Historia y Arqueología Marítima

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CIAS. DE NAVEGACION RIOPLATENSES

COMERCIO Y NAVEGACIÓN EN LA ÉPOCA COLONIAL

Fuente: "La navegacion de los Rios en la Historia Argentina" - Clifton B. Kroeber - Paidos y The Univ. of Wisconsin Press c. 1960.


La primera expedición española que visitó el Río de la Plata fue la capitaneada por Juan Díaz de Solís, probablemente hacia 1516. Después, otros exploradores se detuvieron brevemente en el estuario, atraídos por los rumores que hablaban de ricas minas existentes en el interior del mismo. En 1535 el adelantado Pedro de Mendoza dirigió una expedición colonizadora, que se estableció en el lugar que ocupa hoy Buenos Aires. Sus hombres buscaban un acceso por el este al fabuloso imperio del Inca, que había sido invadido mientras tanto por Pizarro desde la costa del Pacífico. Mendoza murió y sus hombres se diseminaron, siendo los que quedaron de este grupo quienes fundaron en 1537, en Asunción, la primera colonia española permanente de dicha región.

Desde su avanzada en el Paraguay, este puñado de conquistadores soñó con descubrir las ricas minas del Perú y construir un imperio. Fracasaron en su intento, pero la población de Asunción, bien ubicada en la región de los pacíficos guaraníes, se transformó en el centro de la primera colonización de la zona del Plata. Durante casi cien años, esta madre de ciudades envió colonizadores que, viajando a lo largo de ríos, fundaron poblaciones en lugares clave, asegurando a España el dominio sobre toda la región costera. Cuando en 1580 la naciente generación de mestizos de Asunción fundó por segunda vez Buenos Aires, octava población en la zona del sistema del Plata, quedó en poder de España el núcleo de una nueva área colonial, unificada por comunicaciones fluviales. Asunción fue el asiento del gobierno y la Iglesia, y de las ocho ciudades sólo Buenos Aires estaba cerca del mar.

La corona española perdió pronto su interés por esta tierra vacía, que carecía de ricas minas y de imperios indígenas. Los pobladores vivían una existencia alerta en la frontera con los indios, y aprendieron a adaptar los barcos españoles para viajar por las rutas fluviales. Sólo unos pocos colonizadores se internaron en la región durante el siglo XVII, y fueron fundadas nuevas poblaciones, especialmente por los jesuítas, que estaban muy activos a partir ya de 1590, desde Asunción, rumbo al nordeste.

Antes de 1620 se instalaron en su propia reserva misionera, la provincia jesuíta del Guayrá, que se extendía entonces, a través del alto Paraná, en lo que hoy es Brasil. Después de 1630, las frecuentes correrías de traficantes de esclavos brasileños obligaron a los jesuítas a trasladarse más hacia el sur, instalando nuevas misiones a lo largo del río Uruguay superior y Paraná medio. Los pobladores civiles de otras partes de la región se nuclearon alrededor de las pequeñas aldeas españolas, para defender sus manadas de vacunos y caballos, en constante aumento, de los ataques de los indios. Sin embargo, las nuevas poblaciones a lo largo del río Uruguay inferior no prosperaron, al par que su comercio con Europa era muy limitado.

Estos colonizadores miraban hacia las poblaciones andinas del Perú español y del Alto Perú como su única fuente para el comercio legal. Tucumán (1565) y Santa Fe (1563) eran las principales ciudades en la ruta que bajaba desde los imponentes Andes, camino que luego se hizo más seguro con la fundación de Córdoba (1573), Salta (1582) y Jujuy (1594). Por esta ruta la región del Plata abastecía a los centros mineros de la cordillera y del Perú de muías y otros muchos artículos. Otro camino conducía a Chile a través de la pampa. Estas dos fueron las rutas más transitadas en la región del Plata, hasta comienzos del siglo XIX.

Posteriormente, el avance de los portugueses desde las costas del Brasil rumbo al occidente, bloqueó la expansión española desde el Paraguay hacia el norte y nordeste. En los primeros tiempos de Asunción, los portugueses efectuaban correrías por la región en busca de esclavos indígenas (1), lo que trajo como consecuencia la ya mencionada destrucción de las misiones jesuíticas del antiguo Guayrá (2). La parte este de lo que es hoy el Paraguay estaba despoblada, y las incursiones de los paulistas cruzaban a menudo esta zona hasta aproximarse a las poblaciones españolas establecidas sobre el río Paraguay superior (3). Hacia 1680 las bandas guerreras de portugueses-brasileños se instalaron temporariamente en el Paraguay, al norte de la frontera española, con la intención de impedir la futura expansión de España en lo que actualmente es Matto Grosso (4).

 Las pocas misiones españolas del norte del Paraguay no pudieron servir como núcleos de exploración y colonización para ensanchar las fronteras, y, en consecuencia, cien años más tarde los brasileños ocuparon efectivamente el Matto Grosso. Su presencia imposibilitó a los españoles el uso de una ruta poco frecuentada, que conducía al Perú remontando el río Paraguay para atravesar luego hacia el oeste las antiguas provincias de Mojos y Chiquitos. Sin embargo, aún en las postrimerías de la Colonia, no habían colonizado los españoles esta ruta directa, por agua y por tierra, al Perú (5).

Mientras tanto, los portugueses avanzaban desde San Pablo hacia el sudoeste, hasta el mismo Río de la Plata. En 1658 un brasileño solicitó una concesión real para control (doagáo) de tierras, que incluía la isla de Santa Catalina y la costa que se extendía hacia el sur hasta el estuario del Plata. En 1676 fue otorgada dicha concesión, extendiéndosela hasta el cabo de Santa María, en la desembocadura del Río de la Plata. Dos años más tarde se le confirió a Mancel Lobo autoridad sobre toda el área sur del Brasil, y se le ordenó que instalara una población en la margen norte del estuario. Lobo fundó entonces, a principios de 1680, la Colonia del Sacramento, pequeño puesto fortificado al frente mismo de Buenos Aires (6). Desde entonces, los portugueses de Colonia se dedicaron a mantener un próspero comercio ilegal con las colonias españolas, valiéndose de naves propias y extranjeras. Muchas veces capturó España este diminuto fuerte, que siempre era luego restituido a Portugal por algún tratado. Por último, a fines del siglo xviii, se apoderó de él definitivamente.

En 1703 los portugueses descubrieron una cómoda ruta terrestre entre la Banda Oriental y el sur del Brasil, a través de la despoblada campaña que rodeaba las lagunas de Castillo y Merín. Pronto comenzaron los brasileños a viajar por tierra desde Río Grande a Colonia. Este creciente peligro que amenazaba los derechos de España sobre la margen norte del Plata movió a la Corona a instalar entre Colonia y el mar una nueva población, Montevideo, en 1726.

Hacia fines del siglo XVIII, Portugal tenía en su poder las fuentes del río Paraguay, el alto Paraná y el alto Uruguay, y ocupaba un largo arco de puestos fronterizos que unía el río Uruguay superior con la costa marítima cercana a la desembocadura del estuario. Pero España era incapaz de impedir el contrabando que por tierra y por agua realizaban los brasileños, aunque utilizara patrullas en la Laguna Merín o enviara escuadrones de jinetes para batir el interior.

Los portugueses avanzaron aun más durante la última parte del siglo, y la caída del puesto de Santa Tecla en su poder, en1776, fue de importancia crucial para asegurarse el control de la mejor ruta terrestre desde sus poblaciones en el Uruguay superior hasta la costa marítima, cerca de Maldonado y Río Grande.

Los españoles sólo pudieron oponer unas escasas e ineficaces fuerzas militares y navales a este avance de los portugueses hacia el interior, al norte y hacia el frente oriental de la región del Plata. La armada española tenía en Montevideo una guarnición y un arsenal para defender el estuario de contrabandistas y ataques navales; pero rara vez había allí apostados buques de guerra. Estos eran enviados desde España para las principales operaciones navales, como cuando en 1776 la flota española luchó con la armada portuguesa que iba camino a Colonia, y la hizo retroceder (7). En vista de la falta de fondos para la defensa naval (8), los barcos provistos de armas eran reunidos sólo en casos de emergencia, ocasión en que se arrendaban y armaban pequeñas embarcaciones de río y puertos (9), y se ponía en servicio a corsarios (10). Todavía hasta después de 1800 las autoridades españolas dependían de las livianas embarcaciones de río como su principal fuerza naval en el estuario.

Durante la guerra con Inglaterra, después de 1796, no hubo nunca en el estuario buques de guerra suficientes para emplearse en la defensa local, ni para ir como convoyes a España (11). Montevideo era la única plaza fuerte de la región y tenía una guarnición sólo simbólica. En conjunto, las defensas españolas en la región del Río de la Plata no eran en 1800 mucho más fuertes que lo que habían sido dos centurias antes. La población de la zona era demasiado reducida como para formar una milicia regular. No obstante no había disminuido el peligro de los indios (12), los puestos portugueses estaban cerca de los centros españoles y era más inminente que antes la amenaza de una invasión extranjera.


POBLACIONES; EL COMERCIO Y SU REGLAMENTACIÓN DURANTE EL ULTIMO PERIODO DE LA COLONIA

A lo largo del siglo XVII y la mayor parte del XVIII, las poblaciones del interior estaban tan diseminadas y distanciadas entre sí, que hubo escaso desarrollo de centros comerciales en estas zonas, exceptuando los que estaban situados sobre los ríos. La mayoría de las ciudades habían sido fundadas como puertos fluviales, a lo largo de una frontera que se sostuvo en continuos combates antes de que los indios fueran sometidos y los blancos ocuparan el interior del país. Estas poblaciones se establecieron sobre los ríos, como para facilitar las retiradas y el envío de refuerzos. Puertos propiamente dichos no fueron fundados hasta el siglo XVIII o más tarde todavía.

Los españoles supieron encontrar pronto los mejores sitios naturales para operar con las embarcaciones en el estuario. En la margen del sur, los primeros colonizadores eligieron el lugar de Buenos Aires a causa de la elevación de tierra que había por detrás de la desembocadura de un riachuelo. En años posteriores, fundaron Ensenada, por ser el mejor fondeadero de la costa. La mayor parte de las desembocaduras de pequeños ríos en ía margen norte de] estuario eran demasiado bajas como para recibir barcos de ultramar, pero sí era accesible la bahía de Montevideo, y Maldonado ofrecía refugio seguro contra los vientos.

Las playas del delta del Paraná permitían un fácil desembarco, pero había muy poca necesidad de puertos en esta despoblada parte del país. Pocas poblaciones aparecieron durante el siglo XVII, reducidas villas ribereñas como Concepción del Uruguay (1619), y Rosario, en el Paraná (1689). Las poblaciones nuevas, más al norte de Rosario, en la pampa septentrional, habitada por indios belicosos, no sobrevivieron. Los colonizadores penetraron en las apartadas tierras, algo más pacíficas, de Corrientes y Entre Ríos, y a principos del siglo XVIII los gobernantes de Buenos Aires fomentaron allí la instalación de pequeños centros junto al río, como Paraná (1730).

A mediados del siglo XVIII, los centros comerciales de importancia eran todavía los situados sobre los ríos. Asunción, Corrientes y Candelaria abastecían al Paraguay y Paraná superiores. Santa Fe era el punto terminal más importante para las tropas de carretas que transportaban los productos de los Andes desde Tucumán y Córdoba, mientras Paraná mantenía algún comercio con el oeste de Entre Ríos.

Rosario, más abajo, junto al Paraná, era un minúsculo caserío, sin zonas productivas en sus alrededores. Buenos Aires recibía cargamentos por las dos rutas terrestres, como también de los puertos del río Paraná. Muchos de estos productos eran transportados en pequeñas embarcaciones desde Buenos Aires hasta Montevideo, donde anclaban casi todos los buques de ultramar (13).

La vida económica de la región del Plata fue regulada durante largo tiempo por los cabildos. Estos recaudaron impuestos sobre ciertas mercancías que se traían a las ciudades, adquirieron especiales privilegios fiscales sobre el comercio fluvial (14) y controlaron la concesión de permisos para la tala de montes y para la matanza de ganado cimarrón (vaquería). Mientras el número de habitantes fue reducido y disperso, y la industria local se limitó casi por entero a la cría de ganado, hubo escaso tráfico por los ríos. Las poblaciones del estuario eran tan pequeñas y su desarrollo tan lento, que la falta de recursos tales como piedra y madera no fue formalmente experimentada(15).

En 1617 la división de la región en dos gobernaciones civiles unificadas, la de Paraguay y la de Buenos Aires, provocó una creciente influencia de la burocracia y una mayor regulación del comercio. Con el tiempo el poder militar y económico pasó de los cabildos a los funcionarios de la corona establecidos en Asunción y Buenos Aires. Algunos de los impuestos municipales cayeron en desuso y los cabildos dejaron de legislar sobre sus distritos. Sólo a fines de siglo XVIII, con el crecimiento y liberalización del comercio, recuperaron las ciudades su papel de órganos de expresión de los intereses económicos locales. Mientras tanto los funcionarios reales controlaron el uso de los recursos y trataron de poner en vigencia un sistema de restricciones para el comercio del Plata.

Los artículos de exportación de más provecho en esta región eran los cueros y la plata traída de contrabando del Alto Perú. Desde comienzos del siglo XVII, la política real procuró desalentar la comercialización de estas mercaderías. El objetivo de la corona era obligar al pago de derechos aduaneros y canalizar el comercio legal con España, de modo tal que se estimulara a algunas de las colonias y se las protegiera de las invasiones y el contrabando del exterior. La política de España para la parte meridional del continente sudamericano fue elaborada teniendo como punto de mira el Alto Perú y sus riquezas mineras. Así, sólo se previo un desarrollo mínimo del comercio de España con la región del Plata.

Se consideró que no era prudente permitir al Río de la Plata establecer un extenso tráfico, que con el tiempo vincularía el Alto Perú con países extranjeros, y de este modo produciría la evasión de la plata fuera de España. Hacia el siglo XVII, España barruntaba ya que otras naciones intentarían tomarle la delantera en su intercambio con las colonias, que consistía en comprar sus productos y abastecerlas de otros artículos; por esta causa, ella intentaba impedir contactos foráneos con sus colonias americanas.

 A las colonias del Plata se las estimulaba para que comerciaran con el Alto Perú tan sólo aquellos productos que eran necesarios para las minas. Ganado y mulas de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe integraban casi el total de lo que se exportaba legalmente desde la región del río hasta los Andes. También fue autorizada la exportación de la yerba mate, que sólo podía obtenerse en la región del Plata, y se transformó en un importante rubro del tráfico con Perú y Chile.

Para limitar la cantidad de plata que se evadía del Alto Perú hacia el Plata, y de este modo hacia manos de extraños, la corona estableció, en 1622, la aduana seca de Córdoba, aduana interna, con los acostumbrados aranceles elevados y lista de productos prohibidos y, poco tiempo después, una ordenanza real prohibió el envío al Plata de moneda acuñada en las provincias andinas. Más tarde, la corona autorizó el tráfico hacia el este de pequeñas cantidades de plata acuñada y en barras, a fin de asegurar a los comerciantes del Plata la provisión de una mercancía que podían traer desde el Alto Perú.

En 1661 fue establecida la audiencia de Buenos Aires, para hacer aun más difícil el tráfico de contrabando desde el Alto Perú. Pero este intento fracasó y la aduana interior fue trasladada más lejos hacia el norte, a Jujuy (1695), porque allí, en esas angostas fragosidades, sería mucho más arduo para los traficantes evadir las barreras aduaneras. El puerto de Buenos Aires permanecía cerrado a todo comercio regular y directo con Europa.

La primera ruptura en este sistema español de comercio se produjo en 1716, o tal vez antes, cuando España comenzó a autorizar un reducido intercambio con la metrópoli en navios de registro, que navegaran solos, sin convoy. Este tráfico fue en aumento, especialmente cuando pudieron ser organizados convoyes navales para grupos de navios de registro; no obstante, los habitantes de las colonias seguían descontentos e insatisfechos con tales limitaciones comerciales. El contrabando continuaba en aumento, y creció más todavía a través del tráfico de esclavos desarrollado por Inglaterra en el Río de la Plata, después del Tratado de Utrecht, en 1713.

Hacia 1776, al crearse el Virreinato del Río de la Plata y anunciarse una política comercial más liberal, era ya más activa la navegación por los ríos. Paraguay y Corrientes enviaban yerba mate (16), azúcar (17), tabaco, lana, algodón, sogas y cueros hacia el estuario; las naranjas paraguayas y correntinas se hicieron famosas. La mejor zona para el cultivo de la yerba era la de la parte norte de la región fluvial, y su uso pronto se extendió a través de la pampa, hasta el otro lado de los Andes (18). El tabaco paraguayo gozó de una demanda regular hasta fines del siglo XVIII, cuando su mercado local se redujo como consecuencia del monopolio estatal y la competencia del tabaco negro brasileño (19). También había en las poblaciones del estuario una constante demanda de madera. Esta era enviada por lo general desde el norte, y muchas veces desde España, hasta la región del plata (20).

Mucho del movimiento río abajo de mercancías estaba en manos de los jesuítas y sus indios, como parte del intercambio que se hacía entre sus misiones y otras poblaciones del Perú, Chile, Tucumán y Río de la Plata. Los jesuítas habían establecido, en sus misiones del Paraguay, una poderosa organización económica que poseía sus propias herramientas, equipos y medios de transporte, y que significaba gran cantidad de tierras y trabajo (21). El "comercio" fluvial de los jesuítas era ejercido en beneficio de las misiones indígenas, con la consiguiente ventaja de exención de impuestos y derechos. Se ha dicho que los jesuítas monopolizaron la yerba mate de mejor calidad; al menos hicieron mucho para mejorar su cultivo.

La orden tenía permiso real para mantener una flota mercante en los ríos (22), y poseía importantes puntos de traspaso y tierras con ganado cerca de Paraná, en Santa Fe, Tucumán, Buenos Aires, y en la costa norte del estuario (23). Además de los productos comunes del Paraguay, los jesuítas  remitían muebles y adornos fabricados en sus misiones, y ganado de sus tierras en la pampa; y recibían, en cambio, ropas de Chile, vino de Córdoba, mercaderías españolas del puerto de Buenos Aires y productos diversos del Brasil.

En épocas ordinarias los padres de Santa Fe registraron elevados ingresos mensuales de cientos de pesos (24). La flota fluvial estaba compuesta por tres barcos de buen tamaño, como mínimo, y un sinnúmero de embarcaciones más pequeñas que operaban en el Paraná-Paraguay, y flotillas de canoas en el alto Paraná (25). Los comerciantes laicos tenían celos de las ventajas de sus competidores jesuítas; pero en verdad tenían muy poco que criticar sobre su sistema. Los jesuítas, establecidos en las remotas tierras del Paraguay, habían resuelto el problema del acceso a los mercados, que era lo que trababa a todas aquellas desoladas colonias, manteniendo sus propios medios de transporte por río. Lejos de todo centro civilizado, las misiones guaraníticas no hubieran podido prosperar como lo hicieron, sin su sistema de transporte fluvial.

Los jesuítas no controlaron sino una parte del complejo tráfico fluvial que existió en la región española del Plata desde mucho antes de la creación del Virreinato, en 1776. En ese tiempo muchas clases de productos animales eran accesibles para el comercio exterior, desde las cercanías de Buenos Aires, y desde puntos distantes como Santa Fe y Paraná. Había una constante demanda de cueros y sebo en Buenos Aires y Montevideo, y el tasajo  se estaba convirtiendo en un importante renglón de exportación (20). Todos estos artículos, de bajo valor unitario, hallaron una fácil demanda en el comercio tanto legal como de contrabando.

No se ha relatado nunca correctamente la historia del contrabando en la región del Plata. Casi todos los productos locales fueron, en un tiempo u otro, comerciados ilegalmente, ya fuera porque la exportación no estaba permitida, ya porque los impuestos aduaneros eran demasiado altos. Con toda probabilidad, la mayor parte de las ciudades a lo largo del estuario y próximas a la frontera brasileña participaban en el contrabando, como muchas lo hacen todavía en nuestros días. En los registros de la Banda Oriental del siglo XVIII, la persecución y arresto de contrabandistas es un tema que aparece con harta frecuencia. Colonia fue un famoso puerto de contrabando, y desde las tierras del litoral argentino y desde la Banda Oriental hacia el sur del Brasil había un continuo tráfico ilícito de caballos y vacunos (27). Los barcos ingleses usaron de su privilegio de asiento, después de 1713, no sólo para traer esclavos negros, sino también para ejercer un extenso comercio ilegal en la región del Plata.

Después del fracaso de sus dos expediciones navales al Río de la Plata, en 1806 y 1807, el gobierno inglés concertó con Portugal la autorización para importar artículos a través de Santa Catalina, o algún otro sitio conveniente, al estuario del Plata (28). Los materiales para dicho comercio eran llevados hasta las pulperías, tiendas rurales, donde el tendero oficiaba de mediador. En Buenos Aires, los almacenes de tabaco, en los aledaños de la ciudad, servían como depósitos para el contrabando de cueros (29).

La aplicación de la ley era casi imposible en el largo eje fluvial del Paraná y Paraguay. La costa que se alarga hacia el norte, hasta Corrientes, limitada en casi toda su extensión por pantanos, y sus islas, eran en esa época refugio seguro para los contrabandistas. Los oficiales de aduana, montados a caballo, ejercían escaso control sobre la zona ribereña, y todo lo que podían hacer era registrar y verificar cargamentos y declaraciones cuando los barcos arribaban o zarpaban (30). A fines del período colonial se utilizaron lanchas de patrulla en los ríos y en la laguna Merín (31). Por ese tiempo, el comercio clandestino alcanzaba nuevos y altos niveles de actividad, así como también el vigoroso comercio legal permitido por la política española después de 1776.


NOTAS

1 Relación breve... de Domingo Martínez de Irala, probablemente en Asunción, 1557, en AC, II, pág. 195; y Relación de las cosas que han pasado en el Río de la Plata.. . por Diego Telles de Escobar, 1546, ibid., pág. 77. En 1621, el teniente gobernador Juan Barba de Ciñasco informó que había hecho volver una expedición comercial brasileña de gran envergadura que se dirigía hacia el Perú: en ANP, tomo 17, n<? 1.

2 Véase Herbert Raffeld, The Jesuit Missions of Guayrá, 1588-1633. Manuscritos, Master of Arts, Univ. de California, Berkeley, 1947.

3 Affonso de E. Taunay, Historia Geral das Bandeiras Paulistas, . ., IV, págs. 83 y sigs.

4 Ibid., pág. 218.

5 R. Antonio Ramos, El Paraguay y el Brasil durante la dictadura de Francia, pág. 6.

6 Jonathas da Costa Regó Monteiro, A Colonia do Sacramento, 1680-1777, I, págs. 35-48.

7 Memoria del virrey Juan José de Vértiz y Salcedo, Buenos Aires, 12 de junio de 1784, en MV, págs. 85-86, 88-89, 143-44.

8 Carta del gobernador José Joaquín de Viana, Montevideo, 8 de mayo de 1751, y documentos en CFE, vol. 1748-53; su carta al Rey, 31 de octubre de 1760, ibid. En 1776 había sólo Una embarcación armada en Montevideo y nada más; AGNU, AGA, caja 55, carpeta 7.

9 La fuerza naval más importante de Colonia estaba, evidentemente, constituida por lanchas: véanse las notas en CFE, vols. 1685-1805, 1748-53, 1748-80; y Regó Mon-teiro, Colonia, I, pág. 119.

10 Había tres corsarios en el estuario en 1743; el gobernador Viana tenía, en 1754, dos barcos ocupados en dicha tarea: su carta al rey, Buenos Aires, 24 de enero de 1754, y a Julián de Arriaga, Montevideo, 8 de diciembre de 1755, en CFE, vol. 1748-53. En 1768 fueron puestos en servicio otros, y Guillermo Céspedes del Castillo, "Lima y Buenos Aires, repercusiones económicas y políticas de la creación del virreinato del Plata", Anuario de estudios americanos, III, 1946, pág. 102, distingue diez durante la década de 1760.

11 Consulado de Buenos Aires a su delegado en Montevideo, Buenos Aires, 12 de agosto de 1797, en MHNU, CC, Legajo 1794-97. En correspondencia adjunta se menciona una ordenanza real de mayo de 1797, que prohibía los convoyes del Plata hacia España a causa de los peligros navales cerca de la costa de España.

12 Memoria del gobernador Agustín Fernando de Pinedo dirigida al rey, Asunción, 29 de julio de 1777, ANP, tomo 142, n« 1.

13 Algunos se dirigían a Maldonado: véase gobernador Viana al rey, Montevideo, 6 de diciembre de 1755, CFE, vol. 1685-1805; e informes sobre un muelle construido allí en 1778, en gobernador Vértiz al virrey Pedro de Cevallos, Montevideo, 19 de marzo de 1778, ibid.

14 Juan Alvarez, Historia de Rosario, págs. 82-84, expone los convenios sobre puerto preciso, en Santa Fe.

15 Ricardo Levene, Investigaciones acerca de la historia económica del Virreinato del Plata, I, pág. 206, y Regó Monteiro, Colonia, I, pág. 63, que utiliza cartas a partir de 1694.

16 La yerba mate era a menudo utilizada como moneda en el Paraguay; véase el Libro R1 común gral. de R1 Hazda-..., 1781-84, en ANP, donde su valor era 3,5 reales el peso hueco en 1781.

1T El azúcar se cultivaba en el Paraguay desde la década de 1550, tal vez antes: Oficiales Reales al rey, Asunción, junio, 1556, en AC, II, pág. 190. Para ulteriores menciones, véanse Juan Vázquez de Agüero al Consejo de Indias, Madrid, 7 de octubre de 1735, en CFE, vol. 1748-80; y Gob. Pinedo al rey, Asunción, 29 de enero de 1777, ANP; tomo 142, n» 4.

18 La yerba se vendía como Caaminí (las hojas solas) y de palos (incluidos los tallos), siendo la primera de un valor dos o tres veces mayor. El tabaco se vendía en hojas, como cigarro, o en polvo. Se vendía lino (fino, mediano y grueso). Los cueros eran vendidos en forma de garra y redonda, como en la zona del estuario; véanse declaraciones de embarque en los registros de la real escribanía del Paraguay, 1796-98, ANP, tomo 177, n9 2; y Francisco Millau y Maraval, Descripción de la provincia del Río de la ■Plata.. ., págs. 132-133.

19 Véase la memoria de 1777 del Gob. Pinedo {supra, nota 17), y MV, págs. 331, 333, 337-38 y sigs. Sin duda que el contrabando tuvo su parte en esto.

20 Sobre la madera enviada desde España para el fuerte de Montevideo, se informa en Antonio Palomino a Manuel Fernández Montevideo, 20 de agosto de 1778, CFE, vol. 1748-80.

21 Blas Garay, Tres ensayos sobre historia del Paraguay, págs. 134, 164-65, 190.

22 Jbid., págs. 158-59, en que se cita una autorización de la Corona para "comerciar en yerba mate", y una cédula de 1679 restringiendo la exportación de ese producto desde las misiones a 12.000 arrobas por año.

23 Informe de Vázquez de Agüero, citado precedentemente en nota 17.

24 Libro de entradas y salidas del Colegio de la Compañía de Jesús de Santa Fe y sus dependencias durante los años 1707 a 1748. .., ASF, Contaduría, libro 6, legajo 1, entradas de 1715-21. Véase también Garay, Ensayos, págs. 151, 165-166, 184; y una ordenanza del Gob. José de Avalos y Mendoza sobre la navegación de los jesuítas y el empleo de indios para esto [Asunción, ¿1704?], ANP, tomo 76, n9 7; asimismo, el Testimonio, citado en nota 25, abajo.

23 Testimonio de R1 Provn- y autos obrados sobre comercio y embarcaciones y otras materias referentes a los jesuitas... [desde 11 de agosto de 1707 hasta la década de 1740], Asunción, ANP, tomo 116, n? 4; y Gob. Viana al Rey, Buenos Aires, 24 de enero de 1754, CFE, vol. 1748-53.

26 Memorias de los virreyes Nicolás de Arredondo y marqués de Loreto, en MV, págs. 392 y 241-42.

27 Carta del Gob. Viana, Montevideo, 9 de mayo de 1751, CFE, vol. 1748-53; y Francisco L. Menegazzi, Efectos económicos del contrabando.. ., págs. 8-12, 66, 69.
2» Ihid., pág. 12.

29 Memorias de los virreyes Vértiz y Loreto, MV, págs. 118-21, 260-61.

30 En la memoria del virrey Arredondo se considera el problema, ibid., pág. 475, y se destaca especialmente el tráfico ilegal del tabaco río abajo del Paraná.
31 Ibid., págs. 388, 475, 477-78, hace referencia a las lanchas estacionadas en los pasos cercanos a la confluencia del Paraná y Paraguay, y en la Laguna Merín. Una ordenanza real del 8 de julio de 1792 prohibió dichas patrullas, pero el virrey no acató lo dispuesto.
 

 

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