Historia y Arqueología Marítima

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Las Carreras de las Indias - 11

17 - El contrabando en Buenos Aires

Articulo enviado por Osvaldo Sidoli- Julio 2007

 Durante el último tercio del siglo XVI, gracias a la introducción de la técnica de la amalgama con mercurio proveniente de Huancavélica, la producción de plata y, también, la explotación y mortandad de los indios se habían duplicado. La "villa imperial" era cada vez más rica. Potosí llegó a tener una población de 160 mil habitantes, bastante más que la mayoría de las ciudades más importantes de la Europa de aquellos tiempos. Con semejante mercado, se convirtió en la principal consumidora de Hispanoamérica, con una clase dirigente que ostentaba, en medio de la miseria, el mayor poder adquisitivo del continente. Ante el agotamiento de la mano de obra indígena y el calamitoso descenso de la población, Potosí se transformó también en el centro de demanda de esclavos negros más importante del imperio español.

 Potosí era una máquina de devorar seres humanos. La codicia infinita del poder español y sus vecinos europeos había conseguido que todas las zonas circundantes quedaran prácticamente despobladas. Estaban exhaustos los antiguos semilleros de hombres que dejaban sus vidas en los socavones del Cerro de Plata. Pero la demanda superaba la capacidad de producción y hubo que traer inmigrantes involuntarios desde África. "La disminución de los naturales -escribe el jurista Antonio de León Pinedo, defensor de los tratantes de esclavos- es ya tan notable en todas las Indias que han venido a ser los esclavos que se llevan a ella de Guinea, no sólo útiles para la comodidad, sino necesarios para la conservación de las Indias".

 Así fueron llegando millones de personas arrancadas de sus casas, separadas de sus familias y de su cultura. Fray Tomás Mercado, testigo en Sevilla de la "trata nefanda", recuerda el infierno de la travesía: "Van tan apretados, tan asquerosos y tan maltratados que me certifican los mismos que los traen, que vienen de seis en seis, con argollas por los cuellos en las corrientes, y estos mismos de dos en dos con grillos en los pies de modo que de pies a cabeza vienen aprisionados, debajo de cubierta, cerrados por de fuera, donde no se ve el sol ni la luna, que no hay español que se atreva a poner la cabeza al escotillón sin alma de irse, ni a preservar dentro de una hora sin riesgo de grave enfermedad. Tanta es la hediondez, apretura y miserias de aquel lugar. Y el refugio y consuelo que en él tienen, es comer de veinticuatro en veinticuatro horas, no más de una mediana escudilla de harina de maíz o de mijo crudo que es como el arroz entre nosotros, y con un pequeño jarro de agua y no otra cosa sino mucho palo, mucho azote y malas palabras. Esto es lo que comúnmente pasa".

 En los primeros momentos de navegación, algunos esclavos, conservando algo de su natural dignidad y rebeldía, se negaban a tomar alimentos, pero los marineros, elegidos entre los más crueles, les colocaban embudos en las bocas para que se alimentaran de prepo y no perdieran peso, de modo de obtener mejor precio por ellos. No había ninguna tolerancia a bordo. Cuando se detectaba un atisbo de epidemia, echaban al mar a los enfermos, encadenados. Sólo una vez al día eran sacados a la cubierta para bañarlos con agua de mar y cubrir sus cuerpos con aceite. Aquellos que intentaban fugarse recibían castigos que tenían como objetivo quitarle para siempre la idea de la libertad al resto del forzado pasaje.

 Eran frecuentes los despellejamientos hasta la muerte y otras salvajadas pergeñadas, en este caso, por los escuderos de la cultura "más avanzada de la época", o sea, los ingleses, que competían con los portugueses y los holandeses por el monopolio del tráfico de carne humana. Pero las desgracias de los africanos no terminaban con el desembarco.

 Los sobrevivientes de todas estas tragedias recién comenzaban sus suplicios con la llegada a Buenos Aires, donde eran rematados para llegar a su destino final: el Cerro de Plata de Potosí. Años más tarde, los principales traficantes negreros del Río de la Plata y alrededores serán Martín de Álzaga y su socio, José Martínez de Hoz.

 Según la política de la corona española, toda la inmensa riqueza generada por el maldito cerro sólo podía salir por el puerto de Lima, para seguir hasta Portobelo y desembocar en Sevilla. El objetivo económico era beneficiar casi exclusivamente a los comerciantes de esa ciudad y a sus socios limeños, tributarios ambos de importantes "comisiones" a la corona. Alguien tenía que pagar los platos rotos y para eso se eligió a Buenos Aires, asignándole la misión casi exclusiva de cuidarle las espaldas a la ruta limeña.

 El mecanismo comercial no podía ser más engorroso: las mercaderías eran enviadas desde España al istmo de Panamá y de allí pasaban a Lima, para ser transportadas por tierra hasta los mercados consumidores del lejano sur. Cuando los productos llegaban a su destino, después de pasar por numerosos intermediarios, sus precios, altos de por sí, se habían inflado por el camino, Así, los colonos de estos lares debían disponer de dineros que no tenían para poder subsistir. Obviamente, en este contexto, la solución era el contrabando (la palabra bando significa ordenanza, decreto ley y toda resolución gubernativa; de modo que contra-bando es todo aquello que se hace contra la ley, pero el uso ha limitado el sentido general y ha establecido que contrabando es el acto de defraudar las rentas introduciendo o sacando mercaderías con violación de las leyes y procedimientos de las aduanas), la primera industria nacional.

 En aquellas épocas Buenos Aires (fundada el 11 de junio de 1580 por Juan de Garay) dependía de la gobernación del Río de la Plata, con sede en Asunción, y el virrey del Perú, a la hora de nombrar un gobernador intendente para el Río de la Plata, allá por 1592, eligió a su amigo y socio, el encomendero de Charcas don Fernando de Zarate.  

Planta y perfil de un buque negrero, mostrando la distribución de la carga

 Como a pesar de las reglamentaciones reales una gran parte de la plata altoperuana seguía saliendo por el puerto de Buenos Aires, la corona decidió endurecer su postura y promulgar la real cédula del 28 de enero de 1594, por la cual ratificó categóricamente la prohibición de comerciar, establecida para todos los puertos de América que no hubieran sido especialmente habilitados: "que por el Río de la Plata no puedan entrar a las provincias del Perú gente ni mercaderías del Brasil, Angola, Guinea u otra cualquier parte de la corona de Portugal, si no fuere de Sevilla; que se guarde mucho aquel paso y no den lugar a que entre gente natural ni extranjera por allí, sin orden ni licencia nuestra".

 El cumplimiento de la orden habría significado la extinción de la ciudad puerto y, como nadie se suicida en las vísperas, los porteños comenzaron a buscar la manera de justificar el dicho español que asegura que "hecha la ley, hecha la trampa". Los sobrinos del gobernador Zarate, conocidos como "los mozos locos", se dedicaron tan ferviente y abiertamente al contrabando, que las quejas llegaron hasta la Audiencia de Charcas.

 El tribunal envió en enero de 1595 al contador real Hernando de Vargas para investigar los ilícitos apañados por el tío gobernador. Vargas encontró tan poco respaldo en las autoridades locales, que le mandó una carta al rey denunciando las maniobras, pero aclarándole que nada podía hacer, y se volvió a Charcas.

 Libres para actuar a sus anchas, tío y sobrinos inauguraron la nunca bien ponderada "viveza criolla" con un invento que seria todo un suceso. Se trataba de aprovechar una disposición firmada en 1581 entre España y Portugal, por la cual las naves de ambos reinos que se hallaran en peligro podrían ingresar a cualquiera de los puertos más cercanos y vender toda su carga. Así nacieron las ''arribadas forzosas".

 Los sobrinos Zarate atendían los dos lados del mostrador. Ellos decomisaban la carga, ellos la remataban y ellos la compraban, todo, por supuesto, a través de hábiles testaferros. De esta forma arribaron "forzosamente" a Buenos Aires centenares de naves portuguesas, holandesas e inglesas, que traían esclavos negros y una variada gama de mercaderías. Estos productos se revendían a precios muy inferiores a la mercadería legalmente procedente de Lima.

 Estas operaciones producían una abundancia de dinero circulante que beneficiaba a gran parte de la población porteña, que terminaba mirando al contrabando con complacencia, en la certeza de que de él dependía su prosperidad. Los habitantes de Buenos Aires nunca dejaron de movilizarse para lograr una revisión de la absurda clausura de su puerto.

 Pese a su miseria, la ciudad logró mantener un procurador en la corte, y por su mediación, combinando súplicas y amenazas de despoblar el sitio y entregarlo a los extranjeros, los porteños recordaron al rey sus trabajos "con la esperanza del comercio que había de tener este puerto con la costa de Brasil" y alegaron que si ese comercio cesaba "dicha ciudad no se podría sustentar, porque los vecinos de ella no tienen otro refugio para vestirse que algunas harinas, sebos y cecinas que hacen y venden para llevar a la costa del Brasil, y cesando éste esta ciudad no se podría sustentar y así se perderá un puerto muy importante al servicio de su Majestad".

 El gobierno del Río de la Plata había carecido de continuidad. Se habían sucedido los tenientes de gobernadores, sin tiempo alguno para conocer los problemas del país, ya fuera porque abandonaran su puesto antes de tiempo, completamente hartos, como Juan Torres de Vera y Aragón y Fernando de Zárate, o por fallecimiento fulminante, como el de Ramírez de Velasco en 1597. Ante la muerte de Velasco, los colonos de Asunción eligieron como gobernador a Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), que fue confirmado por el virrey del Perú en 1597. El 12 de enero de 1602 llegó finalmente el pliego de Felipe III con el nombramiento oficial de Hernandarias como gobernador.

 Antes de presentar su plan de gobierno de seis años, Hernandarias se dispuso a recorrer la gobernación dejando como teniente de gobernador en Buenos Aires a su sobrino, el cordobés Pedro Luis de Cabrera. Cabrera puso todo su empeño en el contrabando de negros, desentendiéndose por completo de sus funciones. Al regresar, uno de los primeros problemas que tuvo que enfrentar Hernandarias fue el de la clausura del puerto de Buenos Aires por pedido de los comerciantes de Lima. Entonces, se dirigió al Consejo de Indias en una carta donde explicaba que la defensa del puerto era posible aumentando la población, lo que redundaría en una mejor resistencia a quienes pretendieran invadir el Perú vía Buenos Aires. También decía que, de ocurrir esto, el Potosí se despoblaría.

 Hernandarias sabía que esta era la palabra mágica: Potosí; nada era más importante para la corona, que no podía darse el lujo de ponerlo en riesgo. Como los argumentos fueron buenos y convincentes, la real cédula del 20 de agosto de 1602 autorizó a que se abriera parcialmente el puerto. Este documento, en el que se aprecia claramente la presión del eje Lima-Sevilla, mantiene la clausura del puerto pero acuerda al mismo tiempo ciertos beneficios temporales a los pobladores de Buenos Aires: "No conviene -dice- que por las dichas provincias del Río de la Plata se abra puerto de contratación con estos Reynos ni con ninguna otra parte, sino que la prohibición (...) se guarde invariablemente y que por allí no salgan ni entren ninguna persona de cualquier calidad sin expresa licencia mía (...) ni se metan mercaderías (...) ni se saque oro ni plata ni otra cosa. Mas, por hacer merced a los vecinos y moradores de la dicha ciudad de la Trinidad y Puerto de Buenos Aires (...) tengo por bien darles licencia y permisión (...) para que por el tiempo de seis años, de los frutos de sus cosechas y en navíos, suyos y por su cuenta puedan sacar cada año (...) hasta dos mil fanegas de harina y quinientos quintales de cecina y otras quinientas arrobas de sebo y llevarlo al Brasil y Guinea y otras islas circunvecinas de vasallos míos y para que en retorno de ello puedan llevar las cosas que tuvieren necesidad para sus casas, como es ropa, lienzo, calzado, y otras cosas semejantes y hierro y acero y todo que se haya de consumir y se consuma en las dichas provincias del Río de la Plata".

 Ya en el gobierno, Hernandarias recibió de Felipe III la orden de expulsar a todos los judíos, y su cumplimiento quedó a cargo de Manuel de Frías. Pero las tierras del Plata no eran proclives para esta clase de persecuciones: aunque hubo expulsados, y otros que huyeron, la mayoría de los afectados por la disposición se quedaron aquí. Unos, porque habían adquirido el derecho de residencia al casarse con "mujeres vecinas"; otros, porque se convirtieron; y muchos porque, siendo habilidosos artesanos, la población se encargó de esconderlos. Los ricos, como siempre, encontraron a sus padrinos.

 Tal protección se hizo pese a las amenazas de Hernandarias: fiel a la ley, publicó un bando en el que prohibía esconder a "dichos portugueses", en una carta real del 20 de noviembre de 1603. Otro aspecto importante de su administración fue el fomento de los casamientos de españoles con nativas y la defensa de los indios de las misiones.

 Hernandarias se propuso destruir la organización contrabandista. Para conseguirlo, dictó varios decretos fijando nuevas condiciones para la introducción y extracción de productos. Los habitantes de Rueños Aires no salían de su asombro frente a esta inesperada demostración de honestidad administrativa. Unos, los llamados "beneméritos", descendientes de los primeros pobladores, se plegaron a la obra del gobernador; y otros, los "confederados", recién llegados vinculados al comercio ilegal, temerosos de que la actitud de Hernandarias acarreara más privaciones para la ciudad, se pusieron de parte de los contrabandistas.

 Pero en 1609 Hernandarias terminó su mandato, convencido de que terminaría el contrabando y satisfecho por el deber cumplido. Lo sucedió Marín Negrón, que trató de continuar la política de enfrentar el contrabando. Uno de los primeros contrabandistas seriales porteños fue un lusitano conocido como Bernardo Pecador o hermano Pecador. A su muerte, la banda de contrabandistas portugueses quedó al mando de Diego de la Vega, que había entrado clandestinamente a Buenos Aires con su mujer, Blanca Vasconcelos. Diego de la Vega era "hijo de quemados", como decían sus documentos, porque sus padres, que eran de ascendencia judía, habían sido ejecutados por la "Santa" Inquisición.

 Don Diego se convirtió rápidamente en un opulento comerciante. En su manzana, delimitada por las actuales Alsina, Moreno, Balcarce y Defensa, y en su chacra de Barracas atracaban directamente los barcos para descargar esclavos y mercaderías. Para entonces ya dominaba el tráfico con el Brasil y Portugal, y tenía agentes en Lisboa, Londres, Río de Janeiro, Flandes, Lima, Angola y todo el interior de la región del Río de la Plata. Don Diego, en compañía de su pariente Diego de León, Juan de Vergara, el capitán Mateo Leal de Ayala y el tesorero de la Hacienda Real, Simón de Valdez, idearon una organización conocida como El Cuadrilátero, que se transformaría en la banda de contrabandistas más grande de toda la América española, lo que no era poca cosa.

 El objeto de esta sociedad era precisamente ejercer este lucrativo tráfico clandestino. En algo más de tres años introdujeron alrededor de 4.000 "piezas", obteniendo una ganancia de más de 2 millones de ducados. Sus maniobras se ajustaban a la norma que disponía que todo contrabando requisado debía ser rematado de inmediato. Cumpliendo religiosamente con tal requisito, en cuanto llegaba un contrabando, los miembros de la pandilla se encargaban de denunciarlo, de manera que enseguida los negros se ponían a la venta pública. Ninguna oferta podía sobrepasar el precio básico de la ley, unos 100 pesos plata, y el que hacía una oferta que lo sobrepasara, si no era de la banda, perdía la plata y hasta la vida.

 Los desdichados negros eran vendidos luego en Potosí por varias veces la suma que habían pagado los delincuentes. Los confederados no descuidaron tampoco otros aspectos legales y enviaron a España al brillante abogado Antonio de León Pinelo, para cerciorarse de que estaban actuando "dentro de la ley". Pinelo confirmó desde Madrid que todo era "legal". El encargado de organizar estas subastas, a las que Vergara y sus socios comenzaron a llamar "contrabando ejemplar", era el tesorero real Simón de Valdez.  

Grabado de un buque negrero

 Simón de Valdez había nacido en Tenerife en el seno de una familia noble. Uno de sus tíos había sido obispo de León. Valdez se embarcó hacia las Antillas con el grado de cabo, y en La Habana se enteró por casualidad de que un pirata inglés depredaba los puertos de la zona y se ofrecía una interesante recompensa por su captura. Con dinero obtenido en el juego clandestino, armó una pequeña flota, persiguió y capturó al pirata, lo condujo ante el gobernador y cobró el suculento premio, que se constituyó en su capital original, la acumulación primitiva, según algunos. Poco después Valdez aparecerá nuevamente en La Habana, otra vez en lucha contra los piratas, y obtendrá el título de almirante. Después de varios triunfos, viajó a España y el rey le adjudicó como premio a sus "méritos" el cargo de tesorero de la Real Hacienda en las Provincias del Río de la Plata, el 28 de junio de 1605.  

El tesorero llegó al puerto de Buenos Aires en febrero de 1606, tomó posesión de su cargo el 13 de marzo y fue aceptado por el Cabildo el 3 de abril. Al día siguiente se presentó en sociedad: en la casa de los oficiales reales, frente al Fuerte, se enfrentó a puñaladas con el contador de la Real Hacienda, Hernando de Vargas. Vargas era otro personaje de temer. Había llegado a Buenos Aires en 1595. Comenzó su gestión denunciando los manejos ilegales del gobernador Zarate y llevó el caso a la Audiencia de Charcas. A su regreso se cruzó con el juez pesquisidor Sancho de Figueroa. Don Sancho portaba una real cédula que prohibía todo comercio con el puerto de Buenos Aires, pero había decidido no difundirla, al percibir las oportunidades de negocios que se le presentaban. Vargas se enteró vía Madrid de la existencia de la cédula y denunció a Sancho, que desapareció "misteriosamente".  

Simón de Valdez no vino solo. Lo acompañaba Lucía González de Guzmán que, según dicen los documentos, "no es su esposa legítima". La Guzmán llegará a ser una activa participante de la banda y así se convertirá en adelantada de tantas mujeres de funcionarios por venir. Entre sus actividades, Lucía adoraba ostentar sus riquezas. Después de un tiempo, sus gustos se habían refinado tanto, que sólo iba a misa sí se hacía conducir por sus esclavos en silla cubierta, con estrado y cojines de ricas telas.

 En 1610, don Diego de la Vega logró que el Cabildo porteño le concediese la calidad de vecino, demostrando que "hacía nueve años que tenía casa poblada y haciendas de mucha importancia en la ciudad". Por aquel entonces, su socio Juan de Vergara había comenzado a ocupar cargos en la administración local y poco a poco fue transformándose en uno de los mayores terratenientes de la región, exportador de ganado y productor agrícola, utilizando gran cantidad de esclavos, indios alquilados y encomendados.

 Como señala Jorge Gelman, los sectores que dominaban la vida de Buenos Aires se formaron casi todos a imagen y semejanza de Vergara, combinando comercio y actividades de la tierra con mano de obra compulsiva y administración. Pero junto a los comerciantes enriquecidos con el tráfico clandestino vivía en Buenos Aires una población que pasaba grandes penurias.

 Uno de los primeros obispos escribía: "Así ocurre con todo de cuenta que 20 ducados valen en España más que 200 aquí, a causa del precio de las cosas. Para hacerse unos zapatos es menester comprar un cuero, buscar luego un zapatero, rogarle y rogarle muchos meses seguidos, pagarle un precio alto como las nubes, contentarse con los zapatos, estén como estén, y dar las gracias al operario efusivamente. No hay médicos, ni droguistas; no existen medicinas ni barberías, pero todos ofician de médicos y barberos, cada cual prepara las medicinas del modo que se le alcanza, como es de suponer (...) No hay plata ni oro, ni moneda real ni de cobre, de ninguna clase. Las transacciones se hacen a causa de éstos por medio del cambio de productos, dando vino por trigo, trigo por azúcar, azúcar por carne, carne por mate y así sucesivamente".

 En aquel mismo año de 1610 la sociedad del Cuadrilátero decidió diversificar sus negocios: instaló el casino más importante del Río de la Plata, con juegos, naipes, dados, ajedrez, "truques" (una especie de billar) y "mujeres enamoradas", donde también se bebía a discreción. Esta casa estaba ubicada en la esquina de las actuales calles Alsina y Bolívar y era propiedad de Simón de Valdez y de su socio Juan de Vergara. La casa fue construida por el arquitecto italiano Baccio da Filicaia (1565-1635), florentino, quien tenía en su haber la construcción de los fuertes de Bahía, en Brasil, el primer Cabildo y el primer hospital de Buenos Aires, edificado en 1611.

 El crecimiento y la impunidad de las actividades de los confederados alarmaron finalmente a Negrón, que inventó un procedimiento para expulsar a los portugueses, esta vez no como "portugueses ilegales" -como lo había propuesto Hernandarias-, sino como judaizantes. Pero el Tribunal de la Inquisición en Buenos Aires tenía como notario precisamente al mismísimo líder de la banda, Juan de Vergara, así que el proyecto quedó demorado en el Consejo de Indias. La apertura parcial del puerto incrementó el contrabando y los de Lima consiguieron que un oidor de la Audiencia de Charcas, don Francisco de Alfaro, se hiciera presente para evaluar la situación. Inició su viaje de inspección -una especie de intervención federal- a fines de 1610 y entró por el Tucumán para dirigirse luego a Buenos Aires en 1611.

 El 26 de junio de ese año dictó una serie de medidas para combatir el comercio ilícito: Se prohibía vender los permisos para exportar. Para obtener permiso había que certificar tres años de vecindad. Los encargados de buques debían llevar un registro de cargas. Se establecía un régimen de multas a los pasajeros que carecieran de licencia. Las mercaderías importadas debían consumirse dentro de los límites de la gobernación.

  Con este aval, el gobernador Negrón dictó una disposición que le costaría la vida: ordenó que las subastas de cargas ilegales por "arribadas forzosas" se hiciesen previa tasación del gobernador y a su "justo precio". El 26 de julio de 1613 murió repentinamente.

 Por aquel entonces en Buenos Aires los cargos se adjudicaban en pública subasta, en acto solemne presidido por las más altas autoridades de la colonia, reunidas en la plaza, a las puertas del Cabildo. Y terminaba el acto con esta frase: "Que buena, que buena, verdadera pro le haga". En 1590, en una real cédula dirigida al gobernador de Buenos Aires, Felipe II ya daba cuenta de la forma ilegal en que se adquirían los cargos: "Muchas veces os habéis entrometido a nombrar jueces, oficiales reales, con voz y voto en Cabildo, por muerte o ausencia del propietario, y que los oficiales de dicha nuestra hacienda real, so color de decir que son regidores más antiguos, pretenden y se les han encargado oficios de alcaldes, por muerte o ausencia del electo, de que resultan grandes inconvenientes (...) y Nos mandamos que, no teniendo cédula y poder particular de nuestra real persona, no os entrometáis a nombrar ni dar los dichos títulos".

 Los Reyes Católicos habían prohibido la venta de cargos pero, como dice Bobadilla, se "debería quitar la dicha ley, que no ocupe el libro de la Recopilación en balde, pues ya no se guarda, y se venden los dichos oficios por culpa de los tiempos, y por las grandes necesidades y obligaciones de Su Majestad". Un oficio era exactamente igual que cualquier otra propiedad susceptible de ser gravada con derechos reales, ejecutable para el pago de deuda, vendida o heredada: "Y se debe computar al hijo en legítima y mejora, y al marido y mujer en las arras y ganancias: y débese a la hija, si en nombre de dote se le prometió alguno de estos oficios; y puédense obligar e hipotecar como la casa y la viña".

 Mediante el recurso de la compra de cargos, en 1614, el Cabildo quedó en manos de los confederados. Pero a los pocos días de la elección llegó un visitador de la Audiencia de Charcas, Enrique de Jerez, que descubrió que Negrón había sido envenenado por el flamante alcalde del Cabildo y tesorero de la Santa Cruzada, Juan de Vergara. Vergara, amante de la justicia, lo mandó detener inmediatamente, acusándolo de haber querido detenerlo a él por un "delito imaginario". Con este panorama, el virrey de Lima, marques de Montesclaros, designó a un gobernador para terminar con el interinato de Leal de Ayala y nombró a don Francés de Beaumont, que ya había estado en Buenos Aires vinculado al tráfico de negros.

 El nuevo gobernador venía con las Ordenanzas de Montesclaros, un reglamento ideado por el virrey para la vigilancia de las descargas marítimas. Vergara, que ya había sumado a sus cargos el de síndico procurador del Cabildo, afirmó que el virrey se había excedido en sus atribuciones y propuso al nuevo gobernador que sus ordenanzas sean "acatadas pero no cumplidas". Beaumont se las devolvió al virrey para que las estudiara nuevamente.

 Mientras los confederados operaban cómodamente, en abril de 1615 llegó una noticia tremenda: el rey Felipe III había elegido nuevamente gobernador al criollo Hernandarias, que asumió el 23 de mayo. Una de sus primeras medidas de gobierno fue relevar a las autoridades del Cabildo -en manos de los confederados- y sustituirlas por miembros del minoritario partido de los beneméritos, leales al gobernador y a las leyes de la corona. Pocos días después, metió presos a De la Vega, Valdés, Leal de Ayala y Vergara.

 Este proceso, sin embargo, estuvo plagado de irregularidades, ya que muy pocos se animaban a declarar, y algunos funcionarios fueron asesinados, como el alguacil menor Domingo de Guadarrama, que había testificado en contra de la banda. Valdez fue enviado a España para ser juzgado, pero logró escapar después de sobornar al capitán del buque. Vergara sobornó a un guardia de la prisión del Perú adonde había sido enviado y también se escapó. El expediente contra la banda del Cuadrilátero llegó a tener ¡16.000 fojas!, engrosado por las absurdas chicanas opuestas por los defensores de los contrabandistas. Para sustentarlo, fue necesario solicitar crecientes cantidades de papel a otras ciudades del virreinato.

 Como el proceso se demoraba por falta de testigos, Hernandarias pidió a la Audiencia de Charcas que le concediera la facultad de "cuestión extraordinaria", es decir, la de aplicar torturas. Con los testigos debidamente torturados, pudo probar, en detalle, el envenenamiento de Negrón, la complicidad de Leal de Ayala y los oficiales reales con los contrabandistas, la maniobra para apoderarse del Cabildo y las demás jugadas de los confederados. Tras su declaración, los testigos fueron conducidos por los miembros de la banda que estaban en libertad fuera de los límites de la provincia -aparecieron en Santiago de Estero- y se desdijeron de todo lo declarado, por haberlo hecho bajo tormento.  

Plano de la ciudad en la época del virreinato

 Hernandarias tuvo que adoptar una actitud defensiva, porque los confederados tenían mucha influencia entre los habitantes de Buenos Aires, y se sentía odiado y mal reconocido por "perseguir el bien". La detención de la banda dejó en claro que Buenos Aires vivía del tráfico ilegal y cundió el desabastecimiento, lo que agravó aún más la impopularidad que fue ganando el gobernador. Sin pruebas, e imposibilitado de continuar el proceso, Hernandarias concluyó su mandato sin haber logrado establecer condena alguna para los principales organizadores del comercio clandestino.  

Los confederados necesitaban apoderarse del Cabildo, sobre todo de los puestos de alcaldes, que tenían a su cargo la justicia comunal y eran imprescindibles para hacer la vista gorda necesaria que permitiera la continuidad de los negocios de la banda. Como todos los años, el 1 de enero de 1616 el Cabildo saliente elegía al entrante. El Cabildo de Buenos Aires estaba formado por dos alcaldes, Francisco de Salas y Francisco Manzanares, y seis regidores con voto -en este caso eran cinco, porque el sexto estaba en la cárcel por un "caso de crimen"13: Domingo Gribeo, Felipe Naharro, Gonzalo de Carabajal, Miguel de Corro y Bartolomé Frutos, además del depositario y alférez real Bernardo de León.

Además, por una práctica aceptada, votaban también los tres oficiales reales, que eran nada menos que Simón de Valdez, Tomás Ferrufino y Bernardo de León; los dos primeros, integrantes de la organización delictiva. Es decir, que los "confederados" contaban con dos votos contra ocho. Los delincuentes de turno comenzaron intentando el soborno de los electores mayoritarios, tal como lo denunciarían el día de la elección el alcalde de primer voto y tres de los regidores, pero la maniobra sólo les aportó dos votantes más: el alcalde de segundo voto, Manzanares, que se prestó a los deseos de la banda a cambio de la promesa de llegar a convertirse en procurador general y mayordomo de propios, y el regidor Felipe Naharro, al que le ofrecieron el cargo de alcalde de hermandad.

 Pero la cuenta seguía dando cuatro votos contra seis y no alcanzaba. El día de la elección, al entrar en la sala capitular, los beneméritos se enteraron de la maniobra montada por los poderosos confederados de Juan de Vergara: la noche anterior habían sido apresados el escribano del Cabildo, Cristóbal Remón, y uno de sus regidores, Domingo Gribeo, y en cambio estaba presente el detenido por el caso de crimen, Juan Quinteros. Francisco de Salas protestó por las "detenciones maliciosas" de Gribeo y Remón, objetó la presencia del delincuente Quinteros y denunció que conocía las tratativas para sacar del medio a otro alcalde, tachando de nulo el acto comicial que estaba por perpetrarse.

 Ayala, que presidía el acto, explicó que había detenido a Gribeo por causas criminales y se negó a que se lo hiciese comparecer bajo custodia. El presidente empezó la elección recomendando que hubiera paz. Debían elegirse los alcaldes: los cinco beneméritos votaron a Gonzalo de Carabajal y los cinco confederados a Juan de Vergara y a Sebastián de Orduña. El escribano de registro tachó el voto que Carabajal se había concedido a sí mismo y dijo que por haber resultado empatada la elección entre Gribeo, Vergara y Orduña, el gobernador debía definirla con su voto. Ayala, confirmando aquello de que el miedo no es zonzo, les dio su voto a Vergara y a Orduña, y así legalizó el resultado. La elección fue tan escandalosa que un regidor designado por unanimidad, el capitán Francisco Muñoz, desistió de asumir el cargo y prefirió la multa y prisión correspondientes a su negativa.

 En 1617, Felipe III decidió finalmente dividir el extenso territorio de la gobernación del Río de la Plata en dos jurisdicciones: una intendencia con capital en Asunción y otra con capital en Buenos Aires. Hernandarias debía abandonar Buenos Aires para hacerse cargo de la nueva sede de Paraguay, El elegido para ocupar el cargo de primer gobernador de Buenos Aires, Diego de Góngora, tenía antecedentes que le daban cierto lustre: pertenecía a la orden de Santiago y durante más de siete años había guerreado en Flandes, de donde regresó a España con una expresiva recomendación del duque de Lerma, que le valió como premio la gobernación de estas tierras, uno de los cargos más requeridos por los nobles españoles, más ávidos de riquezas que de gloria.

 El nuevo gobernador, quizás para abreviar, zarpó de España el 15 de abril de 1618 con tres naves que traían un cargamento de contrabando valuado en 300 mil ducados. En los primeros días de junio, la flotilla de Góngora recaló en la bahía de Todos los Santos con el propósito de invernar allí, antes de proseguir su viaje al lugar de destino. Pocos días después, entraba en el mismo puerto un velero procedente de Oporto, que traía comunicaciones confidenciales para Góngora; en ellas se le avisaba que a los cuatro días de su partida se había levantado en Lisboa un sumario en el que habían declarado cuantos habían intervenido en las negociaciones, quedando por ende en descubierto sus manejos ilícitos.

 Como cuadra en estos casos, Góngora se hizo el sorprendido y argumentó que toda la carga era "para su uso personal". Cuando se dio cuenta de que sus argumentos no eran muy convincentes, mandó desembarcar en Bahía todo el cargamento causante de la denuncia, del que, por supuesto, se encargaron sus corresponsales de la compañía de contrabandistas, radicados en el lugar. Finalmente el "ilustre" gobernador llegó a Buenos Aires el 16 de noviembre de 1618 y tomó el mando al día siguiente.

 Góngora trató de cambiar los "malos hábitos" de sus súbditos: "Hay en esta gobernación generalmente en hombres y mujeres un vicio abominable y sucio que es tomar la yerba con gran cantidad de hierbas calientes para hacer vómitos con grandísimo daño de lo espiritual y temporal porque quita totalmente la frecuencia del santísimo sacramento y hace a los hombres holgazanes, que es la total ruina de la tierra y como es tan general temo que no se podrá quitar si Dios no lo hace".

 Al poco tiempo vislumbró el primer negocio: supuestamente avisado que los holandeses "y otros corsarios" intentaban apoderarse del puerto, Góngora, ni lerdo ni perezoso, envió decenas de informes a sus autoridades, manifestando el estado de indefensión en que se hallaba el lugar y reclamando al mismo tiempo el envío de fuerzas pagadas y dotadas de suficientes armas, municiones y "fondos extraordinarios".

 El ataque nunca se produjo; el negociado, sí. Algunos historiadores, como Zacarías Moutoukias, plantean la legítima duda sobre si puede hablarse de corrupción dentro de un régimen cuya razón de ser eran los negocios ilícitos: "La corrupción consistió, durante el siglo XVII en el Río de la Plata, en la infracción regular de un repertorio fijo de normas que limitaban la integración de los representantes de la Corona en la oligarquía local, es decir, en la participación de las actividades económicas. ¿A qué llamarle corrupción? Si las condiciones en que la Corona organizó la estructura administrativa y militar explican esas infracciones y, además, éstas fueron un aspecto de la práctica económica de la élite dominante, la cual englobaba también a los funcionarios, y la Corona se adaptó a esta situación porque le permitía financiar su aparato administrativo y militar local".

 La reanudación del comercio y el mismo contrabando devolvieron la vida a Buenos Aires pero su florecimiento no tardaría en encontrar nuevas trabas. La competencia que enfrentaban los comerciantes de Lima provocó su reacción y la intervención de sus socios de la Casa de Contratación de Sevilla, que, expeditivamente, ordenaron el cierre definitivo del mercado altoperuano a los porteños. Se dictó la real cédula de 1622, que instalaba la aduana seca, o sea, no portuaria, de Córdoba, encargada de frenar el tráfico desde Buenos Aires hacia el Potosí. Para paliar esta situación, se autorizó el envío de dos navíos por año desde Sevilla a Buenos Aires, de modo de asegurar la provisión de la ciudad.

 Los reflejos porteños fueron rápidos: el Cabildo anunció que la real cédula lesionaba los intereses de la ciudad, ya que los dos navíos anuales no alcanzaban para cubrir las necesidades mínimas de los vecinos. Los interesados en el contrabando procedieron, antes de la instalación efectiva de la Aduana de Córdoba, a intensificar los envíos al Alto Perú, inundando esa plaza de mercadería y provocando una sensible reducción en los precios, lo que enloqueció aún más a los "pelucones" limeños, que volvieron a mover sus influencias y a renovar sus quejas.

 Pero todas las medidas adoptadas no lograron interrumpir la penetración de Buenos Aires en los mercados que se le pretendieron cerrar. Su condición de salida natural de esos territorios al Atlántico se impuso por sobre todas las prohibiciones y controles, que sólo sirvieron para fomentar el contrabando.

 Por supuesto que durante el gobierno de Góngora continuaron y aun se incrementaron las "arribadas forzosas". Esto llevó a la corona a sospechar que Góngora estaba asociado a los confederados a través de Simón Valdés, Así que llegó un nuevo juez pesquisidor, el licenciado Matías Delgado Flores, que al poco tiempo de investigar el caso calificó al gobernador de "señor y dueño absoluto de esta tierra", no precisamente en tono laudatorio. Góngora usó de todos los medios a su alcance para impedir la acción de la justicia y logró que el notario del Santo Oficio, que no era otro que el retornado Juan de Vergara, condenara a Flores por haber dicho: "Los contrabandistas están en todas partes. He de matar a todos los de esta ciudad". Delgado Flores terminó deportado en un barco negrero, el 21 de julio de 1619. Nunca más se supo de él.

 Enterada del episodio, la Audiencia de Charcas designó a su oidor, Alonso Pérez de Salazar, para que entendiera en los desórdenes y abusos de que se acusaba al gobernador Góngora. Las sospechas eran fundadas. Con Góngora, la banda de Vergara volvió a hacerse del poder. Coparon nuevamente el Cabildo, sobornaron a la Audiencia de Charcas y enviaron al Consejo de Indias a sus propios emisarios, con abundantes falsos alegatos e informaciones distorsionadas. Góngora le pidió a Hernandarias el expediente judicial contra los confederados, que ya sumaba más de 19.000 fojas. Hernandarias se negó a concedérselo, aduciendo que el nombramiento de pesquisidor de la Audiencia de Charcas era independiente del cargo de gobernador de Buenos Aires.

 Góngora ordenó el secuestro del sumario y decretó la prisión del caudillo, y el embargo y la venta de sus bienes, en noviembre de 1618. Con el juicio en sus manos, Góngora liberó a los vecinos que habían sido apresados, encarceló a los hombres leales a Hernandarias y desterró a los funcionarios fieles al criollo, como el escribano del Cabildo que había oficiado de secretario en el sumario, que fue deportado al África, aunque no resistió las torturas y murió en el viaje.

 

Escudo de la ciudad de Buenos Aires

 El Cabildo estaba formado por dos alcaldes y seis regidores designados por la corona o el gobernador. No era, como pretenden los defensores de la colonia, un cuerpo democrático o deliberativo elegido por el pueblo, sino el reducto de los vecinos (o sea, los propietarios) la clase alta que se perpetuaban en el poder cuando cada mes de enero "elegían" a quienes habían de integrar el Cabildo durante el año. Las elecciones debían ser confirmadas por el gobernador, que frecuentemente las anulaba o cubría directamente las vacantes. La costumbre de vender los cargos públicos desde los primeros años del siglo XVII redujo aún más la significación de estas elecciones. En Buenos Aires, los concejales propietarios formaban la mayoría del Cabildo y sus derechos eran hereditarios.

 Juan de Vergara estaba nuevamente instalado en Buenos Aires, listo para retomar sus actividades y transformarse en la persona más rica y poderosa de la ciudad, hasta su muerte. Había "adquirido" en Lima todos los cargos del Cabildo a perpetuidad, y allí colocó a sus amigos, a un cuñado y a su suegro, nada menos que Diego de Trigueros, conocido porque en tierras de su estancia ocurrió el milagro de la Virgen de Lujan. También durante el gobierno de Góngora regresó el tesorero Simón de Valdez, a quien Hernandarias había mandado a España "para que se hiciera Justicia". Ya no había por qué preocuparse y, como ocurre en estos casos, la impunidad lleva a la ostentación perversa.

 Juan de Vergara se jactaba, ante quien quisiera escucharlo, de tener setenta y cinco esclavos para servicio doméstico y una casa de quince habitaciones. Según la información que suministró el sargento mayor Diego Páez de Clavijo, Góngora murió el 21 de mayo de 1623, "pocos días después que le cargaron unas calenturas o pesadumbres causadas de las calumnias que en estas partes se usan". En el juicio de residencia celebrado "en ausencia", Góngora resultó culpable de haber permitido la arribada forzosa de navíos que introdujeron en estas tierras más de 5.000 esclavos negros y también de haber permitido la salida de cueros, sin tener licencia para ello. El Consejo Real de las Indias revisó la residencia y los cargos acumulados contra Góngora y, por sentencia fechada el 18 de febrero de 1631, lo condenó pagar de 23.050 ducados, "a cumplirse contra los bienes que había dejado el finado".

 En la misma fecha se dictó también la sentencia del juicio de residencia contra el gobernador interino Diego Páez de Clavijo, que en tiempo récord había acumulado doce cargos en su contra, y se lo condenó al pago en efectivo de 6.700 ducados. El sucesor de Góngora fue Francisco de Céspedes, que quiso quedar bien con Dios y con el diablo y manifestó que los cargos contra los confederados habían sido magnificados, y que los beneméritos habían llevado adelante una lucha real digna de encomio. En 1627, Céspedes, aconsejado por Hernandarias, puso en riesgo su vida encarcelando al intocable Juan de Vergara con la idea de darle "garrote en la cárcel". El asunto produjo un revuelo general y el obispo, Fray Pedro Carranza, se dirigió a la cárcel, forzó la puerta y liberó a su primo Vergara. Céspedes exigió su devolución, pero Carranza, vestido como para un Tedeum y con un báculo en la mano, pronunció un anatema contra el gobernador, que prefirió entregarse.

 Céspedes pidió ayuda a Hernandarias, que viajó desde Santa Fe a Buenos Aires autorizado por la Audiencia de Charcas, gestionó que el obispo Carranza levantara la excomunión e hizo procesar a Vergara lejos de la diócesis de su pariente. Pero el líder de los contrabandistas consiguió inmediatamente su absolución en Charcas. En 1624, Hernandarias había sido reivindicado oficialmente por el oidor Pérez de Salazar, por medio de un oficio librado el 24 de junio de ese año, que decía: "…porque es merecedor de las mercedes y agradecimientos con que su majestad honra y premia a los que en semejantes cargos le sirven fielmente".

 Diez años más tarde, a los 70 años, el primer gobernante criollo de estas comarcas moría en Santa Fe, en la más absoluta pobreza.

 

1- La Casa de Contratacion 2- La creacion del sistema de galeones 3- Dos flotas para Indias
4 - Organizacion y partida 5 - Los buques, la carga y las estibas 6 - Travesía y arribo
7- La conexion Americana y Oriental 8 - Las Flotas Subsidiarias 9- El Galeon de Manila
10- El Tornaviaje 11- La lenta agonia del S. XVII 12- Las Reformas de Felipe V
13- La destruccion de Portobello 14- Las ultimas Flotas 15- Corolario
16- Los Galeones 17- El Contrabando en Buenos Aires 18- Bibliografía

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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