Historia y Arqueología Marítima

 

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Submarino “S-21” -  A.R.A.“SANTA FE”

Recuerdos de un ex – tripulante

Indice Armada Siglo XX y XXI

 Por :   Luis Alberto Castañé (lamentamos el deceso de don Luis Castañé, ocurrid el Domingo 13 de Marzo del 2013) Despedimos a un buen colaborador con un gran abrazo naval.

Todo comenzó allá por el año 1969.  Luego de recibirme en la Escuela de Submarinos, me destinan como tripulación del Submarino A.R.A. Santa Fe ( S-11 ), siendo Cabo Primero Mecánico Electricista.

Me voy formando y entrenando con las navegaciones que vamos realizando durante el período invernal. Navegamos desde frente a las costas del Brasil hasta la ciudad de Ushuaia, cumpliendo las programaciones del Comando de la Fuerza de Submarinos. 

Como el  S-11 no tenía  “Snorkel”, las cargas de baterías se hacían en superficie, y como el mejor horario para salir era de  noche, imagínense cómo dormíamos de tranquilos, rolando y cabeceando en alta mar, y con el ruido mecedor de cuatro motores diesel a toda potencia.

Al amanecer, nuevamente inmersión y los electricistas  a bajar a tomar valores de densidad, temperatura y nivel a los elementos pilotos para calcular en que estado de carga quedaron las baterías.

Recuerdo siempre esos desarmes de las tuberías de extracción de gases, su lavado y luego el “parafinado” sumergiendo todas sus piezas en parafina caliente. Línda tarea para los electricistas de “antes”, que los de “ahora “se han salvado de hacer, gracias a los nuevos diseños de ventilación a compartimiento cerrado que vinieron en los siguientes submarinos. Se identificaba a los electricistas por los pantalones agujereados por las salpicaduras del electrolito que venían de la “colita de goma” del densímetro.

SELECCIÓN PARA COMISIÓN:

Yo había sido pre-seleccionado para una comisión a Alemania, para hacer los cursos de los equipos  y posterior armado en Argentina, de los submarinos Salta y San Luis, que vendrían en secciones separadas y serían luego ensambladas en Buenos Aires, en los diques secos que los talleres “Tandanor”  tenían  en Dársena Norte.

Tras varios meses de concurrir a clases particulares para aprender el Idioma Alemán, fui separado junto a otros compañeros de esa  comisión, debido a que se rumoreaba que se iba a enviar personal a otra pero nadie nos dijo nada con precisión.

Todo era Confidencial.

Año 1971.

Ahora sí fui realmente seleccionado para viajar a los Estados Unidos, como integrante de la  tripulación del nuevo Submarino ARA Santa Fe,  para estudiarlo,  recepcionarlo  y navegar con él desde el puerto de San Diego, California, hasta la Base Naval de Mar del Plata.

Nos juntaron a las dos tripulaciones seleccionadas que viajarían a los EEUU;  La del Santa Fé y la del Santiago del Estero.

La del Santa Fé debía establecerse en la Base de Point Loma, en San Diego, California, aprender sobre este submarino y poder tripularlo primero en navegaciones junto con los americanos, para mas tarde, poder hacernos cargo y navegarlo hasta la Argentina. La tripulación del Santiago del Estero continuaría viaje hacia  Charleston, sobre el atlántico, para la recepción del buque en esa ciudad. Volaríamos una primera etapa hasta Panamá. Luego una segunda al día siguiente, hasta San Diego, donde nos quedaríamos toda la tripulación del Santa Fe y una tercera etapa hasta Charleston, sobre el Atlántico, con  sólo la tripulación del Santiago del Estero. Llegó el mes de julio y estuvimos listos para partir.

Ninguno de la tripulación fue instruido en el aprendizaje del idioma inglés. Solo unos pocos sabíamos algo como para defenderse.  Yo estaba estudiando en la Cultural Inglesa  segundo año de adultos. No es mucho, pero me sirvió para defenderme.  Me faltaba lo principal, que era el idioma técnico, pero los años pasados en buques de origen americano, hizo que tuviera acceso a los distintos manuales, todos en inglés, y que con ayuda de un diccionario, los iba  traduciendo a medida que lo necesitaba para una reparación.  A la larga, algunos términos los aprendí de esa manera.

Los preparativos para la partida fueron intensos: Reuniones con los Jefes, charlas sobre lo que teníamos que hacer y sobre lo que no teníamos que hacer. En lugar de pasaportes, nos dieron una copia de un permiso que contenía el listado de la tripulación y el motivo por lo que nos encontrábamos en los EEUU para que lo llevemos siempre con nosotros. Arreglé los temas de autorizaciones para que cobre mi sueldo un familiar, dónde dejar mi auto y no olvidarme de llevar todo lo que podría llegar a necesitar, pero que no ocupe mas espacio que el de un bolso.

Luego vino la despedida de los amigos, de la familia y lo más importante, de mi novia. Luego parto en micro a Buenos Aires, paso la noche en un hotel y quedo listo para partir al día siguiente bien tempranito nos presentamos en el  Aeroparque en pleno invierno y vistiendo nuestro uniforme de gala, de paño azul, con el capote y los bolsos; El avión que nos llevará será un Hércules, de la Fuerza Aérea. Nos reunimos todos los tripulantes, formación, lista y parte, y embarcamos a bordo del avión.

 El interior no tenía los asientos convencionales que tiene cualquier aeronave, sino  asientos a lo largo del  fuselaje, por lo que ninguno tenía acceso a alguna ventanilla, y enfrentada hilera con hilera.  Los mismos eran de lona, bien básicos, como para transporte de tropas.

Nos avisaron que hasta Panamá tendríamos unas 10 horas de vuelo, así que nos armamos de paciencia.

El despegue nos mostró la potencia que tienen esos aviones en las turbohélices, porque nos amontonó a todos hacia atrás, hombro contra hombro, porque no estábamos de frente, sino de costado.

Ya en el aire, lo primero era tratar de ver hacia afuera, pero al no tener ventanillas eso no era posible.

Pasábamos por etapas de mucho frio, y otras de mucho calor, dependiendo de si el piloto nos calefaccionaba o no.

A un compañero se le ocurrió pedir por el baño…….Había un mingitorio que evacuaba directamente al exterior y para hacer privada la situación, debías correr una cortina. Viendo esto, a ninguno de las tripulaciones se le ocurrió hacer lo segundo.

Ruidoso el avión, sin elementos de distracción, sin música, sin unas miserables barajas para jugar, resultó ser un viaje de lo más aburrido.  Ni pensar en tratar de dormir…los asientos de lona te rompían la espalda. Solo durante un lapso que los pilotos nos dejaron ingresar a la cabina para mirar hacia adelante, hizo interesante el viaje.  Ellos estaban cómodos, dos o tres estaban piloteando y el resto, tenía camas para viajar acostados detrás de la cabina.

Almuerzo?  Nos dieron unas bandejas con la vianda para cuando sintiéramos hambre.

Al llegar a la ciudad de Panamá, el avión aterrizó en una pista militar.  Nos llamó la atención que detuvo los motores y abrió la puerta para que descendamos en un extremo alejado de la pista, a varias cuadras del edificio del aeropuerto. El calor era impresionante.

Tuvimos que caminar con nuestro uniforme de invierno en un clima húmedo y con muy alta  temperatura, transpirando y llevando nuestro pesado equipaje a mano.

Los Panameños seguro que se reían de nosotros, ellos de short  y camisas de mangas cortas y nosotros empilchados como pingüinos, traspirando la gota gorda.

Al llegar al edificio, nos hicieron entrar y al estar todos en el hall del aeropuerto, cerraron las puertas con llave y nos comunicaron que nos encontrábamos todos demorados.

Sucedió que nadie comunicó a Panamá que un avión de las Fuerzas Armadas Argentinas haría una escala es ese país.

Luego de una larga hora y comunicaciones a las embajadas, pudimos salir y embarcarnos en un micro que nos acercó hasta el centro, mas precisamente a un hotel para que pasáramos la noche, puesto que al día siguiente continuábamos nuestro viaje a San Diego.

Salí a caminar por los alrededores del Hotel como para conocer algo de la ciudad, pero el impacto que tuvimos con el cambio climático contribuyó que volviéramos pronto al hotel. Nunca habíamos sentido los pies tan hinchados, la humedad se nos pegaba en las ropas, era ya de noche y el calor nos aplastaba.  Veníamos de rondar en nuestro invierno los pocos grados para llegar a una ciudad que de noche superaba los 30 grados y con mucha humedad.

El hotel era nuestro paraíso puesto que el aire acondicionado estaba en todo su interior y nos sentíamos a gusto.

Muchos de mis compañeros pasaron parte de la noche en el casino, perdiendo o ganando. Otros, como yo, optamos por el buen descanso porque nos quedaban otras 10 horas de viaje hasta San Diego.

Al amanecer, desayunamos y fuimos trasladados nuevamente al aeropuerto para continuar el viaje.

Nos dijeron que tengamos paciencia, puesto que el vuelo Panamá – San Diego, llevaría unas diez horas más.

LLEGADA  A  SAN DIEGO

Llegamos al aeropuerto de militar de “Coronado”, así creo que se llama.  Nos reunieron a todas las tripulaciones y nos llevaron en un ómnibus hasta el cuartel de la Base Naval de Point Loma. Cruzamos el puente “Coronado” para salir de la Base aeronaval y llegar a la Base Naval de Point Loma. Ya comenzamos a escuchar el inglés y como estaba previsto…no entendíamos ni jota.

Fuimos alojados en una Barraca, dentro de la base de buques de superficie, cómoda y limpia, con sectores de grupos de 4 camas y con grandes armarios.  En un extremo estaban los baños, los que ninguno de ellos tenía puerta, así que nosotros usábamos todos los de una banda para no encontrarnos con otro enfrente.

Había también lavarropas automáticos y secarropas eléctricos, por lo que poníamos la ropa antes de ducharnos y a la media hora, nos podíamos volver a poner la misma ropa seca y limpia.  Al principio funcionaban con monedas, pero luego de unos días, nos las dejaron usar gratis.

Al día siguiente, la tripulación del Santiago del Estero continuó su viaje a Charleston en el Hércules. No nos veríamos más hasta juntarnos en el viaje de regreso.

EN EL SUBMARINO:

A la mañana temprano nos vino a buscar un micro para trasladarnos a la Base de Submarinos. El viaje duraba cerca de una hora, atravesando casi media ciudad y luego bordeando la Bahía. Al llegar a la Base de Submarinos, íbamos recién a desayunar. Allí nos daban ese desayuno americano full, con huevos fritos, tocino, fiambres, panqueques, yogures, cereales, etc. Luego de eso, embarcábamos en el submarino y comenzaba nuestra tarea de aprendizaje. Los tripulantes americanos  no sabían castellano y solo alguno de nosotros sabía “un poquitou” de inglés.

Mis dos años de Cultural Inglesa me salvó en parte,  aunque admito que los americanos ponían mucha voluntad en entendernos, porque  de inglés técnico….nada. 

Lo aprendido de inglés en el aula era relativo a desempeño hogareño, en un viaje, en un restaurante, en el aula, pero referente a electricidad, a buques, motores….en fin, mucha paciencia de las dos partes y la ayuda de  nuestros conocimientos del viejo S-11, donde estaba destinado desde el 1969, año en que egresé de la Escuela de Submarinos.

Allí noté lo distinto que se manejaban los tripulantes del USS “Catfish”, que todavía ese era  el nombre del submarino, con respecto a reparaciones…presencié el caso de un teléfono autoexitado que no funcionaba, y en vez de ver qué le pasaba, buscaron uno completo de repuesto y lo cambiaron. El que no funcionaba fue directo a la basura. Está de mas decir que al quedarnos solos, fuimos en búsqueda de ese teléfono para guardarlo como repuesto y tratar de repararlo.

Tuvimos posibilidad de aprender  sobre el tablero de propulsión, que era distinto al del viejo S-11. Básicamente, porque tenía solo 3 motores diesel con su generador en vez de los cuatro del anterior.  El lugar del cuarto motor era ocupado con el “Praire Masker”.  Este era un turbocompresor movido por un gran motor eléctrico,  de 40 caballos, que se ponía en marcha cuando se quería navegar con snorkel  sin ser detectados.  Es que durante la navegación con Snorkel, los motores diesel están en marcha cargando las baterías, por lo que el ruido de las vibraciones podría ser detectado por un buen sonar enemigo. Este equipo turbocompresor descarga su aire a través del casco y la hélice, por diminutos orificios, envolviendo todo el buque con burbujas. Para un sonarista que esté en escucha pasiva, las burbujas de aire que envuelven al submarino se asemejan al ruido de un cardumen de peces, por lo que quedaríamos indetectables.

Volviendo al tablero de propulsión, en el S-11 era un cubículo central en el compartimiento, y en éste el pasillo es central, con tableros separados por banda;  generador 1 y 3 y motores de propulsión de estribor en la banda de estribor y generador 2 y motores de propulsión de babor en el lado de babor. Cada banda tenía las palancas para las maniobras de cada generador, de cada motor y de las puestas en paralelo de las barras.  Estaban también las palancas de inversión de marcha de los motores de propulsión y los reóstatos de excitación, que controlaban el voltaje de los generadores y las revoluciones de la línea de ejes.

El control de velocidad de los motores diesel también se controlaba mediante motores paso a paso, llamados “governor”,  desde el tablero de Maniobra.

Había asientos a cada banda y operable por dos electricistas por turno.  Los acompañaba un electricista de menor rango para las maniobras fuera de los tableros, anotaciones en planillas, etc.

Había un asiento central, al que si le sacabas la tapa, te encontrabas con un excelente equipo de mate.

Sobre las cabezas, un equipo de aire acondicionado reducía la temperatura elevada que tenía ese compartimiento. Es que por las barras de cobre dentro de los tableros, la elevada corriente de los motores o generadores, la transformaban en una poderosa estufa eléctrica.

En caso de “ Flotar “ baterías y propulsar al mismo tiempo, teníamos alrededor de 3.000 Amperes en barras.

No faltaba el 1MC y el  7MC para las comunicaciones con control o comando en puestos de combate, así como también un puesto de teléfonos XMC  autoexitados, cuyo teléfono de mano era reemplazado por uno de cabezal  en esas circunstancias.

También estaba un tablero para poner en marcha y en paralelo a convertidores de corriente alterna de 110 volts para los equipos electrónicos.

Debajo del piso se accedía a los motores de propulsión, uno doble por banda y a la bomba de achique de maniobra.

Esa bomba de achique se operaba cada vez que un compartimiento necesitaba un achique de su sentina.  Lo pedían por teléfono y la guardia de maniobra la ponía en marcha y controlaba que funcionara bien y achicara como corresponde.

Los maquinistas tuvieron que aprender también cosas nuevas, como por ejemplo, el snorkel y todo su sistema. 

En el S-11, que no lo tenía, debía salir a superficie para cargar baterías, o sea, salir de su ocultamiento hacia un lugar detectable no solo por sonar, sino  visual o por radar. Normalmente se salía a superficie de noche, para disminuir el riesgo visual, pero quedaba latente el riesgo radar y sonar.

Cargar baterías en un mar picado o con un clima frio y lluvioso no era nada cómodo, sobre todo por el oficial de guardia y los vigías, que debían salir a la cubierta de la vela.

Los rolidos y cabeceos del  buque no eran nada cómodos. El estar en superficie en mar abierto era riesgoso, sobre todo durante la inmersión, porque era un momento crítico donde el centro de gravedad por inundación de los tanques hacía que este bajara, y el centro de flotación, debido a que el buque se sumergía, subía. 

El cruce del centro de gravedad y el centro de flotación debía hacerse lo más rápido posible, para evitar que el submarino pierda su vertical.  Ya estando sumergido, el centro de gravedad quedaba por debajo del de flotación, quedando el buque estable.

En este submarino con Snorkel, esos riesgos se minimizaban. No era necesario salir a superficie, no debía salir personal al puente y  no sería necesario aguantarse un mar inquieto.

Sólo debía salir a plano periscopio, unos 30 pies a la quilla, para que se pudiera iniciar el Snorkel. 

A esa profundidad se izaba el mástil del Snorkel, se drenaba el agua al tanque de seguridad, se probaban sus sistemas de seguridad, como por ejemplo, el del cierre de su válvula “cabeza” cuando una ola tocaba los electrodos dispuestos a 120 grados, así evitaban el ingreso del agua por esa abertura.

La válvula cabeza era llamada así porque era como una tapa de olla gigante.  Era mantenida abierta por un pistón en su centro y operada neumáticamente.  En caso de que una ola quisiera ingresar por esa válvula, unos sensores la detectaban y abrían una válvula que venteaba el aire del pistón que mantenía alzada la válvula cabeza.  Ésta que era muy pesada, caía por su propio peso y obturaba la entrada de esa ola y también del aire para alimentar los motores diesel.

Esta permanecía cerrada hasta que los sensores detectaban que ya no había agua,  cerraban el venteo y la válvula volvía a abrirse.

Se estarán dando cuenta que si están todos los motores en marcha, el cierre de la válvula provoca la disminución de la presión en el interior del buque, provocando un vacío incómodo para los oídos.  Lo mas molesto era si te encontrabas durmiendo, ya que esta variación de presión te despertaba debido al dolor de oídos.

Una vez chequeado el sistema por personal de máquinas, se arrancaban los motores diesel, provocando que el aire que requerían para su combustión provenga del exterior a través del mástil de Snorkel.

La misma ocasionaba un rápido cambio de aire en el interior del submarino, por el reemplazo del aire fresco del exterior por el viciado del interior.

La descarga de los motores, o sea los gases de escape, salían por los costados del buque, bajo el nivel del mar.  No se producía el ingreso de agua al motor debido a que la presión del escape era superior a la presión existente del mar a esa profundidad.  Había sensores que detectaban esas presiones, y se daba el caso que si algún motor se caía en revoluciones por cualquier causa y ocasionaba una baja de presión en el escape, se producía automáticamente el cierre de la válvula que permitía la salida de los gases al mar y la consiguiente orden de parada al motor.

Hicimos varias navegaciones de práctica con los americanos frente a San Diego y todas nos salieron bien.

Junto con nosotros estaba también una comisión Turca y otra Española, las dos comprando como nosotros, submarinos usados.

Con los turcos no teníamos ninguna relación, eran muy prepotentes, se los veía formar en cubierta y el encargado de la formación los trompeaba luego de gritarles. Después nos enteramos que ellos tenían castigos corporales, y eso les causó problemas con los americanos. Sobre todo, no se si fue cierto, pero se rumoreaba que en una navegación, volvieron con un tripulante menos………

En el caso de los Españoles, vinieron a llevarse dos submarinos, mas modernos que el nuestro   (El nuestro era un GUPPY  1  y el de ellos, dos GUPPY 2).

Con los submarinistas españoles nos llevábamos muy bien. Era común que nos visitáramos, sobre todo si teníamos alguna duda. Nos llamaba la atención que en cada compartimiento tenían colgada una bota llena de vino, a la que cada tanto le hacian el “honor”.  ¡ ¡ ¡ Y pensar que nosotros solo podíamos beber vino en navegación ¡ ¡ ¡ ¡

Se los veía siempre contentos, y generalmente, por las tardes, caminaban por el centro de San Diego cantando canciones de sus pueblos.

Al mediodía, almorzábamos en la Base de Submarinos.   El almuerzo era pago y  la calidad era buena.

Por la tarde volvíamos al submarino a seguir con nuestras tareas.

A eso de las 17 horas, nos retirábamos y nos llevaban en ómnibus hasta las Barracas donde vivíamos.

Allí nos dábamos un buen baño y luego arremetíamos a tomar mate y escuchar música de los equipos que habíamos comprado.

Era nuevo para nosotros escuchar FM, y en “estéreo”.  No sé en Buenos Aires, pero en Mar del plata todavía no había comenzado la transmisión ninguna emisora de frecuencia modulada.  Teníamos las muy queridas LU6 y LU9 y sólo las escuchábamos con los receptores de Onda Larga.

Dos veces por semana venía un camioncito con productos de inter-port para que compremos sin impuestos. Los elementos que compramos sólo podían trasladarse de la barraca al submarino, sin salir de la Base.

Yo me compré un grabador a cinta de 7” marca “Roberts”, que pesa 24 Kg.  Hoy en día, esa reliquia todavía funciona después de más de 40 años.

Para cenar teníamos que trasladarnos unas 10 cuadras, hasta el comedor de la base.  Casi ninguno lo hacía, porque había que pagar y a esa hora, todos estábamos cansados.  Por el mismo valor, enfrente de la Base había un local que vendía sándwiches variados, por lo que con un buen acompañamiento de mate, nos ahorraba hacernos esas 20 cuadras entre ida y vuelta.

La ubicación de nuestra Barraca quedaba lejos del centro. Si queríamos pasear, pedíamos un taxi entre varios para que nos acerque.

Un día que estábamos por volvernos a dormir, se nos ocurrió ir a tomar unas gaseosas a un bar.  Nos sorprendió que el barman hablaba en castellano, y por sobre todas las cosas, era ¡¡ Argentino!!.    Resulta que vivía en San Diego hacía como 15 años y estaba casado con una Mejicana. Era oriundo de “El Palomar” y había viajado a los Estados Unidos a probar suerte y todavía estaba allí.  Nos contó que de día trabajaba en el correo, y a la tarde trabajaba en ese bar hasta que cerraba, a eso de las 22 hs.

A partir de ese momento, siempre que salíamos a pasear por el centro, terminábamos en el bar del argentino, porque así como nosotros lo consultábamos sobre lo que no entendíamos, él estaba totalmente carente de información de nuestro país.  Desde ya que pese a ir nuestro grupo a verlo como veinte veces, nunca nos cobró los tragos, así que todavía lo recuerdo por lo generoso y charlatán que fue con nosotros. Según nos aseguró, no conocía a ningún otro compatriota viviendo en San Diego, pero que comprendamos que la ciudad era muy grande y podía equivocarse.

Lo recuerdo también cuando conociendo Tijuana, del otro lado de la frontera, en México, con mis amigos probamos un taco.  Cuando nos lo sirvieron en la vereda, nos preguntaron si los queríamos con chile. Todos dijimos que le ponga un poco, pero parece que al mío se le cayó todo el pote, porque me quemó la garganta y no podía casi hablar. Por el hecho de haberlo comprado en la calle, no teníamos ni una gaseosa ni agua para calmar el incendio. Cuando pudimos llegar a un local que vendía gaseosas, nos las tomamos de un trago, pero quedamos con la garganta sin poder tragar. Volvimos a San Diego, y pasaron dos días en los que no podía tragar, ni siquiera la saliva.

Con un hambre tremendo y sin poder ir a ver a un médico porque era un fin de semana largo, pasé por el bar del argentino.  Cuando se enteró, me aseguró que me curaría.  Tomó varias botellas de bebida blanca y llenó un vaso alto hasta la mitad.  Luego tomó agua caliente de una pava y completó hasta el borde.  Aquí tenés, me dijo, andá tomándotelo de a poco que este es el remedio.  El primer trago pasó por mi garganta a duras penas, el segundo un poco mejor, el tercero ni me acuerdo porque con el alcohol tibio por un lado me estaba curando y por el otro me estaba emborrachando. A los 20 ó 30 minutos, mi garganta estaba como nueva, así que me despedí  agradecido por lo que hizo, y desesperado por conseguir algo de comer, aunque ya afuera del local vimos que ningún negocio estaba abierto. 

Fui hasta una máquina de las automáticas que hay en las calles y comencé a poner monedas y pedir vasos de caldo. Creo que me tomé unos cinco antes de que me sintiera mejor.

Volviendo luego de esta “cena” a las Barracas, tenía la asistencia de mis amigos para que no me tropiece, porque realmente veía doble y se me movía el piso, de tanto alcohol que tomé en la cura.

Las tardes en la Barraca eran tranquilas y a puro mate.  Cada uno contaba lo que le había pasado tanto en el buque como en alguna salida a la ciudad. También estaban los que habían comprado algo y nos lo mostraban. 

Lindo era el caso de dos compañeros que les habían comprado una pista de autos a sus hijos. Los armaron y probaron. Desde ya que esto era aburrido para un adulto, pero miren como pusieron la inteligencia al servicio del juego……hicieron dos pistas rectas, largaban los autos juntos y apostaban al que llegaría mas lejos.

Una vez fuimos invitados a una reunión que hacían los americanos festejando a los nuevos egresados de la escuela de submarinos.  La reunión era muy ruidosa, se hacían bromas  y reían fuerte, sobre todo porque había canilla libre. Nosotros nos reíamos de todo porque no entendíamos lo que decían, solo veíamos lo que hacían. En un momento culminante, subían a un palco los recientemente egresados y les daban una jarra de un galón llena de cerveza helada. En el fondo de esta jarra tiraban un distintivo de submarino.  La ceremonia consistía que el egresado debía beberse toda la cerveza y recuperar el distintivo con los dientes.  Al comenzar, los americanos lo seguían cantando  ¡Hop!  ¡Hop!  ¡Hop! Hasta que lo obtenían,  o lo que ocurrió con la mayoría de los concursantes, vomitar toda la cerveza, porque estando tan helada, se les dormía la garganta y no podían tragarla. Desde ya que todos los que bajaban del palco lo hacían gateando, debido a la flor de borrachera que les había agarrado.

No faltó uno de los nuestros que retó a un americano a beber el galón. Subieron al palco y comenzaron a beber.  Nuestro compañero fue el ganador, pudo agarrar el distintivo con la boca, pero tuvimos que llevarlo a la Barraca enseguida porque se quedó absolutamente dormido y no reaccionaba ni a los sopapos.  Por suerte era viernes a la noche y el sábado no trabajábamos, porque durmió más de 24 horas.

 PASEOS POR SAN DIEGO

San Diego es una ciudad muy linda y amplia. Digo amplia porque sus calles y veredas  tienen un ancho generoso, donde caminar es una satisfacción, sin amontonamiento de personas, fácil para desplazarse, lindas sus vidrieras, sus plazas, sus parques, la gente………con respecto a la gente, merecen un comentario aparte: se vestían como les parecía mejor, como si les cayera el placard encima.  Podían andar en musculosa y encima un saco, pantalón corto y zapatos con medias,  descalzos con pantalones largos, todo lo que en Argentina nos parecía cosa de locos, aquí era usual.

La ciudad también es, por sobre todas las cosas, limpia. Digo limpia en serio, porque cuando nos juntábamos en el bar del argentino, a la salida, veíamos a los camiones de la municipalidad lavando con grandes hidrolavadoras  las veredas y las calles, a partir de las 22 horas.  Allí me di cuenta porqué la mayoría de los jóvenes caminaba descalzo por las veredas…era porque no había ningún elemento extraño que pudiera lastimarlos.

Un fin de semana fui con unos compañeros a visitar el zoológico.  Realmente era algo muy interesante, tanto por la forma que mantenían a los animales como por la disposición del parque en general, que estaba desarrollado en la ladera de una montaña, saturado de árboles, verde, caminos curvos y una apariencia de que el visitante se encontraba dentro de una jungla.  Se podía recorrer a pié, en vehículos o en un cable carril, para verlo en altura.  No tenían jaulas los animales, sino que mostraban cada uno de ellos una representación de su hábitat muy real.

Los monos tenían una isla arbolada y se los podía ver desde un camino lateral como jugaban, los elefantes solo los separaba del público una baranda de troncos. Los más salvajes, como tigres, leones y osos, estaban en un lugar abierto separados por paredes rocosas. Las aves tenían una “jaula” de más de 100 metros  de largo por unos 50 de ancho. Allí estaban todos en libertad y volaban alrededor del público que los miraba asombrados. Un camino entre una selva tupida era un excelente lugar para el avistaje de esas aves. Los pingüinos tenían un sector cerca de la jaula, con cascada y laguna refrigerada con un gran equipo de frío.

En algunas ocasiones, sobre todo los fines de semana, en que pasar todo el día en la barraca era súper aburrido, nos juntábamos cuatro y tomábamos un taxi hasta la frontera con México, que distaba unos 50 kilómetros. Allí la cruzábamos mostrando ese papel en que figuraba la lista de los tripulantes y qué veníamos a hacer a los Estados Unidos. Parece que era legal, porque no teníamos problemas ni para entrar ni para salir. Allí podíamos comprar, almorzar y pasear hablando en nuestro idioma.

Hubo lugares donde almorzábamos con los mariachis tocándonos canciones, desde ya que a 25 centavos de dólar por cada una.

Paseamos mucho, las calles no eran como en los Estados Unidos: aquí se veía gente pidiendo limosna, gente de bajos recursos, trabajadores  por necesidad, los taxistas que te pedían por favor que te subas al auto, en fin, se notaba la diferencia.

Al atardecer volvíamos de la misma manera, en un taxi, porque nos salía barato y era puerta a puerta.

PASEOS POR LOS ÁNGELES

Un fin de semana alquilamos un auto entre varios compañeros.  Primero fue un chevy nova automático, el que cuando empezamos a usarlo, se paraba el motor en los semáforos.  Volvimos a la concesionaria y nos lo cambiaron por otro que pese a tener motor más chico, andaba muy bien.

Así fue que nos fuimos a Los Ángeles.  Salimos un sábado temprano y tras viajar por la autopista, llegamos cerca del mediodía. Fuimos a almorzar unos tallarines con tuco en un restaurante italiano y luego nos fuimos a la playa a pasar la tarde.  La verdad que la pasamos muy bien, disfrutamos de la arena y el mar, paseamos por el centro de ese lugar, que ya empezaban a pulular los negocios de tatuajes y ese olor a incienso quemado en varillas perfumadas para según creo, tapar los olores de alguna droga.  Mucha zona de surfistas, turistas y artículos para veraneo.

Luego de cenar unas pizzas, y no teniendo mucho dinero encima para gastos, nos dedicamos a dormir dentro del chevy hasta el día siguiente.

Al amanecer, nos lavamos y afeitamos en una estación de servicio y desayunamos. Luego nos dedicamos a averiguar dónde quedaba Disneylandia.  Nos sorprendió que la mayoría no supiera qué era o donde quedaba.  En realidad no nos entendían.  Luego vimos un señor de grandes bigotes y una panza que sobresalía bastante.  Nos dijimos que era un mexicano, y tuvimos razón. Ese señor nos dijo que estábamos muy lejos, que tomemos una autopista, luego otra y que bajemos en un lugar determinado, para luego preguntar bien.   Con esos datos llegamos en alrededor de media hora y casi hasta la entrada del parque de diversiones.

Tuvimos que esperar hasta la hora de apertura, que era a las 10 hs.. A esa hora entramos con el auto y nos fueron guiando por calles hasta un lugar donde debíamos estacionar.  Quedaba como a 500 metros de la entrada, pero nos dieron un cartoncito con el lugar donde quedaba el auto y nos pasaron a buscar con un trencito que arrastraba varios vagones.  De esta manera nos dejaron frente a la boletería.  Allí abonamos nuestras entradas (con descuento, era un regalo de los americanos de la base de submarinos) y entramos a la calle principal.

Desde ya que pensábamos qué dirían de nosotros,  tremendos grandotes,  entrando a Disneylandia, pero al ver qué clase de personas estaban ingresando, le calculé que éramos más los adultos que los niños.

Confirmado…..Viendo los juegos y el público que estaba divirtiéndose, eran mayoría los grandes.

El lugar, súper prolijo y limpio.  Todo con un gran orden y les aseguro que no nos perdimos ningún juego.

Nos quedamos hasta casi el cierre, cuando ya estaba comenzando a anochecer.  Salimos y subimos al trencito que nos llevó hasta el auto que había quedado en el estacionamiento y salimos directo a San Diego.

Los días trascurrían con mucho trabajo y tratando de sacarles a los americanos todos sus conocimientos, sobre todo porque éramos conscientes  que cuando el buque pasara a nuestras manos, estaríamos solos y sin nadie a quien preguntarle.

Hacíamos simulacros, zafarranchos, leíamos manuales y los comparábamos con los equipos.    Arrancábamos motores, los parábamos, hacíamos inventarios de equipos, herramientas y repuestos, poníamos convertidores en paralelo, cargábamos baterías, tomábamos valores en el tanque, achicábamos, etc., etc.

Al fin de todo eso, llegó el día de la ceremonia de toma de posesión de la Unidad.

5 DE JULIO DE 1971

Gran ceremonia de traje blanco, formación de toda la tripulación entrante, o sea la nuestra, y de la tripulación saliente, o sea, de los americanos.

Discurso va y discurso viene, habló el comandante saliente y el entrante. A partir de esa ceremonia, el submarino dejó de llamarse “USS CATFISH” para comenzar a llamarse “S-21 A.R.A.SANTA FÉ”.

  

  

Al  terminar la ceremonia, concurrimos a bordo y se empezaron a formar los trozos de guardia.  Allí empezamos a extrañar la vida que llevábamos en las barracas.  Hacíamos guardia cada tres días y empezamos a estar solos con nuestro submarino.

Por eso es que ser submarinista  lo lleva uno en la sangre…….Al submarino lo vimos sucio y desprolijo, lleno de “dientes de perro” que se le pegaron en los patrullajes en Vietnam, donde había estado más de un año prácticamente bajo del agua, lo vimos actualizarse con algunas reparaciones, lo estudiamos a conciencia, lo aprendimos a manejar, conocemos sus secretos y su comportamiento tanto por sobre como por debajo del agua, conocemos sus ruidos y sus zumbidos, lo sumergimos y lo sacamos a superficie, nos damos cuenta cuando algo le anda mal, lo limpiamos, lo pulimos, lo reparamos, lo mimamos, lo queremos……….al fin, lo consideramos no como un buque mas de la armada, sino como nuestro, como si nuestro país nos lo hubiera dado para que se lo cuidemos y lo mantengamos siempre listo para la defensa de nuestra patria.

Volviendo a nuestro trabajo, comenzamos a ver los pedidos para la navegación. Nosotros solicitando agua destilada, herramientas faltantes, elementos para reparaciones y repuestos que calculábamos nos harían falta. Los otros cargos solicitaban lo que necesitaban, como combustible, víveres, librería, aceites, y un montón de cosas más.

Comenzamos a cargar baterías, a volver a probar todo, esta vez solos………..y nos salió muy bien……somos unos profesionales, qué le vamos a hacer.

Cuando se acercaba el día de la zarpada, hacíamos las últimas compras en el camioncito que nos vendía artículos sin impuestos.  También hicimos los últimos arreglos de bolsos y valijas y llevábamos de a poco nuestras cosas a bordo cuando nos tocaba guardia.

De esa manera, el día de la zarpada teníamos prácticamente todo a bordo.

ZARPADA DE SAN DIEGO

Cubrimos puestos de maniobra, inspeccionamos los compartimientos, dimos el “listo” y al rato comenzamos con las maniobras de líneas de ejes, adelante, atrás, adelante, atrás, hasta que llegó la orden que nos anunciaba que ya no habría mas maniobras para separarnos del muelle: esa orden era “ ambas máquinas adelante estándar”.

Así nos despedimos de San Diego, de California, de los Estados Unidos……navegábamos rumbo al sur, hacia nuestro destino final, que era Mar del Plata.

Los días pasaban tranquilos durante ese tramo de la etapa.  Navegábamos sobre “flote de baterías”, lo que en buen idioma submarinista y eléctrico, significa que los generadores de corriente continua acoplados a los motores diesel, proveían corriente a las baterías, pero a su vez, estas baterías proveían energía a los motores eléctricos de propulsión, y lo que llamamos “flote”, es mantener a las baterías en cero amperes, o sea, que no se esté cargando ni que se esté descargando.

Esto se hacía las 24 horas, porque no se tenía previsto ir a inmersión en todo el viaje.

Ya que navegábamos en superficie y era verano, era común salir a la vela a tomar aire puro. Allí aprovechábamos para escuchar alguna emisora costera con nuestras radios portátiles.  Comenzamos recibiendo las mexicanas y luego las de los países centroamericanos a medida que pasábamos frente a sus costas. 

Algunos habíamos comprado unas pequeñas radios de bolsillo. Nuestra diversión consistía en subir al puente y esperar que alguno llevara su radio. Cuando sintonizaban la emisora y comenzaban a escuchar, yo encendía la mía en el bolsillo y comenzaba a sintonizar también. Resulta que cuando sintonizaba la misma emisora, le producía a la otra radio un acople en forma de silbido que tapaba la emisora. Ahí aprovechábamos y los cargábamos por comprar una porquería.  Cambiaban la emisora y yo volvía a causarle esa interferencia.  Esto me duró varios días hasta que me descubrieron y no tuve más que disculparme de todos. La verdad es que si no hacíamos esas pequeñas maldades, el viaje hubiera sido más aburrido.

Era muy lindo ya de noche, navegar con aire mucho más fresco que el del día, y realmente era un descanso para nuestras mentes salir de ese encierro caluroso y disfrutar de la brisa de alta mar, cosa que normalmente un submarinista nunca puede hacer, porque siempre se encuentra sumergido durante una etapa de mar.

Las charlas siempre eran diversas, sobre lo que habíamos visto en  los 45 días que pasamos en los Estados Unidos, sobre lo que habíamos comprado para traernos y sobre cómo encontraríamos a nuestras familias.

A los pocos días, nos encontramos frente a la entrada de la bahía de Acapulco.

ACAPULCO

Entramos a la bahía y un remolcador nos guió hasta nuestro fondeadero. Eso significaba que no entrábamos a puerto y que debíamos fondear dentro de la bahía, frente a la ciudad.

 

  

Un servicio de lanchas nos acercaría a la costa y nos traería al salir de franco. Al fondear, se acercó una lancha de la prefectura mexicana, y uno gritó: Alguno de ustedes habla español? Pensando que el buque era americano.  La risa nos delató cuando uno de los nuestros le contestó ….Un poquititouuu…..

Salí franco ese mediodía y pudimos disfrutar de una muy buena tarde de playa.  También alquilamos un Jeep con toldo de lona y recorrimos toda la bahía mis tres compañeros y yo. Vimos lindos barrios, como el de los artistas y adinerados, y otros con no tanta suerte. Al atardecer nos agarró una soberana tormenta de lluvia y viento, que duró una media hora, pero inundó todo el centro y nos mojó todo, porque el  Jeep no tenía laterales. Las palmeras de las avenidas se doblaban como si fueran de goma y volaban sillas y toldos de los negocios.  Después todo terminó y volvió el calor, secó todo y aquí no pasó nada. 

Por la noche cenamos en un lugar muy paquete, donde apareció un cantor haciendo un show, donde todavía no sé si era el verdadero o un imitador, llamado Tom Jones. Nos quedamos porque al cambio, pagábamos como si estuviéramos en una pizzería.

Se nos hizo tan tarde viendo ese show que perdimos la vuelta al buque, por lo que nos metimos en un lugar que le decían Hotel para pasar la noche y poder volver al día siguiente a bordo.

A la mañana temprano, devolvimos el Jeep y abordamos la lancha hasta el submarino.

Ese día la pasamos haciendo guardias mientras salía franco la otra mitad de la dotación.

Lógicamente, tuvimos embarque de víveres y la infaltable carga de baterías.

Al tercer día, zarpamos rumbo a Panamá.

Después de la levada de anclas, adelante ambas máquinas “estándar” y volvimos al Pacífico. La navegación trascurría con algunas roturas tanto en la parte máquinas como en la parte eléctrica.  Si no era por una cosa era por otra, pero lo mas común era que largabas la guardia y tenías que trabajar en algo.  El calor se estaba poniendo problemático. El Aire acondicionado dejaba de funcionar debido a que se recalentaban los compresores debido a la alta temperatura del agua de mar de refrigeración.  Recordemos que estábamos en verano y navegando por el Caribe.

El calor hacía que durante el día, cuando no estábamos de guardia, estábamos en cubierta.   Habían colocado unas cenefas con sogas para evitar cualquier accidente, tal como “hombre al agua”.

Se estaba tan fresco con la brisa del mar que descuidábamos la exposición al sol. Hubo varios que bajamos rojos y ampollados, lo que constituía algo terrible, porque no se soportaba el calor del interior del submarino  y sobre todo, no podíamos dormir por los dolores de las quemaduras.

Comíamos muy bien y todavía quedaban jugos y helados de cuando el buque era americano.

Hacía tanto calor en Maniobra por lo que ya conté sobre el flote de baterías que calentaba las barras del tablero, que uno de los nuestros bajaba todos los días al tanque siete y traía una lata de galón de ensalada de frutas. En menos de una hora, nos habíamos comido todo . Nuestros compañeros de sala de máquinas también se prendían.

Era muy lindo el clima y el mar calmo nos acompañaba, haciendo que la navegación no se sintiera.

Por Babor nos acompañaba una costa, la de Centroamérica, hasta que nos comenzamos a acercar y embocamos en el inicio del Canal de Panamá.

Entramos en un ancho canal, cuyas costas estaban llenas de una verde vegetación saturada de variedades de árboles y arbustos.

   

 

 

 

 

En esta selva Panameña, se entrenaban las fuerzas especiales de las Fuerzas Armadas Estadounidenses.  Se veía cada tanto también las casas de gente de buen poder adquisitivo, con costas al canal. Es de suponer que eran americanos, porque las tierras a ambos lados del canal les pertenecían a ellos.

Llegamos luego de unas millas a la zona de las compuertas.  Se embarcaron empleados del canal para hacer las maniobras de amarre tanto a las bitas de ambos lados del canal como a las locomotoras que nos remolcaban.

Era un lindo espectáculo ver como nos movían esas máquinas y como subían las pendientes sobre sus vías a medida que avanzábamos.

Luego se cerraron las compuertas a nuestra popa y el lugar comenzó a incrementar el nivel de agua por el ingreso de la misma desde el nivel superior.

Cuando alcanzamos el nivel de la compuerta superior, abrieron la otra compuerta que nos separaba y nos volvieron a remolcar y a posicionarnos nuevamente para otra elevación.

Por último, se abre la compuerta y salimos directamente al Lago Gatún, cuya superficie navegable nos acercaría al Océano Atlántico.  El viaje duró varias horas y donde se pudo apreciar lo hermoso del panorama, selva, islas con linda edificación, selva,  montañas cortadas para permitir la navegación, más selva, barcos de ida y de vuelta, calor y mucho calor.

Llegamos a la tarde a las compuertas del lado del Atlántico, donde a modo inverso, nos sacaban el agua para que fuéramos descendiendo en tres etapas hasta alcanzar el nivel de salida al océano.

PANAMÁ

Amarramos en el puerto, donde trabajamos más que en la navegación.  Embarque de víveres, carga e baterías, etc.,etc..

El día que me tocó franco, me llevaron a la ciudad de Colón. Allí podríamos comprar artículos sin pagar impuestos.

Al llegar a la ciudad, me explicaron que allí vivían los descendientes de los Africanos esclavos que trabajaron en la construcción del Canal. Las casas, de dos o tres plantas, eran todas de madera, de mas de 100 años, y la tez de los habitantes era el negro opaco, lo que denotaba que provenían de una zona determinada que no era la de los negros de Norteamérica, mas negros y brillosos.

Encima eran “pesados”, porque se cruzaban delante del auto y cuando el chofer frenaba, se ataban los cordones lentamente y luego se apartaban lentamente para que el coche siga su camino, como queriéndonos decir que allí mandaban ellos.

Luego de las compras, volvimos al puerto y a nuestras actividades a bordo.

Luego de dos días, zarpamos nuevamente hacia mar abierto.

Así continuamos nuestra navegación hasta Trinidad y Tobago.

El mar comenzó a verse distinto…se lo veía mas trasparente y la vista podía alcanzar a ver a los peces a unos metros de profundidad.

A bordo ya no podía ponerse en marcha el Aire Acondicionado, dado que seguía recalentando, debido a que la temperatura del agua de mar era elevada y no refrigeraba el equipo.

El interior del submarino era una caldera. Todo el día estábamos traspirando, mojados, sin una brisa de aire fresco del exterior. Al acostarme, tenía sobre mi cama una tobera de ventilación, que me era muy útil en todo momento, pero en esta ocasión la mantenía cerrada, porque me calentaba mas el cuerpo.  Dormíamos sobre las sábanas, sin desarmar la cama, porque era la forma más fresca de estar. Todo el día tomando agua y con poca posibilidad de ducharse, porque tampoco andaban bien los destiladores y el agua de los tanques era para la cocina y para beber solamente.  Si te querías duchar, sólo había agua de mar, que te dejaba la sal sobre la piel al secarte y te daba más calor. 

¡¡¡ Y sin dejar de contar que con el agua de mar no funciona ningún jabón !!!!.

La etapa trascurre con roturas varias de equipos, lo que nos mantiene entretenidos, a los electricistas con lo nuestro, los maquinistas con problemas en sus motores, los radios con sus equipos, los sonaristas con los suyos, y así todos los cargos.

Lo único relajante era la buena comida producida por las excelentes manos de nuestros cocineros. Lo único que no permitían era la repetición del plato.

El comedor tenía cuatro mesas, donde podían comer 24 tripulantes de a seis en cada una.  La comida consistía en dos platos y postre.  A cada mesa le llegaba una bandeja y allí se repartía equitativamente las porciones.  El camarero era el encargado de hacer llegar a cada mesa sus platos. Al terminar de comer, levantábamos la mesa y le alcanzábamos la vajilla hasta la pileta, donde debía lavar todo y tenerlo seco para el próximo turno de rancho.

A una banda estaban las máquinas de coca cola, la máquina de fabricar helados y otra de hielo molido.

Cuando las cargaban, y funcionaban bien, disfrutábamos de sus productos.

Luego que todos comíamos, colaboraba alguien con el camarero en hacer la limpieza del comedor.

TRINIDAD Y TOBAGO

Tras varios días, arribamos al puerto de Trinidad y Tobago.

Lo hicimos en un muelle de una antigua base naval Americana, ya desocupada, pero en cercanías del centro de la ciudad.

Tuve una tarde de franco y conocí la ciudad. Me llamó la atención su construcción de la época de las colonias muy bien cuidadas. Lo que no me atrajo fue el olor de los fritos que había en sus calles, producto de los puestos callejeros que había por todos lados, y pese a que en el submarino tenemos olores para regalar, ese a aceite rancio no me agradó en absoluto.

Luego nos llevaron en una camioneta en excursión al otro lado de la isla. Tuvimos que atravesar selva y plantaciones hasta que desde una elevación nos mostraron unas playas de arenas muy blancas, que anticipaban lo que hoy en día son explotadas como las mejores playas del Caribe y lugar de buceo preferido.

Luego de los habituales embarques de víveres y combustible, zarpamos rumbo a Bahía de San Salvador, en Brasil.

En esa parte de la navegación, se produce el cruce del Ecuador. Mis compañeros, los que ya habían tenido al menos un cruce, prepararon sus disfraces de rey Neptuno y su séquito. A mí me tocó ser bautizado, dado que todavía no tenía ningún cruce por mar. Primero me hicieron sentar en una silla sobre la cubierta. Luego el rey Neptuno dijo sus palabras de bendición y comenzaron a embadurnarme la cabeza y el cuerpo con los residuos  sacados de las purificadoras de combustible y aceite de sala de máquinas. Terminado ese acto, me quedé a presenciar lo mismo que le hacían a mis compañeros que estaban en la misma situación que yo, o sea, sin ningún cruce del Ecuador. Al terminar todo, nos dieron la drástica noticia que no había agua para ducharnos y ni siquiera para lavarnos la cabeza

 

  

Tuvimos más de una hora en la cubierta, bajo una manguera con agua de mar, para que se nos vaya ese pegote de grasa sucia y pegajosa del cabello, con un jabón que no daba espuma y se ensuciaba tanto que parecía que no nos ayudaba en nada.

Ya de noche pudimos bajar y sentarnos a cenar y creo que el olor a la grasa de purificadoras nos acompañó varios días.

El clima seguía con temperaturas acordes al verano y zona Ecuatoriana.

El mar seguía trasparente y muy azul  y se veían los peces y el casco debajo de la línea de flotación.

Ya había pasado cerca de un mes desde que habíamos zarpado de San Diego rumbo a Mar del Plata. Es una etapa de navegación inusual, porque la veníamos haciendo todo en superficie.

Seguíamos teniendo problemas con el Aire Acondicionado, pero por suerte, la frigorífica andaba muy bien, por lo que no teníamos problemas con los víveres.

BAHIA DE SAN SALVADOR

Entramos al puerto de Bahía de San Salvador. Allí por primera vez tuvimos que mostrar el buque a visitas. Eso nos complicó, porque además de hacer las guardias, cargar baterías, víveres y combustible, debíamos tener puesto el traje blanco y recibir visitas a bordo. Parece algo fácil, pero cuando uno debe trabajar para el mantenimiento de la unidad, hacer maniobras que nos pueden ensuciar y ver que algunas zonas del submarino estaban con visitantes, se complica mas de lo que uno se imagina, porque estamos acostumbrados a movernos libremente a lo largo de su pasillo para hacer las tareas que corresponden.

  

En mi franco pude conocer la ciudad, de calles empinadas y con casi 400 iglesias, todo colonial y en muy buen estado de conservación.  Hay una ciudad costera o baja, y otra alta, y las personas toman un gran ascensor para acceder a ese desnivel de casi 40 metros que las separa. Por la tarde fui a la playa, por lo que pude disfrutar de un buen baño y tomada de sol mientras descansaba. A los dos días, zarpamos esta vez ya con rumbo a Mar del Plata.

RUMBO A MAR DEL PLATA

Los días fueron trascurriendo ya con más alegría, puesto que se nos acercaba la entrada a puerto y el encuentro con nuestros familiares.

Ya pensábamos en volver a nuestros hogares, los casados con sus esposas e hijos, los que noviábamos, con nuestros padres y nuestra novia, pensábamos en poder dormir en nuestra cama sin sentir el balanceo del buque ni escuchar roncar a nuestros compañeros, no estar de guardia todos los días, comernos un buen asado con ensalada fresca, poder pegarnos un buen baño, manejar nuestro auto, en fin, deseábamos todo lo que nos había faltado en estos largos tres meses.

Y por fin, ese día llegó…

ARRIBO A MAR DEL PLATA…..13 DE SETIEMBRE DE 1971

No se imaginan la alegría que sentimos al poder ver la costa de la ciudad de Mar del Plata, sus edificios y sus lanchitas pesqueras alrededor nuestro. Definitivamente, estábamos en casa. Navegamos entre las dos escolleras y enfilamos al muelle de la Base Naval. Allí nos sorprendió la Banda de Música tocando en nuestro honor y todos los barcos que estaban amarrados en la dársena tocaban sus sirenas en forma continuada. Con solo eso se producían los asomos de lágrimas de la emoción que sentíamos.

Al dar la curva para ingresar al muelle, vimos que estaban también todos nuestros familiares esperándonos, así que no teníamos que esperar mucho tiempo para poder darles un abrazo.

Amarramos y pudimos cumplir con nuestros deseos de estar con nuestros seres queridos.

Ese día quedaron de guardia los solteros y los trocistas (los que no tienen fijada su residencia en Mar del Plata), que no viajaban hasta el día siguiente, y el resto nos fuimos a nuestros domicilios.

Creo que es la primera foto al llegar a Mar del Plata

REPARACIONES:

A partir de ese mes de setiembre y parte de octubre, se destinaron a hacer recorrer bien el buque por los talleres de la Base y efectuar las reparaciones más urgentes. Hicimos navegaciones hasta terminar el año haciendo ejercicios con todos los que querían jugar con el juguete nuevo de la Fuerza de Submarinos. Pasaron los años y navegábamos siempre un montón de días, llegando a hacer 240 días en un año.

Como es lógico, tantas navegaciones provocan desgastes y roturas, lo que nos hacía concurrir a los Talleres de la Base Naval Puerto Belgrano para hacer todas las reparaciones inherentes a la obra viva, como por ejemplo, el mantenimiento de los hidrófonos, corredera, planos, hélices y casco en general.

CORREDERA:

Al igual que el viejo S-11, el S-21 tenía una corredera electromagnética.  La misma consiste de una “espada”, que realmente es una cosa parecida a un mástil, pero que sale hacia abajo, sobresaliendo del casco.  La maniobra consistía en abrir una válvula de casco, que permitía que la “espada” sea arriada girando una manivela, hasta que hiciera tope. Sellos de goma y juntas obturaban y evitaban el ingreso de agua.

La forma de funcionamiento de la corredera consistía en que en su extremo inferior había una bobina primaria, donde la corriente eléctrica alterna producía un flujo magnético determinado que hacía que dos contactos laterales recogieran señales eléctricas que se procesaban en el equipo.

Cuando el submarino avanzaba, el flujo magnético de deformaba a medida que aumentaba la velocidad del agua alrededor de la “espada”.  Este flujo magnético al deformarse, producía variaciones en las señales eléctricas que recogían los contactos, por lo que el equipo los procesaba como resultante de un aumento de velocidad y lo reflejaba en un indicador en nudos.

Este sistema no era muy exacto y debía verificarse su precisión con “corridas” frente a las costas, lo que derivaba en calibraciones. Estas “corridas” eran pasajes navegando frente a puntos conocidos, como para calcular luego la velocidad respecto a esos puntos en la costa.

Además, como sobresalía del casco, no se la podía usar entrando o saliendo de un puerto, porque si tocaba fondo podría quebrarse y entrar agua al compartimiento donde se encontraba, que era Torpedos de Proa.

También era delicado izar la “espada”, dado que había que contar las vueltas de la manija y no equivocarse, porque luego había que cerrar la válvula de casco y si no estaba totalmente izada, se podía romper la punta, que era de fibra.

EN DIQUE SECO:

Al arribar a la Base, esperábamos en muelle hasta el día de ingreso al dique seco, mientras los Jefes de los talleres venían a ver los trabajos que les encargábamos.

Al entrar a dique, debíamos tener cuidado en las amarras y seguir las indicaciones de los talleres, para quedar posicionados exactamente sobre las cunas.  Al cerrar luego la compuerta y achicar el dique, veríamos los resultados de todas las mediciones que se hacían y la paciencia y responsabilidad necesarias para que todo salga bien.

Estando en reparaciones en los talleres, siempre éramos visitados por los alumnos de la Escuela de Submarinos, porque era la forma de ver lo que estudiaban desde abajo, bajando a la platea del dique y metiéndose en los tanques de lastre para ver las conexiones de las tuberías.

Aparte de hacer nuestras tareas, hacíamos control de operarios. 

Esto era para revisarlos al entrar y salir, de forma que no entren con algo indebido y para que no se lleven algo nuestro sin que lo sepamos.  Todos los movimientos quedaban asentados en un libro y visados por un superior.

Se nos complicaban los traslados dentro de la base, debido a que el dique quedaba lejos de donde nos alojábamos y comíamos. De todas maneras, nos arreglábamos muy bien o era que estábamos acostumbrados.

Cuando llegaba el fin de semana, un grupo se quedaba a hacer las guardias y otro viajaba a Mar del Plata a ver a la familia.  Esto era rotativo, y más o menos, viajábamos dos fines de semana por uno de guardia.

Cada especialidad tenía además un gran listado de trabajos para hacer, cuya responsabilidad caía en los tripulantes y no en los talleres.

Había semanas en que permanecer a bordo trabajando era complicado, porque debido a los desarmes, a veces no había agua, otras veces no había luz, no funcionaban los ventiladores ni la cocina, en fin, para hacer nuestras necesidades muchas veces teníamos que pedir permiso en otro buque de las cercanías para que podamos usar el baño.

Hacer guardia de noche y sin calefactores era cosa bien de hombres.

Muchas veces competíamos con los del taller, sobre todo porque nosotros hacíamos las tareas mucho más rápidas que ellos. 

A medida que se finalizaban las tareas y las reparaciones, comenzábamos a probar los equipos para que no nos encontremos con sorpresas navegando.  Si aparecían novedades, las hacíamos solucionar a la brevedad para así firmarles la conformidad de la reparación.

El chequeo completo se hacía a conciencia, porque en el fondo del mar no hay reclamos.

Una vez, en el viejo S-11, al sumergirnos no cerró el valvulón.

Esta es una válvula de cierre vertical, accionado manualmente e hidráulicamente desde el compartimiento de Control.

Tiene un diámetro  cercano al metro, y es la inducción de aire cuando el submarino se encuentra en superficie.

Sucedió que un pedazo de madera olvidado dentro de la vela lo trabó y no lo dejó cerrar, provocando ingreso de agua al interior de la tubería, y como esta va también a ventilar los cuartos de baterías, entró el agua por la ventilación y causó que entre en contacto el agua de mar con el electrolito de algunas baterías, desprendiéndose gas cloro, que es bien sabido lo venenoso que es. Tuvimos que evacuar el compartimiento de baterías de proa y hermetizarlo, y salir a superficie en emergencia para que deje de entrar agua por esa válvula.

Siempre nos quedó la duda si ese trozo de madera no provino de un olvido de los talleres o un error nuestro de inspeccionar sin profundizar.

La verdad es que la sacamos barata, porque varios submarinos de otros países se han hundido por problemas de no cerrar bien ese valvulón.  Es que debido al generoso diámetro de esa válvula, la inundación del interior del submarino se produce en pocos minutos y el peso de esta agua, evita toda maniobra para volver a sacarlo a superficie.

Por eso es que hacemos mucho para que esto no suceda, nos ponemos firmes y revisamos todo, nos preocupamos una y mil veces antes de dar un “ OK “.  También pretendemos que los que nos sucedan, se lleven nuestras enseñanzas y nos recuerden como muy responsables del cuidado del buque.

En el caso de las baterías, no se las cargaba, debido a que tomábamos corriente de tierra. Además era imposible, porque los motores diesel no tenían agua de refrigeración por estar en dique seco.

Una vez se conectaron mangueras desde el  lateral del dique para refrigeración y se pudo arrancar el motor diesel  para hacer una carga parcial. Creo que no se usó más este sistema por lo riesgoso para los equipos.

Cuando nos desplazábamos por el buque estando en dique seco, teníamos que tener mucho cuidado en no caernos a la platea, porque no toda la cubierta tenía barandas. Además, la entrada y salida era por planchada y desde ésta hasta el piso de la platea había como 10 metros.  Cuando llovía, era peligrosa por las patinadas.

A bordo todo era incómodo, tanto por lo que estaba desarmado como por los materiales que quedaban en los pasillos.

Había sectores que tenían los pisos levantados, todo debido a las reparaciones, pero era fácil meter la pata.

Por suerte, toda reparación llega un día a su final, nos alistamos, controlamos, preparamos y nos mudamos nuevamente a bordo. 

Los talleres llenan el dique, abren la compuerta y salimos nuevamente en libertad y flotando.

Embarque de víveres, embarque de personal y zarpamos finalmente rumbo a Mar del Plata.

NAVEGACIÓN:

Hacíamos travesía en superficie y a veces nos sumergíamos, para así probar estanqueidades.  Navegábamos a veces con poca tripulación, debido a que llegábamos a Mar del Plata en menos de 24 horas.

Yo ocupaba una cama en Torpedos de Popa, arriba de todas, sobre babor. Una puertita abría mi armario, sobre mi cabeza, y también tenía un lugar para guardar debajo de mi cama, levantando una tapa.

Complicada para subir porque me tenía que colgar de un caño de un carretel con un cable de un sistema de boya que nunca se llegó a usar, para balancearme y revolear los pies y así poder acostarme.  Una vez arriba, era cómoda la cama y no era molestado fácilmente porque al estar alto, muchos no me veían.

El compartimiento de Torpedos de Popa era ideal para dormir…..se sentía el arrullo de las líneas de ejes de las hélices que hacían que nunca sientas el silencio.  También se sentía el zumbido suave de los pistones hidráulicos de los timones de popa cuando corregían rumbo o profundidad.

De día usábamos la iluminación normal, con lámparas blancas, pero de noche estaban encendidas las rojas, para no encandilar.  Sobre todo en las zonas donde se preparaban los que hacían guardia en Comando, que estaban siempre preparados para poder ver por periscopio.

Para saber si era de día o de noche, aparte de ver si habían luces blancas o rojas, tenía el submarino relojes con cuadrantes de 24 horas, o sea, que las 12 horas estaban donde normalmente está el seis, las 18 donde va el nueve, y así sucesivamente, de forma de visualizar fácilmente en que momento del día estábamos.

Es que la rutina de cuatro horas de guardia por ocho de descanso te va haciendo que no te des cuenta si te toca almuerzo o cena, desayuno o merienda, leer o dormir.

Durante las guardias siempre teníamos temas de conversación. El ser siempre los mismos, a la misma hora y estar muchos días navegando no era impedimento para la rondas de mate y charlas tanto sea de trabajo como para sacarle el cuero a alguno.  

Si el cocinero era generoso, era posible que dejara en la cocina alguna galletita, fiambre o algo comestible para los que estaban despiertos a la noche. 

Algo de lectura también era necesario….los libros y revistas circulaban y nos las íbamos cambiando a medida que las leíamos.  Al cabo de algunos días, ya comenzábamos a releer las primeras porque ya habíamos leído todas.  El caso de los libros te duraba más, porque tardabas más en leerlos.  Por suerte teníamos veladores en cada cucheta, así que podíamos leer acostados para no molestar.

Otro entretenimiento era jugar a las cartas.  Se formaban parejas para jugar al truco y lo raro era que se hablaba bajito, porque a pocos metros siempre había alguien durmiendo. Hubo años que se jugaba al ajedrez, otros años a la canasta y así rotaban las preferencias, según las tripulaciones que nos tocaban.

En maniobra, la guardia de 0 a 4 horas normalmente era muy tranquila, y te permitía jugarte una partida al ajedrez. Había que tener la vista afinada al pasillo de máquinas por si venía alguien, pero normalmente ninguno se molestaba en ir hasta la popa.

UNITAS:

Cuando interveníamos en los UNITAS, donde hacíamos la etapa junto con buques de otros países, se nos exigía mucho más que lo habitual.  Era muy normal efectuar simulacros de ataque, en donde se nos evaluaba por nuestro cuidado en no cavitar y no hacer ruidos innecesarios.  Había momentos críticos en los cuales quedaban en pié los que estaban apostados de guardia, y al resto nos mandaban a que nos acostemos, así no emitíamos ruidos.

Lo bueno de estos UNITAS, era que siempre terminábamos en Rio de Janeiro.  Allí ya sabíamos que nos distendíamos y teníamos unos cuatro días para pasear o hacer guardia.  Los que salían franco, además de pasear por el centro, disfrutaban de las playas cariocas. Los que permanecían a bordo, debían estar vestidos con el uniforme correspondiente porque se habilitaban las visitas a bordo.

Siempre se coordinaba con alguna agencia de turismo para que nos llevaran en un micro hasta algún lugar fuera de Rio.

De esta forma, conocí Petrópolis, Teresópolis, la selva que rodea la ciudad, el Pan de Azúcar, el Corcovado, etc.

Además, caminábamos muchísimo porque generalmente no queríamos gastar dinero y nos movíamos hacia donde nos enterábamos que había algún espectáculo gratis.

Tal es el caso que en un viaje coincidimos con un congreso de operadores turísticos a nivel mundial, reunidos en Rio. Desde ya que los Brasileros armaron un mini-carnaval que todos los días pasaba por la costa, frente a todos los hoteles de lujo para que observen los visitantes, así que allí estaba todo el buque viendo el espectáculo de las escolas en forma gratuita y en primera fila.

TABLERO VERDE:

Volviendo a Mar del Plata, les cuento que una vez, formamos a bordo un conjunto musical para entretenimiento en navegación.   Le pusimos el nombre de “Tablero verde” haciendo referencia al tablero que indicaba con sus luces verdes que todas las aberturas del casco se encontraban cerradas y el submarino se encontraba en condiciones de ir a inmersión.

Comenzamos con una guitarra y bajo eléctrico y una batería, amplificadores y micrófono para el cantor. Desde ya que este conjunto no pretendía salir a competir en calidad interpretativa, pero doy fe que de 22 a 24 horas, todos los días de navegación, sonaba y entretenía a toda la muchachada.

Pasaron por sus instrumentos varios músicos, como Gauto, Farías, Castañé, Canata, Pereyra, etc.

Hasta llegaron a actuar como invitados en el casino de suboficiales de los Brasileros en uno de los operativos UNITAS.

Lamentablemente, cambios de comando fueron dejando de lado esta diversión.

En otros años, habían implantado un sistema de clases. Paso a explicarlo: un tripulante por día, debía dar una clase de algo que podía ser útil, al resto de sus compañeros.  Como instructivo era muy buena la idea, pero en navegación, esa hora de clases interrumpía una hora de descanso o siesta. Duró poco tiempo esa orden, porque la tripulación buscaba excusas o tareas para hacer en ese horario con tal de faltar. 

Realmente, una clase dada por una persona que no tiene práctica docente, nos hacía dormir sentados.

 GIROCOMPASES

Para obtener el norte verdadero, el Santa Fé tenía dos girocompases, un “Arma” y un “Sperry”.  Los dos estaban en el compartimiento de Control y era obligación de los electricistas ponerlos en marcha el día antes de cada zarpada.  Desde el “Arma”, que era el principal, tomaban señal de rumbo para navegación, sonar, radar y control tiro.

BALANCEO:

En control estaba también el grupo de válvulas donde se operaba el balanceo del buque. Lo operaba un tripulante maquinista obedeciendo órdenes del jefe de inmersión.  Los movimientos de agua se hacían entre tanques que compensaban la flotabilidad neutra que debe tener todo submarino y un balance entre proa y popa para que no trabajen tanto los planos. La frase MARPROPONESECOCOAS identifica a las personas que han tripulado estos submarinos de procedencia americana. Significa el orden de las válvulas según la posición en el manifold:  MAR-PROA-POPA-NEGATIVO-SEGURIDAD-COMPENSO 1-COMPENSO 2-ASPIRACIÓN.  Sucede que en el caso que por falta de iluminación en el compartimiento el operador no viera los identificadores de estas válvulas, recordando esta palabra abreviada las identificara al tacto.

CARGAS DE BATERÍAS:

Otra historia qua quiero contarles es sobre la carga de baterías. Normalmente se efectuaban cada 6 días estando en puerto y en navegación todas las veces que nos lo ordenaban.

En el caso de estar amarrados, se hacía coincidir la fecha de carga con algún electricista responsable para estar a cargo en maniobra y otro para la toma de valores.

Se comenzaba normalmente luego de cenar, para no interrumpir la carga, y el que permanecía en maniobra no dejaba su puesto hasta el día siguiente. 

Se comenzaba por la preparación de las tuberías de ventilación de acuerdo a una planilla de chequeo.  Se verificaban los extractores, ingreso de aire por el valvulón, lectura de elementos pilotos, encabezado de una planilla para la carga y luego el maquinista arrancaba el o los motores diesel.

Verificábamos el detector de hidrógeno, que esté en cero, y funcione.

Luego conectábamos los generadores sobre barras de baterías y dábamos por iniciada la carga. Al comenzar incrementábamos la excitación de los generadores para dar la mayor cantidad de amperes a las baterías.  Luego verificábamos el valor del TVG en una tabla.

Este valor es el máximo voltaje a aplicar para que a determinada temperatura, la batería no gasee.  Por eso, al comienzo de la carga es importante obtener la temperatura de los elementos pilotos.

Al alcanzarse ese valor tabulado de máximo voltaje, no debe dejarse que se supere, por lo que hay que ir bajando la carga en amperes para mantenerlo.

Al llegar los amperes a 200, debe dejarse en este valor y dejar que aumente el voltaje, hasta que los valores tomados cada 15 minutos se repitan durante dos horas.    De esta forma, se efectuaba una carga de baterías normal.  Para ciertas ocasiones, se hacían las denominadas  ”completas” y de “ igualación”.

Esta última se hacian cada 6 meses aproximadamente y eran para igualar las capacidades de los elementos  de las baterías.

También eran precedidas a veces por una descarga programada, que se hacía propulsando amarrado al muelle, hasta llegar a un voltaje mínimo determinado por manual, para luego comenzar a cargar.

Al finalizar las cargas, el ayudante bajaba a los tanques para la toma general de valores de densidad, temperatura y nivel a todas las celdas, quedando asentadas en la planilla correspondiente.

La diferencia con las cargas en navegación era que primero debía navegarse en “snorkel” y las cargas eran todas “parciales”, o sea que al ir bajando la intensidad de corriente a las baterías y llegar al valor de 200 amperes, se daba por finalizada la carga.

En el tablero de propulsión había un detector de aislación de baterías, la que no debía bajar nunca de un valor determinado, o se suspendería la carga.

TANQUE SANITARIO:

Es sabido que el buque no tiene cloacas, y por lo tanto, todas las aguas servidas provenientes de los baños, las duchas y las piletas deben ser dirigidas hacia un tanque para ser retenidas hasta que se eliminen.

El caso particular del tanque, es que tiene la presión del ambiente, la del casco interno del submarino.   Al llenarse el mismo, y estando este tanque por debajo de la línea de flotación, es que debe ser presurizado con aire comprimido y luego debe abrirse una válvula que desde la parte inferior del mismo comunica con el exterior del buque.

Todos los inodoros tienen una válvula “flap” que comunica la taza con el tanque.   Esta válvula abre cuando el que lo usó  necesita eliminar los residuos.  Para evitar que si se llegara a abrir estando presurizado, salga aire hacia la taza, hay válvulas que se deben cerrar para evitar estos “accidentes” muy desagradables por cierto.

Esta es la maniobra que debe hacer el que está efectuando el vaciado del tanque: cerrar las válvulas de todos los baños, de las descargas de piletas y de las duchas.  Luego comienza a presurizarse el tanque y al tener mas presión el mismo que el exterior del buque, se abre la válvula de descarga y comienza a salir los “alimentos para peces”.

Lo lindo es cuando se vacía y luego de cerrarse la válvula de descarga, debe ventearse el tanque al interno, antes de volver a normalizar la maniobras de las válvulas de descarga de las tazas y drenajes.  Realmente es para no mezquinar ninguna nariz…….

DUCHAS:

Otro tema es cuando uno puede bañarse.  Es norma hacerlo cada tres días, debido a que el destilador no cubre las necesidades de agua dulce si el baño es más frecuente.   Por eso hay tres “condiciones” de guardia, la de 8 a 12, la de 12 a 16 y la de 16 a 20 horas.  Cada uno de estos grupos se bañaban cada día, o sea, que unos 25 tenían el privilegio de acostarse limpios, el resto quedaban esperando su turno.

DESTILADOR:

El destilador era un equipo no muy efectivo.  Tomaba agua de mar y mediante evaporación, se obtenía agua destilada.  Para que esta agua no nos descomponga, se le adicionaba automáticamente un mínimo porcentaje de esa agua de mar hasta que se obtenía un sabor muy parecido al agua de red.

No sé si era por eso o por otra cosa, pero todas las veces que salíamos a navegar andábamos ligerito a los baños.

VENTILACIÓN:

La ventilación del buque estaba formada por ventiladores que distribuían el aire a través de los compartimientos para lograr una eficiente circulación, pese a estar por alguna circunstancia, alguna porta cerrada.

Normalmente en navegación se cerraban las portas de la sala de máquinas debido al ruido que emitían los motores.  También era que como los motores aspiraban del  snorkel  en inmersión, el cambio de aire era más eficiente. Otros compartimientos tenían la posibilidad de recircular en forma individual, como era el caso de maniobra, que junto a torpedos de popa, tenían ventilación, aire acondicionado y calefacción sin mezclarla con otros compartimientos.

Estando en puerto, también se utilizaban los ventiladores, dado que estaban abiertas normalmente 1 ó 2 escotillas, las que por sí solas no hacían circular aire por todo el buque.

La que salía a la vela desde comando se usaba poco, así se evitaba la circulación por ese compartimiento.  Allí se encontraban la parte navegación, control tiro, periscopios, y por lo general casi siempre estaba vacío.

Distinto era en navegación, donde comando era un compartimiento totalmente activo, tal como lo dice su nombre.

Bueno, espero no haberlos  aburrido con mis recuerdos. 

Hace ya 35 años que desembarqué de mi querido Santa Fé para seguir navegando en el Submarino ARA Salta unos años más, luego ser destinado a la República Federal de Alemania para desempeñarme en la Subcomisión Naval en la ciudad de Emden como inspector de la construcción de los 2 submarinos TR-1700, San Juan y Santa Cruz y luego, al volver al país, ser destinado al Astillero Ministro Manuel Domecq García como inspector del control de calidad de la Armada Argentina para el armado de los restantes submarinos .  Mientras  permanecí en el Astillero, también cumplí tareas como suboficial de buque durante dos años en el submarino ARA “SALTA” que se encontraba en ese lugar en reparaciones, con el grado de suboficial mayor.

Yo creo sin temor a equivocarme, que los años que serví a bordo de este glorioso Santa Fé,  son realmente inolvidables.

Lo fui a buscar, lo navegué, lo reparé, lo limpié, lo pulí, lo pinté, lo regulé, lo manejé, me hizo sumergir y salir a superficie, me hizo alegrar, divertir, enojar y asustar, pero por sobre todas las cosas, me hizo quererlo profundamente.

Fueron seis años de anécdotas y recuerdos, hechos que me han formado profesionalmente y emotivamente.  Hay muchos ex compañeros que se han ido de pase para siempre y que viven en mis pensamientos como lo buen compañeros que hemos sido.

Quiero finalmente agradecer a la Armada Argentina el enseñarme a  navegar en este buque y haber prestado un buen servicio al país brindando con responsabilidad, una excelente custodia de nuestros mares.

…………………………     ¡¡¡¡¡    VIVA EL SANTA FÉ    !!!!!!       ………………………………….

 SMMERE         CASTAÑÉ Luis Alberto

   
-----Castañé ---- Sosa, Alcon, --Muñoz, ---Diaz Sanchez---Castañé
Pereyra, Castañé Krenz, Castañé, Gauto, Farias, Soruco
Castañé, Gauto, Canata, Farias, Krenz, ----, Soruco Maniobra: Asti, Castañé, Molteni, etc.
Torpedos de popa En Maniobra
Tablero de maniobra Pereyra, Castañé, ---
En navegacion Pérez, Castañé, Camelino
Puente Canal Beagle
   

 

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