Historia y Arqueología Marítima

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Indice Informacion General 

EN BALSA DE IGUAZÚ A BUENOS AIRES (3)

Por Oscar Fernandez Real

Introduccion

Cap. 1 Tomar el tren de carga. Linyera con Cruz de Hierro. Personajes de John Dos Passos. Cap. 2: El último hidroavión. Espejitos para los indios. Un loco como acompañante. Hidro con historia de bombas Cap 3. Perseguidos por un Winco. Anclados en Posadas . A sopa y soda. Cap. 4 - Polizones de cubierta. Cortina de agua. Dos estibadores pagan su pasaje. Los locos de la jangada.
Cap. 5-Astillero bajo la lluvia. Secreto de todo un pueblo. Vino y cerveza para la democracia... Cap. 6- Fuga en un submarino de troncos. Enfrentar el toro a la hora dos.  La temida trampa que devora jangadas... Cap. 7 - ¿Nos rondó un yaguareté? Nuestra primera pelea.  Moscas, mosquitos y hormigas carniceras... Cap. 8 - Tiros y persecución en la selva. La noche del terror. “Acá hubiera estado nuestra tumba”...
Cap. 9 - Zafamos de chocar con grandes barcos. La elegancia sirve para algo. Vientos,  tormentas y más tiros. Cap.10 - Los yacarés no son leña. Experiencias del Corsario Negro. Pelea con un cuchillo como testigo Cap. 11-  Apreso una víbora y me creen un brujo. Nos metemos en un desvío desconocido siguiendo por Esquina una fantasía. Cap.12 - Alcanzamos el Paraná Inferior y no ganamos para sustos. Las luces de Rosario. El fin del “Tortuga”

Perseguidos por un Winco. Frank Sinatra en Castelar. Anclados en Posadas. ¿Buscados por la policía?  Cantar “Por que es un buen compañero, por que es un buen compañero…¡y nadie lo puede negar!” Anclaos en París (¿o en Posadas?). Haciendo dedo en el río. Primera noche a bordo.

 (Del cuaderno de viaje:  lunes 9 de enero de 1956)

Al abrirse la puerta de aluminio del hidroavión, una ola sofocante de calor nos abrumó. El muelle es una bonita construcción, con techo de tejas y algunas grúas que sobresalen sobre palmeras. A la izquierda una usina eléctrica ensucia el panorama y la avenida de acceso es una calle polvorienta y llena de baches, sin veredas ni sombra  (de mi cuaderno de viaje).

Apenas desembarcados en Posadas ya tuvimos la primera crisis con mi compañero Juan Carlos, “Toto” . Con su mejor sonrisa –ojos parpadeantes de chico que teme un castigo inminente—me informó: “Me vine sin nada de dinero”.

Habíamos quedado en que así como yo me ocupé de la primera etapa (el viaje desde Buenos Aires hasta Posadas en el gran hidro Sunderland) él se encargaría de los pasajes de ómnibus para proseguir el viaje hasta Iguazú,.Pero ahora estábamos inmovilizados, gracias a su irresponsabilidad.. Ese mediodía caluroso yo contaba con una reducida reserva de dinero para pagarnos comida y uno o dos días de un alojamiento económico, pero eso no serviría para desplazarnos más allá de la capital provincial. No había alcanzado a enojarme por lo que consideré su grave falta de palabra, cuando mi compañero agregó, con su linda cara de nene travieso: “Lo peor es que me busca la policía”.

Con esto explicaba por qué se había negado a concurrir a la Prefectura para indagar sobre la llegada del paquete con elementos de camping, envío  que yo había despachado  por el ferrocarril con ese destino En esta encomienda (que llegó a Posadas recién ocho días después) venían borceguíes, una cocinita de querosén (que nunca pudimos hacer funcionar), una vieja escopeta que no podía disparar y una carabina calibre 22 con cuatro balitas, más algo de ropa y mínimos accesorios personales.

Por esta demora solamente teníamos con nosotros algunas pocas prendas para vestir y una especie de dos fundas de lona liviana que utilizaríamos como bolsas para dormir. Sólo con este pobre equipo contaríamos para llegar a Iguazú y después navegar aguas abajo de regreso a la capital misionera..    . 

¿Por qué Toto suponía que lo buscaba la policía de todo el país?

 Frank Sinatra en Castelar

Seis meses atrás mi amigo había comenzado a concretar uno de sus sueños, al asociarse con cuatro o cinco camaradas de café para instalar una especie de club nocturno en Castelar. Toto  deliraba  con  imitar a Frank Sinatra en su éxito con mujeres de la noche, conquistándolas para luego menospreciarlas mientras se paseaba entre las mesas de su club, fumando con displicencia y portando sobre su hombro un pequeño monito o papagayo como mascota.

 

      El simpático Frank, ídolo de Toto

 Por cierto, el “nightclub” era apenas un galpón pintado interiormente de negro, para disimular su deteriorado revestimiento y el equipo de música se limitaba a un pasadiscos Wincofon con dos parlantes. Según mi amigo, él había acordado realizar la pintura e instalación eléctrica como parte de su asociación, pero al no lograrse éxito tras la habilitación del boliche – y al querer recuperar su dinero para participar en mi expedición—resolvió llevarse el tocadiscos como pago. Entonces hubo discusiones porque sus socios no estaban de acuerdo con este arreglo, y una mañana, en un descuido Toto se llevó el Winco para intentar venderlo, lo que no consiguió. Pero sí alcanzó a enterarse que uno de sus ex socios supuestamente lo había denunciado a la policía.

De allí su paranoia –que llegó a contagiarme también a mí – por lo que apenas veía un uniforme trataba de ocultarse para evitar la eventual y absurda posibilidad de su arresto. Después supimos que NO existían fotografías suyas con pedido de captura en todas las comisarías del país. El valor de un Winco no lo justificaba.      

Anclados en Posadas

Dominando mis aprensiones me presenté en la oficina de la Prefectura cercana al puerto, donde mostré una carta del rector de la escuela de periodismo que explicaba los motivos de mi viaje y a la que acompañaba un sellado del Prefecto General con sede en Buenos Aires. Expliqué que próximamente llegaría allí la encomienda despachada en la Capital Federal con elementos necesarios para nuestra expedición y recabé informaciones sobre las posibilidades que teníamos de proseguir viaje aguas arriba.

 

 Plano de Posadas (del ACA). Paramos en el puerto (sobre la costa, en el centro). Entonces no estaba el puente hacia Encarnación.

En la sofocante hora de la siesta todo estaba paralizado en la zona portuaria, con sus callejones de ripio colorado y casuchas armadas con tablones pintados en vivos colores. Sin nada que hacer, lo seguí a Toto en una andanza por la ancha playa de pasto frente a la cual había muchos botes amarrados a boyas o atados entre sí. Entonces se le ocurrió abordar una gran canoa sin dueño a la vista que tenía hasta dos remos cruzados entre sus bordas. Con total irresponsabilidad, la tomamos “prestada” y nos lanzamos a recorrer la ribera, bajo el sol ardiente.

De pronto, advertimos que una gran embarcación se nos venía encima y a duras penas logramos desviarnos. En realidad, este barco estaba anclado y éramos nosotros los que éramos arrastrados por la fuerte correntada, a la que no habíamos apreciado. Para empeorar la cosa, a mi amigo se le ocurrió dar una zambullida para refrescarse. Y como yo me había sujetado a la cadena del ancla del buque, pese a mis advertencias, Toto resultaba llevado por el agua sin que pudiera superar con sus brazadas a la violenta corriente. Finalmente, me solté para alcanzarlo dando remadas a todo lo que podía.

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Toto en peligro de ahogarse, mientras yo trato de sujetarme a la cadena de un ancla

Este incidente me hizo ver otro aspecto de la personalidad de mi compañero, que se metía en problemas sin medir sus consecuencias. También, en apariencia me dejaba a cargo de esos problemas para después pasarme la factura de sus críticas.

Esa noche maldormimos en una humilde pensión situada en la Bajada Vieja cuyo piso y paredes de tablones parecían retener el calor diurno. Ese lugar era el histórico sitio por donde décadas atrás descendían a la playa de pasto los “mensú” o jornaleros que contrataban con rigurosos términos los obrajes situados en la selva remota.

Al otro día y con algo de preocupación, comencé a gestionar alguna manera de viajar aguas arriba, con una empresa de camiones o  algún viajante de comercio que tuviera       auto, pero las personas que contactamos no llegaban hasta Iguazú y se quedaban en alguno de los pueblos intermedios...

Por mediación de uno de los suboficiales nos enteramos de un barco que zarparía al otro día a primera hora. Hablamos con el patrón –título que equivale a capitán en las flotas fluviales--  y nos dijo que podríamos ir en su nave, la barcaza 874,  como “pasajeros de cubierta” y pagándonos la comida, a razón de 10,50 pesos por cabeza cada día, calculando que en tres jornadas arribaríamos a Puerto Iguazú. Eso de “pasajeros” era un eufemismo, ya que deberíamos dormir sobre el piso y en cualquier rincón, pero para nosotros era una gran solución ya que con 63 pesos nos trasladaríamos por un costo mucho más barato que el ómnibus (nos hubiera costado 180 pesos el mismo recorrido y en dos días, a lo que debiéramos sumar las comidas) y nuestros recursos totales eran 110 pesos.

 A sopa y soda

Ese día nos aguantamos tomando un plato de sopa cada uno y una soda entre los dos, líquidos que ayudaron a tragar una canasta de muy pequeños panes. Intentamos pescar, pero no éramos muy duchos en esto, lo que tampoco era un buen augurio para lo sucesivo. Lo bueno fue que nos acostumbramos a tomar mate tereré, es decir amargo y con agua natural, sin calentar.

Ya anochecido, abordamos el barco silencioso y a oscuras, acomodándonos sobre la cubierta para asegurarnos una ubicación a la hora de zarpar. Al subir por una angosta planchada, el viejo marinero que estaba sentado en la borda, fumando despacioso, cuando vió que nos acomodábamos sobre la cubierta, en un rincón de la carga de cajones y bolsas, nos advirtió: “A eso de las tres de la madrugada va a llover”.

Una luna desmesurada parecía desmentirlo. Emocionados por esta primera noche de nuestra aventura nos quedamos mirando el cielo que era un espectáculo estelar.

 

 . Dormimos en cubierta, bajo una luna enorme, que apareció después de la tormenta

 (Del cuaderno de anotaciones).

Nos duelen los  estómagos, vacíos de alimentos y  para nada engañados por los mates. El mástil blanco de la nave se balancea suavemente entre las estrellas y nos vamos adormeciendo, bañados por la harina de la luna que acá en el trópico intenta rebatir  la densa negrura como un sol pálido. Alguien nos previno que no nos durmiéramos sin cubrirnos de la lumbre lunar, porque podríamos “alunarnos”, efecto que equivale a una insolación diurna.

Un estallido tremendo nos despertó al caer un rayo por algún lugar cercano. En el horizonte, sobre la lejana margen paraguaya, un festival de luces recortaba árboles y palmeras, en un estremecer que anticipa la tormenta. Miro el reloj: son las tres de la madrugada. Un ventarrón parece convocado por los relámpagos y  su ulular entre las jarcias se confunde con la sucesión de truenos.  De pronto, un chaparrón cae violentamente y nos hace correr a buscar refugio en la toldilla que prolonga la timonera hacia la popa. Pero a los pocos minutos, tan repentinamente como sobrevino, la tormenta dejó paso a una calma silenciosa que abre nuevamente el telón de nubes para dejarnos ver la plenitud de estrellas

 Oscar Fernandez Real

 (próxima nota: Polizones en una barcaza) 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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