Historia y Arqueología Marítima

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Indice Fragata Sarmiento

Viaje de Instruccion No 1 - 2 

Diario de Hugo da Silva (Guardiamarina, Promocion N° 25)

1 Bs As- Valparaiso 2 El Callao- Acapulco 3 San Francisco 4 Honolulu- Japon
El Callao

Serían las ocho de la mañana del día veintisiete, cuando se avistó tierra peruana, la que pronto desapareció debido a la bruma que la envolvía. A las diez apareció nuevamente y <aun cuando> a gran distancia todavía se destacaban perfectamente las montañas de la accidentada costa. Como de costumbre, con nuestros diarios de navegación al día y las clases suprimidas a la vista de tierra, la curiosidad nos lleva a los puntos de la cubierta de donde mejor se destaca el horizonte y cuanto le rodea o se levanta sobre él. Estos puntos son las portas de las piezas de a doce a popa y con especialidad el castillete. Allí aparecen anteojos de diferentes clases y tamaños a los que por cierto les damos trabajo, algunos de los cuales se llevan alguna indirecta como «inservible», «no valés nada», etc.. que nunca lo dice, como es natural, el propietario, pues cada uno defiende el suyo, aun cuando mejor que con él vea a simple vista.

Después de recorridas algunas cuantas millas, más se da cuenta uno perfectamente de lo pobre que son estas costas en vegetación, pues no se distingue más que la piedra desnuda, grandes arenales. De la ciudad nada se veía aún y lo único que daba a conocer su existencia era un faro en una pequeña y elevada isla. Antes de perder dé vista este buen amigo de las naves durante las noches, divisamos otro colocado en el pico de una montaña, montaña que teníamos que doblar para tener a la vista a la ciudad del Callao, lo que hicimos con una virada al tener la parte mencionada por el través; cosa extraña y cuya causa aún ignoramos, era el cambio de color en las aguas: no eran éstas azules ni verdes, como lo son en las proximidades de la costa, sino de un color chocolate, algo rojizo, después se convirtieron al amarillo<s> algo verde, y luego el color natural, verde.

La ciudad ante nuestros ávidos ojos empezaba a destacarse: primero las embarcaciones fondeadas, luego el movimiento de sus numerosos molinos de viento y, por último, todos los edificios. A la distancia conveniente se saludó la plaza, izándose al tope del mayor la bandera peruana, arriada tan luego terminaron las salvas. Tan luego como dimos fondo, bastante lejos del muelle, nuestro Comandante recibía la visita del ministro Argentino y el encargado de negocios, luego la de los oficiales de los distintos barcos de guerra allí fondeados, peruanos, franceses y Norte Americanos.

Después de fondeados se confeccionó la lista de guardias, dividiéndola en cuatro trozos, debiendo cada uno de ellos hacer guardia por veinticuatro horas, quedando los otros tres francos hasta que le tocara su tumo. A las siete de la noche del mismo día se dio permiso para bajar a tierra a los francos, los que por cierto no nos hicimos prevenir dos veces. En seguida la camareta quedó convertida, no en casino de guardiamarinas, sino de civiles por el traje que vestían. Muy enseguida de dar la voz de ¡lancha a tierra! todos nos encontrábamos embarcados y la lancha a remo y su remolque, haciendo rumbo a la escala donde debíamos atracar. Desembarcamos en medio de un grupo de curiosos que nos miraban como a seres raros y a los que no satisfacíamos sus ávidas miradas, pues en distintos grupos y rumbos desaparecimos de ese sitio. Yo y mi inseparable Navarro aceleramos el paso hasta quedar solos por completo. Entonces con marcha pausada mirábamos detenidamente todo lo que se nos presentaba a la vista a medida que avanzábamos. Si Callao significa o significó callada, el nombre no puede haber sido más a propósito. El movimiento, bullicio, tráfico en general no era mayor que el que puede haber en un cementerio. Creo que más de la mitad de los que en aquellas horas caminaban por sus calles eran guardiamarinas argentinos.

Llegamos a una plaza después de caminar como cuadra y media, donde se elevaba un bonito monumento al héroe del Pacífico, el almirante Miguel Grau. y los jóvenes marinos Velarde, Tavaras. Palacios. Ferre, Dies Caneses. Heras.
Alfaro. Después de leer las dedicatorias del pueblo peruano a su héroe, seguimos nuestra marcha por donde la creíamos más acertada: siempre el mismo silencio y uno que otro farol que aclaraba las puertas que le rodeaban.

Pronto llegamos a otra plaza, tan concurrida como la primera, que pudimos satisfacer en plena plaza nuestras apremiantes necesidades. Salidos de la plaza, que son puras flores con una fuente en el centro, íbamos a seguir nuestro paseo, cuando vimos una viejecita sentada en un banco de la plaza, nos aproximamos a ella y después de saludarla cariñosamente le preguntamos por la mayor calle y más concurrida, indicándonos como tal la calle Lima, a la que nos dirigimos y llegamos. Es una calle bastante ancha, con adoquines de piedra, con una hilera de espesos árboles a cada lado. Estaba más iluminada que las demás, pero casi tan solitaria como aquéllas: una(s) que otras mujeres encontramos, y no hallamos en ella(s) la belleza que es fama en las peruanas. Algunos almacenes pobres, sólo concurridos por sus propietarios, y debajo de algunos faroles mujeres miserables, indias, con sus hijos medio<s> desnudos, cubiertas sus cabezas, no obstante ser de noche, con grandes sombreros de paja blanca, rodeadas con canastas de frutas a sus lados. Ni un café, ni confitería, ni bueno ni malo encontramos en esa calle, la principal. Empezábamos a aburrirnos de su pobreza, viendo siempre lo mismo, la misma miserable población, indios, uno que otro mestizo y algunos chinos, por lo que decidimos abandonarla, penetrando en el verdadero centro de la ciudad. Allí había una tercera plaza, en uno de cuyos frentes se encontraba una iglesia; entramos a ella con el debido respeto para damos cuenta de la religiosidad de sus hijos; un silencio absoluto reinaba allí no obstante estar casi llena, siendo tan espaciosa; todos cubiertos de manto negro como en Chile, oraban en silencio, postrados ante el altar mayor. De vez en cuando, del coro se desprendían plegarias en forma de canto, que me recordaba(n) los días aquellos en que acompañado de mi tía vieja, cuando sólo tenía diez años, penetraba en la iglesia de mi pueblo para salir de allí con las rodillas doloridas.

Salimos de allí y nos fuimos a la esquina opuesta en diagonal a un salón de billar donde permanecer algunos momentos, pues en el viejo pueblo Peruano nada nos quedaba por ver. A las once de la noche nos fuimos a un hotel en demanda de cama, donde permanecimos hasta la madrugada del siguiente día. despertándonos el continuo canto del gallo, lo que me recordaba el campo. A las nueve de la mañana nos presentamos a bordo.

El Callao, vieja ciudad de América Latina, no obstante ser el primer puerto de la república peruana, deja mucho que desear a un viajero que conozca su viejo origen. Ciudad de treinta o cuarenta mil habitantes, la mayor parte indios y mulatos, muy pocos blancos, conserva como todos los pueblos y ciudades peruanos, las tradiciones y costumbres de sus antepasados. Nada de notable hay en él que no esté reasumido en la capital peruana, que como capital es siempre la que revela el mayor y menor adelantó dé un país.

LIMA
Sólo diezminutos faltaban para que la locomotora se pusiese en movimiento para Lima cuando nosotros llegamos a la estación; no obstante nuestra apresuración pudimos damos cuenta del movimiento que había allí a esa hora.

En nuestras ciudades de la Argentina y aún en pueblos que sólo tienen siete u ocho mil habitantes, a la llegada y salida de un tren es curioso observarlas; los numerosos pasajeros que esperan o que bajan, todos apresurándose a subir, buscando sus equipajes, comprando boletos; van y vienen con confusión; allí nada de eso; la campana da la seña de apresurarse por la partida del tren, y sólo uno que otro pasajero se ve prenderse con apresuración de los resguardos de la escala, no se siente ese bullicio, ni movimiento.

Poco tiempo estuvimos sentados sin que el tren se pusiese en movimiento; después de dar el silbato acostumbrado, los frenos dejaron de funcionar y fuimos arrastrados en su rápida marcha. (¡)Cuántas ideas teníamos respecto de la más vieja capital americana(l) Venía a nuestra memoria la historia de los antiguos reyes peruanos, Atahualpa; de los virreyes, el conquistador Pizarro; Lima, el asiento principal del primer gobierno virreynal de América. Lima, la capital de una república Americana. Lima, en fin, destruida y saqueada por el salvajismo chileno, en su guerra con esta nación.

A los pocos minutos de habernos puesto en marcha, paró el tren frente a los baños del Callao; en esos baños, cuya pobreza responde a la de la ciudad, sólo un pasajero subió; en seguida nos pusimos nuevamente en movimiento; con gran aceleración íbamos salvando las distancia(s). todo el trayecto se hace por tierras completamente sin cultivo; el terreno que recorríamos era llano, si bien a la distanciase veian elevados cerros. Es de notar que las propiedades no se delinean por medio de alambrados como en nuestra república, sino por paredes de grandes adobes, y de una altura de un metro próximamente. Como a los veinte minutos de camino, empezó a hacerse notar el cauce del río Rimac. que pasa por la ciudad de Lima. Después de atravesar varias corrientes de reducido curso formadas por el mismo río, llegamos a la penúltima estación donde según lo observado había más avesuchas negras que habitantes. El corto tiempo que allí nos detuvimos, lo empleamos en observar el torrentoso Rimac, cuya velocidad en ese punto era de seis millas próximamente. Este punto de parada era el último, debía venir después la estación de la deseada ciudad; el tren partió, pasamos por debajo de un puente; el Rimac debido al desnivel de su cauce hace un gran ruido, seguíamos observando, cuando de pronto, los frenos empiezan a funcionar, la velocidad disminuye y el tren es parado frente a una mísera estación en que el techado de la galería es de caña. Al ver esto le dije a mi compañero que cómo era que se había equivocado diciéndome que la anterior parada era la penúltima. Sin responderme lo vi bajarse, así como a todos los pasajeros. Era indudable, no se había equivocado, pero ¿cómo imaginar que habíamos llegado a la estación de una capital siendo ésta de tan miserable presencia? ¿Habiendo llegado sin que nada notara su aproximación? ¿Sin haber encontrado ni hermosos edificios, ni movimiento, ni jardines, ni quintas, ni terreno cultivado en sus proximidades?

Antes de llegar a la ciudad del Rosario, nadie tiene duda de que va a hacerlo a una ciudad de gran importancia, el tren antes de parar va notando su aproximación: hermosas chacras, quintas, jardines; atraviesa dejando ver grandes fábricas, molinos, talleres, boulevares; el movimiento se nota enseguida. Para el tren, innumerable gentío le espera, un gran cordón de carruajes se ponen a disposición de los pasajeros, ios changadores se precipitan por las ventanillas pidiendo los equipajes, hay que tener sumo cuidado en no perder de vista al compañero de viaje entre el oleaje de personas que van y vienen en todas direcciones. Inútil es describrir como comparación la llegada a la gran ciudad americana, a B(uenos) Aires. Después de bajados y de trepar una escala, nos encontramos de lleno en la calle principal de Lima, seguimos por ella, no con la curiosidad de ver algún edificio notable por su grandiosidad ni arquitectura, pues ninguno sería superior a los de nuestra capital, sino por encontrarnos ante una ciudad de viejas costumbres, y de tantos recuerdos lejanos. Los edificios en general eran pobres, sumamente viejos y de poca elevación; pero lo que más nos llamaba la atención era que, no obstante estar en el centro mismo de la ciudad, se viera una población tan pobre. Es sin duda Lima una ciudad en que (de) los siglos pasados, muy poco o nada ha cambiado en la naturaleza y costumbres: veíanse numerosos indios, si bien civilizados,pero conservando sus costumbres, grandes som breros de paja cubrían sus cabezas, las mujeres todas con manto, una fisonomía puramente europea no se veía, casi todos indios y mestizos, los que en Buenos Aires y las ciudades del litoral están completamente eliminados.

Después de caminar una cuadra llegamos a la plaza de Armas, donde se encontraban la casa de gobierno, la municipalidad y la catedral: nos dirigimos a ella, que debido a ser día santo debía estar muy concurrida. Penetramos en el sagrado recinto, era un silencio absoluto y allá a lo lejos, en el altar mayor, un gran número de sacerdotes y obispos, cubiertos de riquísimas telas, propias de su investidura, cantaban los salmos, los que eran escuchados con gran respeto y atención por los millares de oyentes que (allí) se encontraban. Majestuoso templo del Altísimo, con sus elevadas bóvedas, sus numerosos altares y el silencio que reinaba, (¡)era sólo posible de seres poseídos del fuego sagrado de la religión!. El coro que se extendía a ambas bandas del altar mayor tiene fama de ser el más rico del globo; aún nos faltaba por ver allí lo más importante y digno de verse. En uno de los altares laterales cuyas columnas y revestimientos eran de plata, ¡del gran conquistador del Perú!. ¡Del mortal audaz, que exigió de un indio -de Atahualpa- un cuarto lleno de oro, de tal manera que no pudiera medirlo con sus brazos alzados; del mortal que no poniendo freno a su ambición sin límites, faltó a su palabra dando muerte al mismo indio; del mortal, en fin, virrey del Perú y terror de millares de indios sólo sus miserables restos, carcomidos por el tiempo, habían quedado en solitario ataúd! ¡Allí estaba el que fue venerado y aborrecido por millares de hombres, allí estaba Pizarra, sin que nada, absolutamente nada de su antiguo poder y esplendor le quedara! ¿Qué fue de su poder y de su gloria? ¿Qué fue del oro que por doquier encontraba a montones? ¡Cuán grande e inexorable es la obra del creador! ¡Cuán grande es la muerte, que no respeta ni el poder, ni la gloria, ni las riquezas humanas! Todo lo confunde y lo convierte en miseria y nada más. ¡Cuán miserable es el ser humano! Nacer iguales, y convertirse en restos igualmente inmundos y en el corto período que separa estos límites, que no es más que un instante en la vida de la creación, tratar cada uno de sobreponerse a los demás, creer tocar el cielo con la cabeza, creerse algo sagrado, algo grande, cuando conoce su triste fin. Salido que hubimos de ver los restos de Pizarra, fuimos recorriendo los demás altares, hasta llegar al principal, de riquísima ornamentación y grandioso. Debajo de él, en grandes galerías, se encuentran los restos de todos los obispos y arzobispos que ha tenido Lima; recorrimos el recinto para damos cuenta ahora de la belleza de sus damas. En general y la más grande parte, era gente pobre, todas llevaban manto como en Chile, y estaban con el mayor respeto y devoción.

Una vez que hubimos salido del sagrado templo, quizá el mejor en su clase en Sur América, seguimos por la misma calle que como he dicho era la principal: después de caminar diez o doce cuadras llegamos a la penitenciaria, (y) aun cuando no era hora de visita, pues sólo los domingos cada quince dias es permitido, por ser oficiales argentinos y por gracia especial del Señor Director se nos permitió entrar. Una vez dentro nuestro acompañante nos presentó al director y subdirector, el primero se tomó la molestia de acompañamos. dándonos a conocer detalladamente todas sus partes. El edificio tiene capacidad para trescientos presos; la disposición es muy parecida a la de nuestra penitenciaría; vienen las galerías a concurrir todas a un sitio central, de modo que desde él se puede observar el menor acto de los presidiarios. Estos están perfectamente atendidos por su buen director, Seflor ya de sesenta y cinco aflos próximamente, hombre sumamente amable y cariñoso y, sin embargo, tiene el suficiente carácter de hacerse respetar y querer de los grandes criminales que encierra. Es un coronel retirado, desempeñó el cargo que en nuestras provincias llamaríamos (de) gobernador, teniendo los títulos de duque y conde que le legó su padre, pero que sólo en la Península podría hacer valer. El orden, obediencia y aseo que es la consigna de los presidiarios se cumple admirablemente. (Los presidiarios) no tienen cómo aburrirse tanto, pues su tiempo lo tienen distribuido de la mejor manera, entre estudio, profesión y descanso. Recorrido todo y después de despedimos del señor director y de agradecerle la molestia firmárnosle en un libro de memoria nuestros nombres y dejando escrita la impresión causada en nuestra visita.

Salimos de allí, siempre en la misma dirección y admirando siempre la multitud de indios, mulatos y negros que encontrábamos a cada paso, con grandes sombreros, pantalones anchísimos y sus bigotes sumamente ralos, cuando lo(s) tenían, pero lo que con más atención mirábamos eran los chinos, todos sucios, con sus ojos pequeños, nariz ñata, y pómulos salientes y de color amarillo, con su andar despacioso. No pudimos, sin embargo, ver ninguno con trenza ni que estuviese vestido como lo hacen en la Gran China. Habíamos caminado ya como catorce cuadras desde la estación por esa misma calle, cuando llegamos a la exposición; después de satisfacer los diez centavos necesarios por persona, para poder visitarla, penetramos en un extenso y bonito jardín, mejor dicho parque, pero pequeño para considerársele tal. Llegados al edificio mismo de la exposición, subimos la escala que nos conducía a un piso superior, donde estaban expuestos los objetos. El primer cuadro que vimos es hermosísimo, representa Los funerales de Atahualpa2; éste, tendido en una mesa, con la cara hacia arriba, se encuentra exánime, sus facciones son las de un indio puro, envuelto con sus antiguas vestiduras y los pies desnudos. Pizarro, por cuya orden fue muerto, se encuentra presente, mirando impasible la desesperación de las concubinas del rey indio, que se mecen los cabellos y se tiran al lado de la víctima; los soldados fuerzan (?) por arrancarlas de allí, donde se introdujeron de improviso, según dice la historia. Subida la galería nos encontramos en un gran salón, allí nos recibió el encargado de recibir a los visitantes) de cobrar una nueva boleta. Hablamos con él acerca de la exposición y nos dio a conocer lo pobre que se encontraba, pues en la guerra con Chi<l>le aquéllos se habían llevado todo lo que pudieron: cuadros, animales, biblioteca, bancos, etc., destruyendo todo lo que no podían apropiarse. «Todo lo que se encuentra aquí -nos dijo- ha sido obtenido recientemente». Efectivamente nada había allí de notable en curiosidades, animales, etc. Lo único de notable, sobre todo para los americanos que han leído la historia de esta parte del mundo, son los cuadros de los antiguos reyes indios del Perú, de los conquistadores, virreyes y hombres notables. Hay un cuadro del Libertador del Perú, Simón Bolívar, debiendo hacer presente que lo de Libertador es simplemente un título, así lo consideran ellos, reconociendo que quien les dio la independencia fue el mismo que la dio a Bolivia y Chile y a su Patria, San Martín. Así lo atestigua también un gran cuadro «La Jura de la independencia peruana», en la que San Martín sostiene en sus manos al pabellón que desde ese momento flamea libre.

Llama(n) la atención los cuadros de los dos hermanos, Atahualpa y Huáscar, el primero hijo natural y el segundo, legítimo, heredó la corona; <y> el primero tuvo el título de príncipe y como pretendía la corona fue preso por Huáscar; en este tiempo vinieron los conquistadores, Atahualpa escapó de la prisión, lo tomó prisionero a su hermano Huáscar y en la creencia de que los españoles ayudasen a éste, le dio muerte, recibiéndola él poco después de manos de Pizarra. Una vez fuera del edificio, seguimos recorriendo la otra parte del jardín igualmente bonita, abundante en flores y de grandes plantas que dan fresca sombra.

Cuando terminamos nuestra visita y después de quitarnos el polvo a la salida, tomamos el tranvía que nos condujo al Hotel Mauri, donde con variados y bien confeccionados platos satisficimos nuestro apetito, tomando como postre fruta: uvas, duraznos turcos, chirimoyas y granadilla. La casa de correos es un edificio nuevo y es uno de los buenos con que cuenta Lima, su teatro principal es bastante sencillo. En general Lima es digna de visitarse no por sus curiosidades, sino por conservar las costumbres y carácter de sus primitivos moradores; su construcción es muy antigua, es de poco movimiento, de sus habitantes la mayor parte son indios mestizos. Los pueblitos vecinos de relativa importancia son Chorrillos (deja un espacio en blanco; debería decir ‘y Miraflores’). La Puerta, a la que se va desde el Callao por el tranvía rural, es muy visitada por sus baños.

El Perú parece adormecido en una especie de letargo del que aún no despierta: asiento del Virreynato que en un tiempo se extendía por la(s) actual(es) Argentina y Chile, ha ido avanzando muy lentamente, como para mantener su existencia. La guerra con Chile lo atrasó mucho y hoy es incompetente para sostener una nueva lucha, pues no sólo la marina sino el ejército se encuentran muy inferior a los de aquélla.
 
Mucho esfuerzo tiene que hacer para entrar en la verdadera senda del progreso. El elemento de su población, indios en su mayoría, mestizos y negros y como inmigración la China, no sólo es poco emprendedor, sino aun retrógrada y la inmigración de que tanto necesitan las naciones Sur Americanas, son los hijos del Imperio Celeste, raza decrépita, haragana y enfermiza. Debe cambiar esa faz de viejas costumbres que les envuelve; la religión misma, la demasiada religiosidad, es un obstáculo para el desenvolvimiento. La población en una gran parte se pasa largas horas del día en los templos, cuando podía hacerlo en el trabajo, que es lo que más eleva al ser humano.

Es un pueblo generoso, del que llevamos gratos y sinceros recuerdos. No han tenido recelo en manifestamos que estamos los argentinos muy superiores a las demás naciones Sur Americanas; desean nuestra prosperidad como protectora contra las pretensiones Chilenas.
Hemos estado catorce días en el puerto del Callao, los que han pasado al parecer rápidos, bajando diariamente a tierra, ya en una lancha de nuestra nave, ya en una (hay una palabra ilegible); pasábamos el día alegremente, recorriendo todos los puntos más interesantes del pueblito Peruano. El Torreón del Gran Felipe, que es como el asiento de una vieja torre circular de gran diámetro cerca de la orilla.del agua de la bahía, donde la rompiente hace gran mido; fue allí donde el valiente Falucho cayó envuelto por la bandera de la independencia que él defendía. Los versos dedicados en memoria de Falucho dan clara idea de aquello:

«Duerme el Callao

Ronco son, hace del mar la resaca

Y en las sombras se destaca,

Del Gran Felipe el Torreón.

En él está de facción

Porque dejarle quisieron

Un hombre de los que fueron

Con San Martín, de los grandes.

Que en la Pampa y los Andes.

Batallaron y vencieron.»*

No hay en el Callao muelle, sino un simple atracadero formado por algunas gradas. En ese mismo punto hay un farol mitad rojo, al pie del cual pasábamos algunas horas de (la) noche esperando la llegada de la lancha a vapor que debía encontrarse como horas fijas a las 10 y 12 p. m. A esa hora veíamos acercarse unapequeña luz que bien pronto ditinguíamos era la de nuestra lancha; subíamos en ella y con gran velocidad después de dejar atrás algunos barcos más o menos iluminados, llegábamos a nuestra Sarmiento.

La Partida

La noche del día seis de abril, última que debíamos pasar en el puerto peruano, fue S. E. el presidente invitado por el Ministro de relaciones exteriores en el Perú y nuestro Comandante, para un banquete que se daría en su honor. Desde las tres de la tarde se veía en el atracadero un extenso cordón de gente atraída por la curiosidad de ver la Sarmiento iluminada de gala, lo que nunca se hizo en el modesto puerto peruano.

Antes de llegar S. E. a bordo se encontraban ya varios señores y también numerosos corresponsales que iban a la pesca de novedad.

La brigada de guardia alineada en la borda de babor daba frente a estribor, donde debía embarcar S. E., siguiendo una doble hilera de arbolitos. Como a las 8 hs. la banda tocaba el himno Peruano, la brigada de guardia presentaba armas, en los momentos que S. E. empezaba a trepar la escala; en estos mismos momentos la Sarmiento quedó de pronto iluminada por seiscientas lamparillas eléctricas colocadas en toda la borda de la nave, a cada costado de las dos chimeneas, en los palos y vergas, presentando éstas bonito(s) aspecto pues destacaban el perfil del barco y a su pálida luz enorme cantidad de lanchitas y botes daban continuas vueltas en el agua que se veía tan negra como un abismo.

Al día siguiente, día en que la nave argentina iba a abandonar las aguas peruanas, se dejaban ver nuevamente numerosas lanchas y botes que venían no ya con la curiosidad de lo desconocido, sino a despedir los colores azul y blanco que ilumin(aron) su independencia. Soplaba viento hacia mar afuera: serían las tres de la tarde, las pequeñas embarcaciones aumentaban en número, algunas con sólo dos hombres, otras llenas de jóvenes, cuando no de muchachas, tan alegres como la abeja en la flor, unas por la popa, otras por la proa, más o menos cerca, más o menos retiradas, llegando a formarse un número de cuarenta y siete. Como he dicho, el viento que era favorable nos permitiría salir a vela. Por esta
causa, después de izadas las embarcaciones y todo listo a son de mar, se mandó: ¡Gente a los puestos de maniobra! ¡Listo a virar cabrestante! ¡Vira! ¡Listo a largar juanetes y sobres! ¡Juaneterosy sobres al pie de la jarcia! ¡Arriba! ¡Gente arriba! ¡Listo a largar el paño! ¡Arría!

Después de estas voces y otras dadas por el oficial de guardia para cazar y bracear las velas y vergas, el barco se ponía en movimiento lento, sin embargo, como de costumbre, al recalar o zarpar se tiene en las calderas presión suficiente para navegar, por esta causa aceleramos la marcha. Al tener la costa como a dos millas saludamos la plaza la que nos retribuyó los veintiún cañonazos. Después de esto apenas se distinguía el pueblo, tumba del negro Argentino Falucho, las torres de la ciudad de Lima habían desaparecido, todo se fue confundiendo, aglomerando y reduciendo. ¡Adiós Callao y Lima! ¡Adiós, Perú, nación de los recuerdos Americanos, de las mujeres, de las grandes minas de plata, que tanto valor le dieron hasta originar el refrán «vale más que un Perú»!

El Pacífico

Estamos en alta mar, en el gran Océano, hemos atravesado ya las regiones heladas del Estrecho, dejado atrás las zonas templadas y nos encontramos en las tropicales, después de haber pasado la línea de fuego. El mar como la tierra tiene sus zonas bien marcadas por los seres que pueblan su vasto campo, a más del carácter que en ellas se nota. En las frías regiones de las latitudes 50° no se aprecia la vida acuática más que por una que otra tonina, delfín y ballena y el albatros, el ave gigante que acompaña al navegante hasta cerca de los 30° de latitud. Esta es la región de los chubascos temporales, el cielo permanece cubierto completamente por varios días y lo variable de los vientos hace que a veces se navegue a nimbo diezy once millas como también que se pierda camino porvenir del lado opuesto. En las regiones templadas la navegación es más regular; el viento da suficiente fuerza para navegar a siete y ocho millas con gavias y juanetes, sopla durante varios días, el viento refresca mucho por la noche, dándose con las velas indicadas las diez millas desde las nueve de la noche hasta las cuatro de la mañana. Vense todavía uno que otro chubasco y racha, (pero) por lo general el tiempo es bueno. Es la región donde menos se nota la existencia de peces, el albatros va desapareciendo y degenerando en uno más pequeño que también
desaparece en la (región) tórrida. Llegamos por fin a las regiones tropicales tan bien marcadas y de carácter tan distintivo como las frígidas. Es la región de las calmas, de las calmas chichas, como se dice, sin que la más leve arruga se note en la horizontal superficie. Los rayos del sol son por demás ardientes y van haciéndose notar paso a paso a medida que nos aproximamos a la línea. El viento es tan sólo una suave brisa que nos da vida en las abrasadoras regiones. No se sufren temporales ni rachas; nunca se oye tronar y sólo uno que otro relámpago ilumina allá en el horizonte. Las noches de luna son hermosísimas; los crepúsculos notables por la salida y puesta del sol. Déjanse ver variedad de peces: desde la gran ballena, el terrible tiburón, hasta el alado que parte de la tranquila superficie como una exhalación para caer nuevamente en ella después de un recorrido de cincuenta o cien metros; vense en gran número delfines que dan grandes saltos, la voraz bonita, la exterminadora del pez volador, a quien devora tan luego lo agarra a tiro; abunda(n) también el salmón y otros peces que nunca pude conocer.

En navegación

A la deseada recalada en los puertos, al deseo de conocer algo nuevo, al placer de saltar a una ciudad apenas conocida por el nombre, al recorrer sus calles ya anchurosas o angostas, lindas o feas, a las comodidades de puertos, frutas frescas y nuevas, a los paseos, banquetes, bailes, a las largas horas de la noche pasadas en conocer y recorrer todo, este conjunto de placeres, en fin, es terminado por el retumbo del cañón que anuncia la despedida, así como lo hizo a la arribada, todo entonces cambia, ya no nos acercamos a un puerto desconocido, por el contrario, nos alejamos de uno que queda ya impreso en el pensamiento; no vamos a ver ya nada nuevo, sino la mar, el azul del cielo confundirse con el azul del océano. No pensamos ya en las calles, anchas o angostas, lindas o feas, sino en el estado del tiempo bueno o malo, en la dirección del viento, conveniente o no. Ya no esperamos las comodidades del puerto, frutas nuevas (y) frescas, sino por el contrario sus incomodidades, galleta, carne salada, charque y porotos; nada de paseos, sino los largos que se hacen en las interminables horas de guardia en la alta mar. No más banquetes; clases, estudios, guardias, cálculos. No más baile que aquél a que nos puede no invitar. sino obligar un temporal. La levita, el traje civil, el chambergo, al fondo del cajón. Vuelven la blusa, el sombrerito blanco y el pañuelito al cuello. Es así; el recuerdo de lo visto en el puerto que abandonamos no desaparece, pero tampoco pensamos en él. (¡)Pues no faltaría más!, pues entonces ¿qué sería del inglés, francés, navegación, artillería y maniobra? Estas y, sobre todo, los cálculos que sitúan el barco nos absorbe(n) todo el día tanto que durante todo él no nos acordamos de que estamos en el océano. Todos los días pasan lo mismo, de guardia, calculando o en clases. La noche es la hora del descanso, de la contemplación y del sueño. Nada más hermoso que acostarse en esas espléndidas noches de luna llena, de completa calma, sobre la red del bauprés, a mirar el astro rey que reverbera en el agua con brillante luz, mirar el horizonte iluminado, dominar desde allí el romper del agua por la proa, las velas henchidas y los numerosos cabos que van y vienen.

Tres horas en Panamá

La travesía de) Callao a Panamá se hizo, si bien no con vientos favorables, sí con escasez de ellos, tanto que a veces parecía que estábamos fondeados; a veces una o dos millas y otras, hasta siete; de esta manera y después de dieciocho días, dimos fondo el día veinticuatro en el Golfo de Panamá, a tres millas de la ciudad, después de haber saludado la plaza, la que no pudiendo disponer inmediatamente de una pieza de artillería, recién al siguiente día nos devolvió el saludo.

El aspecto de la ciudad desde a bordo era muy pintoresco, rodeada de montañas por la parte continental, las cuales cubiertas de vigorosa vegetación se veían de un verde tan oscuro como las aguas del mar que a sus pies se extendía; un poco a la izquierda de la ciudad se elevan aigunas islas montañosas y pequeñas, pero que como las vecinas tierras ostentan el lujo de la vegetación de las zonas tórridas. Debido a la fiebre amarilla que ahí reina en ciertas épocas y que es mortal para el extranjero, sólo el último día nos permitieron disponer de cuatro horas para visitar Panamá. En consecuencia, a las nueve de la mañana del día veintisiete nos embarcamos en la lancha, que remolcada por la a vapor, debía conducimos a tierra Colombiana4. El trayecto a recorrer antes de tocar (tierra) era bastante largo, tres millas, lo que representaba una hora y cuarto de camino, lo suficiente para ir notando paso a paso el cambio de aspecto de la ciudad. Cuando aún faltaban como trescientos pasos para poder atracar a tierra, pues no habla muelle ni atracadero artificial, tuvimos que cambiar de embarcación pues la nuestra casi tocaba fondo. Tres subimos a la pequeña lancha, la que diez minutos después clavaba la proa en un extenso cangrejal, la mayor parte de piedra. Pagamos al botero veinte centavos por cada uno y saltamos a tierra Colombiana, a la patria de Jorge Isaacs; salvamos el extenso cangrejal, que quedaba cubierto por las aguas en la plena mar, y por una escala de piedra trepamos la especie de barranca que nos separaba del ni vel de la ciudad.

Trepada ésa, yo y mis dos compañeros Constante(s) y Etchepare, nos encontramos en una estrecha calle cuyos edificios eran todos de madera. La población de negros -pero, es de advertir que eran de lindo tipo-, facciones agradables y algunas bonitas, vestían elegantemente y las mujeres aun con lujo. Estas eran por lo regular altas, y de cuerpo delgado; todas llevaban la cabeza cubierta de sombreritos de paja. Abundaba también la raza de la Gran China, con sus pómulos salientes, sus ojos arqueados, color amarillo y la larga trenza que muchas veces daba lugar a duda de si eran mujeres u hombres, recorriendo la calle y admirando la abundancia de ñutas en ciertas casas, frutas que sólo y muy escasamente se ven en los grandes mercados de Buenos Aires, llegamos a una plaza adornada de grandes plantas, cuyas vivísimas flores la cubrían casi por completo. Una vez allí pensamos en almorzar, lo que hicimos a satisfacción en un hotel cuya pobreza respondía a la de la ciudad. Terminado aquél, que nos costó seis pesos, tomamos un carruaje dejando a voluntad el llevamos donde mejor le placiese; en consecuencia dijo que nos iba a llevar a las empezadas obras del Estrecho. Tomamos, luego que nos apartamos un poquito, por una especie de avenida natural: ¡nunca pensé yo entrar en el Paraíso Terrenal, que sólo en nuestra fantasía existe, como la región más favorecida de la Naturaleza!, tal era la riqueza de vegetación de aquella privilegiada tierra. Primero atravesamos un bosque de plátanos, cuyos grandes racimos casi se caían por el propio peso. ¡Qué hermosas plantas!

Sus enormes hojas formaban una especie de techado dando agradable y fresca sombra; bajo de ellas se elevaban pajizas viviendas de negros, de forma cónica algunas, otras cilindricas y las demás, comunes, y a la puerta de ellas, o jugueteando bajo las generosas palmeras, multitud de negritos completamente desnudos con coilarcitos al cuello. Eran tan negros como el betún y barrigones que parecían algo como un bichito o gusano- Al bosque de plátanos se iban mezclando algunos cocoteros, hasta que desapareciendo los primeros, cedieron su puesto a estos últimos así pues que al bosque de plátanos siguió el de cocoteros en que colgaban sus abultados frutos. Entre los cocoteros se veían otras clases de palmeras con diversidad de frutos, unos muy grandes del tamaño de la cabeza de un niño de cuatro años, de color verde y cuyo nombre ignoro. Otros más pequeños, por fin una especie de algodonero, a juzgar por lo blanco del capullo que se veía<n> al abrirse la fruta. Nuestro cochero se admiraba de vemos admirados ante aquella vegetación para él mezquina y nos decía: «¿Y qué dejan Ud(s). para admirar en los bosques grandiosos del interior donde no sólo es intrasitable entre plátanos, cocoteros, sino entres paltas, chirimoyas, y otra gran variedad de palmeras y plantas frutales? Todo lo verde que se ve en lo alto de las montañas como en sus faldas son los bosques que le(s) menciono de lo que esto no es más que la muestra de lo peor». ¡Cuánto deseaba yo uno de estos bosques en nuestro Parque Lusitano, para que mi buen padre no sólo pudiese disfhitar de su sombra, sino también de su exquisita fruta, que hacen de las selvas vírgenes de Colombia, un edén. En realidad era aquello el Paraíso, con la diferencia de que allf la ñuta prohibida era una y aquí lo eran todas, pues de arrancar unas de aquéllas que parecían brindarse y comerlas, hubiéramos sido, no arrojados de allí, sino que allí hubiéramos quedado quizás eternamente.

Sin haber llegado donde nos propusimos, por la escasez de tiempo, alcanzamos a ver establecimientos, maquinarias, rieles, todo dependiendo de los trabajos del Estrecho. Así pues sin llegar, dimos vuelta volviendo por donde fuimos, atravesando los mismos bosques, dejando atrás el cementerio donde los muertos tenían tantas y tan hermosas flores como las tenían los vivos en sus plazas. De nuevo en el centro de la población, seguimos recorriendo sus calles, bajando de vez en cuando para ver alguna curiosidad o hacer una compra. De este modo gastamos los últimos minutos de que disponíamos, con un calor sofocante cuya temperatura media seria de treinta y cuatro grados. A la una de la tarde, hora en que expiraba nuestro plazo, nos dirigíamos a la lanchita de la Sarmiento, la que después de una hora y quince minutos atracaba por la banda de estribor. A las ocho de la noche nos pusimos en movimiento, encontrándonos actualmente en alta mar, a una latitud de 12° y 88' W aproximadamente, con un calor sofocante de 31°; a las 8 a.m. pasamos un regimiento de delfines.

De paso por Acapulco

A las 4 a.m. del día 24 de Abril empezamos a virar el ancla y a las ocho nos poníamos en movimiento, alejándonos lentamente del puerto Colombiano, para seguir rumbo a Acapulco. Toda la navegación debíamos hacerla a máquina, pues los vientos nos eran completamente opuestos. Con buen tiempo y calor sofocante, navegando de 4 a 6 millas por hora, avistamos tierra el día 26 como a las siete de la mañana. No era en (este) punto ni muy llana ni muy accidentada, notándose en el interior algunas prominencias cubiertas de vegetación. Hacia la proa y medio oculta por la bruma se percibía una elevada montaña, como especie de sombra difusa, la que por nuestra progresiva aproximación se iba destacando al mismo tiempo que parecía aumentar en elevación, creíamos algunos encontrar allí la deseada y mencionada ciudad de Acapulco, pero aquello quedó por el través, y nosotros seguíamos avantv, la ciudad no (a)parecía; de pronto comenzamos a virar y penetramos en una gran bahía sin que por eso la ciudad se hiciese notar más que antes. La elevada montaña defendía la entrada de la profunda bahía por el lado de estribor, y por el de babor elevadas islas más o menos separadas, más o menos sombreadas o iluminadas que la hacían sumamente pintoresca. Mientras tanto seguíamos penetrando, la tierra estaba ya muy cerca de la proa. Una nueva virada nos puso a descubierto lo que tanto ansiábamos ver: Acapulco. Sin embargo seguíamos mirando, pues no sabíamos si aquella multitud de ranchos diseminados sin orden y de tan marcada pobreza, era lo que tenía su puesto en las cartas geográficas, si era aquello lo que la geografía menciona como puerto Mejicano. Nos apresurábamos; enormes palmeras por su altura se elevaban cual rudos y cilindricos pilares, con su abundante ramaje en la parte superior. Grandes nos parecían a simple vista desde a bordo, pero nuestra admiración fue mayor cuando un rancho pajizo de altura más que suficiente para albergar a un hombre de pie sólo le alcanzaría en la décima parte; aquellas palmeras tenían sus 20 a 25 metros.

La ciudad cada vez nos parecía más pobre, más en desorden sus casas; sin embargo, a lo que (a) aquel pueblo le faltaba, la naturaleza le brindaba un abrigo y seguridad como difícilmente lo tendría población ni puerto alguno, pequeño o grande, era la hermosa bahía. Ya he dicho que para llegar a descubrir la ciudad hicimos dos viradas: una para tomar la gran bahía, sumamente fácil de hacerla infranqueable para el más audaz acorazado y otra algo más pequeña, a la izquierda de la primera, que es en la que nos encontramos a la vista de la población. Por todas partes nos rodea la tierra con elevadas montañas y al parecer no hay salida ninguna. ¿Cómo suponer ningún navegante que recorra la costa de día o de noche, que allí hay una población? Esta pregunta me hacía cuando se. oyó la voz del comandante que gritaba «¡Fondo!», casi al mismo tiempo el ancla levantaba una elevada columna del azulado líquido y el estampido del cañón retumbaba dentro de aquellos muros que parecían desplomarse al ruido de la primera detonación.

El bramido con los continuos retumbos no tenía tiempo de perderse cuando era reanudado por otro: parecía como un combate naval, el ruido que debido a la disposición circular de las elevaciones producía nuestra pequeña pieza de 47 (mm). ¿Qué sería el ruido producido allí por varios acorazados que arrojaran proyectiles de 250 mm.? El barco paró, pero lejos de abandonar nuestro puesto de observación, continuamos en él, dirigiendo los anteojos a los distintos puntos de nuestros hermosos alrededores. A nuestro saludo contestó el fuerte manteniendo izada a su tope la bandera mejicana. Hacia la misma proa estaba la población, a la derecha el fuerte y en la bahía, a n uestra izquierda, algunos barcos. Poco después de dar fondo, la bien recibida licencia de poder los francos bajar a tierra, se hizo circular de boca en boca, pero con carácter más extensivo, pues pudimos hacerlo todos los guardiamarinas, estuviesen o no de guardia, excepción de los arrestados.

Atracábamos al muelle, la playa era arenosa y suave, una gran cantidad de hombres y algunas mujeres estaban estacionada(s) al extremo del pequeño muelle, como pasa en todas partes del mundo cuando se trata de ver algo que pueda llamarles la atención. Aquellos curiosos espectadores parecía.! cómicos, por el aludo sombrero terminado en larga y cónica punta, la mayor parte de paja, con más o menos firuletes, según lo desease el dueño. Poco después vimos que todos los hombres lo llevaban iguales, si bien algunos lo eran de felpa. El aspecto de la población en conjunto era curiosísimo: conjuntos de ranchos en su mayor parte, se encontraban formando estrechas callejuelas, algunas más o menos rectas con veredas en peor estado, todo sumamente antiguo y de estilo español, con las ventanas resguardadas por gruesos barrotes de madera, las puertas de madera tosca y resistente. La población completamente americana, con su color característico bronceado, ojos negros y grandes, cara redonda, su andar y modos como el nuestro criollo. El calor era abrasador, como que reflejaba en la arena y piedra de la calle.

Después de tomar una cerveza con mis compañeros Gómez y Etchepare, que nos dejó muy satisfechos, seguimos caminando, penetramos en la iglesia, cuya fachada e interior correspondía a la población, algo extensa, con el techo haciendo luces, sin más que una anciana arrodillada, un Cristo crucificado en el altar y dos o tres imágenes. Salimos de allí, entramos en una tienda, la más surtida, como que a la vez era almacén, ferretería y muchas otras cosas. Allí preguntamos por muchos otyetos. el valor de otros, pero no compramos nada; sin embargo, averiguamos muchos datos referentes a la población: supimos que la plaza que tenía al frente se llamaba plaza Alvarez. que ese domingo había corrida de toros, que sólo ocho veces se daban en el año, pero que el toro no se mataba, etc. Luego que salimos y recreando siempre nuestra vista sobre aquel pueblo tan distinto de cuantos habíamos visto, con las elevadísimas palmeras  que al costado de un rancho se elevaban, el agua azul de la bahía que parecía un segundo Firmamento, las callejuelas estrechas y tortuosas, vimos al doblar de una esquina multitud de bonetes blancos de paja que iban y venían con sus dueños. Atraído(s) por la curiosidad del gran número quisimos ver de qué se trataba, entramos: en una especie de antesala había una aglomeración tal que tuvimos que esperar para llegar al grano; esperamos. Se trataba de una riña de gallos, de varias parejas, y para verla había que pagar diez centavos. Hicímoslo así y penetramos en una especie de corredor donde había un círculo de gran diámetro que era donde la lucha tenía lugar.

Tuvimos mucho tiempo esperando que la función principiase, gozando del entusiasmo de las apuestas de aquella muchedumbre andrajosa y quizás hambrienta, que, sin embargo, tenía cómo hacer frente a las apuestas que se hacían mutuamente. Cada gallo bajo el brazo de su dueño que aparecía allí era recibido con vivas y aplausos; la función debía empezar, los dos dueños saltaron al círculo cada uno con su gallo, un tercero, ató fuertemente una ñlosa y aguda cuchilla de tres pulgadas de largo en las canillas derechas de cada uno de los infelices combatientes. Luego que se estuvo listo, trazaron dos líneas a unos cinco metros de distancia cada una, agacháronse colocando los dos animales frente a frente sobre su línea manteniéndolos agarrados con la izquierda, mientras con la derecha le daban fuertes tirones de la cresta y cola para hacerlos enojar. Soltáronlos enseguida, con el pescuezo estirado los dos gallos, las plumas paradas, inmóviles por un momento mirándose frente a frente como si con la vista quisieran medirse mutuamente. Enseguida, y casi al mismo tiempo, dan tres pasos lentamente, pican el suelo, se vuelven a mirar, dan tres pasos, pegan dos o tres brincos y uno de los dos cae de costado sin poder levantarse: había sido atravesado y quedaba <a>fúera de combate pero siempre dispuesto a atacar a su adversario demostrando a los que con su sangre se divertían que un simple animal tiene más valor que un hombre.

Terminado el encuentro de esta pareja debía venir otra, pues no había tiempo que perder pues la corrida de toros debía empezar a las cuatro. Continuamos en la dirección de la fortaleza, atravesamos por el mercado que es un gran techado sin paredes laterales, lleno de diversidad de frutas de la zona tórrida; los ranchos cada vez más en desorden salpicaban la falda de la montaña. Algunas mujeres se veían en su interior tendidas sobre hamacas hechas con cuerdas vegetales. Llegamos por fin al término de una de las callejuelas, en la parte trasera del fuerte, en donde se verificaría la corrida. Había allí un gran circulo, especie de corral, cuyo cerco de varillas de madera era bien poco resistente. Esta especie de corral tenia dos puertas: una para la entrada de los toreros y otra para pasar el toro que está en un alojamiento adosado al corral pero separado; hay cinco de éstos correspondientes a otros tantos. Unos palcos hechos de madera y paja de techo eran reservados para la primera categoría que debía satisfacer la suma de 10 (hay una palabra ilegible).

Poco antes de principiar la escena había un numerosísimo público, alojado no sólo a los al<r>rededores sino en la elevación del fuerte: mujeres, niños, hombres, mercaderes ambulantes, con grandísimos sombreros, dando aullidos para llamar la atención de sus mercancías. Por fin se sintió un tropel y rumor de multitud de movimiento: eran los toreros que venían y por detrás de ellos una banda de música, formada por un flautín de lata, un clarín viejo, unos platillos abollados y un tambor con el parche roto, detrás de éstos, en tropel, multitud de alegres muchachitos, negritos en su mayor parte.

(Los toreros) eran cinco, cada uno con sus traje(s) distintivos, con costosas y coloridas capas con las que provocan al animal. Todo listo ya, y después de distribuirse convenientemente, sacaron las tranqueras de las entradas del fondo, y salió un torito de linda parada, Con sus afilados y largos cuernos; titubeó un momento y luego se abalanzó sobre los toreros quienes ni de esperarlo habían tenido tiempo. Este primer empuje del animal fue salvado felizmente; después de tomar aliento el animal y como le hicieran flamear una manta roja, se les vino encima. El torero, lista en la mano una banderilla, espera el empuje del toro, en el momento mismo de llegar y cuando debía levantarlo en las astas, hácese a un lado y clava<ba> en el pescuezo del animal, cerca de la cabeza, su banderilla; al sentirse herido da un bufido y atropella al primero que ve, sin darle tiempo a la cuerpeada, lo tira por tierra y pasa; felizmente, no fue más que el rudo golpe, pero no fue herido. Llevóse este toro, y se sacó uno que pasó con paso lento y mirando a la concurrencia en medio de la silbatina que le armaban, llegó al centro, se paró, echó una mirada de menosprecio, dio media vuelta y se fue al lado de uno de sus compañeros, donde no hubo fuerza humana que lo hiciera salir. Vino un tercer toro, ¡lindo animal!, grande, gordo, de linda parada; fue recibido con entusiasmo por la concurrencia. Entusiasmado en exceso salió un vigilante que estaba también medio alegre, para remedar a los toreros; sacó su pañuelo de mano y con eso quería llamar la atención del animal que ni se dignaba a mirarle. Envalentonado con esta indiferencia y resistiendo a los que lo querían sacar, logró hasta clavar una banderilla. El animal salió entonces de su empaco y encarándose sobre el pobre tonto lo dio contra el suelo dondehubiese quedado, si no hubiese<n> empleado la fuerza de los cuatro toreros que lo sacaron medio muerto. Como se fuese haciendo tarde, tuvimos que retiramos a pesar nuestro, para aprovechar en ciertas compras el poco tiempo que nos quedaba. Una vez que nos alejamos un poquito de aquella inhumana diversión, subiendo la cuesta del fuerte apreciamos el bonito conjunto que formaba el círculo de la corrida, los movimientos del toro, las cabriolas de los toreros, el inmenso público que los presenciaba; éste era compuesto de gente pobre casi en su total mayoría, hombres algunos en mangas de camisa, con grandes fajas y enormes sombreros de paja cuya elevada punta los hacía medio metro más altos y mujeres rodeadas de sus pequeñuelos, aplaudiendo entusiastas algunas banderillas bien colocadas, las que no, vendiendo guayabas, granadillas o bocadillos.

Pocos momentos después dábamos el último adiós a aquel pueblo tan escaso de elementos de civilización como de vida, pero sin embargo, pintoresco y alegre.

Al oscurecer del día ocho nos alejamos de la profunda y hermosa bahía de Acapulco, llevando de ella una agradable impresión. Apenas nos hubimos alejado de la costa, el barato elemento, el aire, sustituyó al vapor, hinchando las velas y llevándonos casi completamente al Oeste, empezando así esta nueva travesía que tan cara debía costamos.