Historia y Arqueologia Marítima

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LA ILUSTRACION ESPAÑOLA Y AMERICANA - 1875

NUESTRAMO TRISTAN

Por Cesáreo Fernandez Unto.

Navegaba la corbeta Esmeralda con el impulso de su poderosa máquina, en una de esas incomparables noches de los trópicos en que el cielo asemeja á los vestidos de tarlatana oscura con pintitas de plata tan amados por las niñas. La brisa, saturada de vapores húmedos, había templado la ardorosa temperatura del dia, y levantaba juguetona la marejadilla cortada por la proa de la corbeta en fosforescente espuma. El ligero movimiento del buque, suave como el balance de una hamaca, no hubiera molestado á los más refractarios viajeros anti-neptunianos que, de cierto, olvidando momentáneamente su rencor á las olas, habrían de gozar del benéfico influjo de la frescura del ambiente pensando acaso con el poeta catalán :

«Nunca he podido encontrar
Sobre la tierra sombría
La dulce melancolía
Que hay en las noches del mar.»

El acompasado choque de la hélice en el agua y el alerta que á intervalos repetían los centinelas, era lo único que interrumpía el silencio del buque, perfectamente armónico con el de la naturaleza. Dormían los tripulantes tranquilos sin cuidarse para nada de belleza ni de poesía : dormían en tanto que la campana y el pito no daban el aviso de ser llegado su turno de vigilancia.

En el puente paseaba con lentitud el oficial de guardia, deteniéndose á veces un instante, hasta verificar si era luz ó estrella lo que aparecía en el horizonte por la proa. En este lugar paseaba también el contramaestre, atento á la voz de mando , mientras los marineros de servicio , en grupos ocultos entre los cañones ó los guindastes, mataban el tiempo de la guardia conversando en voz baja.

— Cuenta algo nuevo, Joselillo, decia uno de ellos desde una butaca improvisada con dos espeques.

— ¿Qué he de contar después de veinte días que llevamos de crucero ? Lo nuevo há tiempo que se acabó y lo viejo también, porque maldito si me ocurro nada que decir, contestó el interpelado, apurando una colilla de cigarro.

— Pues si tú que estás en la cámara no sabes novedades, mal estamos. Dínos lo que pasa por allá y no te andes

— Y qué decían? preguntaron todos á la vez.

— «Cruzar hasta nueva orden.»

— ¡ Buena está la salida! Quiere decir que cuando estén para acabarse los víveres vendrá otro barco á traerlos, como el carbón, y que La Esmeralda va á echar raíces á la vista de la sempiterna punta Maisy como si fuera un Cayo ....

— Consuélate, dijo un marinero preferente, con que en ese caso también nos enviarán las licencias al cumplir.

—Vaya si me consuelo, como que ya no me faltan más que tres años de servicio.

La carcajada general con que el corrillo acogió esta inesperada ocurrencia, detuvo en su paseo al contramaestre, sorprendido de que alguien se permitiera semejante infracción á las altas horas de la noche.

— ¿Quien rebuzna por ahí? dijo, con voz que parecía de una gruesa campana cascada. Y como nadie chistase, continuó su marcha refunfuñando una- letanía poco tranquilizadora para el alegro grupo de los marineros.

— De buena hemos escapado, repuso bajito el muchacho de cámara, pasados algunos minutos de silencio. Nuestramo Tris debe estar de buen humor esta noche cuando no se le ha ocurrido mandarnos á coger moscas á la cruceta de velacho.

— Si está de buenas, nadie mejor que él podría entretenernos. A ese zorro viejo le han salido los dientes en la mar, y sabe más que Briján; pero el caso está en que quiera dar palique.

— Y en hacerle la proposición, ¿quién es el guapo que le entra de guardia ?

— Yo me encarten de eso, dijo el preferente, dejando su asiento. Después, marchando decidido hacia el contramaestre, preguntó, echando mano al gorro.

— ¿Llamaba V. nostramo? —No.

—Me pareció que había V. tosido.

— he dicho que no; largo.

— Es que tenía que decir á V. que al hacer la descubierta esta tarde he encontrado comido el aforro del obenquillo proel del juanete por el luchadero de la verga.

—¿Y ahora te acuerdas de dar parte, socairero?

—No, señor, que en seguida le eché aforro nuevo y le puse un pallete encima.

—Será la primera vez de tu vida que haces una cosa buena sin que te la manden.

— Ya ve V., como La Esmeralda no es ninguna carraca del siglo pasado, la tiene uno cariño y....

— ¿Qué es eso de carraca del siglo pasado? ¿Pues qué te crees tú, animal de bellota, que estos barcos son mejores que los antiguos?

— No lo decia por tanto, nostramo, con todo, éstos llevan el viento en la bodega.

— Tú sí que tienes viento en la mollera, gaznápiro. ¡Y á esto llaman un marinero! añadió el contramaestre para si. Ya se ve, se pasan la guardia tumbados en una chaza sin que haya que llamarlos mas que para izar la ceniza ó para bracear al filo; ¿qué ha de suceder? Esto nos ha traido la invención del vapor: el arte se ha perdido, los equipajes de S. M. son ni más ni menos que turcos o qué soldados del Papa!

—Me parece, nostramo, so atrevió á decir el juanetero, que no puede V. quejarse de la gente de La Esmeralda......

— Soldados del Papa, repito. ¡Salirme con el viento en la bodega! Dónde estaba un navio de mi tiempo con sus tres baterías y su maniobra como un telar, ¿qué importaban los vientos ni los enemigos? Aquellos eran barcos de rey : limpios como una patena, fuertes como una roca, obedientes al timón como un caballo, y aguantándose en la mar años y años sin averías ni necesidades. Ahora se pasa la vida en embarcar y quemar carbón; el hombre de mar ha tomado el aspecto del herrero ; desde la cámara á la sentina se masca el polvo maldito ; ni los ojos ni la ropa se libran de él, y con todo eso un buque anda apurado para hacer viaje de Puerto-Rico á Cádiz, sin contar con que el tornillo se afloja ó la válvula se descompone ó la caldera se sale! ¡ Vive Dios que son para alabados los tales barquitos!

Los marineros habían ganado la partida : herido en la cuerda sensible, el contramaestre se animaba con los recuerdos de sus buenos tiempos, no habiendo que temer que se detuviera en este camino. Así lo comprendieron todos desde que solió la ampolleta, por lo que se fueron acercando suavemente hasta dejarle en el centro de un cono.

— Nostramo Tristan, decia el preferente encargado de darle cordelejo, es mucha verdad lo que V. expresa, aunque también los buques de vapor cuentan sus ventajas. Aquí tiene V. un camarote mejor que el de un navio, todo el mundo está ancho, los víveres son frescos.....

— Y bebes agua de hierro como las señoritas delicadas, ¿no es eso? ¡Las comodidades! esas son las que afeminan al hombre y le hacen antipática la mar. Las comodidades las busca el que las quiera, en un palacio.

—También hay que recordar, insistió el juanetero, que los barcos antiguos tenian cañones de muy poco calibre y menos alcance, mientras aquí disponemos de esas hermosas piezas rayadas de á 100 que envían un proyectil á tres millas.

—Si los cañones antiguos eran de poco calibre, en cambio eran en mayor número y se cargaban y disparaban cinco veces más de prisa. En cuanto al alcance, se batia uno á tiro de pistola, y siempre es mejor verlo la cara al enemigo que no apuntarle con anteojo. Hay que desengañarse; el inconveniente de los barcos antiguos consistía en que para conducirlos y manejarlos bacía falta un hombre, mientras que los de hoy los lleva una dama, como lo hacen las loras inglesas. Para descubrir todas las tierras, islas, bajos y canales que tiene el mundo, no se esperó á la invención del vapor, ni para atravesar vigías ó sortear arrecifes, sin cartas, se hacían tantos aspavientos como ahora. Ojo, corazón y entendimiento marinero habia, sí: había hombres, y yo me entiendo, y basta. Sime pusiera á contar navegaciones se veria si es verdad lo que digo.

—Cuente V., nostramo, exclamaron á la par diez ó doce.

—¿Qué es esto? gruñó el viejo, reparando entonces en el círculo de su auditorio. ¿Quién os ha dado vela en este entierro? En lugar de estar repasando el cabulero, cuando puede que haya alguno que no sepa distinguir el chafal dele del amante de rizan, os venís á escuchar? ¿Cuentos, eh? puede que á alguno le cuente las costillas con un rebenque, ¡ mamalones!

—Nosotros deseamos aprender, expuso uno, y no pedimos cuentos de muchachas, sino que nos refiera V. sus campañas.

—Pues de muchachas os voy á hablar por lo mismo ; pero no es cuento, sino historia muy verídica.

Nuestramo Tristan habia rebasado el cabo de los sesenta, aunque aparentaba muchos menos años; curtido por el aire del mar, enjuto de carnes y de pequeña estatura, conservaba una agilidad que correspondia con su fibra de hierro. En lo físico no era una belleza; las viruelas habían mareado en su rostro huellas profundísimas, desalojando en absoluto la barba, á lo que se agregaban no pocos costurones, efecto de una botella que en cierta aventura vino á estrellarse en la cara del contramaestre, llevándose de encuentro el ojo izquierdo. La voz tenía algo de huracán y de carraca, como si al resbalar por la laringe tropezara con desigualdades ó protuberancias semejantes á las de los carrillos. Era gruñón y exigente por hábito, difícil de contentar, incapaz de hallar disculpa ni disimulo á la mas leve falta en el servicio, duro de palabra y más duro de mano.

Sólo en los malos tiempos se mostraba complaciente y agradable, cual si el Sueste y las grandes botas que en semejantes circunstancias exhibía, aumentando su fealdad, le prestaran una nueva naturaleza. Los marineros le llamaban, por abreviar, Nostramo Tris, aunque teniendo muy buen cuidado de que la denominación no llegara á sus oidos, en cuyo caso el imprudente podia estar seguro de recibir el tan complementario con lo que más cerca estuviera del alcance del viejo, chicote, cabilla ó espeque, que á ello mismo le importaba una cosa que otra para el objeto. Era respetado y querido, sin embargo, en el buque, donde se consideraba parte tan integrante como una cuaderna.

Nostramo Tris se acomodó en el castillo do proa sobre las adujas de la maniobra, encendió un tabaco con gran calma, y dejando pasar las toses de atención de los oyentes, empezó su relación de esta manera :

«Tendría yo unos veinte años_ cuando llegué alas playas de Valencia, de vuelta de un viaje á Calcuta, con la fragata mercante La Buena Moza. Ya entonces llevaba plaza de compañero, y sabía mi obligación; de manera que al hacer los ajustes, pues el buque tenía que carenar, me tocó una buena parte, con la que me di vida de príncipe más de dos meses. Ello es que una tarde, paseando por la playa, me llamó la atención un bergantín que estaba para botarse al agua aparejado y casi listo. Era un barco extraño, que de cierto no se habia construido para mercancías, indicando la finura de los delgados y la guinda de los palos, que lo primero que se procuraba era buena marcha. Le di vuelta en redondo sin encontrarle ningún defecto, y estaba observándole de proa y reparando el esmero de la recorrida cuando sentí que detrás de mí decian :

— Parece que no te disgusta el barquito ¿ eh ?

El que me dirigía la pregunta era un hombro que podría tener unos 45 á 50 años, bajo, fornido, de mirada penetrante, barba canosa y ese sello especial del hombre de mar, que no so despinta. Tenía en aquel momento las manos en los bolsillos del pantalón, una pipa en la boca y los ojos clavados en mi persona, que examinaba de pies á cabeza.

— No te disgusta ¿eh? repetía sin dejar su examen.

— Según para lo que sea, respondí: si se tratara de meter en la bodega cajas de azúcar, no subiría á mucho el flete ; ahora, sí es cuestión de pies ó do aguantar un tiempo, entonces me gusta.

—No eres tonto, y también me gustan á mí los muchachos despabilados; por tanto, si te conviene, tienes una píaza para estrenar el bergantín Tifón, que es el que estás mirando, y para economizar cuestiones, has de saber que lo manda el capitán Torrellas, que soy yo, y que llevará cincuenta muchachones á prueba de agua.

— ¿Quiero decir que se trata de ir á la Costa por carbón?

— Eso no es cuenta tuya. Si te conviene lo dicho, bueno: si no, bastante hemos hablado.

— Me conviene,

—Ya lo suponia yo. Trato hecho: mañana te presentas abordo con tu saco, y no tendrás por que arrepentirte.

Ya comprenderéis, agregó á modo de paréntesis el contramaestre , que el buque era negrero. Yo habia oido contar mil aventuras del capitán Torrellas, famoso por su osadía y por la buena estrella con que siempre habia escapado de los cruceros ingleses, jugándoles algunas pasadas que le habían valido el honor de que su retrato estuviera en todos los buques de guerra británicos, para el caso, poco probable, de echarle mano. Deseaba conocer á aquel hombre extraordinario, y confieso que también me tenía en curiosidad la vida del negrero de que tanto habia oido.

Para no cansar, antes de quince dias iba el Tifón navegando por las islas de Cabo Verde, en el orden más perfecto. Aquello era un barco y un capitán : el primero andaba siete millas con un soplo, viraba en una palangana y ceñía como un falucho : el segundo, un dia que el gaviero de proa tomó mal la empuñidura de velacho, cogió el fusil y de un tiro lo echó al agua, como si fuera un alcatraz; así que todo andaba allí como un reloj, por más que hubiera cincuenta diablos, catalanes, valencianos, andaluces, portugueses, hijo cada cual de su madre, pero excelentes marineros todos.

Llevaba el bergantín cinco carroñadas por banda y dos cañones largos de bronce de á 18; pero así como los buques de guerra ponen estas piezas en la proa, el Tifón, que no se proponía dar caza á nadie, las llevaba en lá popa, en disposición de.saludar cortésmente al que intentase seguirle, eventualidad muy frecuente en aquellos tiempos en que no se habían puesto de acuerdo las naciones para extinguir la trata y en que no sólo los ingleses procuraban impedirla de motu propio, sino que pululaban los buques negrero-piratas que se disputaban á cañonazos el cargamento.

Nosotros tuvimos la fortuna de no encontrar ninguno hasta la recalada al cabo de Palmas, que es el que da principio al golfo de Guinea : allí cruzaba una corbeta inglesa que tuvo la impertinencia de pedirnos bandera y de no satisfacerse con la sueca que mandó largar el capitán; pero por más que dio al viento cuanta lona tenía abordo, se quedó por la popa al poco rato, viéndonos escurrir bonitamente sin hacer caso de sus disparos.

Sin ninguna otra ocurrencia, fondeamos ante la barra de Lagos, que está en el golfo de Benin, donde un mulato brasilero estaba en inteligencia con el capitán para proporcionar el cargamento, empezando desde el instante á desembarcar efectos de cambio, aguardiente, tabaco, fusiles de chispa, abalorios y otras cosas por el estilo, aunque hubo que interrumpir las operaciones por una inoportuna sucesión de tornados y de nieblas espesísimas que no consentían franquear la barra por tres ó cuatro dias.

El último, en que debíamos terminar, tuvimos una sorpresa desagradable : al levantarse la niebla descubrimos á media milla de nosotros a la corbeta inglesa del cabo de Palmas, que por lo visto habia corrido la costa en nuestro alcance. Avistarla, picar el cable y poner el bergantín la proa al Sur con todo su aparejo, fué obra de segundos : jamas se ha hecho en buque alguno maniobra más rápida. Si el viento hubiera ayudado, contentárase el inglés con vernos la popa como la otra vez: desgraciadamente , la brisa era calmosa y no era posible, estando tan cerca, aprovechar las ventajas de la superioridad de marcha. La corbeta, al punto que nos vio, empezó á jugar su artillería con excelente dirección, partiéndonos el mastelero de gavia. No había remedio ya para el Tifón: ni siquiera embarrancado en la costa, como quiso el capitán, fué factible, por haberse interpuesto la corbeta, que nos abordó resueltamente; mas en el momento en que los ingleses saltaban sobre el bergantín, se oyó una detonación espantosa, y ambos buques fueron á buscar el fondo. El capitán Torrellas habia volado la Santa Bárbara, poniendo famoso fin á su vida.

— ¿Y á V. no le pasó nada, nostramo?

— Yo me encontraba en aquel instante en el,juanete de proa, remediando las averías del desarbolo, y probablemente por hallarme á tanta altura me libré del primer efecto de la explosión. El golpe que recibí al caer al agua me aturdió , y esto fué todo : al recobrar el sentido no vi ningún otro hombre que pudiera contar el suceso.

Aquí empiezan mis aventuras en África que, vuelvo á decir, no tienen nada de novela. Actualmente hay establecidas factorías en aquella costa, y algunos comerciantes y viajeros han visto y certificado en relaciones escritas lo mismo que yo presencié : con todo, es muy poco todavía lo que se sabe de aquel país mortífero para el europeo, y por tanto esta narración os servirá de enseñanza de algunas costumbres.

Dije que me vi solo en el agua al salir del aturdimiento del porrazo ; el instinto de conservación me mostró las ruinas flotantes de las arboladuras que me sostuvieron hasta ser pescado por una piragua de negros. Ninguno de ellos me entendía, ni yo pude comprender una palabra de las que me dirigían en una jerga extravagante. Largo rato reconocieron el lugar del siniestro, examinando los cuerpos que sobrenadaban, cuerpos muertos de mis compañeros y de los tripulantes de la corbeta, hasta que vista la inutilidad de las pesquisas, penetraron en la costa, atravesando la barra de un rio. Todo aquel dia y el siguiente emplearon en pasar un lago llamado Cradu, desembarcando en su extremo y obligándome á seguirles por tierra, con mil fatigas, á través del país de los Egbas, primero cenagoso y sin vegetación, elevándose más adelante con bosques de palmeras, haciéndose al fin de dificilísimo tránsito, por las veredas ascendentes á la cordillera de Kong entre acacias y otros árboles cuyas púas destrozaban las ropas y las carnes. Diez dias duró esta marcha que terminaba en Katongkora, capital del reino de los Kelebés.

Os diré, antes de pasar adelante, lo que es esta población, semejante á todas las que hay en la región del golfo de Benin, salvo el número de sus habitantes.

Katongkora, extendida en anfiteatro en la montaña, está rodeada por una muralla, ó más bien tapia, de tierra, de unos veinte pies de altura, con varias entradas que se cierran con gruesos maderos. En el espacio cercado, como islotes en un mar de verdura, están esparcidas en grupos las viviendas, chozas cilindricas de tierra con techo de paja ó rama seca, y cada grupo está cercado por otra tapia igual á la exterior, indicio de la seguridad personal que allí se disfruta. Arboles enormes, sembrados de millo, barrancos, con un laberinto de senderos y estacadas, llenan el intermedio de las ciudadelas perfectamente abonado con inmundicias de toda especie, entre las que se revuelven animales y muchachos. Las chozas, que se confunden á lo lejos con los montecillos que fabrican las hormigas del país, son pequeñas tienen la entrada algo elevada sobre el suelo para preservarlas en los grandes aguaceros, y no tan grande que permita entrar sin agacharse mucho. Guardan, por lo general, como mobiliario, esteras de palma, dos maderos dispuestos para moler el millo y calabazas huecas que sirven de vasos para todos los usos. Es también parte integrante de tales viviendas un olor nauseabundo, que con nada puede compararse.

El albergue real, cercado de su correspondiente tapia exterior y con otras muchas que lo dividen en cuarteles, ocupa más de dos kilómetros cuadrados, como que contiene las mujeres, los cautivos y la guardia del rey, pozos, almacenes, y entre multitud de chozas como las anteriores, verdaderas casas cuadrangulares con paredes de caña y argamasa.

Del número de las mujeres de estos reyes de África basta que os diga que habiendo preguntado el capitán inglés Clapperton al de Iurriba que cuántas esposas tenía, contestó que no lo sabía á punto cierto, pero que estaba seguro de que si se enlazaban de las manos llegarían de tal á tal pueblo, y señalaba dos que distan cuarenta leguas. En esta gran ciudad y palacio entré yo por término de viaje, atrayendo á todo el pueblo que corría tras de mí, empujándose para llegar á tocarme, como á cosa nunca vista. Los latigazos que mis conductores repartían á diestro y siniestro, sin reparar dónde caian, lograron con dificultad abrir el paso hasta la tapia de la casa real, donde se detuvo la turbe de curiosos aunque no su gritería.

Al llegar á la casa principal, la actitud de mis aprehensores, que se tendieron en el suelo llevando las manos á la cabeza, me hizo comprender que estaba en presencia del monarca, monarca-hembra, que se dignó dirigirme la palabra en su endiablada lengua, examinándome á la par con la misma curiosidad y extrañeza que sus subditos. Debieron explicarle mi pesca en la larga relación que hicieron los conductores, interrumpida varias veces con preguntas de S. M. mandinga. Después vinieron por su orden distintos personajes que me hablaron, tanteando tal vez distintas lenguas y por último una negra joven que lo hizo en portugués chapurrado. A mí, sin embargo, me pareció su boca de ángel pudiendo entenderla. Por su medio contesté al interrogatorio de la reina, que efectivamente lo era, enterándola de la catástrofe del Tjfon que me había llevado á su dominio muerto de hambre y de cansancio.

La negrita intérprete fué desde entonces mi Providencia, instruyéndome y aconsejándome en circunstancias que me hubieran sido fatales sin su simpatía.

Los kelebés, según ella me dijo, forman una agrupación de las infinitas en que se divide la raza negra, sin que estén todavía clasificadas ni se expliquen las diferencias de color de la piel ó la variación de las facciones y del pelo. Aparecen y desaparecen estas agrupaciones como resultado de la guerra de exterminio que muchas se hacen. Las hay nómadas, que matan sus hijos para no tener impedimento en las marchas, conservando su número con los niños de doce años arriba que roban á las otras y educan á su modo; las hay comerciantes y agricultoras; háilas que buscan en el álveo de los rios y en los paquidermos de los bosques oro y marfil qué atraigan las caravanas á su territorio, mientras consideran más noble y provechoso, otras, emboscarse al paso de las tales caravanas y despojarlas de su carga, Los kelebés, tribu guerrera establecida en las asp de la montaña, viven á expensas de todos sus vecinos, sin otra excepción que el reino más fuerte de Dahomey, de que son tributarios, aunque independientes.

Desde las cumbres del Kong descienden como avalancha á los valles para hacer presa en los ganados, en los frutos, en los hombres sobre todo, que constituyen su riqueza, empleándolos, primero, en proveer á los negreros á cambio de armas, pólvora y efectos del comercio europeo; en segundo lugar, en el cultivo de los granos y raíces que necesitan, ó en servicio personal en que los desdichados cautivos sufren horrible tratamiento; por último, en sacrificios al instinto sanguinario del pueblo, que no sabe celebrar de otra manera sus fiestas ni demostrar públicamente la expresión del pesar ó la alegría.

Los kelebés son guerreros; toda otra ocupacion es indigna de su prosapia, y de aquí la necesidad primera de tener esclavos que sirviendo de unidad de moneda elevan con su  número el capital y la consideración del poseedor; pero la unidad es tan pequeña y tan fácil la adquisición, que la vejez, las enfermedades, la falta de aptitud, son motivos bastantes para destruirla, ofreciendo el acto una distracción al propietario.

Nada más sencillo que la constitución de la tribu ; el rey es dueño absoluto de vidas y haciendas ; su voluntad es la única ley : sus subditos gozan por gracia especial del terreno que pisan, y para casarse compran la mujer al soberano, que da la que le place, no la que elige el interesado.

—Pedir más sería gollería; ¡ qué felices deben ser esos calabazos! dijo, aprovechando una pausa del contramaestre, el decidor del corrillo.

—Todo tiene en este mundo sus ventajas y sus inconvenientes, contestó filosóficamente aquél; pero dejémonos de observaciones. La soberanía de los kelebés es hereditaria, no habiendo ejemplo de haber recaído en hembra más que á la muerte del último rey, ocurrida tres meses antes, sin dejar más que una hija. Esta había dado anteriormente muchas pruebas de feroz energía, y en la ocasion supo acallar las murmuraciones cortando un par de cientos de cabezas, con cuyo expediente quedó la tribu como balsa de aceite, no habiendo un sólo kelebé que no reconociera de buen grado ser Ahonda primera la más digna, la más dulce y también la más bella de todas las reinas.

En lo último tenían perfecta razón. La hermosura, accidente convencional, se estima en mucha parte de África por la gordura : ahora bien, Akanda era una especie de tonel que pesaría muy bien sus diez arrobas, de modo que difícilmente se hallaría ideal más distinguido. ¡Qué detalles tenía S. M. kelebiana!

—Ya veis que os hablo de muchachas como había prometido.

— Lo que es las de ese tipo, no son muy apetitosas, nostramo.

—¿Qué sabes tú, mastuerzo? Akanda no dejaba de tener atractivos, según iréis conociendo. Tenía treinta años á su advenimiento al trono; es decir, se hallaba en la plenitud de su vigorosa naturaleza, habiendo desechado hasta entonces toda insinuación de matrimonio por temor á la maternidad , incompatible con los ejercicios de la guerra.

— ¡ De la guerra!

— De la guerra, sí: he dicho que los kelebés son una tribu guerrera, sin excepción para el sexo que nosotros llamamos débil. La guardia de los reyes, lo mismo que en los de Dahomey, la tropa de más arranque y confianza, que forma un cuerpo separado de tres ó cuatro mil soldados, es precisamente de amazonas ejercitadas desde la niñez en el manejo del fusil y en las fatigas de la marcha. Y es cosa de verlas maniobrar sueltas, saltando como fieras, ya arrastrándose por el suelo, ya ocultas entre las matas ó bien oscureciéndose ante el enemigo, levantando polvo con pies y manos, en tanto cargan á puñados sus largos fusiles ingleses de chispa. Dan la muerte ó la reciben como los hombres; con más osadía, con más ensañamiento que éstos si se quiere; con más sufrimiento y estoicismo también, teniendo cuenta que entre tales gentes un lamento, una arruga en la fisonomía que denote el dolor ó la debilidad es la más grande de las ignominias. Cuando vuelven ,del combate aguijando á los prisioneros agarrotados, oscilando en triunfo las cabezas cortadas con que van coronando la tapia de la vivienda real, sus demostraciones son también más ruidosas y repugnantes que las de los hombres.

Las amazonas son solteras. Suele prendar el rey largos y señalados servicios dándolas en matrimonio á alguno de los dignatarios del Estado, ó admitiéndolas en el número de mis propias mujeres más en este caso dejan de pertenecer desde luego á la milicia.

Akanda habia sido, en vida de su padre, Givu, generala de las amazonas, guiándolas siempre victoriosa en mil batallas, y de su fuerza se sirvió para hacer tabla rasa de las prácticas de sucesión del trono. Por esto se había mantenido soltera. Una vez en aquel, la razón de Estado exigía, por el contrario, que diera sucesión á la dinastía keleviana, á lo cual instaban los señores negros del Consejo, pensando cada cual ser el elegido. Minios é intriguillas no faltaban por parte de los aspirantes, con más empeño que buen éxito, toda vez que S. M. reconociendo la conveniencia política del matrimonio, se mostraba tan descontenta de esa delicada elección, demorándola de un dia para otro, que era
cuestión de trastornar aquellas cabezas lamillas, objeto de diversión real.

Akanda acariciaba proyectos ambiciosos. que nadie por entonces conocía. Deseaba ver hombres blancos para saber si valian mas que sus subditos, y antes de adoptar la resolución trascendental de entregar su negra mano, había ordenado secretamente que por distintos sitios de la costa se estacionaran leales servidores suyos á la pesca de europeos. Hé aquí por que me encontraba yo elijas montañas de Kong.

Si la pesca hubiera sido más abundante, no sabemos cual fuera el juicio de la mujer: limitada á un solo escantillón, el parecer se inclinó á la novedad, mostrándose Akanda encantada de su conquista. El examen analítico de mi persona debió satisfacerle mucho, cuando sin preámbulos ni dilaciones declaró públicamente que se dignaba tomarme por esposo.

— ¡ Bravo!
— ¡Hurra!
— ¡ Viva el rey!
— ¡Viva el rey Tristan! gritaron, sin poderse contener, todos los marineros, entre aplausos y risotadas.
— Aquí donde me veis, prosiguió, imponiendo silencio, el contramaestre, era yo entonces un muchachon colorado como un ruso: más de cuatro blancas me tenían por guapo, con que nada tiene de particular que lo pareciera á una negra.
— Es que de gustos no hay nada escrito, nostramo.
— Es verdad. Sea como quiera, la elección estaba hecha, con grande rabia de los pretendientes á la plaza, que procuraran estorbarla, á no mostrarse Akanda dispuesta á ejercitar los medios suaves de costumbre. Magníficas fueron las fiestas nupciales, al decir de aquellas gentes, y según me comunicaba Vasotakeb, la negrita intérprete, nada satisfecha tampoco de mi elevación. Os referiré la parte principal de las ceremonias, que no dejan de ser curiosas.

El gran dia fué convocado el pueblo á la plaza de palacio, inmenso cuadrado que guardaban las amazonas, apoyadas en los fusiles. Hay en el centro de la plaza un baobab, rey de los árboles, que mide cuarenta metros de circunferencia en el tronco, y más de doscientos en el circulo de su sombra: las raices salen por algunos sitios fuera de la tierra, elevándose, á cuatro metros y ofreciendo entre ellas espacio para cobijar miles de personas.
— Paréceme, nostramo, que con ese árbol habría material para un palillo de dientes.
— Si leyeras lo que han escrito los naturalistas y viajeros por África, verías, que el baobab de Katongkora no es de los mayores. Se han hallado canoas de una sola pieza, hechas de estos árboles, que podían llevar trescientos guerreros con sus armas. Pero si se me interrumpe á cada paso, no acabaré en toda la noche. De una vez para todas, repito que no hablo de oídas ni exagero en un ápice.

Bajo el dicho árbol, que es á la vez templo, teatro, sala de recepciones, se verifican todos los actos oficiales de la corte, y allí se hallaba en primer término, sentada en un canapé, Ákanda primera, reina de los kelebés. Un paño lujoso de seda de todos colores la envolvía en parte: flotaba á su espalda un manto grana con galones y bordados de oro, y llevaba al cuello una gruesa cadena de este metal, groseramente forjado, lo mismo que las ajorcas de los brazos y las piernas.

Tal era el traje de ceremonia, hecho para ocultar muy pocos de los encantos de la mujer. -Detras de ella, en semicírculo, se apiñaban las damas del servicio, las funcionarías del palacio, en cuyo interior no penetra ningún hombre que lo sea cabal. Entre las primeras figuran las griotz, bufones-hembras elegidas por su deformidad, que tañen calabazas con cuerdas de cerda ( instrumentos parecidos á la marimba de los negros de Cuba), que cantan las hazañas del pueblo kelebé, conservando la tradición de su historia, y que á fuerza de gestos, contorsiones y desvergüenzas procuran excitar la risa.

La comitiva que había de desfilar ante la corte dio vuelta por toda la plaza, rompiendo la marcha un grujió de amazonas en traje de gala, es decir, con un paño de algodon de colorines desde la cintura á la rodilla; seguía yo á caballo con gran camisón de seda, enorme alfanje y birrete grana, rodeado por los cábocires ó jefes militares y dignatarios del reino; en pos venían esclavos conduciendo los cráneos de los reyes vencidos, en sendas calabazas, acabando el cortejo los cautivos, fuertemente amarrados en cuerda, maltratados por las amazonas para procurar inútilmente un gesto de dolor que aumentara la satisfacción del pueblo apiñado en toda la plaza.

Al pasar ante la reina, cada uno de los que componían la comitiva se echaba en el suelo, cubriendo con tierra su cabeza en señal de ser equivalente al polvo que pisaba su soberana.

Yo fui conducido al canapé de S. M., en que me sentaron echándome sobre los hombros un manto de grana semejante al que ella tenía, y continuando el desfile con ruido atronador de los tambores, llegaron los cautivos á un tablado frente de nosotros.

Entonces se levantó la reina con gran majestad, tomó un cuchillo de manos del gran sacerdote y degolló por su real mano la primera víctima, que fué arrojada al suelo y decapitada en seguida, con frenéticos aullidos de la multitud, aplausos, redobles de tambor y disparos de fusil. Yo debia degollar el segundo esclavo, yo, el rey consorte, alargándome mi augusta esposa el cuchillo ensangrentado; así me lo indicaron y repitieron, pero tan formal fué mi negativa, poseído de horror, que por no aguar la tiesta ni exasperar al pueblo, sediento de más sangre, me sustituyó un viejo marrullero que hacia veces de ministro universal, sucediéndose otros grandes personajes que no podían explicarse más que por un capricho de bárbaro, como rehusaba yo el honor y el placer de segar un cuello.
— ¡Qué honor!
— Eso no es nada: en esta fiesta no se sacrificaron más que doce hombres, uno por cada mes del año , para alcanzar al matrimonio la protección de la divinidad. En otras solemnidades se hacen las cosas más en grande. En la Hivae-nu-egua, ó fiesta anual, se degüellan los cautivos viejos, cualquiera que sea su número: en los funerales de los reyes sube la cifra á miles, pues que se decapitan todos, y en esta ocasión las mujeres favoritas y los validos toman veneno para continuar sirviendo al rey, con el cual son enterrados, lo mismo que sus caballos. Las demás mujeres gritan y se hieren el pecho y los brazos con las uñas.

Volviendo á mi casamiento, á seguida del sacrificio dio comienzo el baile, muy parecido al de los cabildos de la Habana : posturas increíbles, sacudimientos nerviosos, gestos para pintor de caprichos, á compás del batir de las tamboras y á la luz de las fogatas, que duraron toda la noche, circulando de mano en mano las calabazas de aguardiente de palma, obsequio de la majestad. Las damas cambiaron de tocado á media noche, según costumbre.....
— ¿Qué tocado es ese, nostramo?
—¿También las negras tienen modas?
— Las negras son mujeres, y en las mujeres es innato el instinto de agradar. Las kelebés tienen, pues, sus modas, las tiene cada tribu, reconociendo el universal asiento do la coquetería. Mis vasallas se liman los dientes, dándoles forma triangular como los de los tiburones: sangran frecuentemente las encias hasta que adquieren un color azulado para que sobre él se destaque la blancura de los dientes; se hacen tres cortes paralelos en cada mejilla; tiñen de rojo las uñas y las palmas de las manos con el jugo de una planta , y se afeitan la parte posterior de la cabeza, recogiendo el pelo restante, por los lados en trenzas delgaditas, y sobre la frente formando un gran pompon ó plumero que adornan con coral, plata, semillas, tiras de algodón, según el gusto y riqueza de cada una. Los solteros de ambos sexos andan desnudos: los casados se tapan como pueden desde la cintura á la rodilla. No debe entenderse por esto, sin embargo, que las doncellas desconozcan completamente el recato, pues usan una sarta de avalorios en la cintura, adorno muy general y de aplicación igual para collares y brazaletes.

De los trajes de corte os he dado ya idea ; no queda que hablar más que de los que llevan los ministros de la divinidad , que tampoco son muy complicados, reduciéndose á un camisón blanco, ó que debiera ser blanco.
— ¿ Qué religión es la de esos negros elegantes ?
— El fetichismo. Una choza como las demás abriga el tronco groseramente esculpido en que se ha intentado imitar una cabeza humana, y por un pedacillo de espejo embutido en sitio correspondiente al pecho, ve el ídolo cuanto ocurre en el mundo. Próxima á esta choza hay otra mayor, y que encierra unas treinta culebras y serpientes inofensivas, constantemente custodiadas por el adivino que examina las extrañas de las aves llevadas para alimento de los reptiles (y para el suyo), comunicando al portador los vaticinios.

Los agoreros venden gris-gris, ó sean idolillos y amuletos que todo kerebé lleva pendientes del cuello á la cintura, con grandísima fe, habiéndolos que preservan de las fiebres, otros de la mordedura de las serpientes, de las heridas ó de toda clase.de accidentes, siendo muy afortunado el que posee uno de estos últimos.

Ciertamente no son todos iguales : cuernos, muelas, caracoles, trapos, son materiales distintos para los sacerdotes que les comunican la virtud por la palabra, según revelación de momento y circunstancias. Los kelebés dan también respeto religioso al caimán, al murciélago y la serpiente, comprendidos en el número de los gris-gris.
— Divertido estaría S. M. Tristan entre sus buenos vasallos.
— El rey Tristan se aburría soberanamente, pero tenía que considerar las cosas con filosofía.
— Con todo, nostramo, un reino, aunque sea de negros, no es de despreciar: algo más vale que andar pasando trabajos por ese mundo.
— No sabes lo que te dices, muchacho. El suelo africano es letal para el europeo, y la corona no me preservaba de terribles y frecuentes ataques de fiebre. La ignorancia del idioma, que con el tiempo habría, sin duda, dominado, me ocasionaba por de pronto graves disgustos, y el despecho y resentimiento vengativo de los desairados aspirantes al trono me tenía en perpetuo peligro de perder el pescuezo, que me es mucho más querido que todas las coronas de la tierra. El gran adivino, cuya influencia en el ánimo de mi real esposa habia sufrido rudo golpe con el matrimonio, era mi mayor enemigo: como gota de agua labraba en el espíritu de la reina, pasado el efecto de la novedad, acriminando mi reprobación de los sacrificios y el interés por los tristes cautivos. Un dia ú otro debía esperar que venciera una simpatía efímera ó que me propinase un tósigo, atribuyendo á designios de la divinidad mi muerte. Ya veis que mi posición no era de envidiar, no contando con otro auxiliar que la fiel Yasotakeb, que tenía por mí verdadero afecto.

¿Qué podia distraerme allí de mis pensamientos? ¿La guerra? En esta ocupación favorita de mis subditos no tomaba parte. Ya comprenderéis que no habia de contribuir á traer cautivos para verlos degollar. ¿La caza? Tampoco es muy divertida la que hacen, los kelebés. Reservada para las ocasiones de escasez de carnes, salen en ejército y rodean los bosques, caminando hacia el centro en que se han refugiado las reses. Las hieren con flechas envenenadas con la semilla de honghonia, ya porque manejen con más destreza el arco que el fusil, ya porque la pólvora, que es cara, se reserve para los hombres. Después, sin más que cortar un poco de carne alrededor de la herida, comen la pieza, sea antílope, avestruz ó girafa. No persiguen al león, que abunda mucho, como no venga á atacar los ganados: tampoco buscan al hipopé^Jto, que se multiplica en los parajes cenagosos. La actividad del veneno es tal, que dicen muere un elefante á los cinco minutos de ser herido : unos monos pequeños, que consideran excelente bocado, mueren instantáneamente.

Cité las comidas; ved si éstas alcanzan á satisfacer el paladar de un blanco, por los platos de más aceptación. La base alimenticia del pueblo consiste en el cuscúd y elfú-fú: el primero es un compuesto de harina de millo, el otro una pasta de ñame hecha pelotas. Con esto y leche que dejan agriar antes de bebería, se mantienen muchos. Los guerreros no prescinden de la carne, aunque no reparen mucho en el animal de que procede: el más exquisito es el perro. Hacen un hoyo en el suelo llenándolo de brasa: meten la res con pellejo, sacados los intestinos; ponen fuego también por encima, y el olor les indica cuándo está el asado en punto.
— En cambio habrá frutas exquisitas.
— Está para rendirse la guardia, y si hubiera de hablar de frutas y de pájaros, ó siquiera de mosquitos, que bien merecen un capítulo, habria materia larga. Basta lo dicho para daros alguna idea de lo que son los negros de la costa occidental de África cerca del Ecuador.

 Voy a terminar mi historia. Ideando costantemente con Vasotakeb el medio de evadirme, sin encontrarlo, llegó un momento en que me fué preciso apelar al último recurso. El gran adivino había convencido al fin á mi cariñosa mujer de que era conveniente cortarme la cabeza, presentando una razón por demás concluyente; la de que entre todos los cráneos que adornaban las tapias del palacio no habia ninguno de blanco. Acordaron, pues, convocar el consejo en la noche siguiente para notificar la plausible nueva y ordenar los preparativos de la solemnidad, acuerdo que dichosamente escuchó mi negrita intérprete. Hice por consiguiente también mis preparativos, utilizando los últimos momentos de la soberanía, y mientras en el Consejo gozaban de antemano con las muecas del rey consorte, atrancada suavemente la puerta por fuera, puse fuego al palacio por varios puntos; solté en la confusión los dos ó tres mil cautivos que aguardaban la muerte, y en tanto se acuchillaban con las amazonas en batahola infernal , escapé á uña de caballo con Vasotakeb y un guía seguro. Ocho dias después alcanzamos, sin ningún accidente, el establecimiento militar danés de la costa y á poco tiempo el rey de los kelebés tomaba rizos en la gavia de un mercante que con cargamento de aceite de palma hacia camino, para Marsella.
— ¿Y qué fué de la negrita Vasotakeb, nostramo?
— La curiosidad, contestó el contramaestre, recobrando el tono habitual de campana cascada, es propia de mujercillas. Bastante hemos hablado. — Alza, á tirar la ceniza.
 

 

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