Historia y Arqueología Marítima

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Indice Informacion General 

EN BALSA DE IGUAZÚ A BUENOS AIRES (11)

Por Oscar Fernandez Real

Introduccion

Cap. 1 Tomar el tren de carga. Linyera con Cruz de Hierro. Personajes de John Dos Passos. Cap. 2: El último hidroavión. Espejitos para los indios. Un loco como acompañante. Hidro con historia de bombas Cap 3. Perseguidos por un Winco. Anclados en Posadas . A sopa y soda. Cap. 4 - Polizones de cubierta. Cortina de agua. Dos estibadores pagan su pasaje. Los locos de la jangada.
Cap. 5-Astillero bajo la lluvia. Secreto de todo un pueblo. Vino y cerveza para la democracia... Cap. 6- Fuga en un submarino de troncos. Enfrentar el toro a la hora dos.  La temida trampa que devora jangadas... Cap. 7 - ¿Nos rondó un yaguareté? Nuestra primera pelea.  Moscas, mosquitos y hormigas carniceras... Cap. 8 - Tiros y persecución en la selva. La noche del terror. “Acá hubiera estado nuestra tumba”...
Cap. 9 - Zafamos de chocar con grandes barcos. La elegancia sirve para algo. Vientos,  tormentas y más tiros. Cap.10 - Los yacarés no son leña. Experiencias del Corsario Negro. Pelea con un cuchillo como testigo Cap. 11-  Apreso una víbora y me creen un brujo. Nos metemos en un desvío desconocido siguiendo por Esquina una fantasía. Cap.12 - Alcanzamos el Paraná Inferior y no ganamos para sustos. Las luces de Rosario. El fin del “Tortuga”

Apreso una víbora y me creen un brujo. Nos metemos en un desvío desconocido siguiendo por Esquina una fantasía. Así visitamos una familia desconocida y me enseñan a ordeñar una vaca. Por el Guayquiraró cruzamos un límite mesopotámico. Imagen de fritura hogareña en La Paz antes de la debacle . Naufragamos en lo que creimos un refugio. Dormimos abrigados por estiércol seco en un vagón. Gente humilde nos ayuda. Nuevo calafateo de la averiada  “Tortuga”.

 Un brujo agarra una víbora

Ya nos considerábamos experimentados navegantes en nuestro derivar y pensábamos que habíamos superado todo. Pero estábamos muy equivocados.

Hubo en esta etapa una anécdota que, de momento, no me pareció muy divertida.

Cuando pasábamos al pié de la  continua y pintoresca barranca que levanta la Mesopotamia entre Empedrado y Bellavista, como contraste con los bajíos de la costa santafecina, observamos que varios muchachos estaban jugando un partido de fútbol. Nos arrimamos para entretenernos y el match estaba tan reñido que los espectadores apenas repararon en nosotros. En eso, varios chicos que estaban sentados en un gran tronco seco lo hicieron rodar, como jugando, y todos comenzaron a dar gritos de alarma. Es que debajo del madero semipodrido se movía una víbora de bastante tamaño.

  En tanto iban a buscar un machete para matarla, a mí no me pareció justa su eliminación inmediata, sin verificar antes su peligrosidad. Recordé que una vez, visitando el Instituto Malbrán de Buenos Aires, un experto (creo se llamaba Ibarra Grasso) me demostró cómo se sujetaba un ofidio contra el suelo con sólo apretar firmemente un palo o rama sobre su cabeza. Este hombre luego tomó la serpiente por el cráneo y apretándole de costado las mandíbulas, hizo abrir su boca para desnudar sus colmillos, explicándome que si algún espécimen no los tenía entonces no era venenoso..

Sin saber bien por qué impulso lo hice, contuve a los presentes y procedí a retener a la víbora con una rama larga, tomándole luego la cabeza como había visto hacerlo a aquel experto. Y, sí, al abrirle su boca comprobé que esta serpiente tenía pequeños colmillos, suficientes para inyectar su ponzoña.  Este gesto mío provocó un murmullo admirativo entre los espectadores. Yo me disponía a dejar el peligroso ofidio en el suelo, para que lo mataran, pero como lo sostenía en vertical, entonces instintivamente enrolló su cola   en mi brazo. Ah ¿cómo debía proceder ahora? Esto no me lo habían enseñado.

Una situación extravagante

 Apremiado, le pedí ayuda a Toto, pero éste me respondió que no se atrevía a tocar siquiera la cola de la víbora. Yo trataba de soltarla,  dando media vuelta al sinuoso cuerpo con la otra mano, pero al soltarla para desenroscarle otra media vuelta, el animal volvía a envolverse en torno a  mi brazo. Esta inquietante y casi grotesca situación se repitió dos o tres veces, y los nervios no me hacían percibir lo ridículo y apremiante del incidente. El suspenso se prolongó unos minutos, hasta que alcancé a librarme de la flexible y peligrosa sierpe,  arrojándola a tierra, donde un machetero la mató de un tajo. 

Pero cuando terminó el partido y nos disponíamos a retirarnos, vino un grupo de mujeres con sus niños que comenzaron a apremiarme en guaraní, sin que yo entendiera sus requerimientos. Entonces advertí la sonrisa socarrona de Toto, quien le había comentado a la gente sobre mis poderes de brujo y que por eso podía curar el mal de ojo y otros payé (brujerías). Obviamente, él iba a cobrar en especies por mis servicios..

Me resultó imposible desmentir esta afirmación, ya que las mujeres insistían y exigían ya de mal modo mi influencia sanadora, por lo que terminé simulando algunos gestos rituales sobre las cabecitas que me ponían muy cerca, hasta que pude librarme y volvimos a navegar. Toto volvió a hacerme objeto de sus bromas durante un largo rato, hasta que no pude menos que sonreir por su espíritu pícaro y festivo..

  Clientes del brujo

 Nos vino bien que me pagaran mis servicios profesionales con bollitos de chipá, ese rico pan de mandioca. Es tanta nuestra hambre que algunos días cuidábamos de recoger hasta las mínimas miguitas, y cuando cocinamos un pobre guiso de charque y mandioca en una nueva lata de lubricante –nos la habían regalado y la aprovechamos como olla—nos salió con gusto a querosene, porque como no teníamos jabón, lavábamos todo con agua y tierra arenosa. Igual nos comimos hasta la última gota de esa salsa tornasolada.

 Desde el arcón de los recuerdos

Nos faltaban trece días para entrar en el puerto de Buenos Aires, pero eso todavía no lo sabíamos. Ya estábamos casi tocando tierra de Entre Ríos y decidimos desviarnos por una ruta misteriosa  obedeciendo a  un curioso fenómeno de mi memoria.

Seis años atrás, cuando estudiaba en el Industrial de Aviación, nos reuníamos con otros alumnos en la pensión donde vivía un compañero nuestro, de apellido Segovia, que era bastante mayor en edad y que durante la noche trabajaba como guarda en uno de los tranvías porteños. La escuela tenía un régimen de estudios bastante riguroso, ya que ocupaba prácticamente todo el día, con taller por la tarde y teoría por la mañana. Es así que al “abuelo” Segovia (como lo apodábamos)  le  resultaba muy duro seguir los cursos y muchas veces hasta se dormía en clase.. Nosotros concurríamos los fines de semana hasta la pensión en donde él alquilaba una pieza, en parte por ayudarlo en su estudio y en parte porque las hijas de la dueña de la pensión eran jóvenes y muy bonitas.

Durante esas jornadas de carpetas, cigarrillos y mate, Segovia nos comentó al pasar sobre el tambo de Esquina   donde vivía su familia y en el cual él había crecido.

El mapa indica el desvío por el río Corrientes para visitar a la familia Segovia, cuyo patriarca septuagenario vemos montado en su flete

Ahora, al llegar a este puerto, desde el fondo de mi memoria afloraron recuerdos que, en su momento, yo no había valorado, pero cuya descripción me sirvió de guía en esta etapa de nuestra aventura. Así desviamos por el río Corrientes y fui descubriendo la chimenea de un  horno de ladrillos,  un puentecito de hierro  y  una finca  pintada  de  color rosa que pertenecía a unos vecinos, descripciones hechas por Segovia. Metro a metro, al avanzar por el tranquilo y a veces pantanoso río Corrientes aparecían desde mi subconsciente datos que correspondían a aquella charla, cuando yo ni pensaba en llegarme hasta sus pagos, pues ni ahora mismo sabía en dónde estaba mi ex compañero.

Así, al atardecer, golpeamos las manos y nos encontramos con la sorprendida familia de Segovia, que pronto nos atendió con la mayor cordialidad aunque éramos desconocidos. Como a mí me gusta mucho la leche, a primera hora nos llevaron a los establos y me enseñaron –lo hice malamente—a ordeñar. Al mediodía prepararon un chivito asado y pronto ya no nos querían dejar ir, pero  nosotros estábamos apremiados por llegar a Buenos Aires, recorriendo las  últimas etapas de nuestro periplo.

 El peor refugio para naufragar

Nos despedimos con pesar de nuestros amigos y volvimos a seguir por el río Corrientes hasta la desembocadura del río Guayquiraró, que señala el límite interprovincial, antes de orillar la gran isla Curuzú Chalí.

Tras unas altas barrancas aparecieron las grúas del pequeño puerto que antecede a La Paz, con su gran muelle instalado sobre patas de hormigón. Justamente, estas patas con sus losas como techo nos parecieron engañosamente un buen refugio para amarrar, mientras yo bajaba hasta el correo para recibir otro giro postal.

Yo fui y volví caminando cuando ya era de noche. Uno de los recuerdos más gratos fue que en ese momento se desató un temporal con fuertes truenos y descargas eléctricas, seguidos de un fortísimo viento desde el Oeste, que provocaba mucho oleaje contra la costa. La primera sensación fue gratificante, ya que mientras corría bajo la lluvia incipiente alcanzaba a ver la luz del “Tortuga” en donde mi compañero freía unos churrasquitos y mandioca. Esta imagen casi hogareña duró hasta que cenamos, porque entonces las olas alcanzaron un tamaño excesivo y levantaban o bajaban nuestro casco de madera, golpeándolo contra la estructura del muelle. Tras el paraíso, un infierno acuoso.

Estábamos solos y sin posibilidad de salir aguas afuera –lo que también hubiera sido peligroso—ni de subir a la parte superior del muelle, ya que no había escaleras o travesaños que nos sirvieran como tal. Tratamos de aguantar los golpes pero la violencia de las aguas y el viento nos forzaron a escapar como pudiéramos, abandonando casi todo lo que teníamos a bordo. Pudimos trepar por unas cañerías resbaladizas y, ya arriba, el único refugio que encontramos fueron unos vagones ferroviarios estacionados sobre una vía muerta.

El temporal nos golpea contra los pilotes del muelle en el puerto secundario de de La Paz

 Mojados, sin nada para encender fuego ni abrigarnos, el único recurso a que atinamos fue a abrazarnos en el interior de uno de los vagones antiguamente usado para transportar hacienda, evidenciado por los restos de estiércol seco que había sobre su piso. Insólitamente, esos desperdicios secos nos sirvieron como precario abrigo, mientras esperábamos entre fuertes temblores de frío el amanecer y el amaine del temporal.

La salida del sol fue resultó reconfortante, aunque no lo fue tanto la búsqueda de lo que presumíamos serían restos de la “Tortuga”. Pero nuevamente nuestra compañera de timbó demostró su resistencia, pues solamente se había desplazado unos metros bajo los parantes del muelle, aunque estaba con bastante agua en su interior. Comenzamos a rescatar nuestros enseres y lo que quedó del ya pobre equipamiento que poseíamos. Pusimos todo a secar al sol y algunos vecinos nos ayudaron a arrimar el casco deteriorado hasta la costa. Alguien trajo un martillo y clavos, logrando con esto la reparación del casco, que sellamos con masilla.

Los  náufragos con lo que pudieron rescatar. Oscar una piel y un farolito, Toto una bolsa de objetos mojados.

Siempre recuerdo con gratitud el gesto de una humilde vecina que nos hizo llegar con su hijito varias tortas fritas, sin aceptar ningún pago.

Hicimos deslizar el casco hacia el agua y, en una primera instancia, apreciamos que se mantenía sin registrar filtraciones. Compramos provisiones y nos preparamos para salir al otro día. Sin embargo, durante la noche hubo una pequeña filtración de agua que nos puso de malhumor ante la posible dificultad que esto representaría para nuestra seguridad.

Los tripulantes de una chata nos ayudaron facilitando la pluma de su buque para alzar y calafatear la “Tortuga”

Nuevamente la solidaridad entre la marinería apareció cuando los tripulantes de un barco – del patrón Mario Dicaro, un vecino de la calle Martín Rodríguez de la Boca--  que había amarrado durante la noche se ofreció a levantar la “Tortuga”con el guinche de su mástil. Así la alzaron sobre la cubierta y pudimos encontrar la filtración, que ahora sí sellamos con productos adecuados que ellos también nos suministraron.

Al mediodía correspondimos con nuestros saludos agradecidos a los aplausos con que vecinos y marineros despidieron la nueva zarpada desde La Paz hacia Buenos Aires.

Oscar Fernandez Real 

(Próxima y última nota:  “Las luces de Buenos Aires”)

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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