Historia y Arqueologia Marítima

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CIEN AÑOS DE CIENCIA ARGENTINA EN LA ANTARTIDA

CAPITULO IV

TESTIMONIO DE LUCIANO H. VALETTE 

             El 14 de noviembre de 1957, a la edad de 77 años, dejó de existir en la localidad bonaerense de Monte Grande, el señor Luciano H. Valette, hombre bastamente vinculado con las actividades antárticas. 

            El señor Valette –especializado en Hidrobiología, Zoología y Meteorología –actuó como ayudante en el Departamento de Zoología del Museo de la Plata (1897-98); en el Servicio de Pesca y Piscicultura del Ministerio de Agricultura (1899-1930) y como asesor técnico en Piscicultura en el Ministerio de Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires. 

            En el año 1904 fue designado para integrar el personal del observatorio de las islas Orcadas del Sur, con la primera comisión argentina enviada por el Gobierno de la Nación para tomar a su cargo el citado observatorio meteorológico y magnético. Las experiencias obtenidas las publicó en sus obras “Viajes a Islas Orcadas  Australes en el año 1906” y “Apuntes descriptivos sobre algunos invertebrados encontrados en un viaje a las Islas Orcadas en el año 1913”, además de otras referentes a la pesca y piscicultura en especial sobre salmónidos y truchas. 

            Por su capacidad y su actuación fue enviado a los Estados Unidos para estudiar y traer variedades de salmónidos, truchas y otras especies, y distribuirlas en aguas argentinas. 

            Desempeñó diversos cargos, entre otros el de Secretario de la Comisión Nacional Protectora de la Fauna Sudamericana. 

            El señor Valette había nacido el 29 de agosto de 1880 en Montevideo, república Oriental del Uruguay.  

RESUMEN DESCRIPTIVO I 

            A consecuencia del viaje de exploración a las regiones antárticas llevado a cabo por la expedición Escocesa embarcada a bordo del yacht “Scotia” y cuya jefatura desempeñara el Dr. W.S. Bruce, el Gobierno Argentino decidió hacerse cargo de la estación meteorológica y magnética que dicha expedición organizó durante el invierno de 1903 en la isla Laurie (Orcadas australes). 

            El señor jefe de la Oficina Meteorológica Argentina, así como otros hombres de ciencia, especialmente interesados en la prosecución de las observaciones en aquella localidad, se apersonaron al Dr. Bruce con el objeto de cambiar ideas sobre este asunto. El resultado de la conferencia fue satisfactorio; pues, la expedición Escocesa transfirió a la Oficina Meteorológica la habitación que allí se había construido para los observadores. 

            Acto continuo se tramitó lo necesario a fin de nombrar el personal que debía ir a aquel lugar por un año y disponer lo necesario para equiparlo como las circunstancias lo exigirían. 

            El cuerpo de observadores fue compuesto por las siguientes personas Sr. R. C. Mossman, como jefe, ex miembro de la expedición Escocesa, donde tuvo a su cargo todo lo relativo a meteorología y magnetismo terrestre; el Sr. E. C. Szmula, empleado de la Oficina Meteorológica Argentina; el Sr. H. A. Acuña, empleado de la División de Ganadería y el que suscribe, de la Oficina de Zoología, debiendo ocuparme, además de las tareas del observatorio, de todo lo concerniente a la zoología de aquella región, de la fotografía y del servicio sanitario. Un cocinero, W. Smith, formaba el quinto miembro de la expedición Argentina. 

            Debiendo el Dr. Bruce proseguir sus estudios oceanográficos y recoger al personal que había dejado en el observatorio de las islas Orcadas, puso el “Scotia” a disposición de la Oficina Meteorológica a fin de transportar a la comisión Argentina y llevar los instrumentos, útiles y provisiones que ella necesitaría durante el tiempo que durase su estacionamiento. 

            Así pues, todo quedó listo el 21 de Enero de 1904, día en que nos hicimos a la mar con destino a Puerto Stanley (islas Malvinas), donde el “Scotia” debía proveerse  de víveres y carbón y luego seguir viaje directamente a las Orcadas. 

            El viaje, fue por lo general, muy bueno; nada sucedió que valga la pena mencionarse. De este modo llegamos a la isla Laurie el día 14 de febrero, fondeando el buque en la bahía Uruguay, mas conveniente que la bahía Scotia, cuando sopla viento del SE Al día siguiente, habiendo virado el viento al NW abandonamos, el primer fondeadero y navegando por el estrecho de Washington fuimos a anclar en la bahía Scotia después de dos horas de viaje. 

            El día 19 de febrero nos hicimos cargo del observatorio, prosiguiendo sin interrupción los trabajos emprendidos por la expedición Escocesa. 

            El panorama que nos rodeaba era constituido por cerros escabrosos cubiertos de eterno hielo, témpanos formidables y enormes ventisqueros. 

            Nuestra habitación, de lona, revestida exteriormente por una muralla de piedras era, sin ser confortable, muy sólida y debido a su edificación primitiva tuvimos siempre una ventilación natural excelente, tanto mas necesaria cuanto que la pieza que la constituía era colectiva. Por esa circunstancia, la mala higiene doméstica fue inevitable con motivo del amontonamiento de materiales en un reducido espacio, el cual servía a la vez de cocina, comedor, laboratorio, etc.- 

Debido a la costumbre y al progresivo descenso de la temperatura pudimos adaptarnos a aquel nuevo ambiente sin mayores sufrimientos. 

            El día 21 de febrero instalé una carpa rectangular para utilizarla como depósito de útiles y envases para los objetos de historia natural. Tuve que reforzarla sólidamente con amarras y rodearla de gruesas piedras, pues los vientos eran muy violentos y amenazaban derribarla. A pesar de todo, esto sucedió pocos días después, debido a un ventarrón que corrió a razón de 95 kilómetros por hora. 

            Con ese primer temporal tuve que lamentar algunas pérdidas consistentes en diversas pieles de aves y algunos peces. 

            El día 8 de marzo sufrimos otro recio temporal del SE y la acción de las olas hizo desplomar una enorme masa de hielo del talud de la costa, sobre el cual teníamos el bote; este hubiera sido destrozado a no ser la rápida intervención que tomamos para salvarlo. Esta vez la marejada fue tan fuerte que el mar llegó a una distancia de dos metros de la puerta de nuestra cabaña desmoronando parte de un parapeto de piedras, sobre el cual descansaba la habitación. La playa se llenó de fragmentos de hielo, algunos de gran volumen. 

            En vista de la proximidad del mar a la cabaña, consideramos que esta no se encontraba fuera de peligro si habían de continuar los temporales del SE. 

            El 9 de marzo apenas instalados debidamente, empezamos una era de reparaciones y construcciones, rehaciendo la muralla protectora de nuestra vivienda. Al efecto, transportamos grandes bloques de piedra, por medio de palancas y en los trineos acarreamos una gran cantidad de piedras que sacábamos de la falda de los cerros, a unos 100 metros del observatorio. Esta defensa quedó terminada recién el 28 de marzo, habiendo trabajado en ella con todo empeño. 

            Pero, ¡fatalidad! El día 4 de abril a las 4 ½ a.m. el viento era muy violento; soplaba del SE el mar rugía furioso y la espuma de las rompientes llegaba ya a nuestra choza. Una hora mas tarde las olas chocaban contra las paredes de la casita. 

            ¡Adiós muralla y defensa que con tanto ahínco habíamos construido! Todo se lo llevaba el mar y sus olas monstruosas ponían en peligro nuestra vivienda. 

            La pleamar debía ser sólo a las 9 a.m. y antes que eso sucediera, arrastramos el bote tierra adentro y aseguramos varios cascos de carne y combustibles que teníamos afuera. Ya el mar nos había arrebatado varios cajones de víveres, algunos de los cuales veíamos flotar entre las altas olas. 

            Media hora antes de la pleamar tuvimos que abandonar la cabaña; pues un golpe espantoso de agua inundó el interior, pero sin derribar sus gruesas paredes de piedra. El mar entonces circundaba la casita y el viento corría con una velocidad de 110 kilómetros por hora. La borrasca de nieve era terrible; los pequeños cristales de hielo que chocaban en la cara producían el efecto de verdaderas agujas. La temperatura era solo de -6°, sin embargo se sentía mucho frío. Marchamos hacia la costa de la bahía Uruguay en busca de refugio, llevando dos carpas que no fue posible ni desatar a causa del viento. En vista de ese contratiempo resolvimos guarecernos en la estrecha garita magnética. 

            Desde allí observamos la fuerza enorme de las olas que rompían contra los flancos de la cabaña, la cual esperábamos ver caer por momentos. 

            Nuestra situación era entonces muy triste; pues nada podíamos tratar de salvar hasta que la marea empezara a bajar. 

            Pudimos penetrar en la habitación a las diez de la mañana y en medio del agua empezamos, sin pérdida de tiempo, a salvar todo cuanto nos podía ser indispensable, lo cual pusimos adentro de bolsas y aseguramos provisoriamente en la carbonera. 

            Estábamos empapados y con mucho frío pero el salvamento nos hacia olvidar todo. Mientras nos encontrábamos ocupados en esa tarea oímos unos crujidos terribles. El viento había arrancado el techo del depósito de víveres ¡La rompiente del mar llegaba a mas de 50 metros adentro de las más altas aguas! 

            Eran las tres de la tarde y a pesar de la bajamar las olas aún alcanzaban al borde de la casita. El viento seguía en su furia. 

             Adentro de la cabaña era todo confusión y afuera en el depósito de víveres, destechado, el cuadro era desconsolador. A pesar de todo esto no podíamos optar por el abandono de nuestra vivienda. ¿Adónde iríamos? 

            En el desgraciado caso de que el derrumbe de la cabaña se hubiera producido, pusimos un hacha al lado de la ventanita para hacerla saltar y salir luego por ella, pues la puerta hubiera quedado sin acceso. 

            Entre tanto llegaba la hora de la otra pleamar y el viento nada había calmado. La noche era horrorosa y el mar bañaba nuevamente los cimientos de la casita. 

            Llegó el momento de la pleamar, pero la providencia quiso que el mar arrastrara a la playa unos grandes bloques de hielo que sirvieron luego para romper y disminuir así la fuerza de las olas. Esos bloques los vimos recién al día siguiente, pues la oscuridad a aquella hora era profunda. 

            Durante aquel memorable temporal la presión barométrica bajó a 716 mm. 

            Al día siguiente, el viento calmó bastante y nuestra vivienda se mantenía en buenas condiciones, gracias al revestimiento de hielo que evitaba el derrumbe de la pared deteriorada por el mar. 

            Varios cajones de víveres dispersos y enterrados en la nieve, así como las reparaciones preliminares de la casa y del depósito que ya estaba a la intemperie, nos obligaron a entrar en ruda tarea. Entonces solo esperábamos que el mar entrara pronto en su período glacial para que no volviera a amenazarnos con su furia, pues ninguna de las reparaciones que hacíamos era resistente a las olas. 

            El almacén de provisiones, sin techo ya, era una barahúnda; todo era una sólida pieza congelada, teniendo que maniobrar allí hacha en mano. 

            Debido a estos trabajos extraordinarios, todas las observaciones, excepto las meteorológicas horarias, quedaron suspendidas por largo tiempo. Recién el 10 de abril tomamos un pequeño descanso para empezar al día siguiente a reconstruir el depósito de provisiones, utilizando para ello los mismos cajones de víveres que superpuestos metódicamente hacían el oficio de paredes. Hicimos esa construcción con todas las reglas del confort a nuestro alcance, para que pudiera servirnos de vivienda mas tarde, si las circunstancias nos hubieran obligado a ello.  

            A fin de obtener tirante y gruesos clavos, tuvimos que deshacer un gran trineo. El techo se cubrió con lona y sobre ésta un tejido impermeable. Luego se fortificaron las paredes exteriormente con una espesa capa de piedra que acarreamos en trineo desde la falda de los cerros más próximos. Muchas de estas obras se hicieron con grandes dificultades, no sólo por falta de elementos sino debido a los fuertes vientos. La tarea era tanta y tan pesada que nuestros semblantes agobiados nos asemejaban a presidiarios condenados a trabajos forzados. 

            Después de 18 días de duros trabajos, recién quedó todo en orden y pudimos volver a nuestras tareas ordinarias. 

            El 30 de abril, por fin nos tranquilizamos, llegaba a la isla el pack-ice y ya no nos preocupaba mas el estado enclenque de la habitación, por cuanto el mar perdía toda su potencia debido a la inmensa capa de hielo que lo cubría. 

            Y así entramos en el período glacial con el triste recuerdo de aquellas bravas tempestades que tanto perjudicaron los resultados de las observaciones, sobre todo de las biológicas marinas que, debido a la presencia de hielo en el mar, me fue imposible llevar a cabo como me lo había formulado anticipadamente. Por otra parte, ya llegaba el invierno; los días eran sumamente cortos y la luz natural tan escasa en nuestra cabaña al extremo de tener que utilizar la lámpara imprescindiblemente desde las 3 p.m. hasta las 9 ½ a.m. sean 18 ½  horas de luz artificial diariamente. 

            De este modo, cuando en los raros días buenos el cielo se encontraba despejado de nubes, el sol nos visitaba por la ventanita a la una de la tarde; su declinación era tan marcada, que todos los objetos proyectaban a esa hora unas sombras enormes. 

            En esa estación desaparecen casi todos los elementos que pueden proporcionar trabajo al naturalista, pero ya llegaba también la época en que las borrascas de nieve eran formidables y entonces pasábamos varias horas del día y de la noche en despejar con palas del frente de la cabaña, los médanos de nieve que formaba el viento y que obstruían la salida a cada rato. 

            La monotonía había llegado al súmmum; sólo se oía (por efectos de la contracción) el crujido de las maderas del techo de la habitación. Estábamos en el período álgido y el rigor de la estación nos castigaba de lleno. 

            En el mes de julio, el nivel de la nieve ya alcanzaba al techo de nuestra vivienda y el depósito estaba completamente perdido bajo un manto blanco. Pasaba el invierno y aumentaba la esperanza al llegar la primavera, estación, sin embargo, poco halagüeña en aquellos parajes. 

            Exceptuando las pocas aves que juntan sus amores, no existen allá motivos de regocijo, ni las tibias ni verdes praderas, ni los tiernos retoños de nuestras comarcas que tanto alegran el espíritu. Todo sigue siendo lo mismo, desolado, blanco frío y silencioso. 

            El tiempo siguió inclemente y peor que en el invierno. Las borrascas de nieve fueron aún mas frecuentes y de mayor duración. Cuando este fenómeno acontecía y no estaba obligado a salir afuera, era preciso cerrar los ojos y andar a ciegas. La visibilidad no alcanzaba algunas veces, a mayor distancia de diez metros, no tanto por la nieve que caía, sino por la que el viento levantaba del suelo. 

            A cada hora era menester despejar las estrechas ventanitas de la cabaña para no quedar a oscuras. El depósito de víveres y carbón varias veces fue llenado de nieve que entraba por las estrechas rendijas de la puerta. A fin de poder retirar lo que necesitábamos del depósito era necesario entonces romper la puerta a hachazos. Adentro, la nieve se había acumulado hasta el techo y parecía increíble que aquella enorme cantidad hubiera entrado allí por tan estrechas ranuras. 

            Durante los fuertes temporales el viento forma una especie de olas de nieve poco comunes y que deben ser características de las grandes tempestades. Las pequeñas olas o bancos son mas o menos parecidas entre sí; alargadas en el sentido de la dirección del viento y presentando la mayoría de ellos, en la extremidad expuesta al viento, una especie de lengua terminada en punta aguda y encorvada hacia el suelo, formando de este modo un puentecito. Estos bancos son de consistencia más dura que el resto del campo liso, debido quizás, a que están formados de partículas pequeñísimas de nieve, agrupadas con presión por la violencia del viento. El espesor de estos bancos varía entre 20 y 50 centímetros y sus flancos presentan el aspecto de la hojaldra o de placas superpuestas, siendo más anchas las que forman la base y estrechándose en forma de pirámide a medida que se acercan a la parte superior. Estas placas son apenas salientes y en algunos bancos casi no se distinguen. 

            Por fin, a mediados de Octubre la vida animal empieza ya a reanimar el país por más que éste sigue conservando su blanco y frío manto. Pero siquiera se vuelve a una vida de relativo murmullo y movimiento aunque (excepto los pengüines) las aves pueden ser contadas. Así mismo el conjunto y la variedad alegraba mucho, máxime después de haber pasado en absoluta soledad un riguroso y largo invierno. 

            Felizmente, en Noviembre terminaron las grandes tormentas de nieve, al propio tiempo que empezó el deshielo. Aquel fenómeno quedó grabado en nuestro recuerdo lo mismo que la huída de un terrible enemigo. Entonces todo destilaba a causa del deshielo, formándose pequeños torrentes en las faldas de la montaña. 

            También en Noviembre pudimos incluir en el menú una nueva comida, verdaderamente sustanciosa, como son los huevos de pengüin, ¡y que deliciosos son en semejantes circunstancias! Por lo tanto dimos un saqueo de 2000 huevos en uno de los criaderos de la isla. 

            El 31 de Diciembre, al caer la tarde, recibimos el aguinaldo de año nuevo, ¡Gloria y contento! Era la corbeta “Uruguay”, la mascota polar de la armada Argentina, que avanzaba lentamente entre los hielos en demanda del puerto. Hacía dos días que surcaba el pack-ice en su recalada a las Orcadas y fondeó en la bahía que bauticé con su nombre, con el propósito de recogernos y dejar en el observatorio al personal que debía reemplazarnos. 

            El 1° de Enero de 1905 a las 10 p.m. abandonamos las islas Orcadas, haciendo rumbo al estrecho Bransfield; pues la “Uruguay” se dirigía al continente antártico en procura de noticias de la expedición del Dr. Charcot.”

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Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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