Historia y Arqueologia Marítima

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CIEN AÑOS DE CIENCIA ARGENTINA EN LA ANTARTIDA

CAPÍTULO VI 

TESTIMONIO DE JOSÉ OTTO MAVEROFF

         Nació en Paraná, Entre Ríos, el 25 diciembre de 1875. Realizó estudios primarios en Buenos Aires, y secundarios en Italia, tierra de origen de su padre. Ingresó en la Escuela Naval Militar de nuestro país en el año 1895, de la que egresó como guardiamarina en 1899. Hábil en las artes marineras de la navegación a vela, como oficial destacado formó en la plana mayor de la fragata Sarmiento. La electricidad era la ciencia en pleno desarrollo en aquellos tiempos, y ella llamó su atención y dedicación, por lo que se le designó profesor de la materia, para los oficiales que egresaban embarcados en el cuarto viaje de la histórica fragata En 1904 fue comisionado por la Marina para estudiar ingeniería eléctrica en Francia, representando al país en 1906 en el Congreso Internacional de Regiones Antárticas reunido en Bruselas. Fundó la Asociación Electrotécnica Argentina y realizó numerosos trabajos técnicos y de prospectiva, como “Aprovechamiento de las caídas de agua de Salto Grande“ del Uruguay. Pintor aficionado, solicitó su retiro de la Armada en 1932, cuando era jefe de la división electricidad del Ministerio de Marina. Falleció el 5 de abril de 1936. 

RUMBO A ORCADAS 

Las altas montañas de la Tierra del Fuego, que habíamos ido dejando a popa, se esfumaban paulatinamente; al anochecer se perdieron entre las brumas para siempre; nos hallamos en alta mar, bien lejos del mundo por cierto, reinando en la corbeta una paz y una tranquilidad virgilianas, que significaban descanso, después de las excitaciones nerviosas y traqueteos de una permanencia en puerto con su fiesta y su faena de carbón. 

          En la camareta también se descansaba y se ordenaban las cosas. El jefe del Observatorio arreglaba sus notas y leía las instrucciones había recibido del Director de la Oficina Meteorológica; la permanencia en el puerto de Ushuaia no le había sido beneficiosa; en el semblante, pero los días de navegación que nos faltaban para llegar a la isla Laura volverían el físico a su estado normal. Entre los libros y notas que estaban sobre la mesa llama mi atención un libro tamaño grande, en cuya tapa llevaba escrito: República Argentina, Correos y Telégrafos de la Nación. 

Mi curiosidad me lleva a interrogar al señor Diebel al respecto y con gran asombro supe que el jefe del Observatorio había sido nombrado Jefe del Correo y Telégrafo de las Orcadas; como éramos varios los que estábamos en la camareta, cada uno dio a la noticia únicamente el valor que creía tuviese para sí; por ejemplo, los filatélicos enseguida pensaron aprovechar la ocasión que se les presentaba pera hacer obliterar estampillas con el sello de la estación de Correos mas austral del mundo entero y bien pronto empezó a funcionar el sello que decía: Orcadas del Sud -Sucursal N° 1. Muchas tarjetas, con le estampilla inutilizada por ese sello, fueron llevadas por sus poseedores mismos a Buenos Aires para figurar en las colecciones de los aficionados a juntar postales. 

Pero no todo fue filatelismo; el teniente Esquivel promovió toda una discusión respecto al nombramiento, estudiado desde el punto del derecho. Los interrogantes que como premisas se establecían dieron lugar a una discusión acalorada que tal vez no era muy profunda, dada la calidad de simples oficiales de marina y no de jurisconsultos ni de especialistas en Derecho Internacional. 

Alguien sostuvo que el Observatorio de las Orcadas, al ser atendido por le Republica Argentina y el establecimiento de una sucursal de Correos en ellas, eran en realidad dos actos de soberanía y que cualquiera fuese le nación a quien pertenecieran esas islas, eso representaba por parte nuestra una ocupación efectiva, lo que constituye una soberanía de hecho. 

Además hay que añadir que la Dirección de Correos y Telégrafos de la Nación, al establecer una oficina postal en las Islas Orcadas, debe haberlo comunicado a la Unión Postal Universal, con lo cual queda establecida la jurisdicción territorial de la República Argentina sobre ellas. 

          Zapiola intervino en la discusión con una atinada conclusión: 

El caso entonces es idéntico al de las Malvinas; esas islas son nuestras de derecho, pero la República Argentina no puede ejercerlo por la ocupación mantenida por Gran Bretaña. 

         Efectivamente ‑dijo el Negro Esquivel‑; en el caso de que las Orcadas fuesen inglesas, les habríamos pagado moralmente con la misma moneda; aunque el valor de los dos grupos de islas sea bien distinto y favorable a Gran Bretaña. 

      Veintitrés años mas tarde, este asunto motivó una reclamación por parte de Inglaterra y a raíz del establecimiento por parte de la República Argentina de una estación de radio transmisora en la isla Laura. El 14 de septiembre de 1928 la Dirección de Correos comunicó a la Unión Postal Universal su jurisdicción sobre las Orcadas, completamente de acuerdo con la tramitación diplomática que el gobierno Argentino había tenido anteriormente con el gobierno de S.M. Británica. 

El asunto Correo de las Orcadas me había hecho olvidar que llevábamos el paño largo y que convenía vigilar el viento de tiempo en tiempo; mi olvido fue suplido por el alférez Caillet-Bois, que estaba de guardia, el cual mandó un marinero a avisarme en el momento oportuno; subí a cubierta y encontré que todas las velas pendían fláccidas de las vergas como trapos, hinchándose solamente y de vez en cuando, por los rolidos. Autorizado por el Comandante, las velas se cargaron y se bracearon las vergas; el viento había cesado por completo; estábamos a los 64° de longitud oeste de Greenwich; debíamos por consiguiente esperar vientos del polo austral. 

De repente se vio en el horizonte llegar un sudoeste que, siendo diametralmente opuesto al anterior, nos convenía tanto como aquel; sólo cambiaríamos de amuras y así se hizo con gran alegría de los pekineses del Observatorio, los cuales empezaban a sentir los efectos de los tumbos que daba la corbeta faltándole el equilibrio que le proporcionaba el paño largo.

 

Bien calzado el velamen, la Uruguay empezó a fijar sus ocho millas toda inclinada a babor y cabeceando como una tonina; el viento cambió la temperatura, el traje de paño y las camisetas de lana se hicieron necesarias; seguramente en Buenos Aires la gente andaría desesperada buscando frescura en el paseo de Palermo o bebiendo mezclas refrigerantes. 

EL PRIMER ROMPEHIELOS 

Todo pasaba correctamente desde hacía dos horas, cuando de repente hubo que parar la máquina; por la proa una barrera densa de pack no dejaba paso alguno, era aquello una aglomeración de trozos tal, que oponían una resistencia al buque imposible de ser vencida, con la velocidad que se llevaba. Los trozos que componían la barrera infranqueable se habían soldados unos con los otros con el frío y tenían las formas mas extrañas que puedan concebirse y alturas variables. 

          Después de un pequeño conciliábulo, el Segundo y el Jefe de Máquinas, se decidió espolonear la barrera para romperla y poder llegar al mar libre que se alcanza a divisar mas adelante.

         Todos los oficiales ocuparon sus puestos de maniobra para dirigir a los hombres que estaban distribuidos a proa, a popa y a los costados; los únicos mirones fueron entonces los pekinés del observatorio.

         El buque dio atrás un poco y después lanzado a toda fuerza adelante contra la barrera, ésta cedió contra la fuerza del monstruoso ariete; enseguida se fueron repitiendo estos golpes de la proa y la Uruguay avanzaba lentamente, pero avanzaba; su proa, que había sido construida en su mayor parte maciza y protegida por numerosas abrazaderas de hierro forjado, se comportó admirablemente. A pesar de la atención que la maniobra que se ejecutaba me demandaba, no dejé de observar el comportamiento de toda la arboladura que estaba a mi cargo durante los espolonazos. Toda la arboladura crujía, las jarcias y burdas se besaban a romper y se aflojaban después; los mastelerillos de juanete y sobre se curvaban, cimbrando el cielo en cada choque; a proa pude constatar mas tarde que un trozo alto de hielo de la barrera había roto el barbiquejo del botalón de foque, no rompiendo el moco, pero dejándolo maltrecho; una burdilla del mastelero de mesana, en uno de los choques, saltó produciendo el ruido de un cohete o de un latigazo. 

         Pasada esta primera faja de hielo, que tenía aproximadamente de diez a quince millas de ancho, se encontró mas libre. 

LA LLEGADA A ORCADAS 

-                Ya veo ‑dijo el Doctor ‑que pasada cierta latitud todas las tierras e islas se asemejan muchísimo, tanto que sí no fuese por los mapas sería imposible decir adónde uno esta; lo que se ve la carta lo llama Isla Laurie, mas atrás, hemos dejado la Isla Coronación ¿En qué se diferencian? ¿En qué se diferencian estos panoramas que tenemos a la vista del Cabo Seymour, de Snow Hill, de la tierra de Luis Felipe, que hemos visto en el primer viaje de la Uruguay? En nada, francamente; ni hay hummocks que los caractericen y sirvan para diferenciar las tierras porque aún los hurmmocks, según el lado del cual se los mire cambian de aspecto ‑concluyó como si hablara consigo mismo. 

         Entrábamos en ese momento en la Gran Bahía de la isla y enderezamos hacia el fondo de ella en una ensenada que el croquis que nos servía de guía llamaba  bahía C. 

         Un enorme témpano de hielo se encontraba seguramente varado, dentro de la bahía C. Era tal vez el centésimo iceberg que veíamos en los dos últimos días. Como el día era claro y despejado, la luz se reflejaba en el témpano; el Comandante quiso pasar bastante cerca para admirarlo, pues el estar varado el gigante quería decir que había en ese lugar muchísima agua para la corbeta dada la altura que tenía el témpano y la gran parte que se hallaba sumergida para su estabilidad. Se le dio el reparo indispensable a la posible zapata que pudiese traidoramente esconder debajo del agua; sin embargo nos encontramos bastante cerca como para admirar cada detalle y el color general de un verde veronese sumamente claro y el contraste azulado de las partes en sombra 

Sin exagerar, puede decirse que no ha habido tripulante de la Uruguay que no haya admirado el tramp, como llamaba Goyo Pereyra a los témpanos, y el comandante Galíndez ordenó a la máquina media fuerza, a fin de que todo el mundo pudiese de cerca admirar la gran masa de hielo la cual podíamos esta vez acercarnos impunemente. 

Despacio nos deslizábamos dentro de la bahía C., teniendo por la amura de estribor al Monte Ramsay y su glaciar y por la babor unos hummocks de las alturas rocosas; el rumbo que llevábamos Sur 30 este nos impedía aún ver el Observatorio; el silencio era perfecto; los floes que despedía un enorme glaciar que se presentaba a babor quedaban flotando a sus pies sin moverse; la temperatura era de 12° bajo cero, pero como no habla viento, nadie se daba cuenta de ello si no miraba el termómetro que el Segundo había hecho colocar apenas se salía de la camareta, en una posición estratégica para poder ver su indicación desde adentro, al abrigo, observándolo por el pequeño ojo de buey que tenía la puerta de salida. 

Todos los ojos, los anteojos, binóculos y los catalejos reglamentarios del Estado y particulares, se encontraban concentrados hacia la masa blanca que había a proa y que se suponía ser la tierra; toda la oficialidad del buque rodeaba al Comandante en el puente; a proa se distinguía la silueta del Segundo con el Contramaestre, listos para fondear el ancla. 

         Una bandada de pingüinos, los primeros que encontráramos, se acercaron curiosos a la  Uruguay, nadando velozmente a su costado y zambulléndose de vez en cuando; de repente el Doctor, que como ya se dijo poseía un prismático Zeiss de gran aumento, dio un grito de sorpresa.

         ‑¡Una cruz! ¡Una cruz!

         ‑¿Adonde?

         ‑Al pie de esas alturas que están por la amura de estribor; ahora se destaca sobre la nieve. 

         Todos los anteojos fueron dirigidos hacia el punto indicado y efectivamente la insignia de la redención humana, con su color oscuro, era bien visible sobre el lecho blanco donde se proyectaba. La visión de la señal sagrada que se pone en el sitio donde un ser humano reposa para toda una eternidad tuvo el don de impresionar a todo el mundo; nadie habló; nadie manifestó sus sentimientos, pero todos pensaron y todos los corazones se sintieron conmovidos. Aquello duró un instante, pero pareció un siglo; la vida volvió nuevamente a posesionarse de esos hombres fuertes que llevaban un buque por lugares desconocidos. Mas lejos apareció una choza bajita, que se supuso sería el Observatorio. 

         Eran las cuatro de la tarde del sábado 31 de diciembre de l904 cuando la Uruguay echaba el ancla en la bahía C de la isla Laurie; el ruido de la cadena que salía por el escobén repercutía con un eco continuo y lúgubre contra el gran glaciar y el glaciar del Monte Ramsay, pero pronto se apagaron los ruidos y todo volvió al silencio interrumpido solamente por el graznido de los pingüinos que querían cerciorarse a que clase de animal marino pertenecía la Uruguay.

         Los pekinés que llevábamos, subidos a media jarcia del mayor, menos el Jefe, miraban curiosos. Zapiola, bajando del sitio, le dijo a Diebel:

‑El "palacio" del Observatorio meteorológico de las Orcadas me parece que se ha convertido en un vulgar rancho enterrado en la nieve.

         No sabía Zapiola que decía una gran verdad en ese momento, por intuición. Un humo tenue salía de la chimenea de la choza, era una señal inequívoca de que se guarecían en ella seres humanos.

         El Comandante Galíndez, mientras ordenaba se arriaran todos los botes y lanchas al agua, dio tres estridentes y largos toques de sirena que querían decir:

         ¡Ah de la choza! Aquí hemos venido para relevarlos y llevarlos nuevamente entre la gente, sacándolos de entre los pingüinos. 

         El grito de la sirena de la Uruguay fue mágico; poco después se veían cinco siluetas en la costa, saltando, brincando y abrazándose entre sí. Las gorras se elevaban lanzadas por sus propietarios en señal de júbilo y algunos bajaron la cuesta de nieve hasta llegar a los guijarros que bañaban las aguas del mar que se mantenía bastante tranquilo.

         En la Uruguay se tripulaba un bote para llegar cuanto antes a la costa y embarcar a los pobres Observadores y traerlos a bordo. 

EL ENCUENTRO CON LOS ANTARTICOS 

         Un hombre alto y delgado, semicurvado, fue el primero que se presentó a Esquivel extendiéndole la mano:

         ‑We are very glad to see you, Sir

         Estas palabras, pronunciadas con los dientes cerrados y rápidamente, dejaron perplejo a Esquivel, cuyo conocimiento del idioma inglés nunca habla sido muy profundo.

         ¡Oh! Excúseme. You don´t speak English? Mr. Aquiuña, Mr. Aquiuña, please tell to this officer all our pleasure to see Argentine flag in the harbour.

         Y el Mr. Aquiuña se acercó a Esquivel y a pesar de su larga barba y de sus cabellos cortados en forma extravagante, se conocía era uno de los nuestros, un criollo de pura cepa.

         –Mr. Mossmann, nuestro Jefe –dijo el criollo Acuña cuyo nombre había sido transformado en Aquiuña por el inglés. 

         Pocos minutos después todo el mundo estaba a bordo del bote y éste, impulsado con fuerza de músculos; se dirigía rápidamente a bordo de la Uruguay con su cargamento humano. 

         En cubierta todos, menos el Comandante, esperaban curiosos y ansiosos, no sólo los que estaban, sino también los que llegaban. 

         Nueva presentación, esta vez total: Mr. Robert C. Mossman, el jefe del Observatorio, member of the staff of the Scottisch National Antartic Expedition; los Observadores: Schultz, Vallette, Acuña y por último el cocinero, un lobo de mar bastante corpulento en anchura, que llevaba un nombre comunísimo: Smith.

         La conversación fue una. Serie de preguntas cruzadas de orden político o científico, y en general fueron escaramuzas para iniciar el mutuo conocimiento. 

         Sin embargo el Comandante Galíndez tuvo un aparte con los jóvenes Vallete y Acuña, a quienes interrogó respecto al tenedero, donde nos encontrábamos; ambos coincidían en que habíamos tenido una suerte inmensa en el día, que había sido excepcionalmente claro, pues por lo general las Orcadas permanecen envueltas en niebla lo cual dificulta la recalada, pues para hacerlo, viniendo del norte, conviene detenerse en la isla Saddle y como ésta es pequeña, con la niebla, es fácil no avistarla y pasarla de largo. 

           Los jóvenes Vallete y Acuña, se veía que se habían ocupado bastante de la climatología y meteorología de las Orcadas, habiendo hecho muy atinadas observaciones, que comunicaron al Comandante Galíndez. 

         Según ellos, sería muy prudente terminar cuanto antes las operaciones de descarga, porque tan pronto el viento cambiara al norte, que era lo más probable, traería niebla, empujaría dentro del fondeadero el hielo que se había encontrado al venir, con lo cual se haría imposible el trabajo de las embarcaciones no sólo por los floes, sino porque en esas condiciones entra en la bahía C la mar de fondo de la gran bahía. 

         El señor Vallete decía:

         –La isla Laurie, y al referirme a esta isla se entiende que hablo de todo el Archipiélago de las Orcadas, pertenece, a mi parecer, a una de las regiones menos favorecidas del globo por la luz solar, y justamente al final de diciembre y todo el mes de enero es cuando el cielo se presenta más cubierto, mientras que en pleno invierno, por ejemplo en julio he notado hallarse mas despejada y este mes es el mas claro. 

         Pero entonces no hay vientos fuertes aquí –dijo el comandante Galíndez –porque si los hubiese despejarían las nieblas y alejarían las nubes en el cielo.

          –Lo que es viento, aquí sobra, señor Comandante, pero se van turnando de manera que despejan y poco después vuelven: parecería que esta región, que se encuentra en el límite o en los alrededores del casquete polar antártico, fuese el sitio donde se originen todos los cambios e intercambios atmosféricos producidos justamente por los centros de presiones; el océano y el polo. Si usted me permite que consulte mi libreta de apuntes, puedo decirle que el cincuenta por ciento del año esta región esta rodeada por neblina, y que los días de calma de viento no alcanzan a veinte en el mismo lapso. Esto trae, señor Comandante, que el sol aquí es cosa rara y que si se le ve un momento pronto desaparece. El señor Acuña, que se ocupaba de esa parte, la heliografía de la isla, puede darle interesantes datos. 

UNA OPINION SOBRE LA CASA OBSERVATORIO 

El doctor Gorrochategui examinó como higienista la habitación de los Observadores y encontró que aquello era detestable y dirigiéndose a mí, que lo acompañaba, me dijo:     

            –Hay que felicitar al Director General de la Oficina Meteorológica Argentina, de haber mandado una buena casa a este lugar; este rancho, este tugurio, hecho con piedras sobrepuestas y tablas de cajones vacíos no era ya habitable.

–Si, Alférez, es el mismo que sus habitantes nos llevaron cuando subieron a bordo de la Uruguay y que anoche me obligó, una vez que después de comer regresaron al Observatorio, a hacer abrir todos los ojos de buey y la lumbrera de nuestra camareta. Este tufo impregna sus ropas y el ambiente donde viven y ellos no lo sienten, pues están acostumbrados a él.

–¿ No nota Usted, Doctor, un tufo especial y sui generis?

–¿ Y de qué proviene, Doctor?

–Del cuerpo que no se encuentra en buenas condiciones de limpieza, ese tufo es el mismo que despiden los campesinos de todas las partes del mundo que no saben lo que es bañarse sino alguna que otra vez, en un día sumamente caluroso de verano, pero ese olor persiste en ellos, a pesar de esos pocos baños, porque ya toda la ropa interior y exterior, limpia y sucia, se halla impregnada de él. Usted comprende que aquí. Alférez la higienización del cuerpo es relativa, no solo por el frío, sino debido a la preparación del agua, que proviene de la nieve derretida y una vez obtenida hay que elevar su temperatura, total dos operaciones que implican un gasto considerable de combustible, del cual generalmente no se dispone con abundancia y que se reserva mas bien para calentar el cuerpo. 

Los observadores que se iban estaban sumamente atareados preparando sus equipajes, que tenían que colocar en cajones vacíos de conservas, que habían pedido de la corbeta, pues desembarcados del Scotia, devolvieron las valijas para no tener impedimentos inútiles en una casa tan pequeña como la del observatorio. 

En realidad la casa Observatorio era como todas las que se estilan para casos semejantes y que se construyen bajo un imperativo absoluto: máximo aprovechamiento del combustible que se posee. 

Para ello la Casa debe hallarse formada por una habitación interior a otra y entre las dos debe haber espacio, como para transitar, de manera que se tenga como un corredor todo alrededor. En esa forma el calor no se consume en calentar una pared que lo destruiría inmediatamente y se evita que la temperatura exterior obre directamente sobre la pared que esta en contacto con los moradores. Esta habitación central es todo: sala, comedor, dormitorio, cocina y muchas veces taller. 

Los equipajes de los que partían fueron preparados en poco tiempo, así que los moradores pudieron darnos toda clase de datos sin interrumpir para nada ni los preparativos ni las observaciones diarias.  

LA ESTAFETA POSTAL 

A las cinco de la tarde el teniente Jalour dio parte al Comandante de que todo había sido desembarcado; algunos fuimos a tierra, yo acompañe a Goyo, que aún no conocía el Observatorio e hice de Cicerone de la localidad. Mi objetivo, sin embargo, era otro; llevaba conmigo sobres y tarjetas postales para que el señor Diebel, desempeñando sus funciones de jefe del Correo de las Orcadas, me vendiera estampillas y me las sellara con el timbre de esa sucursal, para conservar como recuerdo y para obsequiar con ellas a filatélicos amigos. 

EL BAUTISMO DE BAHIA URUGUAY 

Señores oficiales: pido a vosotros me acompañéis a brindar por nuestra felicidad y la de los seres queridos que en este momento, estoy seguro piensan también en nosotros, Brindemos, señores por el éxito de nuestra segunda etapa, que será aún más interesante de lo que ha sido la primera. 

            En silencio las copas se entrechocaron en señal de asentimiento, y se llevaron a los labios para sorber el champagne, que no hubo necesidad de poner al hielo para que resultara frío. 

            El teniente Esquivel, hombre muy parco en palabras y de carácter bondadoso, querido de todos por sus altas cualidades morales, rompió el silencio que empezaba a pesar sobre el animo y que amenazaba dar un final triste a nuestra comida, como había sido la del último día del año dirigiéndose al comandante Galíndez, semi cohibido, hizo esta pregunta:

         ‑¿ No sería posible, señor, bautizar esta bahía C donde estamos con el nombre de nuestro buque?

         –¡He aquí una buena idea! –exclamó el comandante.

         –¿No les parece, señores oficiales?

         –Estos negros de Entre Ríos suelen a veces tener soberbias ideas, señor Comandante –dijo el Segundo sonriéndole al amigo, que se había sonrojado, aunque por el color natural de la tez no era muy fácil advertirlo.

         –Considero justo –expresó el Comandante, –que se llame a esta bahía con el nombre del primer buque argentino que ha llegado a latitudes tan altas y que ha permanecido fondeado en ella. Tendríamos de un lado del istmo la bahía Scotia, buque de la Scottish National Antartic Expedition y del otro, la bahía Uruguay, nuestra vieja corbeta, que tiene en su foja de servicio el haber sido el elemento de salvataje de la expedición antártica sueca 1901-1903. Muy bien, teniente Esquivel, bebamos ahora por la bahía Uruguay, cuyo nombre desde este momento pasara a la geografía y a la historia de los descubrimientos y expediciones polares antárticas. Señores: por la bahía Uruguay  –Agregó, levantando su copa, y añadió: Alférez Caillet-Bois, usted que esta escribiendo el informe que debemos elevar a la vuelta del viaje, haga desaparecer la bahía y ponga en todo el parte Bahía Uruguay". 

LA PARTIDA 

         Mientras observamos el norte que visiblemente se aproximaba, el Contramaestre se presentó a dar parte al oficial de guardia de que el carpintero y su ayudante ocasional estaban de regreso, pues la erección de la nueva casilla había terminado y casi todo el material llevado a pocos pasos de la casa Observatorio. Se izaron los botes, quedando solamente uno en el agua; la claridad era como la de un día nublado y la calma perfecta; desde proa llegó el sonido de la campanada doble que había dado el timonel de guardia y que indicaban las nueve de la noche. 

         El momento de la separación había llegado, momento triste para todos, tanto para los que se quedaban como para los que partían, pero el teniente Jalour, justamente para evitar esa, tristeza, empezó a dar ordenes en alta voz al contramaestre, a los marineros y a todos; y golpeando las manos iba de babor a estribor gritando:

         –Señores: ¡Embarca lancha! ¡Embarca lancha!

         El cocinero Smith, que se paseaba a proa y no sabía una  palabra de nuestro idioma, comprendió sin embargo lo que todo aquel movimiento quería decir aproximándose al Segundo le pidió permiso para ir a tierra un momento con el  último bote y que regresaría enseguida.

         El Segundo, con el ceño adusto. le contestó en inglés:

         –No parece que usted es un viejo pícaro; ha dejado alguna novia en la isla y quiere ir a besarla por última vez; bueno puede embarcarse y si al tocar la sirena no regresa con el bote, lo dejamos para recogerlo el año que viene.

         –All right, All right ‑contestó el cocinero y fue a proa a buscar una bolsa, embarcándose el primero y ocupando del puesto de proel con el bichero en el bote. 

Los pekinés que habíamos traído en la Uruguay nos miraban desde el bote que los llevaría a tierra, con tristeza:

         –¡Hasta el año que viene! ¡Adiós! ¡Adiós! 

Media hora después regresaba el bote a bordo, Goyo Pereyra se presentó al Comandante: todo estaba listo, eran las diez de la noche y podíamos zarpar.

         La zarpada del ancla, la presentación de la proa hacia afuera de la bahía y sobre todo los últimos saludos a los confinados que dejábamos en la isla Laurie entretuvieron a todo el mundo y los pobres pingüinos quedaron arrinconados debajo de la escala de babor que comunicaba la cubierta con el castillo. 

         En tierra permanecían los pekinés alineados, observando atentamente la maniobra de nuestro buque; a Zapiola se le distinguía por la energía de sus saludos y su gorra amarillenta de pelo de camello, que en el buque se le había regalado. 

         Izada el ancla, la distancia que nos separaba de aquellos hombres fue aumentada despacito; la sirena rasgó el aire tres veces era nuestro postrer saludo a aquellos pobres seres humanos, a aquellos hermanos que en nombre de la Ciencia, por ella, abandonábamos, en un extremo del mundo, en la antecámara del polo austral, para observarlo y sorprender el secreto que en aquellas regiones se guarda, y del cual, parece, depende el bienestar de todos los demás habitantes del planeta. Será así ciertamente, pero es penoso el dejar confinados por un año a cinco seres humanos, aunque eso se haga en nombre de la Ciencia, a quien debe rendirse, a pesar de todo, pleito homenaje. 

         En la playa y gracias a la blancura del fondo, sólo se destacaban ahora cinco siluetas, que fueron desapareciendo; en el puente, encontrándome cerca de Gorro, éste me dijo, proponiéndome su prismático:

         –¡Pobre gente! Las angustias que pasen este año aquí pueden producirles una lesión cardiaca, y firman con ello un pagaré a más o menos largo plazo, pero de vencimiento seguro.

         Se veía que Gorro era médico. Yo contesté:

         –Un año pasa pronto.

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