Historia y Arqueología Marítima

 

HOME

Indice Informacion Historica

Un viaje a bordo del "Río Paraná" de la Flota Mercante del Estado

Por el Dr. Arturo R. Pillado Matheu-Revista Neptunia 1947

Un viaje por mar a Norteamérica es un sueño convertido en realidad. ¿Quién no ha pensado en navegar dominante el océano desde que se embarca por vez primera en el más reducido de los veleros de la flotilla del club?

Los hechos son siempre distintos, pero la emoción del viaje igualmente intensa. Los familiares que se despiden, los mozos de cordel con los baúles a cuestas, los marineros y peones estibando febrilmente los últimos fardos de lana que ocupan parcialmente nuestras bodegas, contribuyen con sus movimientos ruidosos a que la algarabía que precede todas las partidas sea mayor y a que su recuerdo permanezca en nosotros, mezclando nítidamente a la imagen de unos brazos que saludan lánguidamente, fatalistas, y a unos ojos arrasados en lágrimas, que, mudos, dicen mucho más.

En ese maremagnum nos han introducido en un camarote de regulares dimensiones, pero tan lleno de valijas y paquetes, sacos y sombreros, que nadie puede penetrar más allá del dintel de su puerta.

Con algún retraso, motivado por el embarque de cuatro "Grumetes" que se acondicionan en cubierta, a popa, el Río Paraná larga amarras y se desliza suavemente en demanda de las escolleras de Dársena Norte, que cruzamos despedidos todavía por algunos pañuelos, meros puntitos blancos que se agitan trémulos en tierra.

Las etiquetas de nuestro equipaje dicen "Nueva York" pero tocaremos varios puntos. Por lo pronto navegamos rumbo a Bahía Blanca, en cuyo puerto de Ingeniero White, completaremos la carga, previa una corta detención en Puerto Belgrano, donde dejaremos los grumetes y unas faluas de la Armada.

A poco de partir, una campana pone la primera nota extraña a nuestras costumbres y a la que no nos habituaremos en todo el viaje. No son las diecinueve y nos llaman ya al comedor. Es aquí donde comenzarnos a conocer a nuestros compañeros de viaje. En nuestra mesa se sientan dos señoras: viuda la una, compatriota, en viaje de vacaciones; sola la otra y extranjera, de la que aún no sabemos nada (la envidiable discreción que nosotros no poseemos!). Completan el grupo un matrimonio joven, americana ella, alemán él, combinación sólo ahora posible.

En otra de las mesas se sienta un grupo de muchachos jóvenes, cuatro en total, que viajan separadamente y una señora que viaja con Ana Lira. Esta es la pasajera más importante, una rubiecita de 15 meses, muy dada, y que ya ha estado en los brazos de todos nosotros y que cada uno contempla a su manera. Ella es la destinataria de caramelos y juguetes y la mirada de todos.

Hay que verla pasearse por cubierta como viejo lobo de mar, enfundada en un mameluco de abrigo y con el ceño fruncido, producto de su siesta interrumpida.

Viaja también un matrimonio que ha de quedar en Bahía Blanca, donde se completará el pasaje.

Además, dos perritas hacen las delicias de nosotros, Una Scotchiss negra, del médico de abordo, retobada, que mira de soslayo, pero que si no busca mimos, tampoco muestra dientes, y una simpática perrita americana, ordinaria y fea, que acepta nuestras caricias con grandes demostraciones.

A parte de un desperfecto en la bomba de agua, que nos tiene varios días racionados, el inconveniente mayor está representado por el horario de las comidas, al que no podemos acostumbrarnos. El desayuno temprano y el almuerzo a las 12 son tolerables, pero, el té a las 15 y la comida a las 19, no entran en nuestros hábitos.

Los primeros días de navegación son espléndidos. El buque es una isla, o tal parece, pues hasta ahora el movimiento y el mareo sólo figura en los libros.

Previa una pequeña demora, mientras se alcanzan víveres para los tripulantes de un pontón, llegamos desarrollando una velocidad media de 10 a 11 nudos a Puerto Belgrano, donde han de quedar las falúas y yachts. Todavía afuera suben abordo, como monos por la escala soltada a sotavento, el práctico y dos oficiales de la base, quienes han de dirigir las maniobras de atraque.

La entrada no es fácil. El estrecho canal tuerce bruscamente, obligando al barco a modificar su rumbo casi en 90°, cosa que con nuestro porte no es sencillo. Sin embargo se hace sin tropiezos y se comienza a atracar. El muelle transversal al canal es apenas un poco más largo que nuestra eslora, por lo que debemos girar sobre nuestro eje y quedar colocados como con la mano. Desde tierra, con megáfono se ordena a los remolcadores a suspender la maniobra y ponerse a las órdenes del Río Paraná, es ahí donde los nuestros se lucen! Dos o tres golpes de hélice para adelante, contrarrestados con otros tantos marcha atrás, nos dejan besando el muelle, sin el más ligero roce, y sin que los espectadores, que son muchos, salgan del asombro que le produce tal maniobra realizada con un barco enorme.

Hecho el desembarco, seguimos a Ingeniero White, donde cargaremos trigo a granel y que queda a una hora de marcha, entrando por el canal hacia el fondo de la bahía.

Si la tripulación se lució en Puerto Belgrano, más aún había de hacerlo en Ing. White. Aquí los muelles cortan el canal en distintas direcciones (perpendicularmente al que nos ha de recibir) y es necesario maniobrar con sumo cuidado para evitar vararse fuera del aguaje. Dos remolcadores de relativa fuerza, nos ayudan virando al "Río Paraná", pues es intención del capitán entrar de popa. Cuando se inicia esta maniobra, un fresco Sud, que salió repentinamente, nos sacó del canal, pesé al esfuerzo de los remolcadores, y nos obligó a repetir la maniobra.

Un amplio semicírculo realizado lentamente, nos puso otra vez frente al muelle. Dando marcha atrás, el capitán se dejó llevar por el viento y la corriente contra la cabecera del muelle, pero cuando el golpe violento parecía inminente dio la orden de ¡fondo! y dejó correr la cadena hasta llegar a pocos metros. El ancla, entonces, mordió, la cadena se hizo firme y la inmensa mole del buque se apoyó en las defensas del muelle sin el más pequeño sacudimiento.

Ya fondeados subió a bordo una nube de lavanderas con sus chiquillos, siendo recibidas con agrado por los marineros cuyas ropas se ennegrecen rápidamente en las tareas del barco.

Bien se ha dicho que los cargueros son esclavos de su carga. Aquí estamos y aquí nos quedaremos hasta que nuestras bodegas estén colmadas de trigo. El barco ha amarrado junto a los elevadores y a poco varios tubos se colocan en las escotillas listos para inundar sus entrañas con la rubia semilla.

Un grupo de empleados suben al barco y comienzan a dirigir la operación; mientras unos observan los torrentes de trigo que se deslizan por los tubos, otros con unas medidas especiales extraen constantemente pequeñas cantidades que luego guardan en bolsas y mediante las cuales se analiza la cantidad de grano embarcado.

Mecánicamente el grano es llevado al tope de los elevadores por medio de unas cintas sin fin y de allí se le precipita a las bodegas. Esta operación facilita el embarque al extremo de que cada tubo puede echar 500 toneladas de granos por hora. La dificultad estriba en la lluvia, durante la cual es preciso suspender el trabajo para evitar que el trigo fermente.

Nuestra preciosa carga nos demora más de lo pensado, pues recibimos varios miles de toneladas, y perdemos además un día a causa de la poca profundidad que nos obliga a cambiar de posición para que las bodegas puedan llenarse sin los inconvenientes que presenta una escora muy pronunciada.

Este cambio se efectúa un día de viento aprovechando la pleamar y con la precisión del caso.

El barco es sacado del muelle por dos remolcadores, se lo vira en corto espacio, con la ayuda de sus propias máquinas y luego se le deja caer, impulsado por el Sud y la corriente, al otro lado del muelle con toda suavidad.

En la nueva posición continuamos la carga, interrumpida con frecuencia por fuertes chaparrones que no detiene por completo la tarea gracias a la urgencia en partir para tratar de compensar la involuntaria demora en que se ha incurrido.

El grano tan ansiado por los países europeos y parte de América, llena ya todos los espacios a él destinados, satisfaciendo así una imperiosa necesidad de nuestros vecinos los brasileños, a quienes le dejaremos la carga al tocar en Bahía y Recife.

Con ello nuestro buque se apresta, al fin, a iniciar la travesía que deseamos todos entusiastamente.

La oficialidad de los barcos vecinos, especialmente del Devil's bake Victory, americano, con quienes hemos hecho buenos amigos, nos despide, contemplando desde tierra la maniobra, siempre difícil en estos benditos puestos. Soltamos amarras, dos tirones del remolcador, una virada en redondo, perfecta y estamos en camino.

Ahora sí que, emocionados, nos despedimos de la querida tierra argentina, a la que no hemos de ver en prolongado lapso. Aún la vemos y ya nos imaginamos nuestra desesperación por descubrirla en el horizonte a nuestro regreso. — ¡Patria querida!

El barco se desliza por el brazo de mar que une Ing. White con Puerto Belgrano, y ayudado por la fuerte corriente deja pronto atrás este lugar. Reanudamos la vida de navegación y no desperdiciamos la noche, clara y serena, gozando en cubierta de una luna magnífica.

Nos conocemos ya, y los comentarios del viaje y de nuestros proyectos son temas comunes en nuestras conversaciones, la oficialidad libre de las tareas de puerto. participa en ellas. Este grupo de muchachos jóvenes es notable por su cultura y por la corrección con que proceden. Sus guardias están organizadas de manera que el segundo oficial y los dos terceros permanecen en el puente durante cuatro horas cada uno, descansando ocho, mientras que el primer oficial, que no tiene guardia, está siempre atareado. Igual sistema domina el pesado trabajo de los maquinistas, quienes, no obstante la calidad de sus tareas, capaz de destrozar los nervios a cualquiera, constituye el grupo jovial de los oficiales.

No sólo trabajan en lo más profundo del barco, sino que, en ciertos buques, están en el más ingrato y peligroso de los lugares puesto que en caso de accidentes, al cerrarse las compuertas, suelen quedar atrapados, sin esperanza de salvación, cosa común en los navios de combate.

En puerto las guardias son de 24 horas, pero, durante las maniobras de entrada y salida el primer oficial se instala en el castillo de proa donde asume toda la responsabilidad, el segundo a popa, dirigida toda la manióbra por el práctico y el capitán desde el puente de mando donde, además, permanece el resto de la oficialidad.

El "Río Paraná" navega metido "hasta la maseta", con su carga completa y manteniendo una velocidad de 12 nudos, la que nos permitirá llegar a Bahía en siete días, siempre que el tiempo no nos embrome.

Transcurre el primer día de marcha sin mayores novedades. Navegamos abiertos de la costa con intenciones de montar el Cabo Frío, al norte de Río de Janeiro, sin cambiar el rumbo. Al segundo día y a la altura del Uruguay, un viento fresco del Este presagia los primeros sinsabores. En efecto, la brisa que refresca poco a poco, trae agua y nos hace recordar el conocido refrán de "viento del Este, lluvia como peste".

Llueve bastante, con pequeñas intermitencias y la fuerza del viento aumenta. El mar, que en la escala marinera calificamos como de "7", apenas mueve al barco, que se encuentra muy a gusto en la marejada. Se oye a las máquinas trabajar duro acortando las distancias y se perciben, hasta ahora suavemente, los primeros crujidos de las escaleras y del maderamen. Por el momento, el pasaje no sufre los inconvenientes de la marejada, pero, aumenta nuestra sensibilidad y recordamos el trabajo de los catorce hombres que constantemente están sumergidos en las entrañas del buque, atendiendo la marcha de las máquinas. Hasta la toldilla se oyen, cada cuatro horas, los gritos, cantos y charlas de los dos turnos cuando se encuentran allá abajo para efectuar el cambio. El Este no afloja, por el contrario aumenta hasta cerca de los 70 Kms.; grandes olas dan contra la proa y la banda de estribor salpicando basta el segundo puente donde no se puede permanecer sin traje de agua. El barco ha comenzado a moverse un poco y a ralearse las mesas del comedor. Con todo, es notable la estabilidad del "Río Paraná" que en un mar bien fuerte rola casi por cumplido. Qué sería de algunos de los pasajeros si estuvieran navegando en un buque más chico, pues las consecuencias del mareo son tan desagradables que quitan a quienes no están acostumbrados, todo el placer de la navegación.

El mal tiempo dura 48 horas. Cuando aclara, navegamos a la altura del tan temido golfo de Santa Catalina, que por contraste nos recibe sin marejada, apenas un poco de mar de fondo para que los novatos no olviden que están en sus aguas. Aumenta también la temperatura, pero nos alienta la noticia de que al día siguiente se armará la pileta.

El programa nocturno que más nos agrada es aprovechar la oscuridad de proa, sin luces por exigencias de la navegación, para ir hasta la misma roda y allí, sentados en la boca de una pequeña escotilla, junto a los escobenes de las anclas, ver la fosforescencia del mar, tanto más fácil de apreciar en las noches de marejada. Algunos han ido a verla aun durante el mal tiempo y no dejan de hablar sobre ello a quienes prefirieron quedarse en el salón bailando o escuchando música.

Clases prácticas sobre navegación y astronomía, a cargo de los pasajeros que conocen el tema, amenizan nuestras noches, conocimientos que ampliaremos, aceptando la invitación del capitán de subir al puente para practicar navegación de altura.

En la mañana del cuarto día, nos encontramos con una pileta armada sobre la cubierta de proa, sobre la banda de babor. Sus lados son de madera, apuntalados convenientemente y está formada por dentro con una gruesa lona que no permite la pérdida del agua. Nos bañamos en un agua salada y transparente. Después de zambullir un rato, nos tendemos un poco al sol, aunque no muy prolongado, pues el astro rey se hace sentir y nos broncea rápidamente. Este nuevo entretenimiento es aprovechado a toda hora, pues se cambia el agua diariamente en las primeras horas de la mañana.

Por la noche, mientras comemos, el oficial de guardia se acerca al capitán, que preside una de las mesas, y le transmite alguna novedad. En seguida corre la nueva. ¡Ha aparecido un polizón! Es un hombre joven, español, de poco más de 30 años, que ha pasado catorce días dentro de uno de los botes de popa, alimentándose con los víveres y agua que en ellos se colocan en previsión de un naufragio. Al terminar la ración de agua del bote, el pobre hombre se pasó a otro cercano, pero, al asomar la cabeza en busca de un poco de aire, fué visto y capturado. Nos llama la atención verlo bien afeitado y vestido con un piyama y robe de chambre, ropas que no parecen adecuadas para su condición y menos para las condiciones del lugar donde ha estado escondido.

Explica a las autoridades de a bordo que en Estados Unidos lo esperan unos parientes y que, careciendo de dinero, no encontró otro medio mejor para trasladarse. Ha pasado en su bote los nueve días de puerto y los del mal tiempo, no obstante lo cual su aspecto no es tan malo.

No es envidiable su próximo destino. Por lo pronto debe trabajar en las calderas; en cada puerto se le desembarcará para entregarlo a la policía, permaneciendo preso hasta la salida del barco, precaución que se toma pues si escapara, el capitán sería pasible de una multa de mil pesos oro.

En Norteamérica ha de ser nuevamente embarcado de regreso, de modo que la aventura resulta bien desagradable y totalmente inútil.

Así transcurren los días hasta que, en las primeras horas de la octava jornada, avistamos los morros de Bahía. Se organiza la maniobra. Todavía afuera, izamos las banderas pidiendo práctico y médico e indicando el nombre del buque. A poco llega el práctico en un remolcador y nos conduce hasta la rada, donde damos fondo fuera de las escolleras, a la espera de las distintas comisiones que han de revisar el barco. Tres lanchas se nos acercan: la primera que amarra a nuestro costado es la de la sanidad, cuyo médico es la primera de las autoridades brasileñas que sube a bordo. Las otras lanchas navegan alrededor nuestro hasta que se arría la bandera amarilla, seña de que el estado sanitario del buque está en orden. Entonces se acerca la segunda embarcación, una lancha veloz, de tipo americano, que aún tiene en su casco la estrella que caracteriza dicha nacionalidad, y en la cual vienen los representantes de la Prefectura, en la tercera y última está la comisión de la Aduana y el representantes de la Flota Mercante Argentina.

Ya en libre práctica, el "Río Paraná" maniobra de modo que atraca al muelle, situado al otro lado del rompeolas, sin ayuda de remolcadores. Más tarde suben al barco lavanderas y vendedores de productos regionales y hasta un negociante en aguamarinas, hace su agosto entre pasajeros y tripulantes.

Aprovechamos la larga permanencia en el puerto de Bahía para visitar la ciudad, cuyo verdadero nombre es El Salvador. Está edificada en varios morros que penetran en el mar y que le dan el aspecto más pintoresco que darse pueda. Las laderas de ellos están cubiertas a ratos por la vegetación tropical característica que parece ahogar las casas altas y angostas, provistas de numerosas ventanas estrechísimas y que asoman de tanto en tanto por entre el follaje. Casi todas están ocupadas por gente de escasos recursos; sus aberturas, cuajadas de ropas que secan al sol, dejan ver sus pocos muebles y sus muchos habitantes. La gente principal se ha instalado sobre el mar, del otro lado de la ciudad y sus casas, más modernas, lucen jardines donde el intenso verde de las hojas se confunde con los más brillantes colores de las flores rojas, amarillas y azules, en tal profusión y colorido como no habíamos de ver en el resto del viaje.

La ciudad es notable por sus iglesias y templos (dicen que suman 365, como los días del año). De arquitectura netamente colonial se destaca la Basílica de San Francisco, solemne y amplia, decorada con oro puro en cantidad fabulosa, que si bien le da cierta pesadez, en cambio le confiere un extraordinario poder de sugestión. Las maderas de sus zócalos y balustradas, primorosamente talladas y sus santos, hechos y pintados por los misioneros en la primera época de la colonia, forman un conjunto imposible de describir adecuadamente. En su interior no es exagerado decir que su aspecto constituye una verdadera fiesta para los ojos. Nos llama, además, la atención una verja, que a uno de sus costados nos conduce a una pequeña cripta, presidida por un severo altar y en cuyas paredes y pisos se conservan los restos de los más prominentes fieles de la parroquia, característica que luego encontramos en todas las demás iglesias que alcanzamos a visitar.

El resto de la edificación de la ciudad es chata y antigua, pero las casas están provistas de hermosas verjas antiquísimas que realzan el colorido de los edificios; el verde, el azul y el rosado, en todos los tonos, se mezclan sin orden ofreciendo agradable aspecto.

Hemos pasado el carnaval en Bahía. Pero no hemos encontrado ni las máscaras ni los carros alegóricos que pensábamos ver. La fiesta se limita a un desfile constante, del sábado al martes, de comparsas que mantienen un ritmo peculiar con cuanto objeto es capaz de hacer ruido y que si es agradable al principio cansa al fin por su monotonía. Es admirable la resistencia de la gente joven que no ceja en su música y en sus contorsiones, que mantienen durante horas enteras. En los bailes, literalmente colmados de parejas, las orquestas repiten las dos o tres canciones de actualidad, tan simpáticas y pegadizas. Ya sea por ello, ya porque la mitad de nosotros ha rendido debido culto a Momo, lo cierto es que durante días y noches el salón del barco se estremece al

//////////////////////////////FALTA UNA PAGINA

das aunque alejados de su centro se encuentran las casas de neto estilo portugués y colonial y las chozas de los pescadores, pintorescas y típicas. Pernambuco tiene dos playas extensas, de agua clara y afortunadamente defendidas de los tiburones por la hilera de arrecifes que les impiden pasar.

La brisa del mar (los vientos alisios) refrescan el ambiente en el barco y es tanta la diferencia de la temperatura no bien se desembarca que a pesar del interés en visitar la ciudad, nos sentimos bastantes remolones.

El puerto es muy amplio y está constantemente visitado por navios de todas las banderas que recalan en él como primer puerto del Atlántico. Su escollera está construida sobre los arrecifes que mencionara más arriba y se cierra sobre una pequeña playa interior en la que solemos nadar y en la que desemboca el río que atraviesa la ciudad en toda su extensión. Sobre él se han construido 18 puentes, que permiten a los pernambucanos comparar su hermosa ciudad con la no menos pintoresca Venecia.

Nuestra permanencia en el puerto de Recife nos da lugar para visitar la ciudad, nadar en sus playas y comprar en su mercado deliciosas langostas y riquísimas frutas que se preparan abordo entre la algazara de los pasajeros y las quejas del chef que ve peligrar sus dominios.

Partimos nuevamente. Una luna llena sirve para mitigar un poco la pena que se experimenta al alejarse de estas paradisíacas regiones y templa el espíritu de los novatos que deben prepararse para la más larga de las travesías de todo el viaje, y en la que las incidencias del viaje iban a destacarse como nada vulgares.

La navegación se inicia con las mismas características de tranquilidad gozando de un tiempo magnífico. A las dos de la madrugada, cuando ya los pasajeros se habían retirado a sus camarotes contando con pasar una noche muellemente hamacados por la suave marejada, la campana de alarma nos saca de las cabinas. La gente corre pero, cosa extraña, nadie demuestra estar realmente asustado por más que el sueño interrumpido y el movimiento de abordo son evidencia de que algo grave ocurre. En efecto, tenemos fuego abordo! Uno de los marineros, en su guardia, ha visto salir humo de una de las bodegas de popa y ha dado en seguida la voz de alarma. El Capitán, luego de ordenar el cierre hermético de todos los ventiladores, revisa con la oficialidad la importancia y el peligro del incendio. Afortunadamente se cree que pueda localizarse con facilidad y combatirse sin que sea necesario alterar para nada la marcha del buque. Se organizan las tareas, que se distribuyen entre oficiales y marineros, todos los cuales cumplen su parte sin vacilaciones y demostrando una absoluta confianza en las órdenes y el criterio del Capitán. Algunas horas después el peligro ha pasado. Sólo nos queda la emoción de haber tenido fuego abordo, el recuerdo del susto y parte de la carga quemada, la cual se agrupa en cubierta, sobre la banda de estribor con el objeto de que no exista la más pequeña posibilidad de que nuevos focos provoquen mayores trastornos y pérdidas.

Se continúa el viaje y durante casi un día completo ninguna novedad merece ser mencionada. Pero, a la segunda noche, poco después de la comida, vemos que el médico de abordo sale precipitadamente del comedor, seguido por el Capitán y los oficiales. Se oyen claramente voces y fuertes golpes que vienen desde las máquinas.

Los pasajeros, a la caza de noticias, nos levantamos también y nos dispersamos por el barco ansiosos en saber qué es lo que pasa. La explicación no tarda en conocerse. Uno de los fogoneros, en su afán de extraer más rápidamente el combustible, se ha introducido debajo de la montaña de carbón, la que se le ha caído encima, tarjándolo completamente. El desmoronamiento ha cubierto el cuerpo y la cabeza del pobre hombre de tal forma que cuando los compañeros intentan rescatarlo, nuevas cantidades de piedras y polvo vuelven a cubrirlo. Es necesario apuntalar las paredes y trabajar más despacio, cosa difícil dada la angustia de los tripulantes. Mientras tanto, el médico, a través de un hueco, ha alcanzado a poner al accidentado una inyección estimulante. Un cuarto de hora después se le puede retirar y es llevado a la enfermería donde queda en asistencia. Es de imaginar la impresión recibida por todos nosotros y la preocupación que tenemos con respecto a la cura del muchacho. El hecho no ha conseguido sino aumentar nuestras prevenciones contra el trabajo de las guardias en el interior del barco y a los peligros que ellas encierran.

Para neutralizar el efecto de los dos últimos acontecimientos, a la tercera noche se festeja el cruce de la línea. Una reunión, de la que participan todos los pasajeros y oficiales, pone una nota agradable. Se bautiza a todos los que pasan de un hemisferio al otro por vez primera y se les entrega un diploma recordatorio. Discursos, brindis v música completan la fiesta y hacen olvidar las pasadas peripecias, todo lo cual se complementa con la noticia de que nuestro accidentado se ha salvado milagrosamente y mejora con rapidez.

Hasta la recalada en la costa americana no se registran otras novedades, llamándonos la atención la persistencia de la temperatura cálida, que sólo se modifica radicalmente menos de dos días antes de tocar en Filadelfia, lo que se explica por las corrientes cálidas en medio de las cuales hemos venido navegando y que se juntan a la del Gulf Stream, también cálida y que pasa bien cerca de la costa norteamericana.

Seis horas de marcha por el Delaware nos depositan en el puerto de la importante ciudad de Filadelfia, sorprendente por el extraordinario trajín de transatlánticos y remolcadores, por la cantidad de enormes fábricas y por el número de muelles, junto a uno de los cuales fondea el "Río Paraná", completando así una travesía que los muchachos del club calificarían de "al pelo".

 

 

Este sitio es publicado por la Fundacion Histarmar - Argentina

Direccion de e-mail: info@histarmar.com.ar