Historia y Arqueología Marítima

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Buque Museo Fragata Presidente Sarmiento

Indice Fragata Sarmiento

Viaje de Instruccion No 1 -3 

Diario de Hugo da Silva (Guardiamarina, Promocion N° 25)

1 Bs As- Valparaiso 2´El Callao- Acapulco 3 San Francisco 4 Honolulu- Japon
Hacia el Oeste

Hace ya siete días y me parece imposible la realidad. ¡El!, tan lleno de vida, tan fuerte, tan alegre; él, mi compañero de estudios, de tareas y alegrías; él tan joven y lleno de nobles ambiciones, él que tan lleno de entusiasmo como de satisfacción se despide por tan sólo dos años de sus padres, para dar la vuelta a nuestra esfera llamada mundo; él, en fin, que parte dejando lágrimas en los ojos de sus queridos padres y esperanza en el corazón, esperando el hermoso momento del regreso, yace descansando en las profundidades del océano. Me parece verlo, lleno de alegría, saltar a tierra, para buscar en ella el descanso y las comodidades tan deseadas cuando se está en la mar: me parece verlo en cubierta, pasearse de banda a banda, con algunos compañeros, contemplando el mar y su inmensidad; pero recuerdo y le estoy viendo, en una pequeña enfermería, delirante por la fiebre, sus ojos velados por la proximidad de la muerte, su frente sudorienta; le recuerdo también, sus débiles quejidos, que de cuando en cuando exhala en el profundo silencio de la noche: recuerdo cuando su respiración se hacía fatigosa, su quejido imperceptible y recuerdo también que después de un instante, <mas> sus labios agitados por la<s> fiebre dejaron de moverse, sus ojos perdieron el brillo, la palidez cubrió su rostro, el calor de los pies disminuía, las manos estaban frías; ¡aún tenía vida! ¡Qué momentos supremos! Veinte compañeros, pues no cabían más, apoyado(s) en su lecho aguantaban hasta la respiración, si como con el profundo silencio quisieran devolverle la esperanza a los corazones; era en vano, una especie de suspiro se escapó de su interior; quizás sería el adiós de su espíritu al dejar este miserable mundo y elevarse a la verdadera vida, pues su cuerpo no era sino un cadáver; miserable e inmundo despojo humano, que bien pronto se arrojaría al mar.

La noche estaba fría y oscura, la mar picada, la nave meciéndose agitadamente y en ella, una mesa enlutada, las paredes revestidas de negro; en la mesa un cadáver, las manos entrelazadas sosteniendo en sus rígidos dedos un crucifijo; cuatro centinelas con el rifle armado y contemplando con tristeza esos despojos de un compañero querido, aquellos que con él compartieron la inclemencia de la mar y las alegrías de tierra, allí estaban acompañando a aquél cuyo cuerpo también sería arrebatado para siempre.

Al día siguiente debíamos ponerlo en su ataúd, en su modesto ataúd como el de todo marino que muere en su elemento; no teníamos por cierto el placer y hasta puede decirse el consuelo de depositarlo en uno de ricas maderas, sino envolverlo en blando lienzo, colocando entre sus piernas y alrededor de, antes, su delicado cuerpo, barras de hierro que le sirvieran de lastre, envuelto convenientemente, se le cosió perfectamente y se le amarró a los pies una maza de hierro de cuarenta kilos, el pabellón patrio cubría su cuerpo, como lo había hecho desde el momento que falleció, el día 29 de Mayo a las 9 hs. 5 m. de la noche.

Se aproximaba la desgraciada hora de tener que entregar al océano el cuerpo de un compañero, sin tener el consuelo de darle sepultura en tierra, donde una vez pudiese recordar algún día, el lugar del descanso etemo a sus padres y amigos.

La noche empezaba fría y negra como la anterior, pero la mar se agitaba con furia chocando la rota ola en la misma borda, como si estuviese hambrienta de ese cadáver. La tripulación formó por brigadas en ambas bandas. Los guardiamarinas y demás oficiales inclusive el comandante se aproximaron a él. En el misterioso silencio que había, sólo interrumpido por el chocar de las olas, a la débil luz de un farol, el comandante leyó:

«Señores oficiales, guardiamarinas y tripulación:

«Una ley que fatalmente debe cumplirse para todos, nos arranca en la soledad de los mares a un joven compañero de armas. Muere al iniciarse en su carrera y en el albor de la vida, pero muere en un pedazo flotante de la Patria, a la sombra de su bandera y aunque distante del hogar de sus padres, rodeado en cambio del sincero cariño de todos los que con él emprendieron viaje a bordo de esta nave.
«El Océano, inmenso campo de acción del marino, va a recibir ahora mismo los despojos de uno de ellos, y las ondas agitadas de la superficie se abrirán para darle<s> paso, hacia un abismo de quietud y de silencio.

«Muere en el ejercicio de su profesión y será su tumba la apropiada tumba del hombre de mar, cuyo reposo en las grandes profundidades ni las tempestades mismas perturbarán.

«La ciencia médica provista de cuanto le ha sido necesario lo auxilió desde el primer momento en su enfermedad con celosa competencia, agotando los humanos recursos y ya que no pudo consérvanos su vida, acatemos con resignación cristiana el fallo supremo de la Providencia, en cuyos misteriosos designios no nos es dado penetrar, al entregar a las aguas los despojos mortales del que fue en vida el guardiamarina Augusto del Campo, y al separamos de él para siempre, demos expansión a nuestros sentimientos religiosos rogando al Divino Creador por la paz y bienestar de su espíritu.

«Estos restos queridos se arrojan al Océano Pacífico Norte en los 36° 25' de latitud y 141° 32' de longitud Oeste, a 840 millas de la costa más cercana.

«Guardiamarina Del Campo:

«Como jefe de este buque en el nombre del Todo Poderoso te bendigo y en el de la Patria, cuyo glorioso símbolo envuelve vuestro cadáver en este momento, te despido con el supremo Adiós, al que acompafla(n) el dolor y las lágrimas de tus compañeros, los presentes tripulantes de la Fragata Sarmiento.»

Terminado que hubo se tomó la tablilla, donde descansaba, se la llevó a la banda opuesta, mientras una marcha fúnebre acompasada por el lúgubre sonido de una campana hacían salir sollozos en vano tratados de reprimir: la tablilla descansó en la plataforma de la escala con los pies hacia afuera y el lingote próximo a caer; la mar se sacudía con violencia, el viento silbaba en la arboladura, la tabla se inclina, el lingote -enorme masa de hierro- cae al mar, pega al mismo tiempo un brusco y terrible tirón, el cuerpo cae y una ola impetuosa le cubre para siempre.
San Francisco

Estamos por fin a la vista de tierra Norte-Americana, después de 29 días de que abandonamos el pueblo de Acapulco y de aguantarnos los tres últimos días a la capa. Los últimos días de esta larga navegación se iban haciendo penosos no sólo por el fastidio de la larga travesía, sino (por)que los alimentos se hacían más escasos, agua dulce ni para lavarse la cara la había, la comida escasa y de mala calidad y, por último, los bruscos e interminables rolidos, que no dejaban cosa en su puesto que no estuviese trincada o asegurada de algún modo. En la cubierta era difícil caminar pues los bandazos nos arrastraban de banda a banda, dándolo a uno contra la borda, cuando no resbalaba en la empapada brusca pendiente que se formaba al inclinarse el barco; esto, más que todo, es lo que hacía que San Francisco nos fuese desde luego uno de los puertos más deseados desde los hasta entonces visitados.

El día 6 de junio, como dije, se vio tierra por la banda de babor a proa; navegábamos ya a vapor, aumentando con esto los rolidos. A las 10 de la mañana sin notar todavía la presencia y proximidad de una ciudad, encontramos una barquita, que vino en nuestro sentido, tenía un gran número tres impreso en la hinchada vela; a distancia conveniente y casi sin notarlo, largó un botecito que se dirigió a nuestro bordo. La Sarmiento paró y esperó la llegada de la atrevida pequeña embarcación, que sólo conducía tres hombres, dos de los cuales bogaban y el tercero, anciano ya, gobernaba el timón. Al casi atracar notamos que uno de nuestros contramaestres, un gallego de lo más gallego, trataba de llamar la atención a los del bote. Nuestro buen hombre les avisaba que iba a tirar un chicote para que se aguantasen, pero no caía en cuenta que los otros no podían entenderle, por más que gritase, pues eran yanquis. Nuestro viejo del botecito, dando muestras de una gran agilidad, trepó tomando del cabo y apoyándose con los pies en el casco, hasta la misma toldilla.

Iba abrigado con un largo sobretodo, un chambergo partido al medio, que hacía simpático al viejo yanqui de larga y blanca melena y su fisonomía inteligente; nuestro huésped embarcaba como práctico y como tal tomó a su cargo la dirección y mando de la nave. El día estaba completamente despejado, el sol daba un suave calor y la cubierta empapada por las olas empezaba a secarse no ofreciendo ya peligros la estadía en ella. Todo el paño se largó para aferrarlo de nuevo, pues sólo había sido cargado y aferradas algunas velas, que el viento permitió hacerlo. Algunos en la toldilla y otros en el castillete, devorábamos con la vista los accidentes de la costa para averiguar dónde quedaría la entrada; no tardó ésta en hacerse notar, en la abertura que formaba(n) dos brazos de tierra muy pronunciados en cuyo interior se encontraba la bahía sobre la que se extiende la ciudad.

Ibamos a ocho millas de velocidad en dirección a dicha entrada. Distante aún de ella y a las faldas de elevadas montañas empezamos a percibir casitas blancas, unas más elevadas que otras, y más o menos agrupadas. Serían las 2 p.m.
cuando avistamos el pontón faro San Francisco, muy parecido al nuestro de Banco Chico y Punta Indio. A medida que nos aproximamos, la vista de la costa se hacía no sólo pintoresca, sino bonita; multitud de rocas salían del mar, cerca de la costa y donde en blanca espuma se deshacían las olas que en ellas iban a chocar. En la costa misma gran número de casas, al parecer sin orden ninguno, casi todas de blanco (y) algunas de ellas bastante grandes y de muy linda apariencia. Estábamos ya en la bahía, (e) íbamos encontrando gran cantidad de barcas de prácticos, todas del mismo tamaño, igualmente construidas y con sus números respectivos.

Serían las cinco de la tarde cuando se notó la presencia de la gran ciudad completamente envuelta y casi oculta por el oscuro humo de sus innumerables chimeneas. Es grandioso el aspecto de la ciudad desde a bordo: esa aglomeración inmensa de edificios, en un terreno sumamente accidentado, sus calles completamente rectas, tanto que desde la distancia que la veíamos parecía un zanjón tirado a línea.

Aún distábamos de la ciuda(d); íbamos encontrando numerosos edificios aislados, de varios pisos y de elegante construcción. En las ondulaciones del terreno se notaba la red de hilos telegráficos que cruzaban en varios sentidos. A las seis de la tarde dábamos fondo como a tres millas de San Francisco, el rincón de Norte América, como la llaman los yanquis, y, sin embargo, más ciudad que cualquiera de Sur América, si se exceptúa Bs. Aires, la que supera no obstante bajo muchos puntos de vista.

Antes de dar fondo recibimos la visita de la sanidad. Era ésta compuesta de un doctor, viejo ya, de barba cerrada, bajo y flaco, muy derecho, acompañado de un joven. Se hizo formar todo el personal del barco al cual contó para ver si era el mismo número que el que indicaban las planillas; pasó revista por el sollado y cámaras y luego por el grupo de guardiamarinas y oficiales. Terminada la revista se retiró declarando en bueno el estado sanitario del personal y oficialidad.

La ciudad a cuya puerta habíamos fondeado<s> se nos presentó espléndidamente iluminada, eléctricamente, en su basta extensión. ¡Como que era el país de la electricidad! Era de admirar la gran difusión de luces que por todas partes nos rodeaban, al frente, la de la ciudad, a distintas alturas <alturas>. algunas rozando el nivel de las aguas, otras a cuarenta o cincuenta metros: a nuestra espalda, o sea lo que habíamos dejado atrás, la de los pueblitos vecinos, algunas completamente aisladas que parecían un faro y como si esto no fuera bastante para probamos los yanquis que sabían hacer buen uso de la electricidad, multitud de ferry-boats cruzaban la bahía completamente iluminados como si fuesen construidos sólo para encantar la vista con el cargamento de bujías: parecían un castillo iluminado y flotante. Aún hay que agregar la iluminación de los numerosos barcos de guerra y mercantes fondeados a nuestro alrededor.

Esa misma noche tuvieron los francos la fortuna de bajar a tierra, mientras que los de guardia aún teníamos que pasamos en cubierta una noche más, careciendo del elemento indispensable en tal servicio, de cigarrillos, teniendo aún en el estómago sin poder renovarla, la dura galleta y charqui, sin ver más seres que del feo sexo y sin tener más espacio que la reducida cubierta. Sin embargo la guardia de esa noche, no obstante tener la papa al frente y no poderla comer, era una delicia comparada con las anteriores y sobre todo con las tres últimas que nos obligaba a tenemos a porrazos en cubierta, empapados por las olas que no respetaban la altura de nuestra nave y combatiendo con el viento, que hacía estar el ojo abierto al velamen y las manos a ios cabos. Pero ahora fondeado, no tenía que preocupamos aquello<s> y podíamos contemplar a satisfacción los numerosos ferry-boats que desde lejos se anunciaban por sus roncos bramidos. A las 3 hs. 30 empezó a aclarar y la actividad y movimiento del puerto y el humo de las chimeneas acusaban no haber dormido, pues los barcos iban y venían y las chimeneas largaban un grueso y oscuro humo que se cernía (?) por toda la ciudad.

Sonaron por fin las ocho de la mañana y el retén, muy a pesar suyo, tuvo que relevamos, transformándonos los de la guardia saliente en menos de quince minutos en hombres de chamberguito, cuellito bien planchado y bastón, listos para embarcar en la lancha a la primera voz de ¡lancha a tierra! Apenas ésta se dejó sentir estábamos ya embarcados mirando a la dirección del muelle. Pasamos junto a uno de los mejores barcos de guerra de la Unión, el Iowa, de dos chimeneas, flameando, como es natural, a su popa el estrellado pabellón de Norte América.

Llegamos por fin al muelle, éstos son flotantes, siendo esto una comodidad pues pueden transportárselos a remolque de un punto a otro. El puerto, si bien muy grande y concurrido, no tiene el valor y la obra de los nuestros. No tiene nuestros grandes diques y muelles, ni esa disposición tan ordenada con el gran número de maquinarias para la carga y descarga, que en nuestro puerto alineadas en gran extensión parecen grandes gigantes. Tampoco hay <los> grandes depósitos como los que actualmente se ven en nuestro puerto, sin embargo, en el que nos encontramos, no se puede decir que se carezca de comodidad: un barco puede atracar directamente a los muelles donde tienen completa seguridad, comodidad para la carga y descarga, con buen fondo y con la suficiente capacidad para los numerosos barcos a vela que allí se encontraban. así como grandes paquetes transatlánticos y chatas cargadas de carbón, hierro y fardos.
Un corto número de gente se encontraba en el pequeño muelle, mirando casi con indiferencia el corto número de tripulantes de la pequeña lancha que desde miles de millas se presentaba con un pabellón para ellos desconocido, quizás sin reparar en nuestra bicolor bandera, nos tomaron por españoles al oír nuestro idioma, nuestra presencia y nuestro traje.

Nosotros, sin preocupamos de lo que de nosotros pudiesen decir, saltamos a tierra con la satisfacción de ser los representantes vivos de nuestra querida Nación.

Fuera del muelle y ya en tierra fírme, doblamos en la primera calle: ésta, como todas las que después vimos y según ya lo habíamos notado desde a bordo, era muy recta y ancha, muy parecida por la situación y el tráfico a nuestro Paseo de Julio y sin tener los paseos que la nuestra, pero con doble hilera de tranvías eléctricos; a la izquierda teníamos los edificios ocupados por pequeños negocios, en su mayor parte por restaurantes, cafés, cigarrerías y algunas tiendas, los edificios por lo general de dos y tres pisos. A nuestra derecha, los muelles y las barcas y caminando seis cuadras en el mismo sentido, la estación del ferry-boat, grandes edificios con elevadas torres, donde desde a gran<de> distancia se puede ver la hora, y desde una mucho mayor la luz que se encuentra en la parte más elevada.

Esta estación marítima es sumamente concurrida, pues es la central para tomar pasaje para los numerosos pueblitos vecinos.

Se ven allí los (hay una palabra ilegible) con su diario, ofreciéndolo a grandes voces al público, sin ser tan molestos y cargosos como los de nuestra capital. Esta estación da término a la mejor calle de San Francisco, que más bien que calle es una linda avenida, para algunos mejor que nuestra calle Florida y no hay duda (de) que lo es para cualquiera que no sea muy apasionado a lo nuestro. Es mucho más ancha, el piso es de asfalto como lo es el de casi todas las calles, sus edificios son mucho más grandes y elevados que en la nuestra, hay una doble hilera de tranvías cuyo conducto eléctrico es subterráneo (y) vienen a desembocar en ella dos calles juntas, una que la corta perpendicularmente y (la) otra oblicua. Como es natural en uno que va de paseo •sin conocer nada, toma por donde más le agrada y, en consecuencia, tomamos por la calle mencionada que es la simpática Market Street. Los edificios son en su mayor parte de cuatro, cinco y seis pisos, muchos de siete y algunos de ocho y nueve pisos. Por sus calles se ve una procesión ininterrumpida que va y viene pero sin confusión: los que van en un sentido lo hacen por cerca de la pared y del lado de la calle los que lo hacen en el otro. Es de notarse el poco uso que los yanquis hacen del bastón y aún del cigarro, no obstante, que casi hay cuatro o cinco cigarrerías por cuadra. Las mujeres, que casi nunca van acompañadas por el hombre y muchas veces
solas, caminan con mucha soltura, sin acostumbrar llevar objetos en las manos, como libros, abanicos ni carteras. Son muy derechas y usan poco el sombrero lleno de plumas y flores, sino uno muy sencillo de paja con algún moño u otro adorno de poca vista.

Seguíamos caminando por nuestra calle, parándonos en algunas vidrieras para admirar algún objeto curioso y el poco valor de otros, entre éstos los relojes: desde el subido precio de 100 dólares ó 20 libras, hasta el modesto de 95 centavos. Gramófonos por 10 dólares y máquinas fotográficas de diferentes precios y baratas. Grandes armerías, con armas de todas las últimas reformas; revól ver(es) de todos (los) precios y algunos tan pequeños que se los puede llevar en el bolsillo del saco y sin que se note. Numerosas casas fotográficas, mostrando al público las acabadas fotografías de la época en grandes cuadros, iluminadas y a lápiz.

Si los yanquis no fueran hijos de ingleses se podría decir que les había entrado furor, o que era la época de la fotografía, pues aparte de las casas especialistas para esto y de las casas de venta, creo que son muy pocos los que no poseen una (máquina), más o menos de costo y más o menos reformada, o por lo menos que no conozca su funcionamiento y manejo. Por otra parte abundan las instantáneas y en menos de cinco minutos uno tiene una regular fotografía por 0,25 do. (=dólar).

Uno de los mejores hoteles de esta calle es el «Palace Hotel», lindo y gran<de> edificio de siete pisos; sus numerosas piezas tienen todas vista a un espacio circular interior, en donde se encuentra un gran patio en la planta baja, las galerías están adornadas por plantas y en el espacio central de este patio penetran los carruajes, con los parroquianos.

A su entrada y de pertenencia del hotel hay una gran librería y un servicio chino. El precio de una pieza por las 24 hs. es de dos pesos, pero en cuanto a lujo no dejan que desear, con su bien completo servicio de muebles, sus bien barnizadas y pintadas persianas, las bordadas cortinas de las anchas puertas, el cómodo baño de agua a distintas temperaturas. Por otra parte la vista de la ancha avenida es muy entretenida, al contemplar el gentío que parece un enjambre de insectos y los numerosos tranvías que la recorren. Cansados de caminar y con algún apetito, pues eran las 11 hs. 30. pensamos en comer, por lo cual la hermosa vista de muchas vidrieras ya no nos llamaba la misma atención que antes: en cambio, mirábamos con cuidado donde hubiese combustible para nuestra maquinaria, hasta que con placer leimos el nombre de «California Hotel», y allí nos metimos con mis dos compañeros. Una vez sentados, pedimos la carta, pero la tal carta era muda para nosotros, pues no entendíamos ni papa en inglés.

 El mozo que apenas nos la colocó se fue. no volvía y pensábamos en él para dejar la lista a su gusto, pidiéndola la hiciese reducida, pero no caíamos en cuenta (de) que el mozo era yanqui. Al poco rato volvió trayéndonos una gran cantidad de pan, en rabanada(s), caliente, y <en> pequeñas galletitas y doble plato de manteca. Por cierto que a no tener tal apetito nosotros, nos hubiéramos disputado (?) aquel cargamento, pero lejos de eso, no nos hicimos de rogar. En seguida nuestro servidor cayó con una cantidad de botellas de cerveza y copas con hielo. Entonces nos pusimos alerta, pues como aún no nos habían pagado, sólo poseíamos entre los tres two dollars o cinco pesos moneda argentina y aún no conocíamos lo que allí valía la vida. No obstante, tendríamos caras de buenos huéspedes, pues enseguida se nos presentó una rica ensalada de pollo y, tras el(la), una gran costilla de cerdo con papas fritas y un plato de espárragos. Como vía de descanso para los dientes, que no perdían intervalo con las galletitas y la manteca, puso tras de él una especie de estofado, una rica tortilla y con esto ya no podíamos más y el gran deseo de terminar y salir del paso nos hizo recurrir al poco inglés que poseíamos para el caso: We are not hungry. How many? -No tenemos más hambre. ¿Cuánto le debemos?- Pero el mozo no nos quería largar sin postre (y) nos trajo una gran frutera de fresas y una especie de crema para tomarlas, y luego duraznos y naranjas y, por fin, llegó el café y tras él la cuenta: le debíamos sesenta centavos cada uno...

Una cosa notamos que hacía falta y eran servilletas, pero no era negligencia del mozo ni costumbre sola de esa casa, sino que lo es de toda la nación, lo mismo que en los hoteles no se pone<n> ni cepillo para el pelo, ni peine. Satisfecha nuestra cuenta, salimos y seguimos por la misma calle, caminando lentamente y fumando con agrado un cigarrillo.

Después de dos días bajamos nuevamente pero ya no temíamos que nos cobrasen two dollars por una comida que sólo valía uno. Continuando nuestro paseo interrumpido anteriormente, tuvimos ocasión de visitar una de las mejores tiendas, el Emporium, edificio de tres pisos situado también en Market Street. La importancia de la gran tienda es superior, bajo todo punto de vista, a la mejor de Sur América, o sea nuestra Ciudad de Londre(s), y no puede decirse que sea sólo una tienda y si así se la designa es porque sería muy largo y difícil de retener los diferentes ramos que encierra. A su frente, que es un ancho corredor, hay colocados en sus vidrieras únicamente lo referente a telas y trajes, habiendo un verdadero regimiento entre hombres, mujeres y niños, vestidos con ricas telas, pero como es de comprenderse son sin vida. Antes de entrar se encuentra uno con una gran librería y papelería, una vez dentro se necesita una guía especial para ir directamente al punto deseado, pues sería fácil en vez de ir a la armería, fotografía o joyería de la casa, dirigirse a la sombrerería, sastrería, guantería, al departamento de plantas o flores, si es que no se dirige uno a la botería o a   departamento de plumeros, cepillos o al de baúles, valijas y carteras. Por otra parte hay una sucursal de correos, barbería, venta de licores, fiambres y frutas secas y si como esto no bastase, se tiene el departamento de mueblería, cigarrería, lozas y porcelana, y no se vaya a creer que si de todo hay es porque tendrán los objetos en cantidades reducidas y amontonados, ocultos a la vista, cada uno de los mencionados tiene su departamento especial, que puede funcionar como una casa independiente. Pero si es de admirar lo mencionado, es aún más admirable el desfile de compradores o curiosos que entran y salen y más aún el movimiento de la casa, de los numerosos empleados y empleadas, ninguno está sin vender una cosa o cuando menos enseñándola al numeroso público. Las mercancías van y vienen en máquinas especiales para ser envueltas y entregadas al comprador. Los ascensores suben y bajan sin descanso, bastando apenas los varios que hay para satisfacer las necesidades del público.

El servicio de tranvías es inmejorable, casi todas las calles tienen línea doble, una para la ida y otra para la vuelta. El mayor número es a electricidad haciéndolo funcionar a vapor en los alrededores y a sangre, de estos últimos muy pocos, y todos o la gran mayoría tienen la mitad cubierta completamente y la otra descubierta para los que deseen fumar o tomar fresco. El tranvía, a cualquier punto que a uno lo conduzca, vale cinco centavos oro, pero hay que tener presente que con ese boleto se puede hacer un recorrido de cuatro o cinco millas y como la ciudad es tan accidentada permite vérsela edificio por edificio desde el tranvía y gran parte de ella en conjunto al subir una cuesta elevada.

Entre las cosas más dignas de visitarse para pasar un buen rato gastando poco dinero es el Chutte, que al mismo tiempo que exposición, (es) sitio de diversión. Para ir a él<la> se toma el tranvía que va para el parque, ya en Market Street o en cualquier calle parálela a ella. La entrada al edificio vale diez centavos oro y la expide una simpática yanqui que tiene su despacho a la misma entrada. Una vez dentro se puede visitar todo el establecimiento: los animales, etc. Referente a lo último, el museo es muy inferior al nuestro, teniendo sí algunos ejemplares de que nosotros carecemos, entre ellos cinco focas, vistosos guacayamos y algunos propios del país. Lo más curioso es un hermoso caballo blanco, de tamaño común, pero cuyas blancas crines tienen un largo de cuatro metros y su cola de cinco, es el que siempre tiene más visitantes y se han ofrecido por él hasta cuatro mil dólares. Algo más curioso que este lindo ser itTacional, lo es uno racional, que es el hombre más pequeño que se conoce en el mundo, su peso es de catorce kilos y su estatura de 18 pulgadas, la cabeza es algo desproporcioada y su voz es muy chillona. Se encuentra también allí un ferrocarril diminuto en que el ancho de la vía es a lo sumo de tres decímetros, y el alto de la locomotora de 0,6 metros, en los diminutos vagones sólo caben

cuatro niños; es una verdadera monada aquello y hay que ver el placer de los pequeños viajeros cuando el trencito da la voz de partida con su agudo chiflido; saludan a su mamá como si fuera un gran viaje y el tren se pone en movimiento permitiéndose largar sendas bocanadas de humo. La longitud de la vía alcanza sólo a cuatrocientos metros aproximadamente.

Si a la suma de la entrada se agregan diez centavos más se puede hacer un gira en la montaña rusa; ésta tiene su recorrido en forma de espiral teniendo sólo dos espiras y la extensión de éstas es aproximadamente (de) 1500 metros. Hay en ella pendientes tan bruscas que parece más bien que cae y no que rueda; al llegar a una curva uno puede caer en peligro, pues aquélla es muy cerrada y la velocidad con que llega es vertiginosa. Antes de terminar la última espira hay una gran boca de un animal fantástico, con enormes dientes. De lejos, yendo en el coche parece aquella boca muy pequeña y que en ella nos fuéramos a estrellar. La velocidad es tan grande que antes de darme cuenta del fantasma, aquél ya nos ha tragado y nos encontramos en una tiniebla completa, después de tres minutos, allá muy lejos aparece la mar y un faro a l(os) que nos acercamos, pero tampoco nuestro convoy se detiene y luego estamos nuevamente a la luz del día, terminando nuestra gira.

Sumamente curiosa es la cámara oscura: en una especie de plato, situado en una pieza de poca luz, se ve por cierta combinación de la luz que viene por un gran tubo colocado en el techo, todo el movimiento de la ciudad de San Francisco, incluyendo el de la misma exposición: los edificios, las calles, los transeúntes que van y vienen, los tranvías que recorren las calles, los visitantes de la exposición, la montaña rusa, la caída, etc.; para verlo hay que abonar diez centavos más.

Una cosa que al verla por primera vez asusta es la caída; consiste en una pendiente sumamente brusca, que viene a rematar en un pequeño lago. A ese lago viene a caer un grueso chorro de agua que viene de la pendiente. Como es de comprenderse la fuerza de esa corriente líquida es irresistible y arrastra en su rápida carrera todo lo que encuentra. En el otro extremo de la pendiente hay una plataforma y desde allí se larga por la pendiente líquida un bote lleno de gente; éste viene como una flecha, tanto que a uno le da una sensación (de vértigo), y al encontrar la superficie horizontal del lago con su gran velocidad, pega un enorme salto de 15 ó 20 metros, cayendo nuevamente en el agua: esto es un ejercicio muy agradable, exento de peligro y de mojarse.

Después de las diversiones mencionadas, <hay> (está) el laberinto. Pasamos nosotros por allí sin damos cuenta, y nos paramos para oír las proclamas que un individuo hacía en inglés al público como invitándo(lo) a pasar adelante. Hicímoslo así después de comprar un boleto que nos indicó por seña(s).

Hecho esto nos abrió una puerta y entramos en un pequeño cuarto que tenía cuatro puertas. Como allí no hubiese nada, abrimos una de aquellas puertas y penetramos en otro exactamente lo mismo; abrimos una de sus cuatro puertas y de nuevo otra igual; entonces caímos en el engaño, pero no del todo, pues quisimos salir inmediatamente para no perder tiempo, y en consecuencia, volvimos hacia atrás, pero anduvimos como cuarenta minutos abriendo otras tantas puertas, y no pudimos encontrar la salida: era un verdadero laberinto y para salir de él tuvimos que pagar nuevamente diez cts. (=centavos), pues de otro modo no nos indicaban el camino.

Para no detenemos más en este establecimiento que por otra parte habíamos recorrido de paso, citaremos el teatro, concurrido por gran público, que sólo tiene que pagar los diez centavos de la entrada general. En estas diversiones se nota también la diferencia de carácter de la raza, aquí se mira y se goza en completo silencio, tanto como en un templo, resonando por momentos grandes aplausos, acompañados de entusiastas chillidos, (lo) que entre nosotros significa desagrado. Se presenta en el escenario una elegante y bonita dama, ricamente vestida, su simpática cara, su mirar picaresco y su suave y melodiosa voz atraen desde el primer momento. Después de danzar con gracia algunos minutos y de hacer la coqueta para halagar más, empieza a desnudarse, a medida que la voz se le va haciendo más ronca, sácase todo el traje y queda con uno de hombre. Entonces ya se la empieza a mirar con recelo, al ver aquel cuerpo, alto, ñaco, sin elegancia, hasta que la elegante dama se saca la peluca y queda transformada en el bicho más feo que jamás se haya visto. Después de otro acto seguido a éste, nos retiramos satisfechos de nuestra visita al Chutte.

Si las calles, los edificios y las diversiones mencionadas nos habían agradado, nos faltaba aún el complemento, el parque; por esta causa y como la hora, la temperatura y el estado del tiempo convidaban a caminar, a la par que nuestras piernas necesitaban de ese ejercicio, nos dirigimos al «Golden Gate Parle» o «Parque de la Puerta de Oro». Para dar a conocer la importancia de este espléndido paseo diré que, no obstante haber visto bonitos jardines, haber admirado la riqueza y hermosura de las vírgenes selvas de Panamá, los grandes bosques de elevadas palmeras de Acapulco, el hermoso Parque al que penetrábamos nos ofrecía aún algo grandioso y bello: sus avenidas, sus pequeñas montañas cubiertas de frondosas y hermosas plantas, surcadas de innumerables caminos, por esa espesura donde los rayos del sol no penetraba(n), sus quebradas, sus cuestas, su pequeña llanura alfombrada de flores de deliciosa fragancia, sus lagos, fuentes, ya un espeso bosque de aspecto sombrío y oscuro, ya una pradera llena de luz, ya grandes árboles, ya un laberinto de colores de las vistosas flores. Se respira y se contempla allí naturaleza encantandora, nuestro Palermo,
con sus avenidas, sus jardines y sus lagos es como el bosquejo en pequeño de un aran<de> cuadro.

Los al<r>rededores de la ciudad son también un verdadero paseo: bonitas casas de madera, con su jardín al frente, cuando no grandes y aislados edificios, que son una escuela, o una fábrica, todo hecho con gusto y limpio.

El edificio más elevado es el Cokof, de dieciocho pisos. Entre los edificios notables hay que citar también el Cliff-House, con hermosas vistas al mar, numerosas rocas que se elevan a su frente sobre la horizontal superficie de las aguas, habitadas por grandes lobos que se ven tendidos perezosos sobre su duro y marítimo lecho, donde las olas se venían a romper en blanca espuma, con un bramido semejante al del trueno lejano. Existen allí los baños más grandes del mundo, con capacidad para tres mil personas a la vez.

Los astilleros se encuentran algo alejados de la ciudad. El día que los visitamos estaban en construcción dos acorazados de doce mil toneladas, dos cruceros y tres torpederos. La amabilidad del Sñor. Director nos permitió visitar<lo> en detalle, desde la preparación de la materia prima, hasta la construcción de los barcos. El taller de las materias primas donde se preparan los moldes para las diferentes piezas, barras, tubos, maquetas, ruedas, volantes, etc., el gran taller de cilindros y engranajes; el de los tomillos, clavos y remaches; el de dínamos y cables, el de armas, maquinarias, el asesrradero y muchos otros, notables por la rapidez de obra y el orden.

Visitamos también los depósitos nacionales de proyectiles, armamentos, cabul(l)ería, elementos marítimos, situado(s) en el pueblito de Vallejo, a dos horas de camino de San Francisco, en el tren y ferry-boat.

El día 19 de Junio o el décimoquinto de nuestra estadía, a las cuatro de la tarde, las anclas de nuestra nave abandonaban el fondo de la bahía y poco después nos dirigimos mar afuera; los cónsules Argentino y Peruano nos acompañaron corto trecho, reembarcándose en un vaporcito que los condujo a la ciudad. Abandonábamos la ciudad de San Francisco en la que pasamos tan agradables días, disfrutando de las comodidades de una gran ciudad, de sus diversiones y paseos, a la par que del carácter y educación de sus habitantes.

Sólo vemos ya tan sólo un edificio de la ciudad que dejamos, uno solo de los tantos que visitamos, que se encuentra casi fuera de la ciudad, es el Cliff-Housse, gran<de> edificio situado casi sobre el agua de la bahía: al perderlo de vista no se ditinguía nada más que la costa ondulada y las prominencias del interior. Adiós, bella ciudad del Pacífico, hasta la vista.

Al dejar la ciudad Norte Americana y penetrar de nuevo en el corazón del interminable Pacífico, dimos el adiós al nuevo mundo por el espacio de muchos meses; nos dirigíamos a las islas más lejanas de los continentes, a las que con
justísima razón se llama el «Paraíso del Pacífico», a las islas «Sandwich», situadas a dos mil ochenta millas del nuevo mundo y a tres mil ochocientas del viejo.

Provisto(s) de mejores víveres que en la anterior y penosa travesía, descansados por la estadía en puerto y con buenos vientos en fuerza y dirección, la presente se nos hizo muy corta, sin embargo, <de que> la distancia recorrida es de 2080 millas; sólo fiie de lamentar en esta travesía la pérdida de un marinero, víctima, de su imprudencia y que, como es natural, su tumba fueron los abismos del mar; es notable que su fallecimiento fue al mes justo del anterior, casi a la misma latitud. Que en paz descanse y sea el último en nuestro viaje. Que el tañido lánguido y lúgubre de la campana no nos anuncie otra víctima y que no veamos tragarse para siempre, el mar, a otro de los que cruzan su superficie.