Historia y Arqueologia Marítima

HOME

Indice Informacion Historica 

CARABELAS DESCUBRIDORAS

De un texto original de Hector R. Ratto y planos de Hugo Leban, publicado en 1942 por la Soc. de Historia Argentina.

Capitana "Trinidad" Capitana "Nta Sra. de Atocha" Capitana "Magdalena"
 

LA CAPITANA "MAGDALENA"

Si la Trinidad de Magallanes es por excelencia la descubridora de nuestro litoral marítimo, la Magdalena del adelantado don Pedro de Mendoza es la representativa de la ciudad puerto. De ahí la razón de su modelo. Determinado el arqueo de 200 toneles de la Magdalena, equivalentes a 124 de nuestras toneladas métrica, le corresponderían dimensiones básicas muy parecidas a estas: 26 metros de eslora o largo; 7.50 de manga o ancho y 4.25 de puntal o altura de quilla a bao.

Casco construido en los Astilleros Miranda, arbolado y equipado en el Museo Naval.Modelo propiedad de la Institucion Cultural Española de Buenos Aires.

Conocidas las líneas generales de una carabela, recorramos nuevamente, en las láminas de la Magdalena, la cubierta corrida que es bajo castillo a proa; alcázar en el centro y escandalar, cubierto por la tolda, a popa. En dicho escandalar tendría alojamiento parte de la tripulación y por el espejo, o tabla popel, penetraba, como ya dijimos, a través de la lemera, la caña del timón. Encima de esa cubierta existía otra, interrumpida, que no era sino techo del castillo a proa y cubierta de tolda más a popa destinada a soportar dos pequeñas cubiertas superpuestas, donde estaban —siempre nombrando de abajo a arriba—: el alojamiento del adelantado y el del capitán de la nave don Gonzalo de Mendoza, con parte de las personas de distinción a quienes más adelante nombraremos.

Con respecto a la Trinidad, que ya conocemos, existía, pues, una diferencia: la de llevar dos alojamientos superpuestos, cosa que hemos aceptado porque era más o menos corriente formaran los pilotos sus aposentos sobre toldilla. Tal aumento en la obra muerta de popa, aunque acrecía considerablemente la ventola, era una exigencia impuesta por el gran número de personas de categoría embarcadas. Por ahí vivirían, a nuestro entender: el ya citado capitán de la nave y el piloto Gonzalo de Acosta; el maestre de campo Juan de Osorio, jefe de la infantería; el que fué sucesor del adelantado, Juan de Ayolas, a la sazón aguacil mayor de la expedición; el contador Juan de Cáceres; cirujano Hernando de Zamora; aquellos hijodalgos avileses: Pedro de Valderrama, Agustín de Avila y el propio Rodrigo de Cepeda —hermano mayor de la que luego sería Santa Teresa de Jesús—; algunos de los muchos escribanos, justicias, frailes y clérigos embarcados, y los capitanes Pedro de Luxán y Martínez de Irala. Entre los de esta última categoría hemos omitido ex profeso al capitán Galaz de Medrano, encargado de la guarda del adelantado, y a Ruiz Galán, paisano de éste y amigo de crianza, que, tal vez como el mismo Ayolas, tuvieran —a fuer de íntimos de don Pedro— alojamiento no muy distante de algunos otros más precarios de su servidumbre, cual lo da a suponer un pasaje de los documentos consultados.

En sendas cámaras debieron también alojar, previas las precauciones que el recato femenino aconsejaba, aquellas damas de llave y quién sabe qué otros menesteres que con algunas de más pudor embarcaron. De la categoría de las primeras era la santacruceña amiga del adelantado, —Catalina Pérez, perdido de sus mejillas el rosa de Orotava— y otra, por lo menos, del maestre de campo Juan de Osorio: la trianera Elvira Pineda.

Y ya que estamos en popa, penetremos, a través de la tenue niebla del sahumerio encubridor de mejunjes mal olientes, al aposento del antiguo gentilhombre de Cámara de Carlos V para ver, afirmada a una banda, la cama en que el cuerpo paralítico del guerrero de Italia, pasóse los casi 22 meses que median entre la partida de Sanlúcar y su muerte antes de rendir viaje. Más hacia popa, ocupando el centro del lugar disponible, la mesa en que el magnífico señor distraía sus ocios ganando para su coleto —si acaso cobraba— algunos contios de maravedíes; el escritorio donde consta, colocaba y perdía el mismo capitán general, sus papeles y cuentas; un crecido número de arcas —con guarniciones o sin ellas— que aun contenían, casi al final del viaje de regreso, alrededor de cien varas de terciopelo, legadas a amigos y criados; las "camisas, savanas y tovayas" que volvieron, en parte, a poder de su cuñada doña Francisca, esposa de su hermano Diego el almirante, que se las había confeccionado antes de la partida, y las innumerables galas del vestir
cortesano; casullas de raso, estolas, jubones, calzas de grana, chamarras de tafetán y capas que con algunas otras cosas —como ser vasos de plata y crucifijos de coral— estuvo repartiendo, in mente, durante tres días, para que obrara en el codicilo redactado poco antes de morir.

Tampoco podemos silenciar, así por sus dimensiones como por sus fines, el arca grande afirmada al piso. En ella, a estar a las instrucciones reales, debía guardarse "todo el oro y aljófar y perlas en vuestro poder ansí de nuestro quinto y derecho y del almoxarifazgo", que sólo podía abrirse con la concurrencia de tres llaves: una, en poder del adelantado; otra en el del contador Cáceres y la tercera en el del factor don Carlos de Guevara, que para más seguridad no estaba a bordo sino en la Santa Catalina, de su mando. Y, finalmente, iluminando ese conjunto de cosas y seres más o menos animado; presenciando escenas y conciliábulos no siempre conducentes a la salvación de las almas, suponemos —¿cómo no decirlo?— adosada sobre el testero de la cama del paralítico, la imagen de Magdalena arrepentida, patrona de la nao del primer adelantado y por tanto "de toda su compaña".

De los otros alojamientos de sobre toldilla poco diremos. Quedan, pues, en el olvido la profusión de divisiones a base de lona a que ya nos referimos, sembradas de nuevas arcas y toda suerte de vasijas, y lugar en el cual, a semejanza de lo que ocurría piso por medio, dábanse del alba al ángelus sucesivas manos de curvados y pegajosos naipes.

La comida se serviría, llamando mediante pregón: en la cámara del capitán general para sus íntimos; en la tolda, para los pasajeros de distinción; en el escandalar, los mareantes y sobre la cubierta del alcázar a los restantes. Entre estos últimos, aquellos arcabuceros "de los diabólicos", al decir del maestro Osorio, a los que tanto defendía y de quienes afirmaba que "en haciéndoles del ojo lo tenían entendido" lo que no impidió, flaqueza humana, que lo dejaran en la estacada el día de su alevosa muerte en el Janeiro.

Sobre las amuradas de la tolda, los falconetes; próximos a ellos, por ser lugar seguro, los muchos gallineros de la bucólica de don Pedro en el viaje de venida, que se convirtió, en el de regreso, en 150 perdices cazadas por los alrededores del maltrecho real de Nuestra Señora de los Buenos Aires.

En la cubierta baja se extendería un hacinamiento indescriptible de seres y cosas apenas ocultos por una cumbrera apoyada, en sus extremos, a los baos posterior del castillo y anterior de la tolda tocada por una vela vieja a manera de manto protector. Por allí —como si fueran pocos los doscientos hombres embarcados— existirían los bretes para no menos de cuatro caballos, dos propiedad de Mendoza y dos del Maestre Osorio; la madera para construir un bergantín; el batel de los remolques y fondeadas; los barriles de agua que administraba el contramaestre Ginés de Cádiz —cuyo reparto juzgaba mezquino el bravucón maestre Osorio azuzando su propia inquina y la de sus subordinados contra todo lo de abordo y precipitando, de tal suerte, su fin trágico—.

Debajo, en la amplia bodega que limitaba inferiormente la carena, los barriles de cecina y abadejo; de tocino y pasas; los respuestos de velas y cabuyería; las armas, escudos, capacetes, versos, lanzas, ballestas, arcabuces, pólvora y proyectiles; las herramientas de canteros, carpinteros y calafates y las mil cosas, en fin, atinentes a una nave.

El modelo la presenta en puerto, cuando, tesada la gúmena del ancla presentaba a la corriente de nuestro río como mar, inflamada de flámulas, gallardetes y escudos con las armas del emperador, las propias de Mendoza y las de aquellos personajes de su bordo que los poseían, cual se estilaba entonces así para indicar la presencia de un poderoso o la realización de un hecho trascendente.

Hasta que luego, a la caída de la tarde, cedían aquellas galas su mostración de dignidad ante la luz del farol de popa que apagóse, definitivamente, con la vida del primer adelantado del Río de la Plata la noche del 23 de Junio de 1537 en que su cuerpo examine sondó el mar por el paralelo de lalitud 10° Norte amarrado a un falconete...

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

Direccion de e-mail: histarmar@fibertel.com.ar