Historia y Arqueologia Marítima

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Indice Armada
LA ARMADA DE LA REPUBLICA ARGENTINA Y SUS UNIDADES EN EL SIGLO XX.

Por Alberto Hernandez Moreno

Antecedentes Los Años de la Gran Guerra El Buen Obrar argentino durante la Década Difusa (1918/1928)
La Edad Dorada de la Armada Argentina - 1928/  1948 Los años dificiles y la voluntad de resurgimiento (1948/ 1968) Los 70: década de la recuperacion.
La ARA y las Malvinas El Canto del Cisne (1983 - 1990) El Ocaso
El futuro y conclusiones.

Los años difíciles y la voluntad de resurgimiento (1948-1968) 

 Quizá la muestra gráfica más notable del lento declinar de la ARA fue el hecho de que sus dos estandartes desde hacía 30 años, los acorazados Rivadavia y Moreno, dejaron de navegar uno en 1947 y el otro en 1948; a partir de 1947 el Rivadavia comenzó a servir como fuente de repuestos de su gemelo. Su baja oficial se produjo en 1952, mientras que la del Moreno fue en 1956. Para esas fechas el Sao Paulo y el Minas Gerais también habían sido tachados de las listas brasileñas, y el Latorre chileno no aguantaría muchos años más, concretamente hasta 1958. La era de los majestuosos acorazados en Iberoamérica había llegado a su fin.

También se habían acabado esos tiempos en los que Argentina daba enormes cargas de trabajo a los principales astilleros estadounidenses, italianos, británicos o españoles. Se acabó la época de los grandes pedidos internacionales.

Fue el carismático y controvertido presidente, coronel Juan Domingo Perón, el que más empeño puso en recomponer las relaciones entre Argentina y los Estados Unidos. Perón era un animal de supervivencia, un político astuto con unas ansias terribles de poder, y sabía que para poder perpetuarse debía contar con el beneplácito del país que se perfilaba como el omnipresente guardián de Iberoamérica; de ahí el acercamiento de posturas, que se tradujo en la cesión de numerosas unidades estadounidenses de segunda mano, remanentes de la Segunda Guerra Mundial, a la ARA. Durante casi 3 décadas Argentina, a la vanguardia de la tecnología naval hasta hacía poco, tuvo que conformarse con la incorporación de buques usados.

Las primeras entregas fueron las de 14 buques de desembarco de tanques o LSTs (de los que sólo 11 llegaron a recibir nombre propio, tomado de denominaciones de cabos argentinos: Cabo Buen Tiempo, Cabo San Vicente, Cabo San Bartolomé, Cabo San Diego, Cabo San Francisco de Pulo, Cabo San Gonzalo, Cabo San Isidro, Cabo San Pablo, Cabo San Pío, Cabo San Sebastián y Cabo Buen Tiempo II), unidades que proporcionaron a la ARA unas capacidades anfibias y de sostén logístico de las que antes había carecido. También en 1948 se recibieron 4 corbetas de escolta o fragatas antisubmarinas de la clase Tacoma, rebautizadas Hércules, Santísima Trinidad, Heroína y Sarandí, junto a una corbeta del tipo Flower, la República. Hay que insistir en el hecho de que hasta la llegada de los dos cruceros ligeros que a continuación comentaremos, los buques transferidos eran de poco porte o escaso valor militar, tanto por decisión estadounidense (se pretendía buscar cierto equilibrio militar en la zona y no provocar una nueva escalada de armamentos) como por las nuevas necesidades argentinas; en efecto, en estos años la ARA toma conciencia de la necesidad de contar con transportes logísticos y petroleros que garanticen las comunicaciones de todos sus puertos y la navegación de sus barcos en sus extensas aguas. Fruto de esta exigencia es la llegada, también procedentes de la reserva estadounidense, de los buques-taller Ingeniero Gadda e Ingeniero Iribas, de las barcazas LSM Q-69 y Q-70, de los petroleros Punta Cigüeña, Punta Lasa, Punta Ninfa, Punta Delgada y Punta Loyola, y de los transportes logísticos Latapaia, Le Maire, Bahía Aguirre, Les Eclaireurs, Bahía Buen Suceso y Bahía Thetis. A ellos se unió el 1950 el petrolero Punta Médanos, primer buque importante construito ex profeso para la ARA en muchos años, de factura inglesa. La lista de unidades menores ex-estadounidenses se completa con las 10 lanchas torpederas del tipo Higgins, fabricadas en Nueva Orleans, que llegaron a Argentina en muy precarias condiciones (desarmadas y sin repuestos), así como con los numerosos remolcadores de alta mar que serían acondicionados en Argentina como avisos, patrulleros de altura y buques de salvamento, y que no dejarían de incorporarse entre los años 1947 (cuando llegan los dos primeros avisos, el Zapiola y el Diaguita) y 1975 (año de la recepción del Gurruchaga).

Pero sin duda los platos fuertes de esta etapa fueron los dos cruceros ligeros del tipo Brooklyn, los antiguos USS Phoenix y USS Boise, cedidos a Argentina en 1951 como Diecisiete de Octubre (a partir de 1957 General Belgrano) y Nueve de Julio. Ilustres veteranos de la guerra (el Phoenix era un superviviente de Pearl Harbor), los Brooklyn pasaron a rellenar el hueco que habían dejado el Moreno y el Rivadavia, al convertirse de facto en las unidades más modernas y mejor armadas de la escuadra. Sus sofisticados (para la época) radares y direcciones de tiro -el único radar montado en un buque de la ARA hasta el momento era el instalado en 1946 en el crucero La Argentina- y su poderosa artillería (15 cañones de 152 mm. en 5 torres triples, 8 cañones de 127 mm. y una abundante batería antiaérea de 40 mm.) dejaban en un segundo plano al Veinticinco de Mayo y al Almirante Brown, que en 1959 cesaron de navegar para ser dados de baja en 1960 y 1961.

No obstante, la pareja de Brooklyns no causaba un desequilibrio determinante en la región. En el Nuevo Orden Mundial estadounidense, Iberoamérica no podía ni debía convertirse en un foco de conflicto, por lo que en lugar de estimular las carreras navales entre países como antes se había hecho (lo cual proporcionó grandes beneficios a las constructoras estadounidenses y europeas), se procuró que ningún país fuese descaradamente superior a su vecino, y ello se pudo canalizar fácilmente a través de la política de cesiones. Es por eso que al mismo tiempo que el Phoenix y el Boise se transferían a Argentina, el Brooklyn y el Nashville eran recibidos en Chile como O'Higgins y Capitán Prat, y el Philadelphia y el St. louis en Brasil como Almirante Barroso y Almirante Tamandaré. Perú, el cuarto en discordia, no recibió ningún Brooklyn, pero sí dos cruceros ligeros británicos del tipo Fiji o Colony, los antiguos HMS Ceylon y HMS Newfoundland, ahora BAP Coronel Bolognesi y BAP Almirante Grau (más tarde Capitán Quiñones).

Sobre el papel, Argentina reconstruía su línea de combate de 1940, sustituyendo acorazados por cruceros, una línea que se veía mejorada tanto con el reemplazo del armamento secundario de los cruceros, que en caso del La Argentina pasó de 4 cañones de 100 mm. y 12 de 25'4 mm. a 14 de 40 mm., y en el caso de los italianos de 12 de 100 mm. y 6 de 40 a 20 bocas de 40 mm., como con la radarización de las unidades (a los Brown y Veinticinco se les dotó a finales de los 40 con un radar Modelo 268). Pero el quinteto no permanecería unido por mucho tiempo.

Al poco de llegar los cruceros se produce la baja de la última de las unidades incorporadas en la década de los 10, el contratorpedero alemán La Plata, en 1954 (increíblemente sólo un año antes se había radiado el último de los venerables cruceros acorazados de finales del XIX, el Pueyrredón). Como hemos dicho, poco después son los cruceros Brown y Veinticinco de Mayo los retirados. ¿Cuál era entonces el estado general de la flota? Pues no excesivamente malo, pero la amenaza de la obsolescencia era cada vez más patente: el trío de submarinos estaba ya al borde de su vida útil, los destructores se encontraban en muy buenas condiciones aunque seguían con la tecnología de los años 30, y la baja de los dos cruceros dejaba a la escuadra con sólo 3 buques principales.

El primer problema se pudo solucionar con la incorporación de 2 submarinos ex-estadounidenses, veteranos por supuesto de la Guerra, en el año 1960, coincidiendo con la baja del último Tarantino. Estos submarinos, el Santa Fe (ex Maccabi) y el Santiago del Estero (ex Lamprey) eran unidades del tipo Balao sometidas a actualizaciones mínimas pero más modernas y mucho menos gastadas que el inicial trío italiano. Chile recibió otros dos Balao, pero en este sentido el equilibrio regional quedaba roto pues Perú ordenaba construir 4 nuevas unidades en los EEUU (los de la clase Abtao) y Brasil recibía otros 4 de las clases Balao y Gato. También Venezuela contó con uno. ¿Pretendían los EEUU dotar a la ARA de un poder submarino real? Es evidente que no, que el fin de esas transferencias sólo era proporcionarle medios suficientes para adiestrar a los buques de superficie en operaciones antisubmarinas, ante la naciente amenaza naval soviética. La prueba de que los Santa Fe y Santiago del Estero no sirvieron para mucho más está en el hecho de que, en cuanto los EEUU ofrecieron una pareja más moderna, sólo 10 años después, los dos Balao se fueron al desguace.

El otro problema era la necesidad de una nueva unidad de superficie principal. La solución fue la mejor de las posibles y puso de nuevo a la ARA en una posición de pujanza frente a sus vecinos: aprovechando los fondos que había dejado la venta para desguace del Moreno y el Rivadavia, Argentina adquirió en 1958 y a muy bajo precio el portaaviones ligero británico HMS Warrior, entrado en servicio en 1946, y que entre ese año y 1948 había servido en la Royal Canadian Navy con idéntico nombre. Relativamente joven y en buen estado, el flamante portaaviones, bautizado ARA Independencia, había sufrido años atrás varias reformas, entre ellas la instalación de una cubierta de vuelo angular, una catapulta de vapor y un espejo de aterrizaje, que permitieron a la ARA acomodar a su primer grupo aéreo embarcado, formado por aviones de caza Vough F4V-5 Corsair, aviones antisubmarinos Grumman S-2 Tracker y helicópteros Sikorsky S55. No fue posible que operasen a bordo los novísimos y revolucionarios reactores F9F-2 Panther (aunque se llegaron a hacer pruebas de apontaje), y que quedaron adscritos a bases terrestres. 

Con la incorporación del ARA Independencia el equilibrio regional sí quedaba deliberadamente quebrado en favor de Argentina y de Brasil, que un año antes había adquirido su propio portaaviones, el Minas Gerais, de idéntica clase y origen que el Independencia, si bien el buque brasileño no entraría en servicio hasta 1960.

Habíamos mencionado otro problema que en los albores de la década de los 60 amenazaba a la ARA: la obsolescencia de sus destructores, problema resuelto en parte con la adquisición en 1961 de 3 destructores del prolífico tipo Fletcher estadounidenses, los Almirante Brown, Espora y Rosales, que reemplazaban a los veteranos Juan de Garay, Cervantes, Mendoza, La Rioja y Tucumán, retirados entre 1960 y 1962. Dotados con artillería automática, radares, sonar, fiables direcciones de tiro y una excelente navegabilidad, los Fletcher inauguraron el ciclo de transferencias de destructores usados de la US Navy a la ARA, retomado en 1971 con la adquisición de 2 Fletchers más (el Almirante Domecq García y el Almirante Storni) y 2 Allen Sumner, uno modernizado (el Hipólito Bouchard) y otro sin modernizar (el Seguí), y prolongado en 1973 con las cesiones de un Gearing (el Comodoro Py) y en 1977 de otro Allen Sumner (el Piedra Buena), ambos modernizados, junto con un cuarto Sumner destinado a la canibalización. Estos 6 buques sustituyeron a los 6 destructores del tipo Buenos Aires, entrados en servicio en 1938, con lo que la fuerza de escoltas también quedaba renovada a la par que la de los vecinos, que también recibieron buques de semejante procedencia.

Por último, cabe destacar otro relevo generacional que urgía en esos años, el de los antiguos dragaminas de hierro de proyecto alemán, suplidos por 6 dragaminas de madera de nueva construcción fabricados en Gran Bretaña y pertenecientes a la clase Ton (Chaco, Formosa, Neuquén, Río Negro, Chubut y Tierra de Fuego), por fin unos barcos de primera mano que preludiaban la política de nuevas incorporaciones que se impulsaría en los años 70.

Si hacemos balance de este periodo, nos damos cuenta de que la flota de los años 30 y 40 pasa en las décadas de los 50 y 60 a ser una fuerza de segunda mano, formada por retazos de la US Navy de los años 30 y 40. Fueron, por tanto, unos años difíciles y de poco progreso tecnológico, que no saciaron las aspiraciones navales de Argentina, y que constituyeron un puente entre el glorioso pasado y la eclosión experimentada en los años 70.

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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