en el bolsillo; metí mi ropa en una bolsa y pronto subí de nuevo a la cubierta. Los marineros acudieron unos tras otros, preparados para todo, pero sin miedo ni señales de pánico. En seguida pusimos mano a la obra. Las bombas empezaron a funcionar movidas por el guinche. Reunimos provisiones y ropa. En el primer momento creíamos probable que tuviéramos que abandonar el buque, pero, afortunadamente, pudimos mantenerlo a flote y encarar la situación con más serenidad. ¡La presión era terrible!

¡Qué fuerza la del hielo! El buque se comprimía gradualmente, las alfombras de los camarotes se arrugaban y el puente de la máquina se abovedaba en buen trecho. Era la mañana del domingo. Nos habíamos reunido en el salón y comentábamos lo ocurrido. Vimos que el desenlace estaba próximo, pero no habíamos perdido el valor.

En el primer momento era imposible darse cuenta exacta de la importancia de las averias sufridas por el buque. Pudimos solamente ver que el Antarctic estaba sobre el pie de un témpano y varias juntas del lado de estribor se habían abierto de tal modo, que se podía pasar la mano entre las tablas. Era fácil remediar las averias encima de la linea de flotación, pero muy difícil hacer lo mismo con las que había debajo de esta línea. La hélice quedaba todavía. Por lo demás, no podíamos ver bien, porque el hielo rodeaba por conpleto el buque y no permitía examinarlo con prolijidad. Pronto nos dimos cuenta de que el timón estaba roto.

En los días siguientes nos dedicamos, con éxito, a remediar esos defectos, trabajo que se hacia muy difícil. El 16 de enero, a media noche, me desperté porque el buque se movía y volvió a su posición normal. Me apresuré a salir, y vi que se había abierto una grieta en el hielo. Los montones de hielo de varios metros del altura que nos rodeaban durante tantos días se habían retirado, y estábamos como en un dique con murallas de hielo.

Llegó así el 21 de enero. El agua entraba aún en el buque, pero mucho menos que antes, porque habíamos cerrado las rendijas con estopa de cabo de cáñamo y con harina de avena. A pesar de nuestra posición, no dejamos de festejar el cumpleaños del rey Oscar II. Reinaba un tiempo hermoso y soplaba un viento noroeste que nos debía ser favorable.

Gracias al fuerte viento, se produjeron en el hielo varios claros, uno de ellos a babor del buque. Esto nos permitió examinar el estado del Antarctic. Descubrimos una averia en la quilla, pero no pudimos determinar la importancia de esa avería. La viga de la popa estaba rota, el eje de la hélice torcido y fuera de su posición normal; pero se le podía utilizar aún. Nuestra esperanza había recibido un rudo golpe, y el capitán Larsen, aunque el más optimista de todos, ya no confiaba en la resistencia del buque.

Mientras tanto, nos dedicamos a toda clase de trabajos. Llenamos bolsas con pan, se fabricaron colchones con lona de vela, y el piloto hizo otra bomba más. Se trabajaba con sierras, hachas y barrenos para cortar hielo y poner en movimiento el buque.

Al mismo tiempo hicimos tentativas para hacer volar el hielo, pero con poco éxito. El domingo 1.° de febrero fue uno de nuestros días peores. Eran las 9 de la noche más ó menos, cuando el buque, de golpe, empezó a darse vuelta sobre babor; subí por la escalera y en la puerta me recibió el capitán con estas palabras: «Ayúdenos a bajar los botes con provisiones, porque el buque va a tumbarse.» En ese momento nevaba con fuerza y no podíamos ver a pocos metros de distancia.

Pronto estuvieron los botes abajo, con provisiones, ropas y bolsas, para dormir en el hielo. Había que apresurarse, porque la menor presión del hielo podía tumbar el buque. Pensando que el último momento llegaba, casi nos sentíamos más tranquilos y resignados a morir, y sin embargo, el buque habla sido nuestra vivienda, nuestro todo; sin él, en aquel terrible mar de hielo, nuestra vida iba a valer muy poco. Podría parecer paradoja, pero el tiempo tan desagradablemente largo y la incertidumbre tan justificada, nos impulsaban a admitir cualquier cosa que pudiera libertarnos de mayores contratiempos.

Mientras tanto, esa, libertad no llegaba. Las presiones cesaron; conseguimos apartar el hielo de debajo de la proa, hasta que otra vez el buque se colocó en posición normal. Empleamos el día siguiente en sacar parte del hielo que nos incomodaba, lo que dio por resultado que al día siguiente el témpano pequeño se rompió en pedazos y el buque se puso a flote. Tenia éste un rumbo por el que entraba abundante agua, y las bombas de mano tenían que funcionar continuamente.

Nos convencimos de que, en el mejor de los casos, no podríamos llegar a la tierra mas cercana, porque la tercera parte de la quilla estaba destruida y también habían sido arrancados dos tablones de arriba de la misma. Tan pronto como pudiéramos poner en marcha la máquina, era muy probable que todo lo que tapaba las rendijas sería sacado por el movimiento del buque, ó llevado por el agua, pues las probabilidades de poder sostenerlo a flote eran muy escasas.

A las 2 de la mañana del día 12 nos llevó una corriente a un espacio donde no había hielos, y pusimos velas para tratar de llegar hasta la isla Paulet. La abertura estaba mas ó menos como antes. No habíamos caminado mucho, cuando la fuerte corriente empezó a llevarnos contra los innumerables icebergs allí estacionados. Se dio orden para que la máquina se pusiera en marcha. Desgraciadamente, no tardó el hielo en juntarse más; y, con una ansiedad extrema, temíamos el percance de tener otra vez que parar, sin esperanza de poder seguir adelante. ¿Nos sería posible tener el buque todavía a flote? Nos encontramos ya rodeados de hielo compacto: la máquina trabajaba sin interrupción, pero el agua empezaba a subir en la bodega.

Todas las bombas estaban funcionando. Trabajamos como locos con las de mano... Miramos abajo... A veces parecía que el agua subía y otras veces que bajaba. Por un momento vimos que el buque no hacía más agua; pero ésta, momentos después, entraba con profusión. Todos nuestros esfuerzos eran inútiles. Se dio la orden de despertar la guardia, porque el buque se iba a pique.

Nuestra suerte era fatal: el Antarctic se amarró a un gran trozo flotante de hielo y pronto empezamos a trabajar. Todos se comportaron valientemente. Ropa, bolsas, cajones, barriles, latas de todas formas y tamaños se descargaron sobre aquel trozo de hielo. Como a las 8 de la mañana estuvimos listos y nos juntamos en la cámara para despedirnos del buque

El Antarctic va a quedar enterrado en las regiones cuyo nombre lleva. Todavía no podíamos resignarnos a comprender que, efectivamente, debíamos separarnos para siempre de él. La bandera sueca fue izada en el palo trinquete y los gallardetes en el palo mayor y mesana.

Creimos que se iba a ir a pique muy pronto, pero, al contrario, bajó lentamente. El piloto fue a bordo. Habíamos cortado las amarras; así es que la corriente lo había alejado un poco del trozo de hielo. Observé que el agua había subido hasta el salón, donde las sillas y demás objetos estaban flotando.

Nos reunimos sobre el trozo de hielo esperando el fin. Era como estar sentado al lado de la muerte, y todos se sentían muy emocionados. La máquina empezó a andar más despacio, como también el guinche, porque el fuego de las calderas se había extinguido. En un momento pareció sumergirse primero la proa, pero de pronto se hundió la popa y pedazos de hielo y agua pasaron por sobre las barandas de cubierta.

En ese momento la bandera se hundió en las olas, pues el buque se fue a pique verticalmente La mesana pegó sobre el trozo de hielo donde estábamos y se quebró. El palo mayor se partió en dos pedazos y el barril de observaciones azotó el borde del hielo y se rompió. El gallardete con el nombre Antarctic desapareció. Todavía podía leerse el nombre en la proa, pero en seguida también se perdió de vista.

Eran las 12.45 p. m. Entonces llegó lo terrible. Solos, a cientos de millas de distancia de los países civilizados, en un trozo de hielo movedizo, sin saber si al día siguiente nos hallaríamos con vida ó en el fondo del mar, nuestra situación era verdaderamente desesperada, y solamente después comprendimos su magnitud.

¡Cuántas riquezas hemos perdido! Rarísimas colecciones están en el fondo del mar, fruto de muchos trabajos, que constituían nuestra alegría y nuestro orgullo! Esperábamos volver con ellas a la patria, al Jado de nuestros queridos seres, que ansiosamente esperaban nuestro regreso. Fue menester recobrar todo nuestro valor y olvidar en lo posible lo pasado.

Debíamos luchar contra todos los elementos y conservar la vida, ante todo, para probar al mundo que no es tan fácil deshacerse de nosotros! Teníamos ya un rumbo fijo delante de nuestra vista: la isla Paulet, que se levantaba sobre el horizonte en el N. N. E., dibujándose negra en el fondo blanco.

Cuando sucedió la catástrofe, estábamos a unas treinta millas de distancia de la isla. Parecía que nos acercábamos. Nuestra carga era bastante pesada: dos botes y una chalana, tirantes, sacos para dormir y ropa para nosotros en número de veinte; cantidad de conservas, bolsas y barricas llenas de galleta, cajones con latas de petróleo, etc.

Si conseguíamos llevar solamente la mitad, hubiera sido una gran fortuna. Por el momento, pensábamos llevar todo y no dejar nada, a no ser forzados a abandonar una parte de aquellos elementos preciosos. El 14 empezamos el transporte. El hielo estaba compacto en una extensión hasta donde alcanzaba la vista, y podíamos pasar de un bloque a otro sin dificultad. El trabajo era pesado. Con frecuencia teníamos que rehacer el camino antes de colocar nuestras cosas en el nuevo bloque. Colocamos rieles bajo la chalana para hacerla deslizar como trineo para transportar los numerosos objetos.

La forma del hielo no era la más conveniente. Ningún bloque estaba entero, sino que se formaba de varios trozos. Eran pequeñas montañas de hielo. Especialmente en los puntos en que se unían diversos bloques, se habían formado murallas de varios metros de altura. Por allí teníamos que abrir nuestro camino con hachas y picos para dar paso a nuestro improvisado trineo.

Nos acompañaban dos de nuestros animales domésticos: dos gatos que todo lo miraban con ojos asombrados. El crujido de los hielos, durante los primeros días era bastante fuerte; naturalmente no osamos dormir todos a la vez, y por la noche nos turnábamos para vigilar una hora cada uno, pues el bloque en que estábamos podía en cualquier momento chocar contra un iceberg y deshacerse.

El 15 cruzamos el bloque en que nos hallábamos, y el día siguiente quedamos ociosos, porque no podíamos ver nada a causa de la neblina. El 19 pudimos emplear los botes para el transporte, porque alrededor de nuestro bloque de hielo se había formado un espacio de mar libre.

El tiempo era frío y detestable. El día siguiente fue peor. El tránsito sobre el hielo era dificilísimo. Por otra parte los bloques de grandes dimensiones eran pocos, pero había muchos formados de pequeños trozos. La nieve, que se había adherido a ellos, formaba una superficie quebradiza bajo nuestros pasos. Era menester mucho cuidado y buena dosis de paciencia.

Los días siguientes se presentaron en las mismas condiciones. El hielo seguía ofreciendo dificultades para nuestra marcha, pues teníamos que saltar de un trozo a otro, con nuestros equipajes a cuestas. De vez en cuando, teníamos ocasión de remar en pequeñas extensiones de agua. Reconocíamos a menudo los alrededores para descubrir algún trozo de grandes dimensiones e instalar en él nuestro campamento. Desde el 21 de febrero empezó el hielo a ponerse en movimiento. Durante las operaciones del transporte, empezaron los trozos a girar y separarse violentamente unos de otros para juntarse nuevamente, en un abrir y cerrar de ojos, con estrépito pavoroso .

Resultaba una tarea muy difícil el mantener todo reunido el equipaje. El 21 fue un día desastroso. A las cuatro de la mañana fuimos despertados para aprovechar un claro que se había formado cerca de nuestro block. Nos levantamos al momento, y pocos instantes después nos pusimos a trabajar con toda actividad. Pero, de pronto, empezó el hielo a juntarse nuevamente y con tanta rapidez, que nos fue imposible trasladar todos los equipajes al nuevo block. Uno de los botes se había quedado en el agua, entre los dos trozos, y fue necesario retirarlo rápidamente para evitar que fuera aplastado.

El nuevo campamento se hallaba dividido entonces del viejo, no por el agua, sino por una masa de hielo casi molido, de difícil y arriesgado paso. Teníamos que esperar que el hielo se solidificara, después de lo cual comenzábamos nuevamente la tarea. Unos arrastraban la chalana, otros llevaban tablones y bolsas al hombro, y los demás hacían rodar los barriles con galleta. De pronto la masa de hielo se rompió nuevamente, y con tanta rapidez, que no tuvimos tiempo de ponernos en salvo. La situación empezaba a ser difícil.

Yo me encontraba con otros y con la chalana en un pequeño trozo, que caminaba sobre el agua con gran velocidad y con rumbo imposible de apreciar. Traté de llegar a otro trozo por medio de un tablón que teníamos. Esto era muy arriesgado. Mientras se colocaba el tablón, el trozo de hielo estaba ya lejos. Por fin, después de mucho trabajar, conseguimos trasladar la chalana al nuevo campamento.

Quedaban todavía muchos objetos en diferentes sitios. Hicimos todo lo posible para recogerlos, pero la tarea resultaba infructuosa. La última expedición fue enviada tan tarde, que sus miembros no pudieron estar de vuelta antes del obscurecer. Tuvo un trabajo terrible, porque el hielo se movía con mayor rapidez y la obscuridad empezaba a hacerse más intensa. Por momentos se oían sus voces cerca y poco después estaban fuera del alcance de nuestros oídos.

Les pusimos a la vista una linterna para mostrarles el camino, y después de varias horas de trabajo desesperado, se reunieron otra vez a nosotros. Estábamos juntos, es verdad, pero un gran número de objetos se habían perdido: todos los colchones, casi todos los tablones, una canoa llena de ropa, los skies, y lo que era peor, nuestra provisión de sal. Nos sonreía la esperanza de poderlo recuperar todo al día siguiente. Pero esta esperanza se desvaneció, porque el día 23 amaneció envuelto en una densa neblina.

Por otra parte, el movimiento del hielo nos llevó más cerca de la isla Paulet. Estaba en la dirección ENE, Teníamos esperanza de alcanzar tierra muy pronto. Pero al despertarnos la siguiente mañana vimos la isla muy lejos y al NO. Sin embargo, por la tarde se renovaron nuestras esperanzas. El hielo tomó rumbo al norte y se produjo un claro de bastante extensión en dirección a la costa. Transportamos todo a un gran bloque.

Durante la noche, el hielo siguió moviéndose hacia las islas Dundee y Paulet, a las cuales nos acercamos más que antes. Mañana, dije yo, estaremos en tierra. Nos acostamos con muchas esperanzas. Grande fue, sin embargo, nuestra decepción al encontrarnos a la mañana siguiente mucho más lejos de la isla Paulet de lo que estábamos antes. Aquel día anoté en mi diario lo siguiente:

«De la isla Paulet estamos ahora tan lejos, que casi no hay esperanza de alcanzarla. Nuestra única esperanza ahora está en que el hielo tome la dirección hacia el estrecho de Joinville, adonde parece tender. Podríamos así llegar tal vez al paraje de tierra firme donde quedaron Anderson y Duse. »

El 27 fuimos despertados a las tres y media de la mañana, porque se había formado un gran claro de agua en dirección a la tierra. El hielo se había movido con bastante fuerza, pero se acercaba otra vez a Paulet. Después de un trabajo rudo teníamos todo reunido a la tarde, y elegimos los objetos más necesarios para distribuirlos en los tres botes.

En la noche del 28 advertimos que el hielo empezaba otra vez a apartarse, pero, a causa de la neblina, no pudimos ponernos en viaje antes de las 7.30 de la mañana. Ni tuvimos tiempo de tomar una taza de café, porque notamos que el momento de ir a tierra se aproximaba. Todos querían llevar lo más posible, y cuando todo estuvo listo, no quedaba mucho espacio en la embarcación. Las abultadas bolsas de dormir dificultaban el trabajo de remar. Por otra parte, quisimos llevar la mayor cantidad posible de provisiones, especialmente galleta, y sentimos mucho tener que abandonar un gran barril de ésta.

Es muy necesario en tales circunstancias navegar con suma precaución, porque el que cae es imposible que se salve. La fortuna nos favoreció. No había ni señal de viento. El agua estaba inmóvil. Con mucho anhelo mirábamos delante de nosotros, pero a medida que avanzábamos se abrían nuevos pasos y pronto tuvimos la seguridad de tocar tierra.

Llegamos a la costa NE de la isla Paulet, después de haber remado seis horas y media sin descanso. Al fin pudimos exclamar ¡Tierra! ;Tierra! ¡Otra vez teníamos suelo firme bajo nuestros pies! ¿No era esta una lisonjera promesa para infundirnos aliento y recomenzar la lucha por la vida y por aquellos que nos esperan en nuestros hogares?

Lo primero que teníamos que pensar al llegar a la isla, era en procurarnos una casa. No teníamos otros materiales disponibles que dos velas y las piedras que podíamos recoger en la isla. Después de una semana de buen trabajo estaba la casa lista para ser ocupada. No era mala. Al principio el techo consistía solamente en las dos velas, pero a poco fue reforzado con los cueros de las focas muertas.

Como combustible y alimento no disponíamos de otras cosas que las que nos proporcionaban la carne de las focas y de los pingüinos, si exceptuamos algunas galletas. Las galletas duraron todo el tiempo que estuvimos en la isla, gracias a que no comíamos más que una galleta por día y por persona. El menú no era muy variado, pero las carnes de foca y de pingüino son alimentos sanos y buenos y hasta ricos, cuando no hay otros.

En invierno eran las focas bastante raras y teníamos que vivir a media ración, comiendo solamente una vez al día, no por falta de alimentos, sino por la falta de combustible, grasa de focas. Pero eran pocas las semanas en que no podíamos satisfacer debidamente nuestra hambre, a lo menos un día ó dos de la semana. Que la vida en tales condiciones era un poco dura, no lo niego, pero no se debe creer que por tan poca cosa perdíamos nuestro buen humor ó la esperanza de tarde ó temprano poder volver a nuestra  querida patria. Lo que contribuyó muchísimo para desalojar los pensamientos tristes, era sin duda el gozar todos, con una sola excepción, de una excelente salud.

Sentíamos mucho el fallecimiento de nuestro buen compañero el joven marinero Wannersgaard, que sufría de una afección cardiaca. Pero todo en este mundo tiene su fin, y también lo tuvo ese invierno. Llegó la primavera, que hace brotar nueva vida en toda la naturaleza. Empezaba el deshielo, el mar perdía su capa de hielo que le aprisionaba y quedó libre. Sentíamos en nosotros, y con más fuerza que antes, una ansiedad de salir de las islas y volver al mundo civilizado. Todos los días íbamos a la cumbre de nuestra isla para ver si podíamos descubrir el buque libertador...

Imposible poder describir nuestra alegría cuando la Uruguay, el 11 de noviembre a las 4 de la mañana, nos despertaba con sus silbatos. En el primer momento no queríamos creer que fuese verdad que había llegado la hora de la liberación, pero saltamos de nuestros lechos y al ver con los ojos la Uruguay en frente de nuestra choza, no pudimos menos de gritar ¡Viva la Argentina! Desde ese momento parécenos la Argentina como nuestra segunda

patria, pues gracias a ella hemos podido volver al mundo y gozar de los beneficios de una vida civilizada. Por eso creo que no puedo concluir mejor estas pocas palabras si no es repitiendo de todo corazón:

¡Viva la Argentina!

Carlos Scotsberg.

  

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