Historia y Arqueología Marítima

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Indice Informacion General 

EN BALSA DE IGUAZÚ A BUENOS AIRES (7)

Por Oscar Fernandez Real

Introduccion

Cap. 1 Tomar el tren de carga. Linyera con Cruz de Hierro. Personajes de John Dos Passos. Cap. 2: El último hidroavión. Espejitos para los indios. Un loco como acompañante. Hidro con historia de bombas Cap 3. Perseguidos por un Winco. Anclados en Posadas . A sopa y soda. Cap. 4 - Polizones de cubierta. Cortina de agua. Dos estibadores pagan su pasaje. Los locos de la jangada.
Cap. 5-Astillero bajo la lluvia. Secreto de todo un pueblo. Vino y cerveza para la democracia... Cap. 6- Fuga en un submarino de troncos. Enfrentar el toro a la hora dos.  La temida trampa que devora jangadas... Cap. 7 - ¿Nos rondó un yaguareté? Nuestra primera pelea.  Moscas, mosquitos y hormigas carniceras... Cap. 8 - Tiros y persecución en la selva. La noche del terror. “Acá hubiera estado nuestra tumba”...
Cap. 9 - Zafamos de chocar con grandes barcos. La elegancia sirve para algo. Vientos,  tormentas y más tiros. Cap.10 - Los yacarés no son leña. Experiencias del Corsario Negro. Pelea con un cuchillo como testigo Cap. 11-  Apreso una víbora y me creen un brujo. Nos metemos en un desvío desconocido siguiendo por Esquina una fantasía. Cap.12 - Alcanzamos el Paraná Inferior y no ganamos para sustos. Las luces de Rosario. El fin del “Tortuga”

¿Nos rondó un yaguareté? Nuestra primera pelea.  Moscas, mosquitos y hormigas carniceras. El viejo que cura con un hilo. Nos desalojan a balazos. Pescan los monstruosos peces manguruyúes pero comemos cornalitos con arena. Un brujo que hace curas milagrosas.

 La huella de un yaguareté

Pasamos muy tranquilos la primera noche de nuestra navegación donde deberemos recorrer todavía casi dos mil kilómetros. Un amanecer esplendoroso nos despierta con un ruidaje de aves y una tibieza soleada sobre el río desierto, profundamente encorsetado por altas barrancas selváticas. Al revisar la playa sobre la cual hicimos reposar la proa del “Tortuga” descubrimos muy próximas las pisadas de un animal que bajó tal vez a tomar agua durante la noche. No soy un rastreador, pero me parece distinguir bastante separadas las huellas, que son profundas y tienen separados sus dedos, como los de un felino de tamaño importante. ¿Será un yaguareté, como nos advirtieron? Bah, por lo menos no le interesamos como alimento, al parecer.

 Nos organizamos para comer y dormir mientras desayunamos con mate y, ahora que estamos más tranquilos, surge nuestra primera discusión. Es que habíamos acordado que mañana por medio uno prepararía el desayuno mientras el otro remoloneaba acostado. Esto respondía a que intentaremos navegar continuadamente, sin detenciones, y como es muy reducido el espacio habitable dentro .de nuestro habitáculo,  para preparar cualquier comida nos estorbaremos si los dos quisiéramos trabajar a bordo al mismo tiempo.

Yo me desperté de inmediato y empujé el casco hacia el medio de la corriente, mientras Toto continuaba acostado. Y como la última comida del día anterior la había preparado yo, entonces correspondía que mi compañero se dedicara a calentar el agua y a servir el desayuno de mate cocido para ambos. Al verificar que mi amigo no tenía la menor intención de trabajar, mis reproches dieron inicio a una discusión donde afloraron otras diferencias anteriores.

Entrompados, bebimos el desayuno sin alcanzar a disfrutar del paisaje, donde el agua reluciente comenzaba a ser iluminada por el sol, que cae sobre los últimos blancos velos de niebla dando un efecto muy curioso. Yo me dediqué a escribir mi informe diario y a verificar nuestra posición con ayuda de la brújula y la carta náutica. Esperaba que Toto limpiara los recipientes de lata donde preparé el alimento, pero él se encerró en un mutismo hostil, lo que aumentó mi encono.

Al cabo de unas horas se nos fue pasando la bronca, hasta que al llegar el mediodía mi acompañante comenzó a pelar dos mandiocas como señal que se ocuparía de preparar el almuerzo. Por suerte, el agua del río es bastante limpia (aunque con un leve sabor barroso) y la bebemos luego de sacarla sin mayores problemas extendiendo el brazo fuera de la borda.

E hicimos un descubrimiento, al cotejar la carta de navegación, que tiene indicaciones muy detalladas, señalando restingas y zonas con remolinos (en condiciones que varían según la altura y época del año, según nos había explicado el baqueano o práctico cuando nos asesoró en el viaje de ida a bordo de la barcaza). Y este hallazgo fue el de dos nuevos islotes, quizá formados por la acumulación de sedimentos sobre antiguas restingas. Entonces los registramos, bautizándolos con los nombres de nuestras madres: Emilia y Felisa, novedad que comunicaremos a nuestro regreso a la Dirección de Puertos y Vías Navegables. Nos sentimos casi como Cristóbal Colón por el descubrimiento. Nos decimos –con exceso de valoración—que ya estamos justificando nuestro viaje, al mejorar como servicio público la descripción de esta importante vía fluvial.

 

  El Alto Paraná  sufre desniveles muy fuertes como se ve en este barco encallado en seco.

  Cuando hay bajantes del gran río Paraná, los afluentes caen en hermosas cascadas.

Moscas, mosquitos y hormigas carniceras .    .     

Alrededor del techo hemos tendido una hilera de alambre en la que ensartamos los trocitos de carne salada para que se curen al sol y nos brinden un stock permanente de carne conservada. Esto nos depara un acompañamiento casi permanente de moscas, pero los mosquitos, jejenes y mbariguíes no molestan nada más que  durante una hora al amanecer o al anochecer, y eso si nos arrimamos a una zona con vegetación. Durante el día el calor es muy fuerte y en la noche refresca tanto que debemos acostarnos vestidos.

El interior de nuestra embarcación tiene casi un metro de ancho por lo que podemos dormir cruzando nuestras cabezas y pies, aprovechando una colchoneta que nos obsequió el sargento del aserradero militar. A los costados del techo mantenemos enrollados los dos sobres de lona delgada que nos sirvieron como bolsas para dormir y que bajamos como cortinas cuando llega la noche Al frente y detrás de la cabina tenemos dos ventanas de madera que se alzan como viseras, con lo que logramos formar un recinto que nos protegerá del mal tiempo..  

Al atardecer compruebo que hemos avanzado unos cuarenta kilómetros, lo que nos reconforta, aunque todavía no nos  cruzamos con ningún barco ni hemos visto población alguna. De pronto, observamos adelante el indicio de un embarcadero, que en estas regiones es simplemente una especie de tobogán por el que se lanzan los envoltorios de yerba mate (los llaman “balas”) o los troncos de madera (les dicen “toras”) con se cargarán los buques. Un sendero en zigzag baja desde la alta barranca. No es posible hacer muelles fijos por la gran variante de nivel que sufre el río según las lluvias y la época del año.

 Típico embarcadero con su tobogán para bajar bolsas de yerba u otras cargas,  y el sendero que baja zigzagueando. Este probablemente sea Puerto Tabaí. .

Anochece y amarramos el “Tortuga”,  subiendo con dificultad el elevado acantilado por un sendero de tierra.  Salimos a una huella, al pie de una especie de aparejo para bajar cargas hasta el embarcadero., y cuando nos metemos entre la arboleda encontramos el rancho de madera de un viejo que vende pan y yerba. Compramos yerba sin canchar (proceso de secado y triturado) que es suave como un té y un muchachón nos explica cómo se trabajaba antiguamente en un yerbatal: “Mi viejo era zapequero, el encargado de remover las hojas sobre la parrilla del horno ¡ése sí que era trabajo insalubre! Se murió a los treinta años”.

No le entendemos bien lo que nos pregunta el almacenero hasta que un chico nos sirve de traductor. El viejo quería saber si no nos habían molestado las hormigas. Entonces, reparamos que los pinchazos que pensamos eran de arbustos aguzados en realidad correspondían a agresivas hormigas, algunas de las cuales quedaron prendidas a nuestra ropa. En lo oscuro no las habíamos advertido. ”Es la corrección”, explicó el chico. “¿Cómo?”, preguntamos porque no entendimos que así se llamaba esta plaga. “Sí – agregó el muchachito— una vez al año nos invaden todas las casas durante un día y se comen todos los bichos, por lo que dejan bien limpio cuando se van”.

Cacheteándonos las piernas para desprendernos de cualquier insecto que no hubiéramos detectado en la oscuridad que avanzaba, salimos corriendo y nos embarcamos  para alejarnos de la proximidad de esta legión de pequeñas carniceras, especie que se desplaza en una franja de hasta cinco metros compuesta por millones de ejemplares, como la marabunta africana. Recuerdo un cuento de Horacio Quiroga, un uruguayo que recreó como nadie a la tierra misionera, donde relataba el caso de un forastero que se paralizó comiendo una miel paralizante y terminó devorado por la hormigas carnívoras.

 

 Arriba, la primera chacra que vimos desde el río.

Huyendo de las hormigas carniceras o legionarias.

Todavía impresionados y tras navegar unos minutos, decidimos arrimarnos hasta una pequeña playita, para inspeccionar detenidamente con la linterna el interior de nuestro dormitorio flotante, no fuera a ser que en medio de la noche nos atacaran algunas de esas diminutas y feroces hormigas. Abrimos y sacudimos la colchoneta, revisando minuciosamente todo, especialmente donde guardábamos el azúcar y el arroz, pero no detectamos nada peligroso.

 Un balazo como despedida

De pronto, el silencio fue reventado por el estruendo de un disparo, que nos sonó bastante cercano, quizá por el efecto del espacio libre sobre las aguas. También y al mismo tiempo, escuchamos sobre nuestras cabezas el chasquido del proyectil. En seguida, otro disparo. No apreciamos en donde impactaron, porque a toda velocidad metimos todo y frenéticamente nos alejamos del lugar. Quizá habíamos desembarcado en alguna propiedad privada y su dueño quiso defenderse de nuestra intrusión con un recurso más que expeditivo.

Ahora recordamos las prevenciones del prefecto de Iguazú, que nos advirtió sobre la existencia de muchos bandoleros en nuestro recorrido hasta Posadas.

Bastante preocupados resolvemos proseguir navegando para distanciarnos del poco hospitalario vecindario. Pasamos frente a Puerto Libertad, antiguamente llamado Bemberg por la empresa que también fue dueña de la cervecería Quilmes, pero no apreciamos la presencia de gente, por lo que seguimos viaje para ganar tiempo. .     

A eso de las diez de la noche observamos el farol de otro embarcadero, con algunas canoas atadas a él.

Bastante cansados y más tranquilos por la proximidad de personas, nos acercamos y un hombre nos explica que estamos en Puerto Istueta o Irigoyen, un pueblito donde hay bares y almacenes, comercios que no nos interesan (porque no tenemos dinero) pero cuyo movimiento justifica que pernoctemos en su ribera.

Nos despertamos tarde, quizá por habernos sentido tranquilos, y miramos como unos chicos se dedican a pescar con singulares recursos. Unos lanzan anzuelos desde la costa con cañas en donde ensartan latas a las cuales enrollan los hilos del aparejo. Pero otros lanzan piolines con botellas tapadas por corchos y con su base de vidrio agujereada. Adentro les meten miguitas y aguardan hasta que se llenan con pequeños pescaditos.

Todos obtienen abundantes presas y nos animamos a hacer lo mismo, aunque apenas capturamos algunos bagrecitos y , en cambio, logramos llenar dos o tres botellas apresando los pequeños peces, tipo cornalitos. Como estamos cerca de la playa y no tenemos en donde guardar las presas, hacemos un hueco en la arena y allí las arrojamos para después recogerlos.

Nos embarcamos, alegres por poder variar nuestro menú con los primeros pescados que sacamos del río. Para la cena, hoy a cargo de Toto,  tendremos una fritanga de cornalitos con daditos de mandioca, a la que ya nos acostumbramos. Es un buen sustituto de la papa, aunque un poco más fibrosa,  y solamente hay que extraerle el núcleo central, también de fibras duras.

Pero a último momento al improvisado cheff se le ocurre agregarle unos fideos secos tipo dedalitos dentro de la sartén y sin hervido previo. Entonces, cuando masticamos la comida nos encontramos con el crujido de los fideos, para nada ablandados por el aceite caliente, y  la arena que tragaron los pescaditos mientras boqueaban el agua que los rodeaba en los huecos de la playa. Pero es tanta nuestra hambre que igual comimos toda esa mezcla de arena y fideos secos.   

Más adelante nos detenemos brevemente porque un grupo de pescadores bajan el producto de su trabajo, donde se destacan varias presas de gran tamaño. Además de los surubíes, nos muestran otras especies de feas cabezas: “Son manguruyús, el pescado más grande del río, dicen que una vez sacaron uno tan grande como un hombre”. Con uno de estos bichos tendríamos resuelta la comida para todo un mes, si pudiéramos conservar su carne. Nos obsequian un ejemplar de nombre raro (ahora no lo recuerdo) y practicamos su limpieza y cocción, pero no nos rinde mucho porque una vez que la quitamos la cabeza, la cola y las entrañas, lo que nos resta es poco para nuestra voracidad y falta de elementos para conservar pescado.

 

Ejemplares “pequeños” de los enormes manguruytús, cuyos ejemplares llegan a pesar tanto como un hombre..

El viejo brujo que cura con un hilo

Luego de otra dormida tranquila nos levantamos a primera hora de luz porque tendremos que atravesar el famoso Paso Parejhá, con sus remolinos. Sin embargo, lo cruzamos sin muchos problemas, ya que la corriente nos hizo girar pero sin afectar la estabilidad de la –ya con diez puntos—chalana “Tortuga”.

Llegamos pronto a Puerto Pinares, kilómetro 1806, que es el puerto de la importante ciudad de Eldorado, donde además de otras industrias hay un gran centro comercial extendido a lo largo de casi cincuenta kilómetros, lo que la convierte quizá en la ciudad más larga del mundo.. Aquí entrego a Prefectura por primera vez el Rol de Navegación, como corresponde a toda nave. Un periodista de una radio local viene a entrevistarnos y poco después lo hace el cronista Nelson Guimaraes del periódico regional “Alto Paraná”,  con lo que creemos que vamos a ser conocidos y obtener algo de apoyo en días venideros.

 

Toma de agua de la planta de celulosa en Puerto Piraí  y curva de Montecarlo

Encontramos un grupo de personas muy alborotadas cerca del embarcadero y la toma de agua. Es que entre los pescadores que habían colocado varios grandes dorados en el suelo hubo uno que inadvertidamente puso su pie descalzo cerca de la boca de estos hermosos predadores del río. Y –cosa que ignorábamos—aunque hubiera transcurrido bastante tiempo desde su extracción del agua, parece que las bocas de afilados dientes tienen una acción refleja y pegan feroces tarascones si se les pone algo cerca.

Entonces este pescador, un hombrón de unos cuarenta años, resultó con una profunda herida en el pie de la que manaba abundante sangre. Algunos bien intencionados trataban de detener la hemorragia con un trapo, pero era muy grande y no había esperanza que llegara pronto una ambulancia, ya que el poblado está bastante alejado.

Allí pudimos presenciar un suceso increíble, pues fueron a buscar a un viejo vecino, al que se le adjudican  dotes de brujo. Entrando en medio del corro de curiosos el curandero examinó brevemente la herida y susurró algunos comentarios inaudibles. Luego extrajo de su bolsillo un hilo no muy grueso y lo pasó, dando dos o tres vueltas alrededor del tobillo pero sin apretarlo. Y el sangrado se detuvo como por arte de magia, entre los murmullos admirados de los circunstantes.

Luego que ayudaran a levantarse y caminar al accidentado, parece que alguien quiso aprovechar la presencia del sanador. Y nos corrimos unos metros hasta una humilde vivienda en donde estaba atado un caballo de lastimosa postura. En su panza el animal mostraba una fea herida, infectada a tal punto que en ella se veían pulular pequeños gusanos amarillos.  El viejo se arrodilló, hizo dar unos pasos al equino y con un gran cuchillo trazó un círculo alrededor de la tierra en donde había quedado la marca de la pisada. Introdujo más la hoja filosa y con un rápido giro extrajo el bloque del terreno donde estaba esa marca,   mientras recitaba varias palabras como una oración religiosa.

Y vimos otra cosa difícil de creer, porque a los pocos minutos de la herida infectada comenzaron a caer al suelo los gusanos, dejándola limpia de su presencia.  Este procedimiento no tiene explicación racional, pues podría haberse justificado apelando a la sugestión hipnótica si se hubiera  tratado de un ser humano, pero lo extraño es que ocurrió con un animal como protagonista.

Ya más afirmados en nuestro emprendimiento –ahora contábamos con el respaldo de la prensa-- al otro día continuamos nuestro viaje, pensando que dejábamos atrás las zonas peligrosas del Alto Paraná, despobladas y con menos recursos  Estábamos equivocados, pero esto lo sabríamos en las próximas horas.

No le cuento nada a Toto, pero en la Prefectura el oficial Bulos me comentó bromeando que tenían con pedido de captura a un homónimo de mi amigo, de apellido Bagnasco, aunque mayor en edad y de nacionalidad paraguaya. No quiero aumentar su paranoia. 

Oscar Fernandez Real 

(Próxima nota:  Tiros y persecución en la selva): 

 

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