Historia y Arqueologia Marítima

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Las naves argentinas que participaron del combate de la Vuelta de Obligado

por Osvaldo Carlos Sidoli

La Vuelta de Obligado La Accion de Obligado El Periodismo y el Prestigo Argentino
Despues de Obligado Los buques Argentinos Bibliografía

La acción de Obligado 

            El representante inglés, Williams Gore Ouseley, y el francés, barón Deffaudis, llegados en julio de 1845 al Plata, inician conversaciones con Rosas reclamando la libre navegación de los ríos, y al fracasar éstas, ordenan la intervención de la escuadra anglo-francesa, la que el 2 de agosto de 1845 se apodera de los buques de guerra argentinos, al mando del almirante Brown, que bloqueaban la ciudad de Montevideo. El 22 de setiembre, por orden de Ouseley y Deffaudis, la escuadra procede al bloqueo riguroso del puerto de Buenos Aires.   

            A fines de octubre los anglo-franceses habían reunido un considerable número de barcos mercantes norteamericanos, sardos, hamburgueses y dinamarqueses, además de ingleses y franceses, que se alistaban a partir bajo la protección de los cañones invasores para ubicar un cargamento de 700.000 pesos fuertes en Entre Ríos, Corrientes y Paraguay. 

            En los primeros días de noviembre zarpa el convoy, a las órdenes de los capitanes Hotham, inglés, y Trehouart, francés, bajo la protección de once buques anglo-franceses, dotados del armamento más moderno y con 800 infantes de marina para desembarcos. El 8 de noviembre la escuadra entra en el Guazú y el 10 se detiene cerca del actual puerto de Ibicuy, al enterarse que tanto el Guazú como el Pavón están artillados. El 17 la escuadra reanuda la marcha por el Guazú, mientras el convoy mercante queda en el Ibicuy esperando que los navíos de guerra abran el paso. 

            Para impedir el avance de las fuerzas invasoras por el río Paraná, Rosas le encomendó al general Lucio Mansilla (en ese momento comandante en jefe del Departamento del Norte) el mando de las fuerzas que enfrentarían al enemigo. Este procedió a formar, en el paraje llamado Vuelta de Obligado, al norte de San Pedro, que tiene aproximadamente 700 metros de ancho, y forma un pronunciado recodo que dificulta la navegación de vela, una línea de atajo con 24 buques mercantes unidos por tres gruesas y fuertes cadenas, que atravesaban las popas, los centros de las cubiertas y las proas de los mismos, y que eran defendidos por el bergantín “Republicano” en la orilla opuesta, armado de seis cañones, al mando del capitán Tomás Craig, ocho cañoneras y varios lanchones armados. Las embarcaciones que formaron la línea de atajo habían sido requisadas, en su gran mayoría, en un rápido operativo por el ayudante mayor de marina Alvaro José de Alzogaray, y podría objetarse que la forma de defensa no era técnicamente muy eficaz, pero era el símbolo de la firme decisión de combatir para impedir el paso de los invasores. 

            Fueron montadas cuatro baterías en tierra firme, sobre la orilla derecha (la única defendida), la primera, denominada “Restaurador Rosas”, al mando de Alvaro José de Alzogaray, ayudante mayor de marina; la segunda “General Brown”, comandada por el teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante; la “General Mansilla”, al mando del teniente de artillería Felipe Palacios, las tres colocadas aguas abajo de las cadenas. Más allá de éstas, se instala la batería “Manuelita”, al mando del teniente coronel Juan Bautista Thorne, armada con los cañones desembarcados de su barco, el “Vigilante”. Las baterías estaban artilladas con 30 cañones (de calibre 8, 10 y 12), muchos de ellos anticuados, de bronce, con una dotación de 160 artilleros. En el flanco derecho fueron apostados 500 soldados de infantería bajo el mando del coronel Ramón Rodriguez, mientras 600 infantes y dos escuadrones de caballería, a las órdenes, respectivamente, del ayudante Julián del Río, del teniente Facundo Quiroga (hijo del Tigre de los Llanos), y de Santiago Maurice. También se contaba con algunas fuerzas de milicianos, reclutados en las inmediaciones, a las órdenes del coronel José M. Cortina.  

            El 18 de noviembre de 1845, al atardecer, a la vista de la Vuelta de Obligado, y fuera del alcance de las baterías allí instaladas por el general Lucio Mansilla, sobre la margen derecha del Paraná, se detienen los vapores que componen la vanguardia de la escuadra anglo-francesa. El comodoro Hotham queda a la espera de Trehouart, su colega francés, que avanza en la “San Martín”, buque argentino apresado frente a Montevideo.  

            A la mañana siguiente, el esperado ataque es diferido por los comandantes francés e inglés porque la lluvia impide distinguir con claridad el emplazamiento de las baterías.  

            El 20, al amanecer, la niebla se disipa y los agresores ordenan el ataque. Trehouart avanzará por el centro del Paraná en la “San Martín”, seguido por el “Cadmus”, “Pandour” y “Dolphin”, con la misión de romper las cadenas que tendidas sobre 24 embarcaciones bloquean el río. Por su izquierda avanzará el capitán inglés Sullivan con la “Philomel”, “Expeditive”, “Fanny” y “Procide” para protegerlo, disparando de través a las baterías de la costa. Hotham quedará a retaguardia con los vapores “Gorgon”, “Firebrand” y “Fulton”, a los que no se quiere exponer al fuego.

            A las 08.30 horas se inicia el avance, y Mansilla proclama a sus hombres: “¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país. Pero no lo conseguirán impunemente. ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”. Cuando la “San Martín” se pone a tiro de las baterías, Mansilla da la señal de fuego. Trehouart y Sullivan responden con sus 96 bocas de fuego, de mayor alcance y potencia (estaban equipados con los nuevos cañones Paixans, de retrocarga, ánima rayada y bala cónica explosiva, calibre 80) que los pequeños y anticuados cañones argentinos.  

            La “San Martín” se apresta a cortar las cadenas cuando de improviso el viento calma totalmente. Obligada a echar anclas, queda adelantada y aislada del resto de los buques que, por falta de viento, no pueden avanzar para protegerla. Convertida en blanco de las cuatro baterías argentinas, la “San Martín” registra un oficial y 44 hombres fuera de combate, dos cañones desmontados y la arboladura próxima a caer. Una bala corta la cadena del ancla, la corriente la arrastra río abajo y deriva hecha una criba, atravesada por más de cien cañonazos, hasta que queda fuera del alcance de las baterías. Trehouart la abandona e iza su insignia en la “Expeditive”. La acción es más difícil de lo que suponían los atacantes, y también el “Dolphin” y el “Pandour” deben abandonar la línea de fuego a causa de sus muchas averías. 

            Avanzan entonces los vapores. El capitán Tomás Craig, con el bergantín argentino “Republicano” defiende la línea de atajo, y al quedar sin municiones, hace volar su barco para que no caiga en poder del enemigo, ordenando retirarse al resto de los buques argentinos que aún quedaban a flote, aprovechando el poco calado de los mismos.  

            A las 13.00 horas los invasores no han logrado cortar las cadenas. Pero desaparecido el “Republicano” y las cañoneras de apoyo, los vapores consiguen acercarse a la línea de atajo. Los veleros siguen inmovilizados por la falta de viento, aunque desde sus posiciones acribillan a las baterías sin que el tiro de éstas pueda alcanzarlos. El vapor francés “Fulton” consigue aproximarse a las cadenas y por dos veces intenta cortarlas, respondiendo con sus cañones al fuego argentino, que se concentra sobre él. Por fin, el vapor se retira, con el maquinista principal muerto, un cañón desmontado y otras averías. El “Firebrand” lo reemplaza y consigue cortar las cadenas. Vuelve a soplar el viento y Trehouart cruza la línea de atajo, ya rotas las cadenas, avanzando detrás del “Firebrand” y del “Gorgon”. Sus buques, la “Expeditive”, “Cadmus” y “Procide”, destrozan la batería “Manuelita”, mientras Sullivan dispara sobre las otras tres.  

            A las 15.00 horas los argentinos están casi sin municiones. Juan Bautista Thorne, en la destrozada batería “Manuelita”, rodeado de cadáveres, dispone solamente de 8 tiros. A las 17.00 hace el último disparo, y una granada enemiga lo derriba. “No ha sido nada”, dice al levantarse, luego de haber golpeado violentamente contra el tronco de un tala, pero de resultas de esta herida quedó definitivamente privado del oído, por lo que a partir de entonces se lo conoció, cariñosa y admirativamente, como “el sordo de Obligado”. Las restantes baterías son solo restos que cesan el fuego por falta de pólvora y municiones. Alvaro de Alzogaray, en la “Restaurador”, ha disparado a las 16.00 su última andanada. La Vuelta de Obligado ya no contesta al fuego del agresor. 

            Cuando la munición de los defensores se terminó, al callarse las baterías, recién entonces se atrevieron los enemigos a realizar la operación de desembarco. Hotham, mediante señales, pide apoyo a Trehouart. A las 17.50 los 325 infantes de marina de Sullivan llegan a tierra cerca del amarradero de la cadena. Los defensores los esperan con una carga al arma blanca. Sin embargo, la metralla enemiga, unida a los cohetes a la “Congreve” de los anglo-franceses, diezman a la infantería argentina. Pese a ello, los ingleses son arrollados y corridos hasta sus botes. Mansilla cae herido por un casco de metralla. Lo sustituye el coronel Francisco Crespo, que sostiene el contraataque. Desembarcan franceses de la “Expeditive” y la “Procide” en apoyo de los ingleses. A las 20.00 horas, Crespo se repliega a las barrancas. Obligado ha caído. Los únicos prisioneros son los heridos graves que recogen los ingleses y franceses para llevarlos a bordo. 

            Las bajas argentinas son numerosas por el heroísmo demostrado en la defensa de la posición: 250 muertos y 400 heridos. El agresor, por su parte, tiene 26 muertos y 86 heridos, y las averías causadas a sus buques obligan a la escuadra a permanecer cuarenta días en Obligado, a fin de realizar las reparaciones de mayor urgencia. 

             Crespo, con los sobrevivientes, acampa a dos leguas al norte, sobre el camino a San Nicolás. Los invasores vuelven a sus buques, dejando centinelas en las ruinas de las baterías, sembradas de cadáveres. A la mañana siguiente, los vencedores examinan los 21 cañones de las baterías caídos en su poder. Ninguno es aprovechable: algunos son clavados, otros arrojados al agua, y los más viejos, los de bronce, llevados como trofeos curiosos.  

            Luego de apoderarse de algunas banderas mercantes, ordenan prender fuego a todos los buques que conformaban la línea de atajo. Estas banderas no pueden considerarse como trofeos de guerra. “No eran sino unas insignificantes telas -dirá Baldomero García en la Sala de Representantes de Buenos Aires, en 1848- pues la única bandera de guerra que flameaba en las costa de Obligado, la bandera de la explanada, la bandera de mi patria, nunca fue rendida sino hecha pedazos”. 

            Es de recordar que un grupo de damas nicoleñas, encabezadas por doña Petrona Simonino, integraron con singular eficacia un cuerpo de sanidad para auxilio de los heridos. 

            Tal es, brevemente, el encuentro de la Vuelta de Obligado: para los invasores una victoria a lo Pirro; para los defensores: la batalla de la Soberanía. Hasta algunos unitarios se conmueven, y Martiniano Chilavert escribe a Oribe desde Río Grande ofreciéndose para tomar su puesto en el ejército de la patria: “El estruendo del cañón de Obligado resonó en mi corazón; desde este instante un solo deseo me anima: el de servir a mi patria en esa lucha de justicia y de gloria”.  

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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