Historia y Arqueología Marítima

HOME

Indice Informacion General 

EN BALSA DE IGUAZÚ A BUENOS AIRES (12)

Por Oscar Fernandez Real

Introduccion

Cap. 1 Tomar el tren de carga. Linyera con Cruz de Hierro. Personajes de John Dos Passos. Cap. 2: El último hidroavión. Espejitos para los indios. Un loco como acompañante. Hidro con historia de bombas Cap 3. Perseguidos por un Winco. Anclados en Posadas . A sopa y soda. Cap. 4 - Polizones de cubierta. Cortina de agua. Dos estibadores pagan su pasaje. Los locos de la jangada.
Cap. 5-Astillero bajo la lluvia. Secreto de todo un pueblo. Vino y cerveza para la democracia... Cap. 6- Fuga en un submarino de troncos. Enfrentar el toro a la hora dos.  La temida trampa que devora jangadas... Cap. 7 - ¿Nos rondó un yaguareté? Nuestra primera pelea.  Moscas, mosquitos y hormigas carniceras... Cap. 8 - Tiros y persecución en la selva. La noche del terror. “Acá hubiera estado nuestra tumba”...
Cap. 9 - Zafamos de chocar con grandes barcos. La elegancia sirve para algo. Vientos,  tormentas y más tiros. Cap.10 - Los yacarés no son leña. Experiencias del Corsario Negro. Pelea con un cuchillo como testigo Cap. 11-  Apreso una víbora y me creen un brujo. Nos metemos en un desvío desconocido siguiendo por Esquina una fantasía. Cap.12 - Alcanzamos el Paraná Inferior y no ganamos para sustos. Las luces de Rosario. El fin del “Tortuga”

Alcanzamos el Paraná Inferior y no ganamos para sustos. Las luces de Rosario. Somos jueces en un concurso de fideos. Llagas y callos de tanto remar. Casi chocamos con un cuatrimotor y con un gran barco. La absurda muerte de Toto.   El fin del “Tortuga”.

 Sustos ante las luces de Buenos Aires

Ya estamos en la etapa final de nuestro viaje a la deriva desde Iguazú. Conseguimos organizarnos para navegar durante varias horas en la oscuridad de la noche y nuestra principal preocupación es la gran cantidad de buques con que nos cruzamos, así como la aparición sorpresiva de las grandes boyas que, por suerte, nos sirven para indicarnos la ruta principal donde circulan los cascos mayores.

Otro giro postal de mis compañeros de la escuela de periodismo nos permite enriquecer la dieta con verduras y frutas, que alternamos con pescado y estofados. Nos acostumbramos a los bollitos marineros, duros por fuera pero que se mantienen varios días tiernos por adentro. Recuperamos con alborozo pronto interrumpido una encomienda que nos llegó en un estuche de lata, de los de galletitas. Porque mi madre me había enviado, precisamente, galletitas y golosinas, entendiendo por mis escritos que la nuestra era una travesía de placer, como si cruzáramos el río Luján en el Tigre. Hubiera preferido un trozo de carne salada y bollitos marineros.

Por otra parte, ahora también aprovechamos el mayor tráfico fluvial aceptando  invitaciones de tripulaciones curiosas, que nos llaman al leer pintados en los laterales de la “Tortuga” un letrero que indica nuestro propósito. Les cuesta creer que con este diminuto artefacto de navegación hayamos venido desde el Iguazú.

Un amanecer admiramos los jardines del Paseo Urquiza con las blancas cúpulas y edificios de Paraná, la capital entrerriana, debiendo extremar los cuidados ante el tránsito de las balsas que cruzan hasta Santa Fé.

 Las luces de Rosario

Algunas noches después llegamos a Rosario, imponente con sus luces y ruidos de gran ciudad, donde acampamos en un balneario y nos dimos el lujo de comer milanesas hechas con rodajas de un enorme surubí. En el `puerto subimos a  bordo de un convoy de dos barcazas que vienen desde el Paraguay, amuradas lado a lado, y sus tripulantes compiten entre risas al hacernos probar sus cenas con fideos y pastas, para que dictaminemos cuál es más sabrosa. Nos agradaría recibir más invitaciones de este tipo. Uno de los viejos marinos es de apellido Spadavecchia y es pariente de los dueños de la famosa cantina. Nos cuenta que muy al Norte del río Paraguay, en Puerto Casado, los indios tenían los pies descalzos con  unos callos tan gruesos en sus plantas que les permitían caminar sobre las cubiertas metálicas de los barcos sin quemarse. “De noche era un infierno, imposible dormir”, recordó.. .  +

Puerto cerealero en 1956.

Hicimos breve escala en Rosario (bajo esos árboles de la derecha) porque estábamos ansiosos de llegar a Buenos Aires.

Dejando atrás otras luces, las de San Nicolás, otra noche memorable se nos agasajó en San Pedro, donde el encargado del club Náutico nos ofreció una cena para que varios amigos escucharan nuestros relatos. Hubo solamente una situación molesta porque uno de los socios, que afirmaba ser un navegante con experiencia, trató de desmentir nuestra narración. Por suerte, teníamos con nosotros el Rol sellado en cada Prefectura importante que cruzamos.

Vista actual del club Náutico de San Pedro

Recordando las indicaciones del veterano sampedrino que nos dio una fiesta en su barco, desde allí encaramos el tramo recto para evitar las “siete vueltas” que eran el cauce original del Paraná. Y un día después por fin nos encontramos con el paisaje familiar del Delta, donde no hay nadie que nos dispare con fusiles ni bandidos al acecho, y solamente resultan molestas las lanchas colectivas con su fuerte oleaje como estela.

Tripulantes compañeros de Spadavecchia, cuando nos convocaron como jueces de un concurso de fideos.  Vista de San Pedro desde su “laguna” que es un meandro del río Paraná.

 Casi nos pasamos al no advertir la boca del Paraná Miní, que tomamos para no abrirnos mucho con el Paraná Guazú, pero la corriente pareció demasiado lenta para nuestras ansias. Siempre que podemos hablamos con canoeros, cuya experiencia nos sirve de mucho. Por ejemplo, el encargado de una fábrica de formio nos aconsejó que tomáramos un canal hasta salir al río Paycarabí, más fácil de seguir a remo por no tener tanto tráfico. A la vez, nos enseñó a observar la dirección de la corriente arrojando palitos puesto que en pocas horas puede cambiar el sentido del flujo de estos arroyos y canales, por la influencia del cercano Río de la Plata y sus mareas..

Yo estaba preocupado por tener que cruzar el ancho Paraná de las Palmas, pero tuvimos viento a favor y eso nos facilitó el acceso al arroyo Antequera, otra vía tranquila para aproximarnos a Tigre. La veintena de kilómetros de los tramos por el Capitán y el Sarmiento nos resultan larguísimos, sobre todo porque nos metimos por error en un arroyo cegado por juncales. Desde las lanchas colectivas nos miran con curiosidad pero por suerte no nos confunden con los macateros-almaceneros del Norte.

Con las manos enllagadas y con callos, de tanto remar, la noche del jueves 5 de abril dormimos amarrados al muelle de una casa abandonada, cerca de la ciudad de Tigre.  Mientras yo alistaba la “Tortuga” para que apareciera lo mejor posible en el puerto de Buenos Aires Toto consiguió que un isleño lo aproximara a un teléfono público para llamar a sus padres, anticipándoles que llegaríamos al final de nuestro viaje el sábado al mediodía. A su regreso me preocupó verlo sentado y mudo durante largo rato, porque cuando lo miré ví lágrimas en sus ojos. “Estaba recordando la noche de los balazos”, me dijo.

No fue fácil para sus nervios, pensé. La experiencia de este viaje fue fuerte. Quizá  le cambió su vida bohemia un poco, pero no mucho. Se casó dos veces y tuvo un hijo. Murió de manera absurda en junio de 1974, a sus 42 años, cuando iba a comprar cigarrillos en la esquina de su casa, en El Palomar. La caja de un camión que dobló muy cerradamente, le golpeó la cabeza.. .

Aquellos primeros días de abril, después de tres meses de andanzas y al encarar la última etapa, nos confiamos demasiado y creímos que la haríamos en pocas horas. Pero no contamos con .la postrera venganza del Paraná, a quien pensábamos haber dominado. Aunque, en realidad fue el Río de la Plata el que nos frenó con su fuerte viento adverso. Estábamos a la altura de San Isidro, sin poder avanzar, cuando le hicimos señales a un convoy de remolcador y dos chatas que pasaba lentamente a nuestro lado.

Divertidos, los marineros nos dieron su apoyo para llevarnos a remolque, pero entonces fueron ellos los que se quedaron detenidos,. Porque uno de los cascos encalló en el veril de un banco de arena muy cerca de la costa. En la madrugada veíamos pasar por la costa los trenes eléctricos del antiguo Tren de La Costa, que parecían lombrices luminosas.

Por fin, hubo un repunte del río que permitió seguir viaje a nuestro convoy (nos consideramos agregados a él).hasta enfrentar el Club de Pescadores de Buenos Aires. Era hora temprana y, ahora sí, estábamos seguros de llegar como habíamos previsto hasta el primer dique que se conecta con la Dársena Norte. Despedimos con gritos y gestos a nuestros transitorios auxiliadores.

       Volviendo al comienzo,  con un Sunderland.

 Estábamos enfrentando la escollera del Puerto Nuevo cuando desde la Dársena F apareció el rugiente volumen de un hidro cuatrimotor, un Sunderland similar al que nos había llevado hasta Posadas. Por fortuna el piloto nos divisó con tiempo para esquivarnos, en una rápida reacción que no le habrá impedido insultarnos por nuestra imprudencia (curiosa circunstancia, hubiera sido el comenzar y terminar con el mismo modelo de avión). El gran aparato se alejó con sus hélices brillando al sol, quizá para despegar,  y nosotros nos aprestamos a ingresar en la Dársena Norte.

Hubo acá otro incidente que casi nos hace naufragar ya al tocar el destino final. Porque en momentos que íbamos a pasar bajo el puente de la calle Viamonte vimos con asombro que su estructura comenzaba a girar. En un primer instante pensamos que su operador se había vuelto loco o que , como una broma, nos abría el paso en homenaje al esfuerzo de la pequeña “Tortuga”. Toto comenzó a dar gritos de entusiasmo, sobre todo al advertir que en el otro puente, el de la calle Cangallo, estaban ya nuestros familiares y amigos.

Abren el puente de Viamonte en Puerto Madero y creímos que era por nosotros

Pero . súbitamente y cuando ya estábamos en medio del paso del puente abierto, apareció el casco de un gran barco que era para quien habían hecho la apertura. Apretados contra el paredón, veíamos pasar a escasos centímetros hasta los remaches de su recubrimiento, mientras un oleaje espumoso nos zarandeaba peligrosamente. El bramido de los motores impidió que oyéramos las puteadas que seguramente nos habrá largado el timonel ante la imprudencia de dos locos a bordo de un cajón de madera.

Tuvimos buena suerte otra vez, pues enseguida quedamos dentro del espejo de agua del dock y con pocas remadas nos allegamos hasta la escalinata grasienta donde nos esperaba un entusiasta recibimiento y hasta algunos destellos de flashes fotográficos.

Después de los abrazos y besos que nos dimos en merecida efusión, entregamos al rector de la Escuela, Carlos Abregú Virreyes, el papel firmado por mucha gente y autoridades durante nuestro prolongado recorrido. Finalmente, fuimos hasta la Prefectura en donde cumplimentamos la entrega del rol correspondiente, firmado por mí como patrón de una chalana. 

 

  El fin de la aventura en Puerto Madero.----------

  Recortes de diarios

 

Mi familia:  absoluta comprensión de la locura juvenil de un hijo.

¿Y el “Tortuga”? Lamentablemente, tras haber superado infinidad de peripecias, su casco se hundió ignotamente en la segunda noche de encontrarse amarrada a esa escalinata de la calle Cangallo. Nosotros no sabíamos  que en ese lugar amarraban habitualmente barcos mayores y, por eso, tal vez al maniobrar en la oscuridad sus tripulantes no advirtieron su presencia y así resultó aplastado contra el muro del muelle. Lástima de fin para un heroico compañero de aventuras. Cuando fuimos a buscarlo con un camión y un cabrestante para retirarlo, solamente hallamos la cadena atada a un trozo de madera. Seguramente era timbó.

 Oscar Fernandez Real 

FIN

                          de la serie “En balsa de Iguazú a Buenos Aires”

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

Direccion de e-mail: histarmar@fibertel.com.ar