Historia y Arqueología Marítima

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PASSIM

EL YACHTING EN LA GUERRA

 

por PAUL HARTMANN- Publicado en Yatching Argentino.

Pertenece este episodio a un capítulo de la historia que nunca ha sido escrito: el de la contribución del yachting a las operaciones de las respectivas armadas nacionales. No solamente los alemanes, sino los ingleses, utilizaron yates para alimentar sus redes de información, con hombres y medios de comunicación, durante la segunda guerra mundial.

Con Noruega habían establecido un servicio que por su regularidad llegó a ser conocido entre los agentes como Scotland Bus Service. Los norteamericanos emplearon yates en el servicio de vigilancia costera. Los demás países marítimos, también, aunque no en forma tan sistemática y organizada como ingleses y alemanes, usaron yates para servicios bélicos.

PASSIM, tal el nombre del protagonista del episodio que nos narra Paul Hartmann era un pequeño velero, de 15 toneladas, que cruzaba los océanos para depositar sobre las playas de lejanos países agentes alemanes. Una noche se acercó a nuestras playas y depositó su agente. Precedentemente había realizado otras misiones en Senegal y en Angola. Iba y volvía de Alemania a vela y sin escalas.

El papel que protagonizaron las embarcaciones deportivas en las dos contiendas mundiales, aunque silencioso —y, por este hecho, poco conocido— ha sido importante y, muy a menudo, glorioso. La evacuación del ejército británico desde las playas francesas de Dunkerque, próximas a transformarse en su tumba, es el único episodio que nos han relatado las crónicas. Cientos de yates han cruzado, en aquella noche del año 1940, el Canal de la Mancha, desafiando minas y ataques aéreos, para traer de vuelta a Inglaterra los fugitivos perseguidos por la Wehrmacht.

Esta acción fue posible porque aquella noche las aguas del canal eran tan calmas como las de un estanque, así que pequeñas embarcaciones, lanchas y centenares de veleros, se acercaron a la costa de tal manera que los soldados pudieron abordarlos, directamente, desde la playa. Una operación de mayor envergadura, con buques de mayor porte —que hubiera requerido la entrada a puerto— estaba destinada al fracaso, por los continuos ataques de la aviación alemana que dominaba, en aqual entonces, incontrastada, los cielos del canal.

No ha sido el de Dunkerque, sin embargo, el único hecho de guerra que haya tenido a los navegantes deportivos y a sus yates como actores principales. En los Estados Unidos se les confió la vigilancia de las costas, y en verano y en invierno, de día y de noche, con bueno o mal tiempo, navegaban estos yachtmen en alta mar para poder dar la alarma en el caso de advertir la presencia de un submarino alemán o japonés. Los ingleses, por su parte, habían organizado un servicio regular entre las Islas Shetland —en Escocia— y la rocosa costa noruega.

EL SHETLAND BUS SERVICE

Pequeños pesqueros tripulados en su mayoría por navegantes deportivos, crearon lo que se les dio por llamar Shetland Bus Service, para llevar agentes hasta las costas noruegas, y traer de vuelta fugitivos, perseguidos por las policías o los servicios de informaciones del enemigo, como así también elementos para sabotajes y material de comunicaciones. Durante sus raids consiguieron instalar sesenta emisoras clandestinas, cosa ésta que constituía el orgullo del Shetland Bus Service, que se había casi transformado en un servicio regular de transporte para pasajeros y carga.

Los alemanes, por razones análogas, emplearon pequeñas embarcaciones, con pocos tripulantes, para fines bélicos. Con ellas llevaban sus agentes a países y continentes lejanos. Es de algunos de estos episodios que nos ocuparemos en el presente artículos, episodios interesantes porque difíciles de realizar y peligrosos: Heinz Garber, yachtman, ha sido su protagonista. Alemán, ha recibido, durante la segunda guerra mundial, del servicio de informaciones de su país, órdenes de llevar agentes a Irlanda, Sudáfrica, Brasil y... Argentina. Y las ha ejecutado. Veremos cómo.

LAS HAZAÑAS DE GARBER

Hein Garber era conocido en los círculos náuticos por haber realizado una travesía del Atlántico de Este a Oeste, en solitario, con un yate de 9 metros de eslora. Nunca había sido militar, sin embargo recibió imprevistamente una orden del Almirantazgo de presentarse a un comando naval en Francia, ocupada en aquel entonces por las tropas alemanas. Allá se le comunicó que debía embarcar como tripulante a bordo de un yate —mandado por otro yachtman— y próximo a zarpar para llevar agentes a Sudáfrica: 15.000 millas de navegación, sin acercarse nunca a las grandes rutas comerciales.

De regreso a Francia, se ordenó a Garber conseguir un barco para llevar, nuevamente a Africa, agentes alemanes. Garber encontró al PASSIM —parecido a un atunero muy común sobre las costas francesas— de 16 metros de eslora, 30 toneladas de desplazamiento, y una superficie vélica de 140 mts.. El barco —aparejado a yawl— era muy marino pero lento, cosa ésta que no disgustó a Garber porque una excesiva velocidad hubiera podido ser sospechosa. El casco era blanco como sus velas.

PASSIM en la ruta de regreso después de haber cumplido una misión sobre las costas de Angola. El tiempo, además de los enemigos, estaba al acecho. A pocas millas del puerto ds llegada, un fuerte viento del norte lo hizo derivar hasta las costas españolas. La habilidad y el tesón de su capitán y de la tripulación, superaron, sin embargo, el mal trance. Si no para Navidad, llegaron para año nuevo, los bravos marinos.

ALARMA ALIADA PARA PASSIM

Los agentes aliados se dieron cuenta de que el barco se encontraba en alistamiento para un largo viaje e informaron para que sus medios navales lo detuvieran o lo destruyeran en cuanto superara el alcance de las baterías costeras alemanas. En efecto, cuando PASSIM dejó el puerto de Arcachon, Garber se dio cuenta de que un Sunderland se interesaba especialmente en su rumbo y, escuchando la radio, se interiorizó —en los próximos días— que numerosos pesqueros portugueses, dedicados a la extracción del atún, entre Lisboa y Madeira, pintados de blanco, habían sido molestados por Sunderlands y hasta alcanzados por tiros.

PASSIM, en cambio, pintaba en su primera noche en el mar, un casco color azul oscuro y arriaba sus velas blancas para reemplazarlas con otras de color marrón, típicas de los pesqueros franceses, mientras que de sus obenques colgaban para secarse unas redes. Era un auténtico barco de pesca y el más minucioso observador no hubiera alimentado dudas sobre su verdadera identidad. Los agentes aliados, tampoco. A su vuelta a Arcachon, después del largo viaje, la gente de la ribera lo bautizó PHANTOME. No se explicaba cómo podía haber burlado el bloqueo de la flota británica que cercaba la costa por dos veces.

Al sacarlo a tierra, sin embargo, encontraron barnickles, una especie de conchillas, adheridos en su fondo, como demostración del viaje realizado en mares tropicales. Esos animalitos viven, en efecto, únicamente en las agudas cálidas. El crucero a Angola —la colonia portuguesa de Africa, en la cual Garber debía desembarcar tres agentes— se desarrolló sin mayores inconvenientes a la ida. Dirigiendo sobre Madeira al principio, hicieron, desde allí, rumbo a Cabo Verde y a Trinidad, para seguir, después, navegando con el viento del Oeste hacia la costa africana.

LAS VELAS BLANCAS SE VUELVEN MARRON

Dos agentes fueron puestos en la playa, a pesar de haberse tumbado el bote de goma al cruzar la rompiente. Otro fue bajado 700 millas más al norte, en el golfo de Watebay. El viaje de vuelta fue más azaroso: las velas blancas, que habían sido teñidas de color marrón a la salida, se quebraron bajo los rayos del sol ecuatorial. Fueron cosidas repetidas veces, hasta quedar inutilizables y obligar al empleo de las velas chicas de tormenta. La navegación se hizo lenta y la vuelta penosa. Un huracán los sorprendió cerca de las Azores y, para soportar la furia del meteoro, hubo que ponerse a la capa, por 4 días.

PASSIM calculaba, sin embargo, llegar a Arcachon para la Navidad. No sabía que lo esperaba una tormenta del Norte, que se desencadenó al encontrarse el barco a unas 20 millas de la meta. El viento frío —acompañado por nieve— lo hizo derivar, en 36 horas, hasta la altura de Santander. Recién e! 31 de diciembre pudo entrar, con su tripulación agotada, en St. Jean de Luz, en la frontera entre Francia y España. Había estado bajo vela en el Atlántico durante 140 días y recorrido 14.000 millas.

Llevado el barco a remolque a Arcachon, la tripulación de PASSIM salió para una licencia bien merecida y el velero, entregado al astillero, fue sometido a trabajos de reparación y de transformación que lo acondicionaron para nuevas y riesgosas misiones, la primera de las cuales: llevar dos agentes —un blanco y un negro— a Brasil. Se embarcaron provisiones para 200 días que hicieron bajar la línea de flotación de medio metro.

La navegación arrumbó hacia Cabo Finisterre y PASSIM, que había salido de Arcachon pintado de blanco, se transformó, durante la noche, en un negro pesquero francés, con redes pendientes de los obenques y demás implementos. Mientras navegaba desde la costa portuguesa hacía Madeira, retomó el color blanco de los barcos de pesca lusitanos, encontrándose una mañana en el medio de un convoy aliado que navegaba desde Gíbraltar a los Estados Unidos.

Mientras los tripulantes calzaban botas de pescadores e indumentarias apropiadas al disfraz, se acercó un destructor que empezó a curiosear hasta que el escudo portugués, que Garber había pintado sobre las bordas, aclaró todas dudas sobre la nacionalidad y la función del barco. Seguro de su reconocimiento el destructor volvió al convoy y PASSIM, con gran alivio de su tripulación, retomó el rumbo fijado. Una nueva aparición en el horizonte alertó, otra vez, a la guardia de PASSIM, sin fundamento esta vez. Se trataba, en efecto, de GAZA, un buque de la carrera Lisboa- Madeira.

DESEMBARCO DE AGENTES SOBRE LA COSTA DE BRASIL

La navegación prosiguió sin inconvenientes, ni alarmas falsas o reales, hasta Cabo Frío, donde comenzó la parte más difícil de la misión de PASSIM: el desembarque de los agentes. En un bote de goma Garbers llevó al negro hasta la playa, con todo su equipaje. Mientras remaba de vuelta, en una larga gira, para distraer al negro del rumbo que tomaba otro bote, que con otro tripulante debía desembar en otro sitio al agente blanco, una rompiente dio vuelta al bote y lo arrojó sobre la playa.

Toda tentativa de vencer las negras montañas de agua resultaron inútiles y Garber ya desesperaba de poder volver a su barco. Había vencido miles de obstáculos y superados riesgos terribles ahora se encontraba impotente, sobre estas costas, después de haber cumplido con las órdenes recibidas. Mientras seguía con sus pensamientos, se acordó que los que aprovisionan faros aprovechan para superar las rompientes, el momento del anochecer o del alba, cuando el mar se apacigua. Sobre esto Garber fundó nuevas esperanzas de alcanzar a PASSIM.

Al aparecer el primer rayo de sol, Garber salió con el bote de la playa. La primera ola lo levantó, hasta casi hacerlo tumbar, pero la resaca lo agarró y lo llevó rápidamente mar adentro y. arriba, nuevamente, sobre la próxima ola. Ahora tuvo que remar con fuerza para vencer la última montaña y llegar, así, a aguas profundas para alcanzar su barco. Había sido un verdadero milagro. La rompiente, por dos o tres minutos, había cesado permitiendo a Garber aprovechar el fenómeno natural.

La vuelta a Arcachon no registró mayores novedades. Garber pensaba dejar las Azores a estribor y tomar un rumbo que lo llevara entre Africa y las Islas de Cabo Verde, pero, al enterarse por radio que los norteamericanos habían ocupado las Azores decidió quedarse cerca de la costa africana hasta alcanzar Arcachon. Después de unos días de permanencia en puerto, el comando quería encargarlo de llevar un agente a Madeira, pero, frente a las argumentaciones de Garber, de que Madeira era una aldea en la cual la presencia de un desconocido no hubiera pasado desapercibida, el comando renunció a su propósito.

El barco, además, precisaba unos trabajos de reparación que, una vez efectuados, le permitieron reanudar sus misiones. Llenados los espacios bajo cubierta de provisiones y agua, PASSIM, se hizo nuevamente a la mar. Esta vez debía llevar a dos agentes hasta la Argentina y desembarcarlos en Punta Mogote. Garber, otra vez, tomó la ruta cercana a la costa africana, para realizar, después, el cruce del Atlántico en el lugar que ofrecía pocas posibilidades de encontrar buques aliados.

Ya desde 700 millas de distancia pudieron entrar en contacto con una de las tres estaciones cladestinas que operaban en Buenos Aires. Encargaron carne fresca y demás provisiones se establecieron los detalles del encuentro. Una noche PASSIM se acercó al lugar previsto para el desembarque, navegando despacio, con la intención de fondear en 8 metros de agua. Un hombre en la proa sondeaba continuamente cuando . . . después de cantar 9 metros, gritó: ¡Cuidado 2 metros! PASSIM tocó fondo, encalló y quedó parado.

Cada ola llevaba el barco más sobre la barra, el casco, sin embargo, de fuerte construcción, aguantó los embates y a los pocos minutos, superada la barra, se encontró, con gran alivio de la tripulación, sobre 6 metros de agua, pudiendo fondear en una calma chicha. El desembarque de los dos agentes se produjo con rapidez y 3 pasajeros —agentes buscados por los servicios de informaciones aliados— fueron embarcados, concluyendo, así el contacto con la Argentina.

El yate regresó a Alemania después de la misión cumplida sobre nuestras costas. Garber recibió por sus servicios la Ritterkreuz, la más alta condecoración alemana al valor militar. El valeroso yachtman talleció en 1963.

PASSIM, el velero que en plena guerra había recorrido decenas de miles de millas al servicio de su pais, tripulado por yachtsmen, yace abandonado sobre una playa francesa. Después de haber, repetidas veces, burlado el bloqueo naval aliado y desafiado insidias bélicas de todo tipo, sorprendido por la derrota, ha concluido su vida como cientos de gloriosos navios: abandonado a la acción devastadora del tiempo y de los elementos naturales.

 

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