Historia y Arqueología Marítima

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Indice Fragata Sarmiento

Viaje de Instruccion No 1 -4 

Diario de Hugo da Silva (Guardiamarina, Promocion N° 25)

1 Bs As- Valparaiso 2´El Callao- Acapulco 3 San Francisco 4 Honolulu- Japon
En HONOLULU

Son las seis de la mañana; ésta es algo calurosa, pero agradable; nuestra nave con el paño aferrado y meciéndose suavemente sigue buen viaje; hacia babor y muy lejana se distingue una costa, no muy extensa ni muy elevada, es la isla de (espacio en blanco), hacia proa y algo a estribor, más cerca que la anterior y con algunas elevaciones notables, medio<s> cubiertas por las brumas, se distinguen las tierras de Hohau, donde se encuentra Honolulu, a cuyo punto (¿puerto?) nos dirigimos. La mañana está brumosa y por intervalos caen grandes chubascos, que nos hacen pensar en los capotes de goma, pero muy luego pasan, y hermoso, ostentando sus vivos colores, aparece el arco de la alianza, el arco iris, por debajo del cual parece que fuese a pasar la Sarmiento; un extremo cae al mar, cerca del horizonte, y el otro matiza con sus colores la cima de uno de los cerros de la vecina costa; ésta se va destacando y permite que se reconozcan algunos de sus puntos más caracterizados, sacándose al mismo tiempo croquis de los que van quedando por el través. Se nota una depresión en la costa al llegar a Punta Diamante del que aún distamos algunas millas; gran número de guardiamarinas sacan croquis desde la toldilla: son las siete de la mañana: el Comandante mandó vestirse de traje blanco a todo el personal del barco, incluyéndose en él la oficialidad y guardiamarinas. A las ocho se izó el pabellón el que ostentando los gloriosos colores de nuestra patria, parecía flamear con placer a la entrada y arribado por segunda vez a la tierra que fuera la primera en reconocer la independencia a la nación que simboliza. Estamos casi sobre Honolulu. A nuestro alrededor y algo a popa hay numerosos bancos de arena; algo más distantes y cerca de la costa una rompiente cuyas olas se elevan a más de seis metros, y esa elevada masa de agua corre sobre la playa arenosa arrastrando en su furia cuanto encuentra.

Serían las ocho horas y treinta minutos cuando nuestras piezas daban al pueblo de Honolulu el saludo acostumbrado; al mismo tiempo y como a doscientos metros del atracadero el ancla agarraba el fondo, quedando parados y en contemplación los que no estábamos de guardia, de cuanto nos rodeaba. Próximo a nosotros una barca, cuyo renegrido y manchado casco, con su arboladura, su mal estado y algunos masteleros rotos daban a conocer la inclemencia de la mar durante la travesía; a nuestra proa un gran transporte Norte Americano llevando a su bordo doscientos ochenta voluntarios, es el Serman, que días antes viéramos fondeado en la bahía de San Francisco; este transporte debía continuar viaje a Manila, en auxilio de sus compañeros. El pueblo de Honolulu quedaba casi oculto a nuestra vista, al menos sus calles, debido al paraje en que habíamos fondeado; no obstante se veían muchas casas sobre estacas, algunas lanchitas tripuladas por los naturales, medio<s> desnudos, un enjambre de negritos al costado de nuestro barco, tan nadadores como un pez, y a la pesca de alguna moneda que se le tirase al agua, las que con gran admiración nuestra recogían después de un prolongado zambullón.

Al día siguiente bajamos a tierra, esparciéndonos en la ciudad, todos por distintos rumbos, formando agrupaciones de dos, tres, cuatro, cinco cada una.

Honolulu es una población de treinta a treinta y cinco mil almas, estando en mayoría los chinos y japoneses, que los norteamericanos y naturales mismos; estos últimos que, en su idioma se llaman Kanakas, son por lo general muy altos, bien formados y de una fuerte musculatura; no son blancos, pero tampoco puede decirse que sean completamente negros; las mujeres, igualmente que los hombres, grandes y fornidas, llevan un vestido suelto, completamente caído, lo que hace que se les noten las formas del cuerpo; lo único lindo que tienen, salvo el ser robustas y elegantes, son los ojos, que son grandes, vivos y negros. Puede dividirse la población, y lo está, en dos barrios; el de los norteamericanos y el de los chinos y japoneses. El primero es el que tiene los mejores edificios, los más importantes almacenes y tiendas, y el segundo, que es el de los boliches) la, inmundicia, sobre todo el de los chinos. Cosa triste y repugnante debe ser la estadía en la Gran China, si sus habitantes son como los que vimos y encontramos en todos los puertos situados desde el Callao hasta aquí; los naturales no tienen barrio determinado, y se conforman con construir sus casetas al pie de los cerros,
más o menos elevada(s) según la nobleza de sus moradores. Los edificios son por lo general pobres, a excepción de algunos que son bastante bonitos y de algunas casas de piedra que son admirables; el pueblo de Honolulu, sin ser gran cosa, es superior a cuanto hemos visto al abandonar Valparaíso, si se exceptúa Lima y San Francisco.

El pueblo goza de sus comodidades: tiene tranvías, luz eléctrica, sus cafés, confiterías, casas de juego, sus hoteles y surtidas casas de negocios. Por lo dicho se creerá que Honolulu es un pueblo vulgar y como cualquiera que tenga treinta y cinco mil habitantes, que tenga luz eléctrica y tranvía; téngase presente que las islas Sandwich son llamadas el Jardín del Pacífico y que Honolulu forma parte de una de ellas, quizás la mejor. No diré de él que sea un país encantado, pues nada hay sobrenatural, pero sí diré que es un verjel, un valle florido, un verdadero jardín, nombre con que ha sido bautizado así como con el de «Paraíso del Pacífico». Viéndola de una parte retirada y elevada aparecen establecimientos diseminados en un gran parque. El corazón mismo del pueblo donde los edificios están continuados y unidos forman calle(s) de poca extensión; ellas en cambio son continuadas por hermosas y verdaderas avenidas, llenas de sombra<s>, que no hacen más que separar y limitar los parques, más naturales que artificiales, que se extienden a uno y otro lado. Cualquier calle es continuada así y en esos extensos parques, de mucha sencillez y llenos de luz que son obra de la naturaleza, y no del hombre, se ve un bonito edificio que cualquiera lo tomaría por un paraje de recreo público, y no por la morada de una humilde familia, quizás ignorante de lo que tiene. No sólo esos parques naturales es lo que llama la atención, es lo que encanta recorrer en sus tardes suaves y nubladas; también las faldas de sus pintorescas montañas que se elevan gradualmente de la superficie, permitiendo treparla hasta en vehículos; sus ondulaciones, lo poético de sus noches de luna<s>, con ese cielo estrellado, una suave temperatura, al subir por una cuesta arbolada sintiendo el olor a la naturaleza puede decirse, y respirando las brisas de todo el océano, eso es hermoso y esos encantos nos recuerdan nuestra patria, pues en nuestro egoísmo queremos creer que ella sola es capaz de brindamos. Al sentirse fatigado por el mucho caminar, al penetrar bajo la sombra fresca de los preciosos árboles, al recostarse en el verde pastito que matiza el suelo, al mirar a lo lejos por entre los árboles cuya caprichosa agrupación los hace más lindos, al distinguir a lo lejos una humilde casita, a la par que se siente el murmullo de multitud de pajarillos y que se ve brincar, correr y revolotear otros, uno se cree estar en el pedazo de tierra que lo vio nacer o criarse; le parece que ésos son los mismos árboles bajo cuya sombra jugó cuando niño; que esa casita habitaban los seres mas queridos, tal es lo que sentíamos cuando cansados de buscar el museo, nos internamos, yo y mi amigo Navarro, en uno de esos parques. ¡Cuánto desearía en mi patria un pedazo de tierra así! ¡Cuán gozoso vería a la falda de unas montañas como éstas y en medio de un jardín natural como aquí, una casita, cómoda y modesta, y en ella como únicos propietarios a mis ancianos padres disfrutando allí de comodidad, tranquilidad y placer!

Una comida a lo Kanaka

No obstante la diversidad de razas, de costumbres y de carácter, en todas hay de todo y si algunas son retraídas y si egoístas otras, hay otras que en cambio ofrecen sus servicios al viajero llegado por primera vez. Algunos sirven de cicerone, otros nos invitan a su casa y nos presentan (a) sus hijos y esposa.

Uno de éstos últimos encontramos en Honolulu, que sin más conocimiento de que éramos oficiales residentes allí hace tres días, nos invitó a una comida y baile, que a fin de que tuviéramos conocimiento de las costumbres del país, la(s) haría a la criolla, es decir, a lo Kanaka.

Su esposa parece ser la más noble de los naturales, cuya reyna hacía ocho días dejó de existir en San Francisco, donde pasó sus últimos días, cuando no pudiendo sofocar la revolución que quería destronarla, pidió la anexión de sus dominios a los Estados Unidos; pues bien, la esposa de nuestro presentado era la parienta más cercana, en consecuencia, su casa es el edificio construido a mayor altura; lo cierto era que llevaba y le daban el título de Princesa, y a su casa estábamos invitados. A las siete de la noche nos encontrábamos reunidos en el mencionado hotel los invitados para el baile; la noche era hermosa, la luna casi llena estaba por sobre nuestras cabezas, y una agradable brisa se dejaba sentir de vez en cuando; faltaban cinco minutos para la hora en que nuestro Príncipe llegase y ya empezamos a creer se hubiese divertido con nosotros invitándonos a una casa que quizás no existiese; sin embargo, tuvimos que arrepentimos de nuetras creencias, pues a la hora mencionada se nos presentó: con su cara especial, sonriente, medio ganso si se quiere, alto, delgado, bastante, quemado; hablaba no sólo el inglés y el kanako, sino también italiano, que era la lengua que más le entendíamos. Como a las ocho tomamos el tranvía (éstos son pequeños, no llevan mayoral y el dinero importe del pasaje debe colocarlo cada pasajero en una cajita de vidrio) nuestro príncipe, sin escuchar nuestras instancias se obstinó en pagar y al efecto depositó un dollar en la cajita, del que se cobró el importe el cochero.

Del tranvía sólo nos servimos pocas cuadras, bajándonos y siguiendo a pie; al poco andar y por una ancha avenida iluminada por los débiles rayos de la luna, empezamos a trepar una cuesta, ésta se hacía interminable y ya empezábamos a renegar de la nobleza de la princesa, pues a no serlo tanto hubiera podido edificar más abajo y empezábamos -digo- a protestar cuando al torcer hacia la izquierda unos cuantos metros, estuvimos delante de un edificio, que no era de lo mejor, pero sin embargo sencillo y de linda apariencia, muy iluminado y lleno de banderas del país; la primera presencia no fue mala, quien sabe lo demás. Tomando un carácter más serio y respetuoso en apariencia, penetramos en la casa, una vez allí nos presentó (a) su criolla y noble esposa, mujer de unos treinta y cinco años, natural de allí, color algo moreno, muy alegre y de carácter muy resuelto. Penetramos en una salita improvisada, donde había algunas muchachas; kanakas, todas, una morena alta, gruesa y fornida, capaz de derribar a cualquiera de un puñetazo; otras morenitas, más bajas y delgadas, algunas rubias, una muy alta como un álamo, con el cabello suelto y que parecía una Margarita o Mercedes, (de las) que existen en la imaginación de J. Gutiérrez, otras rubias y algunas cuantas viejas; entre los hombres, un turista, un buen hombre muy comedido y de carácter alegre, se encontraba allí de paseo, y de paso para el Japón, varios yanquis y algunos criollos.

El baile empezó al compás de un piano y violín, bailándose piezas comunes en todas partes; uno de nuestros compañeros, quizás el que trataba de bailar con más finura con la rubia alta de cabello suelto, lo vimos rodar cayendo debajo, y encima de él la muchacha; eso no fue motivo para que interrumpiesen el entusiasta vals, que continuaron hasta que sonó la última nota del piano; terminado el baile, que estuvo nada halagador por la escasez de muchachas y la dificultad del idioma, nos sentamos en círculo para ver la bailarina de aires criollos, la mejor que tuvo el rey, y que estuvo expuesta en la exposición de Chicago. Pronto empezó la música del país, cantada y tocada por un negro. Enseguida penetró la bailarina, era una joven negra, petisa, retacona, vestida a medio cuerpo, con un vestido de las indias naturales, hecho de palmeras, el baile puramente criollo no trataré de pintarlo, pues es lo más indecente, de lo peor que se pueda imaginar.

Faltaba lo mejor, era la comida a la criolla, que nos permitió conocer las costumbres a ese respecto. En un corredor hacia el centro del pueblo, se arregló lo mejor que pudieron: de allí la iluminación de la población perdida entre los árboles, y la luz de la luna que sobre ella se esparcía, hacían aquello delicioso. Allí había una larga mesa con capacidad como para cuarenta personas: sin ninguna ceremonia después del baile criollo, nos hicieron pasar a la mesa, alternando las sillas; tuve por mala fortuna sentarme al lado de una vieja que no

sólo era poco conversadora, sino que no le entendía ni papa. Apenas sentado(s) a la mesa notamos la falta de ciertas herramientas para nosotros indispensables, como ser servilletas, tenedores, cuchillos y cucharas, no sabíamos si aquello era un olvido en mi asiento, y me disponía a pedirlos, cuando vi que mi compañera tomaba de un platito con los dedos un envuelto con chala, lo abrió y lo puso en mi plato, era pollo lo que allí había; tomó otro para sí, hizo la misma operación, es decir, quitóle la chala y lo colocó en el suyo; todos hacían lo mismo; al lado había, en un pequeño plato, una especie de salsa, de la que mi compañera levantó un poco con el dedo y lo iba a colocar sobre mi presa si no la hubiera contenido apresuradamente con «/ do not, please», yo no gusto, pero su trabajo no fue perdido pues lo puso en el suyo; traté de comer o por lo menos probar de aquello: no estaba muy rico, pero era muy tierno y tenía un gusto agradable, que agregado al hambre que tenía lo hacía mejor; terminado el primer plato, se trajo otro, también envuelto y comido a dedo, era carne de chancho; luego pescado seco y crudo, que aquella gente come<n> con tanto gusto; terminado, dieron comienzo al contenido que había en una gran taza de loza, y que la vista semejaba a engrudo; creí que para comer aquello traerían una herramienta especial, aun cuando criolla; pero no sucedió así y la rubia del frente metió sus dedos mayores de la mano derecha en la taza, revolvió, sacó la mano, e introdujo todo lo que pudo los dedos en la boca, sacándolos después de darle(s) un gran chupetón y de hacerlo(s) sonar al sacarlo(s); esto ya llegaba al colmo, pero, ¿no nos habíamos comprometido<s> a asistir a una comida kanaka? ¿Y no era ridículo no intentar siquiera probar lo que nuestras compañeras de baile comían con tanto agrado? Así era, en efecto, y después de todo, ¿quién no me decía que aquello fuese algo excelente?

Un poco animado con este raciocinio, a la vista de mi gran taso (?) hundí mis dos dedos cuan largos eran, revolví y los llevé a la boca. La lengua, más prudente que los dedos, apenas tocó<aron> aquella mezcolanza de agua salada y pegajosa como engrudo, retiré con ligereza la mano, tanto que creo que me notaron, y uno de mis compañeros me dijo en alta voz: ¿qué tal con el experimento? Lo peor es que tenía los dedos engrudados y no tenía cómo limpiarlos, pues no había servilletas y no quería quedarme sin pañuelo depositando en él esa sustancia. Hice un esfuerzo, al fin no era veneno, cerré los ojos y con gran ligereza me llevé los dedos a la boca, retirándolos limpios. Bueno, me dije, ya tienes bastante para juzgar una comida a la criolla en las islas Sandwich, y no quise probar nada de aquellos potajes que se hacían repetir. Una sandía como postre, vinos y licores dieron fin a aquella notable y curiosa comida, que me dejó con más hambre que la noche de ayuno en bahía Borga.

Nuestro día de partida se aproximaba, es hoy el Nueve de Julio, rara coincidencia, que siendo Honolulu la primera en reconocer nuestra independencia, sea allí donde se festeje el día conmemorativo; las fiestas de este día Patrio se redujeron a izar el pabellón, a los acorde(s) de nuestro himno y el empavesado reglamentario en tales días, estando en puerto. A las cuatro de la tarde se corrieron tres regatas, siendo premiados los ganadores con una libra esterlina, a la noche se hizo uso del engalanado eléctrico.

Al día siguiente, como a las 11 p.m. se empezaba a levar el ancla y, momento(s) después, poníamos la proa mar afuera; algunos barcos nos despidieron haciendo tocar sobre cubierta sus bandas de música, los que las tenían, o cuando menos un tambor o un trompa; no esperábamos una despedida tan cordial; un vaporcito con una banda de música y acompañada de algunas muchachas, señoras y hombres nos acompañó, siempre tocando, hasta muy retirado de la costa. Mucho nos agradó esa prueba, máxime si se tiene en cuenta que no la habíamos recibido en ninguno de los anteriores puertos, y si se tiene<n> en cuenta que la travesía por hacerse era de tres mil ochocientas millas.

De Honolulu a Yokohama *

La travesía por hacer entre Honolulu y Yokohama, de tres mil ochocientas millas, es la más larga de nuestro itinerario, y quizás una de las más peligrosas.

Hoy <somos> (es) ya Io de Agosto, la larga travesía va ya tocando <a> su fin, los vientos nos han sido sumamente favorables, hemos descendido inmediatamente al paralelo 18°, que lo hemos seguido hasta la longitud de Io 0 en que hicimos la virada para entrar en la verdadera zona peligrosa al dirigimos al N.O. Es de hacer notar que en la presente navegación no hemos vivido el día 22 de Julio de 1899, pues no existió para nosotros. Nuestro continuo navegar en la misma dirección que se mueve el Sol hace que éste cada día nos encontrase más tarde de lo que si estuviésemos sin movernos; esto da por resultado que al llegar al meridiano 180° el Sol nos encuentra 12 hs. más tarde de lo que debe, es decir, medio día más tarde y siguiendo <da> en la misma dirección al llegar al meridiano superior de Green wich tendríamos atrasadas 24 horas, o sea un día en la fecha; por esta causa, es decir, para evitar esa discordancia en un día más que los que se cuentan en cualquier parte del mundo, pasamos directamente del día viernes 21 de Julio al domingo 23 del mismo.

Como dejo dicho, hace ya 20 día(s) que nos encontramos en el Gran Océano, dirigiéndonos a la ciudad de Yokohama. Hemos penetrado en la región de los tifones; por fortuna no nos ha tomado ninguno de esos terribles huracanes que casi nunca dejan flotando embarcación que encuentran, grande o pequeña, sin embargo el tiempo es de lo peor, hasta el presente la fuerza del viento que hace crujir la arboladura y silbar los cabos apenas permite largar las gavias y éstas con todas sus manos de rizos; las olas, que semejan montañas líquidas, no respetan los seis metros de altura de la borda, para precipitarse en rudos golpes en cubierta, barriendo cuanto encuentran a su frente, contra ellas, para hacerlas menos fuertes, se han colocado bolsas de aceite y a fin de pulverizar la masa, capaz de arrancar una pieza o llevarse un puente, se ha colocado un riel de gruesos cabos a cada banda, los que fraccionan la ola antes de caer en cubierta, debilitando así su acción; no hay para qué agregar lo duro y largas que se hacen en esos días las horas de guardias, teniendo que mantener el equilibrio contra los rolidos, sobre una cubierta bañada por momentos por las olas, pudiendo apenas caminar, exponiéndose a ser derribado por un golpe de mar y recibiendo durante todo el tiempo la lluvia torrencial que duró cuatro días.

Hoy <somos> (es) 6 de Agosto, a la región de los tifones ha<n> seguido la<s> de las calmas chichas; el barco con sus 35 velas no da ni dos millas; el tiempo es suave, el descenso del barómetro indica próximo mal tiempo; esto, y como estamos casi parados, obliga a encender los fuegos y dar avanti con las cuatro calderas, a diez millas por hora; dentro de cinco días debemos dar fondo en el deseado puerto de Yokohama, a donde nos dirigimos desde hace 26 días.

Al principal puerto del país original y Oriental por excelencia, al Japón, donde nuestra bandera que flameará allí por vez primera, es casi desconocida, si no completamente; nuestra nave, pedazo de nuestra Patria, debe presentarse en el mejor estado, no obstante <de> la inclemencia de la mar: sus palos y vergas lavados, la pintura de su casco retocada y completamente pintadas sus cámaras, camaretas, sollados, pasadizos, baños y todos sus compartimientos, su paño cuidadosamente aferrado y los palos enfundados. ¡Cuán distinto es el aspecto interior de nuestra nave ahora, que pocos días antes, con su paño empapado por la lluvia, la cubierta bañada por las olas, las cámaras y camaretas húmedas, sin luz ni aire en un continuo soplar y en continuo peligro!

Son las cinco de la mañana del día 11. Nuestros cálculos continuados nos hacen esperar la vista de tierra apenas se aclare el horizonte, algo brumoso: la mañana es templada, algunas aves marinas de blanco plumaje revolotean delante del barco: las nubes algo apelotonadas y con vivos colores del crepúsculo se dejan ver hacia la proa. Son las 5 hs. 25 apenas destacándose entre las brumas, se distingue tierra por la proa hacia estribor. ¡Tierra después de 30 días de navegación, y tierra Japonesa! Pronto aparece tierra por babor y tratamos de situarnos por marcaciones a la vista de la carta; no obstante el pico del Fuji Y ama, de 3500 metros, no se veía y esto nos hacía dudar un tanto. Seguíamos proa a tierra con los gemelos enfocados, trataba de buscar ese elevado monte, cuando de pronto aparece con su elevada y enorme mole de forma completamente cónica y su base cubierta por espesas y blancas nubes. Inmediatamente lo comuniqué al oficial de derrota que desde muy temprano se paseaba en el puente, una exclamación de satisfacción y elogio al hermoso pico fue la contestación que me dio al indicárselo y verlo. Corrió al taxímetro y después de unas cuantas marcaciones, me dio la orden de comunicar al Comandante que había abandonado el rumbo ordenado por estar ya situado a vista de tierra. Sin duda ya, seguimos avanzando en la seguridad de que en breves horas daríamos fondo en Yokohama. Sólo un barco a vela y a vapor se veía próximo a la costa, navegando en la misma dirección. Acabamos de dar fondo en el puerto japonés, como a tres millas de la costa.

En el Japón

A las 9 hs. 30 a.m. dábamos fondo en el puerto de Yokohama. La bahía es muy abierta y ofrece poco reparo a los barcos fondeados en ella algo distantes de la costa. Se ve desde a bordo un inmenso rompe olas en forma de semi-círculo para la protección de todos los barcos que no sean extranjeros de guerra, lo(s) que sólo dejando sus cañones pueden penetrar; la entrada principal, que queda en la parte más alejada de la costa, está indicada por dos balizas. La de la izquierda pintada de blanco y de rojo la de la derecha. La otra entrada queda en el extremo izquierdo del rompe olas, pero ésta es sólo para lanchas, remolcadores y embarcaciones menores en general. Aproximándose a nuestro barco se ven numerosas lanchas, de forma y construcción especial, proa muy aguda, popa sumamente levantada y de construcción sumamente ruda: son manejadas por grandes remos que se apoyan por un saliente al medio, próximamente del remo, y que encaja en un hueco de forma adaptada, hecho en la borda: casi en la popa tienen también una gran vela cuadra(da). que la izan y arrian con gran prontitud; están todas tripuladas por japoneses casi desnudos o desnudos completamente, sin más que unas fajas o simple bolsa que les tapa lo indispensable.

Dentro del rompe-ola cuya construcción es de piedra y que sobresale un metro en la baja marea, se ven varios paquetes japoneses y uno inglés; el movimiento del puerto, si bien es considerable, no lo es tanto como sería de esperar del puerto principal de una nación que tiene cuarenta millones de htes. (=habitantes). Casi día por medio entra o sale un paquete, cuando no un transporte y algunos barcos de guerra. Los tifones, que por lo general se hacen sentir una o dos veces al año en los mares del Japón y los malos tiempos muy frecuentes, son también sumamente peligrosos en la bahía y en el caso de los primeros, la única salvación es hacerse a la mar para no ser estrellados en las rocas de la costa. Estos malos tiempos son anunciados con varias horas de anticipación por el semáforo con un globo rojo durante el día y con una lámpara roja durante la noche; se indica al mismo tiempo si el mal tiempo es en la costa, en alta mar o en el interior, así como también la dirección y fuerza del viento.

La ciudad desde a bordo se nota que es muy extendida, pero no pintoresca.

A las cuatro de la tarde se permitió bajar a tierra a los que no estuviesen en el trozo de guardia, como de costumbre en los puertos, inmediatamente (los guardiamarinas) quedaron listos para la primera voz de ¡lancha a tierra! Algo experimentado en la no conveniencia de bajar a tierra el primer día, no lo hice, ni tampoco el 2o, por estar de guardia; de esto tuve pronto que felicitarme, pues mucho más que la idea de bajar a tierra me alegr(aron) las seis carta(s) de mi familia que me entregaron al siguiente día; abiertas todas y puestas en orden de fecha, las saborée lentamente una tras de otra.

Terminada que hube mi guardia, me decidí (a) bajar en la lancha de las ocho; la distancia hasta atracar era próximamente de tres millas; al aproximamos notamos la gran cantidad de ginrikishas, carritos tirados a manos, y que sólo pueden llevar una persona, que iban y venían en todas direcciones.

A los diecisiete minutos entrábamos a un canal y momentos después atracábamos contra un murallón de piedra, al lado de una escala; saltamos a tierra y multitud de ginrikisha(s), cada uno con su carrito, nos rodearon, haciéndonos
grandes reverencias para que tomásemos cada uno el de él; como esto nos era indiferente, nos sentamos uno en cada uno y partimos al trote de aquellos caballos inteligentes y razonables; nos llevaron al barrio extranjero, a la orilla de la bahía, que es sin duda el mejor; visitamos el Gran Hotel, lindo edificio, bien montado y servido por japoneses. Tomamos nuevamente nuestros cochecitos y nos hicimos llevar al centro de la ciudad.

Natural que no acostumbrados a ser arrastrado(s) por un hombre y más como aquellos, chiquitos y al parecer de no mucha resistencia, apenas anduvimos cuatro cuadras al trote lo hicimos detener y en inglés les hicimos entender que debían tomar descanso, a lo que nos respondieron que podían trotar durante una hora de esa manera, sin fatigarse demasiado; esto nos pareció exagerado, pero vimos la realidad cuando más tarde nos arrastraron al trote en un trayecto de cerca de cuarenta cuadras sin detenerse siquiera para respirar. Penetramos en una calle completamente japonesa; la impresión no la esperábamos así; calles sumamente estrechas, casas bajas de tejas y maderas, agrupadas, puertas grandísimas y el interior lleno de mercancías amontonadas y en ellas las familias; casi desnudos los hombres, los pequeños completamente en la gran mayoría; otros por el contrario llevando vistosos trajes, especie de túnica con grandes mangas, bien ceñido el cuerpo por anchas fajas, otros de distintas formas, dejando ver las piernas desnudas; ios numerosos transeúntes, vestidos igualmente con grandes sombreros en forma de sombrilla algunos, grandes figuras pintadas en las faldas y mangas y el cuerpo cubierto casi completamente de tatuajes los que andan desnudos; botines sumamente originales y de distintas formas; en las mujeres el vestir es más uniforme, y es bastante parecido al del hombre, llevando hacia atrás un gran moño, el vestido ajustado al cuerpo; esto y el botín que usan las obligan a caminar con mucho cuidado, haciendo un paso corto y algo apresurado. Todos los japoneses, y aún entre sus animales, se nota que son muy bajos y la estatura media será de 1,55 para los hombres y 1,47 para las mujeres; los pequeños de un año o año y medio son bonitos, haciéndolos más el trajecito y el modo como le(s) cortan el pelo. La construcción de las casas, de madera o tejado, sus anchas puertas, sus mercancías a la puerta, el modo de vestir de los habitantes. Ie(s) dan un aspecto sumamente oriental, lindo y sorprendente, para los que. como nosotros, nunca los habíamos visto. En esas casas miserables de por sí. con unos pobladores, de vestir sumamente sencillo y aún pobre, hay-grandes riquezas en sederías, porcelanas, lacas, hermosos cuadros de laca<s> y marfil o nácar y trabajos artísticos y de gran paciencia de marfil y sobre el bambú, que demuestran el gusto que tienen para ello.

Seguíamos por esa larga y estrecha calle, viendo siempre los mismos edificios y la misma construcción; ni una plaza ni un monumento. Dejamos por
fin esa calle para tomar otra exactamente lo mismo, sin más diferencia para nosotros que el sentido en que corría, siempre las mismas casas, todas con sus grandes puertas, sus mercancías amontonadas en la mayoría, sin notar ninguna que no fuese un bazar, una casa de porcelanas.o lacas o de venta, en fin; de familia exclusivamente, ninguna vimos; siempre el gran número de Japoneses con su original manera de vestir, haciendo ruido como de calafates con sus botines de madera; las mujeres con sus lindos peinados, que tanto cuidan y tanto les cuesta hacer; sólo dos o tres veces se peinan, y en ello hay razón, pues es un trabajo algo delicado y que necesita mucho tiempo y a fin de conservarlo en buen estado, al acostarse apoyan el cuello en una madera de forma prismática.

El excesivo calor y la hora un poco avanzada nos hizo pensar en el regreso al Gran Hotel donde acordamos almorzar, después de tomar una cerveza y convidar a nuestros ginrikisha(s), que se deshacían en reverencias, volvimos al hotel y, sin pagarles a nuestros cocheros-caballos, fuimos a sentamos alrededor de una mesita bajo un extenso corredor de donde se dominaba perfectamente la bahía. A las 12 hs. empezó el almuerzo, bastante concurrido por los guardiamarinas de nuestro barco y oficiales N. Americanos procedente(s) de Manila, de regreso a su patria; era de adivinarse lo mucho que debían haber sufrido, ya por el clima u otras causas, cuando volvían tan extenuados, descoloridos y flacos.

A las dos tomamos nuestros carritos para empezar a recorrer la ciudad con algún orden.

Visitamos el Correo, uno de los pocos edificios digno de notarse entre los pertenecientes a los Japoneses en Yokohama, donde depositamos algunas cartas y se hizo un telegrama cuyo costo era cinco yens cincuenta centavos la palabra (un yen es una moneda japonesa de papel y que tiene muy aproximadamente el valor de un peso nuestro).

Salimos del Correo, seguimos por una ancha y linda avenida, cuyos edificios eran de construcción europea. Doblamos por una estrecha calle que seguimos hasta llegar a un parque donde había un bazar Japonés.

Allí bajamos y después de contestar a una profunda reverencia de la dueña o encargada penetramos en el salón; hablaban allí inglés, por lo que nos fue fácil hacemos entender, para poder examinar, tocar y averiguar el precio de los objetos; lindos cuadros en laca y marfil, numerosos cuadros en relieve, trabajos artísticos y mil curiosidades, trabajos delicados en bambúes, porcelanas. sederías, etc.

Hicimos algunas compras de poca monta y nos retiramos no sin que antes nos hicieran la gran reverencia; colocamos nuestros paquetes en el carrito y continuamos nuestro paseo. Dirigímonos ahora hacia fuera del centro, a los alrededores; cruzamos muchos canales por sobre puentes, hasta llegar a un lugar accidentado; dejamos el cochecito y seguimos con uno de ellos, como intérprete, trepando por una escala de poca elevación por dentro de los árboles, llegamos a un templo; éste de modesta apariencia, tenía a su alrededor tumbas de nobles y algunas estatuas. Nos aproximamos con el respeto debido y nos pusimos a observar, dispuesto(s) a no perder detalle de aquella ceremonia religiosa, tan distinta de la nuestra. El aspecto interior no recordaba de ninguna manera los nuestros: pocos adornos, ni una cruz ni imagen visible, ni objeto de los nuestros; unos cuantos objetos sencillos, una bandeja de frutas y un cuadro representando un monstruo humano era todo cuanto a primera vista se veía. Dio la casualidad que estando allí empezase a celebrarse lo que podríamos llamar la misa; eran dos sacerdotes de traje sencillo, con una especie de sotana de color amarillento. El respeto, las reverencias y el silencio reinaba(n) allí como en cualquier templo de «Cristo». Uno de ellos, después de hacer una profunda y detenida reverencia, tomó una especie de palmeta de madera, la llevó a su frente y se inclinó sobre ella orando despacio, permanenciendo así cerca de un minuto; levantóse con mucha pausa y estirando un rollo de papel o pergamino empezó a orar en voz alta; mientras tanto el otro sacerdote permanecía arrodillado e inclinado hasta casi tocar el suelo. Había entre quince o veinte oyentes, los que al llegar daban tres palmaditas antes de arrodillarse y tres al levantarse para retirarse, igual cosa hizo al terminar la misa nuestro sacerdote.

Una vez terminada la misa, muchos de los oyentes se retiraron, dando las tres palmaditas; quedaron siete u ocho entre ellos, una mujer con un pequeño en los brazos, de dos o tres meses; el padre del pequeño y de dos más, uno de siete años y otro de 10 próximamente. Sin duda íbamos a asistir a un bautismo; en efecto, así fue; el segundo sacerdote se levantó y después de algunas ceremonias y oraciones tomó una vara con cintas, se aproximó a la madre con el pequeño en los brazos, hincóse delante de ella y en esa actitud y después de algunas palabras movió la vara hacia un lado y otro, como diciéndole «hijo mío, tales faltas las desecharás, las harás a un lado o a otro»; se levantó, volvió con una pequeña vasija conteniendo un líquido, lo presentó a la madre, la que con el dedo pequeño llevó una gota a los labios del. niño<s>, con el que le limpió los labios por repetidas veces, con lo cual el pecado original quedó borrado, el resto lo dio a sus otros dos hijos para que lo bebieran y lo hizo ella misma. Con esto terminó aquel bautismo, tan distinto de los nuestros. Nos retiramos de allí, pensando yo en las ceremonias que acabábamos de presenciar, en el respeto que allí se tenía, como en nuestros templos, y en la creencia de aquellos hombres: nosotros nos prosternamos ante un «Cristo», ellos ante un «Buda», los que a «Cristo» llaman el «Dios» son casi la mitad de los habitantes de la tierra; los que a «Buda» es casi la otra midad. ¿Cuál de los dos está en lo cierto? ¿Cuál es la verdadera religión?

Quizás las dos; quizás ninguna, y tanto una adorando a Jesús y la otra a Buda, tienen por único fin recordamos el respeto que debemos tener a un ser superior a todo lo creado. Nos dirigimos enseguida a un té, bajo la sombra de los árboles. Allí, en ese fresco paraje, nos abandonamos a un banco de tosca madera para descansar y admirar el bello panorama de la ciudad a esa altura; un pequeñuelo se entretenía en atrapar chicharra(s) con una larga caña en cuyo extremo tenia pega(-pega); las que tomaba las depositaba en una pequeña jaula de alambre. Nos sirvieron un té, por supuesto, un té a la japonesa, hecho en pequeñas teteras y servido en tacitas que se podían vaciar de un sorbo, pero ese té, de color verdoso, sin azúcar, sólo podía ser agradable para los hijos del Japón; en consecuencia, pedimos cerveza, la que una vez en nuestras barrigas, pagamos y nos retiramos; bajamos la pendiente por otra escala y seguimos a pie por una callejuela sumamente estrecha. Era aquello un bazar, en la cantidad de diversos objetos y en la manera como estaban dispuestos y más por el enjambre de japoneses, hombres y mujeres, que iban y venían; sin detenemos allí, fuimos a salir a una no tan estrecha, donde ya nos esperaban nuestros ginrikishas, trepamos en nuestros cochecitos y partimos al trote en dirección al atracadero, pues no queríamos perder la lancha de las 8, que debía conducimos a nuestro barco.

Al siguiente día a las 8 hs. 45’ nos encontrábamos de nuevo en Yokohama, de paso a la gran capital del Japón, a Tokio, o «Capital del Este», antiguamente llamada Yedo, «Puerta de la Bahía», residencia del Mikado y capital del Japón desde el año 1869, situada sobre la desembocadura del río Sumida-Gava.

Inmediatamente que nos encontramos en tierra tomamos un ginrikisha cada uno el que en 15 (no alcanza a leerse el número con claridad) minutos salvó la distancia de 20 cuadras que separan el atracadero de la estación ferroviaria. Compramos nuestros boletos y penetramos en ella, abriéndonos con dificultad camino entre aquella multitud de gente que formaba rueda para vemos y que hacía<n> tanto mido con sus botines, de gruesa madera. El tren aún no había enganchado sus coches y tuvimos que esperar diez m inutos en contemplación de aquellos rostros, algunos simpáticos, como lo eran ciertas Geishas. pero la mayoría, y en especial en los hombres, (de) feas facciones, color oscuro amarillento, vestidos de diversas maneras, algunos casi desnudos, lo que como es de suponerse, formaban en la rueda de curiosos que nos observaban; por fin la voz de listo se dejó sentir y aquella masa, haciendo ruido infernal con sus calzados, se dirigió hacia la única puerta expedita y donde el boleto era examinado; pasada esta portezuela y doblando a la derecha nos encontramos frente a los coches colocados en orden de jerarquía: Ia clase. 2a y 3a: el nuestro ra de 2', pues era lujo los de primera, <pues> (pero) la comodidad era la misma, y los de tercera reunían las condiciones de uno de su clase. El tren se iba a poner en movimiento, trepamos a nuestro coche y tomamos asiento, dirigiendo nuestras miradas a las diversas prevenciones y avisos puestos en cuadros, pero como estaban en japonés, nada dedujimos de ellos.

Hacía<n> cincuenta minutos que habíamos partido cuando el convoy paró en una grande pero sencilla estación: estábamos en Tokio. Un gentío inmenso había allí, de japoneses que iban y venían en todas direcciones; atravesando en gran corrida el lugar, y después de entregar nuestro boleto, salimos de la estación, encontrándonos en una de las calles de la gran ciudad del Este. Tomamos inmediatamente unos de los carritos tirados a brazos y nos dirigimos al Hotel Imperial, sin ver nada de notable hasta llegar a nuestro destino, quince minutos después en que nuestro hombre nos paró casi de golpe a la puerta, nos bajamos para recoger algunos informes, y pocos minutos después doblábamos por una angosta calle que en nada se diferenciaba de las de Yokohama; nuestros ginrikishas, como los que hasta entonces nos servían, hablaban inglés, por lo que nos fue fácil hacemos conducir a (una) casa de té Japonesa; anduvimos veinte metros antes de llegar, por varias calles que nada parecían diferenciarse entre sí: siempre la misma construcción, la misma elevación, ninguna arquitectura ni pintura ni lujo exterior, las mismas anchas puertas, vistosas y finas telas, casi todas de ricas sedas, juegos de té soberbios que nos hacían pensar en nuestro reducido sueldo, artísticos trabajos en grandes cuadros de marfil y laca, tejidos de pajas, delicados trabajos en marfil, de japoneses animales y templos en miniatura, ricos muebles, labrados y trabajados con gusto y elegancia, todo, en fin, era tan halagador a la vista que cada cosa nos parecía de más valor y curiosa que la anterior.

Por fin nuestro cochecito es parado y nuestro guía cochero nos indica la puerta de una (casa de) té; pasamos un pequeño jardín e íbamos a entrar a un saloncito cuando una japonecita como de unos 15 años, después de hacemos las tres reverencias acostumbradas, nos dio a entender por el guía que debíamos quitamos los botines. Nada más fácil que eso para algunos de nosotros y nada más comprometedor para uno que tenia todo un talón fuera de la media, esto fue un serio obstáculo que se remedió diciendo que volveríamos más tarde: tomamos nuestros cochecitos y partimos con rapidez a una casa china a comprar medias especiales de seda para visitas japonesas: pocos momentos después cada uno descalzo y luciendo rica(s) media(s) de seda trepábamos una muy limpia escala, ésta nos condujo a un segundo piso, piso como nunca he visto, hecho de tupido tej ido de estera: entonces al pisar aquel la especie de acolchado y tan limpio como una mesa tendida, nos dimos cuenta de por qué nos hacían sacar los botines. En todas partes, en las tiendas, templos, casas de familia, etc. se obliga a lo mismo

por la misma causa; ellos mismos no usan botines en sus casas; una vez dentro, la misma que nos había servido nos trajo un almohadillado de estera, para que, puest<a>(o) en el piso, nos sentáramos sobre él. Hicímoslo así cruzando las piernas sobre aquella limpia estera en espera de lo que iban a hacer. A poco rato apareció otra trayendo una cajita llena de ceniza amontonada, en forma de cono, con una taza en el vértice, un tubo de caña con un líquido (y) una pantalla para cada uno. No nos dimos cuenta del uso de aquello y creíamos era para colocar en él la tetera que aún no habían traído, a fin de que no se enfriase; otra japonesa apareció con un juego de pequeñas tazas y una teterita. Sentóse sobre la(s) rodillas, nos saludó y a la vista nuestra preparó el té; cansado(s) de nuestra incómoda postura, nos recostamos sobre la blanda estera, era aquello tan agradable, tan limpio y fresco que convidaba a un apacible sueño y poco faltó para que alguno de nosotros quedase profundamente dormido; servido el té, té verde y sin azúcar, empezamos por probarlo, pareciéndonos un té de malvas, si bien en el fondo tenía un sabor sumamente agradable. El tiempo iba transcurriendo entre aquella agradable compañía cuando llegaron ricamente vestidas seis geishas con sus artísticos peinados, su flor característica en la cabeza, sus vistosos y gran(des) moño(s) que todas las japonesas sin excepción llevan; era(n) una verdadera monaditas: una de 15 años, tres de trece, dos de doce y una que a lo sumo tendría nueve años, iban a ejecutar algunos trozos de sus bailes más usuales, formaron tres parejas cada una con su abanico; empezó su baile al son de una música tocada por las dos que nos servían; el aparato musical es algo como nuestra guitarra, mucho más largo sí y con tres cuerdas únicamente, tocadas no con los dedos, sino con un asta de marfil. El baile es sencillo: pocos movimientos de pies y muchos con los brazos, la manera suave y algunos movimientos lentos y marcados parecen que fúese(n) en sí algo simbólico, que nosotros por supuesto no podemos apreciar. Terminado el baile y después de ejecutar la más pequeña algunas habilidades de equilibrio, se sentaron las seis sobre las rodillas y nos hicieron el saludo acostumbrado. Contestamos con un movimiento análogo, pues no sabíamos qué efecto hubiesen producido nuestros aplausos. Salimos después de dejar algunos yens, nos calzamos y momentos después estábamos en el Hotel Imperial. Este es uno de los mejores edificios en su género en Tokio: construcción elegante y sólida, grandes y frescos salones, ventilado y bonito comedor y todas las comodidades que pueda desear el menos contentadizo. Terminado nuestro almuerzo y después de visitar algunos templos del Parque Sh i va nos hicimos conducir de nuevo a la estación, y cincuenta minutos después nos abríamos paso entre la multitud en demanda de ginrikishas, los que con un paso tendido nos condujeron al atracadero.

Respondiendo más que a todo a la atención del gobierno japonés, nuestro Comandante obtuvo de él permiso para hacer en detalle con toda la oficialidad del barco una visita a los talleres de marina, a los cuarteles y al colegio militar, así también como al ministerio de marina.

El día 21 se dio la orden que al siguiente día todos los guardiamarinas, a las seis de la mañana, debían encontrarse sobre cubierta vestidos de gala, pero sin nudos ni espada.

El día amaneció sereno y muy caluroso. Diez minutos después de la hora indicada nos embarcábamos en el remolque de la lancha a vapor atracada al costado de estribor; completamente llena tuvieron algunos que hacerlo en la misma lancha a vapor donde iba el capitán encargado. La ciudad a la orilla del mar donde se encontraba<n> multitud de lanchetas pescadoras y el elevado monte del Fuji-yama, cuya base estaba cubierta de blancas nubes, la fragancia de la naturaleza a esas horas nos hacía olvidar los rigores del calor que tendríamos que soportar en las horas de medio día.

Cuando llegamos al atracadero un verdadero regimiento de ginrikishas nos esperaba<n>. Estas eran (?) 42; dos para el capitán y el electricista, una para el intérprete y las restantes para los treinta y nueve guardiamarinas pues uno por estar de delicado estado de salud, contraído en la última travesía, se atendía desde el primer día de arribado en el Club Hotel.

Imagínense cuarenta y dos pequeños cochecitos tirados por un hombre cada uno y conduciendo (a) otro, todos igualmente vestidos, larga levita, pantalón y gorra blanca y desfilar a escape por aquellas calles estrechas, llenas de gente vestida<s> de diversas maneras, y se tendrá una idea del lindo espectáculo que ofrecía nuestro trayecto del atracadero a la estación. Ese desfile de oficiales argentinos es sin duda el primero y será el único por mucho tiempo, si se exceptúa el del regreso y el del día siguiente. Grata impresión nos ha causado por cierto, y entre todas será la más difícil de borrar, vernos todos los estudiantes del último año de la E(scuela) N(aval) reunidos así, de una manera tan extraña y en Una de las ciudades más apartadas de nuestra patria. Es sin duda en esos momentos, en los más gratos, cuando se recuerda nuestro país; algunos cantaban aires criollos, si bien comprimiendo los deseos de dejarse oír a la mayor distancia posible, otros riendo al pensar que un desfile así no podría andar una cuadra por nuestras calles de B(uenos) A(ires), pues los pillos se encargarían de cualquier manera de poner obstáculo al avance de aquellos cochecitos y caballos.
Visita a los talleres de marina

Sacados nuestros boletos, esperamos la hora de tomar el tren, entre un gran círculo de japoneses, mujeres y hombres, ancianos y niños, de diversas categorías; por nuestra parte no perdíamos el tiempo, pues nos fijábamos detenidamente entre aquella gente que de muy distinta suerte estaban o aparentaban estar muy satisfecha. Veíanse muchos ancianos que apenas podían sostenerse, con un semblante risueño y sin mendigar a nadie un pan, cosa en nuestra tierra tan común, no digo a esa edad, sino en hombres y mujeres robusto(s), o porque les falta una mano, o son sordos, o una desgracia cualquiera; otras mujeres con el pequeño dormido sobre las espaldas, y gran número de las casadas, afeitadas las cejas y pestañas y los dientes pintados de negro<s>; ésta es una costumbre tradicional, como en las jóvenes pintarse los labios de rojo. Nuestro examen tuvo que interrumpirse pues la hora de partir había llegado, el círculo se deshizo, y todos se dirigieron y nos dirijimos a la portería la que daba paso para tomar el tren y donde el boleto era inspeccionado. Ocupamos nuestros coches de primera, cada uno con varias divisiones y éstas con dos bancos hacia los costados de capacidad cada uno para cuatro personas. A las ocho próximamente el tren se ponía en movimiento para Yokoska, donde estaban los arsenales y talleres de marina. Es demás mencionar lo agradable de esta travesía, hecha en nuestras condiciones: cuarenta muchachos, compañeros de aulas durante tres años en la Escuela, en los placeres en los puertos anteriores y en la camareta en las largas travesías de un puerto al otro; por esta causa, difícil era ver un semblante que no manifestase satisfacción en esos momentos; sin embargo, es de notarse que el verdadero entusiasmo y deseo de bajar a tierra y admirar lo desconocido ya casi iba desapareciendo con las continua<da>s agradables impresiones de cada puerto, así como el cambio brusco de las comodidades de puerto o las escaseces de alta mar no nos hacían pensar como antes.

El tren, después de dar el silbato de partida, se ponía lentamente en movimiento; a los pocos minutos perdimos de vista las últimas casas de la ciudad y nos internamos en la verdadera campiña. El territorio japonés, sumamente accidentado, nos ofrecía a nuestro paso la vista de verdes colinas y valles de exuberante vegetación. Hermosas plantas propias de la región de oriente, como bosques de cipreses, elevados cañaverales de bambúes y de otras cañas de distintas clases: tan pronto un valle oscuro con avenidas naturales sombrías, tan pronto otro completamente iluminado, de una vegetación de un verde claro. Grupos de árboles artísticamente colocados por la Naturaleza y en el punto más bello, bajo un grupo de árboles, dos o tres ranchitos hacían aquello más hermoso, más poético. Toda la travesía es sumamente encantadora, ya subiendo con lentitud una cuesta, ya serpenteando nuestro tren perdido entre bambúes o cipreses o atravesando las tinieblas de numerosos túneles. Después de toca varias estaciones, cambiamos con frecuencia de coches, y después de una hora y cuarenta minutos se nos presentó una pequeña pero preciosa bahía, donde se encontraba fondéada la escuadra japonesa.

En la estación nos recibieron tres oficiales de la marina japonesa quienes nos condujeron directamente a un vaporcito de la bahía que debía transportamos al otro lado, donde se encontraban los talleres. Dos acorazados como de ocho mil toneladas se veían en la bahía, un barco de guerra chino capturado en la última guerra, con aquella Nación, tenía pintado hacia la proa y a ambos costados grandes dragones. Tres diques de carena y un acorazado de doce mil toneladas en construcción, que sería botado a fines del año de 1900. Visitamos sus grandes talleres de maquinarias, calderas, engranajes, cilindros, chapas, aserradero, fundición, moldes. En estos talleres donde los operarios se cuentan por miles no se ve ningún extranjero y las cabezas dirigentes son también japonesas.

Es de gran importancia el taller de construcción del rifle japonés, modelo propio, que construye(n) 300 en las veinticuatro horas, o sea cerca de cien mil al año. Existe también el taller de proyectiles del rifle mencionado, cuyo calibre es de seis con cinco (milímetros). Un acorazado sale de los astilleros japoneses sin emplear ningún elemento extranjero: ni material, brazos, ni cabeza.

Nuestra visita, aunque no muy minuciosa, por la escasez de tiempo, fue completa aunque fastidiosa por el mucho calor. Antes de despedimos fuimos invitados a descansar en un extenso y fresco salón donde nos invitaron con un té y limonada.

A las doce tomábamos nuestro tren de regreso el que a los cuarenta minutos paraba en la estación Kamakura, donde debíamos almorzar.

Kamakura fue en otros tiempos una gran ciudad y de su antigua grandeza sólo existen ruina(s) de algunos de sus grandes templos, entre ellos el de los cuarenta y siete Rounis, que se dieron a la vez la muerte, destripándose y escribiendo sus testamentos con su<s> propia<s> sangre, sin exhalar ni un ¡uy!, ni una sola queja. Existe(n) también en Kamakura, recuerdos de aquellos tiempos, el gran Buda, esto es, una de las grandes obras del Japón. Tiene el dios cincuenta y seis pies de alto, y está tan bien proporcionado que al verlo a la distancia no parece tan grande. Al acercarse a él parece que se va elevando y cuando se llega (a él) uno es un pigmeo. El Buda es de bronce y tiene en su interior o en su barriga un templo sumamente caliente por el caldeado metal y de una capacidad para unas veinte personas. La cabeza del dios está cubierta de caracoles para proteger su pelado cráneo de los rayos solares. Es(tá) absolutamente prohibido tomar fotografía(s). esto es sólo derecho de los sacerdotes, que por cierto sacan sus pesos. La estación de Kamakura es sumamente pobre, sobre un terreno arenoso; la población queda algo distante, como a dieciséis cuadras.
Bajados del tren, tomamos los pocos ginrikishas que había en la estación, quedando los demás a la espera de otros. Es ése un trayecto difícil por lo arenoso y las numerosas bajadas y subidas, con un calor sofocante donde más he apreciado la resistencia de los que tiran el ginrikisha, pues ese difícil trayecto fue salvado en diez minutos a un trote tendido.

Nuestro apetito crecía a medida que avanzaba el tiempo, así que una vez en el salón preparado en el Kamakura Hotel dimos pronto fin a ese almuerzo pagado por nuestro Gobierno desde una distancia de más de seis mil leguas. A las cuatro de la tarde nos encontrábamos en nuestra camareta, desvistiéndonos algunos, armando bolinas otros.

A la noche nos comunicaron una nueva orden, la de estar al siguiente día a las cinco Iisto(s) como esa mañana para hacer una visita a los cuarteles militares.

En cumplimiento a esta orden, el día 22 a las seis de la mañana embarcábamos en la lancha a remo y remolque los mismos del día anterior, más el Comandante y los oficiales. A las seis y veinticinco tomábamo(s) el tren para Tokio, el que al cabo de cuarenta minutos paraba en la estación de la gran ciudad; como en Yokusuka nos esperaban allí varios oficiales que nos debían acompañar en la visita a los cuarteles. Fuera de la estación nos esperaban dieciséis carruajes de capacidad para cuatro personas cada uno, una vez todos ocupados, partimos al trote de los pequeños pero lindos caballos que los arrastraban. En ellos recorrimos un gran trayecto por las estrechas calles de la ciudad, atravesando algunos canales y cruzando calles llenas de polvo, como en Yokohama. Se ve en Tokio gran cantidad de casas de venta de la clase baja, cuyos propietarios andan casi desnudos, la mayor parte de los hombres de esta clase con un largo camisón, las mujeres mostrando los pechos y los pequeños completamente desnudos.

A los veinte minutos habíamos llegado<s> a los cuarteles militares en Tokio. Estos son grandes y sólidos edificios, construidos de ladrillos de la mejor clase, de tres pisos cada uno y de una longitud de cien metros aproximadamente. A nuestra bajada de los carruajes se nos unió otro grupo de oficiales del ejército, éstos como los de marina sencillamente vestidos con trajes de brin. sin siquiera más que un galón de franela amarilla en la gorra, sumamente bajitos, como todo japonés, pero vestidos a la europea que les queda muy mal. con una especie de puñal colgado a la cintura, una gorra alta con una viserita de un dedo de largo y la fisonomía propia de todo japonés, parecían más bien monitos que oficiales.

Después de presentarlo(s) a nuestro Comandante y oficiales, nos invitaron a tomar un té. en el salón donde ya estaba preparado se encontraba allí el retrato de Su E. el Emperador, o Mikado. y la Emperatriz; éstos estaban
enfundados, para evitar que fuesen visto(s) más que de tarde en tarde. A nuestro pedido accedieron, quitándoles la(s) funda(s), después de cuadrarse al frente de las fotografías y de hacerles una profunda reverencia, tal es el respeto que en esa nación tiene el pueblo a su Emperador. Sin saborear el mejor té que se toma en el Japón nos retiramos pues había empezado el ejercicio de la tropa.

Nos dirigimos a un descampado donde un pelotón de soldados hacía<n> ejercicios gimnásticos de escalar montañas, saltar obstáculos, ejercicios en la barra, trapecio y cabos, todo con agilidad y orden, demostrando la larga preparación que debían haber tenido. Presenciado ese ejercicio nos dirigimos a otro grupo que hacía<n> la esgrima del rifle, si bien no con el rifle mismo, con uno de madera de la misma forma y un poco más largo; este ejercicio que es curioso observar, debe ser terrible puesto en práctica en un combate.

De cada pelotón salían por indicación del cabo dos soldados, resguardadas las cabezas por caretas de tejido de grueso alambre y armados en el arma mencionada, colocándose a una distancia de diez metros próximamente, cuadrándose el uno frente al otro, a indicación del cabo, saludándose, presentando y bajando rápidamente el arma al costado. A una nueva indicación ponen el rifle en la posición nuestra de calar el arma, agachan algo la cabeza y se miran frente a frente, a la tercera voz se precipitan el uno sobre el otro, dando fúerte(s) alaridos por ambas partes y tirándose a todas las partes del cuerpo golpes terribles que por lo general son parados por el adversario. Este ejercicio nos gustó mucho y fue muy aplaudido.

Pasamos enseguida a presenciar los movimientos del arma de un batallón correctamente alineado en línea desplegada, frente a uno de los cuarteles, con su jefe al centro y adelante. Una vez pasados en el punto de donde debíamos observar, mandó el jefe del cuerpo echar el arma sobre el hombro, con voz pausada pero sí muy chillona. El movimiento se realizó como si todos los rifles fuesen movidos a la vez por una misma mano, fue preciso y marcando los tiempos. El paso es largo, los movimientos más sueltos que los nuestros. Nos parecía contemplar los movimientos de algunos renombrados cuerpos alemanes y no uno de japoneses, cuya organización y educación militar creo en nada puede(n) desmerecer.

Terminado que se hubo el último ejercicio, nos acompañaron a la visita interior de ios cuarteles. Recorrimos un gran número de salones y de distintas reparticiones admirando siempre no sólo el orden y la disciplina que allí se establecía, sino también <de> la riqueza y valor de esos cuarteles, que tenían en grandes depósitos cuan(to) puede necesitar una tropa: ropa de diario, en verano, de parada para las dos estaciones, ésta última es de rico paño y debe<n> devolverla cada soldado al término de los cinco años.

La visita a los cuarteles terminó al mediodía. Nuestro Comandante y los <capitanes> (oficiales) de la Sarmiento fueron invitados a un almuerzo. Por esa causa a nosotros se nos dio la orden de dirigimos al Imperial Hotel donde ya se nos esperaba. Nos sentimos algo cansado(s) de tanto caminar, del calor y de la tierra que había, esto agregado a que nos habíamos levantado a las cuatro y que eran ya las once y media, hacía que nuestro apetito fuese poco común. Tomamos pues cada uno su carruaje y nos dirigimos al Hotel mencionado, el mismo donde estuviéramos el primer día de nuestro paseo a Tokio, es el mejor hotel de esta ciudad, montado a la Europea pero servido por japoneses, el comedor es un salón muy grande pero pintado exquisitamente. Había como se nos anunció, preparada una larga mesa de capacidad para cuarenta (comensales). Después de lavamos y quitamos el polvo nos sentamos a la mesa que convidaba con su frescura a nuestro cansado cuerpo y con sus vistosos platos a nuestro inmoderado apetito. En esa mesa y salón donde únicamente nosotros y los que no(s) servían nos encontrábamos se habló de todo: del presente, futuro y pasado, no habiendo quien no hiciese notar que en ese momento del pasado año nos encontrábamos también presente(s) en una mesa análoga, pero no en el Imperial Hotel del Japón, sino en el comedor de la E(scuela) N(aval).

Después de saborear un aromático cigarro, tomamos de nuevo nuestros coches, y nos hicimos conducir al Ministerio de Marina; una vez allí nos indicaron un parque donde debíamos encontrar a los demás oficiales. Penetramos en ese parque y bosque a la vez más natural que artificial y parado(s) a la fresca sombra, distinguimos a los oficiales a quienes buscábamos. Una vez reunido(s) seguimos por esa selva frondosa donde no penetraba un solo rayo de sol en su interior y de una colina saltaba una catarata de límpida y fresca agua que saltando sobre piedras y entre helechos iba a verterse en un cristalino y pequeño lago, donde hacían mil gambetas los numerosos peces de brillantes y variados colores que contenía. Bajo el ramaje de los más frondos(os) árboles había como caído al descuido un grueso tronco que servía de cómodo asiento y donde en sus huecos y de antemano<s> se encontraban ricos cigarrillos con que éramos convidados, esto demostraba el verdadero gusto por parte de los marinos japoneses.

A orillas de uno de los caminos que seguíamos se encontraba una casita de piedra y en ella dos ancianos de la misma sustancia, según nos dijo el oficial que acompañaba nuestro grupo eran dioses chino<s> y esas estatuas tenían dos mil años de existencia, o sea. ciento un año antes de J. C(risto).

Del parque fuimos a hacer una visita al Colegio Militar: ésta, por lo avanzado de (la) hora, fue breve, viendo las aulas, grandes y espaciosas: asistimos a la clase de esgrima, donde se sacuden sendos y fuertes golpes, con una especie de sable de caña que es muy resistente. Visitamos el salón de estudio de fortificación, donde había preciosa colección de defensas en miniatura hechas por los estudiantes del último año. Nos enseñaron los programas, que nada entendimos pues estaban escritos en japonés. Visitamos el comedor: la mesa estaba puesta y servido un pequeño plato de arroz con sus palitos y el servicio de vajilla (?) de porcelana.

Con el Colegio Militar terminaron nuestras visitas a los establecimientos y talleres militares. Despedimos con pruebas de agradecimiento y con la satisfacción de ser los primeros extranjeros a quienes el Gobierno Japonés haya permitido tales visitas.

Con ella termimó también nuestra última (visita) a la ciudad Capital, a Tokio (Puerta de la bahía) o antiguo Yedo (Capital del este) residencia de Mikado, donde el año (hay un espacio en blanco) de una población de un millón cuatrocientos mil htes. (=habiantes).

A Tokio se la puede considerar como un conjunto de aldeas que, separadas en un principio, se han ido extendiendo hasta unirse formando la actual Capital del Japón.; es así que en mucha extensión se ve<n> tierras vacías, ocupada(s) por árboles nacidos y crecidos al acaso; los nuevos edificios notable(s) son los del Gobierno -cuarteles y edificios públicos- así como los hoteles y casas particulares de familias Europeas y americanas.

El japonés es por Naturaleza muy pacífico, rara vez se enfada y si lo hace no deja traslucir la más ligera impresión. Lo mismo en los casos propicios no dejan ni por un momento traslucir su alegría; es sumamente reservado y retraído y no olvida nunca la ofensa recibida, buscando siempre la ocasión de tomar el desquite. Es muy observador y prudente, a la par que cortés y valiente. Tiene suma facilidad para imitar el idioma y (las) costumbres extranjeras. Es de esperarse que siguiendo cabezas directivas en el gobierno como las actuales, no será difícil a la vuelta de algunos años dejar al Japón sus antiguas tradiciones y costumbres. Esto último sería algo de sentirse, pues las costumbres japonesas, su modo de vestir, etc., parece que constituyen una nueva vida para el viajero que por primera vez las observa.

En el Japón existen las castas, la primera la alta nobleza, el Mikado, hasta el miserable ginrikisha que arrastra todo un día a un semejante para ganar un peso que apenas le debe satisfacer las necesidades del hambre. En esta clase, que es la inferior, trabaja la mujer a la par que el hombre: así no es raro ver a aquellas pobres trabajando la tierra, arrastrando carretas de mercancías, acarreando material y bogando, para el transporte<s> de los pasajeros de un punto a otro: en esta casta se acostumbra todavía entre las casadas pintarse los dientes de negro<s> y afeitarse las cejas y pestañas y las solteras pintarse los labios de rojo, y los hombres cubrirse el cuerpo de tatuajes.
Casi todas las casas japonesas tienen un segundo piso, que es de blanca estera. Sobre ella toman su té, almuerzan y duerme(n) y pasan recostado(s) en ella en los momentos de ocio. Son tan limpias estas casas que con justa razón exigen que el visitante se quite los botines; ellos mismos andan descalzos, en medias; por esa causa siempre tienen a la entrada una serie de pares de botines de madera o paja para el que no desee penetrar en medias. Las mujeres llevan el pequeño atado a la espalda. En el Japón la mujer se vende lo mismo que los pequeños japoneses y las primeras se unen en matrimonio con el extranjero por el tiempo que él quiera tenerla, pero debe tratarla como a una verdadera esposa. La corrupción reyna mucho en la clase baja y una caricia o un halago nunca es tomado a mal.

No obstante la serie<s> de dioses que el Japón ha creado, los tres del Bien y los tres del Mal, el que cuenta con más adoradores es Buda y el Budismo, que cuenta con más de veinte mil templos, es la religión más profesada. Sus templos son por lo general muy sencillos, habiendo sin embargo bonitas pagodas; una de las ceremonias consiste en arrojarle al dios boletas de papel, medallas, etc., frotar al dios la parte del cuerpo de que ellos padecen, y luego frotarse ellos esa misma parte.

La vida en el Japón es sumamente barata, más aún para un japonés, cuyo plato favorito es el arroz y que es también su mejor alimento. La carne y el pan, que son algo caros, no se consumen, en cuanto al vestuario, sumamente sencillo, es barato, pudiendo andar decentemente vestido y calzado con un par de pesos, pero las muy pobres ni eso gastan pues se contentan y se (les) permite usar sólo una faja. Utiles de mesa tampoco gastan, su mesa es el piso de estera y todo su servicio unos cuantos platitos, que aunque sean de porcelana, que para nosotros es un lujo, ellos los compran casi por nada; en cuanto a cuchillos, tenedores, ellos prefieren y usan con gran destreza los palitos.

El día 24 de Agosto bajamos por última vez a la ciudad de Yokohama, para darle el adiós de despedida, recorriendo sus calles en los conocidos cochecitos, visitando los barrios extranjero(s), el barrio de japoneses y los estragos causado(s) por el incendio en las pasadas noches, que redujo a cenizas a doce manzanas (con) cerca de cuatro mil casas.

El 25 a la noche se dio a nuestro bordo un banquete al Ministro de Marina, quien no pudiendo asistir, mandó a su representante.

El 26 a las nueve de la mañana nos poníamos en movimiento a un nuevo puerto japonés, a Kobe.

El trayecto entre Yokohama a Kobe no podía hacerse a vela, pues era una travesía entre canales, como todos los que debíamos hacer hasta abandonar el último punto del Japón. Todo ese trayecto por entre islas cubiertas de vegeta-
ción, por canales sumamente estrechos, encontrando a cada paso aldeas en las faldas o en los valles más pintorescos, dejando a nuestro paso multitud de lanchitas a vela, zampanes llenos de japoneses, observar los matices en las primeras horas de la mañana y a la puesta del sol, que presentan las montañas, según su mayor o menor elevación y distancia, con una temperatura suave en las primeras horas de la mañana, era complemento del precioso trayecto de Yokohama a Yokosuka.

El día 28 a la una p.m. arribamos al puerto de Kobe. La bahía es algo abierta y la acción de los fuertes vientos sumamente peligrosa. Dimos fondo como a dos millas de la costa; desde a bordo la vista de la ciudad es muy engañadora, como las de casi todas (las) extendidas al pie de alguna montaña, es decir, sólo nos parecía<n> un grupo de pocas casas. Esa tarde estuvo muy fresca y el tiempo lluvioso, esa misma noche se desencadenó un violento huracán, algo como el resto de un Tifón. Todos los barcos que no se tenían seguridad se hicieron inmediatamente a la mar para no ser arrojados y deshechos sobre la costa. La bahía no muy cubierta, como he dicho, ofrecía no obstante mucho abrigo. Debido a la violencia del viento se levantó mucha mar, que nos hacía rolar tanto como los días próximos de arribo de Yokohama. Nuestro barco se mantenía fondeado a tres anclas y las máquinas daban tres millas adelante, no obstante era arrastrado y de haber roto las cadenas hubiéramos tenido que correr en alta mar. Ha sido una verdadera felicidad pues, de tomamos afuera, era de esperar un naufragio, como le sucedió a la pobre Gair, que viéramos en Chile y Panamá, y de la que sólo se salvaron cuatro marineros.

Kobe es una ciudad de ciento treinta mil habitantes, bastante bonita como ciudad japonesa, sobre todo la parte sobre la bahía. El estilo de la ciudad, la construcción y el aspecto general es la de todas las ciudades japonesas, si bien sus calles no son tan estrechas. Los precios de ventas son acomodados, si bien las tarifas de los hoteles son algo subidas. El mejor es el Oriental Hotel cuyo propietario es español: en él tocó una noche nuestra banda de música, como lo hiciera en el Gran Hotel y el Oriental Hotel de Yokohama. Kobe está unido por ferrocarril a Yokohama y a Ñeco.

Muy próximo de Kobe y a veinte minutos de camino por el ferrocarril se encuentra la ciudad de Osaka, notan extendida como Kobe, pero bastante bonita; en ella se encuentran las grandes fábricas de porcelanas. En el puerto de Kobe hemos permanecido tres días, lo suficiente para aburrirse en una ciudad japonesa. cuando ya se conocen otras y se anda sin dinero disponible.

El día 31 a las ocho a.m. nos poníamos en movimiento, siguiendo los hermosos canales hacia el pueblo japonés de Kure: cincuenta y siete horas próximamente duró esta pintoresca travesía, habiendo antes de llegar dado
fondo la noche próxima en una pequeña bahía, para continuar viaje al día siguiente, muy temprano, dando fondo en la bahía de Kure, a las siete p.m. del día dos de Setiembre.

Kure
Kure es un pueblo de unos treinta o cuarenta mil habitantes.

Desde a bordo sólo se ven unas que otras casas, diseminadas en la montaña y los talleres de marina que allí existen. La bahía es sumamente cerrada y hay salida por dos canales. Había en ella un crucero que salió cuando nosotros entrábamos, dos o tres barcos de guerra, muy antiguos y de poco calado, dos Destroyers y varias torpederas.

El atracadero es poco cómodo y desde él al centro de la ciudad hay unas veinte cuadras que hay que hacerlas en ginrikishas, al medio día, pues hay un calor insoportable; todo extranjero que quiera penetrar en la ciudad tiene que dejar una tarjeta con nombre y barco en que está, a un centinela armado a rifle, en la calle que conduce a la ciudad.

Kure es un pueblo cuya gran importancia consiste en los talleres y (en) ser un puerto militar, por lo demás es muy pobre y no hay ningún atractivo para el viajero, a no ser encontrar allí las costumbres japonesas en toda su pureza y verse formar a<l> su al<r>rededor <de sí>, si llega a pararse, círculos compactos de japoneses, atraído(s) por la curiosidad de lo nunca visto, un hombre Europeo o Americano, con su fisonomía y manera rara de vestir para ellos. No hay hotel Europeo, ni tampoco Americano y como nadie casi en la gente del pueblo habla inglés, es difícil pasarlo, pasear y hacer cualquier compra con comodidad. Existe allí un bonito Club donde equivocad(os) por un salón de billar nos llevaron los ginrikishas y donde sin damos cuenta en el primer momento nos pusimos a jugar.

Los talleres de Kure son de mucha importancia aunque no tanto como los de Yokohama: estaba en construcción un acorazado de doce mil toneladas.

El pueblo como todas las ciudades recorridas del Japón, a excepción hecha de Tokio, están situadas a las faldas de montañas.

Hemos permanecido en Kure tres días. <para> zarpando de esa bahía a las tres de la tarde del día cinco, para una hora y veinticinco minutos después dar fondo en la de Gedashima. tan cerrada como la anterior y donde debíamos
permanecer lo suficiente para visitar la E(scuela) Naval al dia siguiente. A las ocho de la mañana, vestido(s) de traje de saco blanco, trepábamos la escala del atracadero donde se encontraba un oficial de marina que debía conducimos a visitar la Escuela Naval Japonesa.

El edificio, aun cuando no muy grande, estaba construido con elegancia y solidez, de dos pisos, con un gran frente a cuyo centro se encontraba la entrada principal; penetramos por ella, doblando a la derecha, donde se encontraban dos salas sencillas, adomada(s) con cuadros representando combates de la última guerra japonesa, los emperadores japoneses, cubiertos por telas, y gran número de fotografías de los estudiantes. En el centro, sobre una mesa, el pedazo de proyectil que dio muerte al más distinguido jefe militar entre los japoneses en guerra con China. A la salida, y sobre la pared nos mostraron en un gran cuadro las cartas marinas que el mencionado jefe estaba consultando cuando fue herido. Esa carta se encuentra manchada por su sangre, y es una verdadera reliquia: todos los sabados los Aspirantes lavan el marco de ese cuadro.

Como en la fecha en que estábamos los cadetes estaban en vacaciones, no nos fue posible tratarlos, ni observar sus clases, ni ejercicios.

Continuamos la visita por los dormitorios, dispuestos en pequeños salones que sólo pueden contener siete cada uno; las camas son fijas y al lado, cerca de la cabecera tienen el arma. Los salones de estudio son muy extensos, y frescos, cada uno con su gran estufa para combatir el frío que es riguroso en invierno. Los bancos son uno para cada cinco. Los libros, la mayor parte de ellos en inglés, que es el idioma oficial, algunos, pero en minoría, en la lengua nacional. En el salón de armas se encuentra una verdadera colección de ellas, muy antiguas y, para el estudio, gran número de ejemplares de espoletas, estopines, enteros y seccionados en varios cortes para facilitar el perfecto estudio, proyectiles, metrallas, de pequeño y de grueso calibre, también seccionados, pólvoras de las más modernas y de todas las clases elaboradas en el país. Lo más importante en este salón son los modelos en pequeño de las piezas de artillería seccionadas logitudinal y transversalmente, pudiéndose hacer en ellas un completo estudio, pues se ve perfectamente la disposición de las estrías, los enchufes de los manguitos y el mecanismo de culata y cierre.

Terminamos de visitar este edificio que no era más que el alojam iento de cadetes y oficiales y las aulas de clase teórica, para visitar los numerosos pabellones para las clases prácticas.

A la salida y antes de llegar al pabellón de maniobra, vimos dos grandes calderas sobre la yerba (?) en perfecto estado de conservación para estudio de ¡os cadetes. El Pabellón de maniobra(s) es muy interesante; tiene dos pisos y en cada uno se encuentra una embarcación, que si bien es sólo para <el> estudio es lo
suficientemente grande para poder alar de los cabos y largar las velas como para estudio de los aparejos, cuadernales, motones y demás nomenclatura. Había también un buen número de botes, lanchitas (y) canoas, en miniatura, pero con sus dimensiones y distinta(s) especie(s) de construcción. El 2o piso se compone de igual número de ejemplares pero (de) distintas clases de las del primero. De este edificio pasamos a visitar el pabellón de maquinarias, muy próximo al primero, y donde los aspirantes nada mejor pueden desear para sus estudios; bielas, manivelas, cilindros, válvulas, grúas, todas las piezas por separado, para estudiar cada una de sus partes y luego todas reunidas para el estudio del mecanismo y movimiento, compases, la rueda de un timón con su caña y transmisiones.

Recorrimos, salidos que hubimos de este pabellón, el de Física y Química, así como el de Historia natural, de allí y pasando a un nuevo pabellón <donde> recorrimos la sala de torpedos, ésta es una de las más admirablemente atendidas: torpedos Whitehead y Schorcoff, distintos modelos, torpedos de fondo y en una gran pi<l>la cuyo fondo representa el del mar están colocadas una serie de minas submarinas en miniatura, a distintas profundidades. Terminada esta visita sólo nos faltaba ver el salón de estudio de artillería, grande y espacioso; semejaba un barco por su forma y en él un gran número de piezas de distintos calibres y sistemas, y un gran número de ametralladoras.

Con esto terminó nuestra visita a la Escuela Naval Japonesa, la que creo nada o muy poco desmerecía a las primeras del globo.

Nuestra estadía en Gedashima era sólo para visitar la E(scuela) N(aval), por cuya causa ese mismo día como a las cuatro de la tarde dábamos el cordial adiós a los oficiales japoneses que junto con algunas señoritas japonesas nos habían ido a despedir en un vaporcito, los acordes del himno japonés primero y luego los hurras y los adioses de la bocina di(eron) término a aquella manifestación de simpatía de Argentinos y Japoneses.

Nos poníamos lentamente en movimiento, el pueblecito quedó pronto oculto por la falda de una montaña y pronto toda la bahía. Penetrando en estrecho canal dos horas después dábamos fondo en Miashima. como a dos millas de la costa. El pueblito situado en esa bahía es de todos los del Japón el que goza de una posición más pintoresca; el pueblo, por su parte, por su disposición, su hermosa pagoda (y) sus templos, parece ayudar a la Naturaleza.

Situado a la falda de montañas, cubiertas de verdes y tupidos árboles que se van elevando gradualmente, forman un elevado v verde muro, en ese fondo se destacan sólo uno que otro edificio, entre ellos la pagoda de curiosa arquitectura, los demás edificios permanecen ocultos entre el verde de los árboles. Al penetrar en el pueblito parece aquello una feria nacional: casi todos
los bazares, con miles de artículos de todas clases y en especial de maderas ricamente trabajadas. Es ya muy tarde, el sol está oculto tras la montaña, la temperatura sumamente suave convida (a) pasearse en una especie de jardín; ya un corpulento árbol de extenso ramaje, ya un pequeño arroyo que viene saltando y rompiéndose en cristalinas rocas, sobre grandes piedras formando pequeñas cascadas, ya los bazares con sus artículos amontonados sin orden a la puerta, ya bajo un en<r>ramado un grupo de japoneses, mujeres y hombres, saboreando su plato favorito, cuando no se presenta un templo y a su puerta multitud de fieles haciendo profundas reverencias o golpeando las manos para llamar la atención (quizás) al Dios a quien imploran.

Es ya de noche, las estrechas y entrecortadas calles aparecen iluminadas por mil<l>es de farolillos colgados a los costados de las puertas, unos de formas esféricas, cilindricos otros, rojos, blancos, azules y de otra diversidad de colores y por esas calles sólo se veía el desfile de los tripulantes de la Sarmiento, Guardiamarinas en la gran mayoría y uno que otro oficial, riendo unos, cantando otros, cuando no se apartaban para averiguar el precio de algún artículo.

De este modo nos íbamos aproximando al atracadero, las aguas se veían reflejar por dentro de los troncos de los árboles, entre cuyas ramas se mecían suspendidos algunos farolitos. Al aproximarnos más notamos multitud de luces de diversos colores flotando sobre las aguas: eran barquitos de papel y caña cargados de faroles, arrojados al agua. Estas embarcaciones eran destruidas a pedradas y según el mayor o menor tiempo en que eso conseguían, significaba que el dios les prometía librar o no al Japón de los frecuentados y terribles tifones.

Pocos momentos después, penetrábamos en nuestra casa, la endiablada camareta de <Meshipman> (la Sarmiento), donde como siempre se sentían las infaltables discusiones sobre tal o cual punto, mientras otros después de entregar su guardia se ponían a satisfacer el apetito, mientras los demás cantaban debajo de los coys donde tres o cuatro se encontraban reposando de las tareas diarias.

A(l) día siguiente, a las cinco de la mañana, nos poníamos en movimiento para Nagasaki, última ciudad que debíamos visitar en el Japón.

El viaje de Miashima a la ciudad mencionada lo hicimos también a<l> través de estrechos canales que de vez en cuando se ensanchaba(n) al penetrar en una bahía cuyas aguas estaban sumamente tranquil<l>as como Ia(s) de una pequeña laguna, rodeada por montañasy salpicada porelevados islotes cubierto(s) de árboles. En una de estas hermosas bahías nos dio alcance un buque de guerra francés que había penetrado por otro canal. Era ya casi a la puesta del sol y nos dio mucho placer ver un compañero tan inmediato, también de lejanas tierras. Nuestra banda formó a popa, dando frente al barco, el que más felizque nosotros.
sintió, en una de las bahías sinnombre del Japón y tan hermosa, su himno nacional, «La Marsellesa». En reconocimiento nos saludó repetidas veces con el pabellón, perdiéndose de vista poco después, en uno de los innumerables canales.

A las 8 hs. 35 mm. de la mañana del día siete dábamos fondo en el puerto de Nagasaki, como a media milla de la costa pero a cuatro de la ciudad. La bahía es bastante cerrada y muy abrigada.

La ciudad es de ciento cincuenta mil htes. (=habitantes) próximamente. El estilo de la ciudad es como la de cualquier<a> otra del Japón, menos bonita <de> (que) Osaka y Kobe. El barrio europeo es también inferior al de Yokohama, el puerto tiene poco movimiento de grandes barcos pero mucho por la multitud de zampanes que van y vienen en todas direcciones. Hay lindos hoteles, el mejor es el Nagasaki-Hotel, sobre el canal mismo, el Bell(e) Vue Hotel, de muy lindo aspecto exterior, pero triste y pobre interiormente.

Tiene grandes casas en sedería, todas a precio fijo. Sus casas de té con el limpio piso de blanca estera, sus bazares y casas de porcelana.

El Japón, raza amarilla como los Chinos, es algo degenerada de la primitiva; sus ojos no son tan rasgados, su color no tan amarillo, ni sus pómulos tan salientes. Su existencia, si bien no tan antigua como los de la vecina Nación, se remonta a lo desconocido, miles de años antes de los de nuestra era. No parece que ha sentido la influencia de las invasiones tártaras y mongólicas y se cree que en cierta época se han creído la Nación única del Globo. La civilización China y su religión se extendieron a la japonesa, en especial el Budismo, que es en el día la que cuenta con mayor número de sectarios. La religión de Confucio se extendió mucho y cuenta actualmente con muchos creyentes. La religión de Cristo, que debido a las misiones católicas iba tomando mucho cuerpo, desapareció de golpe. Parece qué habiendo el Emperador Japonés preguntado a uno de los más ilustrados misioneros que cómo era que el jefe de la religión cristiana había alcanzado tanto poder, éste respondió: «Es que él primero convierte (a) los pueblos por la religión y luego la afianza por la fuerza.» Esta respuesta sublevó al Emperador, quien ordenó la expulsión de todos los que tenían la religión de Jesús o Yaso. La expulsión se llevó a cabo inmediatamente, y entonces el monarca hizo circular el siguiente aviso:

«Si algún cristiano, sea quien fuese, sépanlo todos, si el Papa mismo o el Gran Yaso en persona, pusiese los pies en el Japón, será decapitado».

Hasta hace muy poco tiempo el Japón era<n> tanto o menos que su vecina, la China; sólo tenía uno o dos puertos como aquélla.
Desde el corto tiempo de relación con la existencia de esta nación, que media desde el dia que dio franco todos sus puertos al comercio extranjero hasta el presente, desde ese día en que la civilización de la raza blanca hizo conocer a ese pueblo que no era ni el más civilizado ni el más fuerte, parece que la venda que por tanto tiempo le impidió ver hacia adelante cayó; desde entonces, dando prueba de no ser una raza ni gastada ni incapaz, su primer cuidado fue imitar en lo posible a aquéllos que sin ser llamados les llevaban el progreso; muchos de sus hijos salen por primera vez a hacer sus estudios a las principales escuelas Europeas, muchas de sus ridiculas costumbres empiezan a desaparecer a la par que el ejército y la armada se empiezan a levantar; el Japón se empieza a dar a conocer (en) el mundo y no como una nación débil, o en su origen, sino como una nación consciente de su poder y dispuesta a hacer respetar sus derechos a la que quiera <disputarlo> (disputárselo).

El primer encuentro, el primero que iba a sostener con los elementos de la nueva civilización, debía ser con la gran nación del Asia, con la China. Cuarenta millones contra cuatrocientos cincuenta millones, tal(es) eran las poblaciones respectivas. El choque fue fatal para la nación que aún permanecía adormecida, que aún no quería abrir los ojos.

En vista de esto el Japón reconoce las ventajas (del progreso), construye arsenales, astilleros, talleres, cuarteles y hoy en día puede resistir en su territorio a cualquiera que trate de imponérsele.

En cuanto a sus costumbres, su carácter y modo de vivir, <a> la impresión que puede dejar en un extranjero, ésta es muy varia; pero la mayoría sale satisfecho de haber vivido una nueva vida, costumbres y modo de ser; la manera amable y cariñosa de las japonesas, su deseo de halagar en todo lo posible al extranjero, la vida íntima y reposada que se disfruta al lado de ella(s), hacen recordar al Japón con cariño y placer, a la par que (a)l japonés, trabajador sobrio, inteligente y sumamente cortés.

Muchas de las antiguas costumbres y tradiciones van dejando de existir en el constante deseo de imitar al extranjero. Como país original para los países sudamericanos y los Europeos mismos, es el primero. Sus ciudades todas poco hace<n> que se han abierto al comercio extranjero. Su poder militar. su(s) armamentos bélicos, han sido siempre desconocidos. Recién por ley del doce de agosto se ha permitido la visita de lo último. Toda (su) vida pues, se encuentra en sus ciudades, las costumbres y carácter lo mismo que ellas eran miles de años atrás; pronto, sin embargo, esto no subsistirá; ya nadie lleva trenza en la alta sociedad, y a no se afeitan las mujeres las pestañas ni cejas, ni se pintan de negro los dientes las casadas, ni los labios de rojo las solteras; gran número viste a la europea, hay pues que visitarlo sin perder más tiempo, observar su modo de ser, su carácter especial y único, el estilo de sus ciudades, su vestir sumamente oriental y que tiende a desaparecer.

El día doce (i. e., 12 de setiembre de 1899) a las doce horas nos poníamos en movimiento, seguíamos por el canal hacia mar afuera. Dirigíamos aún la vista a Nagasaki, última ciudad visitada del país de Oriente. Aún se distinguían algunos de sus más elevados edificios y uno que otro zampón vigorosamente manejado por su tripulante de color de bronce; pero, cada vez más, se reducía y al cambiar de rumbo siguiendo el canal desapareció para siempre la ciudad. Momento después, terminado el canal, penetramos en alta mar. Las velas reemplazaron al vapor y movían suavemente la nave, perpendicular a la costa. Esta sólo se distinguía como una extendida faja, allá, muy lejos en el horizonte.

¡Adiós bello y original país de Oriente! ¡Adiós mi sueño deseado! Encantador te imaginé y más te he encontrado y hoy al perderte de vista siento que mi vida, como la vida de todo hombre, sea corta para volverte a ver y adm irar.