Historia y Arqueologia Marítima

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CIEN AÑOS DE CIENCIA ARGENTINA EN LA ANTARTIDA

CAPITULO VII - A

TESTIMONIO DE JOSE MANUEL MONETA

            Hace ya mas de 20 años falleció José Manuel Moneta, un pionero de las actividades antárticas argentinas.

Como técnico del Servicio Meteorológico Nacional, Moneta intervino en las expediciones a las islas Orcadas del Sur de los años 1923, 1925. 1927 y 1929.

Durante una de sus estadas se inauguró en esas islas la primera estación de radio que aseguró un enlace permanente con Buenos Aires y, por otra parte, permitió la rápida transmisión de datos meteorológicos.

Desde 1946 a 1948 se desempeño como secretario general de la Comisión Nacional del Antártico; mas tarde cubrió diversas misiones diplomáticas, una de ellas como delegado plenipotenciario de la República Argentina ante la Conferencia Ballenera Internacional que se celebró en Washington.

En las Orcadas se conserva la casa en que vivió el señor Moneta como una reliquia histórica. Además Moneta recibió el premio de la Comisión Nacional de Cultura que quiso destacar los valores de su libro “Cuatro años en las Orcadas del Sur” actualmente convertido en un clásico de nuestra literatura contemporánea. 

            José Manuel Moneta nos dejó ese libro, además de su ejemplo de trabajo y desinterés, a manera de un testimonio de la forma en que, paso a paso, se va haciendo la historia de la nacionalidad argentina, que se construye con el trabajo de todos los días, tanto en el continente como en las estaciones y campamentos antárticos.

 FABRICACIÓN DEL AGUA 

Agua fresca y de la mejor calidad durante todo el año; tan fresca que en algunos momentos teníamos que adicionarle agua caliente para atenuar los rigores de la baja temperatura. 

He descrito anteriormente el lugar destinado para cocina. Un gran tanque de hierro galvanizado de cerca de dos metros de altura por sesenta centímetros de lado, sin tapa alguna, se hallaba al mismo lado de la hornalla de la cocina económica. De allí obteníamos el agua destinada al consumo general pues nos servía para cocinar, beber, higiene personal, etcétera. 

Una mañana Valentiner, nos dijo:

–Muchachos, tenemos que fabricar agua, pues el tanque esta casi agotado. 

Nos vestimos con nuestras gruesas ropas, calzamos las botas impermeables y como debíamos trabajar con el hielo, nos procuramos los guantes de lana que luego protegimos con los mitones de cuero. 

Cuando salimos al exterior, cada uno llevaba un pico bajo el brazo. Tomamos un largo trineo en que tres grandes cajones vacíos hacían las veces de carrocería y, arrastrándolo por las sogas, nos encaminamos a la playa de la bahía norte en ese extraño vehículo. 

La fuerte marejada, había depositado en aquel lugar un enorme bloque de hielo purísimo, débilmente azulado y surcado por varias estrías formadas por rajaduras del mismo hielo, como consecuencia de su cristalización por acción de la baja temperatura del aire, unos diez grados bajo cero.

Este hielo estaba depositado bajo en la parte media de la playa. 

El agua del mar llegaba hasta su base, pero no lo haría flotar hasta que la marea subiera aún algunos metros atrás, 

Bruhns y yo trepamos a su parte superior y con ayuda de los picos comenzamos a romper trozos de hielo de formas irregulares, que Plagge tomaba cuando caían al suelo; Valentiner y Otto habían formado una pasarela hasta el trineo. 

El agua sólida iba ocupando cajones, mientras nuestros picos continuaban su trabajo. 

A cada golpe que daba, sentía un ruido característico, similar al del cristal cuando se quiebra y como me era mas fácil trabajar en el centro de la superficie de aquella mole, golpeaba con fuerza para hundir la afilada punta del pico en aquel desprendimiento de un glaciar.

Había dado un terrible golpe y bajo mis pies escuché el ruido como de algo hueco, mientras una línea que denunciaba una posible rajadura, se formó como un relámpago, de un extremo a otro del hielo. 

Volvía a repetir la operación, pero esta vez el piso se abrió bruscamente bajo mis pies, al dividirse el bloque en dos trozos, y simultáneamente mi compañero y  yo caímos al agua. 

La profundidad allí era muy poca, solamente medio metro, pero fue lo suficiente para empaparnos íntegramente. 

Parecía que un frío intensísimo se me introducía como agujas a través del cuerpo, y en cuanto me repuse del golpe, solo atiné a echar a correr a nuestra casa, entre las risas y exclamaciones de nuestros compañeros. 

Me cambié de ropa, y al regresar poco tiempo después para continuar la tarea, vi que los cajones habían sido colmados con el agua sólida. 

Nos pusimos en marcha con el trineo cargado, pero en lugar de encaminarnos a la puerta de entrada de la casa, fuimos por el lado contrario, a la ventana de la cocina. Otto abrió esa ventana desde el interior y pasándonos los trozos de hielo entre nosotros, los hicimos llegar al tanque del agua, hasta que estuvo lleno. El calor de la cocina se encargaría de lo demás. 

Terminada nuestra tarea de fabricar agua, penetramos en el hogar, mientras filosóficamente pensaba que allá, en el norte, muy lejos, en pleno verano, los hombres luchaban por enfriar el agua templada que salía de los grifos de las casas de nuestra gran ciudad, mientras nosotros vivíamos en pleno invierno aprendiendo a convertir el hielo antártico en el agua tan necesaria para la vida del hombre.

NUESTRO TRABAJO 

Monótono, puntual, exacto; sin variación de ninguna clase, tal era nuestro trabajo científico, y digo científico para hacer una separación entre los trabajos manuales o comunes en nuestra propia vida y aquellos otros que constituían el fin primordial de la expedición. 

Realizábamos veinticuatro observaciones meteorológicas en el día, una por hora, para lo cual nos dividimos el tiempo en varias guardias. El jefe, desde las trece hasta las quince; luego venía mi turno, desde las dieciséis hasta las veintidós en que entregaba mi guardia a Plagge, que permanecía en su puesto de trabajo hasta las cuatro o cinco de la mañana. A esa hora comenzaba Bruñís hasta mediodía, luego Valentiner, y así sucesivamente todos los días en el mismo orden. 

Estas guardias meteorológicas consistían en observaciones puramente de esa índole. 

Hagamos una:

Estoy de guardia sentado en la mesa de trabajo y faltan cinco minutos para las seis de la tarde. El resorte que acciona las campanas del reloj del salón en que me encuentro ha producido el sonido característico que prepara los martillos que golpearan las campanas dentro de cinco minutos, a la hora exacta.

Me levanto de la silla y mecánicamente, por la costumbre de la rutina, tomo del escritorio un lápiz y la libreta de observaciones y me dirijo a revisar los instrumentos instalados dentro del salón. Observo el anemógrafo, aparato que desde el exterior va registrando eléctricamente la velocidad del viento.

Anoto: Setenta y ocho kilómetros por hora; fuera, escala de Beaufort: diez.

De allí me dirijo al otro extremo del saloncito, al lugar en que se encuentra el registrador automático de las direcciones del viento, que señala la veleta instalada sobre el techo de la casa en que vivimos. Observo que la pluma se encuentra señalando la dirección SW, o sea sudoeste, y anoto lo mismo.

Ahora falta un minuto para la hora exacta y entonces me encamino a la vitrina de los barómetros, ubicada en la pared, sobre el centro del salón y entre las puertas de los dormitorios de Valentiner y el mío.

Leo la temperatura del termómetro del barómetro que nos sirve de patrón, pues tenemos dos, uno para caso de roturas o fallas y anoto también esa temperatura: dieciocho grados dos décimas (sobre cero)

Esta temperatura me sirve para controlar el calor del ambiente en que vivimos, algo más de dieciocho grados sobre cero, que es una temperatura muy agradable, e instintivamente doy vuelta y miro hacia la estufa para ver si tiene suficiente carbón en su hornilla.

Prosigo la observación barométrica; enraso el índice y luego el vernier, y leo: presión atmosférica sin reducir por temperatura, 745 milímetros. Enseguida miro el barómetro y anoto la altura que su pluma esta registrando, el valor es parecido al del barómetro y anoto los dos simultáneamente miro la curva que el barógrafo ha trazado sobre la banda de papel y observo que esa curva es oblicua hacia abajo y bastante pronunciada.

–Esto acusa mal tiempo– me digo, mientras pienso que de todas aquellas anotaciones ahora deberé hacer las dos mas duras, pues debo salir al exterior.

Dentro de la casa estoy vestido con mi ropa interior de lana, sobre la que llevo un pantalón grueso y una tricota, dos pares de medias y zuecos con suela de madera para conservar los pies abrigados.

Me visto para afrontar el temporal que reina afuera.

Abandono los zuecos, me coloco un grueso pantalón impermeable, luego las pesadas botas. Arriba otra tricota; el saco de cuero, una ancha bufanda de lana, el pasamontañas y luego tomo los guantes.

Al salir me coloco la linterna de kerosén debajo del brazo y estoy listo para afrontar los rigores del clima. Paso por la cocina con este traje polar, que más bien se asemeja a un equipo de buzo; llego al corredor, abro la puerta y ya estoy afuera; cierro inmediatamente la puerta para evitar que entre nieve.

Sopla un viento terrible. Finísimos cristales de hielo semejantes a agujas se me incrustan en la cara. Obscuridad completa. Avanzo a tientas. He caminado treinta pasos hacia delante y ya estoy parado frente ala garita meteorológica, en la que se encuentra un psicrómetro, termómetro de máxima y mínima, higrógrafo y un termógrafo. Leo y anoto como puedo las indicaciones de aquellos aparatos, y cuando estoy por volverme, una fortísima ráfaga de viento apaga la linterna, pero ya no la necesito.

Quiero mirar el cielo para observar qué clase de nubes lo cubren, pero los cristales de hielo me lastiman hasta los ojos. Sin embargo, obtengo el dato puedo regresar.

Corro hacia la casa y en pocos segundos me encuentro nuevamente  al lado del fuego. Cuelgo la ropa suplementaria, avivo las brasas de la estufa y luego comienzo a tabular y controlar mis observaciones meteorológicas, que, como de costumbre y en forma reglamentaria, he efectuado en sólo cuatro minutos, tanto las tomadas en el interior de la casa como las exteriores. 

Esta es nuestra simple y rutinaria labor, día y noche, durante semanas, meses, todo el año.

Cada campanada del reloj anunciando las horas, ya sabemos lo que significa. No se falla ninguna vez; siempre esta atento, alerta observando el lento movimiento de las agujas.

Es sencillo y simple, pero muy duro, sobre todo durante la noche, y más para aquel que debe levantarse de la cama a la madrugada para salir enseguida al exterior, en donde el viento helado parece penetrar hasta la médula de los huesos.

Además, la guardia nocturna debe velar por el mantenimiento del fuego vivo en las estufas, y ésta es una gran razón para justificar nuestro agradecimiento a los que cumpliendo con su deber, simultáneamente velan por nuestro sueño. 

25 DE MAYO DE 1923 

Fiesta patria en las islas Orcadas. La noche de la víspera, Otto recibió instrucciones para que preparara algún menú especial para el almuerzo y cena del 25 de Mayo. En Orcadas, las fiestas patrias, los feriados de solemnidad y los cumpleaños de los expedicionarios, traducen su clásico festejo en la comida mejorada. 

Siempre afirmaré que en las Orcadas, sentarse a una mesa bien provista es el único placer que se puede hallar a mano. Por eso, estar ante una cena o un almuerzo extraordinario, con su botella de vino común, es un acontecimiento digno de recordar, sobre todo si se trata de una fecha que ningún argentino pasara por alto jamás. 

Hacía tres meses y pocos días mas que vivía en las Orcadas, en compañía de cuatro hombres extranjeros, alguno de los cuales habían adoptado mi nacionalidad.

Nos llevábamos cordialmente, pero tenía especial interés en conocer qué actitud asumirían para festejar la fausta fecha del país que los había prohijado. De allí que en esos momentos prefiriera no tomar ninguna iniciativa y dejar que hicieran sus propios deseos. 

El 24 por la noche, después de la cena, me propusieron pasar la velada reunido para esperar hasta medianoche. Acepté gustoso y nos quedamos reunidos junto al fuego, sorbiendo muy despacio nuestro vaso de whisqui, mientras referíamos y escuchábamos anécdotas y cuentos de diversos matices. 

Minutos antes de medianoche, Bruñís puso a punto su cronómetro de bolsillo un cuarto de hora antes que el reloj señalara las veinticuatro horas me hicieron vestir para salir al exterior. Luego me entregaron un máuser para hacer las salvas con que festejaríamos la llegada de aquel 25 de Mayo. Todos se habían provisto de armas largas y nos encaminamos en dirección a la bahía norte, para reunirnos al pie del mástil de la bandera.

Corría el implacable viento helado del sudeste y la nieve que se desprendía de las nubes era arrastrada con fuerza incontenible. 

Noche completamente cerrada, obscura. 

Llegamos a destino y nos preparamos, Bruñís seguía atentamente la marcha del segundero de su reloj y de repente nos gritó:

–¡preparen!. .

simultáneamente abrimos y cerramos los cerrojos de las armas.

–¡Apunten!. . .

Dirigimos los cañones de las armas hacia el norte.

Y de improviso una voz de mando:

–¡Fuego!

Cinco dotaciones simultaneas atronaron el espacio y cinco armas arrojaron un relámpago rojizo por sus bocas. 

Eran exactamente las cero horas de aquel 25 de Mayo de 1923.

Así lo esperábamos allá, en el sur ... 

A la carrera regresamos a la casa, pues el frío arreciaba y en cuanto entramos al salón, mi emoción no tuvo límites al escuchar los primeros acordes del Himno Nacional grabado en un disco que Plagge había colocado en la vitrola. 

No pude contener las lágrimas y aunque en realidad no me sentía abandonado en un inaccesible rincón del mundo, sentía la responsabilidad de ser el único argentino que allá, en el Antártico, representaba en ese momento nuestra gran nacionalidad. 

Por la mañana, mis compañeros me despertaron a las nueve, y en cuanto me incorporé en la cama escuché los compases marciales de la marcha de San Lorenzo que reproducía la vitrola. 

Abrí los postigos de mi ventana y al mirar instintivamente hacia el norte, como lo hacía siempre, vi una gran bandera azul y blanca con un sol dorado, extendida como una tabla en el mástil de la playa.

En cuanto estuve vestido, salí al salón y allí recibí otra sorpresa. Un buen retrato del inmortal San Martín, envuelto en otra bandera argentina, había sido colocado sobre una de las paredes. 

Nos sentamos a la mesa a la hora acostumbrada y ese día, tuvimos en el menú, en reemplazo del pavo relleno, las perdices en escabeche conservadas en tarros.

A los postres, Otto presentó una nueva sorpresa ante mi vista. Trajo a la mesa una monumental torta, cuya cima había sido adornado con banderas de los estados del mundo rodeando a una bandera nacional.

Nuestro almuerzo fue verdaderamente suculento; no faltó el vino, de cuyas botellas participó Otto y que Valentiner nos obsequiaba de su escasa provisión particular.

Todo el día lo pasamos amigablemente y aunque no realizamos ninguno de los trabajos importantes conceptuados como extraordinarios, hicimos común inherente a la misma, pues en lo que respecta al trabajo que justifica los fines de la expedición, no hay interrupción posible, por el asueto que pueda otorgar la rememoración más importante. 

En unas horas de la tarde, a la puesta del sol, me encaminé silenciosamente hasta el mástil de la bandera.

No había viento, y el cielo se encontraba cerrado por la invariable capa de estratos.

El suelo estaba cubierto por un metro de nieve en la que me hundía hasta la rodilla. Me detuve al lado del mástil en el que flameaba mi bandera.

Miraba la bahía norte, aún libre de pack-ice; allá lejos la isla Montura y luego el horizonte infinito del mar...

Más allá, mucho más allá, siempre al norte, estaba la vida, la civilización, la humanidad. 

Las tinieblas de la noche de ese 25 de Mayo comenzaban a caer sobre el inmenso manto blanco, que no era más que un punto sobre el casquete polar, pero sobre el cual, para bien de toda la humanidad y de la ciencia, flameaba una bandera azul y blanca que gallardamente resistía los embates de los implacables vientos antárticos. 

UN ACCIDENTE 

            Nos sentamos en lugares cercanos a la estufa y luego Valentiner comenzó así: 

            “En 1920, Guillermo Kopelmann era el jefe de la comisión. Por segunda vez se encontraba en estos lugares, ya que también había formado parte de la expedición del año 1914. Actuaba como segundo, Bruno Collasius, de la misma nacionalidad que Kopelmann; eran ambos alemanes. El resto del personal lo formaban Augusto Tapia y Alejandro J.B. Boracchia, argentinos. Como cocinero actuaba Jorge Piper, también alemán.

“El 6 de julio de ese año. Tapia cumplía normalmente su guardia de mañana, cuando después de realizar la observación meteorológica de las ocho, se vistió con la ropa usual y necesaria para salir al exterior y tomando el termómetro de mar, se dirigió a la bahía del sur, para efectuar la observación correspondiente.

“Estas periódicas y diarias salidas no llamaban la atención de sus compañeros, habituados ya a las momentáneas ausencias, por cuanto era costumbre establecida que Tapia hiciera las observaciones mencionadas.

“Pero lo que poderosamente llamó la atención al segundo jefe Collasius, fue que, al sonar las campanadas de las nueve horas, Tapia no hubiera regresado aún.

“La alarma cundió inmediatamente entre todos los expedicionarios que, prestamente, se prepararon para correr en su busca. Primero siguieron las huellas dejadas en la nieve y que se encaminaban a la bahía del sur; pero una vez que llegaron a ese destino comprobaron que Tapia había realizado allí su trabajo, y volviendo sobre sus pasos, observaron que las pisadas, perdiéndose en el istmo, se dirigían a la bahía norte cuya superficie aún no se había congelado.

“Corrieron en esa dirección, encaminándose directamente a la playa cercana al cementerio y en la cual se hacían esa clase de observaciones, pero allí tampoco notaron nada que indicara la presencia de Tapia; no había huellas que señalaran su paso.“ 

"Comenzaron entonces a recorrer la playa en toda su extensión. y en determinado momento Collasius observó que desde lo alto de la barranca perpendicular de hielo y nieve sostenida en la tierra firme del istmo, y que habla ido cortada en esa forma por el oleaje del mar, se desprendían algunos trozos de hielo que luego flotaban en el agua llevados por el huracán del sudeste, que en ese momento corría con máxima intensidad.

"Tomando muchas precauciones, Collasius se asomó a esa barranca, cuya altura sería de tres metros aproximadamente, y con asombro pudo ver a su camarada parado sobre la playa, apoyando su cuerpo contra la pared de hielo y con sus manos enterradas en la nieve de ese muro blanco, sosteniendo así su cuerpo, para no caer dentro del agua del mar que ya le llegaba hasta la rodilla.

"Hacia cerca de una hora que Tapia se encontraba en esa posición. La mojadura que sufrió al desprenderse el bloque de hielo sobre el que se habla parado, la pérdida de sus anteojos y la misma impresión recibida, contribuyeron a que en el primer momento luchara por escalar la pared de forma irregular, sin conseguirlo, quedando en esa posición hasta que sus compañeros fueron en su socorro.

"Tapia perdió el conocimiento en el mismo momento que lo vio Collasius y éste, enseguida, saltó a la playa para sostener su cuerpo, mientras los demás dirigidos por Kopelmann, se proveían de sogas y una escalera, que luego utilizaron en forma de angarilla para trasladar al accidentado hasta la casa habitación.

"No sin trabajo levantaron su cuerpo inanimado, pues era muy peligroso que sus brazos o piernas sufrieran algún golpe o movimiento brusco, ya que estaban endurecidos por el frío.

"El transporte hasta la casa demandó mucho tiempo, pues aunque la distancia a recorrer no era mayor de doscientos metros, los expedicionarios se sumergían en la nieve hasta mas allá de la rodilla y cuando uno caía, los demás debían detenerse para levantarlo.

"Las reglas mas elementales para hacer reaccionar el cuerpo helado de un hombre enseñan que jamás se lo debe entrar bruscamente de un ambiente frío a uno cálido. Siguiendo la misma, Tapia fue colocado en el pasillo de entrada a la casa, cuya temperatura ambiente era de varios grados bajo cero ya que no existía calefacción allí.

"Lo desnudaron e inmediatamente frotaron su cuerpo con grandes puñados de nieve. Por momentos, su pálida piel tomaba coloración de vida pero desde el primer instante sus compañeros habían observado que sus brazos y especialmente las manos, estaban tan blancos como el papel.

"Lentamente Tapia volvía a la vida, sus miembros no tenían ya la rigidez del primer momento y mientras continuaban frotándolo con la nieve helada, percibieron que de su boca partía un leve quejido.

"Muchas personas conocen los agudos dolores que se sienten en un dedo de cualquier extremidad, cuando éste, si ha estado a punto de congelarse. Parece como si una locomotora triturara los dedos que se hubieran apoyado sobre los rieles.

"Juzguen ustedes –nos decía Valentiner– los agudos dolores que habrá sufrido Tapia cuando después de recobrar el conocimiento, sus camaradas, con solícita atención, volvían su cuerpo a la vida

–¿Y luego?– inquirí.

"Después viene lo mas terrible de este doloroso accidente, la amputación de ocho dedos de las manos de Tapia." 

Todos manteníamos la atención mientras Valentiner prosiguió. en esta forma: 

INTERVENCION QUIRURGICA 

"Pocas horas después del accidente. Tapia se encontraba aparentemente bien. Se lo había acostado en la cama del jefe y, como sus compañeros observaron que los dedos de sus manos estaban inanimados, blancos y sin vestigio alguno sanguíneo, fue necesario colocarle las manos en contacto permanente con algún objeto bien frío, para lo que se le practicó un vendaje que, sosteniendo sus muñecas sobre la cabeza, le permitiera abrazar entre las manos un botellón colmado de nieve.

"Al día siguiente, grandes ampollas aparecieron en los dedos de las manos y, revisándolas, Kopelmann pudo observar algunos puntitos negros que aparecían en la epidermis sin vida.

"Entre los expedicionarios se formó algo así como un consejo de ex­pedicionarios, en el que estuvieron todos presentes y en el cual resolvieron someter al paciente a un activo tratamiento de desinfección de sus ampollas. Era lo único que podía hacerse para tratar de salvar las manos de Tapia, ya que todos los síntomas indicaban la presencia local de la terrible gangrena.“ 

"Diariamente se le practicaban varias curas y así se continuó durante dos terribles e interminables meses.

"No había determinación posible que pudiera tomarse para enviar a Tapia al continente, pues hubiera sido un increíble milagro que algún buque ballenero se hubiera avistado en esa oportunidad, ya que el mar estaba congelado hasta más allá del horizonte.

"Además –continuaba Valentiner– en aquella época, como ahora, no había radiotelegrafía en el observatorio, de manera que ningún socorro exterior podía esperarse.

"Pasaban los días y a medida que las hojas calan del calendario, todos veían con terror que los desinfectantes usados para curar las manos del camarada disminuían en forma alarmante.

"Nadie quería pensar en lo que podría suceder en caso de terminar los mismos y en rostro de cada uno se reflejaba la ansiedad que tal hecho les causaba.“

"Las manos del paciente continuaban mal. Los dedos se habían hinchado en forma desmesurada y una tras otras aparecían gruesas ampollas sobre su superficie. Ese informe montón negruzco de carne, indicaba, sin duda alguna. la presencia del terrible mal.

"La gangrena estaba presente con sus inequívocas manifestaciones, y a medida que trascurría el tiempo urgía tomar una determinación para contrarrestar los efectos, siempre crecientes de esa irreparable alteración de los tejidos. Podría sobrevenir un envenenamiento general de la sangre y en tal caso todo terminaría...

"Quedaba un último recurso, pero nadie tenía el suficiente valor para señalarlo a los demás. Era un remedio heroico que las circunstancias imponían amputación de las partes dañadas, de los tejidos muertos de los dedos que formaban las manos insensibles de Tapia.“ 

“Por fin el mismo enfermo, que desde el primer momento y con toda entereza y sangre fría había estudiado el proceso de su dolencia, llamó a Kopelmann y le dijo:

–Estoy convencido que mis manos no tienen remedio; ya no quedan desinfectantes para las curas y la gangrena continúa subiendo...

–Algo podrá hacerse todavía..

–No, no queda más que un solo recurso. Confío en usted y en todos los demás.

–Pero...

–No existe otro remedio, Kopelmann, ni otro procedimiento mas adecuado. Aquí tiene mis manos. Le ruego haga lo que corresponda...

–Esta es una gran responsabilidad –arguyó Kopelmann– Déjeme conversar con los camaradas y de acuerdo resolveremos.

–Como usted quiera; estoy dispuesto al sacrificio de mis dedos y usted bien sabe que cuanto antes se haga, mejor será.“ 

“Corría ya el mes de setiembre. Habían trascurrido más de dos meses de la fecha del accidente y nadie hablaba del epílogo que pudiera tener, pues ninguno tenía experiencia como cirujano y, en verdad, se necesitaba mucho valor para realizar tal operación.

"Por fin se decidieron. El jefe tendría la responsabilidad de las amputaciones y un día labraron un acta en la que se especificaba que como último recurso para salvar la vida de Tapia, procedían con su consentimiento a la amputación de cuatro dedos de cada una de sus manos, exceptuando el pulgar, que se conservaba en mejores condiciones que los demás.

"El mismo Tapia, tomando la lapicera entre los gruesos vendajes que cubrían sus manos, rubricó el acta en que se legalizaba esa primitiva amputación.“

"No se dio anestesia. pues tampoco lo había en el observatorio ni para insensibilizar en forma local.

"Una a una, la segunda y tercera falange de sus dedos fueron cayendo, mientras Kopelmann las separaba hábilmente con el único bisturí que tenían. y para cortar los tendones y nervios se ayudaba con una modesta tijerita de las uñas.

"Inútil es describir los agudos sufrimientos de Tapia. Una botella de coñac estaba al alcance de la mano de sus compañeros que sostenían sus brazos y su cuerpo y cuando la entereza de aquél parecía flaquear, un buen trago lo reanimaba un tanto y la terrible operación proseguía hasta que le separaron el octavo dedo". 

Verdaderamente, se necesita un valor a toda prueba para exponerse a situación parecida, tanto de parte de Tapia como de sus compañeros. 

Pero una vida había sido arrebatada a la gangrena. 

Nadie más que esos hombres podrán referir los crueles momentos que vivieron en tal situación y en los instantes terribles de esa valiente operación habrá vibrado en los mismos la fibra más íntima de su valor humano y también habrán implorado, entre sus apretados labios, una oración reclamando aquella buena voluntad de Dios que, muchas veces, hasta los más escépticos demandan en el cotidiano vivir de las Orcadas.

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