Historia y Arqueologia Marítima

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Fragata Sarmiento Indice Armada Argentina

  FRAGATA  “SARMIENTO”

El Primer Viaje 1899-1900  -       (Viaje 21 de Instruccion / 1° de la Fragata)

En Honolulu, la fragata engalanada por el 9 de Julio.

Del Libro "Los Viajes de la Sarmiento 1899/1931" editado en 1931

Partida, Punta Arenas, Valparaiso, Callao, Peru, Panama, Acapulco San Francisco, Hawaii (Honolulu) Yokohama, Kobe, Kure, Yedashima, Miyashima, Nagasaki, Talien Wan, Port Arthur, Chefoo, Wer Hai Wei, Kiau Chau, Shanghai, Hong Kong Manila, Colombo, Aden, Moka, Suez, Alejandria
Pireo, Pola, Venecia, Napoles, Magdalena, Spezia Toulon, Barcelona, Argel Cartagena, Gibraltar, Madeira, Barbados,  La Guayra, Santiago de Cuba, Habana New York, Hampton Roads, Rio, BsAs
 

San Francisco, Honolulu

San Francisco, 6 de junio. — Uno de los puertos más espaciosos y pintorescos del mundo. Ciudad moderna y progresista, que tenía entonces 400.000 habitantes y que fué destruida más tarde por un terremoto. Durante esta escala, que fué de 13 días, el californiano Jeffries, de 23 años, vence al campeón mundial de box Fitz Simmon; acontecimiento trascendental para aquella región del globo.

"El día 6 llegamos a San Francisco, después de haber recorrido 3.700 millas con malos vientos, a veces muy duros y algunos días con mar de leva muy alta por el través.

"Durante la estadía en este puerto los guardia-marinas han visitado el Arsenal de Marina de Mare Island y los Astilleros de la Unión Works y Co.; se hicieron víveres para los meses de junio, julio, agosto y septiembre y reposición general de artículos.

"El buque fué constantemente visitado; se recibieron invitaciones de todos los Clubs de la ciudad y entre las fiestas sociales a que hemos concurrido debo hacer mención de la del Club de Gimnasia y la que nos ofreció el Sr. Loiza, cónsul argentino en este puerto y a quien debemos toda clase de atenciones, que obligan sinceramente nuestro reconocimiento. La prensa diaria nos ha favorecido desde nuestro arribo con las opiniones más favorables para nuestro país, su marina y la Fragata "Sarmiento".

Estas fotos dueron tomadas en 1899, antes que San Francisco sufriera un gran terremoto seguido de un incendio que destruyo casi toda la ciudad, por lo tanto mucho de lo que aqui se ve no existe mas.
     
Clipper entre Acapulco y San Francisco Panorama de San Francisco Market Street
Farrel y Market Street Marineros de la Fragata en el Golden Gate Park Invernaculo del Golden Gate Park
Sutro Heights Sutro baths Entrada a  Sutro Heights
Strawberry Lake, Golden Gate Park Cliff House, hotel que fue demolido muchos años despues, preferido por los bañistas veraniegos.
                                                     
El Call Building, el mas alto de San Francisco entonces y a la der. el interior de Palace Hotel, con entrada cubierta para carros-
Una loberia La calleMadison, en Oakland al otro lado de la bahia. Alrededores de San Francisco
     

HDS - HAWAII (HONOLULU)

Son las seis de la mañana; ésta es algo calurosa, pero agradable; nuestra nave con el paño aferrado y meciéndose suavemente sigue buen viaje; hacia babor y muy lejana se distingue una costa, no muy extensa ni muy elevada, es la isla de (espacio en blanco), hacia proa y algo a estribor, más cerca que la anterior y con algunas elevaciones notables, medio<s> cubiertas por las brumas, se distinguen las tierras de Hohau, donde se encuentra Honolulu, a cuyo punto (¿puerto?) nos dirigimos. La mañana está brumosa y por intervalos caen grandes chubascos, que nos hacen pensar en los capotes de goma, pero muy luego pasan, y hermoso, ostentando sus vivos colores, aparece el arco de la alianza, el arco iris, por debajo del cual parece que fuese a pasar la Sarmiento; un extremo cae al mar, cerca del horizonte, y el otro matiza con sus colores la cima de uno de los cerros de la vecina costa; ésta se va destacando y permite que se reconozcan algunos de sus puntos más caracterizados, sacándose al mismo tiempo croquis de los que van quedando por el través. Se nota una depresión en la costa al llegar a Punta Diamante del que aún distamos algunas millas; gran número de guardiamarinas sacan croquis desde la toldilla: son las siete de la mañana: el Comandante mandó vestirse de traje blanco a todo el personal del barco, incluyéndose en él la oficialidad y guardiamarinas. A las ocho se izó el pabellón el que ostentando los gloriosos colores de nuestra patria, parecía flamear con placer a la entrada y arribado por segunda vez a la tierra que fuera la primera en reconocer la independencia a la nación que simboliza. Estamos casi sobre Honolulu. A nuestro alrededor y algo a popa hay numerosos bancos de arena; algo más distantes y cerca de la costa una rompiente cuyas olas se elevan a más de seis metros, y esa elevada masa de agua corre sobre la playa arenosa arrastrando en su furia cuanto encuentra.

Serían las ocho horas y treinta minutos cuando nuestras piezas daban al pueblo de Honolulu el saludo acostumbrado; al mismo tiempo y como a doscientos metros del atracadero el ancla agarraba el fondo, quedando parados y en contemplación los que no estábamos de guardia, de cuanto nos rodeaba. Próximo a nosotros una barca, cuyo renegrido y manchado casco, con su arboladura, su mal estado y algunos masteleros rotos daban a conocer la inclemencia de la mar durante la travesía; a nuestra proa un gran transporte Norte Americano llevando a su bordo doscientos ochenta voluntarios, es el Sheridan, que días antes viéramos fondeado en la bahía de San Francisco; este transporte debía continuar viaje a Manila, en auxilio de sus compañeros. El pueblo de Honolulu quedaba casi oculto a nuestra vista, al menos sus calles, debido al paraje en que habíamos fondeado; no obstante se veían muchas casas sobre estacas, algunas lanchitas tripuladas por los naturales, medio<s> desnudos, un enjambre de negritos al costado de nuestro barco, tan nadadores como un pez, y a la pesca de alguna moneda que se le tirase al agua, las que con gran admiración nuestra recogían después de un prolongado zambullón. Al día siguiente bajamos a tierra, esparciéndonos en la ciudad, todos por distintos rumbos, formando agrupaciones de dos, tres, cuatro, cinco cada una.

     
El buque de transporte de tropas norteamericano "Sheridan", en puerto y saliendo hacia Manila.

Honolulu

 

El pueblo goza de sus comodidades: tiene tranvías, luz eléctrica, sus cafés, confiterías, casas de juego, sus hoteles y surtidas casas de negocios. Por lo dicho se creerá que Honolulu es un pueblo vulgar y como cualquiera que tenga treinta y cinco mil habitantes, que tenga luz eléctrica y tranvía; téngase presente que las islas Sandwich son llamadas el Jardín del Pacífico y que Honolulu forma parte de una de ellas, quizás la mejor. No diré de él que sea un país encantado, pues nada hay sobrenatural, pero sí diré que es un verjel, un valle florido, un verdadero jardín, nombre con que ha sido bautizado así como con el de «Paraíso del Pacífico». Viéndola de una parte retirada y elevada aparecen establecimientos diseminados en un gran parque. El corazón mismo del pueblo donde los edificios están continuados y unidos forman calle(s) de poca extensión; ellas en cambio son continuadas por hermosas y verdaderas avenidas, llenas de sombra<s>, que no hacen más que separar y limitar los parques, más naturales que artificiales, que se extienden a uno y otro lado. Cualquier calle es continuada así y en esos extensos parques, de mucha sencillez y llenos de luz que son obra de la naturaleza, y no del hombre, se ve un bonito edificio que cualquiera lo tomaría por un paraje de recreo público, y no por la morada de una humilde familia, quizás ignorante de lo que tiene.

No sólo esos parques naturales es lo que llama la atención, es lo que encanta recorrer en sus tardes suaves y nubladas; también las faldas de sus pintorescas montañas que se elevan gradualmente de la superficie, permitiendo treparla hasta en vehículos; sus ondulaciones, lo poético de sus noches de luna<s>, con ese cielo estrellado, una suave temperatura, al subir por una cuesta arbolada sintiendo el olor a la naturaleza puede decirse, y respirando las brisas de todo el océano, eso es hermoso y esos encantos nos recuerdan nuestra patria, pues en nuestro egoísmo queremos creer que ella sola es capaz de brindamos. Al sentirse fatigado por el mucho caminar, al penetrar bajo la sombra fresca de los preciosos árboles, al recostarse en el verde pastito que matiza el suelo, al mirar a lo lejos por entre los árboles cuya caprichosa agrupación los hace más lindos, al distinguir a lo lejos una humilde casita, a la par que se siente el murmullo de multitud de pajarillos y que se ve brincar, correr y revolotear otros, uno se cree estar en el pedazo de tierra que lo vio nacer o criarse; le parece que ésos son los mismos árboles bajo cuya sombra jugó cuando niño; que esa casita habitaban los seres mas queridos, tal es lo que sentíamos cuando cansados de buscar el museo, nos internamos, yo y mi amigo Navarro, en uno de esos parques. ¡Cuánto desearía en mi patria un pedazo de tierra así! ¡Cuán gozoso vería a la falda de unas montañas como éstas y en medio de un jardín natural como aquí, una casita, cómoda y modesta, y en ella como únicos propietarios a mis ancianos padres disfrutando allí de comodidad, tranquilidad y placer!

Una comida a lo Kanaka

No obstante la diversidad de razas, de costumbres y de carácter, en todas hay de todo y si algunas son retraídas y si egoístas otras, hay otras que en cambio ofrecen sus servicios al viajero llegado por primera vez. Algunos sirven de cicerone, otros nos invitan a su casa y nos presentan (a) sus hijos y esposa.

Uno de éstos últimos encontramos en Honolulu, que sin más conocimiento de que éramos oficiales residentes allí hace tres días, nos invitó a una comida y baile, que a fin de que tuviéramos conocimiento de las costumbres del país, la(s) haría a la criolla, es decir, a lo Kanaka.

Su esposa parece ser la más noble de los naturales, cuya reyna hacía ocho días dejó de existir en San Francisco, donde pasó sus últimos días, cuando no pudiendo sofocar la revolución que quería destronarla, pidió la anexión de sus dominios a los Estados Unidos; pues bien, la esposa de nuestro presentado era la parienta más cercana, en consecuencia, su casa es el edificio construido a mayor altura; lo cierto era que llevaba y le daban el título de Princesa, y a su casa estábamos invitados. A las siete de la noche nos encontrábamos reunidos en el mencionado hotel los invitados para el baile; la noche era hermosa, la luna casi llena estaba por sobre nuestras cabezas, y una agradable brisa se dejaba sentir de vez en cuando; faltaban cinco minutos para la hora en que nuestro Príncipe llegase y ya empezamos a creer se hubiese divertido con nosotros invitándonos a una casa que quizás no existiese; sin embargo, tuvimos que arrepentimos de nuestras creencias, pues a la hora mencionada se nos presentó: con su cara especial, sonriente, medio ganso si se quiere, alto, delgado, bastante, quemado; hablaba no sólo el inglés y el kanako, sino también italiano, que era la lengua que más le entendíamos.

Como a las ocho tomamos el tranvía (éstos son pequeños, no llevan mayoral y el dinero importe del pasaje debe colocarlo cada pasajero en una cajita de vidrio) nuestro príncipe, sin escuchar nuestras instancias se obstinó en pagar y al efecto depositó un dollar en la cajita, del que se cobró el importe el cochero. Del tranvía sólo nos servimos pocas cuadras, bajándonos y siguiendo a pie; al poco andar y por una ancha avenida iluminada por los débiles rayos de la luna, empezamos a trepar una cuesta, ésta se hacía interminable y ya empezábamos a renegar de la nobleza de la princesa, pues a no serlo tanto hubiera podido edificar más abajo y empezábamos -digo- a protestar cuando al torcer hacia la izquierda unos cuantos metros, estuvimos delante de un edificio, que no era de lo mejor, pero sin embargo sencillo y de linda apariencia, muy iluminado y lleno de banderas del país; la primera presencia no fue mala, quien sabe lo demás.

Tomando un carácter más serio y respetuoso en apariencia, penetramos en la casa, una vez allí nos presentó (a) su criolla y noble esposa, mujer de unos treinta y cinco años, natural de allí, color algo moreno, muy alegre y de carácter muy resuelto. Penetramos en una salita improvisada, donde había algunas muchachas; kanakas, todas, una morena alta, gruesa y fornida, capaz de derribar a cualquiera de un puñetazo; otras morenitas, más bajas y delgadas, algunas rubias, una muy alta como un álamo, con el cabello suelto y que parecía una Margarita o Mercedes, (de las) que existen en la imaginación de J. Gutiérrez, otras rubias y algunas cuantas viejas; entre los hombres, un turista, un buen hombre muy comedido y de carácter alegre, se encontraba allí de paseo, y de paso para el Japón, varios yanquis y algunos criollos.

El baile empezó al compás de un piano y violín, bailándose piezas comunes en todas partes; uno de nuestros compañeros, quizás el que trataba de bailar con más finura con la rubia alta de cabello suelto, lo vimos rodar cayendo debajo, y encima de él la muchacha; eso no fue motivo para que interrumpiesen el entusiasta vals, que continuaron hasta que sonó la última nota del piano; terminado el baile, que estuvo nada halagador por la escasez de muchachas y la dificultad del idioma, nos sentamos en círculo para ver la bailarina de aires criollos, la mejor que tuvo el rey, y que estuvo expuesta en la exposición de Chicago. Pronto empezó la música del país, cantada y tocada por un negro. Enseguida penetró la bailarina, era una joven negra, petisa, retacona, vestida a medio cuerpo, con un vestido de las indias naturales, hecho de palmeras, el baile puramente criollo no trataré de pintarlo, pues es lo más indecente, de lo peor que se pueda imaginar.

Faltaba lo mejor, era la comida a la criolla, que nos permitió conocer las costumbres a ese respecto. En un corredor hacia el centro del pueblo, se arregló lo mejor que pudieron: de allí la iluminación de la población perdida entre los árboles, y la luz de la luna que sobre ella se esparcía, hacían aquello delicioso. Allí había una larga mesa con capacidad como para cuarenta personas: sin ninguna ceremonia después del baile criollo, nos hicieron pasar a la mesa, alternando las sillas; tuve por mala fortuna sentarme al lado de una vieja que no sólo era poco conversadora, sino que no le entendía ni papa. Apenas sentado(s) a la mesa notamos la falta de ciertas herramientas para nosotros indispensables, como ser servilletas, tenedores, cuchillos y cucharas, no sabíamos si aquello era un olvido en mi asiento, y me disponía a pedirlos, cuando vi que mi compañera tomaba de un platito con los dedos un envuelto con chala, lo abrió y lo puso en mi plato, era pollo lo que allí había; tomó otro para sí, hizo la misma operación, es decir, quitóle la chala y lo colocó en el suyo; todos hacían lo mismo; al lado había, en un pequeño plato, una especie de salsa, de la que mi compañera levantó un poco con el dedo y lo iba a colocar sobre mi presa si no la hubiera contenido apresuradamente con «I do not, please», yo no gusto, pero su trabajo no fue perdido pues lo puso en el suyo; traté de comer o por lo menos probar de aquello: no estaba muy rico, pero era muy tierno y tenía un gusto agradable, que agregado al hambre que tenía lo hacía mejor; terminado el primer plato, se trajo otro, también envuelto y comido a dedo, era carne de chancho; luego pescado seco y crudo, que aquella gente come<n> con tanto gusto; terminado, dieron comienzo al contenido que había en una gran taza de loza, y que la vista semejaba a engrudo; creí que para comer aquello traerían una herramienta especial, aun cuando criolla; pero no sucedió así y la rubia del frente metió sus dedos mayores de la mano derecha en la taza, revolvió, sacó la mano, e introdujo todo lo que pudo los dedos en la boca, sacándolos después de darle(s) un gran chupetón y de hacerlo(s) sonar al sacarlo(s); esto ya llegaba al colmo, pero, ¿no nos habíamos comprometido<s> a asistir a una comida kanaka? ¿Y no era ridículo no intentar siquiera probar lo que nuestras compañeras de baile comían con tanto agrado? Así era, en efecto, y después de todo, ¿quién no me decía que aquello fuese algo excelente? Un poco animado con este raciocinio, a la vista de mi gran taso (?) hundí mis dos dedos cuan largos eran, revolví y los llevé a la boca. La lengua, más prudente que los dedos, apenas tocó<aron> aquella mezcolanza de agua salada y pegajosa como engrudo, retiré con ligereza la mano, tanto que creo que me notaron, y uno de mis compañeros me dijo en alta voz: ¿qué tal con el experimento? Lo peor es que tenía los dedos engrudados y no tenía cómo limpiarlos, pues no había servilletas y no quería quedarme sin pañuelo depositando en él esa sustancia. Hice un esfuerzo, al fin no era veneno, cerré los ojos y con gran ligereza me llevé los dedos a la boca, retirándolos limpios. Bueno, me dije, ya tienes bastante para juzgar una comida a la criolla en las islas Sandwich, y no quise probar nada de aquellos potajes que se hacían repetir. Una sandía como postre, vinos y licores dieron fin a aquella notable y curiosa comida, que me dejó con más hambre que la noche de ayuno en bahía Borga.

Nuestro día de partida se aproximaba, es hoy el Nueve de Julio, rara coincidencia, que siendo Honolulu la primera en reconocer nuestra independencia, sea allí donde se festeje el día conmemorativo; las fiestas de este día Patrio se redujeron a izar el pabellón, a los acorde(s) de nuestro himno y el empavesado reglamentario en tales días, estando en puerto. A las cuatro de la tarde se corrieron tres regatas, siendo premiados los ganadores con una libra esterlina, a la noche se hizo uso del engalanado eléctrico.

El 9 de Julio en Honolulu, la fragata engalanada.

Al día siguiente, como a las 11 p.m. se empezaba a levar el ancla y, momento(s) después, poníamos la proa mar afuera; algunos barcos nos despidieron haciendo tocar sobre cubierta sus bandas de música, los que las tenían, o cuando menos un tambor o un trompa; no esperábamos una despedida tan cordial; un vaporcito con una banda de música y acompañada de algunas muchachas, señoras y hombres nos acompañó, siempre tocando, hasta muy retirado de la costa. Mucho nos agradó esa prueba, máxime si se tiene en cuenta que no la habíamos recibido en ninguno de los anteriores puertos, y si se tiene<n> en cuenta que la travesía por hacerse era de tres mil ochocientas millas.

Del parte de navegación entre San Francisco de California y Yokohama, tomamos las siguientes referencias.

"Yokohama, 25 de agosto de 1899. — Al entrar al Puerto de Honolulú se observó que todos los buques allí fondeados estaban empavesados con el Pabellón Americano, por lo que al mismo tiempo que saludamos la plaza se empavesó el buque en homenaje al aniversario patrio de los Estados Unidos de la América del Norte de cuyo territorio han pasado a formar parte las Islas Sandwich.

     
Vista gral. de Honolulu Honolulu Fachada principal de la Casa de Gobierno
Palacio de Gobierno Estatua al rey Kamehameha La avenida Nuanu
Iglesia protestante Museo Canal de entrada al puerto, con una chalupa de la Sarmiento y varios marineros bañandose.
Visitas el 9 de Julio Vista desde las montañas Bailarinas de Hula
Visita a una mina Waikahalulu Falls Hawaiian Hotel
   
  Puesta de sol  
     

PAÍSES EXÓTICOS

19 de junio. En marcha otra vez. — Plácida y rápida travesía de 14 días hasta las islas Hawai. Anécdota pintoresca: Un cabo de mar español, andaluz sin duda, entretiene a los grumetes de su trozo de guardia con recuerdos náuticos, una noche en que el buque da grandes balanceos: "Esto no es nada -— les dice — verán Uds. cuando lleguemos "a la mar salada". Sabe Dios dónde suponía aquel lobo de mar que andaría la "Sarmiento". Lo cierto es que andaba a la mayor distancia posible de tierra en toda la redondez del globo.

4 de julio Honolulú — Paisajes de insuperable hermosura: "el Paraíso del Pacífico". Hace dos años que los Estados Unidos se han anexado las islas, haciéndolas progresar a grandes pasos, pero éstas conservan aún casi todo su encanto virginal, que no tardará en desaparecer. Les es dado a los marinos conocer a los descendientes del gran Kameha-meha, el monarca que mantuvo relaciones amistosas con Bouchard.

Seis días de descanso, y la fragata emprende la mayor de sus travesías, 4.200 millas, que le costará 31 singladuras, durante las cuales gana un día, pues del 21 de julio pasa sin transición al 23. Cosas de los geógrafos. El 11 de agosto están en Yokohama.

"Durante nuestra estadía en Honolulú se dio permiso por brigadas a la tripulación, se hizo una recorrida general de la arboladura, pañales y Santa-bárbaras.

"El día 9 de julio aniversario patrio, se festejó con todas las formalidades que son de práctica y además con un banquete y fiesta de carácter social, a la que concurrieron todas las autoridades de la capital Hawaiana y lo más selecto de la sociedad nativa y de la americana, que veraneaba en aquellos parajes.

"El día 10 del mismo mes, se levaron anclas y se zarpó con destino a Yokohama, siguiéndose la ruta aconsejada a los buques de vela por los derroteros ingleses y cartas de viento del Pacífico Norte.

De Honolulu a Yokohama

La travesía por hacer entre Honolulu y Yokohama, de tres mil ochocientas millas, es la más larga de nuestro itinerario, y quizás una de las más peligrosas. Hoy <somos> (es) ya Io de Agosto, la larga travesía va ya tocando <a> su fin, los vientos nos han sido sumamente favorables, hemos descendido inmediatamente al paralelo 18°, que lo hemos seguido hasta la longitud de Io 0 en que hicimos la virada para entrar en la verdadera zona peligrosa al dirigimos al N.O. Es de hacer notar que en la presente navegación no hemos vivido el día 22 de Julio de 1899, pues no existió para nosotros. Nuestro continuo navegar en la misma dirección que se mueve el Sol hace que éste cada día nos encontrase más tarde de lo que si estuviésemos sin movernos; esto da por resultado que al llegar al meridiano 180° el Sol nos encuentra 12 hs. más tarde de lo que debe, es decir, medio día más tarde y siguiendo <da> en la misma dirección al llegar al meridiano superior de Green wich tendríamos atrasadas 24 horas, o sea un día en la fecha; por esta causa, es decir, para evitar esa discordancia en un día más que los que se cuentan en cualquier parte del mundo, pasamos directamente del día viernes 21 de Julio al domingo 23 del mismo.
Como dejo dicho, hace ya 20 día(s) que nos encontramos en el Gran Océano, dirigiéndonos a la ciudad de Yokohama. Hemos penetrado en la región de los tifones; por fortuna no nos ha tomado ninguno de esos terribles huracanes que casi nunca dejan flotando embarcación que encuentran, grande o pequeña, sin embargo el tiempo es de lo peor, hasta el presente la fuerza del viento que hace crujir la arboladura y silbar los cabos apenas permite largar las gavias y éstas con todas sus manos de rizos; las olas, que semejan montañas líquidas, no respetan los seis metros de altura de la borda, para precipitarse en rudos golpes en cubierta, barriendo cuanto encuentran a su frente, contra ellas, para hacerlas menos fuertes, se han colocado bolsas de aceite y a fin de pulverizar la masa, capaz de arrancar una pieza o llevarse un puente, se ha colocado un riel de gruesos cabos a cada banda, los que fraccionan la ola antes de caer en cubierta, debilitando así su acción; no hay para qué agregar lo duro y largas que se hacen en esos días las horas de guardias, teniendo que mantener el equilibrio contra los rolidos, sobre una cubierta bañada por momentos por las olas, pudiendo apenas caminar, exponiéndose a ser derribado por un golpe de mar y recibiendo durante todo el tiempo la lluvia torrencial que duró cuatro días.

Hoy es 6 de Agosto, a la región de los tifones han seguido la de las calmas chichas; el barco con sus 35 velas no da ni dos millas; el tiempo es suave, el descenso del barómetro indica próximo mal tiempo; esto, y como estamos casi parados, obliga a encender los fuegos y dar avanti con las cuatro calderas, a diez millas por hora; dentro de cinco días debemos dar fondo en el deseado puerto de Yokohama, a donde nos dirigimos desde hace 26 días.

Al principal puerto del país original y Oriental por excelencia, al Japón, donde nuestra bandera que flameará allí por vez primera, es casi desconocida, si no completamente; nuestra nave, pedazo de nuestra Patria, debe presentarse en el mejor estado, no obstante de la inclemencia de la mar: sus palos y vergas lavados, la pintura de su casco retocada y completamente pintadas sus cámaras, camaretas, sollados, pasadizos, baños y todos sus compartimientos, su paño cuidadosamente aferrado y los palos enfundados. ¡Cuán distinto es el aspecto interior de nuestra nave ahora, que pocos días antes, con su paño empapado por la lluvia, la cubierta bañada por las olas, las cámaras y camaretas húmedas, sin luz ni aire en un continuo soplar y en continuo peligro!

Son las cinco de la mañana del día 11. Nuestros cálculos continuados nos hacen esperar la vista de tierra apenas se aclare el horizonte, algo brumoso: la mañana es templada, algunas aves marinas de blanco plumaje revolotean delante del barco: las nubes algo apelotonadas y con vivos colores del crepúsculo se dejan ver hacia la proa. Son las 5 hs. 25 apenas destacándose entre las brumas, se distingue tierra por la proa hacia estribor. ¡Tierra después de 30 días de navegación, y tierra Japonesa! Pronto aparece tierra por babor y tratamos de situarnos por marcaciones a la vista de la carta; no obstante el pico del Fuji Y ama, de 3500 metros, no se veía y esto nos hacía dudar un tanto. Seguíamos proa a tierra con los gemelos enfocados, trataba de buscar ese elevado monte, cuando de pronto aparece con su elevada y enorme mole de forma completamente cónica y su base cubierta por espesas y blancas nubes. Inmediatamente lo comuniqué al oficial de derrota que desde muy temprano se paseaba en el puente, una exclamación de satisfacción y elogio al hermoso pico fue la contestación que me dio al indicárselo y verlo. Corrió al taxímetro y después de unas cuantas marcaciones, me dio la orden de comunicar al Comandante que había abandonado el rumbo ordenado por estar ya situado a vista de tierra. Sin duda ya, seguimos avanzando en la seguridad de que en breves horas daríamos fondo en Yokohama. Sólo un barco a vela y a vapor se veía próximo a la costa, navegando en la misma dirección.

Acabamos de dar fondo en el puerto japonés, como a tres millas de la costa.

"El día 11 al amanecer, poco después de haber levantado presión, se avistó por la proa las Islas Vries y luego el volcán Fujiyama y las tierras de la entrada del canal de Uraga, el cual se principió a navegar a las 8 a.m. para tomar el Golfo de Tokio y arribar a Yokohama a las 10 a.m.

"Después de fondear recibí a bordo la visita de las autoridades del puerto y una vez mandadas agradecer, fui personalmente a visitar al Señor Gobernador, quien vino a bordo al siguiente día.

 

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