Historia y Arqueología Marítima

 

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Cartas de Eugenio Zalazar

Vecino y natural de Madrid, escritas a muy amigos suyos

Publicadas por la Sociedad de Bibliófilos Españoles Imprenta de M. Rivadeneyra 1866

 

Fuente: Revista Neptunia 1930

Mareo

Qui mingimt mare, enarrant pericula ejus. Los que navegan podrán contar los peligros del mar, dice el que mejor lo sabe. Y así, como hombre que por mis pecados he navegado, quise contar a vuestra merced los trabajos de mi navegación, aunque (a Dios gracias) fueron sin ímpetu de mar ni corsarios.

Hallándome sin provisión en la isla de Tenerife, traté de fletar navio para esta Isla Española, y fleté, no por poco dinero, uno llamado Nuestra Sra, de los Remedios, de harto mejor nombre que obras, cuyo maestre me afirmó ser el navio capaz, velero y marinero, estanco de quilla y costado, bien enjarciado y marinado. Y llegado el día que nos hubimos de hacer a la vela, y la hora de nuestra embarcación, que fué antes del mediodía, lunes 10 de julio de 1573, doña Catalina (Dna. Catalina Carrillo, su esposa con quien casó en 1567) y yó, con nuestra familia, nos llegamos a la orilla de la laguna Stigia, donde arribó Charón con su barquilla y nos llevó a bordo del navio que nos había de recibir, y nos dejó en él. Y allí, por gran regalo, nos metieron en una camarilla que tenía tres palmos de alto y cinco de cuadro, donde entrando, la fuerza del mar hizo tanta violencia en nuestros estómagos y cabezas, que padres e hijos, viejos y mozos, quedamos de color de difuntos, y comenzamos a dar el alma (que eso es el almadiar) y a decir "baac, baac" y tras esto "bor, bor, bor, bor", y juntamente lanzar por la boca todo lo que por ella había entrado aquel día y el precedente, y a las vueltas, unos, fría y pegajosa flema, otros ardiente y amarga cólera, y algunos terrestre y pesada melancolía.

El barco

De esta manera pasamos sin ver sol ni luna, ni abrimos los ojos, ni nos desnudamos de como entramos, ni mudamos lugar hasta el tercero día, que estando yo en aquella oscuridad y temor oí una voz que dijo :

          "Bendita sea la luz

          Y la santa Veracruz,

          Y el Señor de la verdad,

          Y la Santa Trinidad; Bendita sea el alma,

          Y el Señor que nos la manda; Bendito sea el día,

          Y el Señor que nos le envía."

Y luego esta vez dijo las oraciones Pater Noster y Ave María, y tras esto dijo:

"Amén. Dios nos dé buenos días; buen viaje; buen pasaje haga la nao, señor capitán y maestre y buena compaña, amén: así jasa buen viaje, fa sa: muy buenos días dé Dios a vuestras mercedes, señores de popa a proa." Que como yo oí esto, consolado con tales palabras de Dios, dije a mi mujer: "Señora, aunque sospecho que estamos en casa del diablo, he oído palabras de Dios Quiérome levantar y salir a ver que es esto, y ver si nos vamos o si nos llevan"; y así me aliñé lo mejor que pude, y salí del buche de ballena o camareta en que estábamos, y vi que corríamos en uno que algunos llaman caballo de palo, y otros rocín de madera, y otros pájaro puerco, aunque yo le llamo pueblo y ciudad, más no la de Dios que describió el glorioso Agustino. Porque no vi en ella templo sagrado ni casa de justicia, ni a los moradores se dice misa, ni los habitantes viven sujetos a la ley de la razón. Es un pueblo prolongado, agudo y afilado por delante y más ancho por detrás, a manera de cepa de puente; tiene sus calles, plazas y habitaciones; está cercado de sus amuradas; al cabo tiene castillo de proa con más de diez mil caballeros. en cada cuartel; al otro su alcázar tan fuerte y bien cimentado, que con un poco de viento le arrancará las raíces de cuajo y os le volverá los cimientos al cielo, y los tejados al profundo. Tiene su artillería y su condestable que la gobierna; tiene mesa de guarnición ; no falta en este pueblo un trinquete, ni un joanete, ni un borrique, papahijo, boneta ni barrendera. Tiene un molinete que con su furia mueve a los marineros, y con su ruido a los pasajeros; una fuente o dos que se llaman bombas, cuya agua, ni la lengua ni el paladar la querría gustar, ni las narices oler, ni aún los ojos ver, porque sale espumeante como infierno y hedionda como el diablo. Hay aposentos tan cerrados, oscuros y olorosos que parecen bóvedas o carneros de difuntos. Tienen estos aposentos las puertas en al suelo, que se llaman escotillas y escotillones, porque los que por ellos entran escotan bien el contento, alivia y buen olor que han recibido en los aposentos de la tierra, y porque como los aposentos parecen senos de infierno (si no lo son), es cosa cuadrante que las puertas y entradas estén en el suelo de manera que se entren hundiendo los que allá entraren. Hay tantas redes de jarcia y cuerdas a la una y la otra banda, que los hombres allí dentro parecen pollos y capones que se llevan a vender en gallineros de red y esparto.

Hay árboles en esta ciudad, no de los que sudan saludables gomas y licores aromáticos, sino de los que corren continuo puerca pez y hediondo sebo. También hay ríos caudalosos, no de dulces, corrientes, aguas cristalinas, sino de espesísima suciedad; no llenos de granos de oro como el Cíbao y el Tajo, sino de granos de aljófar más común, de granados piojos y tan grandes que algunos se almadian y vomitan pedazos de carne de grumetes.

El terreno de este lugar es de tal cualidad que cuando llueve está tieso, y cuando los soles son mayores se enternecen los lodos y se os pegan los pies al suelo, que apenas los podréis levantar. De las cercas adentro tiene grandísima copia de volatería de cucarachas, que allí llaman curianas, y grande abundancia de montería de ratones, que muchos de ellos se acumulan y resisten a los monteros como jabalíes.

La luz y la aguja de esta ciudad se encierra de noche en la bitácora, que es una caja muy semejante a éstas en que se suelen meter y encubrir los servicios de respeto que están en recámaras de señores. Es esta ciudad triste y oscura ; por defuera negra, por dentro negrísima; suelos negrales, paredes negrunas, habitadores negrazos y oficiales negretes; y en resolución es tal, que desde el bauprés a la contramesana, de la roda al codaste, de los escobenes a la lemera, del espolón al leme, de los estantes de babor hasta los mesteleos de estribor, y del un bordo al otro, no hay en ella cosa que buena sea ni bien parezca; más, en fin, es un mal necesario, como la mujer.

La tripulación

Hay en este pueblo universidad de gente y población, donde tienen sus oficios y dignidades por sus grados y jerarquías, aunque no de ángeles. Porque el piloto tiene a su cargo el gobierno de ella, como el lugarteniente del viento, que es el gobernador propietario. El capitán la defensa, y ya que este capitán no es Roldan, tiene la ciudad dentro muchas roldanas, bravos vigotes y aún vigotas. El maestre, la guarda de las haciendas ; el contramaestre, el arrumar y desarrumar ; los marineros, marinar la nave; los mozos y grumetes, ayudar a los marineros, los pajes, servir a los marineros y grumetes, barrer y fregar y decir las oraciones y velar la ciudad. El guardián no es de frailes franciscos, sino que guarda el batel y tiene cuenta con guardar lo que hurta a los pasajeros y hacer traer agua. El despensero, la guarda del bastimento, y el calafate es el ingeniero que la fortifica y cierra los portillos por donde podría entrar el enemigo. Hay en este pueblo un barberi-médico para raer las testuces de los marineros y sacarles la sangre, si menester fuere. Y, en fin, los vecinos de esta ciudad no tienen más amistad, fe ni caridad que los bijagos cuando se encuentran en la mar.

El idioma del piloto

Miré al piloto, teniente del viento, y víle con grande autoridad sentado en su tribunal é cadira de palo que se debió comprar en almoneda de barbero; y de allí, hecho un Neptuno, pretende mandar al mar y a sus ondas y a las veces sacude el mar con una rabeada, que si no se asiese bien a los arzones de la silla, iría a sorber tragos del agua salada. De alli gobierna y manda, y todos hacen su mandado y le sirven tan bien, que después de "Langarote cuando de Bretaña vino", yo no he visto caballero tan bien servido ni he visto bellacos que tan bien sirvan y merezcan sus soldadas como estos marineros. Porque si el piloto dice: "¡ ah de proa!" veréislos al momento venir ante él saltando como demonios conjurados; y están los ojos en él puestos y las bocas abiertas esperando su mandato, y él con grande autoridad manda al que gobierna y dice: "bota, no botéis; arriba, no guiñéis; gobernó, la ueste cuarta al sueste; bota de/ó." Luego lo há con los otros marineros, y dice: "guinda el joanete; amainó el borriquete; izó el trinquete; no le amaréis ai bótalo; enmaró un poco la cebadera; levó el papahijo; empalomadle la boneta; entren esas badasas aprisa por esos olíaos; desencapilla la mesaría; agoladla a la verga con los leníceos; toma las fustagas; untó la pasteca; ligó la trida al guindaste; tiró de los escofines de gavia; suban dos a los penóles; ayuden a las tridas, que corran por los motones; sustentó con los amantillos; unta los vertellos, correrán las liebres; vía de las trozas, abrazará el racamento al mástil; así de la relinga de la vela mayor; dejad las cajetas; tomad aquel puño; hala la escota; dad vuelta al ascaldrame ; haced un pajarii a gilovento; atesó con la bolina; ayudaos del verdago; levó el gratil por aquel medio; alzó aquel briol; haced un palanquín; tira aquella braza; dad vuelta; amarrar aquellas burdas; dejad las chafaldetas; tesó los estayes; mete aquel cazonete que se sale aquella veta; tocad la bomba; mete bien el zuncho; juegue el guimbalete para que la bomba achique; escombra esa dala; zafa los embornales."

Y cuando el piloto provee estas cosas, es de ver la diligencia y presteza de los marineros en la ejecución de ellas, porque en el instante veréis unos en los baos de la gavia; otros, subiendo por los flechastes asiéndose a los obenque; otros caballeros en las antenas; otros, abrazados con el calcés; otros, con los masteleros; otros, pegados con la carlinga asidos a los tamboretes; otros, asidos de las escotas halando y cazando, y otros trepando y cajándose de una a otra parte por las otras jarcias; unos altos y otros bajos, que parecen gatos pauses por los árboles, o espíritus de los cayeron del cielo y se quedaron en el aire.

Pues al tiempo de guindar las velas, es cosa de oir zalomar a los marineros que trabajan, y las izan cantando y a compás del canto, como las zumbas cuando pelean; y comienza a cantar el mayoral de ellos, que por la mayor parte suelen éstos ser levantiscos, y dice:

buizá o dió-ayuta ney etc.

A cada versillo de estos que dice el mayoral, responden los otros eo, y tiran de las fustagas para que suba la vela.

Estaba embelesado mirando esta ciudad y los ejercicios de la gente de ella, y maravillado de oir la lengua marina o malina; la cual yo no entendía más que el bambaló de los bramenes. Y aunque la lengua es malina y vuestra merced malino, no sé si habrá entendido todos los términos y vocablos que he referido; si alguno se le fueren de vuelo, búsquelos en el vocabulario del Antonio, y de los que allí no hallare pida interpretación a los marineros de la villa de IUescas, donde se ejercita mucho esta lengua; y no me la pida a mí, que en aprender las voces, acentos y vocablos de este confuso lenguaje, sin entender las significaciones, pienso que he hecho más que diez tordos y veinte papagayos.

Harto es que haya yo aprovechado tanto en esta lengua en cuarenta días, como el estudiante de Lueches en cuatro años que estudió la lengua latina en la Universidad de Alcalá de Henares, que yendo a iniciarse u ordenarse de prima tonsura, le preguntó el arzobispo de Toledo: ¿ "Qué quiere decir Dominus Vobiscum"? Y él respondió construyendo la oración: "Do, yo doy; minus, menos; vobiscum a los bobos". Así hago yo (dijo el Arzobispo) ; idos a estudiar, que cuando hayáis bien acabado de aprender la Gramática, que ignoráis, se os iniciará la corona que pedís." Y con esto le despidió sin darle tijeretada en la cabeza. Yo no es de maravillar que sepa algo en esta lengua, porque me he procurado ejercitar mucho en ella, tanto que en todo lo que hablo se me va allá la mía. Y así para pedir la taza muchas veces digo: Larga la escota. Cuando pido una servilleta, digo: Daca el pañol. Si pido alguna caja de conserva, digo: Saca la cebadera. Si llego al fogón, digo: Bien hierven los olíaos. Si quiero comer o cenar en forma, digo: Pon la mesana. Cuando algún marinero trastorna mucho el jarro, digo: ¡Oh! ¡Cómo achicáis! cuando otro tira un cuesco (que pasa muchas veces), digo: ¡Ah de popa! Así que ya no es en mi mano dejar de hablar esta lengua.

Rancho

Estúveme mirando al gobernador como proveía, y a los marineros cómo ejecutaban, hasta que viendo el sol ya empinado, vi salir dos de los dichos pajes debajo de cubierta con cierto envoltorio que ellos dijeron ser manteles, y tendiéronlos en el combés del navio, tan limpios y blancos y bien adamascados, que parecían piezas de fustán pardo deslavados. Luego hincharon la mesa de unos montoncicos de bizcochos deshechos, tan blancos y limpios, que los manteles pa

recían tierras de pan llevar, llena de montoncicos de estiércol. Tras esto pusieron tres o cuatro platos grandes de palo en la mesa, llenos de caña de vaca sin tuétanos, vestidas de algunos nervios mal cocidos; que estos platos llaman saleres, y por eso no ponen salero. Y estando a la así bastecida, dijo el paje en voz alta: "Tabla, tabla, señor Capitán y maestre y buena compaña, tabla puesta; vianda presta; agua usada para el señor Capitán y maestre y buena compaña. ¡Viva, viva el Rey de Castilla por mar y por tierra! Quien le diere guerra que le corten la cabeza; quien no dijere amén, que no le den a beber. Tabla en buen hora, quien no viniere que no coma." En un santiamén salen diciendo amén toda la gente marina, y se sientan en el suelo a la mesa, dando la cabecera al contramaestre, el lado derecho a! condestable. Uno echa las piernas atrás, otros los pies adelante; cuál se sienta en cuclillas, y cuál recostado, y de otras muchas maneras. Y sin esperar bendición, sacan los caballeros de la tabla redonda sus cuchillos o gañavetes de diversas hechuras, que algunos se hicieron para matar puercos, otros para desollar borregos, otros para cortar bolsas; y cogen entre manos los pobres huesos, y así los van desforneciendo de sus nervios y cuerdas, como si toda su vida hubiesen andado a la práctica de la anatomía en Guadalupe o en Valencia; y en un credo los dejan más tersos y limpios que el marfil. Los viernes y vigilias comen sus habas guisadas con agua y sal. Las fiestas recias comen su abadejo. Anda un paje con la gaveta del brevaje en la mano, y más baptizado que ellos querrían. Y así comiendo él ante por pos, y el pos por ante, y el medio por todo, concluyen su comida sin quedar conclusa su hambre.

A este tiempo comen en mesa aparte el Capitán, maestre, piloto y escribano de la nao; y a la misma hora todos los pasajeros, y comimos yo y mi familia. Porque en esta ciudad es menester que guiséis y comáis a la misma hora de nuestros vecinos; porque si nó no hallaréis lumbre ni rayo de amor en el fogón, Por esta manera yo que tengo fastidio, he de comer y cenar a la hora del que tiene hambre canina, o comer frío y puesto del lado, y cenar a oscura. Es de ver a esta sazón el fogón, que algunos llaman la isleta de las ollas, qué de garabatos de curtidores andan en él; ver tantas comidas diversas a un mismo tiempo, tantas mesas y tantos comedores. Uno dice: ¡ Oh, quién tuviera un racimo de uvas albillas de Guadalajara! Otro: "¡Oh, quién hallará aquí un plato de guindas de Ylles-ca!": Otro: "Comiera yo ahora un plato de navos de Somosierra." Otro: "¡ Yo, una escarola y una penca de cardo de Medina del Campo." Y así todos están regoldando deseos y descaliños de cosas inalcanzables del puesto donde ellos se hallan. Pues pedid de beber en medio de la mar, moriréis de sed, que os darán el agua por onzas como en botica, después de hartos de cecinas y cosas saladas; que la señora mar no sufre, ni conserva carnes ni pescados que no vistan su sal.

Y así todo lo más que se come es corrompido y hediondo, como el mabonto de los negros zapes.

Y aún con el agua es menester perder los sentidos del gusto y olfato y vista para bebería y no sentirla. Desta manera se come y se bebe en esta agradable ciudad.

Delicias de la vida abordo

Pues si en el comer y beber hay este regalo, ¿en lo demás cuál será? Hombres, mujeres, mozos y viejos, sucios y limpios, todos van hechos una mololoa y masamorra, pegados unos con otros; y así junto a unos uno regüelda, otro vomita, otra suelta los vientos, otro descarga ias tripas, vos almorzáis; y no se puede decir a ninguno que usa de mala crianza, porque ias ordenanzas de esta ciudad lo permiten todo. Poneros heis de pies en el suelo de esta ciudad, entrará un golpe de mar a visitarlos, y besároslos ha de manera que os deje los zapatos o botas blancas más que nieve de su saliva espumosa, y quemadas con la fortaleza de su sal. Queréis os pasear por hacer algún ejercicio; es menester que dos grumetes os lleven de brazo, como novia de aldea; si no, daréis con vos y con vuestra cabeza bien lejos de las almohadas de vuestro lecho. Pues si queréis proveeros, provéalo Vargas ; es menester colgaros a la mar como castillos de grumete; y hacer cedebones al sol y a sus doce sinos, a la luna y a los demás planetas, y emplazarlos a todos, y asiros bien a las crines del caballo de palo, so pena que, si soltáis, os derribará de manera que no cabalguéis más en él; y es tal el asiento que ayudas multas vegadas chega a inerda a eolio de o cu, y de miedo de caer en la mar se retira y vuelve adentro como cabeza de tortuga, de manera que es menester sacarla arrastrando a poder de calas y ayudas.

La música que se oye es de los vientos que vienen gimiendo, y del mar y sus olas que llegan al navio bramando.

Si hay mujeres (que no se hace pueblos sin ellas), ¡ oh, qué gritos con cada vaivén del navio! ¡Ay, madre mia! Y échenme en tierra, y están mil leguas de ellas. Sí llueve y vienen aguaceros, buenos tejados y portales hay, donde se ampare la gente del agua; y si hace so! que derrite los másteles, buenos aposentos y palacios frescos para resistirle; buena aloja y obleas para refrescarse. Pues si toma una calma en medio del mar, cuando el matalotaje se os acaba, cuando no hay agua que beber, aquí es el consuelo; el navio arfando noche y día, vuélveseos a revolver el estómago, que estaba quieto, a subir a la cabeza los humos que estaban asentados, y veis os a Dios misericordia, hasta que, ella mediante, vuelve a soplar el viento. A tiempo van las velas encampanadas y hinchadas, que es contento verlas; y a tiempo toman por avante y azotan aquellos mástiles, y más a nosotros; porque anda el navio casi nada. Pues si el piloto es muy poco cursado en la carrera, que no sabe cuando se ha de dar resguardo a la tierra, y enmararse para huir los bajos, las restingas y otros peligros, pensaréis que vais por mar alta, y en un tris os hallaréis en seco, y luego mojados, y luego os hallarán ahogados. Pues si el navio es poco zorrero como el que nos llevaba, que aunque tenía viento a fil de roda apenas se meneaba, ¡ oh, qué largo es el viaje! Los compañeros cada hora se ponían a la corda pairando, y aún era menester llevarle a jorro, que no bastaba llevarle remolcando; cuando había bonanza para ello, iba penejando. que cada día nos almadiábamos de nuevo en habiendo un poquito de tiempo.

La oración

De día todo es negrura y de noche todo tinieblas en esta ciudad, aunque a prima noche después de la cena, a la cual llama el pregón como a la comida, se acuerda el pueblo de Dios por la voz del paje que trae la lumbre a la bitácora diciendo: "Amén, y Dios nos dé buenas noches; hiten viaje, buen pasaje haga la nao, señor capitán y maestre y buena compaña."

Después salen dos pajes y dicen la doctrina cristiana y las oraciones: Pater Noster, Ave María, Credo, Salve-Regina. Luego éntranse los pajes a velar la empolleta, y dicen:

Bendita la hora en que Dios nació, Santa María que lo parió, San Juan que lo bautizó La guardia es tomada; La ampolleta muele, Buen viaje haremos, si Dios quisiere."

Cuando acaba de pasar el arena del ampolleta, dice el paje que vela:

Buena es la que va, Mejor es la que viene; Una es pasada y en dos muele; Más molerá si Dios quisiere, Cuenta y pasa que buen viaje faza; Ah de proa, alerta, buena guardia."

Y los de proa responden con un grito o gruñido, dando a entender que no duermen. Y a cada ampolleta que pasa, que dura media hora, hacen otro tanto hasta la mañana, y dice: "Al cuarto, al cuarto, señores marineros de buena parte; al cuarto, al cuarto en buena hora de la guardia de señor piloto, que ya es hora; leva, leva, leva." Hasta esta hora todos velamos, empero, de ahí adelante los párpados no se pueden tener; abránze las pestañas, y cada uno se aplica a la parte que tiene señalada para su recogimiento. Yo me metí en mi tabuco con mi gente, y nuestro dormir era dormitar al son del agua que rompía el navio. Todos íbamos meciéndonos como en hamacas, que el que entra en un navio, aunque sea de cien años, le han de mecer en cuna; y a ratos de tal manera que rueda la cuna y cunas y arcas sobre él.

Dispersión de la flota

De esta manera navegamos solos sin otra compañía seis días. Porque otras ocho naos que salieron con nosotros del Puerto de Santa Cruz de la isla de Tenerife, en cuerpo de flota, dejaron de cumplir los mandatos del señor juez de la contratación de Indias, que allí nos despachó, y soltóse cada uno por donde le pareció la primera noche que navegamos. Así que viéndose el hombre en un navio solo, sin ver tierra sino cielo no sereno y agua, camina por aquellos reinos cerúleos, verdinegros, de suelo oscuro y espantoso, sin ver si se menea de un lugar ni conocer la estela de un navio, viéndose al parecer siempre rodeado de un mismo horizonte, viendo a la noche lo mismo que vio a la mañana, y hoy lo mismo que ayer, sin ver cosa alguna diversa. ¿ Qué gusto? ¿Qué.alivio puede tener en el viaje, ni qué hora le puede dejar el enfado de tal camino y posada ?

Morriña

El camino por tierra en buena cabalgadura y con buena balsa es contento: vais un rato por un llano, subís luego a un monte, bajáis de allí a un valle, pasáis un fresco rio, atravesáis una dehesa llena de diversos ganados; alzáis los ojos, veis volar diversas aves por el aire; encontráis diversas gentes por el camino, a quien preguntáis nuevas de diversas partes; alcanzáis dos frailes franciscos con sus bordones en la mano y sus faldas en las cintas, caminando en el asnillo, del seráfico, que os saludan con un "Deo gracias"; ofrecérseos ha luego un padre Jerónimo en buena muía andadora con estribos de palo en los pies, y otros mejores en las alforjas de bota de buen vino y pedazos de jamón fino. No os faltará un agradable encuentro de una fresca labradorcita. que va a la villa oliendo a poleo y tomillo salsero, a quien digáis: "¿ Amores, queréis compaña?" Ni dejáis de encontrar una puta rebozada, con su zapatico corriendo sangre, sentada en un mulo de recuero, y su rufián a talón tras ella. Ofréceseos un villano que os vende una hermosa liebre que trae muerta,, con toda su sangre dentro para la lebrada, y un cazador de quien compráis un par de buenas perdices. Descubrís el pueblo donde vais a comer o hacer jornada, y alivíaseos con su vista el cansancio. Si hoy llegáis a una aldea donde hallaréis mal de comer, mañana os veréis en una ciudad que tiene copiosísima y regalada plaza. Si un día coméis en una venta, donde el ventero cari-acuchillado, experto en la seguida y ejercitado en lo rapapelo, y ahora cuadrillero de la santa hermandad, os vende gato por liebre, el macho por carnero, la cecina de rocín por de vaca, y el vinagre aguado por vino puro, a la noche cenáis en casa de otro huésped, donde os dan el pan por pan, y el vino por vino. Si hoy hacéis noche en casa de huéspeda vieja, sucia, rijosa y desgraciada y mezquina, mañana se os ofrecerá mejorada suerte, y caéis con huéspeda moza, limpia y regocijada, graciosa, liberal, de buen parecer y mucha piedad; con lo que olvidáis hoy el mal hospedaje de ayer. Mas en la mar no hay que esperar que el camino, ni la posada, ni el huésped se mejore; antes cada día es todo peor, y más enfadoso con el aumento de trabajo de la navegación y falta de matalotaje que va descreciendo y siempre más enfadando.

Noche de sábado

Yendo, pues así solo, llegó el primer sábado, en que a la hora de la oración se hizo una solemne fiesta en nuestra ciudad, de una salve y letanía cantada a muchas voces; y antes que se comenzase el oficio, estando puesto un altar con imágenes y velas encendidas, el maestre en voz alta dijo: "¿Somos aquí todos?" y respondió la gente marina: "Dios sea con nosotros." Replica el maestre:

"Salve digamos, Que buen viaje hagamos; Salve diremos, Que buen viaje haremos."

Luego se comienza la salve y todos somos cantores ; todos hacemos de garganta. No fuimos en nuestro canto por terceras, quintas ni octavas, sino cantando a un tiempo todos ocho tonos y más otros medios tonos y cuartas. Porque como los marineros son amigos de divisiones ,y dividieron los cuatro vientos en treinta y dos, así los ocho tonos de la música los tienen repartidos en otros treinta y dos tonos diversos, perversos, resonantes y muy disonantes; de manera que hacíamos este día en el canto de la salve y letanía una tormenta de huracanes de música, que si Dios y su gloriosa Madre, y los Santos a quienes rogamos miraran nuestros tonos y voces, y no a nuestros corazones y espíritus, no nos conviniera pedir misericordia con tanto desconcierto de alaridos. Acabada la salve y letanía dijo el maestre, que es allí el preste: "Digamos todos un credo a honra y honor de los bienaventurados Apóstoles, que nieguen a Nuestro Señor Jesucristo nos dé muy buen viaje." Luego dicen el credo todos los que creen. Luego dice un paje que es allí monacillo : "Digamos un Ave María por el navio y compañía." Responden otros pajes : "Sea bien venida", y luego rezamos todos el Ave María. Después dicen los muchachos levantándose: "Amén y Dios nos dé buenas noches", etc. Y con esto se acaba la celebración de este día, que es la ordinaria de cada sábado.

Velas a la vista

Otro día domingo por la mañana, descubrimos y conocimos nuestra almiranta, la cual asimismo conoció nuestra nao, que era su capitana; y con mucho contento nos juntamos y vinimos más de quince dias en compañía; al cabo de los cuales, una mañana subió el marinero a la gavia a descubrir la mar y dijo: "Una vela", con que nos alteró mucho, porque aunque sea un barquillo por la mar, le temen los que no van de armada, sospechando que son corsarios. Luego dijo el marinero: "Dos velas"; con que dobló nuestro miedo. Luego dijo: "Tres velas"; con lo que hizo soltar más de tres tiros de olor, teniendo por cierto que eran ladrones. Yo, que llevaba allí todo mi resto de mujer e hijos, considere muestra merced qué sentiría. Comienzo a dar prisa al condestable que apreste la artillería; hízose muestra de armas; comienzan las mujeres a levantar alaridos: "¿Quién nos metió aquí, amargas de nosotras? ¿Quién nos engañó para entrar en este mabr?" Los que llevaban dinero o joyas acudían a esconderlos por las cuadernas y ligazón y escondrijos del navio. Reparémosnos todos nuestras armas en los puestos más convenientes, que no tenía jareta la nao y las mismas prevenciones habían hecho en la almiranta, con ánimo todos de defendernos; porque los tres navios se venían acercando a nosotros, que parecen traían nuestra derrota. Uno de los cuales era bien grande, aunque a los marineros se hizo tanto mayor que unos decían: "Este es el galeón de Plorceia"; otros: "Antes parece el Bucintoro de Venecia" ; otros: "no es sino la Miñona de Inglaterra"; y otros decían: "Parece el Cagafoyo de Portugal."

Reunión de la flota

Mas acercándose más ellos, que aunque eran tres no venían menos temerosos, nos conocieron, y luego nosotros conocimos las velas que eran de amigos; porque eran navios de los de nuestra flota. El placer presente igualó al pesar pasado, sino que de allí el mar nos dio a beber de sus tragos. Porque arribando el grande sobre nosotros por saludarnos de cerca, se descuidaron los que gobernaban de manera que por poco nos quitan la salud y las vidas. Porque nos embistió con e! espolón por la popa, e hizo en nuestra ciudad una batería, por la cual comenzó a meterse la muchedumbre del mar de tal manera que si la gente no acudiera a la resistencia, fuera nuestra ciudad tomada de las aguas antes de una hora. Mas quiso Dios que se remedió con no poca alteración de Doña Catalina, que estaba alojada en aquel cuartel. Y acabadas las alteraciones de las lenguas, aunque no la de los corazones, se lavó -todo el temor con agua salada porque no oliese mal, y nos saludamos todos con mucha alegría y contento, y los tres navios volvieron a prometer la conserva de la capitana y almiranta. Arbolamos luego bandera de capitana en el mastelero de la gavia mayor, y pusimos arco en la popa, y hacíamos nuestro farol de noche; llegábannos las naos a saludar por sotavento, e iba todo el negocio de ahí en adelante con mucho orden. Y el estilo de saludarse a las mañanas unos navios a otros, es a voz en grito, al son del chiflo, diciendo: "Buen viaje"; a tan buen tono que oirlo un día basta para hacer malo el viaje de un año.

Los cálculos del piloto

Así navegamos con viento galerno otros cuatro días, hasta que ya el piloto y gente marina comenzó a oler y barruntar la tierra como los asaos el verde. A estos tiempos es de ver al piloto tomar la estrella, verle tomar la ballestilla, poner la sonaja y asestar al Norte, y al cabo dar 3.000 o 4.000 leguas de él; verle después todos al mediodía el astrolabio en la mano, alzar al sol los ojos,. procurar que entre por las puertas de su astrolabio, y corno no lo puede acabar con él, y verle mirar luego su regimiento; y en fin, echar su bajo juicio a montón sobre la altura del sol, y como a las veces le sube tanto que le sube mil grados sobre él. Y otras veces cae tanto rastrero que no llega allá con mil años, y sobre todo me fatigaba ver aquel secreto que quieren tener con los pasajeros, del grado o punto que toman y de las leguas que parece que el navio ha singlado; aunque después que entendí la causa, que es porque nunca dan en el blanco ni lo entienden, tuve paciencia, viendo que tienen razón de no manifestar los aviesos de su desatinada punteria; porque toman la altura un poco más o menos, y espacio de una cabeza de alfiler en su intrumento os hará dar más de 500 leguas de yerro en el juicio. Tórname este, tino: ¡ Oh, cómo muestra Dios su omnipotencia en haber puesta esta subtil y tan importante arte del marear en juicios tan botos y manos tan groseras como en la de estos pilotos! Que es verlos preguntar unos a otros: "; Cuántos grados ha tomado vuestra merced?": Uno dice: diez y seis; otro : "veinte escasos"; y otro: "trece y medio". Luego preguntan: "¿ Cómo se halla vuestra merced con la tierra ?". Uno dice: "Yo me hallo 40 leguas de tierra". Otro: "Yo 150". Otro: "Yo me hallé esta mañana 92 leguas"; y sean tres o sean trescientas, ninguno ha de conformar con el otro ni con la verdad.

¡Tierra!

Oyendo estos vanos y varios juicios de los pilotos y maestre y algunos marineros que presumen de bachilleres en el arte, venimos hasta que a los veintiséis días de nuestra navegación fué Dios servido que vimos tierra. ¡Oh, cuánto mejor parece la tierra desde el mar que el mar desde la tierra! Vimos a la Deseada, ¡ y qué deseada!, a la Antigua, y desembocamos por entre las dos; dejando a la Deseada a la parte del Leste, pasó nuestro deseo adelante, y apareciósenos a barlovento Santa Cruz. Fuimos casi a luengo de tierra de ella; luego alcanzamos a San Juan de Puerto Rico, perlongamos su costa e hicimos resguardo en Cabo Bermejo, porque se suelen esconder allí ladrones. Fuimos de allí a reconocer a la Mona y a los Monitos, aunque de mucho atrás los traíamos reconocidos y reconocímoslos. Pasamos en demanda de la isla de Santa Catalina, y hallárnosla. y descubrimos la Saona, y tierra del bendito santo que nos dio tanto gozo, tanto, tanto. Todo esto no se hizo sin muy copiosos aguaceros que nos mojaban y remojaban. Más tarde todo lo teníamos por tortas y pan pintado, no viendo los huracanes que temíamos.

Con e! gozo de verse con la tierra que demandábamos, se descuidó un poco el señor piloto teniente del viento y subdelegado, el que traía la rienda del dicho caballo de madera, y comenzó a descaer el navio del puerto, hasta que dando bordos se volvió a poner en la carrera. Lo cual fué causa que no pudimos entrar aquel día por la boca del río Santo Domingo por ser ya noche.

Y así convino entrar con la sonda en la mano a ponernos en lugar seguro; porque fuera necedad haber nadado y nadado, y ahogar a la orilla.

En puerto

Ficháronse dos áncoras y buenas amarras, con que el navio quedó (Dios mediante) seguro. Y quedámosnos aquella noche en el agua, sin que yo consintiese saltar a nadie en tierra, porque no se supiese que yo estaba allí; que cierto fué la más larga y trabajosa noche del viaje todo. Porque el navio estuvo siempre arfando, y nuestros estómagos como el primer día que nos embarcamos.

Y cerca de los trabajos y peligros del mar no tengo más que decir, sino que todo lo dicho pasa cuando se lleva viento en popa y mar bonaza; considere vuestra merced qué será cuando hay borrasca de mar o corsarios, y más si vienen fortunas o tormentas. En resolución, la tierra para los hombres y el mar para los peces.

Otro día al amanecer viera vuestra merced en nuestra ciudad abrir cajas a mucha prisa, sacar camisas limpias y vestidos nuevos, ponerse toda la gente tan galana y lucida, en especial algunas de las damas de nuestro pueblo que salieron debajo de cubierta, digo debajo de cubierta de blanco solimán y resplandor y finísimo color de cochinilla, y tan bien tocadas, rizadas, engrifadas y repulgadas que parecian nietas de las que eran en alta mar.

Salió el maestre a tierra y un criado mío con quien envié un recado al Señor Presidente. Y luego comenzaron a acudir barcos a nuestro navio, porque no había tiempo para entrar la nao sino atoando, yo y mi familia nos metimos en un barco que nos trajeron aderezado. Y salimos a la deseada tierra y ciudad de Santo Domingo, donde fuimos bien recibidos, y habiendo descansado dos o tres días se me dio posesión de mi silla, donde quedo sentado hasta que Dios quiera, y sin deseo de surcar más el mar.

 

 

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