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Polizones de cubierta. Cortina de agua. Dos
estibadores pagan su pasaje. Los locos de la jangada. Un bosque sin
madera. Balcón en las cataratas. Una araña nos dá de comer. Cumple con
empanadas y cerveza. Castigo y premio de frituras por una tormenta
tropical. Conociendo el Alto Paraná y a expertos que nos atemorizan.
Curso rápido de estibadores. Atravesando “pasos” difíciles con sus
temibles remolinos. Llegamos a Puerto Iguazú donde el río crece la
altura de un edificio de diez pisos. Desánimo y balance negro.
Polizones de cubierta
En las regiones tropicales
casi no hay crepúsculos. Estábamos en el puerto de Posadas, adonde
habíamos llegado el día anterior desde la Capital Federal y dormimos en
la cubierta de una barcaza que nos llevaría hasta Puerto Iguazú. No era
un transporte oficial, por lo que nos acomodaríamos (éramos polizones
tolerados) por la cubierta durante tres o cuatro días. Al amanecer nos
despertó el súbito movimiento de la tripulación, unos cuatro marineros
que acataban las órdenes del patrón de a bordo, poniendo en marcha los
motores diesel en el interior del casco y recogiendo las amarras para
zarpar hacia el lejano Norte.
(Anotaciones de mi
cuaderno de viaje) 10 de enero de 1956: .
El ronroneo acompasado de
los motores y una estela sobre el agua marrón nos empujan mientras
miramos con asombro cómo las anchas riberas comienzan a angostarse entre
altas barrancas selváticas. Desenrollo mis cartas de navegación y
aprendo a ubicarme –supervisado por el baqueano o práctico que asiste al
capitán en la pequeña timonera del barco-- tomando referencias de las
costas y aplicando una humilde brújula de plástico que compré en un
bazar.

El patrón (afuera en
camiseta) y el baqueano al timón. La foto de abajo muestra la cubierta
hacia atrás.


Dejando atrás Candelaria y
cruzando otra barcaza al remontar el Alto Paraná


Al llegar a la altura de
San Ignacio nos asombra el peñón de Punta Victoria, que tiene entre 170
a 200 metros de altura (casi tres Obeliscos colocados uno encima del
otro) y donde está el parque de Teyú Cuaré. También vivió allí el
escritor Horacio Quiroga.
A nuestra derecha
(“estribor”, me informa el experto) se levanta un gran acantilado de
roca rojiza que está coronado por árboles y palmeras. “Es la Punta
Victoria, porque el peñón parece formar el perfil de la reina inglesa,
bastante gorda y vieja”, sonríe al patrón. Al cruzar San Ignacio
recuerdo que por allí tenía su cabaña el escritor Horacio Quiroga.
Al anochecer se celebra una
pequeña fiesta a bordo, pues es el cumpleaños de un tripulante. Mientras
se encienden unas espectaculares estrellas, las empanadas que fritó el
cocinero son acompañadas por algunas cervezas y muchas bromas, que
casi no entendemos porque todos las dicen en guaraní, un idioma dulce e
incomprensible para nosotros dos, los porteños..
La vida es hermosa. Cerveza,
empanadas de queso y carne, bromas y un amable deslizarse hacia lo que
será nuestro punto de partida, para lo cual faltan todavía dos o tres
días.
Al atravesar lo que el
baqueano llama “pasos” observamos los ominosos remolinos, donde la
fuerte correntada forma espirales de bordes espumosos que hacen trepidar
las hélices de la barcaza. “Cuando lleguen a estos lugares deberán tener
mucho cuidado, porque estos remolinos a veces se tragan jangadas y
canoas”, nos previene el baqueano.

La carta de navegación
indica los peligrosos “pasos” con sus restingas y remolinos.
Cortina de agua
Al otro día y cuando la
navegación prosigue sin variantes, de pronto el capitán grita: “¡Allá se
viene agua!”. En medio de un paisaje soleado y caluroso vemos avanzar
hacia nosotros lo que parecía una niebla cerrada, que al aproximarse
toma la forma de una cortina grisácea. Es una tormenta de lluvia
tropical. Los marineros corren para tapar la carga con lonas y cerrar
las tomas de ventilación, cuando cae sobre nosotros lo que parece un
enjambre de avispas furiosas, con gotas que más que caer, castigaban
nuestras espaldas en tanto ayudábamos a colocar las coberturas.
Empapados, primero agradecimos la frescura del imprevisto baño, pero al
rato tuvimos que protegernos y secarnos como pudiéramos.
La lluvia se
suavizó y entonces el cocinero nos deparó una agradable sorpresa, pues
preparó tortas fritas y chipá, con lo que acompañamos un rico mate
cocido. Creo que ningún pasajero del “Titanic” o cualquier crucero de
lujo pudiera sentirse tan bien como nosotros, con este sabroso tentepié
bajo la llovizna que anticipa el obscurecer.
A primera hora de la mañana
el sol nos descubre las altas riberas selváticas que rodean lo que se
llama Puerto Pinares, y que en realidad es una bajada por la que se
accede a la singular ciudad de Eldorado (es una población que se alarga
unos cincuenta kilómetros a lo largo de una única calle) Aquí pagaremos
parte de nuestro pasaje en especie, porque ayudaremos a descargar algo
de las dos mil bolsas de cemento y cal que transporta la barcaza.
Dos
estibadores pagan su pasaje
Somos jóvenes y nos creemos
fuertes. Nos abordan unos muchachitos frágiles –puros huesos, descalzos
y encorvados—, que comenzaron a abrir los portalones de la bodega. Con
habilidad (las hacen girar en un solo movimiento) levantan las bolsas de
cemento que otros van cargando sobre sus hombros para recorrer una
especie de puente hecho con tablas tendidas de la borda a la ribera de
pasto. El trabajo parecía fácil, no requería mucha sabiduría. Bajo la
mirada socarrona de algunos marineros veteranos primero intentamos
levantar las bolsas, que son increíblemente pesadas. Entonces, nos
colocamos en la cola de los cargadores para ir recibiendo las bolsas
sobre nuestros hombros. Así pagaríamos parte del pasaje.
Pronto comprendimos nuestro
error, entre las bromas de los tripulantes. Al corretear por los
tablones el problema no era el peso, sino el acomodar nuestro trote con
el vaivén que producía cada hombre que nos antecedía al transportar su
carga. Había que acomodar los pasos para acompañar esas oscilaciones,
pues si no, las tablas pegaban bajo la planta de los pies y hacían
perder el equilibrio. Recién al cabo de varias corridas –y cuando uno de
los cargadores con más experiencia nos enseñó a acompasar la
corrida—pudimos sumarnos a la caravana de descargadores. Pero luego de
la cuarta o quinta bajada, el peso de las bolsas comenzó a hacerse
sentir. Por suerte, pronto se completó la cantidad de unidades que se
debía bajar del buque.

Los Pinares, el puerto de
Eldorado, donde hicimos una escala para descargar.

En este puerto aprendimos
(?) a descargar bolsas y con ello pagamos en parte nuestro pasaje.
Muy fatigados y mojados en
sudor, que pega a la piel el polvo calcáreo, acompañamos a los hombres
que entre risotadas se lanzan al agua para refrescarse, felices por
haber terminado su trabajo y hacerse acreedores a unos pesos. La medida
del esfuerzo realizado la sentimos más tarde, cuando nos dispusimos a
dormir, con los músculos adoloridos y la cabeza todavía algo insolada.
Los
locos de la “hangada”
Antes del mediodía siguiente
zarpamos rumbo a Puerto Iguazú, cumpliendo el último tramo de nuestro
itinerario. Entre mate y mate observamos cómo corren por nuestros
laterales las altas riberas selváticas, que encajonan al gran río
durante su rápido escurrir. Enterados de nuestro proyecto de recorrer
esas aguas en sentido inverso, los hombres nos expresan sus dudas.
“¿Están locos? ¿Quieren navegar por acá en una hangada?” (así llaman a
las balsas, porque la lengua guaraní convierte a la jota en ha-che) . El
baqueano nos va señalando la carta de navegación, explicando sus
detalles.
El Alto Paraná corre
encerrado entre la jungla con un ancho promedio de medio kilómetro, pero
su profundidad alcanza a los cincuenta metros y las barrancas selváticas
tienen una altura de más de sesenta metros (la altura del Obelisco
porteño, o un edificio de veintidós pisos, según nuestra métrica
urbana). La velocidad promedio de la corriente (así lo indican las
cartas) es de seis kilómetros por hora y todo esto justifica el caudal
que se ensancha aguas abajo, cuando de costa a costa alcanza unos diez
kilómetros “Si en esas aperturas que se dan debajo de Posadas los agarra
una tormenta, traten de refugiarse en alguna orilla porque el oleaje se
pone muy bravo y hasta hunde a barcos grandes”, explican los veteranos..
(Apuntes de mi
cuaderno de viaje):
El baqueano nos señala
algunos pasos difíciles que deberemos enfrentar, donde hay correderas y
restingas, así como grandes remolinos. Aquellas son puntos muy rápidos y
poco profundos, donde se ocultan las otras piedras amenazadoras. “Los
remansos son grandes espirales en donde si se meten no podrán salir, y
si los atrapan los remolinos, cuando los chupen desde el centro, les van
a deshacer la balsa y se los tragarán a ustedes y a los troncos”.

El vórtice de un remolino en
Paso Parejhá.
Nos preocupan estas
opiniones, porque provienen de gente conocedora, y no de las ilusas
ideas que me había inspirado la aventura de la Kon Tiki.
En fin, mañana llegaremos a
nuestro destino y ahí veremos cómo construiremos nuestra balsa.
Un
bosque sin madera
Casi exactamente al mediodía
arribamos a Puerto Iguazú. Nos despedimos de la tripulación, luego de
pagar nuestro pasaje “de cubierta”. Amable, el capitán apenas nos cobra
52 pesos, mucho menos de lo acordado (y bromea, .explicando que eso es
por nuestro importante aporte a la descarga en Eldorado).

Foto satelital actual de
Puerto Iguazú donde se aprecian tres de sus cinco muelles (los otros
están sumergidos) , según Google
Apuro una entrevista con el
director del Parque Nacional, un señor Reinoso, que nos desilusiona al
explicarnos que no contaremos fácilmente con madera porque al tratarse
de una reserva forestal no se pueden cortar troncos y los que se puedan
hallar caídos en medio de la selva, o estarán podridos o resultará muy
difícil sacarlos a la costa. ¡Estaremos en medio de una tupida selva y
no podremos contar con maderos que floten! Una falla fundamental de mi
candoroso plan .
Alicaídos, esperamos que el
encargado de la Prefectura se levante de su siesta para presentarnos y
mostrar nuestro valioso salvoconducto. El oficial se presta a alojarnos
en la única sala libre del edificio de madera y chapa, que es la
armería. Al menos tendremos en donde dormir. Como oficialmente somos
periodistas y tomamos fotografías, los dos primeros días recibimos
invitaciones para comer –del Intendente del Parque, del secretario de la
Municipalidad, del patrón de otro buque y hasta de los oficiales de la
Prefectura-- que aprovechamos inmediatamente.
Haciendo dedo llegamos hasta
las cataratas, en donde nos lanzamos a caminar por unas semidestruidas
pasarelas que se asoman al borde mismo de los espectaculares saltos de
agua. Del total de ciento veinte saltos se levanta una niebla con arco
iris, mientras el atronador escenario nos abruma. Nuestra magra ración
de comida por cada día es apenas un gran pan y una latita de paté o
picadillo de carne, y portando esta provisión nos atrevemos con total
imprudencia a algo que sólo dos locos podrían hacer.
Balcón
en las cataratas
Del
cuaderno de viaje:
Aprovechando que al mediodía
casi no hay turistas ni guardianes, descendemos a la misma agua del río
poco antes que se vuelque por el borde del precipicio. Bajamos desde
una pasarela y comenzamos a vadear el cauce, que aunque corre muy
veloz no nos puede arrastrar porque apenas nos llega hasta las
rodillas. Así, entre una corriente torrentosa que parece vidrio líquido,
nos allegamos hacia una especie de balcón pétreo en el borde mismo del
gran salto llamado Belgrano, creemos. Es un sitial magnífico. Más abajo
vemos como las aguas caen en una vertiginosa vertical, y todo forma un
mareador abismo de unos 80 metros –la altura de un edificio de 26 pisos,
insisto con mi métrica urbana --en el que flotan mariposas y pájaros.

El pequeño balcón rocoso en
el borde mismo de las cataratas, donde improvisamos un almuerzo con
total imprudencia. Después, nos costó mucho al volver no resbalar en el
agua vertiginosa.
Rodeados por la vorágine de
las aguas e instalados en un pequeño reducto de dos por tres metros,
comemos nuestro frugal almuerzo, impactados por la magnificencia del
espectáculo. Pero la cosa se complica cuando pretendemos regresar a la
pasarela. Porque la corriente parece marearnos, aunque avanzamos paso a
paso y tomándonos de los brazos, para no patinar entre las piedras
resbaladizas. Un mal paso y seremos arrastrados inexorablemente a un
despeñadero mortal. Con gran esfuerzo y mucho temor, logramos regresar y
trepar a la seguridad de las pasarelas de hormigón. Nos tiramos sobre
ellas, respirando nerviosamente, agotados y con los pechos palpitantes.
No sabemos si fue una locura o una estupidez lo que hicimos, pero seguro
fue una total imprudencia.

Vista aérea y parcial de los
saltos. Un poco a la derecha del centro estaba nuestro “balcón”. Si
hubiéramos visto esta imagen, seguramente no nos hubiésemos atrevido.
Al regresar al pueblo nos
apartamos del sendero público para introducirnos en la espesa manigua y
así comenzar a experimentar lo que es el monte cerrado. Debemos
prepararnos, ya que lo máximo que conocimos han sido los bosques de
Ezeiza o de Pereyra Iraola. No tenemos machete y como es muy difícil
avanzar por lo enredado de la vegetación y, a la vez, nos la pasamos
tratando de descubrir entre el ramaje que cubre el piso si hay alguna
víbora, Toto tropieza y su cabeza se enreda en una telaraña. Dando
manotazos a mosquitos y jejenes, asustados conseguimos zafar de la
espesura y salir nuevamente al camino.
Dejamos a un costado el
abandonado hotel de turismo, con sus galerías y barandales de madera, y
nos apostamos al costado del camino de tierra muy roja. Visitamos la
pintoresca casilla donde vivió “El vasco de la carretilla”, un personaje
que por la década del cuarenta se hizo famoso por recorrer a pié miles
de kilómetros de todo el país llevando sus enseres en una carretilla.
Nosotros pensamos recorrer dos mil kilómetros a bordo de un entramado de
troncos.¿Llegaremos a hacerlo? Si ese viejo pudo, cómo no podremos
lograrlo nosotros, que somos jóvenes (y con buena suerte, por lo que
parece hasta ahora).
Pronto encontramos una
camioneta que nos permite subir sobre su carga de maderas y chatas
piedras lajas. Cuando oscurece entramos en las onduladas calles de
tierra de Puerto Iguazú (hasta hace poco llamado Eva Perón) y
antiguamente denominado Puerto Aguirre. Este nombre evocaba con justicia
a la señora que a fines del siglo pasado pagó de su bolsillo la
construcción del camino a las cataratas, nos dicen.
También nos informan que
estas tierras pertenecieron a Gregorio Lezama, un salteño que fue dueño
del parque homónimo en la Capital Federal. Al bajar del vehículo
observamos que Toto tiene el ojo izquierdo muy hinchado y decidimos ir
hasta la guardia del hospital para que lo revisen.

Directora
del hospital, Dra M Schwarz
Una
araña nos dá de comer
La directora del hospital es
una señora de origen alemán, muy eficiente y autoritaria, que
diagnostica una peligrosa picadura, por lo que mi compañero deberá
internarse durante tres o cuatro días para identificar el tipo de
alimaña y la evolución de su tratamiento (seguramente una araña) con
algún suero antiponzoñoso.
Este accidente complica
nuestros planes pero de pronto encontramos una impensada solución, ya
que como la comida del hospital es buena y abundante, mis visitas al
internado se realizan casualmente a la hora de los almuerzos y cenas,
además de recibir de su ración los panes y el dulce de meriendas y
desayunos. Al cuarto día la hinchazón desaparece (nos dan “de alta” a
ambos) y se acaba nuestra pensión
Por la noche un furioso
temporal de relámpagos y truenos nos empapa mientras intentamos bajar
hasta nuestro alojamiento cercano al puerto. Patinamos sobre el barro y
caemos sobre los pequeños torrentes de la lluvia, sin lograr afirmarnos
por los rústicos .senderos en pendiente.
Exhaustos y mojados,
alcanzamos a refugiarnos en el cuartito que nos presta la Prefectura. No
hablamos, pero al otro día coincidimos en que ambos pensamos en lo bravo
que será si nos agarra un temporal así cuando estemos lejos de toda
población, en el río o en la selva.
Entretanto, yo había
acentuado los contactos para construir nuestra balsa. El intendente del
Parque nos brinda un gran apoyo cuando localiza varios troncos secos (no
habíamos pensado que los árboles recién cortados y llenos de savia no
flotarían mucho) y nos ofrece la importante colaboración de don Ismael
Frutos, un viejo jangadero que es obrero del aserradero y al parecer
tiene mucha experiencia en el armado de “hangadas”. Trabajó así años
atrás, cuando los troncos se llevaban flotando aguas abajo hasta los
aserraderos. Pronto, otros trabajadores del Parque Nacional se interesan
por nuestro proyecto y comienzan a darnos apoyo.
En la herrería nos fabrican
unas gruesas clavijas de hierro y también nos suministran mucho alambre
galvanizado con el que pensamos atar entre sí los troncos, pese a las
titubeantes protestas del viejo. Es que Don Ismael insiste que las
mejores ataduras se deben hacer con largas lianas llamadas Isipó, a las
que se les extrae el núcleo duro para quedarse con su fuerte y flexible
corteza. Afirma que los alambres son ataduras rígidas y que podrán
reventar por las sacudidas. Nosotros, productos de la civilización,
preferimos confiar en los gruesos hilos de acero producidos por la
metalurgia moderna (¡las lianas las usaba Tarzán! nos burlamos).

Atando los troncos con
alambre, no hacemos caso de los expertos..
Como en todo pueblo chico
con pocos entretenimientos, pronto todos se enteran de “los locos de la
Kon Tiki”, como ya nos han apodado. Claro, muchos miran pero pocos
ayudan. Y tampoco nos invitan a comer, de modo que vemos agotar nuestros
pocos pesos, que gastamos en arroz , mandioca y sal para prepararnos
unos precarios guisotes. Hemos tenido que aprender a la fuerza, porque
no sabíamos preparar ni un huevo frito. Estamos al borde de la
desesperación, porque la construcción de la balsa se demora por la
lluvia, que forma sucias cascadas en los senderos barrosos del pueblo.
Me invade el desánimo.
Sentado en la galería de un derruido galpón del. aserradero mientras veo
chorrear el diluvio por los aleros, me dedico a escribir un balance de
la situación; “¡Escuchá, loco! Estás a dos mil
kilómetros de tu casa, vos que nunca dormiste siquiera una noche fuera
de tu humilde hogar. No tenés a quien pedirle ayuda, ni pensar en tus
viejos que tienen lo justo para cada mes. Y vos acá sumás 36 pesos
para regresar y alimentar a dos personas, incluido tu compañero que
todavía está afiebrado por la picadura de la araña. Por la lluvia tenés
tu ropa embarrada, con un solo par de mocasines viejos que, para colmo,
tienen la suela agujereada. Barbudo, no tenés cómo afeitarte ni tampoco
jabón o siquiera un peine, y sin noticias del resto del equipaje (que
probablemente esté perdido en Posadas). Agregá a todo esto que tu
compañero es un inconsciente (quizá también como vos), incapaz de
aportarte soluciones. Estás soportando hambre y seguramente sentirás
más hambre y penurias. Y todo ¿PARA QUE? , así con mayúsculas. Me
pondría a llorar, si esto sirviera de algo”..
Mi amigo me mira y sonríe. Me dice:
“Vamos a tener una linda aventura ¿no?”.
--Sí – le contesto.
(Próxima nota: Un pueblo—con
un secreto vergonzante-- se burla de nuestra balsa
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