Historia y Arqueologia Marítima

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LA ARMADA DE LA REPUBLICA ARGENTINA Y SUS UNIDADES EN EL SIGLO XX.

Por Alberto Hernandez Moreno

Antecedentes Los Años de la Gran Guerra El Buen Obrar argentino durante la Década Difusa (1918/1928)
La Edad Dorada de la Armada Argentina - 1928/  1948 Los años dificiles y la voluntad de resurgimiento (1948/ 1968) Los 70: década de la recuperacion.
La ARA y las Malvinas El Canto del Cisne (1983 - 1990) El Ocaso
El futuro y conclusiones.

Los años de la Gran Guerra

Tradicionalmente Brasil, el gran gigante iberoamericano, siempre ha sido un país con vocación hegemónica, y así lo demuestra el hecho de cotejar un mapa actual de la nación con otro que muestre la porción de continente sudamericano que el Tratado de Tordesillas asignaba a los portugueses... De cualquier modo, como país de peso, Brasil necesitaba darle un impulso a su escaso poderío naval, y lo hizo por todo lo alto y mediante una decisión que no dejaba de tener sus riesgos: con el HMS Dreadnought prácticamente recién puesto en grada, Brasil encargó a los astilleros de Elswick sus dos acorazados monocalibre Minas Gerais y Sao Paulo, un tipo de unidad que no sería puesta en construcción por el resto de grandes potencias mundiales (Japón, Rusia, Francia...) hasta 3 ó 4 años después. Entrados en servicio en 1910, y muy semejantes al buque que dio nombre a todos los demás acorazados monocalibre, los Minas Gerais y Sao Paulo situaban a Argentina en una posición claramente inferior ya que sus cruceros acorazados no eran rivales para los nuevos buques brasileños. 

La respuesta Argentina fue la más contundente: ordenar la construcción de dos acorazados que superasen en todos los aspectos a sus contrapartes brasileñas, y eso se logró a través de una astuta maniobra comercial: el gobierno argentino convocó a concurso a diferentes empresas europeas, cada una de ellas entregó su proyecto, y combinando lo mejor de cada uno de ellos, los nuevos acorazados fueron finalmente autorizados en 1908 y construidos en los astilleros Fore River Shipbuilding Corporation de Quincy. Gracias a esa argucia los nuevos buques, bautizados Mariano Moreno y Bernardino Rivadavia, eran probablemente de los mejores del mundo en el momento de su entrega, al reunir características de los acorazados del resto de naciones: su aspecto era semejante al de los dreadnoughts estadounidenses, con su característico mástil de celosía; la disposición de su batería principal (12  cañones de 305 mm.) recordaba a la de los buques estadounidenses (por el escalonamiento de las torres A y B, y E y F) y británicos (por el montaje de las torres C y D en echelon, como los acorazados de las clases Neptune y Colossus) , y la poderosa batería secundaria (12 cañones de 152 mm. en casamatas) era de inspiración alemana.

Más veloces y mejor armados  y acorazados, los Rivadavia y Moreno (entregados respectivamente en 1914 y 1915) supusieron una auténtica conmoción en el área iberoamericana: Brasil se arrepintió de haber anulado el contrato de su tercer acorazado, el Rio de Janeiro, que sería comprado por el Imperio Otomano (con el nombre de Sultán Osmán I) y requisado por los británicos al inicio de la Primera Guerra Mundial, en la que combatió como HMS Agincourt. Por su parte, Chile no tuvo más remedio que encargar sus dos propios acorazados, también requisados por idénticos motivos que el buque turco, de los cuales sólo uno llegaría a llegar al país andino, el Latorre, ya en 1920.

Pero el plan argentino no se reducía a los dos acorazados, ya que contemplaba, además de la modernización de los cruceros acorazados del tipo Garibaldi, la incorporación de hasta 16 destructores procedentes de 3 países distintos, que en su mayoría no se incorporaron a la ARA al ser requisados por sus constructores con motivo de la Gran Guerra: en Gran Bretaña se encargaron el San Luis, el Santa Fe, el Santiago y el Tucumán. Los buques serían requisados y vendidos a Grecia. En Alemania, al fracasar la incorporación de los 4 destructores de origen británico, se encargaron 4 buques homónimos que también acabarían luchando para el país constructor. En Francia se encargaron el San Juan, el Salta, el Mendoza y el La Rioja; el contrato también se rescindió y los barcos quedaron incorporados en 1914 a la Royale. Finalmente, el único contrato que se cumplió fue el firmado con los astilleros Fried Krupp de Kiel y Schichau de Elbing, cuyo fruto fueron los destructores Catamarca, Jujuy, Córdoba y La Plata, entregados a Argentina en 1912.

Dos nuevas unidades más cierran este primer periodo de incorporaciones navales en el que Argentina respondía con contundencia al desafío brasileño: las cañoneras Rosario y Paraná, también salidas de los astilleros de Elswick.

Podemos decir que los años de la Primera Guerra Mundial fueron fructíferos para la ARA, porque si bien es cierto que los planes iniciales no se cumplieron con la rescisión de los contratos con los astilleros alemanes, franceses y británicos, se incorporaron nuevas unidades a las ya existentes, que seguían teniendo total validez y vigencia, con especial mención a los acorazados. Vemos, además, cómo Argentina está en contacto con las empresas y armadas de los principales países del orbe, y cómo las incorporaciones son siempre de buques modernos, de iguales o incluso superiores características que los construidos para el resto de potencias. Sin embargo es imposible no percatarse del desinterés argentino por un tipo de buque que en la década de 1910 tenía fascinados a los almirantazgos mundiales por sus múltiples posibilidades; nos estamos refiriendo, obviamente, al submarino.

¿Por qué Argentina no incorporó ningún submarino en este periodo? ¿Por qué no lo hizo hasta la década de los 30? El submarino era un arma conocida por el resto de países iberoamericanos, que lo incorporaron entusiásticamente a sus filas en esta franja temporal: primero Perú (2 unidades), después Brasil (3 unidades) y más tarde Chile (6 unidades), para 1918 ya había en la región 11 submarinos, y ninguno de ellos era argentino. ¿Por qué? No es fácil responder a esta pregunta, pero las razones probablemente están en la doctrina naval tradicional argentina, que ha solido primar la acumulación del poder en superficie en detrimento del poder submarino (como veremos al analizar el periodo 1950-1970). Desde una perspectiva tradicional y conservadora, Argentina confió en estos años su poder a los buques de superficie, cuya densa capacidad artillera sí era la de más peso en toda Iberoamérica.  ¿Podía haber sucumbido el poderío naval argentino en un enfrentamiento con Chile gracias a los 6 submarinos Holland de este último país, cuya fuerza de superficie era claramente inferior? Lo más seguro es que no, pues el submarino era un arma aún muy nueva y los chilenos hubieran tenido dificultades en organizar un despliegue naval tan complejo como para anular a la numerosa flota argentina. No será hasta 1933 cuando Argentina incorpore sus primeros sumergibles, componente esencial de la que debe ser considerada la Edad de Oro de la ARA.

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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