Historia y Arqueologia Marítima

ACCIONES NAVALES EN LA GUERRA DEL PACIFICO

Batalla Naval de Angamos
(8 de octubre de 1879)
1-Primeras Operaciones 2-El Bloqueo de Iquique 3-Combate de Chipana 4-Dominio del Mar
5-Combate de Iquique 6-Combate de Punta Gruesa 7-Batalla de Angamo 8-Captura Pilcomayo
9-Pisagua 10-Expedicion a Ilo 11-Expedicion al Callao 12-Tarapaca
13-Cañoneo de Arica 14-Torpederas I y II 15-"Potencias Navales Comparadas"  16-"Buques Beligerantes" 
Historia del combate desde la mira de Chile:

Durante la noche del 7 de octubre, el monitor "Huáscar" y la corbeta "Unión" navegaban desde el sur de regreso a Arica, cuando avistaron en el horizonte las luces de Antofagasta.

El Almirante Miguel Grau Seminario decidió poner proa al puerto para tratar de capturar alguna presa.

A las 1.10 de la madrugada, el monitor recorrió sigilosamente la bahía sin encontrar objetivos. Se volvió a reunir con la "Unión" a las 3 A.M. y continuaron rumbo norte.

A la misma hora, los vigías del blindado "Blanco" avistaron dos humos sobre el horizonte. Simultáneamente, el Almirante Miguel Grau Seminario era informado de 3 humos al norte y decidió aproximarse para investigar.

 

Monitor Huascar

Al alba se disipan todas las dudas y los buques peruanos viran hacia el sur para escapar. "  Viva Chile!", brotó espontáneamente en las dotaciones chilenas. Por fin había llegado el día.

Deliberadamente, el Capitán de Navío Galvarino Riveros Cárdenas,  Comandante en Jefe de la Escuadra,  ordenó ir reduciendo gradualmente el andar para hacer factible a Miguel Grau virar y retirarse hacia el norte, rumbo a su patria.

A las 5.40 el monitor "Huáscar" y la "Unión" iniciaron un lento viraje al norte.

El blindado "Blanco", observando el rumbo norte de la división peruana, aumentó su velocidad forzando sus máquinas para impedir un nuevo viraje de ésta hacia el sur.

A las 7.15, Grau avistó otros dos humos más al norte y 15 minutos más tarde reconocía al blindado "Cochrane" y la corbeta "O'Higgins" , seguida del transporte "Loa".

               

                       Blindado "Cochrane"                                       Corbeta "O´Higgins"

 

Vapor "Loa"

Lo previsto por los autores del plan se había cumplido en todas sus etapas. La "Unión", que era capaz de desarrollar hasta 13 nudos, puso rumbo noreste y escapó. Al monitor "Huáscar" no le quedó otra alternativa que aceptar el combate.

A las 9.25 horas, a la altura de Punta Angamos y a 3.000 metros del blindado "Cochrane" el "Huáscar" rompió el fuego. El Comandante del blindado, Juan José Latorre Benavente no contestó y continuó apróximandose hasta llegar al alcance efectivo de 2.200 metros de sus cañones, a las 9.40 horas.

De las dos primeras granadas de 9" disparadas, una penetró la torre de artillería del monitor hiriendo a los 12 sirvientes que manejaban la ronza de los cañones de 300 libras. Otra salva, cortó las cadenas que movían al timón y dejó al "Huáscar" sin gobierno, causando que el buque cayera bruscamente a estribor, debido a una deformación causada por los espolonazos dados a la corbeta "Esmeralda" en el Combate Naval de Iquique, el 21 de Mayo anterior.

Una próxima salva penetró la torreta de mando causando la muerte instantánea al brillante Almirante enemigo, Miguel Grau Seminario, que fue desintegrado por la descarga y a su ayudante, Teniente 1º  Diego Ferré. Además, la granada inutilizó completamente la rueda de gobierno y los telégrafos a las máquinas.

La puntería de los artilleros chilenos dirigidos por el Capitán de Corbeta Miguel Gaona era tremendamente certera, causando estragos en la tripulación del buque peruano, porque además se usaban granadas Pallisier y Shrapnell.

A las 10.10 horas el "Huáscar" arrió su bandera, por lo que el blindado "Cochrane" suspendió los fuegos. A los pocos minutos un oficial no identificado la volvió a izar, pero que posteriormente los oficiales del buque chileno creyeron reconocer al Teniente Enrique Palacios, cuando éste cayó prisionero, mortalmente herido.

Reanudado el combate, el "Blanco" se incorporó al combate a las 10.15 horas. En una desinteligencia, por una mala maniobra del "Blanco", casi chocan ambos blindados, pero la pericia del Comandante Latorre lo impidió.

Corbeta blindada "Blanco Encalada"

El "Huáscar" pudo reparar su avería del timón, pero ahora estaba bajo el fuego de dos blindados chilenos.

Imposibilitado de combatir, el monitor "Huáscar" arrió su bandera en señal de rendición a las 10.55 horas. Habían sucumbido también valientemente en combate, los oficiales que habían sucedido al Almirante Grau, el Capitán de Corbeta Elías Aguirre y el Teniente Melitón Rodríguez. Además el Mayor de Ordenes, Capitán de Fragata Melitón Carbajal fue gravemente herido, mientras se ocupaba de dirigir el fuego en la torre de artillería.

El Teniente 1ero. Pedro Gárezon, que ahora comandaba el buque peruano, ordenó inundar el buque para evitar su apresamiento, pero rápidamente los chilenos tomaron posesión del monitor y lograron mantenerlo a flote, reparando las averías principales. Luego, el buque por sus propios medios fue llevado a Mejillones para sus reparaciones de emergencia que le permitieran llegar a Valparaíso, donde se le harían reparaciones mayores.

La muerte del Almirante Grau fue muy sentida en la Escuadra Chilena, como lo testifica el parte pasado por el Comandante Galvarino Riveros: "La muerte del contraalmirante peruano, don Miguel Grau, ha sido, señor comandante general, muy sentida en esta Escuadra, cuyos jefes y oficiales hacían amplia justicia al patriotismo y al valor de aquel notable marino".

Al día siguiente se celebraron las solemnes honras fúnebres en honor de los muertos del monitor "Huáscar", asistiendo el Ministro de la Guerra don Rafael Sotomayor, el General en Jefe Erasmo Escala, el Jefe de Estado Mayor Emilio Sotomayor, el Comandante en Jefe de la Escuadra, Capitán de Navío Galvarino Riveros Cárdenas,  los Comandantes de los buques de la Escuadra y altas personalidades.

Formaron los Batallones Chabuco y Zapadores al mando de sus respectivos Comandantes.

Las tropas del batallón Chacabuco rindieron los honores de Ordenanza al Almirante Grau y a cada uno de los oficiales y tripulantes fallecidos en el combate.

Con la captura del "Huáscar" y la previa neutralización de la "Independencia", la potencialidad de la Armada peruana quedó drásticamente reducida.

Por eso, la Batalla Naval de Angamos tuvo una extraordinaria importancia en el desarrollo de la guerra, pues constituyó el aniquilamiento del Poder Naval Peruano.

Con el dominio del mar asegurado, el Ejército Chileno obtuvo la libertad de acción estratégica que le permitiera atacar al enemigo donde, cuando y como lo estimara más conveniente.

Version de la batalla desde el punto de vista Peruano.

Las impunes incursiones del extraordinario blindado peruano, protagonista indiscutido de esta particular guerra de curso, continuaban exasperando al pueblo y al gobierno de Chile. Las violentas manifestaciones del mes de julio frente al palacio presidencial en protesta por el estado de inercia de la guerra y las humillaciones sufridas motivaron interpelaciones en el congreso y la censura del gabinete ministerial. Se produjeron renuncias de ministros y se efectuaron inevitables cambios en las jefaturas del ejército y la escuadra. Los conductores de la guerra, imposibilitados de iniciar la campaña terrestre, coincidieron en que hundir al Huáscar era, definitivamente, la primera prioridad militar. En ese momento, Chile y su marina no estaban en guerra contra el Perú; lo estaban contra Grau y el Huáscar. La escuadra chilena, en su totalidad, consecuentemente se concentró en un sólo objetivo: Cercar y aniquilar al escurridizo barco. No podía aceptarse que una sola nave mantuviera en raya a todo un país.

Como primera medida el contralmirante Williams Rebolledo fue reemplazado como jefe de la escuadra por el capitán de navío Galvarino Riveros Cárdenas. El primer acto del flamante comandante general fue levantar el bloqueo de los puertos peruanos y retornar los barcos a sus bases para reacondicionarlos y limpiar sus fondos.

El 30 de septiembre Riveros reunió a su escuadra en el puerto de Mejillones. Tras intensas deliberaciones con su Estado Mayor, se acordó dar caza al Huáscar mediante un plan que contemplaba la conformación de dos divisiones navales, la primera, bajo el mando del propio Riveros, integrada por el Blanco Encalada, la Covadonga y el Matías Cousiño. La segunda, denominada División Ligera, por ser más rápida, a ordenes del Capitán de Fragata Juan José Latorre, compuesta por el Cochrane, el Loa y la Ohiggins. La idea era avanzar hacia el área de acción del Huáscar, entre Arica y Antofagasta, y cercarlo. Como primer paso se decidió marchar rumbo a Arica, donde se esperaba hallar al blindado y bombardear el puerto, aún a costa del peligro que representaban los cañones de tierra, para forzar al Huáscar a dar combate.

Ese mismo día 30 de septiembre, Grau, que efectivamente se encontraba en la rada de Arica, remitió al comandante general de la marina el que sería su último parte de guerra, en el cual reiteró la necesidad de recibir las potentes granadas Palliser para los cañones de la Torre Coles, por ser las únicas capaces de atravesar el blindaje del Blanco Encalada y el Cochrane en caso de combate. Simultáneamente, Grau recibió órdenes de partir en convoy con la Unión y el transporte Rimac rumbo al sur, en una séptima expedición dirigida a sabotear los puertos chilenos entre Tocopilla y Coquimbo. Nuevamente se le reiteró la orden de rehuir combate con los acorazados enemigos para no comprometer la integridad del único blindado que le quedaba al país.

Cuando la fuerza de Riveros llegó a Arica en la mañana del cinco de octubre, se encontró con la sorpresa que, una vez más, el Huáscar se les había escapado de las manos. Pero el comodoro chileno esta vez no se dio por vencido, abandonó el puerto, dividió a su naves conforme lo establecido en los planes y continuó la búsqueda de la difícil presa.

El Huáscar mientras tanto, luego de dejar al Rimac en Iquique, arribó en compañía de la Unión a la caleta de Sarco. Ahí capturaron a la goleta Coquimbo. Posteriormente llegaron al puerto de ese mismo nombre y al no encontrar objetivos militares, continuaron más hacia el sur, hasta la galeta de Tongoy, localidad cercana al importante puerto de Valparaíso. Cumplido el objetivo de la expedición, Grau y García y García dirigieron sus naves rumbo al Perú.

EL COMBATE

Mientras los barcos peruanos navegaban de regreso, ignoraban que, silenciosamente, el cerco tan rigurosamente planeado se iba estrechando sobre ellos. Las dos divisiones chilenas avanzaban desde diferentes direcciones, en posición abierta, dispuestas a cercar a su objetivo. El Huáscar debía estar en alguna parte y esta vez no estaban dispuestos a perderlo. Al amanecer del 8 de octubre, frente a las costas de Antofagasta, siempre rumbo al norte, los peruanos divisaron tres humos que se desplazaban desde esa dirección hacia ellos. Eran el Blanco Encalada, la Covadonga y el Matías Cousiño, que, finalmente, había avistado a los peruanos. De inmediato Grau dispuso una maniobra evasiva en zigzag hacia el sur-oeste y ordenó a toda máquina. Haciendo proa sucesivamente al oeste y al norte, en tres horas el Huáscar logró evadirse y mantuvo una distancia de ocho millas sobre sus perseguidores. A las 07:15 horas, sin embargo la nave peruana divisó otros tres barcos que avanzaban desde el nor-oeste, aquellos pertenecientes a la segunda división chilena, precisamente al sector hacia donde un momento antes había puesto proa el blindado. De inmediato Grau ordenó virar hacia el este y aumentar aún más la velocidad. Sin embargo, en menos de una hora el Cochrane, cuyo andar superaba al del Huáscar en casi dos nudos, acortó distancia hasta ponerse a escasos kilómetros de su enemigo. El Blanco Encalada y la Covadonga por su parte, iban acercándose amenazante en dirección a la popa, al tiempo que la Ohiggins y el Loa se dirigieron a cortar el paso a la Unión.

El contralmirante Grau dispuso virar al norte sin resultados. Pronto comprendió que su nave, menos rápida, no podría eludir lo que evidentemente era una trampa cuidadosamente preparada. De inmediato ordenó a la Unión -de mayor velocidad- continuar por ese rumbo hacia Arica. García y García cumplió las órdenes de Grau sabiendo que su buque de madera sería destrozado fácilmente si comprometía combate con los blindados y seguro de que el repliegue era el único modo de salvar el barco para el país, lo que el hábil marino finalmente lograría, sin que la Ohiggins y el Loa pudieran impedirlo.

Siendo inevitable el encuentro, Grau ordenó zafarrancho de combate, izó el pabellón de guerra y con gran coraje se dispuso a dar batalla contra fuerzas ampliamente superiores (26).

Pronto, aquel barco de 1,130 toneladas y cinco cañones de diverso calibre se enfrascaría en un desigual duelo contra dos potentes acorazados y una goleta, que en conjunto superaban las 7,500 toneladas, que poseían un total de 47 cañones, seis ametralladoras y ocho tubos lanza-torpedos, y que estaban protegidos, los acorazados, por el doble de blindaje.

Y quizás, mientras se efectuaban las maniobras precederas a la batalla, algunos tripulantes se detuvieron a ver, por última vez, la inscripción que destacaba sobre el timón de popa del Huáscar:

"El hombre honrado, leal y valiente inspira honor y orgullo a sus compatriotas. El traidor y cobarde es el baldón y deshonra de su patria".

A las 9:25 de la mañana el Huáscar inició majestuosamente la contienda y a mil metros de distancia disparó una andanada de proyectiles contra el Cochrane, algunos de los cuales alcanzaron la galera del blindado, pero sin dañarlo. El Blanco Encalada y la Covadonga, mientras tanto, continuaban acercándose. El Cochrane por su parte no respondió los tiros y fue acortando distancia. A las 9:40 horas, cuando se encontraba a 200 metros a babor del Huáscar, Latorre ordenó cañonear a su adversario.

La diestra conducción de Grau sin embargo permitió al blindado realizar hábiles y temerarias maniobras, al extremo que intentó atacar con el espolón al Cochrane, pero la mayor velocidad de la nave, provista de doble hélice permitió esquivar lo que quizás hubiera sido una embestida mortal. La acción entonces se hizo general y los cañones chilenos se trabaron en feroz intercambio con los Armstrong peruanos. Pronto las granadas Palliser y Sharpnell del Cochrane impactaron en el barco peruano y causaron efectos demoledores. Una de estas perforó el blindaje del casco de la torre de artillería e hirió a los doce marineros que servían la ronza de los cañones. Otra descarga cortó el guardin de babor de la rueda de combate, lo que ocasiono varias bajas, un incendio y trabó el mecanismo de maniobras en razón que los cuerpos de los caídos quedaron apiñados alrededor de la torre.

El Huáscar sin embargo respondió y uno de sus proyectiles de 300 libras entró en la casamata del Cochrane a través de una apertura, explotó, la daño, y mató a todos sus operarios. Por unos instantes el sorprendente Huáscar pareció recuperar ventaja. Pero el Blanco Encalada y la Covadonga, ahora a sólo 200 metros de distancia de la aleta de estribor del blindado peruano, entraron en acción.

El Huáscar quedó así encerrado entre los dos blindados chilenos, con el paso cortado por la corbeta. Entonces dirigió sus cañones contra el Blanco Encalada y también buscó embestirlo con el espolón, pero éste, al igual que el Cochrane, logró esquivar el ataque.

Otra maniobra del Huáscar lo colocó en el centro de los dos acorazados, giró su torre y disparo hacia uno y otro. Sin embargo, los proyectiles rebotaban sin poder atravesar sus fuertes corazas. Dicha posición, no obstante, impidió por unos instantes que el Blanco y el Cochrane dispararan por temor a dañarse mutuamente. En cierto momento del combate, una mala maniobra del Blanco Encalada estuvo a punto de provocar una colisión con el Cochrane, lo que se evitó gracias a la pericia del comandante de esta última nave. Esta situación no duró mucho. Las dificultades de manejo no permitían al Huáscar mantener una dirección constante. Los acorazados entonces cambiaron de posición y continuaron el fuego.

Aproximadamente a los veinticinco minutos de combate, un proyectil de fragmentación del Cochrane cayó a boca de jarro sobre la torre de mando, atravesó su blindaje, causó una horrenda explosión y mató al gallardo almirante Grau y a su ayudante, el teniente Diego Ferré. El proyectil inutilizó además completamente la rueda de gobierno y los telégrafos de las máquinas.

Muerto el heróico almirante, asumió el mando el segundo de a bordo, el capitán de corbeta Elías Aguirre, bajo cuyas órdenes se continuó un combate tenaz y sostenido. Sin embargo, en pocos minutos el gallardo comandante Aguirre corrió igual suerte que Grau y fue destrozado por un proyectil. Asumió entonces el mando el tercer oficial, el capitán Melitón Carvajal, quien pronto cayó herido víctima de una cerrada descarga, y debió ser reemplazado por el siguiente oficial en jerarquía, el teniente primero Melitón Rodríguez, que al igual que sus predecesores encontró una heróica muerte en su puesto de mando. Para entonces el combate se había vuelto una carnicería y el Huáscar, prácticamente sin control debido a los impactos en su línea de flotación, quedó a merced de los cañones del adversario. Dentro del blindado, el cirujano de la nave, Santiago Távara, hacía esfuerzos sobrehumanos por salvar la vida de los tripulantes heridos cuyo numero se multiplicaba conforme proseguía la titánica lucha.

Aún en tales condiciones el espartano Huáscar continuó el combate sin dar ni pedir cuartel, no obstante ya no podía maniobrar, ni girar y se hallaba prácticamente ingobernable debido a la destrucción de los aparejos y cáncamos de la caña y cadena del timón. El número de proyectiles que lo impactaron era interminable, pues apenas había sección que no hubiera sido destruida. Dos de estos ocasionaron incendios en las cámaras del comandante y de los oficiales, destruyéndolos completamente. Otra granada penetró en la sección de la máquina -que en total fue remecida por cuatro cañonazos-, produciendo un nuevo incendio.

El teniente primero Diego Garezón ahora comandaba el barco, cuya cubierta destrozada por los proyectiles estaba regada de sangre, cadáveres y heridos. A las 10:10 de la mañana la bandera peruana cayó del mástil, hecho que fue interpretado por los chilenos como símbolo de rendición, pero el valiente teniente Enrique Palacios, entre una lluvia de balas -siete de las cuales lo atravesaron en el momento- la izó nuevamente sobre el maltrecho mástil y continuó el combate (27).

Garezón, en gesto fútil, intentó por última vez recurrir al espolón, pero el Huáscar no respondía más, convertido en un cementerio de acero flotante, cuya única señal de vida eran los sobrevivientes que a duras penas hacían sentir el rugir de sus maltrechos cañones y metrallas. Otros dos incendios se desataron, uno bajo la torre del comandante y el otro a la altura de la proa. Pronto el último cañón de la torre Coles fue destruido, uno de los calderos reventó y terminó por cubrir la nave de humo, mientras el fuego y los gritos de los heridos se convirtieron en los últimos alientos del moribundo blindado. Habían transcurrido noventa minutos de épico combate y ya sin posibilidades de continuar la resistencia, Garezón y los tres oficiales de guerra que quedaban en pie, acordaron hundir la nave. En consecuencia se dio la orden al primer maquinista para que abriera las válvulas, lo que este hizo de inmediato, luego de detener la máquina por completo (28).

A las 10:55 el Cochrane y el Blanco suspendieron el cañoneo y comprendiendo que el Huáscar pronto se iría a pique, enviaron una dotación armada en lanchas para abordarlo. Cuando los marinos chilenos rindieron a los sobrevivientes peruanos, impedidos de resistir el abordaje, el Huáscar ya tenía 1.20 M. de agua y estaba a punto de hundirse por la popa. Revolver en mano, los oficiales chilenos ordenaron a los maquinistas cerrar las válvulas y posteriormente obligaron a los prisioneros a apagar los fuegos que consumían diversos sectores de la nave. La lucha había concluido y la extraordinaria presa de guerra había sido capturada.

Durante el combate los acorazados chilenos lanzaron 150 cañonazos contra el Huáscar, y le impactaron 76, de los cuales 20 eran granadas Palliser de 250 libras, que penetraron fácilmente su coraza. El resto fueron proyectiles de diverso calibre, más un número indeterminado de balas de metralla, que no dejaron ninguna sección del blindado intacta. De sus 200 tripulantes, alrededor de 40 murieron, -entre ellos cuatro de los doce oficiales que integraban el Estado Mayor y de Guerra- y el resto tuvo heridas de diversa consideración. Los sobrevivientes fueron llevados al puerto de Mejillones para enterrar a los muertos y efectuar reparaciones temporales al Huáscar, el que luego fue conducido con los prisioneros a Valparaíso.

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