Historia y Arqueología Marítima

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LA CONQUISTA DEL BERMEJO

Una epopeya del siglo XIX - La "Compañía de Navegacion del Rio Bermejo"

Todo es Historia Nº 30, por José del Nieto

Datos de Wikipedia Comienzos El "Leguizamon"
Shilata Natalio El "Oran" Despojo
 La mano que estaba apoyada en el guinche quedó prácticamente clavada por una flecha que dio certeramente en ella. Simultáneamente caían heridos dos marineros,
Llegaba el griterío feroz de la indiada que desde la costa los amenazaba. Semidesnudos, encoletados, agitando flechas y lanzas, sus alaridos se alargaban sobre el río, retumbaban en las barrancas, rebotaban en la selva.

La gruesa cadena mantenía al "Oran" amarrado a un árbol. Se habían detenido cerca de "La Cangayé" a cargar leña, en su segundo viaje. Cuando terminaban la tarea, aparecieron los indios imprevistamente exigiendo pago por ella: "Tierra nuestra, leña nuestra", gritaban. Roldan pensó que si les pagaba la leña, sentaba un mal precedente: aceptar que realmente era de ellos. Había ordenado soltar amarras y proseguir de Inmediato, pues las calderas tenian suficiente presión. Pero los indios, actuando con sorprendente rapidez, se tomaron de la cadena y golpearon a los marineros que pretendían soltarla. Estos no tuvieron más alternativa que saltar al agua y ganar el barco.
La tripulación estaba parapetada sobre cubierta, con las armas listas. Guillermo Aráoz, el hábil y veterano artillero, había cargado las dos piezas y esperaba también la orden de hacer fuego contra los Indios que ahi, a tan corta distancia, ofrecían un blanco ideal: la descarga produciría, sin lugar a dudas, una carnicería.

Roldan, pálido, se arrancó la flecha, metió la mano en el bolsillo que se tiñó de rojo y ordenó, imponiendo su voz sobre gritos y alaridos:
—¡Listos para hacer fuegol |La descarga de fusilería y cañones, a un metro de elevación sobre los Indios!
Hubo miradas de duda, vacilación, estupor, pero estaban acostumbrados a obedecer a eso hombre que les habla demostrado siempre que sus órdenes eran resultado de un Juicio certero, de una admirable experiencia y un profundo conocimiento de las reacciones humanas.

—iFuegol —gritó Natalio Roldan, y las descargas retumbaron ensordecedoras sobre el rio, como si el vapor hubiera estallo envuelto en llamas y humo,
La indiada quedó un momento Inmóvil, asombrada, en espectante silencio, Luego, como si la empujara el eco de los disparos que aún se prolongaban sobre rio y selva, huyó despavorida.
Roldan ordenó repetir las descargas en la misma forma, sobre los indios fugitivos y algunos que quedaron inmovilizados, aterrorizados, en el suelo, como si estuvieran heridos. Hizo desatar la cadena, subir dos prisioneros, y proseguir de Inmediato aguas arriba, mientras se dirigía a su camarote, donde esperaba su esposa, su segundo, Barbosa, cumplió la maniobra.

Genara Ñáñez, esposa de Natalio Roldan y compañera en sus viajes.

Genara, sin decir palabra, pero con una angustia que reflejaba su rostro, curó la herida y la vendó. Era ancha y profunda, pero Roldan disimuló su dolor para no aumentar su sufrimiento. Élla había sido siempre su compañera, la que compartía sus sacrificios, sus sinsabores y amarguras, desde que comenzó las exploraciones, cuando aún la idea de la Sociedad era una nebulosa, a pesar de la vida que tenía que llevar en ese medio hostil, Inhóspito, salvaje.

Roldan salló a cubierta con la mano vendada; Barbosa tenía cerca los prisioneros y hacia preparar aparejos y un cabo en el palo mayor, descontando que los colgarían como escarmiento.
Roldan al ver los preparativos movió negativamente la cabeza:
—Tenga presente, mi amigo, que a seres salvajes y malvados se los puede conquistar y convertir con generosas acciones, en hombres buenos y útiles para obras del bien.

Las palabras con que los despidiera el Presidente Sarmiento volvían a él; y esos seres no eran malvados, simplemente defendían lo que consideraban suyo. Además, el blanco los engañó y despojó siempre, por lo tanto no podían esperar otra actitud, otra reacción. El se había trazado una política, una conducta, a la que permanecía fiel desde que tuvo contacto con los Indios del Chaco:
—Barbosa, haga traer algunos ponchos, botas, sombreros y tabaco.
Luego se dirigió a los indios, mientras su segundo, acostumbrado a las salidas de su superior y amigo hacía cumplir la orden.
—¿Quién es Jefe de ustedes? —les preguntó.
—Tigreri —respondió uno.
—El mío Mulato —contestó el otro.
—Yo no quiero pelear ni matar indios. Por eso tirando balas por arriba. Cuando vuelva mi vapor, cortando leña otra vez aqui, y tocando pito, llamando con pito, que vengan Trigueri y Mulato. Yo regalarles mucho. Esto para ustedes. .. —agregó, entregándoles lo que le alcanzaba Barbosa.

El barco navegaba venciendo la fuerte correntada. Hizo vestir a los indios, y descubrió que desde la costa, ocultos entre los árboles, grupos dispersos los observaban. Detuvieron entonces la marcha, y bajó a un bote con dos marineros y los indios. Alcanzaron la costa, descendieron, y los acompañó unos cuantos metros repitiéndoles:
—Yo volver con barco. Llamar con pito, que vengan Tigreri y Mulato, yo llevar a Buenos Aires, pueblo grande, y regalarles muchas cosas, volviendo con la otra luna con muchos regalos para todos. Los despidió con un gesto, y los indios, aún dudando, comenzaron a alejarse lentamente, con la ropa, los ponchos, los atados de tabaco que les habían regalado, hasta que lanzándose a la carrera ganaron la selva.

El Bermejo con barrancas e islas en su recorrido

. El vapor prosiguió viaje, hacia la rada de Rivadavia, a la que llegó dos días después. Descargaron cuanto traían de Buenos Aires, cargaron cueros, plumas, maderas, y emprendieron el regreso. Al llegar al lugar del encuentro, hicieron sonar largamente el pito, deteniendo el barco. Desembarcaron y no tardaron en aparecer los dos indios que habían tenido prisioneros, llevándoles pavas de monte como regalo. Se fueron sumando lentamente recelosos, otros de la tribu de Mulato. Luego los de Tigreri, y por último se presentaron los dos caciques, a quienes obsequió Roldan con tabaco. Al atardecer, se sumó la tribu de Llema. El recelo desapareció totalmente, ante el trato afable y cordial de Roldan, y los obsequios que hacia a los caciques. Repitió la invitación de llevar a Buenos Aires a cinco de ellos. No obtuvo contestación de inmediato, pero al día siguiente, cuando el vapor anunció la partida, habiendo completado la carga de leña, Mulato, Tigreri, Llema y dos caciques más manifestaron que estaban dispuestos a viajar: demostraban la confianza que les inspiraba Roldan. Eran los mismos que lo habían hostigado y combatido, siguiéndolo desde la costa, listas siempre para el ataque, para la lucha: los conquistó como había conquistado las tribus que trabajaron en la canalización del río.

Llegó con los cinco caciques a Buenos Aires, y luego de vestirlos adecuadamente, les hizo conocer la ciudad, tratando dé hacerles comprender, que era la capital de su país, de los argentinos, y que ellos eran argentinos por haber nacido donde nacieron.

El Presidente Sarmiento, y el Ministerio del Interior, Vélez Sársfield, recibieron a Natalio Roldan y a sus caciques, con don Francisco P. Molina, Presidente de la Sociedad de Navegación a Vapor del Río Bermejo. Roldan les hizo saber que se había propuesto traer en cada viaje a cinco caciques, hasta completar veinticinco, pues era la mejor manera de conquistarlos. Sarmiento compartió plenamente la idea, ordenando a su edecán que la Comisaría de Guerra los proveyera de ropa, calzado, víveres en cantidad, para que les llevaran a sus familiares.

—Y sepa usted, Roldan, y usted, Molina, que declararé a la Sociedad de Navegación del Bermejo benefactora de la patria —les dijo al despedirlos.

Molina regaló ponchos, camisas, camisetas, lienzos, sombreros. Don Juan Videla, el Vicepresidente primero, botas, recados y mantas. Sebastián Casares, Vice segundo, herramientas y semillas. Roldan agregó ropa diversa, y de regreso, al pasar por Humaitá, les compró cinco fardos de tabaco. Así volvió a entrar al Bermejo, derrotero de sus sueños.
Al llegar al lugar del encuentro, anunciado por las prolongadas pitadas, los esperaban centenares de Indios de las cinco tribus. En cubierta estaban Roldan con su esposa, algunos pasajeros, Barbosa y los cinco caciques con botas granaderas, ponchos, bombachas, y sombreros. Cada uno, de común acuerdo, se habían puesto ¡seis ponchos!

El griterío de las tribus, ensordecedor, rubricaba el triunfal regreso. Los caciques descendieron orgullosos, saludaron a su gente, y sacándose los ponchos, los regalaron a los mejores hombres de su tribu. Luego siguió el reparto de ropa, víveres, tabaco, según el número de hijos y ancianos que cada familia tenía.

Al despedirse Roldan le comunicó al cacique Mulato, el más Inteligente, que eligiera otros cinco para llevarlos en el próximo viaje. En esta forma cumplió la palabra dada a Sarmiento. Su proceder, a lo largo de más de 17 años de luchas y sacrificios, de una conducta sin dobleces, vacilaciones ni desaliento, permitió que unos 35.000 indios pobladores de ambas márgenes del Teuco y Bermejo, lo respetaran .llamándolo "shilata Natalio", "querido Natalio", tal vez el mejor título para Roldan...

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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