Historia y Arqueología Marítima

 

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HACIA EL POLO ANTÁRTICO. LAS EXPEDICIONES ANTARTICAS DE 1903/1904 VISTAS POR EL BOLETIN DEL CENTRO NAVAL

Indice Antartida

CONFERENCIA DEL Dr. OTTO NORDENSKJÖLD 

Otto Nordenskjöld - 1869-1928

Los primeros resultados del “Discovery” y los preparativos del doctor Charcot. Expedicion Antartica Francesa - Charcot Conferencia del Dr. Charcot La Pérdida del Antarctic
Transformacion Cañonera "URUGUAY" Expedicion de la "URUGUAY"  Expediciones Antarticas del “Frithjof” y del “Le Francais” Partida de la "URUGUAY"
Regreso de la "URUGUAY" Informe Yalour Conferencia del Dr. Otto Nordenskjöld Conferencia del Alf. de Navío J.M. Sobral

LEÍDA EN EL POLITEAMA ARGENTINO EL DÍA 9 DE DICIEMBRE DE 1903.

Señoras,

Señores :

Durante los últimos días han sido descriptas y discutidas las regiones polares por tantas personas competentes y elocuentes, que con cierto temor me atrevo a presentarme a, esta ilustre sociedad para hablarles sobre el mismo tema.

Si a pesar de mi recelo lo hago, es porque cuento con su benevolencia, y debo principiar por pedirles disculpa por las faltas en que pueda incurrir contra el idioma, que aun no poseo con la debida perfección. Luego, tengo que apelar a su consideración, por no poder detallar satisfactoriamente los resultados científicos de nuestra expedición.

Esto es debido a que no he podido aún reunir todo el material que conseguimos. Tampoco las fotografías que voy a exhibir, no son ni tan buenas ni tan completas como lo hubiera deseado. Pero espero, al mismo tiempo, que el gran interés con que nuestra expedición ha sido honrada por parte de esta República, sea suficientemente poderoso para hacer olvidar lo que encuentren de imperfecto en este relato, siendo para mí un deber el expresar mi admiración por la nación que ha ayudado tan eficazmente a los estudios polares, y sobre todo, la profunda gratitud personal y la de mis compañeros, por todo lo que se ha hecho en nuestro obsequio.

Agradezco la gran confianza que me han dispensado desde que se expresó el primer deseo de enviar con nosotros un representante de este país para tomar parte en nuestra expedición; agradezco asi mismo la simpatía y la ayuda de toda clase que nuestra expedición ha disfrutado desde nuestra primera llegada aquí, hace cerca de dos años.

Estoy también agradecido por la ayuda que fue prestada al Antarctic, mientras yo estaba participando de las observaciones en la estación de invernada de Snow Hill. Y últimamente, agradezco la grandiosa y enérgica intervención que tuvo un éxito tan feliz para nosotros, cuando empezábamos a desesperar y nos hallábamos en una situación critica, por no decir peligrosa, y nos vino la salvación por este intermedio.

Sé que no era solamente aquí donde nuestra suerte despertaba interés; pero estoy seguro que ninguno de nosotros, mientras esté con vida, se olvidará de los días que hemos pasado en esta ciudad, ni olvidará el pabellón azul y blanco, que fue el primero en buscarnos en la hora de la angustia! Tengo el imperioso deber de expresarles mi gratitud, porque justamente a causa de la grandiosa recepción de que hemos participado, no me ha sido posible hasta ahora contestar todas las invitaciones, retribuir todas las visitas, agradecer todos los saludos, en telegramas, cartas y tarjetas postales que he recibido desde nuestro regreso; pero espero poderlo hacer más tarde.

Pasaré ahora a dar una explicación del plan primitivo que tuvo la expedición, y haré luego un corto relato de los acontecimientos más importantes que tuvieron lugar entre nosotros, y, finalmente, trataré de dar una breve descripción de la naturaleza de las regiones antárticas y de los resultados científicos obtenidos, especialmente de los que se relacionen con Sud América

Desde mucho tiempo atrás se ha trabajado en muchos puntos para inaugurar el siglo nuevo con una exploración del último grande y desconocido desierto de la tierra: las regiones antárticas. Esta exploración debía realizarse por intermedio de una gran alianza entre diversas naciones, no como en los tiempos pasados, para conquistarse otros países y pueblos, sino para una cooperación en el servicio de la ciencia y de la humanidad. El interés era general, pero solamente dos de estas proyectadas expediciones llegaron a realizarse: la una de Inglaterra, la Discovery, y la otra de Alemania, la Gauss. Es cierto que el proyecto era grande y difícil, y requería, para ser llevado a cabo, que en cada lugar cada expedición marítima, equipada para toda clase de trabajos en las regiones polares, pudiera trabajar en cooperación con una estación en tierra, establecida lo más cerca de estas regiones que fuese posible. Si no saliesen más que estas dos expediciones mencionadas, la una por el Pacífico y la, otra por el océano Indico, es seguro que los resultados obtenidos habrían sido muy incompletos, por no haber tenido lugar una exploración desde la tercera gran región, es decir, al sud del Atlántico. Entonces fue cuando la Argentina resolvió el establecimiento de un observatorio en la isla de Año Nuevo, y la Suecia resolvió el envío de una expedición bajo mi dirección, para cooperar con este observatorio argentino, en la misma longitud, más cerca del polo.

Para la expedición adquirí el buque Antarctio,, que era bien conocido como nave de los mares polares (de muchas expediciones), tanto en los del polo norte como en los del polo sur, y en éstos aun hasta el grado 75 de latitud. Yo mismo había tenido oportunidad para apreciar las buenas condiciones de este barco durante una expedición en los grandes hielos en la costa este de Groenlandia, y sabía que era completamente bueno para la proyectada expedición, la que no tenía por objeto forzar por cualquier precio, y a todo riesgo, su camino por entre los hielos para llegar algunas leguas más cerca del polo que otras expediciones anteriores, sino una exploración completamente científica de una región, que en este sentido era, no solamente poco conocida, sino que era desconocida del todo, y de cuya región, ahora, después de nuestra expedición, creo poder decir que hay poca esperanza de tener oportunidad de explorar una región que ofrezca tantos puntos de interés.

Queda bien entendido que otras expediciones obtendrán mayores resultados, especialmente después de las dificultades que hemos encontrado y las pérdidas que hemos sufrido, pero mi plan era abrir este nuevo campo para la ciencia y hacer una exploración preliminar tan completa que pudiera dar un punto de partida para toda clase de trabajo en aquellas regiones, y este plan ha sido también ejecutado.

Como era poco probable que pudiéramos encontrar un puerto en el lugar destinado para mis trabajos, tuve que resolver su regreso para obtener por este medio que, al mismo tiempo que seguíamos los trabajos entre los hielos, pudieran hacerse exploraciones, en los alrededores de la Tierra del Fuego, en materias como zoología, botánica, geología, etc., (las que no fueran estudiadas en el Observatorio de la isla de Año Nuevo).

Después de partir de Buenos Aires el 21 de diciembre de 1901, llegamos el 10 de enero a las regiones antárticas, a la Tierra del Rey Jorge, una de las islas Shetlands del Sud. Ninguna de las descripciones que había leído, podría haberme hecho creer que aquí, casi en la misma latitud de Estocolmo y San Petersburgo, y tan cerca de la Tierra del Fuego, encontraría una naturaleza tan despojada de vegetación; todo era hielo, con una que otra peña, en parte desnudas y en partes con una vegetación pobrisima de insignificantes musgos.

Ya estábamos tan retardados que había  poca probabilidad durante el primer verano de poder llevar nuestro programa a cabo, pero, sin embargo, quería adelantar lo más posible, y por el espacio de un mes hice un viaje al S O en el canal de Orleans, encontrando que éste es en realidad la continuación del canal Gerlache, en el cual entramos. Luego viajé en dirección al este y visité, entre otras, las islas Paulet y Seymour, que después llegaron a ser tan remarcables en la historia de nuestra expedición. Tratamos de seguir la costa de la Tierra del Rey Oscar, descubierta en 1892 por el capitán Larsen; pero encontramos pronto que había demasiado hielo, y tuvimos que volver antes de poder llegar tan lejos como había llegado el capitán Larsen.

Después hicimos una expedición al este en busca de un camino para el sur; pero ya era demasiado avanzada la estación, y había tanto hielo y vientos contrarios, que para no arriesgar algo tuvimos que volver al lugar que entonces resolví elegir para nuestra estación de invierno, es decir, la isla Snow Hill, situada al S O de Seymour, a cuyo punto llegamos el 12 de febrero del año próximo pasado.

Aquí pasaré a mostrar una serie de fotografías de proyección de las regiones antárticas, y para comenzar les haré ver cómo estaba nuestro buque Antarctic cuando nos dejó a mi y a mis cinco compañeros, entre los cuales cuento al teniente Sr. Sobral, separados de todo el inundo en esta desierta costa. Llevábamos provisiones calculadas para dos años, depositadas al principio en un gran depósito de la costa; pero nadie entre nosotros pensaba entonces que realmente tardarla tanto, antes que volviéramos a ver otros hombres, y menos creíamos que no volveríamos a ver nuestro buque Antarctic. Al principio trabajábamos con mucha actividad para construir la casa, donde debíamos pasar el invierno. Todas sus partes estaban listas, y ya habla sido armada en Suecia; pero no éramos constructores muy expertos, así que nos dio bastante trabajo. Pensábamos que ya era tiempo de que debíamos estar bajo techo, y por esa razón trabajamos con mucha actividad. A pesar de que todavía estábamos en el mes de febrero, es decir, en pleno verano, tuvimos muy a menudo fuertes temporales de nieve, con una temperatura de 10 a 12 grados bajo cero. Cuando el edificio estaba levantado, había que instalar los observatorios científicos, la casa para observaciones magnéticas, las casillas para armar los instrumentos meteorológicos y otro pequeño observatorio para los cálculos astronómicos.

Tan pronto como las más importantes construcciones estuvieron listas, empezamos a pensar en expediciones por los alrededores. Para las de cierta distancia, no es la última parte del verano una época muy apropiada cuando uno se halla en una isla. El mar está aún en parte abierto y no puede ser pasado a pie, aunque también en bote es difícil, cuando el frío empieza a helar las aguas. Sin embargo, deseaba ver todo lo posible de los alrededores antes que entrara el invierno, con su obscuridad y con su frío tan intenso. Con uno de nuestros botes, el 11 de marzo salí acompañado del teniente Sobral y un marinero. El estrecho estaba lleno de un hielo grueso, flotante, y era difícil encontrar por donde pasar entre los trozos de hielo, que eran más altos que el bote y que nos rodeaban en una masa compacta, así que muy a menudo parecía que estábamos completamente aprisionados entre ellos.

Sin embargo, seguimos viaje, remando de la mejor manera posible, llegando poco a poco a la parte sur del estrecho del Almirantazgo, donde fuimos impedidos de seguir adelante por un inesperado acontecimiento. Era una masa compacta, infranqueable, de hielo, puesto en movimiento con una fuerza irresistible por la corriente de la marejada. Si hubiéramos entrado en esta masa de hielo, hubiéramos perecido, pero ahora tuvimos que volver en el acto, lo que felizmente pudimos hacer aprovechando la misma corriente para salvarnos, asilados en un gran plano de hielo, donde logramos colocar el bote en seguridad, y donde establecimos nuestro primer campamento.

Al siguiente día, después de haber buscado en vano una salida, hubo que hacer transportar por los perros el depósito de víveres algo  más adelante, y que dejé en esa costa sobre el hielo. Justamente habíamos vuelto a nuestra carpa cuando se desencadenó un huracán como hasta entonces no habíamos tenido. El termómetro indicaba 16 grados bajo cero, y una nieve fina y cortante nos azotaba el rostro y nos impedía ver a 50 metros de distancia. Con este tiempo, empezó el hielo a liquidarse, y el agua entró en nuestra carpa, con peligro de nuestras vidas, que pudimos salvar, alejándonos en dirección a la costa, donde tuvimos que quedarnos en guardia, sin atrevernos a armar la carpa, caminando en el mismo lugar todo el día durante el huracán.

Lamento no poder presentar más fotografías de esta interesante excursión, y especialmente de nuestro viaje de regreso al siguiente día, cuando siempre con un viento huracanado, pero con cielo más claro, cruzamos por entre los hielos, con un pedazo de lienzo por vela, rompiendo la débil capa de hielo, que, a pesar del viento, se había formado entre los grandes planos.

Con esto principió para nosotros el invierno. Nuestra casa no era muy espaciosa: tenia 6 metros y medio de largo por 4 de ancho, contenía una pieza grande en el centro, que era nuestro comedor y gabinete de trabajo, una pequeña cocina y tres dormitorios a los costados, cada uno para dos personas. Había infinidad de cosas que teníamos que resguardar en aquel local, y dada su pequeñez, teníamos que aprovecharlo lo mejor posible. Todas las paredes estaban llenas de estantes, teniendo, además, muchas cosas colgadas, y aun el cielo raso estaba aprovechado. La casa estaba construida de varias capas de tablas y cartón. De día, cuando teníamos luego dentro de la casa, la temperatura era bastante caliente, y podíamos creer que estaba bien construida y que no dejaba escapar el aire, porque muy a menudo, cuando el cocinero hacia la comida, teníamos que salir afuera. Pero por la mañana eran los fríos bastante intensos, y a menudo estaba la temperatura varios grados bajo cero. Lo peor era que el calor estaba repartido tan desigualmente, que a veces teníamos una temperatura de más de 20 grados cerca del cielo raso, mientras que en el suelo era tan fría, que congelaba el agua en los rincones. En toda la extensión de la casa, entre el cielo raso y el tocho, había un compartimiento que fue utilizado como nuestro depósito principal para las provisiones de víveres y los objetos que más a menudo utilizábamos.

Allí hacía bastante frío y todo se helaba; de manera que, muchas veces, teníamos que recurrir al hacha para romper en pedazos una especie de dulce que guardábamos en barriles, y no era extraño encontrar el líquido de las botellas transformado en hielo. Como estas botellas se rompían con la dilatación del hielo, sucedía con frecuencia que cada vez que el aire se calentaba en ese compartimiento, empezaban a gotear del cielo raso líquidos que formaban arroyitos, a veces de vino francés, otras veces de tinta, cuando no eran de color amarillento, proveniente de los ingredientes para fotografía. Tan habituados estábamos a encontrar helados los líquidos de las botellas, que el cocinero murmuraba cuando tenía que abrirlas del modo usual.

Las investigaciones que más trabajos requerían eran las observaciones meteorológicas, las que, por lo general, se tomaban cada hora, noche y día. Estaban confiadas a la dirección del doctor Bodman y del teniente Sobral; pero de noche nos turnábamos todos para tomarlas. Al mismo tiempo se efectuaban trabajos magnéticos, astronómicos, bacteriológicos y geológicos, averiguaciones respecto a la marea, estado de los hielos, levantamiento de mapas, etc.; y asi pasó el invierno bastante rápidamente, y nos hubiera parecido aún menos largo si no hubiera sido tan cruelmente duro. No era tan sólo lo intenso del frío que sufríamos lo que más nos molestaba, y debe tenerse en cuenta que a veces llegaba a 42° bajo cero, temperatura que puede hacerse soportable teniendo bastante ropa que ponerse, sino la fuerza con que soplaba el viento, tan penetrante y frió, que ninguna ropa podía protegernos de su inclemencia. Y con tanta frecuencia se sucedían estos vientos, que no es aventurado asegurar que por su causa haya sido ese invierno uno de los más duros que pueda haber sufrido hombre alguno.

Lo sensible es, que estos vientos son verdaderos huracanes y duran tanto tiempo; era muy común que tuvieran una duración de una, dos y hasta tres semanas con sólo intervalos de uno ó dos días. Durante un huracán semejante y con una temperatura de 30° bajo cero, es casi imposible salir de la casa. Cuando se camina a favor del viento no se siente tanto el rigor de la temperatura, pero la cuestión cambia de aspecto completamente cuando se pretende caminar contra el viento. Unicamente agachándose al ras del suelo y concentrando toda su voluntad en un poderoso esfuerzo es posible adelantar; el viento priva de la respiración de manera que uno se ve obligado a volverse para poder respirar, y al mismo tiempo se ve atormentado por la nieve, que azota las partes descubiertas de la cara. Nuestra casa era sacudida como un vagón de ferrocarril y seguramente que si nosotros hubiéramos podido marchar con la misma velocidad que llevaba el viento, no hubiéramos tardado 24 horas en llegar al polo.

El más grande de nuestros botes fue arrastrado por el viento y hecho pedazos contra las peñas, y la misma suerte corrió el techo de de nuestro observatorio astronómico. Después de cada huracán, y cuando aun no habíamos aprendido el modo de asegurar nuestros objetos, teníamos que buscar encima del hielo, y a veces a largas distancias, barriles, cajones y baúles llenos, que el viento había llevado. Hasta un cajón lleno de piedras fue levantado por el viento y hecho pedazos.

No era fácil hacer excursiones en trineo en estas circunstancias, y las tres ó cuatro que se llevaron a cabo sólo se efectuaron a cortas distancias. Pero cuando se aproximaba el verano nos preparábamos para hacerlas mucho más extensas, lo que constituía uno de nuestros principales objetivos para explorar y levantar un mapa de la costa sur.

Puedo hacer notar que el descubrimiento de la costa, donde estaba situada nuestra estación, fue hecho por dos expediciones: la de James Ross en 1843, y la de Larsen, más al sur, en 1893. Ninguna de estas expediciones ha tenido oportunidad para efectuar trabajos cartográficos exactos, pero debe hacerse notar que entre estos dos lugares existe una gran zona en la cual no se había visto tierra antes de nuestra llegada, y que no podía saberse si allí había un estrecho ó una bahía.

Después de mucho esperar, salimos el 30 de septiembre; llevábamos dos trineos y cinco perros. El primer trineo, que con su carga pesaba alrededor de 70 kilos, fue llevado por Sobral y yo, y detrás marchaba Jonasen con el otro trineo llevado por los perros y con una carga de cerca de 200 kilos. Llevábamos una carpa de seda construida para la expedición, bolsas para dormir, los instrumentos y útiles necesarios, y, además, víveres para 45 a 50 días. Esto era para nosotros; para los perros, y por no llevar tanto equipaje, llevábamos solamente pemmican para veinte días, con la esperanza de que en el trayecto pudiéramos cazar locas en suficiente cantidad para proveerlos de carne.

Equipados en esta forma, partimos para la excursión. El programa del día era, generalmente, el siguiente. Si el tiempo era bueno nos levantábamos a las 6 de la mañana, más ó menos, y el primero que lo hacía preparaba el almuerzo para todos. Esto consistía, sin variación, en pemmican y café con manteca y pan seco, preparado especialmente con carne, para que fuera más nutritivo. Pemmican es una preparación de alimentos nutritivos y consta de carne y grasa en partes iguales; hervido da una sopa fuerte y alimenticia. Para conseguir agua teníamos que hacer derretir nieve, y mientras se cocinaba, almorzábamos, tomábamos algunas observaciones, desarmábamos la carpa y cargábamos los trineos, pasaba tanto tiempo, que, generalmente, eran las 9 ó 10 de la mañana cuando podíamos proseguir el viaje. Una vez en marcha, seguíamos adelante con bastante energía, y podemos considerar que, un día con otro, hacíamos 30 kilómetros diarios. Fuera de cortos intervalos, no parábamos sino para efectuar observaciones. Durante la marcha no usábamos el fuego para ninguna preparación.

No es, pues, de extrañar que nos halláramos bastante cansados al aproximarse la noche, y que, después de armar carpa, hiciéramos los honores debidos a la comida, la que entonces era preparada con fuego. Nuestra comida consistía unas veces en sopa de arvejas, y otras en sopa de lentejas, pan y manteca, jamón, pasteles y chocolate. Después de comer, no tardábamos en buscar nuestras bolsas, donde pronto descansábamos de las fatigas, sin ser muy molestados por el frío.

Nuestros trajes durante esta excursión eran los mismos que usábamos generalmente fuera de la casa. No habíamos llevado trajes de pieles, pero si botines, porque era imposible usar los comunes de cuero; pues una vez húmedos, y con una temperatura de 15 a 20 grados bajo cero, se endurecían y helaban a tal punto, que era materialmente imposible usarlos. Cuando habla viento, usábamos un traje especial de lienzo delgado, puesto encima del otro traje. Esta fotografía muestra un traje completo para una excursión a pie con mal tiempo. Nuestra expedición tuvo la suerte al principio de disfrutar de un tiempo espléndido durante más de una semana. En este período logramos aclarar el problema geográfico más importante de nuestros alrededores, es decir, el descubrimiento de una costa hasta ahora desconocida, que une la tierra de Luis Felipe con la tierra del Rey Oscar, justamente la parte que antes se mencionaba. Entre esta costa y la parte SO del estrecho del Almirantazgo se forma una gran bahia, que durante la excursión de ese año en trineo, se ha comprobado ser un espléndido canal, que separa la tierra principal de un archipiélago situado más afuera. Sobre un plano de hielo de mar, llegamos en ocho días hasta la isla de Christensen, un antiguo cráter. Las fotografías muestran partes diferentes de la isla, con su muralla de hielo y nuestra carpa levantada al pie.

 Cuando de aquí proseguimos nuestra marcha, descubrirnos inesperadamente que la tierra principal da una vuelta al oeste, y hallamos también una alta muralla de hielo, que parecía unir la isla con el continente. No había otro remedio que subir esa muralla y continuar nuestro viaje en la misma dirección de la tierra. Si hubiéramos seguido sobre el hielo del mar no hubiéramos visto nada, y el levantamiento de mapas habría sido imposible. Aun cuando de este modo no pudimos avanzar hacia el sur tanto como yo había calculado, no era mayormente de importancia, por cuanto nuestro objeto se dirigía a explorar la costa en cualquiera dirección que fuera. Lo que lamentaba era que encima del hielo de esta muralla no tenia ninguna esperanza de  poder cazar focas para alimento de los perros, y fue esta la razón capital que nos obligó a emprender el regreso aun antes de lo que bajo otras circunstancias lo hubiéramos hecho.

Justamente, esta parte de la expedición, era, por razones que desgraciadamente la falta de tiempo no me permite detallar, muy importante por los resultados científicos que ofrecía. Era de lamentar que el buen tiempo hubiera ya cesado, y que después de un corto período, algo parecido al verano, nos encontráramos nuevamente en pleno invierno, con vientos y con fríos. La temperatura bajó hasta cerca de 30° bajo cero, y los vientos del SO eran tan fuertes que no solamente nos impedían caminar contra ellos, sino que desgraciadamente nos destruyeron nuestra carpa. Con frecuencia, después de un huracán nos encontrábamos sitiados por la nieve, y únicamente haciendo excavaciones podíamos sacar nuestros equipajes. Seguimos nuestra marcha adelante en dirección a la tierra, tan lejos como nos fue posible.

El hielo aumentaba cada vez más y se encontraba tan lleno de rajaduras, algunas de ellas tan anchas, que con mucha facilidad hubiéramos podido desaparecer en ellas con perros, trineos y todo. Las pasábamos sobre débiles puentes de nieve que a menudo cedían tanto que nos enterrábamos en ella hasta los brazos, y fue una suerte que pudiéramos evitar desgracias.

El 19 de octubre alcanzamos a un cabo de la tierra, a cuyo punto era nuestro deseo llegar durante los últimos días. Según un cálculo astronómico de Sobral nos hallábamos entonces aproximadamente en los grados 66 de latitud y 62 de longitud. En este punto ascendí a una elevada cumbre, desde donde se ofrecía la grandiosa perspectiva de un paisaje alpino, formado, sin embargo, de montañas aisladas; se notaba que aun muy lejos continuaba la misma naturaleza.

En estas circunstancias tuvimos que resolver el regreso, no queriendo exponer toda la expedición a mayores peligros. El fin que anhelábamos era pasar lo más cerca posible de la tierra para hacer mejor los trabajos de cartografía. Esto nos fue impedido en parte, por el tiempo que seguía borrascoso, y también por una neblina intensa; así que solamente con dificultad podíamos adelantar. La luz muy viva, al reflejarse sobre el hielo, nos producía gran molestia y gran incomodidad para la vista, de manera que los tres sufríamos de ofuscamiento. Afortunadamente teníamos entonces un viento favorable y no necesitábamos por lo tanto suspender nuestro viaje cuando soplaban vientos muy fuertes, y el 4 de noviembre estuvimos de regreso en nuestra estación.

Desde entonces esperábamos el verano y el Antarctic, y en esta espera pasaron cuatro meses sin que llegara el uno ni apareciera el otro. Es verdad que el viento era menos fuerte y el frío menos intenso, pero no podíamos decir que había verano. La temperatura media durante estos meses ha sido con seguridad la más baja temperatura que durante el verano se haya observado en el mundo. No quiero describir estos largos meses durante los cuales permanecimos a la espera de una expedición de socorro. Ya en enero empezábamos a temer que no llegara ninguna, y por esta causa comenzamos a efectuar una caza sistemática de focas y pingüinos con objeto de completar así nuestras provisiones de víveres y comestibles para una permanencia prolongada durante otro invierno.

A pesar de que sabíamos perfectamente y conversábamos muy a menudo respecto al mejor resultado que podríamos obtener si permanecíamos allí dos inviernos en lugar de uno, no era, sin embargo, muy consolador pensar que habíamos de permanecer durante otro invierno en una larga y continua noche, bajo la inclemencia de los vientos y los fríos sin recibir una palabra, sin tener ninguna noticia de los parientes, de los amigos y del resto del mundo.

La peor época para nosotros durante toda la expedición fueron los meses de marzo y abril de este año, cuando la esperanza de socorro había cesado y nos aguardaba otro invierno. Felizmente, durante este invierno el tiempo fue mucho más benigno que en el año anterior, y con nuestros trabajos pasaba más rápidamente de lo que hubiéramos podido esperar. No pasó mucho tiempo sin que pudiéramos empezar a pensar en las excursiones en trineos. Después de la experiencia que había adquirido en el año  anterior, opiné que el mejor resultado se alcanzaría en menor tiempo, si nos contentáramos con un solo trineo y el cargamento que pudieran llevar los perros.

Esta vez dividí el trabajo para efectuar, por lo menos, dos excursiones a distancias regulares. Además, juzgué prudente llevar para los perros provisiones suficientes para tanto tiempo como las que necesitábamos para nosotros; pero esto impidió que en cada expedición fueran más de dos personas, de acuerdo con lo cual, y también con lo decidido por mis compañeros y yo, fue Jonasen quien debía acompañarme por esta vez.

La excursión fue dirigida al norte, y debíamos, para principiar, explorar la bahía que habíamos descubierto en la excursión anterior. Como ya lo he mencionado, pudimos comprobar que ésta era un gran canal que desemboca en el golfo de Erebus. En varias ocasiones tuvimos que suspender el viaje a causa del viento y la neblina, y fue recién a los 15 días de nuestra partida que nos aproximamos a la punta NE del canal mencionado, con la esperanza de poder volver el mismo día en dirección sud, a la estación. De pronto descubrimos en el horizonte, cerca de la tierra, dos puntos negros de aspecto muy extraño. Eran demasiado grandes para ser pengüines y parecían moverse en posición horizontal; fue con verdadera emoción que puse el telescopio a los ojos. Una sola mirada fue suficiente para convencerme que eran dos hombres que venían en dirección ó nosotros. En el mismo momento dimos vuelta al trineo y los perros echaron a correr a todo escape al encuentro de los que llegaban. ¿Quiénes podían ser? Miles de conjeturas, desde las más risueñas esperanzas hasta el más profundo temor, pasaron por mi mente, sin atinar quienes pudieran ser, pues cada instante que pasaba era mayor mi sorpresa al ver que los dos seres que avanzaban hacia nosotros, tenían las caras negras y cabellos flotantes sobre los hombros, grandes anteojos de madera cubriendo los ojos, y el cuerpo revestido de trajes de las formas más extrañas. Para dar una idea del aspecto que tenían, que mi compañero Jonasen me preguntó, cuando ya estábamos cerca de ellos, si no debía sacar mi revolver; desconfiaba probablemente que pudieran ser hombres salvajes de las regiones polares. La fotografía muestra como estaban al llegar a la estación de invierno. Eran el Dr. Anderson, el teniente Duse y un marinero, los que nueve meses y medio antes de nuestro encuentro habían abandonado el Antarctic, cuando vieron que el hielo era tan compacto que corrían riesgo de que el buque no pudiera llegar nunca a la estación de invierno, y se habían dirigido con la intención de salvarnos, al lugar en que nos encontrábamos, afrontando los mayores y más graves peligros.

Habían tratado de llegar a la estación con un trineo que ellos mismos arrastraban sobre los hielos, pero lo avanzado de la estación de verano, produciendo el deshielo consiguiente, hacía más penoso su camino. El hielo estaba blando y cubierto de agua y ya cerca de la tierra encontraron grandes canales en el mar. Después de una semana de trabajo se vieron obligados a regresar a su punto de partida, donde habían dejado un pequeño depósito de víveres; pero no mucho más de lo que habían calculado que precisarían  durante el verano. Allí debían, según convenio, esperar el Antarctic; pero como pasó semana tras semana sin que llegara el buque, empezaron poco a poco a sentirse poseídos de la misma sensación de aislamiento que nosotros sentíamos en la estación de invierno, y se prepararon para el invierno. Preveían que éste estarla lleno de penurias, y su situación se agravaba al pensar que no llevaban sino lo indispensable, nada más que para pasar el verano, ninguna clase de útiles, ninguna ropa de invierno, nada más que los víveres justos. Comenzaron por construir una habitación de piedras—que se ve en el centro de la fotografía con la pequeña carpa — y para hacerla más abrigada, armaron la carpa grande dentro de esta construcción. Era ésta una buena idea, porque asi quedaban más abrigados.

Sin embargo, ha habido veces de tener temperaturas de 20° bajo cero, pero esto era una excepción; la nieve que se amontonaba alrededor do la casa de piedra la hacía más abrigada y por ello la temperatura era más benigna. Por la noche sentían los pingüinos pasearse sobre el techo. Para conseguir provisiones para el invierno cazaron como unos 500 pingüinos. En la fotografía que presento pueden verse dos clases de pingüinos, uno de ellos, el común en esta costa. La carne de estos pájaros es un poco dura y  aunque hay otros do carne más sabrosa, son éstos los más fáciles de cazar. La carne de los pichones es bastante delicada. A estas provisiones añadieron toda la carne de foca que pudieron conseguir. La grasa de las focas los servia de combustible, y como en el sitio que se encontraban las había en gran cantidad, podían tener la seguridad que este material no les faltarla para calentar sus alimentos.

Estas focas, de las que hay varias clases diferentes, son tan mansas, que para matarlas basta un cuchillo ó hacha. El único alumbrado que tenían estaba constituido por una pequeña lámpara de aceite; pero, en realidad, éste les bastaba, pues no poseían un solo libro para leer. De noche, y también durante una gran parte del día, dormían en sus bolsas, que, como se hallaban en el suelo, tenían bastante humedad; en esta forma pasaban el tiempo, estando muy a menudo varios días sin salir, por impedírselo la nieve, que en gran cantidad se acumulaba alrededor de la habitación. Para la preparación de la comida empleaban como combustible la grasa, y la hacían en un gran tarro de los que habían contenido conservas. La cocina era atendida por los tres, turnándose para ello un día cada uno.

Lo que más les molestaba en su alimentación era que carecían en absoluto de especies para condimentarla, y les faltaba hasta la sal, que, por otra parte, no puede substituirse con el agua de mar. No se puede imaginar una situación más aflictiva, desesperada y triste. Sin embargo, ni su salud ni su ánimo decayeron un solo instante, y los eternos días de aquel invierno pasaron más veloces entre los cantos, cuentos e historietas con que mutuamente se animaban y entretenían.

Al aproximarse el verano acordaron realizar el viaje en trineo, decididos a alcanzar nuestra estación. Varios meses pasaron en el arreglo de sus efectos. La carencia absoluta de utensilios hacia que este arreglo se dilatara. Nada puede dar una idea más acabada de la situación a que se hallaban reducidos por esta carencia, que el saber que no poseían sino una gruesa aguja, que cuidaban como un tesoro y con la cual cosían, cada uno por su turno.

Al fin se pusieron en marcha, el mismo día que nosotros salíamos de la estación, para el norte. Como ya lo he dicho en otro lugar, nos encontramos inesperadamente en los hielos, en un lugar que los dos creíamos haber descubierto. No se puede dudar que yo fui el más sorprendido; no podía imaginarme que hubiera otra gente en aquellos lugares, pero es difícil afirmar cuál fue el que más alegaría experimentó en este encuentro.

De ambas partes habíamos sufrido privaciones y penurias y llevado una existencia triste y monótona, pero los dos habíamos conseguido el mismo resultado favorable y podíamos congratularnos de que a pesar de los contratiempos y peligros, estábamos en el pleno uso de nuestras energías y con completas fuerzas para el trabajo. Este encuentro vino a apresurar nuestro regreso a la estación, pero aun sin él nos hubiéramos visto obligados a hacerlo, porque, entre otras razones, el tiempo se presentaba extraordinariamente bueno y teníamos que temer que el hielo se liquidara en cualquier momento. Apresuramos la marcha todo lo posible a pesar de que el hielo carecía muchas veces de la consistencia necesaria para resistir nuestro peso, lleno como estaba de nieve, agua, y de muchas grietas, no obstante que los perros tenían que arrastrar ahora más de 300 kilos de carga.

El 16 de octubre estábamos otra vez en la estación con la consiguiente y grata sorpresa de los compañeros que habían quedado allí. Según las experiencias del ano anterior, no me figuraba que el hielo pudiera desaparecer en octubre; no obstante fue asi, y hubiera sido muy arriesgado emprender una larga excursión en estas condiciones. Además, la llegada de nuestros camaradas había cambiado todos los planes, de manera que en lugar de hacer una excursión larga, se hicieron varias, limitadas a cortas distancias de la estación. Como la más importante de estas excursiones, y que llegó a durar unos diez días, debe mencionarse una que hicimos Anderson, Sobral y yo a la Isla Seymour, con el objeto de efectuar observaciones magnéticas y averiguaciones geológicas. Según ya he dicho, estuvimos ausentes de la estación unos diez días, y hubiéramos permanecido fuera de ella un tiempo mayor, si una desgracia casual, acaecida a uno de nosotros, no nos hubiera obligado a ello. Emprendimos el regreso y llegamos a la estación el día 6 de noviembre.

En esta época el mar estaba ya libre de hielo, en toda la distancia que podíamos abarcar con nuestra vista, y teníamos la seguridad que se encontraría lo suficiente libre para permitir la llegada de un buque hasta nuestra estación. Sin embargo, estábamos ya cansados de aguardar, y aunque no nos hubiera sorprendido la llegada del Antarctic, no suponíamos que pudiera venir ninguna otra expedición a socorrernos.

Nuestra carpa había quedado en la isla Seymour, y al siguiente día fueron a ella el Dr. Bodman v A’Kerlund. Tenían la intención de recoger algunos huevos de pingüino y regresar después al segundo día. Por consiguiente, no nos causó sorpresa alguna cuando en dicho día (8 de noviembre) percibimos a la distancia algunas personas que avanzaban en dirección a nosotros; pero nuestra emoción fue inmensa (la mayor que en nuestra vida hemos sentido) cuando vimos que no eran dos sino cuatro las personas que se aproximaban. En una marcha, que más bien se asemejaba a una carrera, fuimos todos los que nos encontrábamos en la estación, siete personas, al encuentro de los que llegaban, y poco después nos hallamos con el comandante Irízar y el teniente Yalour, los que, después de los transportes consiguientes a ese encuentro, nos dieron dos grandes noticias, una triste: que del Antarctic no se tenían noticias, lo que nos hizo temer que hubiera perecido con tripulación y todo, y la otra grata: que la República Argentina nos daba su salvadora mano enviándonos su buque Uruguay, con el cual podíamos regresar, Fue este un momento histórico.

Las fotografías que habéis visto, muestran  con más viveza detalles que serían difíciles de describir. Quiero únicamente hacer constar la profunda gratitud con que aceptamos este generoso ofrecimiento, y que en ese instante nuestra inmensa alegría sólo era turbada por el pensamiento de la suerte que hubieran corrido nuestros compañeros, y la forma en que pudiéramos prestarles ayuda.

Inmediatamente empezamos a prepararnos para el regreso, a cuyo efecto decidimos no acostarnos en esa noche. Me encontraba escribiendo un informe respecto a nuestras actuales circunstancias, para el jefe de la expedición sueca, de socorro, cuando de pronto los perros comenzaron a ladrar, y alguien gritó que llegaba gente. Mi primer pensamiento fue que serían algunos hombres de la Uruguay que habrían sido mandados para ayudarnos a preparar nuestros equipajes. El doctor Bodman, que en esa mañana había sido el primero en encontrar al comandante Irízar, fue también el primero que en ese momento salió para averiguar qué gente era la que llegaba. Poco  después, y mezclados con los gritos de «hurrah», llegaba a nuestros oídos, el nombre de Larsen.

En ese instante no era yo el único que se preguntaba cuál sería el motivo de todo lo que estaba acaeciendo, y por momentos dudaba si era yo mismo, ó los otros que se hallaban mal de la cabeza. No habrían transcurrido un par de segundos cuando nos hallamos todos fuera. Poco después, y con la alegría consiguiente, nos uníamos a Larsen, al doctor Anderson y cuatro marineros, que eran los que llegaban a la estación.

Después de una ausencia de casi dos años, y cuando por primera vez los creíamos realmente perdidos, arribaban por una coincidencia, en el mismo día, y a la hora precisa en que nos había llegado el salvador socorro, para poder aprovecharse de él.

Llego aquí al fin del relato respecto a nuestra suerte durante la expedición. El viaje de la Uruguay ha sido ya objeto de amplias y detalladas descripciones, motivo por el cual no llamaré vuestra atención sobre él.

Respecto al Antarctic y a su lucha en los hielos, su naufragio, el viaje a pie que hicieron todos los que habían quedado a bordo despues de su hundimiento, todo será descripto más detalladamente por mi camarada, el Dr. Scotsbergs Tendría muchísimo placer ó interés en darles una completa reseña de los resultados científicos que hemos obtenido; pero me limitaré a hacerla lo más sucintamente posible, dada la premura del tiempo, y exhibiré únicamente algunas fotografías que son de interés. Entre los resultados científicos deben mencionarse, en primer lugar, nuestros descubrimientos geográficos. Para poner más de relieve su importancia, podemos decir que toda la costa, desde el canal de Bélgica y alrededor de la Tierra de Luis Felipe hasta el grado 66 de latitud sur, hemos levantado un mapa y se ha podido comprobar que los anteriores, aun los mejores, con excepción de algunos de D’Urville y Ross, indicaban detalles en la costa exterior que no tienen ninguna semejanza con la realidad. En lugar de una extensa tierra con bahías de poca profundidad, existe una tierra estrecha con montañas y altas cumbres nevadas, circundadas al oeste como al este por un archipiélago de islas, con fjörds, canales y estrechos. En cuanto a las observaciones geológicas, es muy interesante observar las diferencias que existen en la formación de aquellas regiones.

Las exteriores constituidas por rocas antiguas, en su mayor parte de granito; la tierra forma una cadena continuada con cumbres de bastante altura y bien definidas. Toda la parte al este del archipiélago está formada principalmente por basalto y capas de origen volcánico, y junto con éstas se hallan terrenos de formación arenosa y capas fosillferas. En algunas partes, y sobre todo en la isla Seymour, cerca de la estación, se hallaban estas formaciones llenas de fósiles, entre los cuales los amonites tienen un rol importante.

La edad es entonces mesozoica y probablemente cretácea. Sobre estas capas se encuentran otras donde no hay amonites; pero donde se observa la existencia de huesos de vertebrados, restos de moluscos marinos, y hojas de plantas y árboles. Podemos agregar, entre otros detalles de interés, que en esas reglones hemos hallado una flora más antigua, y con caracteres diferentes que la observada antes. Podemos afirmar que estos hallazgos constituyen uno de los principales descubrimientos que se ha podido hacer en las regiones del Polo Sur, donde hasta el presente no se tenia ningún detalle de su naturaleza en épocas anteriores.

Hay algo que quiero mencionar especialmente, y es la semejanza que existe entre estas regiones polares y la América del Sur. A la cadena de montañas que forman la cordillera, corresponden las montañas y archipiélagos de basalto, de formación arenosa como la Patagonia; y si nos imaginamos a la Patagonia 200 metros más abajo de su nivel actual, y todo cubierto por el hielo, tendríamos una cantidad de canales ó estrechos iguales en ambas regiones, las que presentarían puntos de semejanza perfecta.

Sobre las condiciones del hielo hemos hecho estudios detenidos, los que son tanto más importantes, cuanto es la primera vez que se han llevado a cabo en lugares donde la nieve, en la época del verano, se junta en gran cantidad. Es muy interesante el estudio de la muralla de hielo al sur de la isla Christensen, pues da mucha luz sobre la formación del hielo en las regiones antárticas.

Respecto a la zoología haré observar que es muy extraño que los animales de tierra no existan allí, ni el oso polar blanco, ni el reno, etc., pero en cambio, la fauna del mar es mucho más rica asi en pájaros como en pescados, pero, sobre todo, en las clases inferiores de animales. El mar es muy fecundo también en algas, mientras que la tierra casi no tiene vegetación.

De las observaciones magnéticas y las de la marea, no tenemos aún los resultados completos. En cuanto a las meteorológicas, han venido a demostrar que en estas regiones existe un clima tan frío como en los lugares más fríos de la Siberia, en la misma latitud del norte, y tal vez mayor frío que en ningún otro punto de la misma latitud en el sur. Esto nos explicaría el porqué de que en esta parte se encuentre tanto hielo y que se preste tan poco para avanzar muy lejos hacia el sur. Es más difícil explicarse la diferencia que existe entre estos lugares siempre cubiertos de hielo y las selvas feraces de la Tierra del Fuego, situados, comparativamente, tan cerca unos de los otros.

En resumen: estas regiones se prestan muy poco para expediciones hasta el Polo, pero debo añadir que dudo mucho que pueda ser hallada una nueva región tan interesante como ésta. Los preciosos hallazgos de fósiles de tan diversas clases, y que prometen aclarar tantos problemas, hacen excepcionalmente buena esta región para efectuar estudios, sobre toda clase de formaciones en el hielo y aun para determinar los problemas referentes a la mayor extensión del hielo en épocas anteriores. Este clima, notable por sus grandes diferencias y la riquísima y rara fauna de una gran parte de animales de formas completamente desconocidas, son algunas de las razones que pueden justificar expediciones como la presente.

Ahora algunas palabras referentes a la expedición de la Uruguay.

Si me felicito, tal vez más que cualquier otro, por la feliz conclusión de esta expedición, como por lo que he podido presenciar durante la semana que he tenido el honor de permanecer en esta ciudad, tengo también una razón puramente personal, que puedo llamar egoísta, por cuanto yo, como hombre dedicado a la ciencia, creo que los adelantos de ésta representan un provecho para la humanidad, y por ello creo que nos hallamos en presencia de un hecho grande e importante. La ciencia no puede dudar; cada problema resuelto hace nacer otros nuevos, y esto puede aplicarse también a las exploraciones de las regiones polares antárticas, donde, ahora más que nunca, una nueva expedición puede cosechar espléndidos frutos.

La expedición de la Uruguay, que, por otra parte, es la primera que ha salido del hemisferio sur, no será la última que mande la República Argentina. Como la exploración a la región antartica, y los resultados obtenidos durante estos dos anos con la cooperación entre la Suecia y la Argentina han sido de gran provecho, debe esperarse que en una nueva expedición que esta última mandara, nos honraríamos en hacer de nuestra parte todo lo posible en obsequio a ella. Aunque la Suecia no puede prestar una ayuda material, puedo, sin embargo, asegurar que la experiencia que hemos recogido en la región del Polo Norte, estarla a la disposición de los argentinos en cualquier momento que pudiera serles útil, ya sea referente a buque, equipaje, preparación ó cualquier otro conocimiento. Si esa expedición llevara por bandera la argentina, lejos de ser extraña para nosotros, la acogeríamos como a un amigo cariñoso. Y si quisiera incorporar un sueco a esa, expedición, debo desear únicamente que sea tan bien representada mi patria, como lo ha, sido la suya durante nuestra larga permanencia entre los hielos.

Quiero añadir, que en el teniente Sobral poseen ustedes una persona que está al corriente de todas las cuestiones que un explorador de las regiones polares del sur debe poseer. Que la expedición de que me ocupo ha sido científicamente preparada, lo garantiza el nombre del gran sabio, Dr. Moreno, que ha sido uno de los primeros iniciadores de esa expedición, tan felizmente terminada.

Que las expediciones que aquí se resuelvan serán bien preparadas y llevadas a buen término, no cabe dudarlo, ante el éxito espléndido obtenido por su armada nacional, con el trabajo de su jefe, S. E. el señor Ministro de Marina, y por el comandante, oficiales y tripulación de la Uruguay.

Una expedición puede ser afortunada ó desgraciada; pero es indudable que cualquiera que sea su éxito, siempre aumentará el respeto y el honor de la bandera argentina.

 

  

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