Historia y Arqueología Marítima

 

HOME

HACIA EL POLO ANTÁRTICO. LAS EXPEDICIONES ANTARTICAS DE 1903/1904 VISTAS POR EL BOLETIN DEL CENTRO NAVAL

Indice Antartida

CONFERENCIA DEL ALFÉREZ DE NAVÍO JOSÉ M. SOBRAL 

El grupo de invernada antes de dejar el buque, el 12.02.1902, de la izq. G.Bodman, G.Akerlundh, O Nornedskjöld, O.Jonasson, J.M.Sobral y E.Ekelof.

Los primeros resultados del “Discovery” y los preparativos del doctor Charcot. Expedicion Antartica Francesa - Charcot Conferencia del Dr. Charcot La Pérdida del Antarctic
Transformacion Cañonera "URUGUAY" Expedicion de la "URUGUAY"  Expediciones Antarticas del “Frithjof” y del “Le Francais” Partida de la "URUGUAY"
Regreso de la "URUGUAY" Informe Yalour Conferencia del Dr. Otto Nordenskjöld Conferencia del Alf. de Navío J.M. Sobral

PATROCINADA POR EL CENTRO NAVAL Y LEÍDA EN EL POLITEAMA ARGENTINO EL 19 DE DICIEMBRE DE 1903.

A beneficio de la Liga Naval Argentina.

Señores:

Es para mí un honor, sin duda inmerecido, el que el señor presidente del Centro Naval se ha dignado concederme, invitándome a dar una conferencia sobre la campaña polar, en que, representando a mi país, he tenido la satisfacción de tomar parte. Fuera audaz mi actitud presentándome ante el ilustrado auditorio que me escucha, si no contara de antemano con su indulgencia y con la amabilidad de que tantas pruebas he recibido desde mi regreso a Buenos Aires.

Porque no os traigo, señores, otra cosa que mi buena voluntad, estimulada por el deseo de retribuir, siquiera en parte, la generosidad de este noble pueblo, que ha despertado en mi sentimientos que en vano pretendería interpretar la palabra de un hombre, cuando no se cuenta con la elocuencia, que es la voz del corazón.

Interés científico.

Señoras:

Señores:

Se oye decir con frecuencia ¿qué interés puede tener una expedición polar? ¿Qué beneficio puede ella reportar a la humanidad? Para unos una expedición polar, puede significar dinero; para otros solamente adelanto en la ciencia. Para el profano en estas cosas, el saber a qué clase de formación pertenecen esas tierras, el conocimiento de su topografía, su fauna y su flora, y, en fin, la completa geografía do ellas, no significa nada; es solamente una pérdida de tiempo y de vidas, y un montón de sacrificios inútiles; y ante estas observaciones que no reposan en argumentos de valor, se impone la perplejidad, porque es imposible rebatir la tenacidad del incrédulo.

No digo para un hombre de ciencia, para todo aquel que tenga una idea de la importancia de esas cuestiones que dejo enumeradas, el simple hecho de explorar lo desconocido, justifica los gastos de un viaje y aun el sacrificio de las vidas; pero cuando se considere que ésas observaciones, esos estudios, pueden dar oro, cuando se sepa que algunas de ellas pueden facilitar muchísimo las expediciones de exclusivo carácter comercial, entonces, esos mismos que antes se encogían de hombros, tendrán también que concordar con el beneficio de ellas.

Y de esto pondré un ejemplo palpable. Decidme: si se conocieran perfectamente los regímenes meteorológicos de esas regiones, si se conociera la fuerza y dirección de las corrientes de esos mares, ¿no se facilitarían en mucho los viajes de los foqueros y balleneros y de todos los que con cualquier objeto se dirijan allí? Es evidente que si. Y si esas regiones no se explotan científicamente, ¿cómo podremos saber que allí no hay algo, no hay mucho, tal vez, que pueda ser utilizado con fines lucrativos?

Interés comercial.

Las razones de interés puramente comercial son inmensas, y su importancia superior a todo cálculo. En cartas que en otra oportunidad he publicado, he llamado la atención de mi país sobre las enormes riquezas que de las regiones polares podernos sacar; y hoy, insisto en presencia de este distinguido auditorio, deseando que nuestros poderes públicos fijen su atención en esas inagotables minas que están esperando nada más que un poco de resolución, para ser convertidas en grandes riquezas; a nuestra juventud, a mis contemporáneos, que dirijan sus energías hacia aquellas regiones, y asi arrancaremos de sus heladas entrañas verdades científicas que irán a enriquecer los cerebros del estudioso, y verdades positivas que compensarán los esfuerzos y las fatigas del que las persiga. La pesca y la caza en los mares del sur, constituyen esa fuente de riqueza, y ningún país está en las condiciones do la Argentina para acometer con éxito esa empresa.

Tomemos posesión de esas tierras y dominemos esos mares, hoy inhabitados, pero que están en la misma latitud que otros en el norte, en donde florecen ciudades populosas y cuya civilización nos ha mandado muestras como Nordenskjöld, Larsen y Nansen. Pasarán los años, nuevas generaciones nos sucederán en el escenario de la vida, y cuando la población de mi país se cuente por centenares de millones, aquellos felices argentinos verán flamear su bandera en las poblaciones polares; y allá, cuando el sol de Mayo se mire frente a frente con las auroras australes, los que contemplen ese soberbio espectáculo, aclamarán los nombres de la generación actual, y derrumbarán los enormes ventisqueros para levantar en su lugar los bloques de mármol que han de servir de pedestal a la gloria argentina. Esbozados, como quedan, los móviles que pueden tener las expediciones polares, concretémonos a la que motiva esta conferencia, y tomemos como principio de narración, el día de mayores tristezas y más grandes emociones que he sentido durante los dos años de invernada polar.

En Snow Hill.

Ese día fue el 21 de febrero de 1902, día en el cual dimos un adiós por un año a nuestros compañeros que regresaban en el Antarctic, dejándonos, en Snow Hill. Al trazar estas líneas, al preparar esta conferencia, todo mi ser se estremece al recordar las emociones de aquel instante, comparable tan sólo al del 21 de diciembre del año anterior, en que salí de Buenos Aires en dirección al polo, y, para su más fiel narración, copio lo que textualmente dice mi diario:

«¡Adiós, Antarctic, me despido de ti con tristeza, porque eres el lazo que nos une con la civilización y que se rompe con tu partida; te tengo cariño, muchísimo cariño, porque eres el portador de mis pensamientos para la patria y para los seres queridos que en ella me esperan! Desde hoy quedamos aislados del mundo, el agua solidificada y las largas noches con sus horribles tormentos formarán una barrera infranqueable para el humano, y aquí, en esta espantosa soledad, quedamos solamente seis; sin cambio ninguno, mirando las mismas caras y lugares, combatiremos el tedio y la nostalgia, si es que vienen, como vendrán, dedicándonos al trabajo, a cumplir con el programa de la expedición, y comprimiremos nuestro corazón, para acallar, al nacer, todo sentimiento que no sea del deber que se nos encomiende y de la propia conservación, preparándonos en esa lucha titánica para vencer de los rudos y salvajes ataques que la naturaleza, en su horrible desnudez, lanza contra nosotros con todo el poder de sus desordenados elementos.

«Nos quedamos solos y todos y cada uno debemos proveer a nuestras necesidades. Llega la noche y no es posible conciliar el sueño por el insomnio que de nosotros se apodera, pensando en ese compañero que se ausentó, llevando consigo nuestras caricias y esperanzas y las últimas lágrimas que al través del tiempo y la distancia, arrancan las afecciones.

«La nieve cae en abundancia, la tierra y objetos cubiertos con una espesa capa de esa blanca y hermosa vestidura, forman un bellísimo contraste con el verde obscuro de las aguas del mar. «Estamos trabajando ».

Primeras excursiones.

Para reglamentar nuestro sistema de vida, era preciso conocer los alrededores de nuestro campamento, donde alcanzaría nuestro radio de acción, y, al efecto, se organizaron y realizaron varias expediciones, exploradoras y de estudio. Como el invierno avanzaba y en muchas partes se formaba hielo, antes de dar por terminadas las exploraciones por mar, se decidió hacer una excursión en bote hacia la isla Lockyer, con el propósito de establecer alli un depósito de víveres que nos sirviera de punto de apoyo durante las excursiones de primavera, y la iniciamos el sábado 11 de marzo de 1902; Nordenskjöld, Jonansen y yo, provistos de víveres para seis dias, salimos de la estación conduciendo las provisiones que queríamos depositar en Lockyer.

Referiré algunos detalles de esta exploración en bote, para que veamos las dificultados que a cada instante se presentan y que con toda rapidez hay que vencer, so pena de ser vencido. Nuestro arreo y equipo se componía de cinco perros, una cocina, un saco de piel de reno para dormir en él tres personas y una pequeña carpa. El trabajo que la navegación exigía lo dividíamos por turno entre los tres, de esta manera: una hora de remo y media de timón cada uno. Como todas las cosas, al principio todo fue muy bien, pero después de un momento, el hielo nuevo nos empezó a poner obstáculos; el avance por entre ese hielo nuevo lo hacíamos asi: un hombre parado a proa, con un palo golpeaba sobre la superficie y rompía el hielo cuyo espesor era de tres centímetros, y de esa manera abríamos nuestro surco, lo mismo que en la selva lo hace el hombre con el hacha, derribando el árbol que le corta el paso. Ese hielo en ocasiones era, más espeso, y, por lo tanto, más resistente; entonces ya no se podía romper con el palo, y este sistema, relativamente cómodo, lo substituimos por otro, que asi como era más eficaz, era también más peligroso; nos tomábamos de la borda del bote y saltábamos sobre el mar helado, que se rompía al recibir el peso de nuestro cuerpo; esto nos exponía a sufrir un baño de mar, nada agradable por cierto en aquella circunstancia, pues la temperatura era baja y no teníamos más ropa que la puesta.

Las dificultades aumentaban en razón directa de nuestro avance; la marea nos era favorable, y debido a ella nuestra marcha era rápida. Un solo banco de hielo unía a Snow Hill, isla Lockyer e isla Haddington, y los témpanos que flotaban en el mar eran arrastrados por la marea con una velocidad de 3 millas; entrechocaban unos con otros, produciendo un ruido ensordecedor y continuamente nos veíamos obligados a maniobrar y remar con toda energía para salvar nuestro bote; las presiones eran fortisimas, cada choque entre dos témpanos produce un ruido que causa alarma, y para dar una idea de la fuerza que en estos choques se desarrolla, basta saber que las aristas se levantaban y enormes montículos se formaban en cada fioe; si nuestro bote u otro cualquiera fuera tomado por dos de esos colosos, su destrucción era inevitable e inmediata. Trabajamos hasta las 6 p. m. sin poder llegar hasta la isla, pues el amontonamiento de témpanos nos mantenía a dos millas de distancia, y resolvimos acampar y plantar nuestra tienda sobre ese campo de hielo unido a la isla Haddington.

La noche fue tranquila, y al día siguiente, temprano, con una brisa del norte que rizaba la superficie del agua, con un sol brillante en todo su esplendor, almorzamos alegremente; y prometiéndonos un feliz viaje, a toda vela nos lanzamos, intentando con nuevas energías hacer lo que el día anterior nos fue imposible. La temperatura era relativamente alta, y el hielo nuevo que se había afirmado a lo largo de la banca, desaparecía a causa del calor y del viento. Nos pareció que por el lado de Snow Hill el paso sería posible, pero no fue asi. Nordenskjöld y el marinero Jonasen subieron a un témpano muy alto, para desde allí reconocer los alrededores; como se llevaron los dos bicheros, yo no pude mantener el bote atracado, pues los pedazos de hielo a que yo estaba amarrado se desprendieron, y el bote, arrastrado por una fuerte corriente, empezó a derivar, y yo a llamar con voces altas a mis compañeros, quienes no me oían, y aunque maniobraba con los remos lo mejor que podía y no perdía la serenidad tan necesaria en estos casos, el bote era arrastrado: por un lado tenia el grande iceberg, donde se habían subido mis compañeros, y por el otro pequeños témpanos y hielo  nuevo; uno de los perros, asustado con los choques que daba el bote en cada una de esas moles heladas, se tiró al mar; después de nadar un poco, regresó al bote dando lastimeros aullidos, y a pesar de lo critico de la situación, dejé los remos y subí a bordo al pobre animal, que era en esos instantes mi compañero en el peligro. Al fin conseguí acercarme de nuevo al iceberg, en el instante en que se aproximaba Jonasen, quien saltando sobre un pedazo de hielo alcanzó el bote y vino en mi auxilio, y ya siendo dos, fácil nos fue dominar aquella situación, que cada minuto que transcurría se hacia más difícil.

Viendo la imposibilidad de acercarnos a la isla, se decidió colocar el depósito en Haddington, y a las dos de la tarde desembarcamos nuestra carga sobre el hielo y alistamos los trineos para llevar las provisiones hasta la tierra, que distaba desde alli como cinco kilómetros. Por las inmediaciones vimos algunos pingüinos, que son los airosos moradores de aquellos parajes, y unas focas pertenecientes a la clase llamada Leopardo de mar (Ogmarhionus leptonix). El depósito lo hicimos en un cabo que desde entonces se llamó cabo Depósito; aseguramos las cajas con grandes piedras y se tornaron las precauciones para que los víveres se mantuvieran en buen estado hasta la primavera. Hacía mucho calor, la temperatura había subido hasta 7° sobre O; el agua corría a torrentes por las laderas de las montañas y para apagar la sed, usábamos el procedimiento primitivo de tendernos sobre el campo de hielo y beber aquel riquísimo y vivificante liquido.

Al regreso corrimos bote, provisiones, etc., hacia adentro del campo de hielo, y como a unos 50 metros del agua armamos la tienda. El barómetro bajaba rápidamente y el termómetro se mantenía alto; para, asegurar nuestra tienda contra el viento, se amarró el bote por el lado sudoeste, por los costados se colocaron los cajones de víveres, también amarrados, y la puerta la teníamos hacia el norte. Después de comer nos metimos en nuestros sacos y dormimos tranquilamente, sin sonar en el desagradable despertar que tendríamos, pues durante nuestro sueno una muerte horrible nos acechaba. Eran las 7 a. m., el viento soplaba con mucha fuerza, arrastrando consigo enormes masas de nieve; dormíamos aún, cuando el marinero Jonnsen, que estaba a mi derecha, exclama: — ¡Agua en la carpa! A pesar de nuestro asombro y de no comprender lo que pasaba, salimos del saco; teniendo los tres las mismas dificultades, tratando de calzarnos nos arrastramos fuera de la carpa; mis botas, como piedra, de duras, no podía calzármelas; después de grandes esfuerzos lo conseguí, é inmediatamente comenzamos el salvamento de nuestro equipo; unos instantes de demora, sin el aviso de alarma dado por el marinero, los tres nos hubiéramos sepultado en las profundidades de aquel mar.

La causa de la entrada del agua a la tienda fue el fortísimo viento que poco a poco rompió el canto del campo de hielo hasta que llegó a nuestra carpa. La temperatura era de 1 6 ° bajo cero, el viento soplaba huracanado, arrastrando con violencia mucha nieve, de manera que no era de lo más agradable permanecer con ese tiempo a la intemperie. Coloca mos nuestro equipo a 300 metros del agua, y todo el día lo pasamos sin la tienda, paseándonos sobre el hielo para entrar en calor; a mediodía pudimos calentar un poco de agua y aunque no muy caliente, bebimos con delicia un poco de kernnicas, y esa fue nuestra primera y única comida en todo el día. Por la noche armamos la carpa y tuvimos que entrar en nuestro saco vestidos y hasta calzados, pues ese saco tenía por dentro mucha nieve. Un dedo de la mano se me heló, y los sufrimientos por los que esa noche pasé, fueron sin duda el remedio más eñcaz que se aplicó al dedo. Al día siguiente, la mañana apareció despejada, el viento soplaba todavía con una velocidad de 15 metros por segundo; después del desayuno cargamos nuestro bote, emprendiendo el regreso; la primera hora de camino fue la de más trabajo; ai norte de nuestro punto de partida, salía desde tierra la lengua de un glacier, el viento nos echaba sobre ella, por cuya razón no podíamos izar la vela: Jonasen y yo remábamos, mientras Nordenskjold atendía el timón, y a fuerza de remos salimos de aquel apurado trance; quedamos libres del glacier, del cual complacidos nos separamos, cuando cazamos la vela con todos los rizos y con viento en popa hicimos rumbo a nuestra estación. La marejada era muy poca, debido a la gran densidad del agua de la superficie del mar que se mantenía en estado liquido solamente a causa de la vivísima agitación de sus moléculas.

En nuestra ausencia, Bodman había trabajado en la instalación de los instrumentos magnéticos, y Ekelof con la de sus aparatos bacteriológicos; nuestra casita se iba transformando en un agradable nido para el invierno. Ekelof se preparaba para amputar muchos dedos, pero por suerte pocas veces tuvo ocasión de prestarnos sus servicios facultativos. En el último temporal, a la canoa de Ekelof se la llevó el viento, encontrándose solamente algunos fragmentos de ella, dispersos en la playa. En el resto del mes de marzo se construyó una perrera: era una caja de cuatro metros de largo, dividida en dos compartimientos, uno para los perros malvinenses y el otro para los groenlandenses El hielo nuevo era lo suficientemente fuerte para soportar el peso de un hombre, tanto, que el 26 de marzo salimos a dar un paseo por él: hacia el mismo efecto que caminar sobre cuero bien mullido. El hielo joven de mar es completamente diferente del de agua dulce; mientras éste tiene la fragilidad del vidrio, aquél es muy elástico; la causa de esa elasticidad es la salmuera concentrada que se adhiere a los cristales cuando con el agua se solidifica, y de la cual es imposible separarlo.

Un ejemplo de la elasticidad del hielo joven es cuando se forma éste entre dos témpanos y hay un pequeño movimiento de aproximación entre los dos; aquél, en lugar de romperse, gracias a su elasticidad, toma una forma ondulada y a veces parece por eso que las olas hubieran sido sorprendidas por el frío, adquiriendo el estado sólido.

Distribución del tiempo.

El 1.° de abril de 1902, de acuerdo con el plan formado, principiaron las observaciones magnéticas, y desde ese día nuestra vida fue siempre la misma; el trabajo absorbía la mayor parte de nuestro tiempo y sin duda alguna, es esto una buena disposición, porque era menor el tiempo que se dejaba libre nuestra imaginación, que tanto daño suele hacer lanzándose en alas de la fantasía, aminorando los peligros que aun no conocíamos y acariciando solamente todo lo que era optimismo ó aumentando aquellos que habíamos pasado y que después de contemplarlos vencidos, podíamos entonces medir y apreciar su gravedad.

El trabajo estaba distribuido en la forma siguiente: Nordenskjöld tenia a su cargo todo lo que pertenecía a la geología; Ekelof nuestra salud y las observaciones bacteriológicas; Jonasen era el encargado de los perros y trineos. Además, Jonasen prestó los servicios más diversos, gracias a su habilidad como herrero, carpintero y zapatero; Bodman y yo teníamos las observaciones meteorológicas; A’Kerlund, era nuestro cocinero. La vida en nuestra estación fue de las más uniformes; me bastará describir un día para que se tenga idea de loque pasó durante los dos años.

Vida doméstica.

A las 9 a. m., A’Kcrlund pasaba, por nuestra habitación gritando ¡la comida está lista.! y al mismo tiempo llenaba nuestras palanganas con agua; después del aseo personal, a, las 9.30 a. m., nos sentábamos a la mesa a comer el fruckost compuesto de un plato que el primer año fue muy variable, y se componia de arenques ó avena con café; pero el segundo año nuestro fruckost fue, en general, de carne de foca. Después del fruckost, a las 10 a. m., los fumadores prendían sus pipas y todos nos íbamos cada cual por su lado a trabajar; a las 2.30 p. m. nos reuníamos a comer el middag; éste constaba de dos platos; ; a las 5 p. m. tomábamos una taza de café y a las 9 p. m. comida ó kvall, que constaba de un plato, y té ó cacao. Los  que no teníamos la primera guardia nos acostábamos a las 11 p. m. más ó menos, y se leia hasta las 12 p. m. ó la 1 a. m. Las guardias de noche las hacíamos Nordenskjöld, Bodman, Ekelof y yo. La primera guardia era de 10 p. m. a 1 p. m., la segunda a las 3 a. m. y la tercera de 5 a 9 a. m. De 9 a. m. a 9 p. m. hacíamos guardia Bodman y yo, alternándonos.

El objeto de esas guardias era hacer observaciones horarias de los fenómenos para los cuales no teníamos registradores, como nebulosidad, dirección de las nubes, dirección del viento. Cada dos ó tres días se llenaban unos toneles con hielo que era traído del ventisquero, y ese hielo se derretía en la cocina para la comida y lavado y en un tanque que estaba en el comedor, para beber. Para la estufa y la cocina, el primer año usábamos carbón y el segundo grasa de foca, por concluirse aquél.

En general, reinó una temperatura bastante agradable dentro de la casa; por economía de combustible y por temor a incendio por la noche, la estufa estaba apagada y la temperatura descendía algunos grados bajo cero, pero una vez que la cocina y la estufa se encendían, la temperatura subía rápidamente. Nos bañábamos cada 15 días en una tina. Para esto se hacía una fogata en la cocina, calentando el agua en unos tachos y por allí desfilábamos por turno. El jabón nos duró hasta ahora último; sólo cuando a uno se le está por concluir ese artículo y tiene que economizarlo, comprende la enorme importancia de él. La humedad dentro de la casa era muy grande; gran cantidad de hielo se formaba en las paredes, techo y suelo, y cuando la temperatura subía un poco, caía en forma de lluvia.

La distribución de nuestras camas, era como en un camarote de a bordo; los que teníamos las cuchetas altas, éramos los que sufríamos las consecuencias de aquel deshielo. Teníamos un grafófono, y a veces, los domingos, algún filarmónico nos hacia oir su repertorio. El sol cada día se levantaba menos sobre el horizonte y las largas noches de invierno se acercaban: las tormentas eran cada vez más fuertes, el frío más intenso. Los pájaros eran ya muy raros, y cuando pasaban lo hacían con dirección al norte, hacia más tibias latitudes, y al acompañarlos en su rápido vuelo con nuestras entristecidas miradas, confiábamos a ellos todas nuestras esperanzas.

En los meses de julio y agosto se hicieron varios viajes en trineos por los alrededores, y a pesar de que la temperatura de 40° bajo cero no era muy agradable, los emprendíamos con placer, porque ellos rompían la monotonía de nuestra vida, significaban un cambio en nuestras costumbres diarias y veíamos con contento que después de cada una de esas excursiones, la alegría renacía y las conversaciones eran más alegres y numerosas. Para nosotros, el paso de un pájaro ó el encuentro de una foca, durante el invierno, eran grandes acontecimientos; y como nuestras conversaciones desde hacía largo tiempo se habían agotado, nos asíamos a cualquiera de esos acontecimientos, comentándolos de todas maneras y el mayor tiempo posible.

En general, lo que más nos entretenía y que servia de tema para alguna que otra discusión, eran los fenómenos atmosféricos: lo primero que uno preguntaba al levantarse era ¿cómo está el tiempo? A mediados de agosto matamos la primera foca, y con placer comimos la carne fresca, después de varios meses de estar alimentados solamente con conservas. En mi concepto, la carne de foca es muy buen alimento.

Nuestras observaciones las anotábamos con toda prolijidad, y su exactitud está garantida por el mayor cuidado y atención que les dedicábamos.

Hacia el sur.

Se aproximaba la primavera y con ella nuevos alientos y nuevasesperanzas nos animaban; los días se iban alargando y se acercaba la época propicia para las excursiones en trineo que tanto deseábamos. Desde mediados de septiembre se empezaron a hacer los preparativos para un viaje al sur, que tendría por objeto la exploración de las tierras de Rey Oscar. Lo que más nos preocupaba, como es consiguiente, eran las provisiones; éstas se sacaban de sus cajas de lata con el objeto de alivianar su peso, se envolvían en papel y en seguida se embolsaban en sacos de lona para preservarlas de la nieve y humedad. En los viajes en trineo deben llevarse vestidos los más livianos, al mismo tiempo que lo más abrigados posible. En las provisiones, debe buscarse el máximo de nutrición con el mínimo en peso y volumen, y serán tanto mejores cuanto mayor sea la variedad.

No obstante la insignificancia que al parecer revisten estos detalles, su importancia es capital y sólo puede apreciarse en el caso de tener que hacer uso de ellos. La razón por la cual los viajes en trineos están limitados a la primavera, es porque no puede salirse a esas excursiones con buen provecho, sin suficiente luz, y porque en general, en el verano, el hielo de mar, sobre todo si se atraviesa una región algo alejada de la costa, se disloca, abriéndose grandes grietas que dificultan muchísimo la marcha aun con la ayuda de canoas; naturalmente, cuando el viaje se realiza sobre el hielo de tierra, sobre el llamado «inland-ice» ( hielo de tierra adentro), el caso no es el mismo.

En nuestro viaje hacia el sur llevábamos dos trineos, uno, el más fuerte, destinado a transportar la mayor carga, era tirado por cinco perros y el otro por Nordenskjöld y yo. Llevábamos una tienda de muy poco peso, dos sacos de dormir, uno para dos hombres usado por Nordenskjöld y Jonasen era de piel de reno y el otro para un hombre, era usado por mi y constaba de dos gruesas mantas, en forma de bolsa, metidas en un forro de lona. Uno de los elementos más importantes del equipo era sin duda nuestra cocina; constaba del calentador sueco el «primus», en el cual por medio del calor producido por una llama de alcohol, el petróleo se convierte en gas antes de arder; se colocaba en una envoltura de latón que lo preservaba del viento y hacía aprovechar el máximum de calor. El 30 de septiembre, después de arreglada la carga sobre los trineos, nos pusimos en marcha; los otros tres compañeros Bodman, Ekelof y A’Kerlund nos acompañaron un pequeño trecho del camino y allí nos separamos, haciendo nosotros rumbo hacia el cabo Depósito, donde íbamos a completar nuestros víveres. Era ésta otra separación que reducía a la mitad cada grupo.

Desde la estación hasta el cabo, el hielo presentaba una superficie tan adecuada para el arrastre, que después de ocho horas de marcha, habíamos recorrido las doce millas que los separan. La marcha y la vida en los viajes en trineo es también bastante monótona, sobre todo, si se va lejos de tierra. El encargado de hacer el almuerzo se levantaba a las 7, más ó menos, y se ponía a cocinar mientras que los otros dos hacían observaciones. El cocinero traía nieve, la derretía en dos cacerolas, en una se hacia el pemmican y en la otra el café. Para hacer la sopa de pemmican se corta la masa en pedazos muy menudos y se la calienta en agua, no habiendo necesidad de que hierva.

El café lo hacíamos de una manera especial; para sacar el máximum de provecho de él, se le hervía durante diez minutos; el almuerzo se completaba con galleta y manteca. El «primus» ó calentador, con ayuda del cual se cocina, debe manejarse con mucho cuidado al prenderlo, pues a veces hemos estado a punto de quemar nuestra carpa a consecuencia de descuidos. Cuando la sopa de pemmican estaba lista nos reuníamos los tres alrededor de la marmita mientras se cocinaba el café y almorzábamos comentando lo sucedido el día anterior, y conversábamos de la probable distancia a recorrer al presente. Si en la estación tenía influencia tan grande en nuestra vida el estado del tiempo, aquí lo era mucho más, pues de él dependía la distancia posible de marcha y la comodidad de ella. Después de concluido el almuerzo doblábamos nuestros sacos, sacándolos afuera, barríamos y sacudíamos bien nuestra tienda, despojándola lo más posible de la nieve y otras cosas que se adherían a ella y que significan siempre un exceso de peso.

Después se amarraba bien toda la carga sobre los trineos, se ataban a ellos los perros y tomando Nordenskjöld y yo la delantera, emprendíamos la marcha.

El hielo no tenía montículos en la parte por nosotros recorrida, pero, a pesar de eso, la marcha era en general bastante difícil, a cansa de los surcos que los fuertes vientos hacen en la nieve, y que a veces alcanzaban una altura entre treinta y cuarenta centímetros. No solamente los dias de temporal nos impedían marchar, sino aun los días completamente calmos, pero con nieblas. En estos días era cuando verdaderamente uno sufría, no sólo física sino moralmente. Estas nieblas, según he podido observar, aparentemente constan de bolitas de nieve, que en relativa y reducida cantidad caen, pero en realidad, se componen de una enorme cantidad de cristales de nieve microscópicos que no sólo impiden la visibilidad de los objetos a alguna distancia, sino que como allí todo es blanco, y que lo único que forma contraste somos nosotros mismos, no hay sombras ni relieves; de ahí que uno tenga la más errónea idea al querer apreciar el tamaño de un objeto colocado a pequeña distancia; un cajón por ejemplo, situado a unos diez ó veinte metros, A veces aparece como siendo del tamaño de una casa y otras como una caja de fósforos.

La dirección en esos casos la indicábamos con compás. Nuestros músculos entonces sufrían muchísimo a causa de los surcos de nieve, pues en muchas ocasiones, donde uno creía ver una altura y levantaba el pie para subirla, había un pozo en el que introducía la pierna y viceversa, veíamos un pozo y era una altura en la que tropezábamos. Además de los efectos de refracción ya indicados, había otros bellísimos en que un objeto aparecía doble, es decir, se multiplicaba. Un día, y estando ya en el camino de vuelta, teníamos una de esas nieblas de nieve; soplaba una fresca brisa del sur; con la práctica de muchos días de marcha con niebla ya no necesitábamos compás, y dirigíamos nuestro curso guiándonos por el arrumbamiento de los surcos de nieve. Al parecer, a unos diez metros de distancia, y como estando sobre una pequeña colina, vimos un objeto negruzco que al principio lo  tomamos por un pájaro, después por una pluma, y, por último, nos convencimos de que era una foca. Entonces, por primera vez, vimos uno de los mas encantadores fenómenos que se observan en esas latitudes: la loca se dirigía hacia nosotros arrastrándose como un reptil, con ayuda de sus aletas, y arriba de ella se veía otra imagen, exactamente igual y haciendo los mismos movimientos; cuando llegó a nuestro lado, comprobamos que era un ejemplar de «Lobodon Carcinophagus», que probablemente se dirigía al vecino iceberg, para allí tener un buen almuerzo de cangrejos.

El trineo de los perros llevaba un peso de doscientos kilos, más ó menos, y el nuestro de unos ochenta, pero al tercer día de marcha se pasaron veinte kilos de nuestro trineo al de los perros. Para alimentación de éstos se llevaba un pemmican especial; pero éste pronto se concluyó, y como no se encontraran focas en la última parte de nuestro viaje, hubo que darles del nuestro.

Desde el segundo día se empezaron a ver señales de tierra hacia el sur, pero volvían a desaparecer otra vez. A pesar de que la temperatura estaba algunos grados bajo cero, durante la marcha la sed era insoportable, a veces llegaba ó ser un horrible sufrimiento; al caminar levantábamos nieve, pero parecía que en lugar de mitigar nuestra sed la aumentaba; todos estos sufrimientos eran en silencio; es claro que hubiera bastado derretir un poco de nieve para que el malestar hubiera desaparecido; pero con eso se gastaba petróleo, se sufrían demoras y, por lo tanto, se alargaba nuestro viaje. Cuando sufríamos de la sed y del cansancio, nuestra imaginación, en lugar de  embotarse, trabajaba activamente; yo me figuraba que allá, a lo lejos, veía la Avenida de Mayo con sus cafés e innumerables mesitas llenas de gente, que bebían grandes vasos de agua helada; y otras veces, como formando pendant al cuadro de la realidad, veía una casita rodeada de grandes árboles y un arroyo serpenteando en las cercanías, y entonces, con un movimiento nervioso, le daba un fuerte tirón al trineo como para llegar más pronto a nuestra meta, y el único consuelo que tenía era el pensar que ese continuo arrastrar no podía ser eterno.

Casi todos los exploradores polares han sufrido de la sed, y por eso se recomienda el uso de frascos de ebonita, llenos de agua, y que uno los coloca sobre el pecho, protegidos por la ropa, de manera a evitar la congelación; es indudable que si nosotros los hubiésemos tenido nos habrían sido muy útiles.

Otra faz de los viajes en trineo es cuando se tiene tormenta, algo que en aquellas regiones es de lo más común. Entonces, uno se encierra en la tienda pasando el día metido en su saco de dormir, conversando, durmiendo ó remendando sus ropas y calzado; la ración se reduce a un mínimum, pues cuando uno no trabaja no tiene derecho a comer. Los pobres perros, hechos unos ovillos, soportan todos los rigores de la intemperie, y sólo cuando la nieve los va tapando, haciendo un esfuerzo se levantan y se sacuden un momento para volver a tomar la misma posición; algunas veces, después de estar largo tiempo echados, con el calor del cuerpo derriten la nieve.

Llega un momento en que, ó baja la temperatura, ó, a causa de la inacción, ellos no tienen tanto calor; entonces los pelos mojados se hielan, formando una sola masa con el hielo, y el pobre perro queda en esa peligrosa situación hasta que alguno, desenterrándolo de la nieve, le corta el pelo con un cuchillo, libertándolo; si pasa inadvertido puede morir helado. El 7 de octubre, a la tarde, llegamos a la llamada isla Christensen, y colocamos nuestra carpa sobre el hielo, a unos cuantos metros de ella. Por la noche los perros anduvieron de caza, encontraron una foca con cría y mataron a la foquita. El día siguiente, mientras Nordenskjöld y Jonasen hacían una excursión por el nunatac, yo me quedó cerca de la carpa con el objeto de observar una meridiana de sol para el cálculo de la latitud.

Se hicieron también observaciones de alturas correspondientes. Hoy no nos movemos: se seca todo el equipo y además se hacen observaciones. Después de concluir con las observaciones astronómicas, salimos de caza; nuestro objeto era matar una foquita, pues la carne de ella es delicada: como a unos doscientos metros de nuestra carpa había cuatro ó cinco focas con cria y una de ellas fue nuestra presa.

Parece que ya empiezan a venir los pájaros, pues apenas nos alejamos con la carne de la foquita, vimos un Megalestris antartico que se lanzó sobre los restos; este es el pájaro más carnívoro del Antártico. Después de comer me fui a dar una vuelta por el antiguo cráter y al parecer Christensen y Sindemberg, lo mismo que todas las otras llamadas islas de la Foca, no son más que nunataques (*). Desde el tope de Christensen se podía ver que un extenso ventisquero unía todas las llamadas islas de la Foca, y mi opinión es, que no son más que nunataques volcánicos que se elevan de una gran planicie que tiene muy poca altura sobre el nivel del mar, y la cual está cubierta por ese extenso ventisquero.

(*) Nunatac es un pico desprovisto de nieve que se levanta en un ventisquero.

El frente del glacier es de los llamados muros chinescos, es decir, un frente vertical y sigue haciendo algunas curvas hacia la dirección de Sindemberg pura después unirse al inlandice de la tierra de Graham. En cuanto al número y distribución de los nunataques es muy diferente al que se creía; en las cartas también figuran Sindemberg y Christensen, como volcanes en actividad. Otra cosa que llama la atención es que, según las cartas más modernas, Larson no vió la tierra de Graham desde Christensen, lo que solamente puedo suceder en el caso de haber niebla. Desde donde yo estaba se veía, perfectamente el monte Haddington, la tierra de Graham, y alla, hacia el SO, el cabo Framas, con el monte Jason.

Al subir hacia la parte más alta de Christensen, uno encuentra primero una plataforma ó meseta como de doscientos metros cuadrados, desprovista de nieve y cubierta en su totalidad de piedras de basalto fragmentadas.Esta  meseta mira hacia el N E, y para continuar la ascensión hay que hacerlo por la nieve acumulada a los costados, pues al SO está limitada por un muro perfectamente vertical. La vegetación aquí, es tanto ó más rica que en Snow Hill, constando al parecer en su totalidad de líquenes y musgos; esa vegetación es muy raquítica, pues la planta más alta no tiene más de dos centímetros. Probablemente la causa de que la vegetación sea más rica que en Snow Hill, es porque la meseta de que he hablado, está bastante protegida de los vientos reinantes y continuamente sometida a los rayos solares.

La parte más alta de Christensen, está alrededor de 300 metros de altura y desde allí tienen muy buena vista los alrededores. Concluida mi excursión, regresé hacia la tienda, los perros habían corrido con la velocidad propia de los groelandeses y yacían tendidos al lado de la carpa sin hacer caso de los trozos de carne dispersos cerca de ellos.

El 9 de octubre, por la mañana, se depositó una carta en un montón de piedras y emprendimos la marcha a las 10 a. m. tomando dirección NO, para buscar un punto donde fuera posible la ascensión al ventisquero. La marcha era difícil, sobre todo, para los que teníamos que arrastrar el trineo, pues íbamos por un laberinto de montículos de hielos llenos de hendiduras; hacia la izquierda teníamos el ventisquero y a la derecha una cordillera en miniatura de hielo que sigue una dirección paralela al frente del glacier, y que seguramente era formada por las presiones.

El día era desagradable para marchar por el mucho calor; la temperatura a mediodía era de 4o sobre cero, y no sólo nosotros sino también los pobres perros, sufríamos horriblemente por la sed y la fatiga, teniendo que hacer repetidos altos. Así marchamos en dirección a Sindeinberg, hasta que a la 1.30 encontramos un paraje donde un amontonamiento de nieve permitía la subida, y por allí pudimos hacer rumbo al SO. Aunque ascendíamos, la marcha era rápida, porque la nieve era bastante dura; se caminaba sin hundirse y los trineos resbalaban mejor.

A las 7.30 p.m. plantamos nuestra tienda; la temperatura se mantenía bajo cero y el barómetro bajaba rápidamente, todo lo que hacia prever un sudoeste. Al otro día, viento y niebla del sudoeste; la temperatura bajó a 15° bajo cero y en adelante continuaron las bajas temperaturas y las tormentas; muchos días los pasábamos encerrados en la carpa en cruel inacción: cuando se presentaba un día bueno lo aprovechábamos lo mejor posible.

El 19, la temperatura bajó a 20°. Con estos fríos, la marcha es muy agradable, y nadie desea ni piensa en los altos; pues con una suave brisa, si uno no hace uso de trajes de lana, el aire frío le mortifica por ser muy penetrante. El 13 a la tarde se perdieron de vista los nunataques de la Foca, y  hacia el sur se levantaba una colina cubierta de una caparazón de hielo; sólo vemos en ella algunas aristas de roca perfectamente verticales, que no permiten la acumulación de nieve. El 14 de octubre, consigna mi diario: continúa el tiempo frío, se marcha y trabaja con gusto; el calzado que uso, son unas botas comunes, que me causan gran mortificación por la extraordinaria dureza que adquieren por el frío, y naturalmente, pienso en ese instante en lo inadecuado que es mi calzado para esas latitudes, y reconozco la superioridad del de piel de reno, que además de ser fuerte y caliente, es suave y ligero. Este calzado permite el uso de mayor cantidad de hierbas en que envolver las extremidades inferiores, de manera que con él se conservan perfectamente secos los pies, lo que no sucede con los otros.

A pesar de que la temperatura está solamente entre 20 y 25° bajo cero, he sentido algo de frío durante la noche, y esto es a causa de que cuando me encierro en mi saco el vapor de agua que se arroja al respirar se condensa, y después se congela sobre las mantas y envolturas de lona, dándoles la dureza de una piedra; así es que, después de varios dias se ha acumulado tanto hielo, que es imposible cerrar el saco, y, por consiguiente, penetra en él mucho aire muy frío, Se puede tener una idea de la temperatura que hay dentro de mi bolsa, sabiendo que el calzado que yo coloqué adentro para que se ablandara con el calor de mi cuerpo, al otro día estaba tan duro como antes, y la nieve acumulada en sus junturas no se había derretido en lo más mínimo.

Es claro, que estando lejos de tierra y con estas temperaturas, el aseo personal está tan descuidado como las circunstancias lo exigen; allí no podíamos seguir el consejo: «a la tierra donde fueres, haz lo que vieres» y hacíamos lo que podíamos. No hay que pensar en lavarse; y en razón de este abandono necesario, que yo creo higiénico en las bajas temperaturas, poco a poco se va formando una caparaza en la cara y manos, con los depósitos de grasa, hollín, etc., que se acumula en ella, que parece imposible al verlas así, que retornen a su estado normal. Los utensilios de comedor y cocina, tampoco se lavan, porque para ello había que calentar agua, y en esos viajes todo se economiza, y mucho más el petróleo, que es el único combustible que llevamos. Para manejar los instrumentos de estudio y escribir nuestros diarios, es de desear que las manos estén lo menos desaseadas que sea posible, ya que no podemos exigirlas limpias, y entonces, hacemos pequeñas bolas de nieve, que con el calor de las manos, al frotarlas, se derriten y con el liquido desaparece la capa más gruesa que las cubre.

Cuando se cocina, que siempre es en la tienda, se condensa una cantidad de vapor en la parte interna de aquélla, y a cualquier movimiento que se hace en ella, cae una muy desagradable lluvia de cristales de hielo. Desde el 15 de octubre a la tarde, hasta el 18 por la mañana, permanecimos en el mismo lugar a causa de una gran tormenta; en vista de ello, se dispuso dejar nuestro trineo; y tomando víveres para ocho días, los sacos de dormir y la tienda, pusimos rumbo al SO., dejando en depósito el otro trineo con víveres para el regreso. Aquí, cometimos una imprudencia, que pudo costar muy cara: dejamos aquel depósito, sin tomar puntos de referencia a algunos puntos notables de la costa, de manera que facilitaran su encuentro; ese depósito lo constituían los únicos víveres que teníamos y que debían durarnos hasta nuestro regreso a la estación, y si se perdían y no encontrábamos focas, ó perecíamos de hambre ó nos convertíamos en antropófagos.

Como a la hora de marcha, ascendíamos de una manera notable, las hendiduras en el hielo se multiplicaban y teníamos que pasarlas por puentes de nieve, debajo de los que veíamos el abismo insondable, en toda su horrible belleza. El blanco de la superficie se tornaba en azul pálido, que se iba haciendo más obscuro, pasando sucesivamente por todas las gradaciones, hasta que allá, hacia el fondo donde alcanzaba la vista, era el azul más pronunciado.

En esos momentos, uno de mis botines de piel de reno se rompió, y como la temperatura en el aire era de 20° bajo cero, se comenzó a helar el pie; atendido a tiempo, se pudo contener el estrago que podía producir, pero se heló completamente el talón izquierdo, y sólo después de muy repetidas y enérgicas frotaciones con nieve, se restableció la circulación. A las 6 p. m. acampamos en un nunatac, a 200 metros más elevado que la posición ocupada por la mañana. Durante la marcha, observé un hermoso monte completamente cubierto de nieve hacia el O N O, el cual supongo sea el monte Jason. A las cuatro de la mañana las rachas del S O eran tan fuertes que temiendo se rompiera nuestra carpa, levantamos campamento y  fuimos a guarecernos en un pozo que se forma a sotavento de los nunataques, pero no mejoramos en el cambio; teníamos, es cierto, momentos de calma, pero el viento soplaba de repente de todos lados, en remolino, con fuerza extraordinaria. Allí, nuestra tienda se estremecía, y nos causaba sorpresa cómo resistía a las furiosas rachas; a la 1 p. m . cedió algo, se abrió un agujero al lado de mi cabecera y el viento entraba, trayendo en sus ráfagas heladas un hálito de muerte: era aquello el reto de la naturaleza enfurecida, tal vez, al verse sorprendida por el ojo humano, y la diosa blanca, protectora de aquellas regiones, resistía la audacia del hombre, lanzando a su pecho con el guante del desafio, el temible castigo.

La temperatura era de 22° bajo cero, y el viento tan fuerte, que había momentos en que era muy difícil mantenerse en pie. Amarramos nuestro equipo sobre el trineo y salimos de aquel paraje, al parecer cuna de las tempestades, buscando un lugar mejor resguardado, y no fue posible conseguirlo; en aquellos campos helados dominaba la muerte, y frente a ella nos cuadramos para librar aquel combate. Teníamos que componer nuestra tienda, pues sin ella, no podíamos cocinar ni dormir; como se sabe, no se puede coser con guantes gruesos, sin dedos que se abrigan algo bajo otras temperaturas y en calma; esa protección es nula con 22° bajo cero, y acariciados por ese viento furioso. Jonasen fue quien efectuó la costura de la tienda, yo le hacía sotavento con mi cuerpo y el resto de la carpa, lo mejor que podía, y aquel pobre hombre concluyó su trabajo con varios dedos helados, que sólo después de un mes quedaron restablecidos. La tienda la colocamos en el flanco del nunatac, y como la pendiente era muy fuerte, a fuerza de azada tuvimos que hacer una pequeña plataforma para poder armarla.

Este paraje era el mejor que se podía encontrar en aquellos angustiosos momentos, y aunque el viento continuaba con la misma violencia, desapareció el peligro de perder la carpa, por las defensas que con el hielo le hicimos al mismo hielo. La comida de los perros se acababa, y estando hambrientos, comían lo que encontraban, que por cierto, tenía que ser muy poca cosa; los sorprendí entretenidos con una bolsa que había contenido pemmican, y guiados por el olfato la rompían por su fondo, lamiendo la grasa que en ella había quedado, y el hambre que sufrían era tal, que un momento después los encontré comiendo los arneses.

El 20 parece que el viento quiere amainar, y yo emprendí el ascenso del nunatac con objeto de tener una vista de los alrededores. Había un poco de niebla, sin embargo se podía ver bastante bien. La tierra parece que hace una entrada curva hacia el O, para después volver hacia el S. O. y el S., muy parecida al croquis de Larsen. La tierra por acá presenta el mismo aspecto morfológico que la de Luis Felipe y las del estrecho de Bélgica. Profundas cañadas llenas por completo de ventisqueros, y formando contraste con éstos, los negros nunataques con sus bloques de basalto. Por acá no se ha encontrado ni un sólo fósil, la vegetación es, al parecer, la misma que en nuestra estación; no se ve planta alguna que florezca y cuadro más desolado que el que presentan estas regiones, donde el hielo es el exclusivo y, absoluto rey, es imposible concebir. Teniendo en cuenta la cantidad de víveres que teníamos y el número probable de tormentas que habríamos de soportar, se debía emprender el regreso.

El veintiuno, aunque el viento soplaba del S S O, comenzamos el regreso. Una nieve menuda volaba a poca altura del hielo, bajando la cuesta del ventisquero y con el viento a favor, nuestra marcha era muy rápida; Nordenskjöld, iba adelante con un bastón marcando el camino e inspeccionando el hielo, con objeto de evitar algún accidente; pero, sin embargo, a pesar de eso, de cuando en cuando desaparecíamos en una de esas grandes grietas a los costados del trineo, y gracias a que nos manteníamos asidos a él con una mano, podíamos quedar en la superficie sin rodar a aquellos profundos abismos.

Al fin salimos de entre ellas y perdimos los rastros viejos del trineo que hasta ahora habíamos seguido, y después de un rato de buena marcha, creimos encontrarnos en los alrededores del depósito que habíamos dejado en el otro trineo y no lo podíamos ver; si se hubieran tomado algunas marcaciones, como ya anteriormente he hecho notar, el encuentro de las provisiones hubiera sido cuestión muy sencilla, pero en las circunstancias en que estábamos era bastante difícil.

Para nosotros, el encontrar ese depósito era nuestra salvación, era una cuestión de vida ó muerte, así que éramos todo ojos, hasta que la suerte, que nunca nos abandonó, quiso que después do un rato de buscarlo, lo divisáramos a algunos metros a nuestra derecha. Una gran cantidad de nieve se había acumulado sobre nuestro depósito, y las partes del trineo que no estaban hundidas en ella, tenían un color tan blanco, que era difícil distinguirlo a alguna distancia.

Ese día no continuamos el viaje y lo empleamos en arreglar bien nuestro equipo, para emprender la marcha al día siguiente. Se hicieron observaciones de longitud v latitud; los días siguientes fueron de verdadero sufrimiento; ó las tormentas nos mantenían encerrados en nuestra tienda ó marchábamos siempre con continua niebla. Nuestra primera intención, fue la de seguir un curso más al O del de ida, pero los malos tiempos nos obligaron a tomar la ruta más corta, así es que hicimos rumbo a Christensen. Todos empezábamos  a sufrir de los ojos; durante la marcha, yo nunca usé anteojos, porque siendo de malísima calidad los que llevaba, no había objeto en usarlos. Nordenskjöld y Jonasen los usaron siempre, y sin embargo, fueron los que sufrieron más. Los días en que uno tenia que forzar más la vista y en los que se sentía más dolor en los ojos, no eran los despejados y con sol, sino cuando reinaban esas nieblas que tanto retrasaron nuestra marcha.

Todavía tenemos pemmican para darle a los perros, pero la ración es muy reducida, se comen hasta las cajas de cartón que habían contenido extracto de carne y ayer se comieron un látigo. Al fin, el 31 de octubre llegamos a Christensen y en seguida de acampar salimos a caza de focas, matamos una grande y la cria, que la repartimos entre hombres y perros. En general, para matar las focas, no usábamos de armas de fuego; de un recio golpe con un pico les hendíamos el cráneo, dejándolas instantáneamente muertas.

El 1.° de noviembre salimos con dirección a la isla Lockyer; al NE, se veían por la mañana dos manchas negras sobre el horizonte, nebuloso; una era el cabo Forster y la otra era la isla Lockyer; la niebla por la tarde se hizo más y más espesa, pero no por eso disminuía la velocidad de nuestra marcha; a veces, sin embargo, nos engañaban fenómenos de refracción haciéndonos perder algún tiempo. Hacia adelante nos pareció ver un iceberg, y cuando estábamos sólo a algunos metros y empezábamos a dar un rodeo para evitarlo, nos convencimos de que era un pequeño levantamiento de hielo, que a lo más tendría medio metro de altura. Al día siguiente la marcha fue también con mucha niebla pero como la anterior, duró once horas; nuestro cansancio iba en aumento, pero no decaia nuestro valor. El 3 de noviembre siguió soplando S O con nieve, pero ya por suerte no tenemos que hacer uso del compás, y vemos perfectamente la tierra hacia el N E.

La temperatura es de unos catorce grados bajo cero; el cielo está claro alrededor del zenit, pero a poca altura, sobre el horizonte, allá en el SO. se ven los cúmulus-nimbus que nos anuncian la proximidad de la tormenta. Llevamos rumbo al estrecho que separa la isla Lockyer del monte Haddington; nuestra marcha es rápida, tiramos del trineo con todas nuestras fuerzas, y los perros que vienen atrás hacen lo mismo, azuzados por el látigo de Jonasen, y tal vez porque ya olfatean a Snow-Hill.

Cuando alguno de ellos, extenuado, afloja un poco el tiro dejándoles la carga a los compañeros, funciona el látigo y el pobre bruto lanzando un aullido de dolor, arranca con el trineo, y este supremo esfuerzo es recompensado con sólo una mirada de indiferencia del que los maneja.

Gran cantidad de petreles de las nieves (Pagodrama nivea) revoloteaban a nuestro alrededor, lo mismo que gaviotas (Larus dominicanus); pero no podíamos ver ni una sola foca. El viento aumentaba de intensidad, levantando con su fuerza nubes de nieve pulverulenta, la temperatura bajaba, y como el viento lo teníamos por la espalda, era agradable la marcha. A medio día podíamos ver perfectamente el cabo Depósito y se decidió hacer la tentativa de no parar hasta la estación.

A las 7 de la noche ya veíamos clara la isla y podíamos ver perfectamente el tope de basalto y el nunatac de la estación, e hicimos rumbo a ellos. El viento soplaba con una fuerza de diecisiete metros por segundo, y caía mucha nieve; teníamos un hambre terrible y un vehemente deseo de beber algo caliente, pues estábamos desde las nueve de la mañana sin probar bocado; sobre la marcha comimos un poco de chocolate. A la 1.30 a. m., después de dieciséis horas de marchas forzadas, llegamos a la estación, es decir, que para caminar desde Christensen a la estación, habíamos tardado tres días, mientras que a la ida, la misma distancia de ochenta millas, la recorrimos en siete días de marcha. La distancia total recorrida en ese viaje fue de trescientas cuarenta millas. Al regresar encontramos todo perfectamente bien en la estación. Las observaciones habían sido hechas con la regularidad acostumbrada, a pesar de la escasez de personal, causada por nuestra partida.

Cuando regresamos de este accidentado viaje en trineo, con un  apetito desordenado, comimos muchísimo v bebimos enormes cantidades de café, té y agua. ¡¡Qué placer satisfacer el hambre y la sed!! A propósito del hambre y la sed, veamos las diferencias de peso que se operan con el ejercicio forzado. Al salir el 21 de septiembre en esta excursión en trinco, nos pesamos todos, como también lo hicimos al volver. Yo tuve estas diferencias: tenia ese día 152 libras de peso, y el 4 de noviembre en que regresamos, sólo pesaba 135 libras; habla, disminuido 17 libras en 44 días. A las 15 horas siguientes pesaba 143.5, es decir, en ese corto lapso de tiempo había recuperado el peso perdido 8 libras.

Los detalles salientes de esta pequeña campaña, tan llena de accidentes y penalidades de todas clases, darán una idea de lo que es un viaje en trineo en aquellas regiones que forman el imperio de los rigores polares. Una vez más la voluntad y decisión del hombre triunfaron de los obstáculos que al avanzar encuentra siempre en su camino, y una vez más también las energías del hombre, sostenidas por sus esperanzas, en rudo combate con la naturaleza, dominaron sus rigores, para traer al mundo civilizado los girones de sus inclemencias.

El hielo y el hambre fueron batidos en esa jornada por la constancia y la resistencia, y ella constituye una gran marcha, pues no muchos habrán caminado dieciséis horas continuas sin reposo alguno sobre la cristalizada superficie, orillando sus montículos, atravesando sus corrientes y saltando por sobre sus abismos. La estación estaba situada en latitud 64°22', y 57° de longitud oeste de Greenwich.

El cálculo de la latitud se hizo por alturas meridianas de estrellas observadas con un circulo prismático sobre el horizonte artificial. Estas observaciones estaban a mi exclusivo cargo. El cálculo de la, longitud se hizo por culminaciones lunares y estaba a cargo del señor Bodman, habiendo yo también hecho varias determinaciones. Los cronómetros los arreglábamos por pasajes meridianos, ó por alturas observadas con el círculo prismático sobre horizonte artificial. Las observaciones astronómicas eran muy difíciles, sobre todo, en invierno, con los rigurosos fríos. Cuando la temperatura está bajo de 20°, y si el tiempo no es seco, es de recomendar el uso del teodolito en lugar del sextante, porque los espejos y vidrios se recubren continuamente de una capa de hielo que es muy difícil de sacar.

Además, allí siempre sopla mucho viento, imposibilitando en ciertos casos la observación en el sextante, siendo entonces más ventajoso el uso del teodolito.

Mareas.

Se hicieron observaciones de mareas durante todo el mes de junio, uno de los meses más fríos y tormentosos. Una escala de marea se colocó cerca, de la orilla en un agujero que se hizo en el hielo; la instalación estaba hecha sobre un trozo de hielo varado de manera que nunca hubo desplazamiento de la escala. Las observaciones eran horarias, y cuando el tiempo era bueno, hacíanse de cinco en cinco minutos, en las proximidades de la pleamar y bajamar. Para hacer las lecturas se llevaba, naturalmente, una linterna, y en tiempos de tormenta a veces teníamos que hacer dos ó tres viajes, pues aquélla se apagaba. Como las tormentas más fuertes eran del S O y el lugar donde estaba el marcómetro era al norte, y como a 300 metros de la estación, a la vuelta, en tiempo de temporal, teníamos que ir contra el viento, y la linterna se apagaba; y como a causa de la nieve, que hería los ojos al ser arrojada con una velocidad de 30 metros por segundo, no se podía ver la casa, nos perdíamos, y a veces nos pasábamos un gran rato vagando alrededor, sin dar con nuestra vivienda.

Los matemáticos, hasta hora, sólo han conseguido una solución aceptable relativa a la teoría dinámica de las mareas, considerando que el mar cubre completamente el esferoide, ó que las tierras están distribuidas según los paralelos. Y, como se sabe, las condiciones de distribución de tierra y agua en nuestro planeta, están muy lejos de  satisfacer esas condiciones, pero el lugar de la tierra que se acerca más a las condiciones de la teoría, es, sin duda, el Antártico, por ser unas tierras relativamente pequeñas, rodeadas de un inmenso mar. De manera que por eso son especialmente interesantes las observaciones de esos fenómenos, bajo un punto de vista puramente teórico; además, no se tenían hasta nuestra expedición observaciones de esa clase del mar polar del sur. Las observaciones de magnetismo terrestre han sido hechas desde el 1.° de abril de 1902 hasta el 1.° de noviembre de 1903.

Todavía no se ha deducido nada de esas observaciones, y ellas han sido hechas con arreglo al programa internacional. Se habían hecho las más extrañas teorías sobre el clima del Antártico, pero la que se aceptaba, hasta que la expedición del Bélgica, que fue la primera en presentar un completo año de observaciones,le dio un golpe de muerte, era que el Antártico tenia un clima esencialmente marino, que las pequeñas variaciones de temperatura y las bajas presiones eran sus características.

En cuanto a la distribución de las tierras, el Antártico es completamente diferente del Artico. Este es un pequeño mar rodeado por vastos continentes, mientras que aquél es un pequeño continente, ó un archipiélago, rodeado por un gran océano. Y la teoría de su clima se basaba en eso. Decían: el Antártico con su pequeña extensión continental y sus extensos mares, tiene un clima marino con los veranos relativamente frios y sus inviernos templados.

En nuestra estación hemos tenido el verano más frío que se haya observado en el mundo, la temperatura del mes más caliente fue bajo cero; el invierno de 1902 también fue muy frío, bajando el termómetro, en el mes de agosto, hasta 41°5 bajo cero. A los 39 grados el mercurio se helaba, y teníamos que usar termómetros de alcohol.

En cuanto a la diferencia de las temperaturas extremas que nosotros hemos tenido, es grandísima, y las dos han sido en el mismo mes: la más fria fue de 41°5 bajo cero, el 6 de agosto de 1902, y la más caliente fue de 10° sobre cero en agosto de 1903, es decir, una diferencia de 51°5.

En cuanto a la presión atmosférica, es muy baja, pero también está sujeta a grandísimas variaciones. La máxima fue de 762 mm. en abril de 1902 y la mínima de 709.0 en el mes de junio de 1903, ó sea 53 milímetros de diferencia. Los vientos más comunes son los del S, SSO, SO, OSO, NNE y N E, y los más raros son los del NO. Allá siempre sopla y generalmente en huracán, pero no quiere decir que no haya sus días calmos y con sol, en que uno siente verdadero placer de hallarse en esos lugares.

El aire se halla casi siempre cerca del punto de saturación y la precipitación es muy abundante. Teníamos un pluviómetro, pero a causa de los fuertes vientos la nieve no caía en él; estas mismas dificultades se han encontrado ya en el norte. La fuerza del viento es grandísima, sobre todo, en los del SO, que pasan de 30 metros por segundo; con esas velocidades se rompían los ejes de nuestros anemómetros reguladores y las observaciones se hacían cada hora con anemómetros de bolsillo. Se hicieron observaciones de temperatura del hielo del glacier, del hielo del mar, y del de la tierra a diferentes profundidades. Los trabajos más completos de la expedición son, sin duda, los meteorológicos y revisten particular interés, porque muestran la frialdad y variabilidad de un clima que los teóricos consideran lo contrario.

Las observaciones meteorológicas se extienden desde él 1.° de marzo de 1902 al 8 de noviembre de 1903. Se ha hecho un levantamiento geológico de toda la región visitada por el Antarctic y por nosotros. Las colecciones de fósiles son riquísimas y muy interesantes; es la primera vez que se llevan fósiles vegetales y de animales vertebrados del Antártico. En la isla Seymour, solamente, se han encontrado restos de enormes vertebrados, de riquísima vegetación y de animales marinos; en la isla Haddington lo mismo que en el lugar de invernada de Anderson, en el estrecho de Joinville, se han colectado fósiles vegetales, y en la última parte mucho mejor preservados que en la isla Seymour, pues las impresiones de la hoja eran en pizarra, mientras que en Seymour eran en piedras arenosas; en la isla Cockburn se han encontrado también fósiles marinos

La isla Seymour está cortada por numerosas cañadas, en las que se amontona alguna nieve, pero en ella no hay grandes ventisqueros, aunque la altura de las nieves perpetuas esté al nivel del mar, la impresión general que hace la isla al que la ve de alguna distancia, es la de estar descubierta de nieve, y es difícil imaginarse cuál es la razón de que, por ejemplo, parte de Snow Hill esté cubierta por un enorme ventisquero que hunde sus lenguas en el mar, mientras que Seymour y la parte N de ella tienen poca nieve. Tal vez depende de condiciones morfológicas. De toda la parte que yo conozco de esas tierras, Seymour es la única que no está cubierta por una capa de hielo. Tanto en Seymour como Snow Hill, donde está la estación, se  podían ver grandes muros de basalto que seguían la dirección SO-NE; sobre ellas crecen los líquenes y musgos. Uno de los lugares más ricos de vegetación en esa región es, sin duda, la isla Cockburn. ¡Cuán grande no es la diferencia entre estas desoladas tierras antárticas con las árticas! mientras allí la vegetación es la más rudimentaria, y sólo una planta en ñor ha sido descubierta por Racovitza, naturalista de la expedición belga, allá en el norte, por los 80° de latitud, cubren el suelo la «Cassiope tetragona» y el «Ceratium» de las hermosas blancas flores y la «Saxiphraga» con sus capullos rojos, llenando esos lugares de alegría.

Las tierras glaciales del norte tienen una belleza que a su antípoda no le falta: las llamadas nieves rojas. Han sido observadas en las islas del Rey Jorge, de las Shetland y en la tierra de Luis Felipe. La nieve toma ese color rojo de un alga «Sphoerelle nivalis», de más ó menos forma ovoide. Se ha observado nieve roja de dos tonos, una. rojo sangre y la otra de un color ladrillo; el nombre del alga que da color a esta última es «Chlamydomanas lateritia.»

Los dos hielos.

El hielo que se observa en las regiones polares puede dividirse en dos clases, hielo de tierra y hielo de mar. Al primero pertenecen las caparazones de hielo que cubren las tierras polares, y que son las llamadas «inland ice» («inlandsis»). Los icebergs, ó montañas de hielo, pertenecen al primer grupo, mientras el pack, al segundo. La nieve, cayendo y amontonándose sobre esa capa de hielo, ejerce una presión, la cual tiene por efecto hacer bajar por entre las cañadas especies de ríos de hielo, por decirlo asi, que sirven de desagüe al «inland ice».

De esos ríos se desprenden, por la causa anterior, enormes bloques de hielo, que en general, y lo cual es típico del Antártico, son de forma tabular. En el mar Artico los icebergs son, en general, de forma irregular, llenos de picachos; pero, sin embargo, los hay tabulares, y son llamados floebergs, por la suposición que hacen algunos de que son formados como los floes (como el hielo de mar) por el congelamiento de capas sucesivas de agua de mar en la parte inferior. Esto se ha probado que es imposible, pues el mar, con los fríos conocidos, se hiela solamente hasta cierto límite que no pasa de tres metros. Hay algunos que han pretendido que los icebergs del Antártico eran formados de esa manera, pero no hay más que ver cómo son los ventisqueros en el sur y el aspecto de ellos, para convencerse de que eso es un error. En cuanto a la altura de los icebergs, diré que yo no los he visto de más de 100 metros; Cook vio en el sur icebergs entre 15 y  90 metros; Nares, en la expedición del Chalenger, observó hasta de 76 metros de altura. La extensión de ellos a veces es muy grande, y se asemejan a verdaderas islas de hielo.

Se han hecho observaciones del movimiento del ventisquero de Snow-Hill; para ello se colocaron una cantidad de palos clavados en el hielo y orientados de una manera especial entre dos nunataques, y situando después en un plano la posición de los palos en diferentes épocas, se obtuvieron la dirección y velocidad del movimiento. Las observaciones oceanográficas son también muy importantes; se hicieron una gran cantidad de sondajes, y al mismo tiempo se recogían animales de todas las profundidades, lo mismo que temperaturas del agua.

Al estudio del plankton se le dedicó gran atención, pues en oceanografía es de muchísimo interés, porque la calidad del plankton depende de la salazón y temperatura de las aguas, dando luego aquél con su constitución la clase de aguas donde se le encuentra y la procedencia, de ellas.

Según me dijeron, el Antartic hizo el año pasado numerosos sondajes, que por los lugares donde han sido hechos, tienen especial interés. Hav una teoría que sostiene que la cordillera se prolonga hacia la Georgia del sur, pasando por la isla de los Estados, el banco Burdwood y las rocas de los Shags; que las montañas de la tierra de Luis Felipe continúan también hasta la Georgia del Sur, pasando por las Orkneys, que allí se unían los dos continentes; pero las condiciones batimétricas no están de acuerdo con esa teoría, y, según me han dicho, al N de las rocas Shag el Antartic encontró la enorme profundidad de 6.000 metros.

Se sondó también en el estrecho de Bélgica y en el de Bransfield, desde el cabo Murray hasta la isla Joinville. Se han descubierto varias islas, estrechos y tierras. La expedición sueca en su viaje de ida en 1902, probó que la tierra de Danco y la de Luis Felipe eran la misma, que la tierra de Trinidad es una pequeña isla, y en el último viaje del Antarctic se comprobó que no existe Middle Tsland, efectuándose un sondaje en la posición en que estaba marcada y encontrando varios cientos de metros.

En los viajes que se hicieron desde la estación, se recorrió una costa nunca vista, entre monte Haddington y la tierra del rey Oscar; se comprobó que monte Haddington, asi como Snow Hill, eran islas. Un estrecho recorrido por Nordenskjöld salía del N del cabo Forster y terminaba, más ó menos, donde la carta de Ross marca el cabo Corry; otro estrecho mucho más chico une el anterior con Sidney Herbert Bay, de manera que cabo Gordon es otra isla. En el estrecho Joinville se descubrieron varias pequeñas islas y un estrecho que corta en dos la isla Joinville.

En el viaje en trineo hacia el sur se hicieron observaciones topográficas, geológicas, meteorológicas y astronómicas. Las topográficas y geológicas estaban a cargo de Nordenskjöld, y las demás las tenía yo. Christensen, según mis observaciones, está a unas veintidós millas al N de la posición dada por Larsen, y lo mismo sucede con el resto de la costa de la tierra del rey Oscar. En fin, como se puede ver por mi exposición, no se ha perdido oportunidad de hacer todo lo posible para adelantar la ciencia, y ésta, el orgullo de la época moderna, es deudora, en mucho, a la expedición Nordenskjöld.

A grandes rasgos, he referido la vida pasada, durante dos años, en las regiones polares; y muy a la ligera he descripto aquellas desoladas e inhospitalarias tierras. Los misterios que aquellos hielos encierran, tienen que ser descubiertos, y ningún pueblo, cualquiera que sea su raza y su historia, puede competir ventajosamente con el argentino en esa soberbia empresa, que encumbrará el nombre de nuestra patria, hasta inscribirlo con indelebles caracteres en la lista de las grandes potencias.

El fantástico Antártico, ha sido ya batido en sus flancos, y en esa lucha titánica que el hombre ha sostenido con la naturaleza, ésta ha comprimido sus iras y sus rigores, ha cedido las llaves de sus primeros baluartes, y agobiada por el peso de la derrota, ha entregado parte de sus dominios helados al tibio ambiente de la humanidad.

Hace pocos años nuestra Patagonia era una leyenda; nuestros mares del sur inspiraban espanto, y los regulares y placenteros viajes que hoy se hacen hasta el Estrecho, eran en esa época atrevidas aventuras, que hacían dudar del criterio de quienes las realizaban. Un poco de resolución inspiró nuestra conquista del territorio en donde imperaba la ignorancia, y un plan bien combinado destruyó las fronteras de la barbarie y del montonero, y desde ese feliz momento desapareció del suelo argentino el salvaje, a quien le fueron arrancados sus dominios, en nombre de la civilización. Exactamente igual, sucede con el casquete polar antártico, adonde, en vez de mandar ejércitos de soldados, debemos llevar legiones de estudiosos, y así, en consonancia con el carácter nacional, en una sola vez, de un solo golpe, debemos romper esas nieves perpetuas, que no se amalgamarán jamás, porque se lo impedirán los ardientes rayos de la vida civilizada que alimentan el sagrado fuego del progreso.

Está dominado el rayo, se le lleva hoy donde se quiere; se han suprimido el tiempo y las distancias, que hoy acorta el alambre transmisor de la palabra, y hasta las ondas, se han puesto hoy al servicio del progreso; y como el siglo de nuestra actuación, no puede adormecerse con los adelantos que presenció el pasado, preveo ya los progresos sorprendentes de que se ha de vanagloriar, y con el dominio del aire, hemos de ver también la definitiva conquista del polo.

Señoras:

S e ñ o r e s :

Si os he fatigado, si he podido abusar de vuestra benevolencia, excusadme que no hay flores en el polo, ni más calor que el que brota del pecho del soldado, que en más de una ocasión ha debido buscar los colores de su patria en el blanco inmaculado de los hielos y en el azul de sus crepúsculos, para retemplar su espíritu que abaten la fatiga y el aislamiento aterrador de esas regiones.

 

LA CONFERENCIA SOBRAL.En el Politeama, anoche, como lo teníamos anunciado, leyó su conferencia el alférez de navio don José María Sobral.

Fue una hermosa fiesta y un digno y legitimo triunfo del compañero del doctor Nordenskjöld en la expedición científica del Antarctic. El público que llenó la sala del enorme teatro fue tan numeroso como aquel que aplaudió al sabio sueco, y como en aquel caso, también hizo una verdadera ovación al joven marino en los pasajes más notables de su conferencia que publicamos a continuación, excepción hecha de algunos párrafos de modesta excusa que levó su autor antes de entrar en materia.

Predomina en esta pieza la nota sencilla y sincera en ios recuerdos; pero, en muchos puntos la sobriedad de frases ahonda los perfiles y da intensidad de colorido a los paisajes. Hay recuerdos que despiertan también grandes emociones y observaciones prácticas que ilustran con abundancia el criterio público sobre estas expediciones no siempre consideradas con lirismos en el orden de los peligros.

Podríamos decir que es una palabra de verdad, sin traeres poéticos, pero con reales utilidades. Poco avanza, sin embargo, en el campo puro de la ciencia, y nos lo explicamos. El alférez Sobral ha sido compañero en la expedición del doctor Nordenskjöld, y las conclusiones científicas serán recién conocidas cuando los informes y estudios de la comisión científica tomen su forma difinitiva, la unidad que hoy aun no pueden ofrecer.

Pero, con lo que avanza el conferenciante se despierta aún más el interés, y nace el estímulo por estas expediciones honrosas para las naciones y los hombres de ciencia que respectivamente las organicen y las lleven a términos felices. Unimos nuestras felicitaciones a las que recibió anoche el alférez Sobral, por las interesantes páginas que el público podrá ver a continuación .

(La Prensa).

La conferencia Sobral.—Son las nueve de la noche. La vieja sala del Politeama rebosa magnifica y coqueta, como que en la enorme concurrencia que la llena priman las damas, el amable homenaje infaltable en toda demostración tributada al valor. Y de recompensa al valor se trataba, ya que la conferencia estaba a cargo del alférez Sobral, el joven oficial argentino que durante dos años sintió las nostalgias del paisaje polar, de esa región siempre igual, siempre huraña, que parece esconder en su monotonía, entre los pliegues do un sudario de hielo, la quietud del eterno silencio. El lleno era completo. Guirnaldas de follaje salpicadas de flores iban de palco a palco, y en la delantera de éstos veíanse prendidos grandes ramos.

El contraalmirante García y otros miembros de la comisión directiva del Centro Naval, bajo cuyo patrocinio se daba la conferencia, tomaron colocación en un palco «avent scene». La orquesta inició el programa con Zampa y apagados los últimos acordes, se corrió la cortina del telón de boca y avanzó el alférez Sobral. Al mismo tiempo toda la sala se ponía de pie al oir los primeros compases do la canción patria.

Después de una salva de aplausos, el conferenciante, con voz clara y timbrada, empezó su exposición, ajena de toda gala, pero palpitante toda ella de sinceridad. Sólo se escriben esas cosas, se relatan así en estilo sencillo pasando sin mayores detenciones sobre reales y positivos peligros en que se arriesga la vida, cuando se han vivido y se tiene un corazón bien puesto. A cortos intervalos los aplausos interrumpían al conferenciante, mientras los panoramas, los efectos de luz del dia solar, los icebergs, la caza de focas, los pingüinos, las casas de nieve, los perros, las figuras de los expedicionarios, desfilaban en las vistas que se suceden como otras tantas ilustraciones gráficas.

(La Nación).

La conferencia Sobral.—Un esfuerzo y un triunfo.—Anoche le correspondió al alférez Sobral dar su conferencia, a ese Sobral que el pueblo en manifestación entusiasta paseó en triunfo por las calles de Buenos Aires al desembarcar de la Uruguay. La mayor parte de los alumnos de la Escuela Naval se dieron cita en el Politeama, ocupando los palcos próximos al proscenio. La sala presentaba un lleno completo. Todos los palcos fueron ocupados por familias de jefes y oficiales de la armada nacional, caballeros y damas distinguidas de nuestra sociedad, y el Dr. Carlos Pellegrini, en compañía de su esposa, también hizo acto de presencia. De la galería alta descendían hermosas guirnaldas matizadas de trecho en trecho por artísticos ramilletes de jazmines y de rosas, y flotaba en el ambiente un eco simpático para el joven conferenciante, que por primera vez en su vida se presentaba ante un público tan numeroso a describir peripecias e impresiones, notas y experiencias adquiridas en el medio hostil de una naturaleza rebelde a las investigaciones, vencida al fin por el ideal de la ciencia.

A las nueve, próximamente, apareció Sobral en el proscenio. Sereno, sonriente, ajeno casi a las preocupaciones que sugieren a un conferenciante varios miles de ojos fijos en el tablado; estallaron los aplausos; Sobral saludó con la sonrisa en los labios; parecía que hubiera querido decir al público: no soy orador, soy simplemente el miembro de la familia que vuelve al seno del hogar después de hacer un viaje por tierras desconocidas, y que a la luz de la lámpara, rodeada por el afecto de todos, vengo a decir cuánto he visto, qué me ha parecido y qué provecho puede sacarse de ello. La orquesta ejecutó el himno nacional. Todos se pusieron de pie, escuchándolo impresionados. Los últimos acordes se perdieron entre los aplausos, y Sobral comenzó a leer su conferencia.

Después de trazar un hermoso boceto acerca de la gloria que le ha correspondido al país en la empresa, leyó algunas notas de su diario, y en una forma sintética comenzó a relatar las condiciones topográficas y meteorológicas del polo. A esta altura de la conferencia el teatro quedó en la penumbra, y mientras Sobral, retirado en uno de los ángulos del proscenio, seguía su narración, las proyecciones luminosas informaban sus pasajes, bien que relacionados indirectamente.

Las vistas ocupaban todo el proscenio, y, salvo los paisajes que se presentaban algo confusos, producían un efecto admirable. Desfilaban ante la vista del público unas veces Nordenskjöld, otras veces sus compañeros del Antarctic, trabajando entre los hielos, ya sea para reparar los botes ó para observar los aparatos de meteorología. Hizo con palabras realmente tocantes, el cuadro de la situación de los expedicionarios, siguiéndolos por entre las nieves eternas en sus viajes parciales de exploración por la isla Paulet, la tierra de Graham, de Luis Felipe, la bahía Seymour, etc.; las penurias, las zozobras, las inquietudes sufridas entre los témpanos, en circunstancias en que habiendo perdido de vista el depósito de los víveres se desesperaban, y los perros, no teniendo de qué alimentarse, se comían los arreos y hasta las cajas y bolsas que habían contenido alimentos.

Durante el primer acto, Sobral se refirió generalmente a su primer año de permanencia en el polo, intercalando entre la aridez del tema —como simple apreciación científica—algunos conceptos artísticos que se aplaudían con todo entusiasmo. Después de un breve intervalo volvió a ocupar el proscenio y continuó relatando la segunda etapa de la exploración. Se refirió al clima, a la fauna, a la flora, a los trabajos de sondaje y observaciones mareográficas y astronómicas, la dirección de los ventisqueros, etc., intercalando algunas opiniones personales acerca de las condiciones del polo sur con relación al polo norte, y la altura máxima de los icebergs.

Seguidamente suspendió la lectura de la conferencia, y dio algunas notas informativas, breves, acerca de las proyecciones que continuaban sucediéndose. Al reanudar la lectura se reflejó sobre la tela la elegante silueta de la corbeta Uruguay al salir del puerto de la capital en busca de los expedicionarios. Un aplauso unánime acogió la configuración de la corbeta. Y poco después, entre los aplausos de la concurrencia, Sobral se retiró del proscenio, al cual tuvo que volver para saludar al público que lo aplaudía insistentemente.

Sobral no se ha exhibido anoche como un conferenciante en la expresión absoluta de la frase; pero su aplomo y la concisión de sus juicios le han recomendado a la consideración de sus conciudadanos, como aurora de una gloria para el país que ve en él a un marino joven, a cuyo paso se abre un porvenir brillante, lleno de promesas para él y para la armada nacional.

(Diario del Comercio).

La Conferencia Sobral .-- Era la única que faltaba a nuestro público, para conocer la impresión que, personalmente, ha recogido el alférez Sobral en su dilatada expedición en las tierras del Antártico. Ese deseo se veía claramente manifestado anoche, al contemplar la concurrencia que llenaba la amplia sala del Politeama de bote en bote, y por la selección de ese mismo público, que fue en días anteriores a oir a Nordenskjöld, Skottsberg y Yalour, y que en Sobral buscaba el complemento de los relatos del viaje oídos de boca de los mismos actores.

El Centro Naval, de quien partió la idea de dar una conferencia a favor de la Liga Naval Argentina, que el alférez Sobral aceptó en seguida, se hizo cargo de los preparativos, tratando de conseguir un buen resultado, que no se creyó mejor que el alcanzado, dada su esplendidez.

La conferencia se dividid en dos partes: una de narración de la vida, los incidentes diarios, los sufrimientos, viajes y las reflexiones que se hacían cada uno de los expedicionarios; la otra dedicada a la técnica, llena de datos de interés, puramente científicos, que sin duda impresionaron al público infinitamente menos que la expresión gráfica de un medio extraordinario apropiadísimo a la leyenda y doblemente interesante, cuando se refiere ante un auditorio impresionable y predispuesto a la autosugestión.

No conocíamos a Sobral como conferenciante, porque nunca había tenido ocasión de serlo. Sinceramente le felicitamos por la fecundidad de su imaginación y la facilidad de decir. Narró primero, como punto de partida para el relato, el momento en que los dejó el Antarctic en Admiralty inlet, la vida en Snow Hill, sus exploraciones, sus estudios, las incidencias de la vida ordinaria en aquellas regiones, matizando su disertación con golpes de colorido, ya brillante, ya difuso, revelando una verdadera potencialidad efectista.

El público seguía el relato con vivísimo interés, alentando con sus manifestaciones de agrado, como es lógico, la fecunda verba del conferenciante. La segunda parte es ya conocida; ha sido referida desde mucho antes por Nordenskjöld, en su conferencia, y en los datos que todos los periódicos han hecho públicos; naturalmente, pues, el interés de la conferencia decayó, revelándose este hecho en el menor entusiasmo del auditorio.

El epilogo del relato del señor Sobral impresionó nuevamente al público, y en verdad que tenia por qué impresionarlo. 

(El País).

La Conferencia Sobral Exito completo. — A una hermosa fiesta científica y social, digna del público que la prestigió con su asistencia, ha dado motivo la conferencia del teniente Sobral, sobre la reciente expedición del explorador Nordenskjöld en las regiones antárticas. La hermosa sala del Politeama, engalanada con guirnaldas de flores, estaba repleta de gente ávida de escuchar la palabra del joven teniente, cuya odisea en el polo lo ha convertido en una de las figuras más populares de nuestra marina.

Gran parte del público tuvo que soportar estoicamente las incomodidades consiguientes a la falta absoluta de localidades, escuchando de pie en los pasillos que dan acceso a la platea, la lectura de la conferencia. Pocos minutos después de las 9 apareció en el escenario el joven Sobral, y su presencia provocó una entusiasta ovación que se renovó luego, muchas veces, en el curso de la velada. El teniente Sobral agrega a una dicción muy clara, entonación apropiada y posesión completa de sí mismo hasta el punto de no haber incurrido en la menor repetición durante toda la conferencia, asi como en los pasajes en que explicó el desarrollo de las proyecciones luminosas con que ilustró su palabra.

El valiente expedicionario abordó de lleno el tema de su trabajo, demostrando los beneficios que ha reportado a la ciencia la expedición Nordenskjöld, como asimismo el caudal de conocimientos prácticos que se han adquirido en esas regiones. Luego, en una causerie amena e interesante, refirió la vida de los exploradores en la estación de Snow Hill, las primeras excursiones científicas, estudios meteorológicos y de sondaje, cuya exclusiva dirección le estuvo confiada.  Entretuvo mucho al auditorio la relación de los mil incidentes de la vida diaria, plagada de dificultades e inconvenientes materiales. Luego hizo interesantes revelaciones acerca del resultado científico de la expedición Nordenskjöld...

Este relato fue amenizado con vistas tomadas personalmente por Sobral, defectuosas algunas por las dificultades con que se tropezó  para su conservación, pero que han servido para demostrar en una forma gráfica, los inminentes y numerosos peligros a que han estado expuestos.

Fue, entre otras, muy aplaudida una que representaba a la corbeta Uruguay en el momento de proceder al salvataje de los expedicionarios, como asimismo varias fotografías iluminadas, con el retrato de los jefes y oficiales del Antarctic y la Uruguay. Como dijimos al principio, el joven Sobral explicó claramente las diversas proyecciones, y al aparecer sobre la tela el buque argentino, preparándose para regresar a la patria, el conferenciante terminó su trabajo con las siguientes palabras»....................

(La Opinión).

  

Este sitio es publicado por la Fundacion Histarmar - Argentina

Direccion de e-mail: info@histarmar.com.ar