Historia y Arqueología Marítima

 

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HACIA EL POLO ANTÁRTICO. LAS EXPEDICIONES ANTARTICAS DE 1903/1904 VISTAS POR EL BOLETIN DEL CENTRO NAVAL

Indice Antartida

 CONFERENCIA DEL Dr. CHARCOT

DADA EN LOS SALONES DEL CENTRO NAVAL EL DÍA 24 DE NOVIEMBRE DE 1903.

 

Los primeros resultados del “Discovery” y los preparativos del doctor Charcot. Expedicion Antartica Francesa - Charcot Conferencia del Dr. Charcot La Pérdida del Antarctic
Transformacion Cañonera "URUGUAY" Expedicion de la "URUGUAY"  Expediciones Antarticas del “Frithjof” y del “Le Francais” Partida de la "URUGUAY"
Regreso de la "URUGUAY" Informe Yalour Conferencia del Dr. Otto Nordenskjöld Conferencia del Alf. de Navío J.M. Sobral

Señoras, Señores:

Hondamente emocionado por el honor que me dispensáis viniendo aquí a escucharme, debo manifestaros que aun no me considero digno de todas estas atenciones, y que, cuando el contraalmirante García me invitó a dar una conferencia, yo no habría aceptado este encargo si no hubiera visto en él la ocasión de agradecer públicamente la generosa acogida que nos han hecho el gobierno argentino, la marina y el pueblo.

Debo añadir que mis compañeros y yo, no queremos ver en esta acogida más que una demostración de simpatía a la Francia y a la ciencia francesa y un estímulo para nosotros, y que, sólo cuando hayamos cumplido nuestra obra, aceptaremos la pequeña parte de honor que nos corresponda. No ignorábamos, antes de llegar a Buenos Aires, que esta hermosa ciudad que la Europa podría envidiaros, es ya un centro de trabajo y de progreso, y que en sus habitantes se encierra una incomparable amplitud de ideas. Sabíamos que en ella habíamos de ser bien recibidos, pero nunca nos imaginamos que la recepción alcanzaría las proporciones que le habéis dado. A vuestro gobierno, a vosotros todos, señores, os damos las gracias desde el fondo del corazón!

Un gran placer nos esperaba aquí: la noticia del éxito de la Uruguay. Tranquilamente, sin ostentación, preparasteis vuestra empresa; no disponiendo de un buque de madera que ofreciese las condiciones necesarias, tomasteis uno de hierro, y, con una inteligencia admirable, supisteis hacer de él una embarcación capaz de afrontar los rigores de los mares polares; partió y pudo recoger rápidamente no sólo a todos los miembros de la expedición Nordenskjöld, sino también el importante material científico que habían acumulado en dos años de trabajo. Se dirá que la Uruguay ha tenido suerte; pero la suerte 110 favorece sino a los inteligentes y a los intrépidos, porque solo éstos, y en el capitán Irízar tenemos una prueba, saben aprovecharla.

Yo uno mis felicitaciones a las de todos, y mis felicitaciones, os lo aseguro, son muy sinceras. El mérito de la expedición argentina es tanto más grande cuanto que en ella no se encontraba ningún especialista de las regiones polares, y, como Le Francais se encuentra en el mismo caso, este precedente nos inspira confianza y nos induce a esperar que, a nuestra vez, obtendremos el éxito deseado.

He dicho que entre nosotros no se encuentra ningún especialista, porque mis varios viajes en el océano Artico no me autorizan a darme este titulo; sin embargo, como ellos presentan cierto interés, me permitiréis decir algunas palabras sobre el último, el que hice en 1902, con una misión de los gobiernos francés y austríaco y del Instituto Pastear, a las islas Feroe, Islandia y Jan Mayen.

Las islas Feroe non, como se sabe, un pequeño archipiélago compuesto de 27 islas, que está situado próximamente a medio camino entre Escocia e Islandia; sus costas son a pique, alcanzando alturas de 600 metros. Rodeadas por una de las ramas del Gulf Stream, su temperatura no es rigurosa vías heladas son raras; pero en cambio el termómetro no marca jamás arriba de 13°. La vegetación es muy pobre y sólo en el jardín del consulado de Francia se encuentran algunos árboles que no han podido crecer y que viven gracias al abrigo que les ofrece un muro. Los vientos, como se concibe, son muy violentos, y podréis daros cuenta de su intensidad cuando os diga que, cerca de la costa y a 20 metros de altura, se encuentran pequeñas lagunas de agua de mar que contienen peces vivos, agua y peces transportados hasta allí por las trombas.

Los habitantes, venidos del sur en época muy lejana, presentan los caracteres de los antiguos galos: altos, fuertes, constituyen una hermosa raza. Marinos y pescadores, por cierto, son también cazadores intrépidos; su valor y prodigiosa agilidad se manifiestan especialmente en la caza de aves marinas, a la que se libran en las condiciones más peligrosas que puedan imaginarse.

La caza se practica en las barrancas más elevadas y abruptas. Los cazadores se hacen arriar por medio de un cabo, sentados en un balso, y van provistos de una pértiga de dos metros de largo, la que les sirve para apartarse de la tierra cuando encuentran una parte saliente y evitar de este modo el obstáculo, ó, por el contrario, para balancearse cuando la barranca forma una entrada, de manera a poder hacer pie en un reborde. Una vez allí, su desembarazan del cabo y lo amarran en cualquier prominencia, y cazan las aves, ya simplemente con las manos, ó ya por medio de un bastón; a veces las cazan al vuelo, amarrando una red en el extremo de la pértiga, tal como capturábamos las mariposas en nuestra infancia.

Se adivinan los peligros que presenta semejante caza. Yo mismo he visto a un hombre que fue el héroe de una maravillosa aventura: habiendo descendido a un estrecho reborde de la barranca, advirtió, una vez terminada su caza, que el extremo del cabo, que probablemente  había olvidado fijar cerca de él, ó que había fijado mal, flotaba en el vacio, demasiado lejos para poder alcanzarlo, aún con el auxilio de la pértiga; sin vacilar, se lanzó dando un salto prodigioso sobre el abismo, y, alcanzando el cabo, ascendió a fuerza de puños hasta lo alto de la barranca.

El temor a semejantes aventuras no detiene a nadie, y, cada año, se cuenta por millares el número de aves marinas cazadas. Los habitantes profesan gran estimación a sus hábiles cazadores y los muestran con orgullo al extranjero. Pero la más importante fuente de recursos para este archipiélago es la ballena. El Dr. Lahille os ha dado recientemente una conferencia llena de erudición sobre estos cetáceos; dejando, pues, a un lado la parte científica, me limitaré a hablaros de la manera usada en las islas Feroe para capturarlos.

Ante todo debo rectificar un error bastante común: se cree, generalmente, que la ballena ha desaparecido casi por completo de los mares septentrionales, ó, por lo menos, que su presencia en ellos es tan rara, que su caza ha debido ser abandonada. Esto es completamente inexacto, y se explica tan errónea creencia si se considera que antes no se buscaba más que la ballena franca, la que, en efecto, ha sido casi completamente exterminada. No se buscaban las otras especies, porque los procedimientos usados no permitían matar rápidamente una ballena, y siendo la franca la única que quedaba a flote una vez muerta, no merecía la pena de atacar a las otras que se iban a pique en cuanto se las mataba.

Desde que un simple marinero noruego inventó el proyectil-harpón, invento que lo ha hecho millonario, se persigue también a estas ballenas, que, aunque es cierto que tienen menos grasa y menos barbas, compensan con exceso, por su abundancia, esta inferioridad de rendimiento. Durante el breve tiempo que pasé en las islas Feroe, he visto de treinta a cuarenta de estos animales. La caza se hace con embarcaciones de 20 metros de largo, cuya máquina les imprime una velocidad de 13 a 14 nudos, que llevan en el palo trinquete el clásico nido de cuervo y un cañón porta-arpón a proa.

Como lo ha dicho Michelet, la ballena que ve avanzar el buque hacia ella, cree que es uno de sus semejantes, y se aproxima para entregarse a sus expansiones. Llegados a una distancia de cuarenta metros, el artillero, que ha podido tomar bien la puntería, hace fuego: el proyectil, que lleva amarrado un cable que se desarrolla sobre un cabrestante, penetra en la carne y hace explosión; dos aletas en forma de arpón se despliegan en seguida, y el animal, que por lo general muere instantáneamente, es recogido por medio del cable y amarrado sólidamente a remolque. Cuando el ballenero ha hecho dos ó tres presas regresa a tierra; allá, unas veces en un fjörd, otras en otro, se instala una sencilla fábrica compuesta de un galpón de madera y de una pequeña máquina. Las ballenas, cortadas en tajadas, se colocan en una gran cuba donde se produce el aceite por el paso de un chorro de vapor; los barriles, colocados debajo, se llenan por medio de un robinete, y en esto consiste toda la manufactura.

En los cinco anos que hace que está en práctica este procedimiento la fábrica ha producido los siguientes resultados: el primer año dio el 4 % a sus accionistas (reservando el 30 % para los organizadores); el segundo, 7 % a los primeros y 25 % a los segundos; el tercero 15 % y el cuarto 76 %.

Es probable que, con el tiempo, estos beneficios disminuyan, pues la caza se hará más rara; pero, por el momento, superan a todas las esperanzas.

Cuando falta, la ballena se cazan delfines. En ciertos días del mes de julio, se ve a todos los hombres válidos embarcarse, rodear a 3 ó 4.000 individuos de esta especie e impulsarlos hasta la playa de un fjörd, donde los exterminan con los primeros instrumentos que encuentran a mano. El uso ha establecido que todo aquel que intervenga en la matanza recoja su parte de botín; éste se divide en tercios: uno para el rey (las islas dependen del rey de Dinamarca), otro para la Iglesia y el tercero para los pescadores. 

Desde hace algún tiempo las Feroe han adquirido cierta importancia económica por las minas de carbón descubiertas en ellas. El combustible es bueno, según parece, pero los habitantes que temen, tai vez con razón, que esta riqueza excite la avaricia de las potencias, deseosas de instalar entre ellos una estación naval, no se apresuran a explotarlas.

De las islas Feroe pasamos a Islandia, de la que no os diré nada porque todos la conocen, y nos dirigimos hacia Jan Mayen. Esta isla, aunque su latitud no sea más que de 71°, es un país polar; está colocada en el límite de la banquisa que se extiende desde Groenlandia hasta el Spitzberg, y a menudo se la ha encontrado enteramente rodeada por los hielos, mientras que el mar estaba libre alrededor del Spitzberg-, cuya posición es, sin embargo, mucho más septentrional.

La isla Jan Mayen fue descubierta a principios del siglo X por el pirata islandés Gunsbone, que arrojado de su país buscaba donde establecerse. Gunsbone, una vez que la hubo reconocido, regresó a Islandia para buscar a su amigo Eric le Rouge, quien, teniendo igualmente dificultades con sus compatriotas, se embarcó con él, haciéndose a la mar en demanda de la nueva isla.

Como la brújula era entonces desconocida, se navegaba guiándose por el cuervo. Las indicaciones proporcionadas por esta ave no valían ciertamente tanto como las del compás. He aquí en lo que ellas consistían: Cuando se había navegado en la dirección presumida durante cierto tiempo, se largaba uno de los cuervos que se llevaban a bordo; si éste, después de elevarse, volaba en sentido contrario al del rumbo, se deducía que la tierra que se había abandonado estaba más próxima que la que se deseaba encontrar; si el ave volvía a posarse a bordo, era porque se estaba muy lejos de toda costa, y si partía hacia la dirección de la proa era indicio de la proximidad de una nueva tierra.

En lugar de abordar a Jan Mayen, los dos islandeses recalaron en Groenlandia, la que colonizaron. En 1516, el holandés Jan Mayen descubrió de nuevo la isla y le dio su nombre; desde entonces ella ha sido muy útil para los balleneros y cazadores de focas: se cita una expedición que mató en ocho días 28.000 de estos animales, los que representaban un valor de 250.000 francos.

En 1882 y 1883, el buque austríaco Pola hizo una campaña científica en esta isla. En dicha época varios estados organizaron expediciones del mismo género, para efectuar estudios sobre el magnetismo terrestre. La Francia, entre otros, envió una al cabo de Hornos. Desde 1891, el estacionario que la Francia mantiene en las aguas de Islandia durante la campaña de pesca del bacalao, el Chateau Renard, ha aparecido varias veces en las proximidades de Jan Mayen, sin poder abordarla a causa de los hielos; pero en 1892 desembarcaron en ella el almirante Bienaimé y el sabio y conocido naturalista Pouchet, que fueron a bordo de La Manche, encontrando en perfecto estado las instalaciones que dejó la expedición del Pola.

Durante nuestro viaje a Jan Mayen pudimos comprobar un error del derrotero: según éste, para conocer la peligrosa vecindad de los hielos flotantes, es necesario sumergir, con frecuencia, un termómetro en el agua de la superficie; si el termómetro desciende a + 3°, los hielos están próximos.

Pues bien: habiendo continuado avanzando durante dos días, después de obtener en esta forma la indicación del peligro y sin encontrar los hielos, vimos descender rápidamente la temperatura a + 3° y luego a 0°; era el 14 de julio. Nos preguntábamos con inquietud qué partido debíamos adoptar, cuando de pronto la tempestad calma, la bruma se levanta como el telón de un teatro y aparece a nuestra vista un elevado perfil negro cubierto de nieve y de hielo: era Jan Mayen en medio del mar libre.

Algo más tarde tuvimos la contraprueba: navegábamos a 60 millas al O de la isla, el termómetro de superficie que marcaba + 7°, subió luego a + 8°, y un momento después un grado más, y, en este momento, nos encontramos rodeados de grandes masas de hielo desprendidas de la banquisa, cuyo choque hubo de causarnos serias averías. Jan Mayen tiene la forma de una suela de bota y mide 55 kilómetros de largo; la. parte más ancha es la del NE, donde se eleva el Beerenberg, enorme volcán de 3000 metros de altura. En el istmo central que reúne, los dos macizos, y a una altura de 200 a 300 metros, se encuentran dos pequeñas lagunas. El macizo SO encierra 28 conos volcánicos, cuya mayor elevación no pasa de 800 metros.

En la parte S del gran macizo, sobre la orilla misma del mar, hay un pequeño volcán, cuya parte que mira al agua, habiéndose derrumbado, le da el aspecto de atolón que presenta también la isla Deception en las Shetlands del sur. Todos estos volcanes están extinguidos y se creía que el último de los citados arrojaba vapores algunas veces; pero yo he penetrado en su cráter, pudiendo comprobar que los pretendidos vapores no son otra cosa que el impalpable polvo volcánico que el viento levanta. al penetrar con violencia, formando torbellinos que se elevan a gran altura.

Celebramos a bordo la fiesta nacional, y el día siguiente, 15 de julio, desembarcamos con un tiempo magnifico. Después de franquear el istmo nos dirigimos al campamento de los expedicionarios del Pola, donde encontramos que nada había cambiado, a pesar de los veinte anos transcurridos desde que aquéllos lo abandonaron. Por una feliz ocurrencia, los sabios que hablan pasado por allí un año antes que nosotros, dejaron en el comedor la mesa preparada para los futuros exploradores, las cajas de sardinas tenían sus llaves listas para abrirlas y las botellas de vino esperaban a los bebedores. Leimos en un cartel que, cinco años antes, los tripulantes del Antarctic — el mis mo Antarctic cuya pérdida en la banquisa antartica, cerca de la costa de la tierra de Luis Felipe, acabamos de conocer, pero que aun no era dirigido por Nordenskjöld—habían permanecido cinco días en el campamento.

También habían dejado carbón, en bastante cantidad, recurso precioso en caso necesario.

Admiramos la vecina bahía de Bois Flotté, llamada así por los innumerables troncos arrastrados desde los bosques de Siberia por los grandes ríos tributarios del océano Glacial, y transportados hasta ella por la famosa corriente cuya existencia fue demostrada de manera incontestable por la deriva del Fram. Se encuentra allí suficiente combustible para calentar, durante años, varias ciudades como Buenos Aires.

El día de nuestro desembarco era el vigésimo aniversario de la muerte de uno de los marineros del Pola, Viscovitch, según vimos en la inscripción del pequeño monumento levantado sobre su tumba. Celebramos este aniversario reparando el monumento, donde depositamos las pequeñas y pálidas flores que encontramos entre las yerbas, para honrar la memoria de esta víctima del deber.

Durante nuestra estadía recorrimos toda la isla, y, al pie del Beerenberg, pudimos admirar un enorme glacier, de tres kilómetros de largo, que cae a pique hasta el mar, constituyendo una de las maravillas del mundo boreal.

La vida animal sólo está representada en Jan Mayen por zorros azules y un incalculable número de aves marinas, las que son para los navegantes de una curiosa utilidad; cuando el buque se aproxima a menos de una milla de tierra, dichas aves lanzan graznidos ensordecedores, los que no cesan hasta que aquél sale de esta zona peligrosa. En Jan Mayen recogimos interesantes colecciones y pude comprobar que, en contra de lo que afirman varios bacteriólogos, en los intestinos de las aves que maté había microbios perfectamente desarrollados, a pesar de la baja temperatura del medio en que viven dichas aves. Igualmente, en las casas del Pola, pudimos ver enrnohecimientos que, por su aspecto, parecían desarrollarse en un ambiente propicio.

A nuestro regreso, en una extensión de doce millas, al pasar el estrecho de Dinamarca, al norte de Islandia, navegamos entre masas de hielo que alcanzaban de 10 a 12 metros de altura, dimensión mucho menor que la de los gigantescos icebergs de la costa de Groenlandia y de los del océano Antartico.

Un hecho notable es que, con frecuencia, la costa septentrional de Islandia se encuentra obstruida por los hielos, mientras que las de Jan Mayen están libres de ellos. Esto se explica cuando se considera que los vientos del norte, al levantar el bloqueo de Jan Mayen, arrastran los hielos acumulándolos contra la barrera que les presenta Islandia. Esta pequeña, expedición, sobre la que acabo de extenderme, me inspiró el deseo de emprender otras más importantes. Así nació en mí la idea del viaje del Francais, debido al cual hago este alto en Buenos Aires, alto que, os lo aseguro, no lamento. Los franceses tenemos ciertos derechos adquiridos en la región antártica desde que el célebre Bouvet condujo a ella la primera expedición científica. Bouvet se embarcó en Lorient el 29 de julio de 1738, descubrió la isla que hoy lleva su nombre y determinó su latitud y longitud. La exactitud de éstas fue comprobada hace sólo cuatro años, sin que nadie hubiera visto la isla durante tan largo intervalo. En 1756, otro francés desembarcó del Lyon en la Georgia del sur, siendo el primero que dibujó un croquis de esta isla. En 1771 partió otra expedición dirigida por un francés, Kerguelen, cuyo  resultado fue el descubrimiento de dos islas que llevan su nombre.

Desgraciadamente, cuando este navegante volvió a Francia y comunicó los resultados do su expedición, no se quiso creer en su descubrimiento, diciéndole que había confundido nubes con islas. Como su nombre lo indica, Kerguelen era bretón, y, por consiguiente, testarudo; volvió a partir en 1773 con dos buques que armó a sus expensas, desembarcó en las islas Kerguelen el 18 de diciembre del mismo año, tomando posesión de ellas en nombre del rey de Francia, y permaneció en estas regiones hasta enero de 1774.

Marión y Crozet en 1772 y Dufresne en 1776 descubrieron otras islas. Finalmente, en 1838 y 1840 tuvieron lugar las célebres expediciones de Dumont d’Urville, sobre las que no creo necesario insistir porque todo el mundo las conoce. Desde esta época la Francia no ha hecho gran cosa en dichas regiones, y, sin embargo, hay en ellas un gran campo de acción, muy interesante, que otras naciones han tenido el honor de explotar. El Bélgica, mandado por el capitán Gerlache, el Discovery, una expedición alemana y la del Scotia, que aun permanece entre los hielos, han añadido nuevos conocimientos a la geografía antártica.

Sólo me resta indicaros el programa de nuestra expedición, programa que quizá sufra modificaciones después de nuestra próxima entrevista con Nordenskjöld, cuya llegada a Buenos Aires será para nosotros una suerte inesperada. Sus indicaciones y consejos, así como los del capitán Larsen, distinguidísimo marino, nos serán preciosos.

Os permitirá seguir mi demostración la carta que los oficiales de marina que me prestan su concurso, Sres. Matha y Rey, han preparado en el cuadro que está a vuestra vista. Esta carta ha sido trazada según los datos que aparecen en otras diversas (*).

Aquí veis un estrecho hipotético, el estrecho de Bismarck, descubierto por los alemanes y que los ingleses, no sabemos por qué, se obstinan en no hacer figurar en sus cartas. Su existencia entre la tierra de Danco y las de Graham y del rey Oscar II, no tiene nada de inverosímil y trataremos de verificarla.

Partiendo de Ushuaia, iremos a la isla Deception, a la tierra de Luis Felipe, y de allí al estrecho de Orleans. Trataremos de explorar la tierra de la Trinidad, cuyas costas no son bien conocidas, e iremos en seguida al estrecho de Gilbert. Este estrecho es quizá un fjörd ó una bahía, ó quizá se une con el de Bismarck: esto es lo que trataremos de determinar. Después de haber reconocido las tierras descubiertas por Dumont d’Urville, por el Bélgica, etc., buscaremos un paraje adecuado para invernar con seguridad.

Si la estación no estuviese muy avanzada, seguiremos hasta el sur de la tierra de Danco pasando por el estrecho de Bismarck, si no pudiéramos hacerlo por el de Gilbert, y continuaremos hacia el sur, a lo largo de la tierra de Graham. En los alrededores de la isla Adelaida buscaremos un punto seguro, pues deseamos evitar el ser aprisionados entre los hielos, manera peligrosa de pasar el invierno y, además, completamente estéril; es necesario que, cuando el sol se muestre, podamos poner el pie en tierra. Desde allí trataremos de pasar por tierra a la de Oscar II, y luego a la de Alejandro I que jamás ha sido explorada; y una vez efectuada esta expedición, regresaremos a buscar nuestro buque en su punto de invernada. En seguida, en 1905, buscaremos las más bajas latitudes al SO, explorando lo más lejos que sea posible, el espacio comprendido entre la tierra de Graham y la de Victoria. Jamás ha sido hecha esta exploración y ella demostrará si las dos tierras se reúnen.

Como en nuestra expedición puede surgir cualquier inconveniente, debido al clima ó a la temperatura, yo dejaré cairns en numerosos puntos, donde señalaré, antes de partir, las indicaciones necesarias sobre mi derrota.

La ejecución de todos estos proyectos depende, forzoso es decirlo, de las circunstancias. Si la suerte nos es adversa, si nuestro buque se pierde, esperamos que la marina argentina añada un nuevo salvamento al que ella cuenta ya en su activo. Nuestra expedición, como lo ha dicho el contraalmirante García, es científica, y su estado mayor se compone de dos oficiales de la marina francesa, que estudiarán los fenómenos de magnetismo, las auroras australes, la atmósfera y la química del mar; dos zoólogos que nos envía la Academia de Ciencias, y que llegarán en estos días, y de un ingeniero de la Escuela Central. Yo me dedicaré especialmente a la bacteriología.

Si la suerte nos ayuda, podremos realizar una expedición que será útil a la ciencia; ella ha sido preparada algo apresuradamente, porque deseábamos acudir sin demora en auxilio de Nordenskjöld. Nuestro viaje de París a Buenos Aires ha sido de prueba, y ha demostrado que nuestro buque es bueno y sólido. En todo caso, estad seguros, señores, de que haremos todo cuanto esté a nuestro alcance para obtener el éxito deseado, pues ese será el mejor modo de agradecer a la República Argentina lo que tan generosamente ha hecho por nosotros.

(*) Esta carta fue publicada en la entrega anterior del Boletín.

  

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