Historia y Arqueología Marítima

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Indice Informacion General 

EN BALSA DE IGUAZÚ A BUENOS AIRES (6)

Por Oscar Fernandez Real

 

Introduccion

Cap. 1 Tomar el tren de carga. Linyera con Cruz de Hierro. Personajes de John Dos Passos. Cap. 2: El último hidroavión. Espejitos para los indios. Un loco como acompañante. Hidro con historia de bombas Cap 3. Perseguidos por un Winco. Anclados en Posadas . A sopa y soda. Cap. 4 - Polizones de cubierta. Cortina de agua. Dos estibadores pagan su pasaje. Los locos de la jangada.
Cap. 5-Astillero bajo la lluvia. Secreto de todo un pueblo. Vino y cerveza para la democracia... Cap. 6- Fuga en un submarino de troncos. Enfrentar el toro a la hora dos.  La temida trampa que devora jangadas... Cap. 7 - ¿Nos rondó un yaguareté? Nuestra primera pelea.  Moscas, mosquitos y hormigas carniceras... Cap. 8 - Tiros y persecución en la selva. La noche del terror. “Acá hubiera estado nuestra tumba”...
Cap. 9 - Zafamos de chocar con grandes barcos. La elegancia sirve para algo. Vientos,  tormentas y más tiros. Cap.10 - Los yacarés no son leña. Experiencias del Corsario Negro. Pelea con un cuchillo como testigo Cap. 11-  Apreso una víbora y me creen un brujo. Nos metemos en un desvío desconocido siguiendo por Esquina una fantasía. Cap.12 - Alcanzamos el Paraná Inferior y no ganamos para sustos. Las luces de Rosario. El fin del “Tortuga”

Fuga en un submarino de troncos. Enfrentar el toro a la hora dos.  La temida trampa que devora jangadas. Huéspedes del Ejército. La segunda zarpada.  Sentados sobre el agua en una balsa invisible. Puteando al capitán de un barco brasileño. Nos atrapa un remanso. Una restinga nos destroza la balsa.  Salvamento y nos apresan como contrabandistas. Construimos nuestra chalana según mi diseño. Segunda zarpada y cena en una playa paradisíaca.

(Febrero de 1956).

Nos sentimos más hartos y enojados que pesimistas. Pronto se cumplirá poco más de un mes que estamos inmovilizados en Puerto Iguazú, luego que consiguiéramos atar con alambre unos troncos deteriorados con los que pretendemos llegar a la deriva hasta Buenos Aires.

“Dos simples muchachitos de barrio, sin experiencia ni dinero, a  dos mil kilómetros de casa, van a emprender la insensata aventura de navegar uno de los ríos más grandes del mundo”, me repito en Puerto Iguazú, una mañana de febrero de 1956. y   no sé si lo hago para estimularme o si este pensamiento es una expresión masoquista que  me va a deprimir más.

El Prefecto Neyra insiste en obstaculizarnos la partida en nuestra precaria balsa de troncos. Dice que él debe asumir la responsabilidad  por los problemas que podremos sufrir o causar a terceros. Que tendríamos que contar con dos chalecos salvavidas y otro circular, con 27 metros de soga; que necesitaremos un ancla, luces de navegación y de señales, además de un botiquín para primeros auxilios. No tenemos nada, pero nada, de esta lista.

A duras penas superamos dos pruebas a que nos sometió, con la esperanza que no las cumpliéramos o que desistiéramos de nuestra idea. Ya no tenemos más dinero y pronto no tendremos ni ganas de intentar nada. .

Hoy es sábado 18 de febrero y ya tomamos la decisión. A primera hora de la tarde, cuando el jefe de la Prefectura se acueste a dormir la siesta, nos escaparemos a la deriva y sin su autorización.

  Enfrentar al toro a la hora dos

A las 14,12 horas soltamos la soguita que sirve de amarra y nos vamos flotando sobre el agua quieta del río Iguazú. Es la hora de la verdad y como el torero que se lanza al ruedo, así nos largamos para enfrentar a un animal tremendo e indiferente, el río Paraná, uno de los siete ríos más largos del mundo, y tanto que los geógrafos lo dividen en tres tramos, el Superior, el Medio y el Inferior..

No hay nadie en el muelle y cuando avanzamos paleteando lentamente hacia la desembocadura donde se encuentran las tres fronteras (de Argentina con el Brasil y el Paraguay) vemos que en la costa derecha nos saluda con el sombrero un campesino, quizá asombrado.

Es que, como los troncos se mantienen flotando, pero bajo el nivel del agua, desde lejos se nos ve en una extraña imagen, algo surrealista, la de dos individuos sentados en el agua, paleteando lado a lado y con un atado detrás, envuelto en plástico sobre un montón de cañas.

En eso, la tarde calurosa y de un silencio opresivo se ve alterada por el ruido rítmico de unos poderosos motores. Y, proveniente del Norte, quizá de Foz de Iguazú, aparece desde la derecha y ante nosotros, la mole inmensa de un buque de casco negro. Desde su timonera, muchos metros más arriba, dos oficiales se asoman, mientras el buque pega dos fuertes toques  de una asmática sirena. Suenan timbres y gritos, y los motores se detienen.

 

 Flotando sobre el río Iguazú al fondo (costa paraguaya)  se vé correr  el Paraná  y a la derecha la ribera brasileña, desde donde vino el gran buque que solidariamente intentó rescatarnos .Más que navegantes parecíamos náufragos.  Nosotros no fuimos amables

Asomados a la borda unos tripulantes nos gritan cosas en portugués, se ve que son brasileños. Alguien nos arroja un salvavidas color naranja, atado a una cuerda, para que nos aferremos a él. Suponen que somos náufragos porque no advierten que estamos flotando con las piernas adentro del agua.

Le agradecemos la ayuda y les informamos que vamos a seguir navegando por el Paraná. Un oficial nos previene que no lo hagamos y que va a avisar a la Prefectura argentina sobre nuestra  peligrosa intención.

Poco amable, pero con una sonrisa sobradora, el Toto le lanza una puteada. Entonces, el navío retoma su andar y lo vemos irse, entre risas y exclamaciones en portugués.

 A la deriva sobre el Paraná

No alcanzamos a felicitarnos por nuestra jactanciosa actitud, cuando el Iguazú nos arroja a la corriente espumosa del Paraná, que pasa delante nuestro marcando su poderío con una hilera de grandes remolinos.

Las aguas nos sacuden y hacen girar enloquecidamente nuestra frágil armadía. Uno de los torbellinos nos toma y empieza a sumergirnos, pero pronto nos escupe para pasarnos al de al lado. Así vamos siendo arrastrados a mucha velocidad, según apreciamos por la forma en que se desplazan las riberas.

Pronto el río se tranquiliza un poco y nuestro avance  se hace más ordenado, aunque sigue rápido. Ahora, con el sol dando fuerte en nuestras cabezas, tenemos  tiempo para mirarnos y sonreir, porque la navegación se va mostrando como queríamos. Las costas a ambos laterales se ven similares, con un borde rojinegro de rocas y barrancos que más arriba se ven cubiertos por una tupida vegetación. Cada tanto, algún arroyito cae en pequeñas cascadas, abriéndose paso entre la alta arboleda. No se advierten casas ni indicios de pobladores. Varios pájaros y loros nos sobrevuelan.

Con cuidado para no mojarla, saco la primera de nuestras treinta cartas de navegación. Llevamos recorridos unos ocho kilómetros y cruzamos frente a un embarcadero llamado Puerto Bertoni, que es un simple amarradero con una senda de tierra. Hacia el frente y sobre la costa izquierda, vemos la superficie del agua arrugada por una corredera, que superamos fácilmente alzando las piernas y pasando por encima con unos breves escarceos.

 La temible trampa que devora jangadas

Y nos apresa algo que temíamos: un gran remanso. Nos habían advertido que estos grandes y muy lentos remolinos nos podían atrapar, sin dejarnos proseguir el curso. Que, cuando se transportaban jangadas y a pesar de llevarse a remolque el embalsado de troncos, al quedar detenidos en estos sitios, se perdía toda la carga llevada a flote y al cabo de mucho tiempo, la madera se podría, cubriéndose de camalotes y otra vegetación. Una trampa quieta y poco visible, pero poderosa.

Giramos y giramos despaciosamente, sin poder zafar durante dos horas y media pese a nuestras exhaustivas remadas. De pronto, pasa a nuestro costado una canoa con dos hombres, que al advertir nuestra situación, se prestan a ayudarnos. Arriman una cuerda y al encarar un escape durante uno de los giros, logramos librarnos y seguir viaje. . .

Anochece y comemos parte del ananá. Ya llevamos recorridos unos veinte kilómetros desde la confluencia con el Iguazú, cuando enfrentamos Puerto Península, que sí tiene un muelle de hormigón porque es un aserradero militar, donde se extrae madera y se fabrican muebles para el Ejército. Esta es una de las paradas en donde pensábamos conseguir madera para mejorar nuestra balsa.

Pero cuando intentamos arrimarnos al muelle la fuerza de la corriente y la inercia pesada del armatoste sobre el que derivamos nos impide cambiar de dirección. En el muelle hay dos hombres y en la amarra se ve una canoa. Gritamos para pedir ayuda pero no parecen comprender nuestro problema.

En el esfuerzo por arrimar a la costa nosotros mismos nos creamos una dificultad, porque más adelante y cerca de la ribera hay varios bajíos con correderas y piedras semisumergidas.

No podemos evitar los sucesivos choques, que casi nos arrojan fuera de la armazón de troncos. Y entonces ocurre lo peor. Un golpe más fuerte contra una de las piedras con la que chocamos a mucha velocidad hace reventar la atadura de alambre. Tenía razón el viejo Ismael Frutos. Logramos retener unidos tres de los rollizos más largos, junto con las cañas y el atado de nuestra ropa, pero ahora hemos caido el agua y solamente nos mantenemos sostenidos al maderamen destrozado.

 

  En la oscuridad chocamos contra una restinga que destroza nuestra precaria jangada

Ya ha venido la noche y nos hallamos en situación desesperada, porque no sabemos cuánto podremos aguantar en esta posición, ya que no podemos subir sobre los largos maderos, que están resbaladizos y prosiguen semisumergidos a varios centímetros bajo el nivel de la superficie. Por suerte en esta agua no abundan las pirañas, como sí ocurre con el río Paraguay.

Sin esperanzas continuamos pataleando y abrazados a los troncos apolillados, sobrenadando en las turbulentas aguas. Las estrellas de una noche sin luna nos miran subsistir, impávidas.¿Será el justo castigo por nuestro atrevimiento, por tanta imprudencia?

En eso vemos venir detrás nuestro – perfilada contra la superficie plateada-- una canoa con alguien que rema denodadamente para alcanzarnos. Es uno de los muchachos que estaban en el muelle y advirtió nuestro riesgo.

Recién dos horas más tarde nos alcanza y con mucho esfuerzo subimos a su bote, izando también el bulto de ropa y abandonando los troncos de la balsa destruida. Ahora vendrá el arduo empeño de retornar a Puerto Península, ya que deberemos remontar la fuerte correntada. Por suerte, la habilidad de nuestro auxiliador nos enseña el procedimiento, que consiste en aprovechar lo que se llama “contracorriente”. Ocurre que el curso principal forma en cada flanco del río un curioso efecto de agua que no lo sigue y, en cambio, hasta regresa en sentido contrario. Se lo localiza observando la hilera de pequeños remolinos y burbujas que separa ambas corrientes. Inclusive, en muchos sitios nos arrimamos tanto a la costa que podemos hacer pie y entonces regresamos empujando la canoa.

Ya cerca de la medianoche y muy fatigados, alcanzamos a ver la lámpara que señala el puerto. Pero cuando comenzamos a subir por la escalerilla, dos centinelas armados nos dan orden de detención y nos hacen abrir nuestro envoltorio, confundiéndonos con contrabandistas. Nos separan del benéfico salvador, a quien no volveremos a ver.

Arriba, vadeando con la canoa de nuestro salvador llegamos a medianoche al muelle militar de Puerto Península, donde nos apresaron dos centinelas armados

Bajo la vigilancia de un fusil pero con la alegría de haber sobrevivido, ni sentimos el arenoso camino en plena selva por el que arrastramos los pies durante dos kilómetros hasta las oficinas del cuartel. Un oficial adormilado y en mangas de camisa, al apreciar nuestra falta de peligrosidad, nos deriva a un cuarto lateral en donde hay camas con elásticos de sunchos metálicos, sobre los que nos derrumbamos sin sentir molestia ni dolor pese as la falta de siquiera una colchoneta.

 Huéspedes del Ejército

Al amanecer del domingo 19 de febrero nos despertamos con el cambio de guardia y así nos presentamos al nuevo jefe. Divertido por nuestra aventura y el fantasioso proyecto de seguir navegando  hacia Buenos Aires, nos invita a alojarnos en el dormitorio de los soldados. Desayunamos el mate cocido cuartelero con muchas ganas.

Almorzamos con la tropa un sabroso locro (todo nos resulta muy rico) y luego de la siesta recorremos las instalaciones.  . 

Este remoto lugar es el centro abastecedor de madera para muchas de los necesidades de la fuerza militar y está bien dotado con máquinas y buenos carpinteros. Esto nos va a venir muy bien, como veríamos más adelante.

Al reanudarse las actividades del taller, somos el centro de la curiosidad de los operarios y sus jefes militares, en este sitio aislado  y despoblado. Algunos nos hacen desestimar la idea de construir una nueva balsa con troncos y nos sugieren que hagamos algo más navegable, aprovechando una madera muy buena para embarcaciones que se llama timbó y de la cual aquí existen muchos tablones de apreciables medidas.

Consigo papel, lápiz y una regla, y me dedico a diseñar una caja cuadrangular, similar a los botes Higgins que usaron los norteamericanos para desembarcar la Infantería de Marina el Día “D” en Normandía. Diferirá en su reducido tamaño y -- además de tener provisto un techo -- en que su proa chata e inclinada no se bajará como rampa sino que quedará fija. 

Utilizaremos cuatro tablones de una pulgada de espesor por unos cuatro metros de largo y 49 centímetros de ancho, que será la altura de la borda. Clavamos una armazón y formamos lo que parece una larga caja de zapatos en escala mayor y con recortes para darle forma a la proa. Le pongo dos tablas como asientos que –si nos sentamos en el piso— se juntan para servir como mesa. Fabricamos un extraño techo que se levanta y queda inclinado para permitirnos remar cuando sea necesario y, si no, nos brindará refugio para dormir y navegar a la deriva.

Mi diseño del “Tortuga”, que se aprecia sin techo y flotando en el puerto Madero cuando llegamos.

Durante siete días (incluido un domingo) trabajamos en el taller, ayudados por algunos operarios de buena voluntad. Ya armada esta extraña embarcación, otro operario nos enseña a calafatear insertando el pabilo de cáñamo en las ranuras por medio de una especie de cortafierro de filo romo, y sellando todo con brea derretida. Por fin, el martes 28 de febrero damos por concluida la tarea y conseguimos un trailer remolcado por un tractor que nos lleva hasta el puerto, donde la botamos, sin mayores ceremonias.

No queremos demorar la partida, porque nos han facturado la madera (140 pesos) y no tenemos con qué pagarla. Por suerte el sargento Roth se ríe y con un gesto anula la deuda.

Al otro día, el último de un febrero bisiesto, viene el oficial Do Santos de la Prefectura de Iguazú (donde el prefecto Neyra se habrá sentido aliviado por librarse de nosotros), que verifica las condiciones de navegabilidad de nuestro extraño artefacto. Y resultó que la “Tortuga” (como la bautizamos) ofrece muy buenas funciones de estabilidad y de fácil manejo, porque tiene muy poco calado y fondo plano, lo que nos permitirá superar las peligrosas restingas y correderas. Me siento gratificado como diseñador naval, aunque el oficial vacila cómo definir a nuestro flamante transporte. “Lo llamaremos chalana, porque no corresponde a ninguna forma característica”, dice y nos extiende el rol de travesía, en donde figuro como “patrón” y Toto como “marinero”, según el certificado.

Conseguimos pan, yerba, sal, azúcar, carne, arroz y mandioca. Aprendemos a fabricar un brasero con una lata grande de aceite y alambre, en tanto con otros recipientes más chicos elaboramos nuestra batería de cocina.

 La segunda zarpada

Ahora en forma legal –porque el oficial nos dispensó de los otros accesorios navales—zarpamos de Puerto Península exactamente a la hora 17,10, decididos a alcanzar Buenos Aires, a .1900 kilómetros más adelante..Apenas nos despedimos de los cuatro hombres que nos miran partir, porque la emoción de movilizarnos con bastante facilidad –gracias a dos pares de rústicos remos que nos fabricamos—nos hace mirar hacia adelante. “¡Caiga quien caiga!”, grita Toto y repetimos este dicho que aprendimos malamente en guaraní: “To-a-la-ho ava”. Seguimos con nuevos alardes.

Retomamos la fuerte corriente del Alto Paraná mientras cae un crepúsculo espectacular, reflejado desde el borde negro de la selva del lado paraguayo. Encendemos el brasero con nuestro stock de leña seca (que guardamos en la pequeña bodeguita delantera) y nos preparamos un mate cocido, en el que remojamos los duros bollitos marineros.

Qué placer. Derivamos en medio de un ambiente desierto, selva y río sin ninguna señal de vida humana, y sentados en nuestra nueva embarcación mientras saboreamos la primera comida a bordo. Vamos aproximándonos a Buenos Aires, bromeamos con entusiasmo.

A las 20 horas arrimamos a una playa de blanquísima arena, que chifla en cada pisada. Es la entrada de un canalito situado en el kilómetro 1898, según nuestra carta náutica. Recogemos más leña y nos preparamos una sopa de fideos que devoramos estrenando  la  mesa  formada  con  los  dos  tablones de asiento. Nos iluminamos colocando una  vela dentro de un frasco de mermelada vacío y nos dormimos sin sufrir mosquitos en una noche callada, donde apenas se oyen rumores de la selva y el río, con el esporádico  chasquido de algún dorado que salta en zambullida.

Esto es el paraíso. Nada parece peligroso y todo es placentero, comentamos.

Aún no descubrimos que esto va a cambiar en los próximos días donde salvaremos nuestras vidas más por suerte que por habilidad o conocimientos.

Una cena de ensueño antes de las horas dramáticas.

 Oscar Fernandez Real 

Próxima nota: Sufrimos nuestro primer tiroteo

 

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