Historia y Arqueología Marítima

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Recuerdos Marítimos
Crucero del Bergantín “General Rondeau y el Bergantín Goleta "Argentina”
por Antonio Somellera

Capitulo 4

Revista Yachting Argentino -1943 en varios capitulos.

Capitulo 1 Capitulo 2 Capitulo 3 Capitulo 4

REO que nadie gozaba como yo en aquel buque: iba de un lado a otro hallando siempre bellos espectáculos que contemplar; así fué que acertando a colocarme en la extremidad del baupré, buscando descubrir en la diáfana agua algún pez habitante del Ecuador, se me apareció una vista nueva: era que desde allí descubría el casco hasta la quilla con tanta claridad que, no rompiendo el agua estábamos como si nos hallásemos suspendidos en el aire.

Al descender el sol éntre nacarados y confusos horizontes, parecía un óvalo tendido, seguido de la delgada y pálida luna que no había llegado ál cuarto día, y el cielo y mar al naciente, tomaron un tono negro azulado profundo, pbr lo que las estrellas parecía que.hubiesen multiplicado en número y brillantez: y durante mi guardia de 12 a 4, por primera vez vi la lúcida estrella del Norte a poca elevación hacia su rumbo.

Las otras de menos magnitud se ofrecían a mi vista, cómo suspendidas a diversas alturas en el aire azul oscuro de la noche, pero que dejaban ver o adivinar que a.rriba de las de mayor tamaño o más cerca, ocupaban varias zonas las menores hasta el infinito.

Esa contemplación entusiasmaba y ofuscaba a la vez mi imaginación de niño, y comprendiendo que en aquella hora y en aquel punto donde los aires alumbrados por el sol no podían alcanzar a reflejar su luz, * pues que no estábamos eñ perfecta tiniebla, me convencí de que las estrellas alumbraban.

Me habría pasado las  cuatro horas de guardia embebido e n buscar la solución de^ a q u e 11 os fenómenos celestes, a no haberme llamado la atención el diálogo siguiente en un grupo de marineros que se hallaban cerca de la coliza.

—Nuestro buque está como clavado; decía uno.

—Y bien sabe si saldremos de aquí en diez o quince días; decía otro.

—Ya hace más de veinte y cuatro horas que no andamos —agregó un tercero. Entonces uno de manos callosas, parándose delante de ellos, después de sacarse la gorra en que depositó la mascada de tabaco que tenía en la boca, con un aire de entendido, les dijo:

—Pues yo digo lo contrario y apuesto lo que quieran a que el bergantín en este momento, no solo anda, sinó que desde que salimos de Buenos Aires, ningún día hemos andado más.

—¿Qué apostamos?

—La ración de caña.

—Convenido: pero necesito saber quiénes son los que juegan y como me la han de pagar.

—!Yo! ¡yo! ¡yo! —dijeron a un tiempo los que viendo la inmovilidad del “Rondeau”, .que de tiempo en tiempo solo se balanceaba, creían ganar.

Mas no hallando el medio de burlar la vigilancia del contador y oficial de servicio, que no consentían sinó que la ración se tomase en su presencia; después de unos segundos de tiempo uno de ellos propuso que el que perdiera, al tomar la caña no la tragaría, e iría inmediatamente a la bodega a depositarla en el tarro de tomar café.

Pactado así, el astrónomo explicó al crecido auditorio que escuchaba aquel diálogo original, de como hallándose un buque en un punto del Ecuador, en las veinte y cuatro horas recorría el círculo mayor del globo, y que por consiguiente andaba el nuestro más que aquellos que se hallaban en otras zonas; cuya demostración —que no aceptaban los otros— dió lugar a una acalorada discusión, que me fué forzoso evitar imponiéndoles silencio a pesar de que me complacía en oiría.

Al cabo de tres o cuatro días, con gran contento de todos, suaves ventolinas favorables nos sacaron de aquella dormida naturaleza, y con el bergantín a todo trapo, como quien huye de poderoso enemigo, nos dirigimos a la Trinidad, deteniéndonos a cruzar algunos días entre las costas de esa gran isla y las demás de las Antillas, en busca de los buques del comandante Fournier sin haber adquirido más noticia por varios neutrales con quienes hablamos, que la de haber habido recios y repetidos temporales en las costas de la Florida y en los que habían naufragado muchos buques.

No obstante esto, cada vez que avistábamos velas, emprendíamos la caza en la esperanza de encontrarlos.

Había día que teníamos a la vista diversas banderas, la francesa entonces blanca con las flores de lis; la de las cruces de San Jorge y San Andrés de la Gran Bretaña; la de estrellas en cuadro azul con las rayas de los Estados Unidos; la de las cinco llagas en fondo blanco, entonces portuguesa; la holandesa, la italiana y otras, ostentándose en hermosos cascos bien envelados que conduciendo valiosos cargamentos, no faltaba en nuestro bergantín quien los mirase con ojo codicioso.

El contento se mostraba en los rostros de aquellos tripulantes, que de un lado a otro corrían a las bordas cuando el “Rondeau” por barlovento, abriendo las aguas, se aproximaba a ellos y quitándoles el viento sus velas se azotaban sobre sus masteleros, y los ponía en agitado balanceo por las ondas de agua que despedidas de nuestro costado iban chocar, con ímpetu a las bandas de aquellas redondas y pesadas construcciones.

A la bocina unas veces y al habla cuando de cerca, nos cambiábamos preguntas y respuestas, en que entraba también Ja familiar cortesía, terminando siempre al prolongar la distancia con el: ¡Buen viaje! y en aquellos en quienes encontrábamos simpatías por nuestra causa nos dejaban oir el sonoro ¡Hurrah!

En aquellos navegantes que en tiempo bonancible y de paz, eran doblemente felices después de haber pasado las duras pruebas luchando con los elementos enfurecidos en aquellas latitudes en que la naturaleza con su belleza veleidosa, tan pronto se muestra iracunda, desdeñosa e impasible, encontraba un sentimiento que no me sabía explicar y los saludaba como los antiguos conocidos; experimentaba un vivo placer en hacerlo y cierta tristeza al alejarnos.

¿Quién podrá describir lo que siente el marinero en los fugaces momentos de buen tiempo? Nadie: como tampoco cuando  deshecha totalmente en tormenta, vé llevarle las olas cuanto su buque tiene en cubierta, despedazadas las bordas, arrebatada al viento sus velas, rendirles el huracán sus palos y escaso entonces de gobierno el mal parado barco, envuelto en sus despojos, próximo a estrellarse en las rocas de desiertas o habitadas costas.

En una barca inglesa que se dirigió
a pue de su nación se le tomó pasaje al capitán que desde el principio del crucero y a su solicitud, habiamos conservado a bordo, pues no quería volver al Brasil; por orden de nuestro comandante, el contador le entregó algún dinero para sus gastos viaje, y su despedida fué como la de un íntimo amigo que se aleja con las probabilidades de volver a ver mas a los que deja. Al dejar nuestra cubierta, le vimos enternecido.

Ya perdida la esperanza de encontrar lo que buscábamos y reinando los vientos del cuarto cuadrante, nos dirigimos a cruzar el turbulento Oceano en demanda de la costa Occidental del Africa y cuya travesía fué acompañada de repetidas tormentas con copiosas lluvias, que a pesar de la benigna temperatura tropical nos fué molestísimo porque por muchos días no quiso el sol mostrarse y lo pasamos mojados de pie a cabeza, pues que en aquella época aun no se había aplicado la goma elástica para los confortables vestidos y calzado que hoy se usan; agregándose que a la vez de valiente nuestro buque, por su construcción pura y fina en sus cortes, navegaba puede decirse, entre dos aguas.

Teniendo esto lugar en el mes de Septiembre y por lo tanto bajo la influencia del equínoccio los tiempos borrascosos se sucedían y raro era día en que no teníamos los cielos y horizontes nublados, con abundantes truenos y relámpagos que unidos a una mar gruesa que sobre su aire oscuro, las olas cenicientas a la impetuosidad viento, lanzaban al aire las espumas de sus crestas, convirtiéndose en densa niebla que se mezclaba con el agua menuda desprendida de las nubes más o menos cargadas de electricidad, por lo que en esos casos nos hallábamos envueltos en una atmósfera húmeda y salobre, obligándonos los continuados balances del buque al trepar o no descuidar de aquellas montañas de agua, a estar fuertemente asidos a la borda o cabos de la maniobra para no caer; y para ir de una a otra parte de cubierta aprovechando la inclinación para patinar en asl resbaladizas tablas de ella, ya corriendo el tiempo ya a la capa.

El ruido producido por el borbollar de las aguas y del viento en los palos y aparejos que se multiplicaba al dar el buque el vuelco contrario aquel; el rechinar de los palos en sus encajes y continuo batir de los cabos de maniobra, con el semblante taciturno que el mal tiempo imprime a los tripulantes, especialmente en los que tienen el manejo del timón, que a su pericia está librado el salvar el buque de un siniestro siempre amenazante, dan a ese imponente cuadro un tinte pálido que se encuentra en cualquier parte donde se dirija la vísta.

Agrupados a barlovento al amparo de la borda, se ven los hombres de guardia siempre de pie dando la espalda al viento, con oído atento por si alguna voz de mando se deja oir, trasmitida por la bocina desde popa, donde el oficial de servicio, inmediato al timón permanece con ojo vigilante a los golpes de mar que amenazan embarcar la mura y al aparejo o a la brújula, por si el timonero deja variar la popa de las cuartas de viento en que es conveniente permanecer si se está en caída cerrada, y si corridas a mas de esto, observa de cuando en cuando en la estela, el abatimiento para sentarlo en el libro de bitácora, porque no permitiendo el tiempo tomarse la altura del sol, ese antecedente es de mucha importancia para los cálculos del rumbo corregido.

Si un crujido se deja sentir en algunas de las artes del aparejo los gavieros trepan solícitos por las jarcias a inspeccionar, y entonces si amenaza faltar alguna escota u otro cabo, se les ve asegurarla con útiles que siempre para el efecto se mantienen acondicionados en las cofas. La fuerza del viento en esos casos arrebata de tal modo la voz, que difícil se hace oír entonces desde cubierta por más que griten lo que quieren expresar. Ruda y peligrosa es siempre la tarea del marinero, pero mucho mayor en estos casos, pues si por un descuido aflojan la mano con que fuertemente tienen que asirse, son arrebatados y lanzados al mar; por eso se les ve con frecuencia servirse también de la boca en esa clase de trabajos.

¿Qué hacen entonces los que no están de servicio?

En las cámaras, rancho de proa y bodega reina un profundo silencio; nadie conversa, nadie lee, nadie se ocupa de algo que denote la vida activa del hombre; todos se .encuentran acostados pero no todos duermen; algo de mustio hay empero en los semblantes de todos; sea porque el aburrimiento que causa el dilatado mal tiempo lo ocasione, o el recuerdo de las personas amadas que tal vez no se verán más: cada uno es un arcano.

Los hombres avezados a la zozobra en que vive el marino, tienen un temple de resignación fría y estoica que toca a lo sublime. Si se estudiase en sus semblantes no sería fácil equivocarse si entre un número crecido se encontrase como en aquel buque algunos novicios, tal cual lo era el que estas líneas escribe, porque no conociendo estos lo grave de la situación, se hallaría en ellos más contento y jovialidad que en los experimentados que se conservan tétricos, porque la experiencia les deja comprender cuanto hay de peligroso en aquellos momentos.

Todo es grave lo que le rodea en aquella situación al hombre; sufre sin duda, pero no se abate: lleno de contricción espera el destino cualquiera que él sea, y por eso se le vé siempre diligente en el desempeño de sus obligaciones, sufriendo las vigilias que son consiguientes en un recio temporal, que hace muchas veces imposible preparar comida. Aparentemente cada marinero es un autómata, pero es un engaño; hace sí lo que se le mandó cuando en conciencia sabe que es bueno, pero si lo contrario, observa al superior con independencia aquello en que ve error o bien en silencio hace a su voluntad lo que sabe que conviene.

En esos casos, para evitar en lo posible el que el agua entrase, cubríase con el encerado la escotilla de nuestra cámara, la que siendo pintada de blanco por el oxígeno desprendido del agua corrompida que todo buque conserva en los fondos, hallábase teñida de un color pardo que le daba cierta lobreguez y que la aumentaban alguna cajonería de mercaderías de valor estivada en ella, y aquí y allí ropas mojadas colgadas a destilar el agua que embebían los lampazos extendidos en el piso, por lo que, cuando no tenía sueño prefería pasarlo en cubierta.

Al fin nos vinieron los buenos tiempos, y las velas de trinquete y trinquetílla, que tanto habían sido trabajadas, fueron substituidas por las que muchos días permanecieron aferradas, y volvimos a cortar la línea inmediata a la costa de Africa; visitando las cercanías de Loanda nos prolongamos hacia el Sud para ganar latitud.

En un día de vientos variables del segundo cuadrante con la tierra medianamente baja a la vista, en una pequeña ensenada descubrimos una embarcación que sobre la faja azulada de aquella costa, al descender el sol, se destacaba el blanco de sus velas, y bordejeándonos le acercamos hasta una prudente distancia puestos en facha, desprendimos la lancha para que si fuese de bandera enemiga lo apresase, y a cuya operación cargó sus, velas, dió fondo y desprendió un bote que a todo bogar huyó hacia tierra.

Ya de noche, era traída por nuestra gente una pequeña zumaca, que sin duda no había concluido su cargamento, pues solo tenía unos sesenta negros congos, todos jóvenes como de quince años los mayores; con el vestido idéntico a los del negrero anterior, esto es, bonete de bayeta grana y un pedazo de igual género azul que algunos lo llevaban como chiripá, otros no sabían que uso hacer de él.

La luna que se remontaba por entre fajas de nubes, de perfiles plateados, y cuya luz reverberaba en la juguetona superficie de una mar tranquila, permitió el que nos ocupásemos en trasbordar a nuestro bordo a aquellas criaturas arrebatadas del regazo de la madre.

Concluida esa operación, fué puesto en fuego aquel mal buquecillo, cuya roja luz con la de la Mna, ofrecía una variante claridad, espléndida, bellísima, y nos alejamos haciendo derrota al Oeste en demanda de la costa brasilera.

Habíamos redimido a esos seres, pero no era posible restituirlos al hogar, y en su defecto, con solícito afán eran atendidos, cuidando en alimentarlos, vestirlos con ropas hechas por nuestros marineros, y curarlos de la sarna de que la mayor parte de ellos estaban cubiertos, y por mi parte tomaba tanto empeño, que fui contagiado y tuve que recurrir al remedio de aceite con azufre. Algunos murieron a los pocos días, poseídos de una suma tristeza terminando con una convulsión que duraba muchas horas; iban a la fosa inmensa del océano.

A los pocos días, aquellos que quedaron y que eran de formas bastante regulares, cabeza bien redondeada y fisonomía despejada, habían recuperado buena salud y confianza tal, que en los buenos días al ir el sol a esconderse, entonaban puestos en círculo en medio de la cubierta un canto bastante melancólico al compás de uniforme golpe de manos, bailando al mismo tiempo con tanta precisión en los movimientos, digna de la admiración que causaba a nuestra gente, que en esa hora habían dejado los trabajos cotidianos y los rodeaban y aplaudían.

Como ya debe suponerse, el vestido de nuestros negrillos lo era idéntico al de los marineros y con los pequeños gorros granas sobre la tez renegrida y lustrosa por el aseo, les daba un. aspecto enteramente nuevo a la vez que gracioso; cada uno de los oficiales había tomado uno o dos bajo su protección, y esto contribuía a que se domesticasen, puede decirse: a mi vez también tomé dos, con la intención de pedirlos en patronato cuando llegásemos, pero uno salió demasiado travieso; el otro reposado e inteligente, vino a ser un sirviente fiel y prolijo al que le puse el nombre de Jorge; tan aprovechado que llegó a saber leer y escribir correctamente.

A pesar de la larga navegación que ya llevábamos y sin saber cuándo sería su término, no me había fastidiado, pues que a cada paso mi imaginación de muchacho encontraba algo digno de observar, hallándome sorprendido por una multitud de cosas que consideraba interesantes, porque a bordo todo está en continuo movimiento, y los más insignificantes objetos parecen disfrutar de una vida independiente.

El barómetro, que oscilaba suspendido de sus ligaduras elásticas, llamaba mi atención: otras veces la brújula que se agitaba a la menor guiñada que un descuido del timonel o una fuerte ola que chocaba en la proa lo ocasionaba; otras, las aguas que entrando en borbollón por los invornales, corrían hasta popa para volver a escaparse por los mismos, produciendo un ruido de absorción; o los fuegos de los rayos del sol que penetrando por la escotilla a la cámara iluminaban todos los rincones, entrando furtivamente a los camarotes, que ; tan pronto los aclaraba y oscurecía: cuando el buque se mueve con violencia, entran, resplandecen y se alejan con tanta rapidez que la vista no puede seguirlos, en las ondulantes espumas ya de la ola que su furia apacigua o de las que por la popa dejaba el buque en su carrera, mi fantasía encontraba mil figuras que me deleitaban hasta extasiarme algunas veces.

La travesía del Atlántico esta vez fué acompañada de muy bellos tiempos y vientos mas o menos frescos, reinando los del Este y Sudeste, así ; fué que muy breve volvimos a visitar las costas brasileras, que como nubes oscuras se dibujaban en el poniente aquellas colosales montañas de granito con su funda de árboles inmensos, velados por un vapor que se levantaba al calentarlas los primeros rayos del sol tropical, se confundían sus bases y parecían desprendidas de la tierra, como si vagasen en el firmamento.

Una brisa del Poniente que vino a obligarnos a cargar algunas velas y ceñir de volina, me hizo experimentar una sensación que antes no había conocido: era que aquel viento nos traía un ambiente de un perfume suave y fresco, que con deleite aspirábamos, y con él algunos pequeños pajaritos de lindos colores, que arrebatados de los bosques que habitaban, abatidos y fatigados de volar, vinieron a posarse en los cabos del buque; ya jadeantes, nos fué fácil tomar algunos, que se nos murieron por no tener el alimento a que estaban habituados.

Al aclarar del siguiente día avistamos una vela a nuestra proa, y forzando de paño emprendimos el darle caza, con un viento a un largo, y como fácil será comprender, el barco emprendió veloz carrera. El capitán hizo subir a cubierta a los que, hacía muy poco habían sido relevados de la guardia; así fué que al baldeo y policía diaria todos tomaron parte y en pocos momentos la artilléría, cajas de armas y cabullería de maniobra estaban perfectamente en orden, cuando los rayos del sol vinieron a calentar el conves que quedó perfectamente seco y limpio como para una entrada a puerto, no obstante el agua que levantaba de proa, y mojaba el castillete de ésta y el pujamen del trinquete redondo amurado por babor.

Poco entrábamos al codiciado buque que también iba a toda vela, por lo que echamos alas de gavias y juanetes, y en aquellas aguas de un verde esmeralda nuestro buque corría como no lo habíamos experimentado; la corrediza nos daba las 12 millas; el sol iba a llegar al zénit y todavía no le descubríamos el casco al buque perseguido que también había desplegado sus velas volantes comopara no ser alcanzado.

Por estas circunstancias empezóse a creer que era buque de guerra enemigo; duplicándose la impaciencia por darle caza, y ésta se acrecentó por empezar a calmar la fresca brisa que teníamos.

Si es de guerra no puede ser otro que el bergantín ‘Pampero” decían el Comandante y el segundo, que tenían noticia de sus buenas condiciones de velero.

Pronto se conoció que con la recalmada de viento nuestro buque que había echado fuera también arrastraderas, le ganaba distancia, y ya a una conveniente, en los mastelerillos de bandera, para ver de reconocer su nacionalidad pusimos al mayor la americana y al trinquete un gallardetón, mas no se conseguía el que pusiera la süya: si neutral era una descortesía.

Como a siete u ocho millas estaríamos ya de él, cuando se arriaron las que habíamos puesto, y con un disparo de pieza fijamos la nuestra acompañada del largo gallardete, que graciosamente se ondulaba en el aire; pero nuestro perseguido bergantín seguía impertérrito su proa, dejando a sotavento la bella montaña de Cabo Frío, que enrojecía el sol próximo ya a ponerse por entre fajas de nubes caprichosas, que tornasolando las diáfanas ondulaciones y el aire, la luz de la tarde ostentaba la degradación de todos los colores.

No tardamos en reconocer que era buque mercante, mas no se comprendía su tenaz insistencia en conservar la incógnita cuando debía ver que ya no escaparía de ser alcanzado; y así sucedió, pues llegados a tiro de nuestra coliza, cargamos el trinquete redondo, se le hizo con ella un tiro a bala, y fué entonces que empezó a cargar paño y se puso en facha. A tiro de fusil estaríamos cuando haciéndose igual maniobra por nosotros se despachó a visitarlo nuestro bote con el Segundo comandante, e iba a llegar a su costado cuando al pico de la bergantina izó bandera inglesa.

Con sumo desagrado, fué recibida por el capitán la visita; furioso estaba, no porque se le interrumpiese su viaje por algunos minutos, sino porque su orgullo había sido abatido en ese día, pues dijo que había estado persuadido de que ningún buque daría caza al suyo; y mirando de reojo al “Rondeau”, que se le había puesto al costado, agregó: “Este es el diablo”. .

No bien desprendió nuestro bote de su costado, mareó en vela siguiendo en demanda del Puerto; y nos alejamos en vuelta de donde habíamos venido pero solo para ocultar de aquella la dirección verdadera que debíamos tomar: como en efecto lo fué, pues entrada la noche fuimos en demanda de la Isla Grande, llegando a avistarla al ser de día, la que como el continente es de elevadísimas montañas; sus valles poblados de ingenios de azúcar de los que de cerca se ven altos penachos de humo que despiden las chimeneas y los bosques de cafeteros muy abundantes.

En esta gran Isla fué donde primero se cultivó el café, que hoy hace la principal riqueza del Brasil, pues que la exportación en 1848 fué de cerca de dos millones de sacos, de ocho arrobas portuguesas.

Con fajas de lona pintadas de negro cubrióse la batería de modo que apareciese el casco todo negro, y descompuesta aparentemente la arboladura por entre los peñascos e Islotes nos internamos entre ella y la tierra firme en busca de algún buquecilio: no por lo que valiera tan insignificante presa sino por tomar noticia de si permanecían hostilizando en aquellas aguas los buques que durante nuestro viaje hasta las Antillas, suponíamos habrían llegado; pero cuantas pequeñas velas avistábamos ganaban las innumerables ensenadas que abundan en esa isla y el continente, escondiéndose como las inofensivas palomas que huyen a la aproximación del gavilán.

En aquellas cercanías nos habíamos detenido por unos pocos días, habiendo apresado dos zumacas que del Janeiro se dirigían a Santos, destinándose la de buen cargamento a puerto de la República y la otra fué echada a pique, con lo que volvimos a proveernos de buenas naranjas, otras frutas y gran cantidad de dulces.

No dejó de causar extrañeza el que ninguna noticia obtuviésemos por estos bosques que nos hiciese conocer haberse mostrado alguno de los nuestros en aquellas costas, como tampoco ninguna del estado de la guerra en que nos hallábamos.

Como hubiese ya disminuido el número de oficiales y de consiguiente fuese necesario proveer de algún modo la plaza del que debía montar guardia: fui sorprendido con hacerme reconocer como subteniente y cuya propuesta se decía en la orden leída a la tripulación, había sido ya hecha al superior Gobierno.

Dejaba pues de asistir como capitán de tope a las faenas que por lo general eran en mal tiempo, en que no escaseaba el riesgo, en trepar y descender a las cofas y crucetas, con el blandir de los obenques al hacerlo a la vez diez o más marineros de fuerte complexión; entraba a la categoría de oficial, adquiriendo con ese rango un grado más de respetabilidad; pero a pesar de ello mi satisfacción no fué grande, porque inmediatamente comprendí toda la responsabilidad que iba a pesar sobre mis pocos años, y las felicitaciones que recibí especialmente de los oficiales de mar, si bien me alentaban, no por ello tranquilizaban del todo el escozor que tal suceso me había causado.

En los primeros días las horas de mis guardias se me hicieron larguísimas, preocupándome mis obligaciones hasta quitarme el sueño en las que estaba de descanso, y la jovialidad del muchacho desapareció para ser reemplazada por una seriedad que creía debía haber en el que. tenía que dar voces de mando, pero el buen suceso con que me desempeñaba, pronto me dió el aplomo necesario para ordenar lo que convenía en presencia de mis superiores; ya tenía conciencia de lo que hacía.

Hacía ya algunos días que cruzábamos las cercanías de San Sebastián, cuando en una mañana de tiempo bastante cargado, a los pocos minutos después de las cuatro de ella, en que habíame recibido de la guardia, descubrí una luz a barlovento, de cuya ocurrencia di parte: subieron a cubierta el comandante y su segundo, mandándose en el acto virar de bordo con viento bastante fresco, y los pitos de los guardianes llamaron arriba a la fuerza toda, mas la luz había desaparecido, caídonos una densa niebla, volvióse a virar, largar los rizos de las gavias y orzando todo lo posible para aproximarnos a descubrir.

El viento seguía refrescando, la niebla en que estábamos envueltos se despejó y una inmensa mole de alteroso buque apareció como a medio tiro de cañón todavía a barlovento; era. un navio cuyas gavias en los últimos rizos costosamente lo movían; y como ya a pesar de lo muy nublado del cielo, la luz del día dejaba descubrir los horizontes, dos bergantines más se dejaron ver a alguna distancia en igual situación.

En el acto se hizo safarrancho de combate y dispuesto así todo, se mandó acostar la gente én cubierta, quedando en pie unos doce o catorce hombres, inclusa la plana mayor. El navio puso su bandera e hizo señales; por un momento se pensó izar la enemiga, pero desplegamos la nuestra rompiendo el fuego, que no tardó en ser contestado. Era este el ”Pedro Primero” y que así que empezó a largar sus rizos, arreciando un viento que tomaba el carácter de temporal, tumbaba tanto, que se vió obligado a brazar sus vergas en cruz para vaciar viento, y repetía en hacer señales a los dos bergantines que entre una faja de espuma de gruesa mar venían en su auxilio con el poco paño que podían soportar.

Con semejante tiempo ninguno de los buques combatientes podía hacer tiros certeros; el nuestro que al poder de sus grandes gavias tumbaba sobremanera, de costamos el mantenernos en pie, metiendo en el agua la batería de sotavento algunas veces hasta los cascabeles de los cañones: la que daba al navio fué necesario trincarla y por consiguiente renunciar al combate, tratando solo de evitar el que los masteleros faltasen por lo que volvimos a tomar dos manos de rizos y seguir de bolina con proa al. Norte.

El navio no consiguió poner una bala en nuestro buque y tal vez nos sucedió igual cosa, porque la gran alteración del mar hacía difícil las buenas punterías y manejos de la artillería.

De orza el valiente “Rondeau” bien pronto ganó el barlovento y los compañeros del “Pedro Primero”, no hicieron sino llegar a él, y los tres disminuir de vela, poniéndose a la capa, pues el temporal ya se había declarado; era de aquellos a que se llaman turbonadas pero no tan pasajero porque duró unas diez y ocho o veinte horas, al cabo de las que volvimos en busca de los enemigos, sin dar con ellos por más que los buscamos.

' La vida de corsario, tan llena de zozobra, de esperanza y sensaciones de todo género, fuera de las lágrimas que veía derramar a los infelices marineros, a quienes les arrebatábamos el fruto de sus economías y trabajos la encontraba agradable, pero a la vez desaprobaba el uso de ese recurso de guerra que creía ver desaparecer por acuerdo de las naciones de primer orden, porque no encontraba razón para que el respeto a la propiedad particular que se observaba en los ejércitos de tierra, no tuviese lugar en los mares; el primer paso está dado por la Inglaterra y la Francia.

Había visto Capitanes dueños de una parte o el todo del buque y aun de parte del cargamento, a quienes les despojábamos de lo que tanto les había costado adquirir, dejándoles en estado de ir a mendigar los recursos necesarios para transportarse al lugar de la familia, llevándole la noticia de tener que implorar la caridad pública.

Esos infelices maldecían a la guerra, de que no tenían culpa, a su gobierno y su Emperador; y no faltó quien se atreviese a llamarnos piratas en un momento de despecho, por habérsele robado el reloj, de lo que no salió bien parado porque un robusto negro que había sido su marinero esclavo, y que por ello había sido como todos los de esa condición, dado de alta en nuestro buque, tomó un espeque de un cañón y le dió tal golpe que lo tendió: el ladrón que lo había sido un guardián y el negro, fueron debidamente castigados restituyéndose la alhaja al dueño que por haber quedado un tanto estropeado, no sufrió prisión, pero que habiéndonos ofendido lo pasó mal en los días que lo conservamos en nuestro buque.

A pesar de ponerse todos los medios posibles de vigilancia para evitar hechos de esta naturaleza, el botín tenía lugar, y como era consiguiente,-para ello, toda la tripulación debería hallarse interesada en encubrirse unos a otros, así era que aun cuando se conocía el saqueo, difícilmente podíamos tomarlos in fraganti, pero de esto se habían producido cuestiones que muchas veces terminaban por irse a las manos en aquella bodega donde se encontraba que el volumen de los sacos de marineros y soldados habían tomado proporciones inmensas. Cuando estas riñas tenían lugar, los contendentes eran obligados a hacer efectiva la lucha en cubierta y en presencia de toda la tripulación formada en sus respectivos costados.

Reñidísimo tenía que ser este combate singular, que autorizado parece a primera vista de todo punto desmoralizador pero que vino a dar el resultado que se deseaba, porque el vencedor era premiado con una ración de caña la que algunos no bebían para lavarse con ella la cara ensangrentada por los rudos golpes del arríete puño del contrario, el vencido sufría entonces una docena de azotes al cañón y; fácil será comprender que por este extraño medio habían cesado las peleas que muchas veces las habían motivado el disputarse una prenda robada.

Alguien ha dicho que el hombre es un animal de costumbres, y esto debe ser verdad, porque a pesar del largo tiempo que hacía estaba ausente de la Patria, de la familia que había dejado afligida por el incierto destino que en aquella campaña me tocaría, habíame habituado a aquella vida aventurera, activa y peligrosa, encerrado en el reducido recinto de un buque que solo medía como ciento cuarenta pies de largo, movido por los inquietos elementos que la determinación del regreso no me causó gran contento, no obstante ofrecerme la agradable perspectiva de abrazar al padre cariñoso, hermanos y amigos de la niñez, a quienes contaría con satisfacción y orgullo los hechos de armas a que había asistido, las impresiones que había sentido y cuanta novedad era consiguiente después de aquel largo crucero. ¿Era sin duda efecto del entusiasmo o vocación genuina por aquella carrera, lo que me ocasionaba cierto sentimiento de dejar el océano?

Como de vuelta nos conservamos siempre a una prudente distancia de la costa demorándonos en las cercanías de los puertos, cerca del de Santa Catalina apresamos una zumaca, y sabiendo por ella que la precedía un bergantín goleta de buen cargamento que debía haber entrado a dicho puerto, con ella en consigna, al caer la tarde llegamos a la mencionada Isla, cuyas altísimas montañas por solo dividirlas una pequeña distancia del continente hace que se confundan con las de aquel, necesitándose hallarse muy próximo a la tierra como en esa vez, para distinguir la entrada del Norte, defendida por una batería como enfrente en el continente otra bastante considerable; no obstante esto el comandante quiso entrar a tomar aquel buque que dentro de la barra divisamos fondeado, pero el viento escaseó de tal modo que llegó la noche y no fué prudente tal operación bordejeando en paraje de poca agua, por lo que desistió.

La noche era oscura, el viento poco y allí la mar serena puesto en facha nuestro bergantín, arreada la lancha, equipada y armada se me ordenó embarcar en ella, e ir a tomar y sacar aquel buque; iba ponerme en camino cuando se determinó el que esa empresa fuese ejecutada por nuestro segundo, mas bastándome una ligera insinuación se me permitió ir en su compañía, y protegidos de la obscuridad e impulsos de ocho remos bien servidos, con la guía de una pequeña brújula, antes de dos horas estuvimos en posesión de aquel, siéndonos imposible ponernos en vela porque a pesar de ser el viento favorable del ládo de tierra, por la elevación de ésta allí, era completa calma, cosa que en el nuestro no se preveía, cuando de bordo y bordo se mantenía con luz al tope para la fácil incorporación; lo que fué un mal que ocasionó el fallar la empresa pues que, contra una fuerte corriente la sacábamos a remolque, cuando al aclarar, de la batería del continente se desprendieron dos falúas bien equipadas en nuestra demanda y fué forzoso abandonar la presa.

Con nuestra marinería bastante fatigada regresamos, disimulando el desagrado que nos había ocasionado la vista de la luz que nuestro bergantín había mantenido en toda esa noche y que debió alarmar a la guarnición de aquellos puertos militares.

Al ir a dejar la cubierta de aquella malograda presa, no pude menos de buscar con la vista algo que apropiarme, y ordené poner en nuestra lancha un cesto que contenía una buena porción de sardinas y camarones, siendo esto todo el provecho de aquella velada,

Continúese nuestro viaje sin novedad en conserva de la zumaca a la que se le había dotado con un subteniente Peppar, y como piloto un timonel bastante idóneo, llevando de tripulación de nuestra gente una parte y otra del mismo buque; este oficial era incapaz ya por su afición a la bebida como por la falta de aptitudes pues lo más del tiempo de aquel largo crucero lo había pasado arrestado, así fué necesario convoyarlo haciendo nuestra navegación pesada al extremo.

A la vista de la barra de Río Grande, todavía cayó en nuestro poder otra zumaca con cargamento de café y tablones de cedro, buque bastante viejo y como la generalidad de los costeros pestífero por los millones de cucarachas que contenía, cuyo insecto difiere algo de los que aquí se conocen pues aquellas son de color pardo acaramelado, sus patas armadas de púas fuertes y punzantes y sumamente molestas por su continua movilidad, especialmente cuando la temperatura indica mal tiempo, que saliendo de las endijas, donde generalmente se agrupan, corren y vuelan.

Como a la anterior se dotó de tripulación poniéndosele de cabo de presa el Guardia Marina con otro de nuestros timoneles, continuando con ambas presas en conserva hasta una altura conveniente, desde donde fueron despachadas con orden de entrar al Tuyú o Salado.

Desembarazados de aquella atención, aprovechando de un día bellísimo en que las aguas ostentando diáfana tersura, y su azul el cielo reflejado en ellas se procedió a pintar y engalanar nuestro valiente bergantín, operación a que cada uno de sus tripulantes prestó solícita cooperación, pues era para nosotros el corcel fogoso que no encontraba rival: lo que para el gaucho el parejero afamado.

Desde que había quedado sin ninguno de mis compañeros de cámara, el Comandante dispensándome la deferencia de invitarme con frecuencia a la suya me ofrecía agradables momentos con su amena sociedad, pues que el Sr. Coe se distinguía por su cultura y modales finos en todos sus actos y causábame gran placer el oirle narrar los hechos de armas a que desde Guardia Marina había asistido a las órdenes del Lord Cochrane en el Perú, en cuya época, habíale cabido el honor de ser premiado con la Orden del Sol, cuando siendo el oficial que mandaba el bote en que iba ese Jefe, abordaron y tomaron la fragata española "Esmeralda” en el puerto del Callao.

Este escrito no habría visto la luz pública sin antes compulsarlo con los apuntes o diario que he creído debía conservar el Señor Coe; pero la muerte vino a arrebatarme al amigo y único compañero que de aquel crucero existía: al menos en este país.

Pocos días nos detuvimos en la embocadura del Plata a esperar un viento favorable y dispuestos a forzar la línea bloqueadora con una fresca brisa del Este que aprovechamos con todo paño, hacíamos rumbo a Puerto, cuando en la noche del 31 de Octubre, ocasionado por engañar la rapidez de la marcha al hombre que teníamos a la sonda, y cuando el viento siempre fresco había rondado al norte; sería la media noche, hallándonos todos en cubierta, apercíbese el Comandante que solo navegábamos en tres brazas de agua, gritó: “¡Orza todo! — ¡Carga sobres y juanetes! Y con la celeridad del relámpago se ejecuta y braza por babor hasta ceñida bolina; pero era ya tarde, pues el primer golpe que dió el buque con el codaste lo hizo estremecer, y falto de gobierno por repetirse éstos, no estando encallados se cargó todo el paño y dió fondo.

Siguiendo a golpear y reconocídose hallarnos en el banco Chico, donde tantos naufragios habían tenido lugar, se procedió sin pérdida de momento, al mismo tiempo, de aferrar todo el paño, a aligerar con vaciar por las bombas la poca aguada que teníamos y enseguida a lanzar por los costados al río, gran porción de balas, palanquetas y metralla, pues que cada batacaso que en el duro fondo daba nuestro buque, lo sentíamos estremecer hasta hacernos difícil mantenernos en pie, y gran trabajo para aguantarse en las vergas a los que se ocupaban de aferrar el velamen, mientras que, puesto ya en el agua el bote mayor en que con buenos bogadores me tocó salir a tender una espía, luchando con una fuerte y picante marejada, se consiguió establecerla en mayor profundidad con buen anclote; operación que duró muchos minutos.

Empezaba a aclarar, cuando habiéndose suspendido el ancla y cobrado espía lo suficiente para que el Bergantín se encontrase en buena situación se reconoció que estábamos cerca de un buque náufrago que con sus dos palos reales hacía mucho; servía como baliza de aquel pequeño pero muy peligroso banco.

El viento felizmente había abonanzado, y luego de poner en orden la maniobra, que en esos casos queda en desaliño, volvimos a ponernos en vela con el designio de esperar la noche para seguir viaje, a cuyo término después de este contratiempo más que nunca deseábamos llegar.

Lentamente nos conservábamos bordejeando entre el banco Ortiz y el que nos había dado aquel mal rato, cuando divisando una goleta que venía del Este fuimos en su encuentro y en breve reconocimos ser Inglesa: puestos entonces en facha, con el bote en el agua, la esperamos a que estuviese a buena distancia y el segundo Comandante fué a visitarla, mientras que nosotros hacíamos diversas conjeturas sobre ese buque que navegando con rumbo a Buenos Aires, pleno día, caería en manos de los bloqueadores; pero ninguna que se acercase a la realidad, tan ajenos estábamos de lo que no tardamos en saber.

Cuando vimos que nuestro bote se desprendía de la goleta, y con gran presteza aquella había mareado en vela, siguiendo al Oeste, nos mirábamos unos a otros sin explicarnos aquel enigma.

Algo distante estaba aún el bote de núestro Bergantín, cuando poniéndose de pie el Segundo Comandantp: gritó: "peace" y todos creimos oir "price" (presa), hasta que de más cerca repitiendo los gritos nos convencimos de la realidad.

La paz estaba hecha; era todo lo que de aquel buque se pudo saber.

Había sido hecha , la paz el 20 de Octubre, diez días antes.

El Comandante que sé había mantenido sobre la toldilla puso bajo el brazo el anteojo con que había estado observando lo que pasaba en aquel  buque y con semblante reflexivo empezó a pasearse mientras atracaba nuéstro bote que a gran prisa venía acercándose, y reparando que yo le miraba, de pronto se detuvo y - me dijo con cierta ironía.

-—"Ya 'tiene'  Ud. hecha la paz, pero mucho me temo que no se hayan alcanzado los propósitos de lá guerra".

—"Mucho lo sentiría, señor, máxime cuando empezaba a ser útil a mi patria".

—"Sus servicios le serán útiles para la redención del Paraguay; allí va Vd. a tener ocasión de .adelantar en su carrera; pues no dudo de que el Gobierno aproveche los elementos que tendrá de sobra para redimir a ese pobre pueblo.

—'"¿Me admitirá Vd. a *sus órdenes, Señor?".

—"No, mi amigo, yo voy a retirarme del servicio, de lo contrario sería muy satisfactorio. Ahora tienen Vds. buenos jefes y oficiales sin necesitar extranjeros".

Esto último no lo tomé por una lisonja, porque entonces la Escuadra contaba con una plana mayor de cerca de cuarenta argentinos que en todo respecto habían dado pruebas de saber cumplir con su deber, y era esto un juicio basado en hechos prácticos.

Inmediatamente de pisar el portalón, nuestro segundo, izóse el bote y con la virazón del S. E. que empezaba a encrespar las aguas turbias de nuestro río, se mareó en vela hacia la rada de donde hacía cerca de cuatro meses que habíamos zarpado, para llegar tranquilamente donde hacía pocos minutos creíamos tener que hacerlo por medio de balas.

Veinte y tres buques habíamos  apresado: diez marinereado y el resto echado a pique unos y quemados ptros; por esto el comandante me decía ese día, cuando empezábamos a ver las torres de la gran ciudad:

•—"Muy joven se encuentra Ud. con una regular fortuna; de siete a ocho mil fuertes calculo su parte de presa”.

Bien pudo haber sido así; pero la guerra civil que vino en seguida y en la que tuve una campaña de más de ocho meses, enredaron de tal modo las cosas, que hasta ahora no he visto la tal fortuna; no obstante recuerdo que por un acuerdo del gobierno éste cedía su parte a los que habíamos hecho el crucero y a la vez ordenó no se nos liquidasen los sueldos durante aquél; y fácil es comprender, que lejos de tener ganancias, tuve pérdidas. Las causas no son de interés público.

Era el 1° de Noviembre de 1828, cuando como a las 12 del día en el canal exterior que se hallaba desierto, dimos fondo bajando inmediatamente a tierra el Comandante Coe, a dar cuenta al gobierno del dilatado crucero que concluyo de narrar, y que fué el último que se hizo por buque de guerra argentino.

Desde que la ciencia de la navegación, dió por resultado el que el hombre haya paseado los mares de toda la redondez del globo, descubriendo los territorios ignorados, llevando la civilización a pueblos incultos y salvajes marcando en la gran esfera que habitamos con precisión matemática, los. continentes, islas, puertos y escollos, y explorando hasta dónde pueden hacerlo los congelados polos, había concluido su. misión; dejando hacer el resto para el bienestar de  la . humanidad, al gran invento del vapor que empezó a generalizarse después dé la época á que me he referido.

FIN

 

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