Historia y Arqueología Marítima

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CIAS. DE NAVEGACION RIOPLATENSES

Compañía Salteña de Navegacion a Vapor (1857) y

Nueva Compañia Salteña de Navegacion a Vapor (1860)

Indice Marina Mercante Argentina

 

En 1857, contando con la iniciativa del coronel Dionisio Trillo, un grupo de capitalistas afincados en Salto, República Oriental del Uruguay, decidió conformar la Compañía Salteña de Navegación a Vapor, encargando a los astilleros ingleses de T. & J. Thompson la construcción de dos vapores fluviales, que llevarían por nombre  Salto y Montevideo. (Luis Dodero dice que estos nombres eran los que figuraban en el contrato con el gobierno uruguayo por el cual se les daba una subvencion para cumplir un servicio regular entre Montevideo y Salto (y puertos de la Confederación), debiendo los vapores gozar de las mismas franquicias acordadas a los vapores brasileños y de navegacion transatlanticas, pero que luego se llamaron Villa del Salto y Rio de la Plata. Este contrato fue  protocolizado en la escribania de Gobierno y Hacienda, legajo 18690/10 con fecha del 27 de Enero de 1860 en Montevideo).

El vapor a ruedas Salto era una estupenda embarcación, con capacidad para transportar 80 pasajeros ubicados cómodamente en primera clase y 40 en segunda. Medía 47 metros de eslora, con tonelaje neto de 191, y su calado era de tan solo 1,15, por lo que podía desplazarse aun con bajantes del río Uruguay. El vapor Montevideo tenía dimensiones más pequeñas y menor capacidad para albergar pasajeros, pero también era una nave confortable.

    

El primer presidente de la Compañía fue un argentino nacido en Entre Ríos: Mariano Cabal, y uno de los principales accionistas de la empresa fluvial fue el caudillo entrerriano Justo José de Urquiza. La novel empresa comenzó a realizar un servicio regular entre Montevideo, Salto y los puertos de la Confederación. El gobierno de Montevideo autorizó dichas travesías y concedió a los vapores los mismos privilegios de que gozaban los barcos brasileños y de navegación transatlántica. Esta gestión fue realizada con éxito por otro integrante del directorio: Leandro Gómez, el mismo que habría de inmortalizarse en la defensa de Paysandú.

En 1859, una decisión inconsulta de Mariano Cabal echó por tierra los intereses de la Compañía Salteña: los dos vapores de pasajeros le fueron entregados al general Urquiza para que éste, en hostilidades contra la provincia de Buenos Aires, los utilizara como transporte de guerra. La Compañía no pudo operar hasta el año siguiente y cuando recuperó los vapores estaban en precarias condiciones, pero con el trabajo de operarios locales fueron reparados satisfactoriamente y quedaron aptos para navegar.

Se le ofreció al estado una carrera fija de cuatro viajes mensuales entre Salto y Montevideo, con escalas en Concordia, Paysandú, Concepción del Uruguay, Fray Bentos, Nueva Palmira y hasta Rosario de Santa Fe, por el río Paraná. El gobierno oriental concedió una subvención de 1.000 patacones por los servicios postales nacionales e internacionales, que la empresa fluvial cumplía fielmente.

Los socios decidieron instalar en Salto sus propios astilleros para la construcción de nuevas embarcaciones, y en el año 1862 constituyeron la Nueva Compañía Salteña de Navegación a Vapor. Se convertían así en el primer emporio naval del litoral.

Ese mismo año mandaron construir en un astillero de Glasgow el vapor Villa del Salto (II?), con 82 camarotes en primera clase y 42 en segunda. Esta unidad podía desarrollar una velocidad de 16 nudos, pero un nuevo conflicto volvió a dejar a la empresa sin uno de sus barcos. Esta vez fue el gobierno oriental que tomó el Villa del Salto para combatir la revolución del general Venancio Flores. El vapor fue destruido en el curso de los enfrentamientos.

La Compañía obtuvo un préstamo del Banco de Londres por 13.000 libras esterlinas e inmediatamente envió a un técnico a los astilleros ingleses para supervisar la construcción del nuevo vapor Villa del Salto, de mayor capacidad que su homónimo destruido en los embates de la revolución. Mientras tanto, en Salto se comenzaba a armar el vapor a ruedas Solís, cuyo casco y máquinas habían sido construidos en Glasgow.

Otros vapores se armarían posteriormente en el astillero salteño: el Río Paraná, el Río de la Plata y el Uruguay. Cuando llegó de Inglaterra, el nuevo Villa del Salto alternó en viajes semanales con el vapor Río de la Plata; desde Montevideo partían los viernes y lunes, y desde Buenos Aires los sábados y martes hacia la ciudad de Salto. A pesar de su poderío, la Compañía Salteña no lograba afirmar una política comercial rentable, debido a divergencias entre los accionistas mayoritarios.

 Luego de la catástrofe del América, la Nueva Compañía Salteña de Navegación a Vapor vivió una época de gran prosperidad. En 1878 el directorio estaba presidido por Prudencio Quiroga, persona sumamente activa e inteligente, respetado comerciante salteño y padre del escritor Horacio Quiroga, cuyos emprendimientos se veían siempre coronados por el éxito. Era secundado con eficacia por Domingo Fernández, hombre de probada capacidad y honradez, que se complementaba con Quiroga en la administración de la empresa.

Al morir Prudencio Quiroga, la Compañía entró en una etapa de divergencias entre los integrantes del directorio. Con gran habilidad, Saturnino Ribes supo sacar provecho de la confusa situación. En 1879 adquirió la totalidad de las acciones de la empresa, liquidó inmediatamente sus actividades e impulsó, ya sin competencia, sus Mensajerías Fluviales a Vapor.

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