Historia y Arqueologia Marítima

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CIEN AÑOS DE CIENCIA ARGENTINA EN LA ANTARTIDA

CAPITULO VII - C

TESTIMONIO DE JOSE MANUEL MONETA

MI CUARTA EXPEDICION 

El silencio de la estación radio telegráfica de las Orcadas contribuyó a que la expedición de 1929 fuera alistada con celeridad, pues era necesario conocer las causas de la interrupción de las comunicaciones y llegar allá con tiempo suficiente para tratar de subsanar los desperfectos que se hubieran producido en las instalaciones. Esta fue la versión que se hizo correr y no aquella otra sobre el posible fallecimiento de Escobar, que se hizo lo posible para mantener en reserva hasta que pudiera confirmarse.

La mañana del 21 de enero de 1929 nos reunimos a bordo del transporte de la Armada Nacional 1°  de Mayo que, por segunda vez, realizaba un viaje a las Orcadas. Comandaba ese buque el  entonces teniente de navío Francisco J. Clarizza, y entre su plana mayor figuraban oficiales seleccionados, algunos de los cuales ya hablan viajado a los mares australes con la corbeta Uruguay

EN MI CASA POR CUARTA VEZ... 

Cuando llegué a la casa-habitación, en donde con muestras de regocijo nos recibieron todos los expedicionarios, mantuve una larga conversación con Bruhns, el jefe a quien iba a relevar, y el que me dio todos los detalles del fallecimiento del infortunado Escobar. 

–Enfermó gravemente –me decía–, pero tuvo suficiente entereza para. no dejar traslucir lo delicado de su estado. Yo mismo no tuve información de su gravedad, pues los telegramas que usted me dice envió a Buenos Aires solicitando detalles para su curación, me eran totalmente desconocidos. Todo lo que puedo decir –agregó después– es que Escobar tenía un completo botiquín particular en el que había infinidad de medicinas de diversa índole y de las que hacia uso a su antojo. Esto lo han comprobado mis camaradas de expedición. 

Después, Bruhns  alargó una hoja de papel en la que se había labrado el acta de defunción de Escobar, decía así: 

ACTA 

Referente al fallecimiento del radiotelegrafista, Suboficial primero:

FORTUNATO A. ESCOBAR

ocurrido el 27 de Octubre de 1928 en el Observatorio Nacional de las Islas Orcadas del Sur. 

El 27 de octubre. a las 19 horas, hallamos al radiotelegrafista Escobar tendido en el suelo de su dormitorio de la estación radiotelegráfica. Su cuerpo estaba de espaldas, en posición natural y los brazos tendidos a lo largo del cuerpo.

Tenía los ojos cerrados y las facciones contraídas. Parecía haber vomitado, pero probablemente después de la pérdida del conocimiento o de la muerte, porque su vómito había corrido por su cara en dos chorros iguales. La ventana del frente de la habitación estaba abierta y la estufa se encontraba apagada. Inmediatamente levantamos el cuerpo de Escobar y lo colocamos en su cama, dándole fuertes fricciones con amoníaco sobre el corazón. Mientras tanto, la ventana fue cerrada en la mejor forma posible y encendimos la estufa. Pero pronto nos convencimos de que todo era en vano y que Escobar había fallecido, pues no se podía percibir ninguna palpitación del corazón, ni aliento que se escapara de su boca. Los párpados, endurecidos, no se podían abrir, y su cuerpo conservaba solamente en las axilas un poquito de calor. Poco después comprobamos que todo el dorso de su cuerpo se hallaba enrojecido. Teniendo en cuenta que Escobar no fue al comedor a las doce y media horas y que no contestó a los llamados del cocinero, como ocurrió a veces, pero que tuvo en marcha los motores cargando los acumuladores hasta las once horas, es de su poner que el fallecimiento se ha producido mas o menos a las doce horas local (11 horas horario oficial). Yo mismo llamé a Escobar poco después de las trece horas, dos veces, desde la entrada a la estación de radio, para hacerle algunas preguntas referentes a la antena, pero tampoco recibí contestación, no dando importancia alguna a ello, pues creí que estaba durmiendo o que no quería contestar. Después me ausenté para la casa de observaciones magnéticas de la intensidad horizontal con el fin de proseguir mi trabajo. Durante todo el día reinó tiempo muy malo, fuerte temporal de nieve con golpes bruscos de viento y una temperatura media de siete grados bajo cero. En vista de que no se podía hacer nada más, se han empaquetado, sellado y firmado, todas las pertenencias de Escobar. Desde medianoche hasta la madrugada se ha trabajado en la fabricación de un ataúd. Luego, a las nueve mas o menos, se ha puesto el cadáver en el cajón y en un trineo lo hemos llevado hasta el cementerio, donde lo dejamos depositado. Todo el día 29 ha sido empleado en cavar una fosa, para lo que se han gastado diez latas de nafta para deshelar el pedregullo. A las dieciocho y media horas se ha bajado el ataúd y cerrado la fosa

- Isla Laurie. Orcadas del Sur, Octubre 30 de 1928. 

A continuación firmaba Ernesto Bruhns y todos sus compañeros. Tal es el documento que refiere la desaparición de otro expedicionario. 

¡ADIOS!  . .  ¡ISLAS ORCADAS! 

Y con el correr del tiempo y de la vida, llegó también el fin de aquel año y luego el ansiado relevo por intermedio del transporte de la Armada Nacional 1° de Mayo. 

          Los restos del radiotelegrafista Escobar, que durante cerca de dos años permanecieron sepultados en las Orcadas, fueron exhumados para llevarlos a Buenos Aires, pues sus deudos, residentes en la Ciudad de Santa Fe, los habían reclamado. 

Mientras el personal del buque cumplía esa misión, nosotros hacíamos los últimos preparativos para embarcarnos de regreso a la vida civilizada, y las escenas que con tal motivo se suscitaron entre los expedicionarios relevantes y los que partíamos, eran similares a las que ya había visto en años anteriores, pero esa vez el desembarco de provisiones y de carbón no se hacía febrilmente como en otras ocasiones, porque el 1° de Mayo había ido allí para hacer un relevamiento topográfico de las islas hasta las que yo, con el mismo objeto, no hubiera podido llegar en los inviernos orcadenses y, por lo tanto, el buque podía permanecer mas tiempo que en otras oportunidades. 

Por esa causa, tuve tiempo sobrado para despedirme a mi manera de aquellos hielos antárticos, que tal vez no volvería a ver; de aquella casucha de madera que me cobijó durante cuatro años y nueve meses; de las desoladas rocas que en el verano asomaban por entre la nieve; de aquel horizonte infinito del mar que se perdía en los confines del sur; de los pingüinos que, alegremente, nos visitaban hasta en la puerta de nuestra casa; de las. focas, gaviotas y petreles y también de las rústicas cruces clavadas entre las piedras del cementerio 

   Contemplaba todo aquello en silencio, y muchos de los que me rodeaban no podían comprender la congoja de mi espíritu en esos momentos pues, en verdad, lamentaba dejar todo aquello, tan mío, tan íntimamente mío; y era así, porque nadie más que yo podía saber que en cada roca, en cada trozo de hielo, sobre los glaciares y ventisqueros eternos, por todas partes, aparecían mis huellas, y hasta en el ambiente polar flotaban los más recónditos pensamientos que tuve cuando mis impulsos me alejaban de la casa en que vivía, buscando la inmensidad tan propicia para conversar en silencio con mi alma. 

Se dice siempre que la inmaculada blancura de la nieve tiene su encanto y su atracción. Por mi parte, afirmo que es verdad. 

No se requiere ser un poeta ni tener un espíritu sutil para sentirse atraído por el infinito blanco. Quien vive una vez en las Orcadas y reincide otra vez, puede haber experimentado esa sensación. Yo mismo, y después de haber transcurrido varios años desde mi último viaje, no podría explicar claramente qué es lo que me llevó a reincidir, pues he afirmado que no fue la tentación de la paga modesta ni el deseo muy humano de hacer allá lo que otros no pudieron, como tampoco tuve en mi vida nada sentimental que me llevara a ese exilio, buscando olvido a mis penas. 

         Fui siempre al sur por voluntad propia; me agradaba aquella aventura, de la que nunca obtuve ningún provecho personal, pero viviéndola podía reflexionar hondamente, tal vez mejor que en ningún otro lugar de la tierra. 

            Y a ello se debía el que, en medio de la alegría de aquel último relevo, entre el bullicio de mis camaradas que volvían a la vida, me hallara triste al dejar aquel rincón olvidado del mundo, que creo no volver a ver jamás. 

        Pero una satisfacción muy grande traía. Era el primer argentino, que por dos veces había comandado esa misión y que con su modesto, pero patriótico trabajo, había contribuido a afianzar nuestra soberanía en las tierras antárticas que, por su situación geográfica, son patrimonio de nuestra nacionalidad. 

          Y desde la borda del buque que nos alejaba de los hielos, en los que viví una vida, observé por última vez que, allá en la playa, seis hombres quedaban formando un solo grupo cobijados bajo una bandera azul y blanca, desplegada por el vendaval helado de la inmensidad antártica."

 

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Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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