Historia y Arqueología Marítima

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ADIOS, COMPAÑERO - El Portaaviones Dédalo

Luis Jar Torre  - Publicado en la Revista General de Marina de Julio de 2001 Revista General de Marina
 

“Os muestro las heridas del bondadoso César,
pobres, pobres bocas mudas...”

(W.Shakespeare, “Julio César”, Acto 3º, Escena 2ª)

Portaaviones Dédalo, 19 de Marzo de 2001 (Foto procedente de www.usscabot.com)

Por ser mensajero de su pérdida, me comisiona el Director de la Revista para redactar el panegírico del Dédalo y acepto a la tercera y a regañadientes, pues es de justicia que los héroes, si no en vida, vean al menos a su muerte reconocidos los servicios prestados por figura de cierta talla. ¡Pobre Dédalo, cuyos servicios no hubieran desmerecido en su funeral la pluma de Shakespeare, la oratoria de Marco Antonio o el escenario del Campo de Marte! Su vida terrenal ha concluido tras cuarenta y seis años de currante y doce de jubilado, servidor hasta el fin de sus amos los hombres que le dieron la existencia y le exprimieron la vida para, finalmente, arrebatarle a golpe de soplete su último aliento, el último servicio en forma de miserable despojo metálico.

Conocí al finado a mediados de los ochenta en circunstancias no del todo halagüeñas, pues hube de aterrizar en su cubierta víctima de las “necesidades del servicio” y propulsado por una patada que me hizo cruzar la atmósfera patria en horas veinticuatro. Año y pico después los inexorables designios del Mando separaron nuestros caminos, pero todavía escucho en mi corazón, donde su recuerdo pervive junto con el de las demás naves que me alojaron, el clamor de “las otras” acusándome de tener una “favorita”. Y no les falta razón: morirían de celos de saber que (abusando de mi condición de buceador), durante nuestro período de convivencia disfruté el íntimo conocimiento de partes de su anatomía que, normalmente, ocultaba al resto de los mortales.

Pero ¿cómo no amar a un barco que te da la bienvenida con un Segundo Premio de la Lotería Nacional? Cuando nos conocimos, el Dédalo era lo que los anglosajones llaman un “happy ship”, aunque buena parte de su dotación no se percatara de ello. Mi caso era distinto; procedente de un mundo más individualista, fue para mí un “shock” la contemplación de cientos de curritos ofreciendo su sangre a un Cabo víctima de leucemia, o el espectáculo de hoscos “barandas” de pelo en pecho llorando a moco tendido la pérdida de cuatro compañeros en accidente de helicóptero. Hoy no albergo dudas de que el ejemplo y afecto recibidos en aquel maravilloso ambiente, me hicieron mejor persona.

Pese a su difícil gestación, apreciable tamaño y desmañado aspecto, el buque cuya pérdida hoy lamentamos era noble y relativamente dócil al timón y, en ocasiones, uno tenía la sensación de estar conduciendo un camión con la maniobrabilidad de un coche. Quienes frecuentábamos sus “barrios bajos” sabíamos que la razón estribaba en su naturaleza hermafrodita: era portaaviones (o lo que fuera aquello) de cintura para arriba y musculoso crucero en su otra mitad, pues como tal crucero (clase “Cleveland”) había comenzado a construirse en 1942. Y así, desdichado infeliz, toda su vida hubo de arrastrarse por la mar como lo haría por el campo un pura sangre al que hubieran trincado una mesa a la grupa (la cubierta de vuelo) y atornillado ruedines a los flancos (la sobremanga).

Pero a despecho de su congénita “minusvalía”, tras el discreto (y ya maduro) emigrante que acogimos en 1967 se ocultaba el miembro de una distinguida familia de luchadores y un héroe de guerra cuyo historial no osaré glosar por corresponder tal honor a sus compatriotas (http://www.usscabot.com/). Durante su estancia entre nosotros nos permitió poner los cimientos de lo que hoy es el Grupo Alfa, mejorar nuestra autoestima y, finalmente, se las compuso para mantener el puesto asignado más allá del cumplimiento del deber y hasta la llegada de su relevo. Poco más puede pedirse a un soldado. Por nuestra parte, y en su caso al menos, nos queda la tranquilidad del deber cumplido. Tras concederle una bien ganada “doble nacionalidad” y gestionarle un viaje de vuelta en primera clase a su añorada tierra natal, donde todavía recordaban las hazañas juveniles del viejo “Cabot”, confiamos su cuidado a una residencia de lujo. Esta primavera, tras la quiebra de sus cuidadores y unos horribles años de decadencia y abandono que me niego a relatar aquí (http://www.hazegray.org/navhist/carriers/cabot/), el “Dédalo” ha sido chatarreado en Brownsville (Texas).

Ahora, efectuado el postrer cambio de Zona y Dependencia Operativa, su alma navega a la voz de Conrad por el cielo donde van los barcos buenos, aquellos que no hacen extraños al timón ni marean a sus inquilinos. Allí, entre ocasionales comisioncitas por inagotables océanos de agua destilada (que, además, no estropea la piel), intercambiará aventuras abarloado a sus ocho valientes hermanos que le precedieron en la última singladura o, simplemente, dormitará atracado con estachas de algodón a suaves amarraderos de goma-espuma tras libar algún barrilete de lubricante “Gran Reserva” o disfrutar un suave masaje en los pies, aplicado por personal de máquinas altamente cualificado. Huelga decir que su cubierta de vuelo siempre estará disponible para que los Ángeles de la Guarda de los pilotos más “marchosos” practiquen arriesgadas tomas y obtengan las calificaciones idóneas para una más eficaz custodia de sus patrocinados.

El mes pasado, el soldado “Cabot” ha sido despedido en Internet con una hermosa oración fúnebre: “God Bless her and all who served and sacrificed aboard”. Yo despediré al “Dédalo” con otra más íntima que tuve la fortuna de oír susurrarle a un viejo pescador laredano a su barco que se hundía:

“Adiós compañero”

Good-bye

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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