Historia y Arqueología Marítima

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La vida en las Galeras en la época de Felipe II

por Gregorio Marañon- Publicado en la revista Yachting Argentino en 1939 -

El famoso médico español, que nos visita en estos momento, es desde hace muchos años, universalmente conocido y admirado, no solamente por su profunda producción científica, sino también por sus estudios sociales y literarios. La interesante conferencia que presentamos a nuestros lectores, .fué pronunciada en el Jockey Club de Buenos Aires el día 7 de Abril de 1937, con motivo de su anterior visita a esta ciudad.

N la historia de nuestros siglos XV y XVI, surge a cada instante esta palabra: La Galera. La Galera era el barco de la guerra, movido por el remo, porque el viento es el azar y el azar es un mal aliado del que lucha. Conduce a los reyes gloriosos, a los capitanes del destino uncido a la victoria, a la soldadesca entusiasta, cuya bandera, sólo se desataba para elevarse en otro, más allá. Galera suena en nuestros oídos a majestad y a gloria. Pero la gloria es mucho más corta que encierra un sobrehumano padecer.

Acerquémonos a la Galera, en la época de su esplendor. Cuando reinaba el prudente Monarca, Felipe II, el de la historia sin dimensiones, no escrita todavía. Cuando en Lepanto se escribía, por la estela de los remos frenéticos, una página decisiva en la historia del mundo, la más gloriosa de nuestra gesta naval y una de las más insignes en la crónica de todos los pueblos, por la simpatía y el desinterés de sus jefes, por el heroísmo de sus soldados, por la tensión prodigiosa de la fe que guiaba y sostenía a aquellos españoles, los mejores de la fase más eficaz que tuvo, jamás, nación alguna. Mas esta gloria casi sobrehumana, se amasó, como todas las glorias, con dolor terrible, de muchos hombres.

Y este dolor, que fué barrido para siempre de nuestro recuerdo por el entusiasmo de la victoria, por el flamear de los estandartes invictos, por el clamor inmenso de los triunfadores, es el que hoy voy a desenterrar ante vosotros. Hoy pasa la galera de Lepanto por la pantalla de la Historia, como un símbolo radiante, conducida por don Juan de Austria, el hijo del amor, hecho, a dos sangres, de realeza y de romanticismo, mandada por capitanes de largas barbas, que casi nos parecen santos; pero si la mirada nuestra perfora el humo de las salvas, veremos que la galera gloriosa avanza sobre el mar, porque la impulsan unos seres humanos, hermanos nuestros, que reman ensartados en una cadena, amarrados, como cosas inanimadas, por las sólidas brancas a los costados de la nave, doblados, cuando flaquean, por el castigo de la anguila que el cómitre bárbaro sacude sobre sus espaldas; y si nuestro oído se escurre entre los gritos de mando y él estruendo ensordecedor de las chirimías, oirás, allá abajo,-el gemido y la maldición y la blasfemia de los que sufren, sin piedad de nadie y sin el consuelo de comprar con su martirio ni las migajas de la gloria que se repartirán los-demás.

En libros que son ya clásicos se ha explicado lo que era la vida en las galeras. Pero me es preciso recordar los puntos esenciales para explicar después cómo y de qué se padecía en aquellos infiernos flotantes y el modo cómo los médicos acudían a aliviar tanto dolor. Y no es exagerada la comparación. A través de la crueldad terrible del alma de aquellos siglos, se percibe, en la prosa fría de los relatos y de los decretos y entre las bromas macabras de los escritores de la picaresca, como Quevedo y Mateo Alemán, el inhumano padecer, dantesco, de aquellos remeros infelices, que a veces alcanzaba no solo al galeote, sino a la marinería y a los mismos jefes. No en vano escribía el Dr. Alcalá: “La vida del galeote es vida propia del infierno; no hay diferencia de una a otra, sino que la una es temporal y la otra es eterna”.

No es preciso advertir a nuestra cultura, que las galeras existían en toda Europa; que su vida era igual en todas partes y, en modo alguno específica de España; en la que, sin duda, se dulcificó, antes que en los demás países, con leyes y pragmáticas de cristiana y noble humanidad. Nada, pues, de la leyenda negra, ya, por fortuna, desaparecida.

Los galeotes, españoles o no, cumplían su sentencia ensartados en la cadena que los ataba en ristras, sobre cada banco, a la nave. Sólo excepcionalmente se les desunía, sin quitarles jamás el grillete del pie. Tan excepcionalmente que, como luego veremos, aun estando enfermos, se les solía curar “en cadena” y muchas veces, el alguacil cortaba los hierros para sacar de la férrea sarta a un cadáver cuya agonía habían presenciado, casi codo con codo, los dos vivientes eslabones inmediatos. Debajo del mismo banco se echaban a dormir, en plena intemperie, sin otro abrigo que el escasísimo de su traje y el capote de sayal.

Estaban, pues, condenados a una inmovilidad casi absoluta, porque la longitud de su cadena les daba sólo libertad para desplazarse en espacio menor de dos metros. Y la única compensación era el ejercicio marítimo de remar, excelente cuando se hace con moderación y con el organismo entrenado en la acción libre; funesto cuando se ejercita en exceso, de un modo exclusivo y con la falta absoluta de las compensaciones higiénicas y alimenticias que los remeros de galera tenían que sufrir.

Las galeras llevaban tienda de lona para proteger a los tripulantes del sol y de la lluvia; pero no siempre existían, en los tiempos, frecuentes, de pobreza y desorganización; y aun existiendo, el amparo que daban era muy relativo. Todavía, navegando, el ejercicio permitía a los forzados reaccionar mejor contra el tiempo inclemente. Pero en las largas estancias en los puertos, si llovía o hacía frío o calor extremos, los infelices encadenados habían de sufrir, días y días, el temporal, medio desnudos en estío, soportando el calor de los hierros, que llegaba a abrasar en los mediodías; o tiritando bajo los bancos, si llovía y helaba. Y así, leemos en el informe del médico de dos galeras refugiadas en Barcelona, en 1719, que 156 remeros estaban muy enfermos y 8 habían muerto ya, de soportar el temporal de aguas. “La chusma — dice el documento— está muy abatida, cayéndoles encima toda el agua, noche y día, por el poco abrigo de este muelle”.

Alguna vez hemos visto enfermar, con vómitos de sangre y otros accidentes, a los robustos remeros que hacían sus pruebas de regatas, en los días jubilosos del verano, en las playas del Norte de España. Son gente escogida por su fortaleza y, para aquella prueba, de unos minutos, con el mar en calma, con el entusiasmo de los coterráneos que les conforta, con la esperanza de un premio pingüe y sobre una ligera embarcación, han sido entrenados en largas semanas de descanso y gimnasia, científicamente dirigida, y alimentados con pantagruélicos entrecots y vinos capaces de resucitar a un muerto. Calcúlese ahora el peligro que supondría para la vida mísera de los galeotes al salir de la inanición húmeda de los puertos, ateridos, encadenados y hambrientos, para impulsar días y días, a la pesada galera, con relativa calma en las navegaciones de ronda y vigilancia entre los puertos; pero con increíble esfuerzo cuando había que huir del mal tiempo, escapar del enemigo y acometerle. Entonces, al grito de “ropa afuera”, el galeote, desnudó, agarrotado sobre el remo, castigado con furia por el látigo del cómitre, remaba con tanta desesperación que la argolla de los pies se le clavaba en la carne, escupía sangre a cada aliento y no rara vez quedaba muerto sobre el banco. Un famoso Galeote de Sevilla que escribió su vida en verso, sentencioso y popular, que a veces recuerda al de vuestro Martín Fierro, decía: “Varias veces por huir nos hacen que reventemos; y en tan crueles extremos, por alcanzar y seguir, morimos junto a los remos”. Y morían, probablemente, con envidia de los que a su lado, tenían que seguir sufriendo mientras les quedase un resto del mísero impulso vital.

  Bastaría la inacción forzada, combinada así, diabólicamente, con el sobrehumano esfuerzo para aniquilar la vida de los remeros. Pero a ello se unía la miseria increíble de la alimentación. La base de ésta, en los que de modo tan atroz tenían que sufrir y trabajar, era el famosísimo bizcocho o galleta, a saber, un pan medio fermentado, amasado en forma de torta pequeña, cocido dos veces para secarlo y para evitar la fermentación en las largas travesías. No era, este bizcocho peculiar de la galera, pues fué usual en toda la navegación antigua; y, probablemente, era superior como alimento al pan blanco, que algunas veces, como premio o caridad, se intentó dar a los remeros, reconociéndose que aunque “era de más contento y satisfacción para ellos”, era menos a propósito porque “el bizcocho enjuga más las humedades" que el pan. La razón de esta superioridad estaba, no en lo de las humedades, sino en que la ración de pan blanco era sólo de once onzas y la de bizcocho, de veintiséis; en que, el bizcocho, por su dureza, obligaba a remojarlo y a veces, como decía el Galeote de Sevilla, “en la propia agua del mar '; y hoy sabemos la enorme importancia que para el ejercicio muscular tiene la sal común; pero, además, el bizcocho se hacía no con la harina fina, sino completa, con el salvado; era, pues; una especie de pan integral, cuya superioridad higiénica y alimenticia, en contra de lo que se creía entonces, está hoy fuera de toda duda.

De suerte que es posible que, con todo lo que se declamó, entre bromas y veras, contra el bizcocho, fuera éste un milagroso sustitutivo de otros alimentos que avaramente se ahorraban al remero. Era el tal bizcocho muy duro, por lo que los galeotes viejos esperaban con alborozo ver a los novatos tirarle los primeros bocados, en cuya experiencia solían dejarse las muelas. Pero aun remojado, llegaba a hacerse imposible de masticar cuando los dientes eran flojos, lo cual, en aquellos tiempos ocurría invariablemente a todo mortal, apenas traspuesta la juventud; y muy especialmente en los marinos que sufrían la plaga del escorbuto, el cual, aun en sus grados iniciales atacaba a la boca, inflamando las encías y desalojándola de toda clase de huesos. Pocos índices más ciertos tendrá el progreso humano que el de la mayor longevidad de la dentadura, conforme avanza la civilización.

Al bizcocho se añadía, una vez al día, una palderada de habas, puras y peladas, que estaban mandadas cocer con un poco de aceite, pero que casi siempre que había restricciones, se suprimía éste en absoluto y se condimentaban, pues, con agua pura. Se tenía la idea de que las legumbres secas eran alimento excepcional, aparte de su baratura: y se preferían las habas por su menor precio. Dividíanse, en efecto, las legumbres o menestras en ordinarias, que eran las habas, judías, lentejas y guisantes, y finas, a saber, el arroz y los garbanzos.

Estos últimos fueron siempre preferidos por los españoles y así leemos en el Dr. González que “nuestra marinería está acostumbrada al uso de los garbanzos y los prefiere a las demás menestras’’; pero el pobre galeote lo cataba rara vez. Sólo en grandes solemnidades o en tiempos de faena excesiva se cambiaba el haba por el garbanzo, como ocurrió en la penosa campaña de las Islas Terceras, a instigación del Marqués de Santa Cruz, que fué, sin duda, uno de los más humanitarios capitanes de aquel siglo.

Lo mismo, cuando la epopeya de Lepanto. Pero los informes de los técnicos de entonces que, como los de ahora, encubrían muchas veces, tras de la técnica, la codicia, eran contrarios al garbanzo, como consta en varios documentos publicados. El mismo mal éxito tuvo el intento de sustituir las habas por el arroz. Tal se deduce de una “carta noticiando los inconvenientes que se seguían de dar siempre arroz a los remeros”, de 1680, publicada por Vargas Ponce, probablemente fundada, esta vez, en hechos positivos, pues el arroz, a secas y por largo tiempo sabemos hoy que es fuente de enfermedades graves, sobre todo el beri-beri que hasta hace poco ha diezmado a los pueblos de Oriente, alimentados exclusivamente con arroz.

No hay que insistir en la insuficiencia cualitativa de esta alimentación, aun siendo cuantitativamente abundante; que no lo era. Además, para su mejor conservación, estas legumbres se tostaban al horno, con lo que se acababa de privarlas de sus escasas e indispensables vitaminas. Con los restos del bizcocho, se hacía una sopa tristísima, llamada mazmorra, que, por lo menos, calentaba por la noche el estómago de los famélicos galeotes.

La parquedad ordinaria de esta lamentable comida, aumentaba aún (es decir, se disminuía la ración) con múltiples pretextos; como castigos, individuales o colectivos, que muchas veces se inventaban, por faltas pequeñas, para justificar los apuros económicos o la codicia irrefrenable de los administradores. Pero, además, de estas reducciones se ahorraba para fiestas reales, para subvenir apuros de la hacienda pública; e incluso para obras de caridad, Los hospitales de Cartagena y de San Juan de Letrán, en el Puerto de Santa María, con sus iglesias y con las rentas perpetuas para cofradías y sufragios, se construyeron con mermas en los haberes de la gente de mar; y como los remeros no tenían más que su bizcocho y sus habas, reduciéndoles la cantidad de éstos'hasta los límites extremos.

 

     Esta ración era la de los tiempos de descansó en los puertos o de remar en calma. Cuando el trabajo era excesivo, porque había que huir del enemigo o alcanzarle, o cuando estaban los galeotes ateridos por el temporal, la ración se aumentaba, en el bizcocho, en las habas del caldero y en el aceite; y excepcionalmente como en la campaña de las Islas Terceras, al mando del insigne Marqués de Santa Cruz, se añadía vinagre, cuya virtud excitante era muy ponderada y hasta Aedio azumbre de vino, que hacía las delicias de los galeotes, que empapaban en él, el pétreo bizcocho, corriendo con gusto los riesgos y penalidades de la guerra, a cambio del vinícola consuelo.

Y aun así los galeotes gozaban del privilegio de que su ración estaba relativamente fresca, pues la galera no hacía travesías largas, fondeaban casi todas las noches, y era, por lo tanto, fácil el revituallarlas. Era, pues, excepcional el que el pan se “hinchase de gusanos” y el que las legumbres contuviesen “más insectos que harina”, como acontecía en las naos que atravesaban el Atlántico; hasta el punto de que, como nos cuenta Herrera, en el cuarto viaje de Colón, las comidas se hacían sólo de noche para no ver los gusanos e insectos, cocidos o vivos, que venían con el. pan o con la menestra; o de que, como el viaje de Don Alvaro de Mendaña, el agua estaba viscosa por el gran número de cadáveres de cucarachas podridas. No obstante, muchas veces, los galeotes hubieron de protestar por la corrupción de sus alimentos y el citado Galeote de Sevilla, nos habla de que el pan de la galera estaba invariablemente podrido.

También se pudría el agua, aun en cortas travesías, por las malas condiciones de su envase. Creíase no sólo entonces síno hasta comienzos del siglo XIX, cuando escribió su libro de las Enfermedades de la Gente de Mar, el Dr González, en aquella su prosa de Enciclopedia, infantil de puro querer ser clara, que esta alteración del agua era un fenómeno natural de la navegación “un mareo”, que sufría, como ios seres vivos. El hecho es que se volvía turbia hedionda y sólo antes que morir de sed consentían, abrasadas ya las fauces, en bebería, los tripulantes. Al cabo de unos días solía aclararse, sin duda, por el progreso y declinación del proceso fermentativo.

Así nos explicamos, no sólo los trastornos digestivos y las infecciones que diezmaban a la tripulación de las galeras, sino, sobre todo, el que adquiriesen enfermedades debilitantes, como la tuberculosis, de la que debían morir muchos infelices; y, sobre todo, las enfermedades que hoy llamamos avítaminósicas. De ellas, tenemos la certeza del escorbuto, que aniquilaba a tripulaciones enteras y del cual hablaremos después. Pero la lectura de los relatos marítimos de entonces, nos da la certeza que reinaban entre los galeotes, estados de beri-beri y de pelagra, entre otras plagas por falta de vitaminas. Algún día comentaré, a la luz de estos datos nuevos, ciertas descripciones de epidemias en las que abundan nuestras gestas navales. Sería pedante aquí. Básteme con afirmar que el régimen de bizcocho, habas y sopa de mazmorra es el mismo, más riguroso aún, que hoy empleamos para producir estas enfermedades ‘en los conejos y en las ratas y no falla jamás; el conejo o la rata muere; como seguramente morirían los galeotes de entonces.

Cuando el remero enfermaba, se le alimentaba mejor por la prescripción del médico, sobre todo si tenía la suerte de alcanzar una de las escasas camas de los Hospitales de forzados, de que hablaré después. Pero, aun así, se regateaban estas humanitarias recetas y, ya entrado el siglo XVII, cuando el rigor de las costumbres empezaba a dulcificarse, encontramos en los documentos las huellas de todo un expediente que se originó porque el Protomédico había recetado a un remero que estaba grave “dos cuartos de gallina con carnero’’. Sin duda, los médicos fueron los más caritativos protectores de aquella chusma infeliz. Cuando podían, buscaban pretexto para reforzar su parva comida, como lo demuestra una orden que el Director, Don Salvador Lloret, dió en 1677, para que se diese carne, aun siendo cuaresma, “a la gente de la galero Santa Teresa” que estaba desfallecida. No hay que decir que la sustanciosa- receta fué ásperamente discutida por el inhumano proveedor de la escuadra.

     Se han de añadir a estos motivos de agresión a la naturaleza humana, los inherentes a la suciedad, que era espantosa. Gracias a que en las galeras, la vida al aíre libre, con toda su crueldad, evitaba el confinamiento de los hombres, con sus deyecciones, con los alimentos y con los anímales vivos o en salazón, todos juntos en las mismas cámaras, que hacían insufrible la navegación en las naos de las travesías largas.

Pero, sin duda, aquellos hombres, atados permanentemente a su cadena, tenían que vivir entre sus propios excrementos. Las tablas de la  nave, infiltradas de suciedad, eran, en sus junturas, nido inagotable de insectos. La famosa descripción de la vida en las galeras, del P. Guevara, dice expresivamente: “Es privilegio de la galera que todas las pulgas que salten por las tablas y todos los piojos que se crían en las costuras y todas las chinches que están en los resquicios, sean comunes a todos y se repartan por todos y se mantengan entre todos; y si algun apelare de este privilegio, presumiendo de muy limpio y pulido, desde ahora le profetizo que si echa la mano al pescuezo y a la barjuleta, halle en el jubón mái piojos que que en la bolsa dinero”.

También nos habla Guevara de la libertad con que los ratones circulaban y hacían su ración de las ropas y comestibles y aún de la carne de los tripulantes y pasajeros, pues a él mismo, yendo de Túnez a Sicilia, le mordieron en la pierna y en las orejas. Hoy sabemos la enorme importancia que estos insectos y ratas y ratones tienen en la propagación de las infecciones que asolaban a aquella humanidad, principalmente la peste bubónica y el “tarbadillo punticular”, que llamamos ahora tifus exantemático.

De lo que eran, en punto a hediondez, aquellas galeras, verdaderas letrinas bogantes, nos dan idea estas otras líneas del mismo autor: “Es saludable consejo, mayormente para los hombres regalados y de estómagos delicados, que se provean de algunos perfumes, menjuí, estoraque, ámbar y, si no, de alguna buena poma hechiza, porque muchas veces acontece que sale tan gran herdor de la sentina de la galería, que a no traer en qué oler, hace desmayar y provoca a revesar”. No hay que añadir que estos medios defensivos estaban reservados a los obispos, como el P. Guevara y otros viajeros de calidad, pero no a la chusma infeliz.

Eran estas las agresiones que pudiéramos llamar civiles, que asediaban a la marinería de las galeras y, particularmente, a la chusma de esclavos y remeros. Ahora enumeraremos las propiamente militares a traumáticas. Unas eran las inevitables heridas y contusiones que sufrían en los accidentes de' guerra. El galeote había de padecerlas, clavado en su barco, sin dejar de remar hasta que moría o hasta que la nave se iba a fondo, muchas veces, incendiada. Pocas veces era posible, en la confusión y peligro de la batalla, dejar en libertad a los forzados y éstos se hundían con el casco, heridos o chamuscados, probablemente contentos de acabar su suplicio de una vez.

A estas contingencias guerreras, había que añadir los frecuentes traumatismos de la vida habitual, por golpes en las tempestades, por el azote de cómitre en las huidas y persecuciones: y por la ejecución de los cruelísimos castigos cuando cometían faltas, nunca proporcionadas, a pesar de ser gente de la peor condición, a la inhumanidad de las sentencias.

Los tormentos eran variados y refinadísimos. El menor era la dieta y el azote y aun el cortarles orejas y narices, que se aplicaba principalmente a los moros. Lo que aquellos hombres inventaban para hacer sufrir a los delincuentes, no cabe hoy en la imaginación nuestra. El doctor Clavijo, en una excelente Historia del Cuerpo de Sanidad de la Armada, transcribe la cura que uno de sus lejanos colegas, el doctor Pedro López de León, hubo de hacer a un forzado a quien el capitán de la galera -— estampemos su nombre para maldecirle: se llamaba Lorenzo Roa— “mandó estropear”, no sabemos por qué falta: pero cualquiera que fuese nos parecería pequeña para la magnitud del perverso castigo, que consistió en colgarle de uno de sus miembros una talega con dos balas de cañón y así lo izaron a la antena, de la que estuvo suspendido durante un cuarto de hora, que bastó para que se desmayase de tan horrible sufrimiento y para que el miembro que servía de atadero a las balas se le pusiese “negro como la pez” y se le desprendiese.

La supresión de la vida, después de esto, era una liberación. Pero, aun la propia muerte, la rodeaban de todo aparato siniestro de una macabra imaginación. La descuartización del reo por cuatro galeras, era uno de los elegidos, y así nos los describe, con páginas magníficas,- Mateo Alemán. Cada nave se alejaba arrastrando un fragmento ensangrentado del mártir. Y por eso, el ahorcarle sencillamente era trato tan de favor que el reo moría lleno de agradecimiento; como ocurrió con el famoso Miguel de Molina, el gran estafador y embustero, en tiempos de Felipe IV, que condenado a ser descuartizado por cuatro potros, el rey, benignamente, conmutó la pena por la de horca y el agraciado, cuya barba le llegaba hasta el suelo, pronunció en la Plaza Mayor, mientras le ponían la cuerda al cuello, un largo y elocuente discurso de gracias al piadosísimo rey.

Después de este bosquejo, contra mi voluntad siniestro, no nos sorprenderá que el estado sanitario de las galeras fuese pésimo. La mayoría de los desdichados que las tripulaban no podían soportar aquella vida espantosa y es sabido que, por ello, llegaron a estar tan faltas de voluntarios que hubo de reclutarse su gente, por la fuerza, instituyéndose por Carlos V, en 1530, la pena de galeras para los criminales. Ya en tiempo de los reyes católicos, eran tan escasos los que, de propio móvil, quisieran navegar que es conocido que la leva de los que acompañaron a Colón, hubo de hacerse, en parte, entre criminales, a los que, a cambio de enrolarse en las carabelas, se les conmutaron las penas que sufrían.

Pero al crecer, prodigiosamente, el Imperio Español, bajo los primeros Austrias la flota requería mucha gente. Los esclavos, no eran suficientes y los voluntarios o bonas boyas” fueron menguando rápidamente y se llenaron los huecos con los ‘‘forzados del rey”. Al principio, la galera, pena dura, se reservaba para graves delitos, pero pronto, las necesidades de la guerra fueron dilatando la opción y se enviaba a remar a gentes inofensivas, a simples vagos, como nos lo demuestra el inmortal capítulo de El Quijote: uno de los forzados que libertó Don Alonso, iba a remar por cinco años por haber substraído diez ducados a su dueño; y más detalles nos da el libro de los pobres del gran médico madrileño Pérez de Herrera.

Ya en tiempo de los últimos Austrias se cazaba por los pueblos y los caminos a los que no cometían otro delito que no tener trabajo o a los pobres gitanos, objeto, tantas veces, de las injusticias del Estado español. La vida de los galeotes eran tan cruel, que en los comienzos sólo se aplicaba por corto tiempo. Un año o dos de galeras bastaban a quebrantar la vida de quien no fuera un roble. A los diez años no llegaba nadie y por eso, hipócritamente, se conmutó la pena de galeras a perpetuidad por la máxima de diez años, que equivalía a la muerte; y así lo declaran los guardias que conducían encadenado a Ginés de Pasamonte, al responder a las preguntas de Don Quijote: ‘‘Va por diez años, que es como muerte civil”. Pero llegó a más la crueldad de los poderes públicos, pues a final del siglo XVI mandaron que los galeotes que hubiesen cumplido su condena, fueran retenidos en el remo hasta tanto que se encontraban substitutos, lo cual, a veces, ocurría después de muerto el desdichado detenido.

No habrá, pues, que encarecer el por qué de este miedo a la pena de galeras. Todas las miserias imaginables de la patología hacían presa predilecta en el cuerpo de los remeros. Ya hemos indicado que, probablemente, morían en gran número tuberculosos, si eran jóvenes y de pura fatiga, si eran viejos: que la edad no eximía para ir al duro banco, como aquel alcahuete venerable de las barbas blancas que Cervantes inmortalizó. Sin embargo, dada la alimentación insuficiente y las malas condiciones higiénicas en que malvivían, las enfermedades más frecuentes eran, como se ha indicado también, las llamadas enfermedades por avitaminosis. La más conocida entonces era el escorbuto. Es cierto que esta terrible enfermedad, que costó a la navegación muchas más vidas que los huracanes y las guerras, se presentaba sobre todo en los viajes largos, como el de Vasco de Gama, las grandes travesías atlánticas y las expediciones en torno del mundo. Pero, sin duda, en su forma tórpida, en sus primeros grados era también muy frecuente en las galeras. La alimentación de los forzados y esclavos que hemos descrito, privada en absouto de vegetales frescos y de frutas, autoriza a priori, a pensarlo así; y lo confirman muchas de las descripciones de quebrantamiento de huesos, con granos y hemorragias que padecían estos infelices; y, sobre todo, las llagas y lesiones de boca que, ciertamente, se pueden identificar con las que caracterizan a la estomatitis escorbútica.

La espantosa dolencia, que en unos días aniquilaba a centenares de hombres robustos, era, entonces, totalmente desconocida en cuanto a sus causas. Se creía que era una infección que se transmitía por la suciedad y para evitarla se desinfectaban los bajeles, raspando su maderamen con vinagre; o bien al aire, que se creía por aquellos siglos el principal conductor de casi todas las epidemias. Nadie había pensado que su causa fuera la falta de la hoy bien conocida vitamina C o antiescorbútica, que reside en los vegetales frescos y, sobre todo, en ciertas frutas. Por eso, las grandes epidemias de escorbuto, sobre todo en ejércitos y poblaciones sitiadas, como la famosa que sufrieron las tropas de Carlos V, en Metz, en 1552, se trataban por los medios más extravagantes incluso el mercurio, que algunos médicos emplearon sistemáticamente, acrecentando las lesiones de la enfermedad con las que producía el remedio y acelerando, sin duda, la muerte de los atacados. Como otras muchas veces en la Historia de la Medicina, la verdad no estaba en las disquisiciones y en las teorías de los pedantes, sino en la sencilla observación de la naturaleza; y fueron simples observadores no médicos los que averiguaron que, casi en unas horas, aquellos marineros moribundos, que no podían tragar, con el cuerpo hecho un puro cardenal hasta el punto de que aun el transportarlos era difícil, que el cogerlos en vilo les producía insufribles dolores; se ponían, teatralmente, buenos, sin más que tomar frutas frescas o, como dice González, verdolagas. Este gran médico, recuerda con orgullo, y los demás debemos imitarle, en él, que la primera descripción exacta de la enfermedad, hasta entonces confundida con otras debidas a infección o alimentación insuficiente, la escribió un español y no un médico, el capitán Sebastián Vizcaíno, que en 1602 hizo su viaje de exploración a la costa oeste de California.

La cubierta de una galera según un grabado de la época.

En su diario, que publicó en 1615 Torquemada, aparece, en efecto, una descripción admirable, detallada, precisa, inconfundible del escorbuto; y la declaración terminante de .que, cuando casi toda la tripulación de sus tres barcos estaba próxima a sucumbir, llegaron a las Islas de Mazatlán y allí, en nueve días “cobraron todos salud y fuerzas y se levantaron de las camas, de suerte que cuando salieron las naos el puerto, ya podían acudir a marear las velas y a gobernar el navio y a hacer sus guardias como antes”; y para este prodigio “no hubo medicinas, ni drogas de boticas, ni recetas, ni medicamentos de médicos... y si algún remedio hubo fué, el uno, el refresco de las comidas frescas... y en comer de una frutilla que se halló en estas islas y los naturales de allí llaman Xoco-huitztles’’.

Nada podemos hoy quitar ni poner en estas descripciones admirables, que añaden una página gloriosa a la contribución española al conocimiento de las enfermedades por falta de vitaminas, que ampliaría, un siglo después, el gran médico de la Alcarria, don Gaspar Casal, con su inmortal descripción de la pelagra y de su origen alimenticio.

Ni frutas ni verdolagas comían los galeotes; y cuando asidos a su remo, se quejaban de dolores espantosos en los huesos, que el cómitre interpretaba como tretas para no remar y pretendía curar sacudiéndoles el látigo sobre la espalda, eran, sin duda, muchas veces, pobres enfermos de escorbuto que acababan, a poco, sus desventuras en el fondo del mar.

Pero, como se ha dicho, es seguro que, además del escorbuto, padecían los galeotes de beri-beri y de pelagra, enfermedades íntimamente derivadas de su alimentación monótona y misérrima, sin vitaminas, sin grasa apenas y con ausencia absoluta de toda proteína animal. Sólo el bendito y calumniado “bizcocho”, con su salvado indigerible les alejaría de la tragedia.

Nada hay que añadir de las enteritis originadas por los manjares corrompidos. Y de las infecciones que prendían en aquellos organismos como en caldos de cultivos colocados en óptimas estufas. Los médicos de entonces describen también en la marinería, una enfermedad llamada ‘pasmo” que no es otra cosa que el terrible tétanos, en aquellos siglos de mortal necesidad.

Para combatir tanto infortunio, la ayuda médica fué tardía y escasa. Los datos que yo he podido recoger inducen a suponer que las galeras llevaron durante mucho tiempo sólo barberos y ‘cirujanos de heridos”, es decir, profesionales de ínfima categoría, gente sin estudios, dotados de alguna habilidad empírica para bizmar, emplastar y hacer la cirugía menor; que podían ejercer, según la pragmática de 1588, sin más que adquirir un título mediante el pago de cuatro escudos de oro. Y aun estos modestísimos prácticos debían faltar muchas veces, porque cualquier destino en tierra era preferible al de la galera, en la que su ninguna dignidad profesional les obligaba a compartir la vida de privaciones de la chusma, cobrando un sueldo inferior al de los trompetas y chirimías. Entonces, el cuidado de los enfermos se encomendaba al Capellán o a cualquiera que tuviese afición a curar, que nunca falta, reduciéndose a darle algún alimento y abrigo más; y a vendarle y bizmarle las heridas del modo más elemental.

La presencia de médico a bordo, con su equipo de cirujano mayor y cirujanos menores, no aparece hasta el final del siglo XVI y no para las galeras, sino para las flotas de las Indias. La chusma de galeotes y esclavos no merecía tantos cuidados. Ya hemos dicho que casi siempre eran curados “en cadena”, aun después de existir los hospitales que se fundaron para asistirlos en los trances graves; pues estos establecimientos tenían escaso número de camas y, además, no siempre la galera fondeaba cerca de los puertos que los tenían, oue eran el Puerto de Santa María y, después, Cartagena.

El del Puerto de Santa María, dedicado a San Juan de Letrán, se fundó el año de 1565, baio los auspicios de Don Luis de Requesens y de Don Juan de Austria. No se inauguró hasta 1613. Se construyó y se mantenía, como se ha dicho, con el óbolo de las tripulaciones y el pan de los forzados. Para pagar medicinas, asistencia y cultos, se reducía onzas y onzas el pan de los remeros y éstos acabaron por negarse al tributo, arruinándose, al cabo de un siglo, el Hospital.

Análogos fines tuvo el de Cartagena, cuya fundación data de 1676, en substitución del Hospital del Puerto y, como éste, de vida muy poco brillante. Hay varios documentos que permiten rehacer bastante bien su breve historia. Sus camas eran pocas y apenas sirvió de alivio a los infinitos enfermos de la chusma. El dinero, tan escaso, que por todas partes aparecen documentos de protesta de los proveedores, a los que la administración debía meses y meses. Hasta el Capellán, en 1685, se declaró en huelga “a dar a los enfermos el sustento espiritual y temporal porque no le pagaban”. El servicio estaba a cargo de forzados de buena conducta, que, en cuanto podían se escapaban, cuando no eran liberados a la fuerza, como ocurrió en ese mismo año de 1685 en el que “la cuadrilla del bandido Martín Muñoz”, personaje célebre de la picaresca, atacó al Hospital “pretendiendo sacar algunos forzados”, entablando un fuerte combate con la guardia, en el que murió un cabo de escuadra y hubo muchos heridos.

Naturalmente, esta escasez en la asistencia facultativa de las galeras, no rezaban cuando se reunía una escuadra que emprendía grandes empresas guerreras, al mando de grandes personajes. Y así vemos en las galeras de Carlos V, nada menos que a Lobera de Avila, uno de los más eminentes médicos de nuestros siglos de oro, que nos ha dejado de su experiencia náutica libros oue aun hoy se leen con interés y provecho. Don Juan de Austria, llevaba también a su lado, como ahora veremos, médicos y cirujanos eminentes

El cargo de protomédico de las galeras, era uno de los grandes puestos de la Medicina, generalmente antesala del codiciado protomedicato del rey, como ocurrió con Cristóbal Pérez de Herrera, el fundador del Hospital General de Madrid, mucho menos famoso de lo que merece su estupenda figura, a la que, no ha mucho, he dedicado un estudio. El protomédico de las galeras de España, tenía a su cargo la inspección de los servicios sanitarios en las naves; y é! mismo servía en las escuadras; y, con frecuencia, no sólo como médico, sino como consejero militar y aún como jefe director de las tripulaciones, si la ocasión era propicia. Tal ocurrió al citado Pérez de Herrera y al cirujano don Gregorio López de la Madera, del que hablaré en seguida, pues fué, al lado de Don Juan, uno de los héroes de Lepanto.

La eficacia de los cirujanos de las galeras del siglo XVI era, sin duda, grande, pues fué aquella centuria pródiga en grandes anatómicos españoles; y, por lo tanto, en grandes cirujanos. Las continuas guerras adiestraron a estos prácticos en el tratamiento de las heridas, en las que llegaron a ser maestros, inaugurando la curación por primera intención y desechando el uso, entonces orriente, de ungüentos y aceites. Hoy no podríamos resistir aquellas curas y amputaciones, sin anestesia. Los hombres aquellos, de sensibilidad, física y moral, infinitamente más dura, habituados al espectáculo diario de la más bárbara crueldad, en sus semejantes y, cuando se terciaba, en ellos mismos, sufrían el cautiverio, el bisturí y la sierra mordiendo un trapo, como único anestésico; y se consolarían pensando que cualquier Tribunal civilo eclesiástico, por obtener una declaración les haría sufrir mucho más con el potro, el ansia o el garrote. No hay que decir que si el herido era un galeote, los instrumentos del cirujano casi acariciarían, por hondo que rajasen, sus carnes ya endurecidas por el frío, el calor y el látigo y sus nervios embotados en el continuo sufrir.

Menos útiles eran, sin duda alguna, los internistas que socorrían a los enfermos. Nos bastaba para juzgarlo el leer la lista de las medicinas que, según los documentos, llevaban las naos y galeones y, a veces, las galeras. Recordemos sólo lo que más de un siglo después aconsejaba un práctico tan excelente como el doctor González para equipar el botiquín de un navio. Se compone de aguas aromáticas, licores, ácidos, jarabes, electuarios, extractos, píldoras, espíritus, sales, bálsamos naturales, tinturas, polvos, escaróticos, aceites, ungüentos y simples; podemos asegurar que ninguno de ellos servía para nada.

Se me dirá que, acaso, podrán decir otro tanto los médicos de siglo XXI de la farmacopea actual. Pero entonces y ahora, el médico puede aliviar a sus semejantes, con las manos vacías, sin ungüentos de los de entonces ni vacunas y sueros de los de ahora; pero con caridad. A medida que avanzamos en la vida, nos gana el convencimiento de que el hombre sufre mucho más por el alma que por el cuerpo; y que hasta los males más directamente corporales, las heridas y las llagas, se benefician tanto como del bisturí y de la morfina, de la caridad.

Por eso, en verdad, en los médicos de nuestros siglos dorados, lo que nos duele no es la ridicula insuficiencia de sus píldoras y jarabes, sino la terrible naturalidad con que veían sufrir al galeote o al renegado o al hereje, poniendo a su compasión, límites arbitrarios y artificiosos frente a la concepción cristiana de la fraternidad universal. Había, claro es, excepciones y la más alta fué, precisamente, la del protomédico de las galeras de Felipe II, don Cristóbal Pérez de Herrera, gran médico, pero ante todo gran apóstol y, por ello, al cabo de los siglos, mejor médico que todos sus contemporáneos.

Sus discursos sobre el Amparo de los legítimos Pobres nos enseñan que lo que los otros no podrían curar con las pócimas, lo curaría él, sentado junto al galeote infeliz “navegando en diversas jornadas”, con una sola palabra de buen amor. De la misma jerarquía humanitaria, fué otro gran cirujano de esta época, Baza Chacón, del que hablaremos en seguida.

Así fué de espantosa la vida de los galeotes y así fueron de menguados los remedios que les daba una ciencia aún incipiente y una dureza terrible de la sensibilidad colectiva. Pero, en cambio, en aquella humanidad exultante había una droga de todopoderosa virtud, que compensaba la fatiga y el dolor, que nutría más que los manjares excelentes, que emborrachaba como el vino, que anestesiaba como hoy pudiera hacerlo el cloroformo y la morfina: y era la fe.

Creía el español de entonces en la misión providencial de su patria con tal ímpetu, que su esfuerzo, cuando hoy lo contemplamos y lo medimos, en relación con la fuente real de su energía. nos parece puro milagro: y, en realidad, lo era, que milagro es todo aquello que se consigue por el esfuerzo sobrehumano del alma v no por el rendimiento normal de los resortes físicos.

Y. sin duda, el cénit de aquellas horas de milagrosa exaltación, se alcanzó en Lepanto Grande era el poder material de la Armada de la Fe; extraordinaria la pericia de sus capitanes Barbarigo y Doria y aquel insigne marino español, no alabado nunca bastante, Don Alvaro de Bazán; pero, como dice uno de los modernos historiadores de la gran gesta, “es evidente que Don Juan de Austria confiaba mucho más que en las maniobras tácticas, en el valor de sus hombres y, sobre todo, en la fe que los animaba”

Acaso nunca, en la historia del mundo, dos fuerzas ideales, lo que entonces representaban el Cristiano y el Turco, alcanzaron una tensión material tangible, tan formidable como en aquella mañana de octubre, en que sobre el mar azul se contemplaban en un minuto de prodigioso silencio, las dos escuadras enemigas.

Los sacerdotes cristianos y los turcos, ofrecían el Cielo a los combatientes que iban a morir. Si vencían, la gloria y el botín les esperaba. ¿Cómo no ser héroes así? Y lucharon, en efecto, con tan generoso desprecio de la vida, que aún hoy nos estimula y consuela el recuerdo de la ‘memorable ocasión”

Pero, ¿y los galeotes? Todavía, los cristianos que bogaban en las galeras turcas o los esclavos musulmanes que formaban gran parte de los remeros de Don Juan de Austria, esperaban la liberación de sus cadenas o, si morían, el tránsito a la eterna felicidad. Mas el galeote sin fe, el Gínés de Pasamonte, cazado en los caminos, escoria de la sociedad ¡con cuánta desesperación se sentiría ajeno al fervor de los demás!; para él no había ni botín en este mundo ni recompensa eterna en el otro.

 Aquel día, le doblaron la ración de bizcocho; le dieron garbanzos en vez de habas; y un vaso de vino para que remase mejor. Y cuando el cañón de la capitana turca dió la señal del combate, el látigo del cómitre cayó sobre sus espaldas desnudas, acaso con más furor que nunca, porque lo blandía el entusiasmo de una fe, maravillosa, pero que, por desgracia, había olvidado a los hermanos del alma turbia y seca, a los que habían perdido hasta el hambre y sed de justicia a fuerza de sufrir; y, quién sabe, si por ello, los más bienaventurados hermanos galeotes que sólo supo compadecer un soldado y escritor, que les había conocido, allí en Lepanto, y que p!ara hacerles justicia y caridad, tuvo que disfrazar de loco a un héroe; se llamaba Miguel de Cervantes; pero entonces, su nombre no hacía extremecer de orgullo, como hoy, a los que tenemos por verbo el idioma fuerte de Castilla.

Don Juan de Austria fué a Lepanto con un equipo sanitario, seguramente copioso. Las historias sólo nos hablan de dos profesores insignes, Don Dionisio Baza Chacón y Don Gregorio López Madera, pero seguramente en torno de estos dos jefes irían, el acompañamento habitual de médicos y cirujanos, cirujanos menores y barberos. Comenge, en efecto, refiere que en la campaña de Túnez, al año siguiente de Lepanto, llevaba Don Juan un estado mayor médico compuesto de cuatro protomédicos, veinticinco cirujanos y quince barberos, más cuatro boticarios. Y es de suponer que no serían menos los de la memorable batalla de la Santa Liga.

De estos dos médicos, López Madera, fué más que práctico, activo consejero político de Don Juan. Era este Don Gregorio, hijo de una familia ilustre, teólogo antes de ser médico, amigo de Vallés, el influyente protomédico de Carlos V y poco amigo de escribir. Yo desconfío de los médicos que no sienten la necesidad de dejar consignado, para enseñanza de los otros, la maravilla viva que es, para todo profesional, la observación de sus enfermos. López Madera da la impresión de que alcanzó los altos puestos que tuvo en la Corte, porque era de rango social superior al de la mayoría de los médicos de entonces; y, porque Vallés, todopoderoso con la familia real, le ayudaría, por amistad y por gratitud a los esfuerzos con que su discípulo y amigo encomió y difundió sus obras por España y por el extranjero.

El hecho es que fué nombrado protomédico de Felipe II y luego pasó al servicio de Don Juan de Austria, nada menos que con el título de Protomédico General en la Liga Católica. En la Capitana de Don Juan de Austria, asistió, al lado del gran príncipe, al Combate Naval. Le acompañaba su hijo, Don Jerónimo, Capitán de Infantería, que luchó heroicamente y que siete años después murió, peleando, en Namur

El encopetado protomédico asistió a los consejos que se celebraron antes de Lepanto y fué uno de los que decidieron a la lucha a Don Juan que, como es sabido, tuvo dudas, angustiosas, que le duraron hasta el instante mismo en que comenzó la gloriosa batalla. Este consejo de López Madera consta en la lápida de la sepultura que guarda sus restos, en la Capilla de Santo Domingo del Convento de Atocha. En esta inscripción se dice que un estoque que el Papa envió a Don Juan, antes de Lepanto, fué regalado por éste a su protomédico “por haber sido su consejo gran parte para que se diese la batalla”.

Menos importancia social y militar, pero más eficacia profesional tuvo Baza Chacón. El fué el gran cirujano de Lepanto. Había nacido en Valladolid y estudiado en Salamanca; y, desde que terminó su educación quirúrgica, estuvo sirviendo, hasta la senectud, en los ejércitos. Adquirió por ello enorme experiencia en la cirugía de guerra y a él se debe  notables innovaciones en la técnica de las curas en campaña, amputaciones, etc.

Sus primeras armas las hizo bajo las órdenes de un capitán de Carlos V, menos famoso de lo que merece, Don Pedro de Guzmán, abuelo de un gran amigo nuestro, el Conde-Duque de Olivares, con el que asistió al sitio de Landresi. Después hizo muchas otras campañas, culminando su actuación en las de Don Juan de Austria, primero en Granada y luego, en las galeras, en todas sus gestas del Mediterráneo.

     Resumió su experiencia en un libro, admirable, que aún los no médicos pueden leer con deleite, titulado Práctica y teórica de cirugía en romance y en latín, dedicado a Felipe II y publicado en 1605. Está lleno de realidad viva, anecdótica, recogida directamente por él en sus andanzas médico-guerreras. Su prestigio se debió a que conocía bien la cirugía de las armas de fuego, que era casi ignorada de los prácticos españoles. Estos creían que la bala tenía efectos ponzoñosos sobre el organismo y a los heridos les sometían a múltiples operaciones hasta lograr extraerlos, con lo que, muchas veces, morían de estas operaciones y no del ar-cabuzazo. Baza sabía que una bala alojada en sitios no vítales no era peligrosa y solo excepcionalmente las extraía. Con esta prudente actitud, salvó muchas vidas.

Entonces se hacían las amputaciones con instrumentos candentes para evitar las hemorragias. Baza, innovó este uso y las realizaba conteniendo la sangre con ligaduras y cauterizando sólo las bocas de las arterias, después de hecha la amputación, limpiamente, con un cuchillo muy bien afilado; y, el hueso lo cortaba “con una sierra de hacer peines muy finos”. La cura final, la hacía con una mezcla de clara de huevo, sangre de drago, bol arménico y acíbar. Nos sonreímos al leerlo; pero él, con su mezcla, salvó a muchas vidas; y, estaría, probablemente, tan convencido como nosotros de poseer la verdad. Y es que la verdad, en la ciencia, es sólo la fe que en cada instante creemos poseerla. Es verdad, mientras no deja de serlo. Ilusión de verdad; más por ser ilusión, llena de maravillosas eficacias.

Era el gran Baza muy caritativo. Una de sus máximas era: “Cura del mismo modo a los pobres que a los ricos y a los esclavos como a los libres”. Su actividad en las galeras, mundo del pobre y del esclavo, debió, pues, ser admirable.

Asistía a los suplicios de los criminales, para hacer menos cruel la actuación del verdugo; y así, por ejemplo, cuando la sentencia mandaba, como muy frecuentemente ocurría, amputar la mano del ladrón o del asesino, Baza, acudía, tiraba hacia el codo de la piel del reo, ligaba fuertemente el brazo y dibujaba en la muñeca la línea por donde el verdugo debía dar el hachazo. Entonces estiraba la piel retraída, cubría con ella el tajo y cosía el muñón; y para evitar la hemorragia, metía este muñón en el vientre de una gallina viva, método que hoy, vuelve a aparecemos lleno de lógica y de justificaciones científicas.

La batalla de Lepanto le dió lugar a su máxima experiencia. Murieron, en la insigne pelea, unos 25 000 turcos y 8 000 cristianos, con el número correspondiente de heridos, que entonces era, en su proporción con los muertos, mucho mayor que ahora. Estos heridos fueron llevados, en su mayor parte, a Pétala, donde Don Juan estuvo cuatro días atendiendo a sus hombres bajo la dirección técnica de Baza.

Supone Chinchilla, y lo copian los demás historiadores, que uno de sus asistidos sería aquel joven, de la frente dilatada, desembarcado de la galera Marquesa, con un brazo herido, que más tarde había de escribir con el otro, un libro cuya gloria eclipsaría a la misma de Lepanto. Pero es una gratuita, aunque simpática, suposición. Baza no pudo atender a tantos miles de magullados y heridos; y reservaría su atención personal para los jefes, para los de nombre insigne, entre los cuales no estaba aún el de aquel soldado raso. Además, Cervantes, debió sufrir una contusión o herida que le dejó el brazo atrófico e inútil, pero que, en los primeros momentos, no fué probablemente, preocupación de los cirujanos de guerra.

Hubo soldados de la escuadra católica que cobraron hasta 2 ó 3000 ducados. Otros se quedaron sin nada. El reparto del botín dió lugar a una nueva batalla, en lugar de distribuirse con justicia. Cervantes, herido, fué de los que se quedaron sin nada. Pero, aun estando bueno, su orgullo de águila le hubiera apartado del espectáculo bochornoso de aquella rifa de la túnica de un sublime ideal; y se hubiera ido, como se fué, pobre y solo, con su gloria a cuestas, mirando la vanidad o el dolor de los hombres, aquellos ojos agudos, detrás de los cuales espiaba un alma de sobrehumana latitud.

Los galeotes también se quedaron sin nada. A los heridos y chamuscados, Baza y sus ayudantes, los cuidarían con amor — "a los esclavos como a los ricos”. — A los supervivientes, les dieron, durante unos días, nueva ración doble de legumbres, pan blanco para festejar la victoria y vino “aunque con parsimonia”. Y luego, a remar otra vez. Ellos fueron, en realidad, los que, ajenos al fuego y a la muerte, ajenos también a la gloria, movieron con esfuerzo heroico, las galeras. Pero nadie se acordaba de ellos, ya.

El galeote, estaba fuera del área de la piedad de los demás hombres. Sólo algún fraile, acercaba a ellos la esperanza de la palabra divina. Sólo algún médico, como Baza, como Pérez de Herrera, educados en el dolor, que nos iguala a todos y a todos nos redime, acertaba a mirarlos con compasión. Sólo también el alma genial de Cervantes cuyo episodio de los galeotes liberados por la generosidad del caballero andante es, sin duda, expresión de su protesta, retenida en el fondo del alma, desde los días de la juventud.

Cervantes, océano de humanidad, los libertó con la pluma, como hubiese querido romper, en la realidad, sus cadenas. No en vano, se le habían de escapar de lo profundo de la conciencia, entre las sonrisas patéticas de su humorismo, esta frase vindicatoria, llena de santa piedad cristiana al hablar de aquel pobre galeote de las barbas venerables que Don Quijote puso en libertad: “¡Este, no merecía ir a bogar en las galeras; sino a mandarlas y a ser General de ellas!”.

No os arrepintáis, amigos míos, de esta excursión que hemos hecho por los infiernos dantescos de las galeras.

La historia no es una novela. Sino la vida. Y la vida es así: anverso de gloria, reverso de dolor. El olvidar este reverso —cauce ancho por donde han corrido las lágrimas del mundo— es lo que nos lleva a las grandes catástrofes sociales. Los hombres de hoy, saben que es preciso repartir entre todos el bienestar. Pero hay también que repartir el dolor, buscarlo donde exista, beber el trago que a cada cual nos toca; y saber encontrar en sus heces, la fuente de la paz.

 

 

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