Historia y Arqueología Marítima

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Recuerdos Marítimos
Crucero del Bergantín “General Rondeau y el Bergantín Goleta "Argentina”
por Antonio Somellera

Capitulo 3

Revista Yachting Argentino -1943 en varios capitulos.

Capitulo 1 Capitulo 2 Capitulo 3 Capitulo 4

l buque alteroso que se acercaba lenta y majestuosamente abriendo el agua por haber calmado el viento, cuando ya las tinieblas empezaban a confundir los objetos, por la segunda vez fué gritado; y pasando sin contestar algunos segundos, iba a ser acribillado de balazos, pues solo esperábamos el que estuviese al costado para romper el fuego, cuando respondió: —“american Ship!!. Los más de la tripulación del nuestro lanzaron un reniego simultáneo.

Efectivamente era una hermosa fragata americana mercante que salida del Janeiro hacía el viaje para las Indias, según contestó siguiendo su rumbo al ser interrogada; y que montaba algunos cañones que al telescopio se le habían reconocido, y su aparejo y su velamen en un orden idéntico al de buque de guerra.

El chasco había sido completo; por lo que vino a repetirse el descontento que había producido el haber perdido la pista a la que en el día anterior habíamos creído ser la fragata que debía salir en nuestra busca, y que necesariamente debía ser mayor éste, por razón de que con ánimo templado habíase esperado el trance siempre imponente de la pelea; porque como decía el general Brown: “el hombre más valiente teme la muerte”.

Sin alejarnos de la vista del Cabo, permanecimos hasta que en un lindo día nos encontramos con la tan deseada fragata, que como nosotros, ostentaba su bandera, y poco antes de estar el sol en el cénit, rompía el fuego con sus piezas de la -batería baja, que aunque de calibre no nos alcanzaba,; por su barlovento en bordada encontrada sin responder, al llegar a su paralelo unos instantes nos pusimos en facha con el objeto de reconocer sus fuerzas. Con intención o sin ella se nos había engañado, pues pasaba de quinientos hombres su dotación; y comprendiendo nuestro comandante que sería temerario llevar a cabo su propósito, después de ordenar hacerle un disparo con la coliza y marear en vela, seguimos la bordada en observación de si viraba de bordo, con el objeto de que si lo efectuaba, maniobrar de modo de aprovechar ese momento para repetir nuestros fuegos; pero habiendo seguido su rumbo orzando cuanto podía, cuando ya estábamos a una distancia de más de dos tiros, viramos por avante y en el mismo momento hizo igual maniobra yendo nuestra proa en busca de la suya y cuando estuvimos a distancia conveniente, arribamos todo y con punterías razantes descargamos toda la artillería de estribor sobre su proa, en cuyo momento la fragata arribando, abrió nuevamente sus fuegos, y en esta vez una lluvia de balas levantaban a nuestro alrededor cristalinos penachos de agua, pasándonos los más de los proyectiles, dando botes otros venían a morir bajo nuestra batería, sin que nos hiriesen sino en el velamen. Respondíamos con las piezas de mayor calibre mientras nos lo permitió la celeridad de una marcha que por instantes le ganábamos distancia, y cuando hubimos estado fuera de tiro, siguiendo a describir un gran círculo, completamos el virar por redondo, y poniéndonos de orza empavezamos ambos palos con las banderas de todos los buques que habíamos apresado.

La fragata que había reconocido la marcha de nuestro bergantín, aunque maniobró del mismo modo, no aumentó su paño y la dejamos en poco tiempo como si hubiese encallado, pues al obscurecer costaba distinguirla de las crestas de las olas que se mostraban y desaparecían en el horizonte como pequeños puntos.

—Si estuviera con nosotros la “Argentina”, esta linda fragata sería nuestra — era lo que se oía decir, y todos nos preguntábamos: —¿Por qué en tanto tiempo que cruzamos en estos puertos no hemos encontrado ninguno de los buques que quedaban aprontándose Este era con frecuencia el tema de nuestras conversaciones desde que había revelado a mis compañeros lo que antes que saliéramos a la mar les había ocultado, pero que en reserva mi señor padre me lo comunicó cuando me hubo dado el abrazo de despedida.

A la vez de cruzar sobre las costas del Brasil, nuestro comandante debía desempeñar otra comisión y ésta lo era de buscar en determinada latitudes a la “Juncal” y dos buques más de guerra que de Norte América debían haber salido y de que ya se ha hecho mención; por lo que resolvió dejar las cercanías del Janeiro y seguimos al Norte, persuadidos de que los que debieron seguirnos en aquella operación estratégica, completarían el anonadamiento de la navegación costera con bandera enemiga.

Lo bien provisto de nuestro pañol de velas, hacía que dónde había un jirón hecho por la bala, fuese cambiada en toda su longitud la tabla de lona de cada vela dañada, y cuya calidad por ser de algodón, que entonces empezaba a usarse, nuestro blanquísimo paño era conservado como nuevo.

Los cielos tropicales, de una luz transparente en el cénit y vaporosa en los horizontes que sofoca, deslumbra la vista y abate las fuerzas; con un sol abrasador y ventolinas variables que escasamente inflaban las velas, que de tiempo en tiempo azotaban en la arboladura por el movimiento perezoso que las extensas y tersas ondas daban al buque, imprimiendo un efecto de desfallecimiento que nos adormecía, como si estuviésemos bajo la influencia de un narcótico, llegaba a impacientarnos, porque nos habíamos habituado a ver en nuestra singladura un crecido número de millas andadas, y esta vez la corredera no nos daba ni dos nudos en la mano, por más que el timonel que echaba la barquilla, diese impulso a la línea.

Al medio día habían desaparecido totalmente las ventolinas, quedando en perfecta calma chicha, por lo que se cargó todo el paño, quedando sobre brioles y chafaldetes a efecto de evitar el que con el roce se dañase y aminorar las bandazas que son frecuentes, cuando.así queda un buque a merced de las tranquilas ondas que como extensas colínas siguen el curso de las corrientes.

—¡Qué pronto ha llevado el verano este año! oí decir a un paisano.

—Qué verano ni que diablo ha de ser, si estamos en el invierno; —le contestó otro.

—Pues si en el agua se siente este calor, ¿cómo será en tierra? si es que la hay por estos pagos, pues ya hace días que no la vemos.

No faltó quien llamase viento, con un silbido piano y prolongado.

Era el primer día en que nos faltaba la brisa de la tarde. Las palomas del Cabo y las remeras aves del Cabo revoloteaban a nuestros costados unas, y aposentadas en las aguas del timón otras, como si buscasen alimento, nos acompañaban.

Mostrábase de cuando en cuando en aquella diáfana superficie y a la distancia, a manera de _ una vela latina, la aleta del lomo de un gran pez, 'que veloz corría en distintas direcciones.

Bien pronto por el lado del poniente aparecían un enjambre de estos habitantes del océano, que saltando mucho nos dejaban ver libremente sus pardas formas hasta que nos vimos rodeados de un inmenso cardumen de éstos, que ocupaba tanto espacio cuanto podíamos descubrir desde nuestra cubierta.

—Señal de mal tiempo, —decían los experimentados marineros.

—No será más que ligera turbonada; —decían los que tenían conocimientos de las propiedades atmosféricas del trópico.

—Venga lo que venga; con tal que tengamos viento que nos salve de este insufrible calor; era el deseo de todos.

De vivo color rojo, el disco del sol, iba a'llegar al ocaso, como si lo viéramos al través del vidrio medio del octante, eñvueltp en un espeso vapor que participaba de su color de fuego.

Era el tiempo, y llegaba la hora fatídica del navegante. La voz del*oficial de guardia que mandaba aferrar paño, repetida por los guardianes al terminar el gravé silbo de sus pitos, vino a sacarnos de la postración eri que habíamos estado todo el día. ’,

Antes de medio minuto de tiempo, las vergas y bauprés estaban 'coronadas de activos marineros, que presurosos, con brazos de bien pronunciados músculos, recogían, arreglaban y sujetaban las velas bajo la presión de bien apretados tomadores; al mismo tiempo que otros cazando e izando las gavias sobre apaga-penoles, tomaban rizos a éstas.

Enseguida los juanetes y sobres vinieron abajo, siendo colocados en los obenques de caza de proa de sus respectivos palos.

Así quedó dispuesto todo en resguardo del tiempo que descargase el mal caris del poniente.

La caída de la tarde en apariencia tranquila, y cuando por el oriente con gran brillo empezaban las estrellas a tachonar el cielo, rojo centellear sobre un negro manto que del opuesto lado remontándose con gran velocidad vino a cubrir el cielo, dejándose sentir el borbollón de las aguas que encrespadas las acompañaba una fuerte ráfaga de viento del cuarto cuadrante, con ruido de lejanos truenos que antes que las velas lo sentíamos en la frente húmeda. Nos tomaba atravesados y un fuerte flameo de las velas tumbando el buque dormido, hizo que metiese hasta el trancaníl por sotavento.

—¡Braza a babor! Gritó con la bocina nuestro primer teniente; y no bien fué oída cuando se había ejecutado; tomando arrancada el valiente bergantín que abría presuroso el mar con sus agudos cortes, cuyo forro de cobre se hallaba bruñido por la fuerza con que se rozaba en él; y cuando las salidas del timón le habían dado acción, orzamos cuanto fué posible.

Esta ráfaga de viento había arrebatado la gorra a algunos que no habían cuidado de asegurarla.

Casi a un,tiempo con aquel viento nos vino un gran chubasco, al que muchos ponían la cara para en el labio recoger sus gruesas gotas y apagar la sed.

La copiosa lluvia que no había dejado levantar grandes olas, empezó a disminuir y a ceder la impetuosidad del viento, y antes de una hora había pasado tan pronto como había venido aquella furibunda tormenta; cambiando en un tiempo bonancible que nos permitió ver la luna en creciente sobre un cielo limpio y estrellado, y un viento del segundo cuadrante, tomándolo* a un largo con amura a estribor nos llevó a rumbo, habiendo desplegado toda vela portable.

Las gorras que ese furioso viento había arrebatado, habían sido sustituidas por bonetes de distintas clases.

De dónde habían salido, como también algunas chaquetas de zaraza de corto talle?; presente, que decían, les habían hecho los prisioneros, cuando se les puso en libertad, en testimonio de buena amistad, — teníamos que disimular lo que era fácil presumir.

A invitación de los militares de la independencia, empezaron nuestros marinos a presentársenos con la oreja abierta, lo que siendo hecho con agujas gruesas e hilo por lo general pasado en cerote, empezó a hacerse común la inflamación, sin que al principio pudiéramos atinar con qué objeto era tal manía, pero no tardamos en ver que algunos que habían curado ostentaban un arco de filigrana de buen oro, sin que fuese dable tratar de indagar la procedencia sabiendo que un “me lo regaló mi camarada” acarrearía un tanto de ridículo; contentándonos con reír a la vista de un marinero de pecho y brazos marcados a punta de aguja, en que se veía un Neptuno, un buque envelado, la efigie de Cristo en la Cruz, al lado del nombre de una querida, e iniciales y fechas por todo su cuerpo, llevando también su arito al lado izquierdo.

Es notable la corrección de dibujo que se descubre muy generalmente en los marineros que hacen profesión de esta clase de trabajo, no solo en la parte marinera sino también en figuras humanas, escudos de armas, etc.

Estos artistas, gravan una sirena perfectamente acabada, por una mascada de tabaco; y eso que es una obra que dura tanto como la vida del que la obtiene a tan poco precio.

Algunos paisanos de los que hicieron ese crucero en testimonio de tal campaña, llevaron en la piel una indeleble marca —así la llamaban.

Los domingos, después de pasar el comandante uña prolija revista, en que formada toda la fuerza con sus sacos abiertos para ser revisadas las ropas si estaban con el aseo que se exigía, sacándolas los guardianes en su presencia, que con una ligera sonrisa, cuando veía prendas extrañas a las que se les habían dado, miraba al poseedor; terminada ésta seguía la inspección al entre-puente y demás compartimentos del buque.

Si a algún individuo se le encontrase falta de buena policía, se le penaba según el caso; ya con privación de ración de caña o arresto en la cofa; y una de estas veces habiéndosele encontrado a un pobre marinero insectos asquerosos, se le puso desnudo sobre la serviola de sotavento, donde a la vez que se le lanzaban baldes de agua, se le daba una detenida frotación de escobilla por todo el cuerpo, con lo que quedó tan limpio como lo estaban nuestras armas.

Pasada esa revista, para la que todos nos presentábamos en el mejor aliño, los oficiales de espada y los guardias marinas con cutón, se santificaba la fiesta con darse cierta libertad que en el resto de la semana no se tenía; entregándose la tripulación después de la comida a suertes de gimnástica, fuerzas y lucha: para el efecto los ingleses y norteamericanos se habían provisto de buenas manoplas de brín rellenas de estopa, con que se daban sendas trompadas, prohibiendo dirigirlas a la cabeza, siendo el contra-maestre el juez de esa singular justa.

Aquel cuadro lleno de vida activa, en que a  los pocos años, si bien dejan un recuerdo duradero, no se sabe apreciar, se muestra hoy a mi vista lleno de filosofía.

En aquella zona, bonancible pero calurosa, era mi lugar de preferencia el portalón de sotavento, para al fresco del derrame de las velas, disfrutar desde esa altura de las variadas suertes que ofrecían nuestra gente, o contemplar en las aguas  cristalinas y cuya transparencia es tal que permite  verse a muchas brazas de profundidad, la veloz  carrera de las toninas y otros peces mayores; dejando ver por algunos instantes la ligera línea blanca y brillante que produce tras de sí al unirse las aguas que cortan, y ya en líneas rectas como  en curvas y círculos que describen, embistiendo unas, huyendo otras; me sentaba otras veces en los pescantes de popa, deleitándome en las fantásticas figuras que la estela del timón me ofrecía en las aguas, que abriéndolas la fina roda, venían a juntarse allí como alborozadas al encontrarse después de tan corta ausencia, saltan, juegan y se entrelazan; y la espuma abrillantada se alza ufana y luego vuelve de un lado y otro a apaciguarse, en calma, como si temiesen de las aves pescadoras, que revoloteando juegan sobre ellas, en acecho de algún desperdicio del rancho del marinero, y que cuando lo hallan, la que en su pico lo levanta, es perseguida por las otras, y chillan y pelean, hasta que la más afortunada engulle la presa.

Un día aprovechando un viento calmo, sirviéndome de la barquilla de la corredera, en que coloqué mi anzuelo con tocino, conseguí tomar una, la que habiéndola desprendido la largué en cubierta; causándome sorpresa no tanto el que no supiese hacer uso de sus patas sinó el que no volaba. Examinándola vi que era de muy poca carne y de olor pestífero a grasa de pez corrompida: arrastrándose ganó debajo de un cañón, donde permaneció algunos minutos hasta que la obligué a salir del escondite, y entonces ya caminaba bien, defendiéndose cuando la queríamos agarrar, con su agudo pico, y que enfurecida lanzó lo que tenía en el buche; siendo esto de fragmentos de pájaros, por lo que creimos que cuando no tenían pesca de pequeños peces, se devoraban unos a otros. Quisimos dejarlo que se fuese, pero parecía que había perdido la acción de tomar vuelo, hasta que uno de los timoneles tomándolo de un ala lo puso un momento fuera de la borda y recuperando las fuerzas voló alegremente.

Airosamente llenas y bien estiradas las velas,-con una mar bonanza tan sostenida en aquellas latitudes, en que parece que la pesantez de la atmósfera no permite levantar grandes olas, y con escotas largas, nos llevaron las suaves brisas a volver a ver en el occidente la azulada cadena de montañas, envueltas en vaporosas nubes de un blanco plata, y que a medida que a ella nos aproximábamos cambiando aquel azul claro por otro más obscuro, por el menos número de grados de aire interpuesto entre ellas y el ojo que admira los variados contornos de las cimas, y que cuando el sol las iba iluminando veíanse unas de otras separadas por valles profundos, extensos unos y estrechos otros, con pronunciadas colinas que de más cerca se distinguían estar cubiertas de palmeras, como hasta una gran elevación, los cerros revestidos de una coraza de portentosa vegetación, y aquellos que sobresalían, sus elevadas cúspides de granito de un color ocre encarnado en la parte alumbrada por el sol; y permitiendo el gran fondo de aquellas costas abordarlas hasta muy cerca, se llegaba a descubrir no solo los diferentes verdes de tanta diversidad dí árboles colosales, sino también la parte cultivada con plantío de caña de azúcar, cafeteros vestidos de flor blanca, los brillantes naranjos, el bello banano con sus anchas y amarillentas hojas, y airosamente volcadas las mas verdes mecidas por la brisa de la tarde; y aquí y allí como blancas palomas que van a apagar la sed en cristalinas aguas, casas solitarias a las faldas de los cerros, que con sus colores en el mar tranquilo se retratan.

Nos hallábamos en las cercanías de la Bahía de “Todos los Santos’', como bien lo dejaban conocer ramas de palma de bambú, marga y otras yerbas que llevaban las corrientes envueltas en las espumas, seguidas por los peces, que de varias clases abundan en las cercanías de las ensenadas,, donde constantemente bate la resaca.

Todos con la vista fija en aquellos preciosos paisajes puedo decir sin temor de equivocarme, admirábamos aquella naturaleza llena de esplendor, y que al marear en vuelta de fuera de aquellas costas, porque no era prudente esperar la noche en ella, sentían como yo el separarse de tan sublime espectáculo, que no dejaba hasta que las tinieblas de la noche la cubría y que entonces una pequeña luz nos marcaba el punto donde estaban las casas o chozas de pacíficos habitantes a quienes les habíamos talvez arrebatado el producto de su trabajo o iba a serlo al día siguiente.

Las frecuentes brumas que se levantaban en aquella estación, solían ser tan densas, que una vez que nos ocupábamos en el transbordo de la carga de una presa, a pesar de hallarse muy cerca nos vimos obligados a tocar campanas y disparar tiros de fusil para que los botes pudiesen ir y venir, pues había momentos en que no veíamos de popa la proa del mismo buque; era lo mismo que cuando disparando la artillería por barlovento el humo se vuelve y detiene en cubierta.

Corriendo las costas y deteniéndonos a cruzar en las cercanías de los Puertos de las demás provincias del Norte, hicimos varias presas más, y entre ellas una polacra, a la que como ya era de siempre, se me mandó ir.

Era un buque casco negro bien cortado, palos altos y velamen muy usado, que por todo hacía comprender lo económico de su dueño; y notando que su tripulación pasaba del número ordinario y mala traza de todos ellos, llegué a sospechar que eran piratas, pues al darle caza habíamos experimentado su buena marcha; en fin atraqué y ya sentí un olor nauseabundo que me anunció que algo extraordinario hallaría. Ya en cubierta y dirigiéndome al capitán que con su gente se hallaba a popa y pedídole los papeles, como me respondiese que ningunos tenía, llegué a persuadirme que era cierta mi sospecha; mas preguntándole qué carga tenía, me señaló la escotilla de bodega por toda contestación; fui a ella y mi sorpresa fué grande, cuando a pesar del repelente vapor que despedía, vi un enjambre de negros y negras de todas edades que con espanto agrupándose unos sobre otros, huían como a esconderse, hasta que con señales compasivas con mis marineros los tranquilizamos; despachando enseguida el bote del negrero con su tripulación a nuestro buque, me quedé con parte de los míos mientras se daban órdenes.

No es fácil describir toda la inmundicia de aquella, bodega, que se me figuraba la olla de un hormiguero; las mujeres por todo vestido tenían un cuadro de mala bayeta azul, y los hombres un pequeño chiripá de lo mismo y bonete colorado de igual género.

Contemplando aquello que tanto afectaba mi sensibilidad, ésta subió de punto cuando me apercibí que parte de ellos tenían en el pecho una marca hecha a fuego como de una y media pulgada, en que aunque fresca y en llaga se veía R. J. y una corona encima, lo que denotaba que aquella singular mercancía era de más de un dueño.

En varios pasajes de cubierta se hallaban algunos torzales de cuero crudo de algo más de vara de largo, pulgada de diámetro y terminando en punta de tres ramales, y habiéndome uno de los marineros traído a mostrarme uno de ellos a la escotilla donde me detenía lo curioso que hallaba en aquel tenebroso grupo, cuando a su vista aquellos infelices espantados trataron de esconderse levantando las manos como para defender el cuerpo, prorrumpiendo en confusas voces.

Como trescientos seres eran aquellos pobres que la codicia había arrebatado del hogar y que en aquel estado todo parecían, menos racionales; había algunos engrillados de a dos, y todos cubiertos de sarna.

Cuando vino a tomar el mando el oficial que debía conducir aquella buena presa en la que íbamos a redimir a tanto desgraciado —que no llegó a ninguno de nuestros puertos y que por ello siempre supuse había sido llevada a alguno del Brasil—, dejé presuroso aquel buque, bien desagradablemente impresionado, y no menos descompuesto mi estómago por la inmundicia, y que no debo describir.

Otras dos presas habían caído en aquellas aguas, y poniéndolas a pique después de extraerse de sus cargas aquellos bultos de más valor, en las lanchas de ellas pusimos en libertad a todas las tripulaciones prisioneras, para que con viento del mar fuesen a buscar la costa que debía hallarse algo distante desde que no la distinguíamos, y habiéndome el capitán de una de ellas hecho presente de un gran pez dorado ya preparado en postas saladas y envueltas en harina en disposición de ir a la sartén, en la misma tineta en que estaba lo hice poner en mi bote con el objeto de cuando hubiese  terminado el trabajo de que había sido encargado, llevarlo conmigo de temor que no me guardasen parte si me anticipaba a mandarlo. Así fué que cuando con viento en popa ya navegaban ambas lanchas, llegué a mi bergantín y luego de izado el bote hice sacar mi contrabando y entregarlo al cocinero: agradeciéndome todos los oficiales tan buen presente.

Puesto el pescado a las mesas de ambas cámaras, como debe suponerse fué en breve saboreado, solo sintiendo que no fuera más, para por ese día no haber hecho uso de la carne salada, cosa que había sido un grave mal, como voy a demostrarlo.

Como a la hora más o menos, desde el comandante hasta el último de los criados nos sentimos atacados de fuerte dolor de cabeza y fiebre, calor seco y ardor en la vista, por lo que entramos en sospecha de que en el dorado se nos había puesto arsénico, pues que la gran sequía que experimentábamos, decía nuestro inteligente doctor era un síntoma inequívoco, y mientras tanto éste que era uno de los más alarmados, no sabía encontrar en su botiquín un antídoto, por lo que ocurrimos a tomar buenas dosis de aceite de oliva. El mozo de cámara, que sin duda al servirnos a la mesa se había tomado la mejor parte fué el que sufrió más, tanto que se creyó que moriría, y como cosa abandonada se le puso sobre el castillete de proa a que recibiese el viento, que navegando en volina cerrada era allí más fresco.

Si se había puesto veneno, o este pez era de unos que de su clase hay venenosos en ciertas alturas del océano, quedó la duda; el hecho fué que por más de seis horas estuvimos bajo la influencia de tan desfalleciente síntoma.

No faltó quienes quisieron que fuésemos en alcance de las lanchas y pasándolas por bajo de la quilla hacer que con el presunto envenenador pereciesen todos, pero ninguno que se atreviese a hacer tal proposición al comandante, como tampoco quién en todo ese largo crucero quisiese comer pescado.

Trazando con nuestra quilla, paralelas, diagonales y triángulos agudos y obtusos sobre las aguas occidentales del Atlántico al montar el cabo “San Roque” en Río Grande del Norte, y en ocasión de virar de bordo con un viento fresco, habiendo el oficial de guardia demorado más de lo necesario en mandar descargar las velas de popa, partióse la verga mayor por la cruz, que con gran trabajo fué empalmada con tres remos del bergantín y fuertes ligaduras; sirviéndome este hecho para saber que la maniobra tan común de virar por avante es la más peligrosa de desarbolar cuando no es ejecutada con la precisión debida, especialmente cuando el buque cabecea, no siendo en todos los de cruz las mismas cuartas de viento en que debe bracearse, tanto a proa como a popa, pues ello depende de las esp^ialidades propias de construcción y línea de agua eñ que se hallen.

El “Rondeau” en diez pies de proa y once y medio de popa, era tan veloz en virar que se llega hacer la prueba de cambiar a un mismo tiempo el paño de ambos palos.

No pasaron muchos días sin que cayese en nuestro poder un bonito pailebot, y con sus palos admirablemente bien empalmados, se hizo a bordo la verga con que se repuso la rota, favoreciéndonos las calmas continuadas en los dos grados, latitud sur, para desguarnir la una y aparejar la otra; y ayudados por las corrientes que van E. a 0. sobre las costas del Marañaon, plácidamente fuimos a buscar la embocadura del gran Amazonas, donde a causa de falta de práctico nos costó llegar.

Las tierras bajas de la entrada del Pará no habían sido vistas, cuando al ponerse el sol un día en que una ventolina neutralizaba el gran calor de aquella latítud, apresamos un pailebot idéntico al anterior, con carga de zapallos ñames, frutas y en grandes cestos una buena cantidad de gallinas, sabiéndose entonces que nos hallábamos ya dentro de ese río, pues ese buquecillo procedía de una pequeña población de la margen izquierda.

Así que estuve a su bordo, y hube remitido a nuestro bergantín la tripulación y noticia de lo que contenía, mi primera diligencia fué poner su pequeño bote en el agua y cargarlo de aquellos objetos que debían ser agradablemente recibidos de lo que tuve prueba porque recibí orden de transbordar toda la carga; en esta operación estaba y me disponía a enviar por tercera y cuarta vez mi cargamento, reservando para lo último las gallinas, cuando el "“Rondeau” que se había mantenido en facha, marea de vela, se me aproxima y a la bocina se me ordena volver inmediatamente con mi gente a él, dejando a la ventura el buquecillo. No obstante hallarse muy cargado el botecito, saltamos a él agregándole uno de los cestos de aves y llegué a nuestro bordo con el sentimiento de dejar el resto.

No bien estuve en cubierta a la imperiosa orden de: ¡a bordo! pero sin por eso dejar de hacer poner en nuestro buque- el cesto y algunos cocos, cuando ya -se mandó bracear dejándose a merced de la corriente también el resto de mi carga que consideraba de gran valor.

—¿Por qué tanta precipitación —pregunté' a uno de mis oficiales que a la vista de las gallinas golpeándome en el hombro, festejaba mi precaución.

—Se ven luces: debe ser un convoy el que tenemos cerca —me contestó.

—Seis, siete, ocho —muchas luces por el costado de babor, avisaban los vigías; cuando el capitán o patrón del pailebote de las gallinas que silencioso había permanecido recostado a la carroza del rancho de proa, corriéndole de vez en cuando por las mejillas una lágrima, arrancada por el recuerdo de la esposa amada, de los hijos queridos o la fortuna perdida, al pasar cerca de él me dijo: —“Seus voluntario, e ó Pará”. Sin pérdida de tiempo lo comuniqué al primer teniente; siendo ratificada esta noticia por sus marineros; por lo que después de consultada la carta y comprendiendo nuestro comandante el que en las aguas mansas y por la fuerza de las corrientes nuestro buque había andado mayor distancia de lo que había resultado del cálculo, se mandó virar por avante y navegar solo en mayores en vuelta de fuera, continuándose a ver los fuegos que desde las cofas, por lo que con ese poco paño nos mantuvimos hasta venir el día que distinguimos la costa a nuestra popa.

Una brisa del tercer cuadrante vino a proporcionarnos el hacer derrota al Norte, esperándose por la estación en que estábamos, el conseguir cortar la línea en poco tiempo, y en efecto en-ese día volaba nuestro buque en demanda de ese punto del globo y de cuyo pasaje se contaban tantas anécdotas entre los marineros.

La instrucción que había recibido no me dejaba desconocer que todo ello no era sino patrañas; pero a más de considerar como un suceso singular el llegar a ella, había en mí a más de cierta curiosidad respecto a la temperatura que se experimentaba, un sentimiento de orgullo.

Habíamos oído decir al comandante Coe, que teníamos que dejar las costas enemigas a los demás buques de guerra que debían habernos seguido, porque debíamos buscar la incorporación de los que debían haber salido de Norte América con el comandante Fournier, y no faltó quien dijese que iríamos hasta el Missisipí; tampoco faltó quien asegurase que de paso apresaríamos buques españoles, porque nuestro comandante tenía autorización para ello, porque no estábamos en paz con aquella nación. En fin, de algo se había de hablar en la sobremesa de nuestra cámara, que dividida por un débil mamparo de la que ocupaba el comandante, su segundo y el médico, era como si viviésemos en un mundo distinto: la idea de visitar la Gran República me gustaba sobremanera, y a otros más la de apresar buques con cargamentos valiosos.

La brisa y los continuados chubascos que nos habían acompañado, nos abandonaron al llegar a la línea, y la perpetua calma hizo que el buque volador plegase sus alas.

Los viejos marineros contaban a los que por primera vez llegaban a la línea, entre un sin número de patrañas, que allí iba a aparecer sobre las aguas, Neptuno sentado en una gran concha con su corona y tridente en la mano; que sería necesario pedirle permiso para poder continuar el viaje, que si la sirena dejase oír su canto quedaríamos encantados; como esto tuviese lugar en un círculo en que se hallaban algunos paisanos y soldado no faltaron quienes dieron crédito a semejantes disparates; pero oí a uno de los últimos que había sido ordenanza del general don Antonio Balcarce, contestarles muy oportunamente:

—No se atreverá a mostrarse ese sujeto ni a cantar esa dama de miedo de nuestros cañones.

Los rayos del sol, cuando este iba a llegar al cénit, herían en un mar tan terso como si fuese de azogue vivo, y la refracción se producía como la del foco de luz en un espejo cóncavo, multiplicando la fuerza de la en que nos hallábamos envueltos que apagaban nuestra vista, no dejando descubrir los horizontes.

¿Dormían los enojosos elementos o era que dominados por el astro rey no se atrevía el agua a bramar, a rugir el viento? Sus índoles bulliciosas, como la entusiasmada imaginación de los que como yo, por primera vez llegaban allí, al sentir su fuego, hallábanse suspensos.

Como si se hubiese tocado generala para aprestarnos al combate, desde antes de amanecer, todos los tripulantes nos hallábamos en cubierta a saludar el día y contemplar con recogimiento religioso al que adoraban los incas, que alzándose de entre azulados vapores, había apagado el brillo de las estrellas que habían empalidecido a sus primeros albores.

Me mostraba su vivísimo esplendor, en el aire, en las diáfanas agúas, en nuestra brillante bitácora de bronce, en los blancos palos reales, con sus cabilleros del mismo metal primorosamente limpio, velamen y cabullería firme y volante, que abrillantaba con su luz y que contemplaba ya desde popa, ya desde el castillo de proa, pareciéndo-me que nuestro buque habíase transformado en cristal, y que se hallaba balanceándose en el espacio.

Era el acontecimiento que los marineros acostumbraban festejar y el comandante dispuso hacerlo con una salva de 21 cañonazos, y al llegar el sol al cénit, ésta tuvo lugar.

El humo de nuestra artillería que no se despegaba del bergantín, nos tenía en una atmósfera demasiado sofocante; y para salir de entre aquella nube fué necesario armar la parlamenta y bogar, consiguiendo así alejarnos de ella, la que vista a la distancia nos ofrecía la ilusión de un capullo de transparente algodón con su claro-obscuro sobre un gran espejo, moviéndose al tenue movimiento de extensas y prolongadas ondas del océano.

Muchas veces subí a las crucetas a contemplar desde la altura aquella naturaleza dormida, sin conseguir descubrir algo que llamase mi atención, fuera del brillante combés del buque; porque cuanto más subía, menos alcanzaba mi vista que buscaba desde allí algo más que los que miraban desde la cubierta; en el tope me parecía que estaba dentro de una reducida redoma: no obstante, allí sentía una temperatura más agradable al columpiarse en el incierto movimiento, que el peso de la alterosa guinda del bergantín con sus velas cargadas daban de tiempo en tiempo, hasta que el contrapeso de su casco lo serenaba por unos momentos, en que cesaba el chas-chas de la cabullería. A pesar de que no nos llevaba una expedición de comercio, todos deseábamos salir cuanto antes de aquellas mortificantes calmas; y por eso tanto en la plana mayor del buque como en la marinería no cesaban las conjeturas y cálculos de los días que durarían. Los más eran de opinión de que por hallarnos próximos a la costa occidental del Océano sería larga nuestra permanencia: otros que hallándonos en la época en que reinan las ventolinas del tercer cuadrante, talvez nos llegaría pronto una que ayudando a las buenas condiciones de nuestro buque, nos sacaría de aquel silencioso mar cuyo manso movimiento parecía el que por la respiración se produce en la piel de un león dormido.

Era yo el menos impaciente porque allí me detenía una curiosidad no satisfecha: deseoso estaba de ver los pescados voladores, y en efecto, no tardé en distinguirlos a lo lejos, los que viniendo en dirección a nosotros, al principio se me figuró que eran las mojarritas de nuestros arroyos mas bien pronto, los contemplé con el placer del niño, esperando que algunos cayeran en cubierta, pero fué en vano.

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