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AQUI CERRARON SUS OJOS -
Capitán de Fragata Eduardo A. Estivariz; Teniente de Fragata
Miguel E. Irigoin; Suboficial mayor Juan I. Rodríguez:
Presentes en el recuerdo de su patria. (Escrito por Rodolfo J.
Walsh)
SAAVEDRA
Una muchedumbre silenciosa y recogida se congregó en la luminosa
mañana de este 18 de septiembre en las inmediaciones de
Saavedra, pequeña localidad del Sur bonaerense. La reunión se efectuó en
pleno campo, en torno a una pirámide truncada, de base cuadrangular, construídaa con
piedras de los cerros cuyos ásperos contornos se divisaban hacia el norte,
dulcificados por la pincelada azul de la distancia. En una de las
caras del monolito resaltaba la hé lice tripala de un Grumman.
Más abajo una placa de bronce proponía a la gloria tres nombres: Capitán de
fragata Eduardo A. Estivariz. Teniente de fragata, Miguel E. Irigoin.
Suboficial Mayor Juan I. Rodríguez. A menos de cincuenta metros de
dis tancia un tosco galpón de ladrillos mostraba aún vestigios del estrago que, un
año atrás y exactamente a la misma hora, causara al estrellarse contra
él la máquina piloteada por los tres aviadores navales cuyo
recuerdo ahora se evocaba. A una reducida representación
oficial sumóse la espontánea presencia del pueblo. Se había anunciado que iría el
contraalmirante Rojas y el coronel Bonnecarrere, mas no pudieron hacerlo. Asistieron en cambio autoridades de los
municipios cercanos, delegaciones de aeroclubes y sobre todo vecinos
de la zona que un año atrás presenciaron, con aterrada
impotencia, uno de los episodios más trágicos de la revolución.
Un momento del emocionante acto
realizado en Saavedra el pasado 18 de septiembre, junto al monolito
evocativo.
Estaba también el contraalmirante Rial, hombre clave en la preparación del movimiento de
Septiembre y Jefe del Comando
Revolucionario del Sur, establecido en la base aeronaval de Comandante Espora en la histórica
madrugada del 16. Aviador naval él mismo, a sus órdenes
directas habían combatido los pilotos inmolados. Al oirse el solemne toque de silencio con que se inició
Ia ceremonia, todos los que allí estaban debieron
recordar que en esos cielos del Sur, ahora tan límpidos, sobre esos campos que dilataban ya el imperio de
la primavera y entre los vericuetos de aquellos cerros grises, se había librado una
de las fases más duras de la lucha y se había jugado el
destino mismo de la revolución.
Porque no eran "restos dispersos de un
regimiento", como dice un matutino al recordar la tragedia de
Saavedra, las Fuerzas que aquel 18 de septiembre de 1955 iban a sofocar la
revolucion en el Sur. Y tampoco es del todo exacto que "en
frus trados intentos de converger sobre Bahía Blanca y sin
constituir una amenaza seria ocultábanse en los montes
vecinos". Por motivos accidentales la atención del país en aquellos momentos y los
comentarios posteriores se centraran particularmente en la lucha desarrollada en
Córdoba, sin duda heroica, y en la espectacular y decisiva intervención de la flota de mar. La verdad es que las fuerzas que amenazaban a Bahía Blanca
eran numéricamente superiores a las que
atacaban a Córdoba. Y que mientras éstas -no sólo no estaban derrotadas al
renunciar Perán, sino que ocupaban posiciones amenazantes en la ciudad
misma, aquéllas en tres días de acción
sólo pudieron situar su vanguardia a setenta kilómetros del objetivo
propuesto. Un periodista enviado por una publicación,
norteamericana calculó que los efectivos que debió enfrentar
el general Lonardi ascendieron en cierto momento a siete mil
hombres. Las llamadas Fuerzasde Represion del Sur oscilaban entre nueve y diez mil, según el sobrio cálculo
de los oficiales de marina. Pero el propio Molinuevo, que las
conducía, declaró, al ser
apresado e interrogado, que él comandaba -dieciocho mil quinientos
hombres.
Las fuerzas de infantería de marina que podían resistirle en la zona estaban en el mejor de los casos en proporción de uno
contra diez, y quizá de uno a veinte. El contacto,
afortunadamente, no se produjo. Pero ello no fué obra de la casualidad. Es indudable que
Ias tropas de Molinuevo y las Boucherie, que venían desde el sur con la sexta división habrían ocupado Espora y Bahía Blanca, para asediar luego Puerto Belgrano, de no mediar la aviación
naval que ,durante tres días martilló incesantemente las columnas en marcha. Los
números expresan mejor que los adjetivos lo que fué esa Batalla del Sur:
El total de horas voladas ascendió a más de 1.100. Se realizaran
incontables ataques de hostigamiento con ametralladoras y se lanzaron 646 bombas. Los pilotos que volaron fueron sesenta y seis.
El 18 de septiembre la
situacion militar en la zona podía calificarse de muy grave.
Baste señalar que la vanguardia blindada de las fuerzas de
represion se había situado a dos o tres horas de marcha de Bahía Blanca, que en esta ciudad se
movilizaban ya las patrullas civiles, como ocurriera en
Córdoba, y que en la propia base de Espora hubo esa noche un principio de evacuación de las familias
de oficiales. Solamente si la ubicamos en este panorama cobra
un verdadero sentido la temeraria hazaña de Estivariz, Irigoin y
Rodríguez, al volar repetidas veces a baja altura y en una anticuada máquina sobre un regimiento
mecanizado.

E.A.Estivariz
M.E.Irigoin
Juan Rodríguez
Hablamos con un testigo y más tarde actor principal de los hechos. Caracterizado vecino de la zona, el señor Carlos Mey recuerda con emocionada
palabra aquella lúgubre mañana del 18, en que las fuerzas represivas ocuparon Saavedra. -A
la madrugada -nos informa- llegó el regimiento escuela de tanques
de Ciudadela. Estaba formado por seis tanques Sherrnan y seis unidades blindadas
que venían por ferrocarril, además de otros vehículos con tropas. Tomaron el pueblo sin hallar resistencia.
"A las nueve comenzaron a desembarcar los tanques. Media hora después apareció el primer avión naval." Era un
Beechcraft. Bombardeó la estación, destruyendo una locomotora y un
vagon, pero sin alcanzar a los Sherman. A las once y media
-aparecieron dos Grumman. Uno de ellos era el que piloteaba el capitán Estivariz, jefe de la
escuadrilla. Había decolado de Espora a las 10.48. -Hizo varias pasadas sobre la zona de la estación
ferroviaría, lanzando bombas y ametrallando -nos dice Mey-. Me pareció que cada vez volvía a más baja altura. Era
evidente su deseo de no causar daños a la población civil. Este
humanitario afán de precisión fué quizá lo que les costó la vida. "Al cruzar el pueblo por última vez, la máquina fué
alcanzada por una barrera de fuego tendida por dos tanques y dos carros blindadas. Empezó a incendiarse por la mitad del
fuselaje y perdió altura. El piloto reaccionó acelerando a fondo, pero el
Grumman picó bruscamente y se estrelló contra un galpón de material que se alzaba ya
en pleno campo. Estallaron la nafta y las dos bombas que llevaba."
Mey se dirigió apresuradamente
al lugar de la catástrofe para intentar un desesperado y sin duda inútil rescate de los
piloto del avión cuyos restos ardían fragorosamente. Las
fuerzas ocupantes le cerraron el paso. Más tarde pidió permiso
para extraer los cadáveres. Parece increíble, pero le fué
negado. Y así, aquellos despojos gloriosos quedaron abandonados en la inmensidad de la noche. Sólo las estrellas velaban. A
la mañana siguiente el señor Mey, su abnegada esposa y el párroco del pueblo pudieran al fin retirar los cuerpos,
identificarlos y colocarlos en sus respectivos ataúdes. Un policía les previno que no los tuvieran en su casa, "para no despertar la irritación popular". Horas más, sin embargo, y la revolución triunfaba en todo el
pais. Nuestro informante se obstina en que no mencionemos su nombre. Se lo prometemos. Pero
ése es el compromiso que los periodistas violamos más fácilmente cuando nos encontramos ante los atributos del coraje civil. |