Historia y Arqueología Marítima

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Recuerdos Marítimos
Crucero del Bergantín “General Rondeau y el Bergantín Goleta "Argentina”
por Antonio Somellera

Capitulo 2

Revista Yachting Argentino -1943 en varios capitulos.

Capitulo 1 Capitulo 2 Capitulo 3 Capitulo 4

 

UELTO a nuestra borda el segundo, trayendo a toda la tripulación e informando ser de buenas condiciones y cargamento general, se resolvió dotarlo con un oficial y ocho marineros, para ser remitida a alguno de los puertos del Sud de Buenos Aires,. Apareciendo cuando se estaba en estos trabajos una vela a barlovento; resultó ser “La Argentina’’. Vino al habla y nos saludamos los oficiales alborozados; luego de despachada nuestra presa, seguimos a cruzar ambos buques sobre aquellas costas.

A los dos o tres días, habiéndose alejado de vista nuestra compañera, apresamos la polacra “Pedro I”, que procedente de Santa Catalina, con cargamento de fariña y porotos se dirigía a Río Grande, la que por su insignificante carga y viejo casco, después de picarle su palo mayor por la fogonadura e inutilizado su velamen dejándole solo el velacho, y habiéndole embarcado la tripulación de la primera, con viento del E. la dejamos en libertad, ciertos que no podría hacer otra navegación que ir a embicar en los arenales de esa brava costa y que sería perdida, pudiendo solo salvar la gente en la lancha. Los prisioneros que habíamos tenido a bordo, salieron con sus sacos de equipaje bastante aliviados de lo que en ellos habían traído; no obstante ser prohibido bajo penas, el que nuestra tripulación tomase lo más mínimo, para no mancillar el honor de nuestra bandera de guerra, se decía en la orden general que había sido leída.

Tal vez, yo era el único que echó una mirada compasiva 'hacia aquellos desgraciados, y los siguió hasta perderlos de vista, deseándoles un buen viaje.

Cruzando entre las latitudes de Río Grande y Santa Catalina, nos detuvimos algunos días ofreciéndome las costas de esta última, en sus elevadas y caprichosas montañas, un espectáculo nuevo a mi vista; unas veces dejándolas ver hasta tocar en el horizonte, otras cortadas por lo denso de vapores bajos, como si sus bases estuvieran desprendidas de la tierra y sus variadas cúspides arriba de las nubes, cubiertas dé vegetación.

Sin haber vuelto a ver “La Argentina’’ ni alguna otra vela, nos sobrevino un recio temporal. El “Rondeau” capeando; a pesar de ser tan raso, se defendía de las olas enfurecidas, como el jpá-jaro marino, que con la cabeza al viento, para esquivarse de ser arrebatado por las espumas, abre el codo de sus alas, y tomando un ligero vuelo, las salva y nuevamente aposéntase en la superficie jaspeada de la onda; ya embicando su largo y tendido baupré, ya levantándolo de modo que, dirigida la vista hacia popa, parecía que iba a caer en una vorágine.

Silbaba el viento con impetuosidad en los aparejos, a impulso del vaivén, el buque crujía en todas sus ligazones como si fuese a abrirse. Imponente a la vez que sublime, es el espectáculo que ofrece una tempestad en el Océano.

Las densas nubes impelidas por el viento, corrían bajas confundiéndose con la niebla producida por el agua desprendida de las espumosas cimas de las olas, perdiéndose de la vista los horizontes del mar enfurecido. Se oyen las variantes detonaciones del trueno precedido de vivos relámpagos, cual si el enojo de esos elementos lo provocase el hombre, que atrevido, con una débil fábrica, hija de su inteligencia, salva los límites que el Supremo Hacedor formó para su morada, y que poniendo en juego, su coraje y los conocimientos de la ciencia, lucha y los vence con espíritu gigante.

Con semejante tiempo no era posible que nuesros cocineros consiguieran dar sazón a la carne salada, así es que en esos casos el café y té, hechos por lo general con agua mal hervida y galleta, era lo que venía a constituir el almuerzo y comida; por lo que se daba entonces una tercera ración de grog (caña) que a la vez de agradable al paladar de los hombres de mar, es un confortativo conveniente a la salud del que pasa horas y días con el cuerpo mojado. Yo no lo probaba por sistema que me había impuesto; bien que la sangre caliente del muchacho no necesita otro antídoto contra el frío, que el de los pocos años.

Horquetando un brazo en algunos de los cabos amarrados a los cabilleros para no caer, pasé el tiempo de mis cuartos —guardias de cuatro horas— y en las de la noche, llegaba a quedarme dormido en ese estado, despertándome a la voz de mando de mi superior o cuando un golpe de agua me bañaba; y que habiendo durado algunos días el mal tiempo, no teníamos ni una pieza de ropa seca.

Con mal o buen tiempo, a las ocho de la mañana nuestro comandante se mostraba en cubierta, y era de orden hacerlo así todos los oficiales; no siendo permitido presentarse sin vestir estos de casaca y los guardias-marinas de chaqueta bien abrochada, o en defecto en estado el chaleco.

El día que había amainado el tiempo, deshecha la capa, después del almuerzo, nuestro comandante ordenó que los hijos del país, los más hombres de campo, se ocupasen de hacer ejercicio de subir por las jarcias, cuando por lo picado de la mar, los balances del bergantín, eran muy repetidos, y que mi compañero y yo los dirigiésemos.

Puestos a la operación, gran trabajo nos costó hacerlos subir hasta media jarcia: algunos no pudieron por más esfuerzos y amenazas, llegar a más de tres o cuatro flechastes, abrazándose con todas sus fuerzas de los obenques, no había forma de sacarlos, causando la hilaridad al resto de la gente, costándoles igual tortura el bajar, y quedando este ejercicio establecido de diario, no tardaron en hacerse los más, diestros marineros para aferrar y tomar o largar rizos.

Volviendo sobre las costas de la provincia de Santa Catalina, nos prolongamos por ellas hacia Río Grande. Al amanecer de un lindo día, con viento bonancible, muras a babor y rumbo al Sur, navegábamos en aguas de un verde esmeralda, señal inequívoca de que estábamos próximos a tierra, cuando el vigía dió la voz de: —¡velas a la proa!

En el acto se izaron y cazaron sobres, se echaron fuera los botalones de alas de barlovento y en un instante, con estas y arrastraderas, bien llenas con viento a un largo, volaba nuestro bergantín.  Desde el tope contábamos los buques, que llevando nuestro rumbo bien envelados, no nos dejaba duda tener a la vista un convoy, que núestra tripulación ya consideraba nuestro. ¡Buena presa! — con bien pronunciada alegría, repetían todos cada vez que se avisaba el progresivo contar de las que se iban descubriendo. “Nos vamos a poner las botas”, decían mis paisanos, que ya se habían habituado a las costumbres marineras.

La mar tendida y transparente, abrillantada por el sol que con esplendor subía: todo envelado nuestro rápido buque, entraba a dar la caza con una velocidad tal, que en menos de dos horas ya llegábamos al primero; que hablado a la bocina, . por él supimos los escoltaba el bergantín de guerra “Piragá” que debía hallarse más adelante. Se le dió orden de acortar de vela y pusimos la bandera brasileña, siguiendo a alcanzar y pasar lo más cerca posible de los demás, repitiéndoles la misma orden, y los que desde a bordo nuestra gente, convencida que no teníamos tanto oficial para cabos de fuerza, designaba cada uno a su entender, los que debíamos utilizar y los que serían echados a pique.

El semblante radiante de alegría de nuestra tripulación, encontraba el más acabado contraste en la de cada buque que dábamos caza; estos quedaban estupefactos, no por el asombro que les causaba la ligereza del “Rondeau”, sino porque a pesar de la bandera que llevaba, al acercarnos, se convencían que no era buque amigo.

Un corsario se habría encontrado bien satisfecho, con apresar cuanto buque de estos hubiese querido, pero nuestra misión era otra y nuestro comandante se proponía dar caza, batir y tomar al “Piragá”. Viéndose desde cubierta las doradas arenas de la costa a sotavento, fué reconocido entre varias velas, la alterosa guinda de un bergantín, en el que se reconoció al buque de guerra. El toque de tambor y pífano para aprestarnos al combate, arrancó a nuestra gente un simultáneo y entusiasta ¡hurra! y cada uno corrió presuroso a tomar sus armas y su puesto en batería. El ‘Piragá” habiendo acortado de vela, iba por momentos a ser alcanzado, mas derribando todo embocó la barra del Sud, cargó sus mayores y orzando nuevamente se puso en facha'.

Enfrentados a él, metiendo alas y cargando sobres, así que estuvimos a tiro, con un disparo de la coliza afirmamos el pabellón celeste y blanco, y arribando enseguida hasta que el poco fondo nos obliga a poner en facha, provocándole así con algunos tiros de cañón al combate, que no aceptó, bien por el peligro de varar en aquellos vajíos o por creernos más fuertes, y sin contestar, mareó en vela y siguió por la barra adentro.

Como era de esperarse, aprovechándose de esta buena coyuntura, favorecidos del buen viento y del conocimiento de aquellos extensos bancos, para los que no teníamos práctico, los buques de un convoy de más de veinte velas escaparon, entrando los más por la barra del Norte; así fué que con gran pena de nuestra gente, solo fueron apresados tres, que luego de ponérseles nueva tripulación, con ellas en consigna, nos alejamos de la costa por aproximarse la noche.

Habiéndome cabido la suerte de ir con el bote a cambiar las tripulaciones de las tres presas, tuve ocasión de hacer una buena provista de naranjas, bananas, ticholos y cajas de guayaba, que traje en cantidad y saboreamos; cosas todas bien apetitosas, especialmente para un muchacho que, la carne salada la comía por necesidad de no haber otra, quedando también provisto de un octante que me fué cedido por mi comandante, junto con un cartel de reducción y libro de Logaritmos.

Al siguiente día bien temprano, nos ocupamos de entresacar de las cargas de los buques, los objetos más valiosos para completar un buen cargamento en uno de ellos, que fué despachado; echando a pique los otros con cuanto tenían, con gran pena de nuestra gente al ver así desperdiciar lo que valía buenos miles de patacones.

Dos o más grandes rumbos que nuestro carpintero abría a flor de agua, hacía que en algunos minutos el casco se escondiese en la superficie de las aguas, y luego con gran ligereza se sumergían, haciendo una fuerte oscilación de uno a otro costado, hasta ir a aposentarse en la profundidad, para siempre jamás.

El alojamiento de nuestra crecida tripulación en entrepuente, lo era a uso de tarima de cuartel, sobre el sollao, porque no se nos había provisto de hamacas, puestos en fila en ambos costados.

En el de estribor la marinería extranjera que lo era la más y a babor los del país con la tropa: por lo que en este costado, en que había más espacio franco se les colocó a los diez y ocho o veinte prisioneros, donde los dueños de casa les dispensaron toda clase de atenciones y oficioso agasajo.

La estricta disciplina que se observaba en nuestro buqué, máxime hallándonos en costas enemigas, hacía que a las ocho de la noche se apagasen todas las luces, cubriéndose desde que se encendía la de bitácora, de modo que el timonel pudiese ver el rumbo que debía seguirse, para que no reflejase en el velamen; tanto para no ser vistos, como también para que los vigías que como a proa, se colocaban a los costados y a popa, pudiesen distinguir mejor si algún buque se avistase.

El profundo silencio que era de orden guardar, no se había alterado, pareciendo que en el entre-puente nuestra tripulación que estaba descansando, se había entregado al sueño, notándose que ninguno roncaba.

Cuando habían sonado las seis campanadas de las once, sentimos un sordo murmullo en que se distinguían amenazas, maldiciones y reniegos en inglés y castellano y quejidos mal comprimidos, como de lucha entre los de una y otra banda.

Inmediatamente se manda que un timonel encienda una linterna y con un cabo y cuatro soldados de guardia, favorecidos de aquella luz bajamos precipitadamente.

Toda nuestra gente la encontré no solo dormida en sus puestos, sino también a todo roncar, pero los prisioneros despiertos y azorados: resultando que toda aquella bulla la habría ocasionado el que algunos marineros de estribor, habiendo invadido el lugar de los otros, sin duda con el fin de arrebatar los equipajes de los huéspedes, habían sido repelidos por los de babor y trabándose una lucha de trompadas que terminó por fingir unos y otros estar profundamente dormidos.

Con fuerte samarreo, se despertó a aquellos que se hallaban próximos al lugar, donde según los prisioneros, había ocurrido aquella singular pelea: pero ninguno había oído nada.

No había pasado una media hora de perfecto silencio y sosiego, cuando oimos gritos en el idioma portugués, lamentándose que se les había arrebatado los sacos; de consiguiente, sin perder tiempo vuelvo al entre-puente con el mismo auxilio y procedo a la indagación; resultando que, a algunos de aquellos infelices, habiendo sentido que les andaban por sacar el calzado, por un movimiento natural se habían incorporado para defenderse y al volver a recostarse en la bolsa, bien repleta de ropas, que les servía de cabecera, un golpe en la murada, que más dolor habían sentido en el corazón que en la cabeza, les había hecho conocer que se las habían robado.

Al amanecer y antes del valdeo, se mandó formar en cubierta toda la gente con sus sacos, procediéndose a una rigurosa revista sin que apareciese ninguna prenda de las robadas, y en seguida, registrado el entre-puente, fuera de los sacos se encontró escondida entre la parlamenta y demás útiles de ancha y botes que inmediatos a los durmientes se hallaba colocada, cuanto habían contenido, restituyéndose a cada uno lo que le pertenecía.

¿Pero, quiénes eran los delincuentes? Difícil cosa de ser averiguada. Así fué que nuestro comandante, que era inflexible cuando daba una orden, con excepción de los oficiales de mar que tenían su alojamiento en el rancho de proa, mandó que el resto de la fuerza fuese privada del grog, para interesar a todos a que vigilasen en que cada uno diera cumplimiento a la orden general que nuevamente les fué leída.

Uno de los tres capitanes, de nación portuguesa y cuyo nombre siento no recordar, había estado en España, por lo que poseía el idioma castellano; hombre que por su franco carácter conquistó bien pronto las simpatías de la oficialidad y muy especialmente la mía por habérseme ofrecido a darme lecciones prácticas de navegación, y a él fué que debí talvez en pocos días arreglar y manejar el octante, llevar mi libro de diario y de este hacer la estima cada veinte y cuatro horas, y a falta de cronómetro, por el Epítome (libro que se publicaba cada diez años en idioma inglés) los cálculos de diferencia de longitudes y declinación del sol, como el manejo del Cuartel de reducción para los rumbos corregidos en la distancia andada, con lo que diariamente me colocaba en puesto conveniente para seguir la ascensión del sol hasta llegar al cénit, corriendo como un piloto consumado, de tiempo en tiempo, la alidada de mi instrumento; así llegué hasta poder a fuerza de contracción, alcanzar el honor de que mis observaciones, algunas veces fueran consultadas por nuestro primer teniente para tomarse el término medio de la latitud observada.

En los días que el buen tiempo lo permitía, se ocupaba nuestra tripulación en los trabajos de labor: unos a composición de velamen, otros a preparar bragueros de respeto para la artillería, otros a hacer meollar, tomadores y demás labores que demanda el buen orden de un buque de guerra, y la tropa a la limpieza de las armas de chispa y blancas, convirtiéndose nuestra cubierta desde el palo mayor a proa en activo taller.

Cuando este tenía lugar, éramos obligados los dos guardias-marinas, a ponernos a las órdenes del contramaestre que nos designaba el trabajo que debíamos hacer, desnudándonos de la chaqueta y arremangada la camisa, entrábamos a nuestro quehacer, por lo que muchas veces las manos las teníamos bañadas en alquitrán para poner una prescinta de lona, y con mazeta en mano, forrar un grueso cabo, pues el comandante quería que sus oficiales conociesen prácticamente lo que deberían mandar hacer y en defecto de escuela de este arte.

Terminada esa faena, con remarcado apetito íbamos a la mesa a saborear nuestro plato cotidiano, que se reducía a “tob sconce”, especie de guiso de carne salada picada, galleta deshecha y papas, con un poco de aceite y que le hacíamos mas pasable con un poco de vinagre, antídoto al escorbuto, terminado con un buen pedazo de dulce de guayaba y galleta americana.

Los domingos y jueves nuestra mesa tenía los honores de convite, pues nuestro cocinero, en una larga bolsa de brin ponía a cocer en la caldera donde se hervía la carne salada de vaca o puerco, un poco de harina y pasas, batidas en agua que le llamábamos pudín, “Plum Pudding”, terminando con una taza de café con sopas de galleta.

Antes de un mes de campaña se nos había concluido el agua de los cascos que de Norte América había traído el buque, y entrado a hacer de lo que contenían las pipas de que se nos había provisto, las que por no haber sido quemadas, o si lo habían sido fué mal hecho, nos encontramos con que el agua estaba corrompida: una con gusto a vino carlon, otra a agrio de naranja, y todas avinagradas, con telas espesas, viéndonos obligados a colarla y que después de caer al estómago nos hacía el efecto del éter; agregándose a esto que entrabamos al calor tropical, y que solo teníamos libra y media de agua por ración para las veinte y cuatro horas.

Esta circunstancia vino a despertarnos el de-de hacer nuevas presas, por interés de tomar gua potable y naranjas.

No tardó en aparecer en un lindo día de Ventolinas variables, una vela que envuelta en los horizontes vaporosos de la latitud de Parnagúa, fué descubierta por el vigía establecido desde la venida del crepúsculo matutino y que las repentinas y repetidas calmas nos desesperaban pues que a pesar de haber puesto todas las velas, poco adelantaba nuestro bergantín; mucho más, cuando encrespando el agua por la proa, soplaba de aquella dirección tal calma, que inútil era bracear y tirar bolinas, porque no bien empezaba a tomar arrancada, cuando volvía a remalcar.

La impaciencia era general;-y calculando que sí pudiese .llegar la noche y podría escapar el buque codiciado, el comandante ordenó de armar la parlamenta, cosa que fué ejecutada en el acto, poniéndose dos hombres a cada remo, y asi convertido en gran falúa de veinte remos el “Rondeau”, marchaba cerca de dos millas en la hora.

Visto así desde la cruceta de trinquete donde me había colocado, ofrecía la vista más completa del buque cazador, y la diligente marinería, que con gran fuerza remaba con simultáneo movimiento, la codicia del hombre.

Había pasado el mediodía, cuando la tersura de las aguas vino desapareciendo, y un viento galeno del primer cuadrante, concluyendo aquellas calmas, hizo innecesario el esfuerzo de nuestros ya rendidos bogadores, y en ceñida bolina la caza a un bergantín goleta tuvo efecto al ponerse el sol.

Cabiéndome la suerte de que se me mandase a tomar posesión de ella, no descuidé en poner en mi bote un barril para proveerme de agua.

Saltando a bordo fui recibido por el capitán con ceño adusto, y de mala gana me entregó los papeles del buque y correspondencia que le pedí, como también el que pusiera en su bote su equipaje, no siéndome necesario decir esto último a sus marineros, porque los encontré a cada uno con el suyo en la mano; por lo que en pocos minutos con el guardián que me había acompañado, remití todo a nuestro bergantín que en mayores, y juanetes airosamente cargados, a distancia de unas cien brazas estaba puesto en facha.

Mi primera diligencia fué buscar la aguada, apagar una sed bien expresada por repetidos tragos, y llenar el barril puesto en mi bote para mis compañeros.

Vuelto el bote de la presa se me ordenó a la bocina que remitiese nuestro bote, quedando con el guardián y seis u ocho marineros, y que siguiese las aguas, conservándome a buena distancia; orden qué me sorprendió, pues no atinaba con la causa porque se me confiaba aquella misión, y hasta llegué a temer que se me hubiese creído capaz de dirigir la presa a puerto, idea que bien me mortificó toda esa noche que debo llamarle toledana.

En fin, con ánimo resuelto así que el “Rondeau” mareó en vela, mandé bracear por estribor y seguir su rumbo.

Mi gente, por más que les ordenaba estar en cubierta, al menor descuido se perdían de mi vista; era un afán de bajar y subir, ya a la cámara, ya al rancho de proa, que mis conjeturas se fijaron en que se ocupaban en buscar objetos que robar; pero no tardé mucho en comprender que me había engañado, cuando apercibí que iban perdiendo la cabeza, y en breve me encontré con guardia y marineros totalmente ebrios.

El hombre que tenía al timón y que había ya relevado a otro, dejaba a cada momento orzar el buque hasta flamear las velas, por lo que me veía obligado a no desampararlo, ayudándole a derribar para seguir por la popa a nuestro bergantín, que a pesar de navegar con solo mayores se alejaba cada vez más o al menos así se me figuraba por el temor de perderlo de vista; pero algo más me estaba reservado: los efectos del alcohol vinierona operar de tal modo, que allí mismo abandonándolo las fuerzas cayó dormido, y me fué necesario tomar la caña del timón pidiendo a Dios que no refrescase el viento y viniese el día cuanto antes.

Felizmente el viento y mar se mantuvieron bonancibles, y las pocas fuerzas de muchacho bastaron a soportar aquellas larguísimas horas de una noche de angustias y zozobras, que las causaba el temor de que en la situación en que me encontraba cayese un viento fresco y no poder cargar paño y menos aferrar, hasta que los primeros albores del día vinieron y a puntapiés, que de tiempo en tiempo había repetido al que tendido roncaba a mi lado, satisfecho de un sueño de más de seis horas conseguí que se pusiese en pie y fuese a llamar al guardián y marineros, los que unos después de otros, fueron apareciendo en cubierta.

En facha nuestro buque, nos esperaba como a distancia de cinco o seis millas, y en el intervalo que medió para llegar a él lo aprovecharon mis marineros para desenojarme y hacerles gracia, en mérito de la que yo había alcanzado con el mando dé que ansiaba ser relevado.

Puesto al timón el guardián me ocupé en registrar la cámara, en la que encontré gran cantidad de bolsas que creía de pesos fuertes, y que resultaron ser monedas de cobre de cuatro veintenes, las que de orden de mi jefe conduje con otros objetos a su bordo, cuando con gran contento mío hubo sido designado el cabo de presa.

Cuando conté a mis compañeros los percances en que me había visto, les proporcioné un rato de risa, mayormente cuando preguntándome lo que había pellizcado, les mostré un par de botas de taco con herradura y punta cuadrada, primeras que de esta clase veía, y que mucho las necesitaba.

Entonces empecé a comprender o sospechar la causa porque me había dado aquella comisión: era el más joven y por consiguiente inocente, no siendo por mi educación capaz de faltar a los deberes de recto proceder; bien satisfecho quedaba con tener frutas y dulces, y en aquellos momentos, más todavía con la buena agua, cosas de que todos participábamos.

Con brisas variables de buen tiempo, mareamos en dirección Sud con la costa a la vista y corrientes de S. a N.; a los dos o tres días apresamos una sumaca que debía ser costera, por lo que su cabullería era todavía de ambé: fué echada a pique, y en su lancha embarcándole un barril de agua y una bolsa de galleta se puso a los prisioneros que cabían, en completa libertad, siguiendo hasta Santa Catalina, donde al día siguiente, en la boca del Norte, tomamos y quemamos otros dos buques y en una de las lanchas embarcamos el resto, dejándolos bien cerca de la batería de Santa Cruz, y nos hicimos a la mar para ir después a mostrarnos en otros puertos del Imperio; habiendo dejado en el Sud buen testimonio del riesgo que corría su comercio marítimo y los buques  de guerra que aventurasen a navegar solos.

En aquella estación en que desde marzo a octubre reinan los vientos del E. al E.S.E., favorecidos por las constantes corrientes de igual época, gobernando én el día en vuelta de tierra y en la noche a la mar, para evitar dar en muchos escollos que ofrecen islotes y peñascos, que en el día no es de riesgo aproximarse a ellos por el gran fondo que los circunda, hacíamos una navegación amena.

La caprichosa cadena de montañas que a muchas leguas de distancia se veía desde la cubierta de nuestro buque, por la mañana de un color azul oscuro sobre un cielo vaporoso, al descenso deI sol de variables tonos de color de laca, ofrecía un panorama majestuoso que nos servía de guía para ir a visitar el centro del comercio del más vasto Imperio.

Habíamos aprovechado los días de bonanza, ya en labores del servicio del buque, ya en ejercíció de cañón como de maniobras, en las que tocaba a los guardias marinas el mandarlas, poniéndosenos sobre la toldilla de cámara con bocina en mano dando las voces al efecto en idioma inglés, designando nuestro comandante la que debíamos ejecutar.

Por los buques que habíamos apresado, sabíamos que por telégrafos debía haber llegado al Janeiro el aviso de que surcábamos aquellas aguas: pero eso era un bien para que produjese los efectos que tenía la misión que llevábamos, así fué que bien pronto nos hicimos sentir sobre las islas de San Sebastián, la Grande, Redonda y Rasa, que estas dos últimas están frente a la Bahía de Río Janeiro y Cabo Frío.

A la vista de esta elevada y pintoresca montaña, punto de recalada de los buques que del Norte y Europa se dirigen a aquel estupendo puerto, marcado del modo que denota sus proporciones, la perfilada figura de un inmenso gigante acostado, que forman sus elevados cerros; allí dimos caza a un bergantín que al verse perseguido puso bandera prusiana, y que habiendo venido su capitán a .nuestro bordo con sus papeles, acompañado de un oficial y seis marineros nuestros, se le despachó en clase de buena presa; demorándonos a cruzar entre ese punto e Isla Grande y pasando algunas veces por dentro de la Raza, de modo de ser sentidos, pues hablamos con algunos buques neutrales ya de entrada como de salida; bien que solíamos hacerlo con distinta bandera, pero si mereciendo sospecha se dispusiese visitarlo, entonces  se desplegaba la nuestra y gallardete.

El capitán de un bergantín americano que salía de este puerto, con visos de interés por nuestra causa, al tiempo de ser visitada dió aviso de que a gran prisa se estaba tripulando una fragata, con el objeto de salir en nuestra persecución, dándonos sus señas: un buque nuevo, expresamente construido para guerra, de popa redonda y ambas baterías corridas, decía; y agregó: que tocaban grandes dificultades para dotarla de tripulación, pues que, a pesar de ofrecer buen enganche no encontraban marineros; que dentro de dos o tres días saldría, y con gran reserva al despedirse de nuestro primer teniente, cuando éste tomaba los pasamanos de la escalera de cuerda para bajar al bote, le dijo que le garantiza que no podían ponerle más de doscientos hombres.

Esta noticia, que por venir de un compatriota suyo la creyó fidedigna, fué recibida con singular entusiasmo, desplegando cada una de nuestra gente, el mayor empeño cuando se mandó revisar las armas de chispa y blancas, disputándose a quien ponía más limpia la que le había sido entregada al efecto; fusiles, pistolas, machetes, chuzas y hachas de abordaje, quedaron como recién salidas de la fábrica; completándose aquel bélico apresto con poner a salvo en buen orden las granadas de mano, frascos de fuego y otros mistos de que nos hallábamos bien provistos, pues el “Rondeau” había venido de Norte América con su artillería, municiones y.víveres para seis meses en bodega, habiendo solo costado a nuestro gobierno cuarenta y dos mil pesos fuertes.

¡Cuánto han subido los valores de las construcciones navales! Hoy no se obtendría un buque de su clase y condiciones por el duplo.

Muy luego se hizo general la idea que se había propuesto nuestro comandante Coe para asegurar el triunfo sobre ese buque, que con ansia esperábamos avistarlo, y a su espera nos pusimos a cruzar entre el mencionado Cabo y las Islas de Maricá.

—“Hemos de gastar poca pólvora; el enemigo ha de creer que le voy a dar tiempo de cañonearnos y se habrá engañado, porque a los primeros disparos la hemos de abordar”, decía a su segundo, dando paseos en cubierta y dirigiendo a todos una mirada risueña y complacida que tenía repercusión en cada uno que la recibía, produciendo el efecto que se proponía, pues hasta el más grave de los enfermos que teníamos, completamente extenuados, abandonaban el lecho pidiendo ser dados de alta para el servicio; abnegación que mucho me llamó la atención, porque en aquella tripulación heterogénea había creído que los menos queríamos la gloria y los más el lucro. Pero en esa vez me reconvine de haber hecho semejante juicio, y confieso que me arrepentí de ello en vista del general entusiasmo al esperar la aparición de un buque de guerra que debíamos abordarlo.

Convenientemente dividióse en cuartos nuestra fuerza con los oficiales que a cada trozo correspondían, para cuando llegase el caso; y aunque mis pocos años y reducida estatura parecía a mis compañeros debía eximírseme de ir a tan arriesgado lance, tuve el honor de que se me destinase a uno de ellos, y con ánimo igual a todos, preparé mi par de pistolas de onza que mi señor padre me había regalado al salir para esa campaña, ocasionándome el desagrado de que despertasen la codicia de mis superiores. Todos querían que se las prestase, y mi negativa era contestada con burlescas sandeces que herían el amor propio del niño que desde que cargaba el botón de ancla y cutó se había creído todo un hombre; en fin, aquellas pistolas que tanto quería, me acarrearon un entredicho con todos los oficiales, para al fin ser vencida mi negativa.

Al cuarto o quinto día de aquella plausible noticia, contemplando a nuestro costado el variado color rojo que a la parte desnuda de vegetación daba el sol al ir a esconderse en las montañas, al lindo peñón de “Cabo frío”, entre otras velas que debían proceder del puerto del Janeiro, se distinguía una cuyos topes nos hicieron conocer ser la fragata que esperábamos, y que dilatando su bordada hacia el mar, hicimos igual rumbo manteniendo el barlovento.

Lamentábamos lo avanzado del día, máxime cuando en aquella latitud el crepúsculo es tan corto, que pocos minutos después de esconderse el sol, las tinieblas de la noche que no es de luna, como sucedía en aquella, se condensan confundiendo el horizonte con la obscuridad del cielo, y este tiende en las aguas con la ausencia de la luz su negro tono, y el navegante no divisa más que el blanco ceniciento de las olas que revientan salpicadas de partículas fosfóricas que desprendidas de ellas, como pequeñas estrellas, se resbalan culebreando al seno de las ondas más o menos abundantes según el estado del tiempo.

En safarrancho de combate, pasamos esa noche de Viento y mar bonanza que pareció ser más larga de lo que debía, tal era el deseo de que amaneciese.

Desde las tres de la mañana, hora en que después de darse un grog extraordinario habíamos ocupado núestro puesto de combate, reinando un imponente silencio, buscábamos con impaciente atención el descubrir al buque enemigo, y a causa del esfuerzo que con la vista se hacía, o bien porque en la oscuridad, muchas veces se ve lo que no existe, ya los de un costado y a los del otro, daban aviso de ver lo que no veían, participando de esa ilusión los más délos que se hallaban inmediatos; al extremo de dar parte al oficial que los mandaba. Aquí era cuando por medio de telescopios' que quitados el tubo de vidrio positivo, los objetos se ven en orden inverso, se afanaban en descubrir el bulto avistado, que venía a resultar no ser otra cosa que ilusiones producidas por el deseo de encontrar lo que se buscaba, y que probablemente el engaño lo había ocasionado la cresta de alguna ola muy cercana.

Cuando empezó a mostrarse la débil luz del crepúsculo y púdose distinguir el horizonte, sin descubrirse punto alguno fuera de la costa que en lontananza confusamente se dibujaba al lado del Norte, el más bien pronunciado descontento quedó impreso en todos los rostros, y así que se mandó estar en descanso, las conjeturas sobre cuál maniobra habría sido más eficaz para no perder de vista al enemigo, fueron el asunto de discusiones en algunos grupos, aunque algo acaloradas, con la reserva que la disciplina exigía, hasta que se viró de bordo y forzando de vela hicimos rumbo en demanda de la costa.

Había amanecido con cielo y horizontes nublados, viento galeno y más extendida del segundo cuadrante que nos permitía todo el paño.

• El bergantín parecía que participaba de la misma ansiedad que su tripulación: rompía la superficie de las aguas como enfurecido por haber perdido de vista la presa, con tal fuerza que en los pies sentíamos temblar la cubierta como si fuese buque a vapor cuando las calderas se hallan en elevados grados.de poder. En pocas horas estuvimos en la proximidad de la costa, lo bastante para asegurarnos de que no se hallaba allí, corriéndonos en rumbo al oeste en continuación de la pesquisá, habiéndose el tiempo declarado en continuados chubascos.

Así habíamos pasado la mayor parte del día, cuando en un momento que abrió el tiempo, el vigía del tope gritó: —¡Vela a proa! —produciendo esto instantáneo cambio en los ánimos; ya nadie censuró más la derrota que habíamos seguido durante la noche, y sin que hubiese precedido orden los cabos de pieza se aproximaban a la que servían, revisando el braguero y palanquines, asegurándose del estado del fogón por si le había o no penetrado el agua, sin dejar de acariciarla pasando por toda ella la estopa aceitada antes de dejarla para ir enseguida a dar cuenta de ello al Condestable; mientras tanto que este se ocupaba de recomendar al bodeguero que tuviese las municiones y tacos en buen orden; a la vez que el contra! maestre con ese tono imperioso que le es peculiar, ordenaba a los guardianes y gavieros tener prontos estrobos, motones de revisa, aparejos y demás útiles necesarios para el caso de reponer cualquier cabo firme o de maniobra que pudiera ser cortado; así fué que un movimiento activo se había apoderado de todos, y a cada momento dirigían la vista por entre las postas como para cerciorarse de que la marcha no disminuía, y de que antes de haber oscurecido nos habríamos chocado.

Pronto reconocióse ser de tres palos el que con proa a nosotros venía bien envelado, y nuestro bergantín que a escota larga iba a su encuentro del mismo modo, por orden del jefe, gobernaba de modo de conservarnos a sotavento, en concepto a que lo más elevado de nuestro costado de estribor dando con el más metido del enemigo por la natural fuerza del viento en las bien inflamadas velas, facilitaron abordarlo, pues siendo buque alteroso y razo el nuestro, se hacía de otro modo difícil el apoderarnos y asaltarlo.

En sentido encontrado, con buena mar y viento más que galeno, por instantes la distancia se acortaba; cargamos mayores y desplegamos nuestra bandera y gallardete, mandándose ocupar los puestos de combate, cubriendo la batería de estribor, y entre una y otra pieza agrupadas las dos secciones que debían abordar, y los guardianes con dos forzudos marineros a cada garfio. Mientras tanto la fragata se nos acercaba sin disminuir vela, por lo que no permitía descubrir si había o nó puesto bandera.

El primer teniente con bocina, de pie en el castillo de proa, así que estuvimos a corta distancia le gritó: Ship ahoy! y no contestando, el Comandante Coe, con voz sonora dió la orden de estar prontos, y los artilleros tomando las mechas, reconocieron si estaban con buen clavo, sacudiendo la ceniza en el mechero.

CONTINUA

 

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