Historia y Arqueologia Marítima

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CIEN AÑOS DE CIENCIA ARGENTINA EN LA ANTARTIDA

CAPITULO VII - B

TESTIMONIO DE JOSE MANUEL MONETA

1927 Durante los meses que viví en Buenos Aires, después del regreso de la segunda expedición, dediqué todos mis desvelos a la formación de la tercera expedición en la que actuaría con el cargo de jefe. 

En verdad, tenía deseos de regresar nuevamente a las Orcadas, para tener la vanidosa satisfacción de ser el primer Jefe argentino que mandara una de aquellas expediciones y, a la vez, el que llevara la primera comisión compuesta totalmente por personal de mi misma nacionalidad. Por otra parte, me impulsaba a intentar esta nueva aventura el hecho de que posiblemente fuera yo quien inaugurara el servicio radiotelegráfico en aquellas lejanas tierras polares. 

Además, la película cinematográfica filmada por ml durante el año precedente, había sido destruida por un incendio ocurrido en la empresa que la había financiado, por lo que me propuse hacer otra, basado en la experiencia adquirida. 

Fue así como, a mediados del año 1926, fui designado para ocupar el cargo de futuro jefe de la nueva expedición y haciendo uso de la facultad que en aquella época se acordaba a los jefes de esas expediciones, designé en forma directa mis colaboradores, que escogí entre las personas conceptuadas como capaces para soportar aquella vida. 

En lo que respecta a la futura instalación radiotelegráfica de las islas Orcadas, su construcción fue encomendada al servicio de Comunicaciones Navales de la Armada Nacional, entidad prestigiosa que constituía una garantía de la calidad de los instrumentos con que se dotaría a la expedición y que tuvo en cuenta, al realizar esos trabajos preparatorios, el fracaso anterior y las enseñanzas obtenidas del mismo. 

En octubre de ese año, la expedición quedó constituida en la siguiente forma:

Como segundo jefe, mi inseparable compañero y amigo Miguel Ángel Jaramillo, que durante varios meses estuvo perfeccionando su preparación en el Observatorio Magnético de Pilar, provincia de Córdoba. Este gran amigo, desaparecido prematuramente, fue un eficaz colaborador de mis afanes durante la permanencia en las lejanas islas donde, en reiteradas ocasiones, mostró entereza de ánimo y espíritu infatigable para sobrellevar aquella ruda y pesada vida. La acción de Jaramillo, al acompañarme en la aventura, era tanto mas meritoria si se tiene en cuenta que abandonaba actividades remunerativas para seguirme a lugares en donde las posibilidades económicas están limitadas a una modesta paga y en donde la gloria de un brillante porvenir se consigue de acuerdo con las recomendaciones personales que posteriormente se obtengan. 

Como primer ayudante había propuesto a Pedro Martín Casariego, y para el cargo inmediato a Luis Fallico, ambos argentinos. 

Para ocupar el cargo de radiotelegrafista, empleo importante en esta eventualidad, se designó a Emilio Baldoní, elección en la que estuvieron de acuerdo las autoridades del Servicio de Comunicaciones Navales y la Dirección de Meteorología. Los antecedentes de este Joven suboficial de la Marina de Guerra, eran inmejorables, pues había sido alumno aventajado en sus estudios, y posteriormente, se lo había becado para que perfeccionara sus conocimientos en Alemania. 

Desempeñaría las funciones de cocinero Conrado Becker, alemán de origen, pero naturalizado argentino y poseedor de una vasta experiencia en el arte de preparar comidas a base de conservas, pues se había desempeñado en infinidad de buques mercantes, con los que navegara por todos los mares del mundo. 

Se habla completado la. expedición con argentinos nativos, con la única excepción del cocinero, que estaba bajo el amparo de nuestra patria por medio de su carta de ciudadanía. 

¿FRACASO? 

Dos años en el Antártico habían sido suficientes para curtirme en aquella vida, en la que las únicas novedades que podía hallar estaban supeditadas a la convivencia con mis camaradas criollos, a la absorción de una gran parte de las horas del día por los trabajos de la instalación radiotelegráfica y el arreglo de todo el instrumental de magnetismo terrestre, cuya marcha había sido interrumpida durante el año precedente. 

En los momentos de descanso. que estaban limitados a los escasos minutos que permanecíamos sentados en torno a la mesa en la que comíamos, refería a mis camaradas todo lo que conocía sobre las Orcadas, y de ese modo, poco a poco, aquéllos adquirieron su experiencia personal. 

Al finalizar febrero habíamos dado cima a los más importantes trabajos y ya estábamos más cómodos, y muy pronto la vida sedentaria y normal influiría para que recuperáramos los kilos perdidos en el traba­jo de esclavos al que con tanto ahínco nos entregáramos durante tres meses. 

La segunda quincena de febrero se acercaba y, una mañana mientras ayudaba a Baldoni en la instalación del transmisor me dijo:

–Creo que pronto estará listo.

–¿Cuando?– le pregunté.

–Posiblemente para la otra semana. 

Pero llegó fin de mes y el trasmisor no funcionaba, a pesar del trabajo que con dedicación hacíamos Baldoni y yo durante todo el día, sin descansar un momento, pues ambos habíamos tomado aquello como asunto de amor propio. 

            Bajo la dirección de aquel incansable muchacho, que era un verdadero técnico en toda la acepción de la palabra, desarmamos el trasmisor una y otra vez, pero siempre con el mismo resultado desalentador; no funcionaba. 

Corrían los días mientras hacíamos cambios por aquí, arreglos por allá y en medio de la perplejidad de aquel posible fracaso, sólo una cosa práctica se había obtenido hasta entonces: luz eléctrica definitiva en el observatorio, provista por el equipo electrógeno que había reemplazado al antiguo instalado en el año 1925, y por medio del cual teníamos luz hasta en medio del istmo, pues en el camino a la casa de variación instalamos un mástil con una luz, que alumbrara como un faro en las noches de invierno. 

Mas, a pesar de la nerviosidad evidente de Baldoní por el mal funcionamiento del trasmisor, yo tenía plena confianza en él. y era optimista, aún contra la misma evidencia que se presentaba ante nosotros. 

Una tarde, mientras trabajábamos entre cables eléctricos de todos los tamaños, con las manos ampolladas por el destornillador. Me dijo Baldoni al terminar de ajustar el trasmisor:

–Pondremos los motores en marcha y si ahora no funciona... 

Había un dejo de desaliento en sus palabras, y mientras el motor de explosión comenzó a aturdirme con su escape, observé que mi camarada conectaba varias palancas y que luego, apretando el manipulador, se volvía para decirme con tono desalentador:

–No hay carga... ¡Nada, nada!...

Y luego miraba fijamente un amperímetro colocado sobre la salida del cable de antena.

Me hizo una Seña y detuve la marcha de los motores; luego me dijo:

–Francamente...¡creo que no entiendo nada!... No comprendo cómo puede haber tanta pérdida de energía... Esto no marcha...

Por mi parte no tenía grandes conocimientos de radiotelegrafía, pero me permití aventurar una opinión:

–Usted me dice que siempre hay pérdidas. ¿Pérdidas por la línea de la instalación de luz eléctrica?

–No, por allí no es. Ya he estudiado el punto, y aunque desconecte esa línea eléctrica, la pérdida en la carga que debe tener la antena subsiste igual.

–¿Y entonces? –pregunté.

–La anomalía debe estar el otro lado y no puedo dar con ella.

–Quiero hacerle una pregunta. ¿La trasmisión sale?

–Salir, debe salir...–me respondió–.Pero no con la potencia calculada

–Supongamos otra cosa –dije–. Con la potencia con que la trasmisión sale actualmente, ¿se puede llegar a alguna parte,... ¿Hasta Ushuaia por ejemplo?

–No podría decirlo, tendría que “escucharme” yo mismo.

–Hagamos una cosa –propuse– Mañana puedo ir con cualquiera de los muchachos hasta punta Martín o Isla Ailsa u otro lugar lejano, pero que se encuentra a la vista del observatorio. Llevaré uno de los receptores, y usted. a la hora que convengamos, hará con el trasmisor algunas señales que yo pueda interpretar. Le contestaré con las banderas del código internacional de señales dándole noticias sobre la forma en que escuche su trasmisión.

–Es una buena idea –me respondió Baldoni–. Así podré conocer lo que sucede dentro de este aparato. 

EMOCION 

            Aquello se estaba convirtiendo en una pesadilla. Poco me hablaba con Baldoni cuando nos encontrábamos en la radio, pues lo veía confundido, perplejo, ante aquel fracaso que se nos venía encima.

Por mi parte, yo nada podía hacer más que secundarlo en la  laboriosa tarea de revisar mil veces cada cabo, cada borne, cada conexión de aquel intrincado enjambre de alambres, aparatos y máquinas.

Una noche, el 30 de marzo, un día justo antes del plazo que había fijado como límite para obtener comunicaciones con el continente, a eso de las once de la noche, llamamos nuevamente a todas las estaciones costaneras argentinas.

El manipulador. impulsado por el firme puño de Baldoni decía: 

"CQ ... CQ....CQ... de L T R ...L T R ...L T R... Orcadas, Orcadas. Orcadas.

Llamada general de Islas Orcadas del Sur... de las Islas Orcadas.

Contesten llamadas muy largas para poder sintonizar...Llamada de Orcadas del sur...”

–¡Pare! ...Basta jefe. 

   Y otra vez a escuchar. Siempre me colocaba los teléfonos, aunque el dial del receptor estuviera en manos de Baldoni, que luego me decía, mientras su rostro denotaba la más profunda atención:

 –No, esta no es… Puerto Belgrano trabajando con un buque... Esta tampoco. Cabo Vírgenes que da un despacho a San Julián…

–¡Un momento!  –exclamaba yo– ¿Y ésta?...

–No, tampoco, Malvinas trabajando con Georgia del Sur. 

Seguía la búsqueda paciente que duraba más de media hora; luego otra vez:

–¿En marcha?

–¡Listo!

Y a poco volvían a escucharse las roncas explosiones del motor, que hacían retumbar las paredes de la casita. 

Mientras aquello funcionaba y Baldoni continuaba haciendo angustiosos llamados,  me acercaba a una ventana y, pegando la frente a los vidrios helados, miraba afuera la azulada llamarada que despedía el caño de escape y que con extraños fulgores se reflejaba en la nieve. 

–¡Pare! –gritaba Baldoni, en medio de aquel ruido ensordecedor. 

Y de nuevo a escuchar mensajes que no eran para nosotros y que a mí se me antojaban llegados de ultratumba.

En Orcadas –pensaba– escuchando la palabra del mundo suspendida del éter y sin que el mundo tenga noticias de nuestra existencia..

Nuevamente me colocaba los teléfonos y otra vez a buscar ondas.

De nuevo aparecía la radio de las Malvinas; luego Montevideo contestando... después un buque inglés llamando en general como nosotros.

Las estaciones argentinas parecían haber desaparecido bajo tierra, pues todas estaban silenciosas. 

–Otra noche sin comunicación– me dijo Baldoni.

–Escuchemos un poco más, pudiera ser...– insinué.

Pero creía que mi sugestión no iba a tener éxito, pues comprendí que Baldoni, muy nervioso y moralmente cansado, corría el dial del receptor de un extremo a otro. 

De pronto:

–¿Qué?...– grité.

–¡Un momento!... ¡Un momento! –respondió  Baldoni.

–¡No mueva el dial!... –grité nuevamente –¡no mueva el dial! 

Y en los teléfonos que teníamos adheridos a los oídos pude percibir en signos de Morse las letras: 

“L R T ... L. R T … 

Y aquéllas se repetían en rítmicos intervalos. 

–¡Nosotros! –gritamos al unísono, mientras se nos crispaban los puños en un rictus de nerviosidad.

–¡Nosotros!… ¡Al fin!... ¡Al fin!...

–¡En marcha! –me gritó Baldoni y luego, deteniéndose con una mano se rectificó.

–No, un momento... ¿Quién nos llama?

En los teléfonos pude percibir:

"L R T .. L R T ... de L I K... L I K... L I K..."

–¡Nos llama Ushuaia!…–exclamamos a un tiempo.

–Ahora sí ¡en marcha!

Y en menos de diez segundos las maquinas trepidaban desarrollando toda su fuerza y mientras Baldoni contestaba al prolongado llamado de Ushuaia, yo me lancé al salón de la casa-habitación en donde. con toda la fuerza de mis pulmones. Grité:

–¡Arriba muchachos! ¡Arriba todos!  ¡Comunicación, comunicación con el mundo! 

Regresé a la carrera para atender el servicio de los motores. 

Luego, a través del receptor. L I K Ushuaia contestaba en Morse:

–Los escucho muy bien. Hace una semana que estoy oyendo sus llamados y que les contesto.

Asombrado me miré con Baldoni.

–Una semana que nos escuchan –dije, y el asintió con su cabeza mientras proseguía captando el mensaje:

–El personal que de esta estación de radio. Ushuaia desea que todos ustedes se encuentren bien. Esperamos todo su trabajo. Deme los mensajes que tenga, pues los retransmitiré en seguida. Los espero... 

Mis compañeros, algunos en ropas menores, nos rodeaban silenciosamente, y en sus rostros era bien visible la emoción que los embargaba.

Tomé los formularios de telegramas y, rápidamente, escribí lo siguiente. pues era mi deber:

“Excmo. Presidente de la Nación Argentina, Buenos Aires.

Con motivo de la inauguración de la estación radiotelegráfica mas austral del mundo, los componentes de la expedición argentina en las Orcadas del Sur, tienen el alto honor de presentar sus respetos a V.E. motivados por esta oportunidad".

Firmé de mi puño y letra y, a continuación, escribí otros tres telegramas de salutación dirigidos a los ministros de Agricultura y de Marina y al Director general de Meteorología, de qui  ꑋꑋꑋꑋꑋa al día siguiente, y cuando hubo terminado su labor, dije a mis camaradas:

–Ahora, muchachos, a tomar unas copas!

Salimos en tropel y, en cuanto llegamos al salón, una docena de botellas aparecieron sobre la mesa.

–Antes –les dije– vamos a beber una botella de champaña.

Descorché la botella y, cuando la hube servido, levanté mi copa y les hablé así:

–¡Muchachos!... Ya tenemos comunicación con el continente y este éxito se debe a todos por igual...¡Muchachos!...

¡Ya no estamos solos!... ¡Arriba todos! ¡Viva la Patria!...

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