Historia y Arqueología Marítima

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EMIL SVENSEN - CAZADOR DE BALLENAS

Puiblicado en la revista  Yachting Argentino, 1944

Emil Svensen ha hecho diez campañas de pesca en Georgia del Sur. Los yachtsmen y pescadores que concurren a San Isidro no sé imaginarán que a bordo de un yacht fondeado en esas aguas trabaja como marinero un verdadero lobo de mar, un cazador de ballenas en los helados mares australes.

Emil Svensen, profesional del ketch "Aguacil", es un noruego fornido y tranquilo que ha vivido largos meses de cada temporada cazando lobos y ballenas en los helados mares que circundan a Georgia del Sur. i Con explicable dificultad para expresarse, su relato no deja de apasionar por sus impresionantes detalles. En 1923 se embarcó en Inglaterra para Georgia del Sur a bordo de uno de los barcos de una compañía inglesa para la cual trabajó una temporada, pasando luego a la Compañía Argentina de Pesca con factoría en la isla, donde se ocupó al principio como cazador de lobos en las innumerables roquerías y caletas circundantes.

    

Se ven fondeados el "Tijuca", que realiza frecuentemente el viaje a Buenos Aires, y algunos balleneros. Con la proximidad del invierno aparecer. los primeros hielos flotantes.

La vida a bordo de un ballenero para los que están inhabituados a los climas fríos, no parece ser muy desagradable si el viento no sopla con fuerza, cosa que sucede con demasiada frecuencia. Entonces el mar se encrespa en olas gigantescas que a veces barren al ballenero totalmente dejando afuera la chimenea y la cofa del vigía, teniendo que suspender el trabajo y  regresar a la factoría en espera del buen tiempo, Si la espera es descanso y tranquilidad, en cambio el porcentaje que cada tripulante lleva en el producto de la pesca, disminuye la ganancia, único incentivo de este trabajo desproporcionado y a veces cruel.

Desde lo alto del mástil, el vigía otea el horizonte buscando los bancos de camarones que constituyen la alimentación preferida de los grandes cetáceos. El capitán del ballenero ocupa el delicado puesto de artillero en la proa misma del barco, con el cañón cargado cuidadosamente. El cetáceo deberá dejarse aproximar por lo menos a 60 ó 70 metros saliendo el arpón que difícilmente erra su blanco. Tres segundos después de disparado, la carga de dinamita que lleva, explota en las entrañas de la ballena. Si el tiro es certero el animal queda inmóvil instantáneamente, pero si no lo es, se inicia una lucha dramática que puede durar varias horas. Lo importante es no provocar un tirón seco que produciría de inmediato la ruptura del cabo y la pérdida de la pieza.

El arpón sale del cañón arrastrando un cabo delgado y muy resistente que se encuentra ajustado al pie de esta máquina mortífera y que alcanza holgadamente para llegar al impacto.. Si la ballena no es alcanzada en un punto vital, inicia unos saltos espectaculares seguidos de una vertiginosa carrera que obliga a filar un grueso cabo manila que por medio de poleas provistas de elasticidad van sacándolo de bajo cubierta mientras el ballenero ya toda máquina sigue la estela de la ballena. Si el animal zigzaguea en su marcha o se cruza, se aprovecha para tirarle otro arpón sin cabo que al explotar puede ser el golpe de gracia del herido.

 La proa del ballenero con su cañón cargado con el arpón y el cabo adujado al pie.

El arponero concentrado en su delicada misión, en el preciso momento de disparar la piezs

 Muerto el animal se le inyecta aire para que flote con facilidad y se le clava una bandera que tiene los colores o señales del barco que lo ha capturado, abandonándolo a  la deriva para continuar la caza.

Cuando se ha cobrado el número de ballenas capaz de ser remolcado o cuando ha expirado el plazo que permiten las provisiones o las instrucciones del caso, el ballenero que está provisto de una fuerza motriz de mil a mil quinientos caballos por término medio, regresa a la factoría arrastrando su carga que a veces frente a un temporal ha disputado victoriosa una lucha titánica  con el deber o la codicia del ballenero. Así regresan los doce o trece hombres de la tripulación para zarpar de nuevo con la mayor premura si el tiempo lo permite ya que el buen tiempo tan escaso es el factor indispensable para este rudo trabajo.

La ballena azul de treinta y tres metros de largo en la playa de faena de la factoría de la Compañía Argentina de Pesca. Es el cetáceo más grande que Svensen haya visto. Obsérvese el panorama glacial que circunda la factoría.

A veces deben recorrerse enormes extensiones sin divisar un solo cetáceo y otras en pocas horas de navegación se avistan treinta o cuarenta ballenas alimentándose tranquilamente.

Bahía de Grytviken, donde está emplazada la factoría de la Compañía Argentina de Pesca.

La vida en la factoría está rodeada de un relativo confort, las enfermedades infecciosas son muy raras, predominando entre las más frecuentes intervenciones del facultativo estable los trastornos del aparato digestivo por causa de la alimentación conservada y los accidentes de trabajo. Después de cinco temporadas de pesca, Emil Svensen regresó a Buenos Aires enfermo en 1928, embarcándose para Comodoro Rivadavia en el "Francina", schooner de 300 toneladas, casco de madera en tan deplorable estado que entró de arribada forzada en Mar del Plata después de un temporal en que estuvo a punto de naufragar.

Tan maltrecho quedó el barco que pocos días después se hundió en el Puerto de Mar del Plata y fue puesto en seco donde permaneció varios años hasta que una aventura de pesca de langostas en Santa Elena lo volvió al mar.

Svensen trabajó entonces como bañista en el popular balneario Tiraboschi pero la afección gástrica contraída en Georgia del Sur recrudeció obligándolo a una intervención quirúrgica.

Repuesto de su enfermedad volvió a la Compañía Argentina de Pesca, embarcándose en el "Tijuca" rumbo a Georgia, donde reanudó su vida de cazador de lobos y ballenas.-

La factoría en invierno. La nieve llega hasta cuatro metros. Obsérvese el túnel de entrada a través de la nieve en una de las casas. Al fondo se ve la iglesia.

Como recuerdo de los horribles temporales de esas islas desoladas, Svensen recuerda que en una oportunidad tuvieron que abrigarse en una caleta donde un huracán desencadenado los retuvo catorce días sin provisiones, recurriendo a la caza y pesca para mantenerse.

Su voluntad, su temperamento y su fortaleza fueron vencidos una vez más por su enfermedad y se vio obligado a regresar a Buenos Aires, donde una nueva operacion lo ha vuelto a la vida más tranquila de nuestro Río de la Plata, renunciando definitivamente a pesar de su entusiasmo y de su juventud a las borrascas eternas de nuestros mares australes.

Arribá. Un barco factoría visto desde popa, mostrando la rampa por donde son embarcados los cetáceos para ser industrializados totalmente a bordo mientras la flota de balleneros que lo secunda trabaja er. las zonas próximas. Este sistema es la última palabra en cuanto rendimiento y economía.

 

 

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