Historia y Arqueología Marítima

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ACTIVIDADES MARITIMAS EN LA PATAGONIA DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII

1740 - Las Expediciones de Pizarro y Anson

  El interés que de suyo tienen los sucesos relacionados con las expediciones simultáneas de Pizarro y Anson ---- que cronológica mente, aunque a más de un siglo de distancia, sigue a la de los capitanes Nodal — no nos autorizarían a comentarlos con la extensión que ahora lo hacemos, si muchos de los oficiales que con el primer jefe actuaron, no se vincularan en forma destacada en las empresas marítimas realizadas por ourden de las autoridades coloniales de Buenos Aires.

Son conocidas las causas predominantes en la desinteligencia y guerras ocurridas, a partir del siglo XVI, entre Inglaterra y España : el deseo por parte de aquella de extender su predominio comercial y marítimo a las posesiones del mundo recientemente descubierto, del que España y Portugal se creían depositarías, más por la decisión del Papa, cuya autoridad ni espiritual ni moralmente reconocía Inglaterra, que por la acción destacada de sus navegantes y descubridores, que les dieron el único derecho valedero a sus pretensiones.

Dicha desinteligencia resultó agravada cuando España, manteniendo su política de ser la única en comerciar con sus colonias, pretendió continuar en el ejercicio del derecno de visita para con los buques ingleses en los dominios de las Indias. Planteada en 1737 y por la vía diplomática la solución del problema, Inglaterra envió al almirante Naddock a establecerse en Gibraltar, a fin de apoyar sus pretensiones.

Felipe V las denegó indignado, ordenando a su vez el apresamiento de todos los buques ingleses surtos en puertos de la corona y la guerra — buscada por declaraciones atrevidas de la Cámara de los Comunes — no tardó en producirse. Conocidas son también las pruebas aportadas al parlamento británico por un contrabandista apresado por un guardacostas español, al que, después de haberle cortado la oreja, le habría dicho: "Anda y ve a enseñarla al Rey tu amo. . ."

 España puesta a tono con el parlamento de la nación enemiga, creía refutar tales cargos, manifestando a su vez que un capitán de buque inglés, después de apresar dos subditos españoles, por los que pensaba obtener un buen rescate, al verse defraudado en sus esperanzas, había procedido a cortarle a uno de ellos nariz y orejas y luego, poniéndole un puñal al pecho, pretendido que se las tragara.

Sean cuales fueren las causas y razones aducidas lo cierto es que la guerra fué declarada y que Inglaterra siguiendo el anterior ejemplo de Holanda — de las que son pruebas palpables gran número de expediciones a la Patagonia de tal nacionalidad ( El "Centurión" de 60 cañones y 400 hombres; "Gloucester" de 50 cañones y 300 hombres; Severn del mismo número de cañones y hombres que el anterior; ' Perla de 40 cañones y 250 hombres; Wager de 28 cañones y 60 hombres, y la " Tryal de 8 cañones y 100 hombres. Acompañaban a la flota de transportes uno de los cuales se le ordenó el regreso antes de avistar la costa americana)  decidióse a trasladar a América el campo de sus operaciones marítimas, mediante las cuales pensaba dañar al comercio enemigo y beneficiarse con la captura de importantes presas. De ahí el que dos flotas fueran despachadas : una, destinada a operar en Antillas, puesta bajo las órdenes del almirante Vernón y otra despachada para América meridional, a las órdenes del comodoro Jorge Anson.

España — huérfana ya de Patiño, el gran ministro de Felipe V, que con tanto acierto iniciara el resurgimiento de la marina con la reconstrucción de su escuadra y la creación de la Escuela Naval, cuyos alumnos militar y científicamente tanto la honraron a fines de este siglo — dio al general José Pizarro, descendiente del conquistador del Perú, una flota de seis buques, con la que debía oponerse a los designios de la de Anson, y que aunque decirlo duela, no estuvo a la altura de la misión que se le confiara.

Alrededor del 18 de septiembre de 1740, ambas escuadras estaban en franquía: Anson, que enarbolaba su insignia en el " Centurión" , contaba con seis buques (El "Asia*.* de 64 cañones y 700 hombres; "Guipúzcoa" de 74 cañones y 700 hombres; "Her-mion" de 54 cañones y 500 hombres: "Esperania" de 50 cañones y 450 hombres; "San Esteban de 40 cañones y 330 hombres, y un patacho de 20 cañones y más de 100 hombres.) y dos transportes, y Pizarro, cuya capitana era el "Asia", con cinco buques, fuertemente armados y un patacho.

Con muy corto intervalo de tiempo ambas escuadras estuvieron a la vista de la isla Madeira. La de Pizarro, después de bordejear unos días en sus inmediaciones, prosigue viaje al Río de la Plata; la de Anson, repone víveres y agua en ella desde el 25 de octubre, en que fondea, hasta el 4 de noviembre en que zarpa, no sin destacar antes una chalupa con un oficial, para inquirir la situación del enemigo, cuya presencia por esos días conoce, y que, lógicamente, supone ha de atacarlo a la salida.

Ricardo Walter, ( Capellán del "Centurión" y "Maestro en el Arto", como él mismo se titula, que con los papeles de Anson y bu propio diario de viajo escribió en 1756 un relato titulado "A voya^'e round tho world".) sólo se explica la resolución de Pizarro, de continuar su viaje sin presentar combate — que pudo hacerlo ventajosamente al estilo de D. Pedro de Navarro o del Gran Capitán Gonzalo de Córdoba, porque hasta la misma conformación (Una alta montaña detrás de la cual podía proteger sus naves de la vista enemiga) de la isla lo indicaba — por el temor de que las fuerzas inglesas le fueran superiores, en lo que en verdad estaba equivocado, pues a los 2.870 hombres y 308 cañones de su flota, sólo podían aquéllos oponerle 1.510 nombres y 236 cañones, amén de la superioridad militar de sus naves.

Por los datos de la derrota a seguir, denunciada por el mismo régimen de los vientos en esos parajes y las suposiciones derivadas de los acontecimientos, ambas flotas esperan el encuentro del enemigo y navegan listas para entrar en combate. Los ingleses en cuyos buques prima el concepto marinero sobre el militar, tienen a su favor las ventajas de la facilidad de su maniobra. Los españoles, con naves más pesadas, mejor artilladas y mayor número de tripulantes debe, con razón esperar de sus armas y el abordaje la decisión.

A la llegada de la luz cada nuevo día, el encuentro que se viene diferiendo desde Madeira, se nace más inminente. Las calmas ecuatoriales, a cuya región llegan nacía el 20 de noviembre, si traen la quietud para las naves enervan, en cambio, los espíritus de los expedicionarios ansiosos de pelea, y la expectación crece con la latitud después de cada singladura. Los españoles no ignoran que en esa zona pueden aprovechar ampliamente sus ventajas y — creyendo más al Sud al enemigo — redoblan la vigilancia desde las cofas y crucetas.

Los ingleses, en cambio, con casi la tercera parte de sus tripulantes atacados por el escorbuto, piden a los alisios la brisa necesaria para hinchar las velas altas, que debian de impulsar sus naves hacia la costa del Brasil, para que, ayudado luego por la corriente del circuito del Atlántico Sud, llegar cuanto antes a Santa Catalina, último puerto neutral en que con tranquilidad pueden renacer sus fuerzas.

El 2 de diciembre, Anson cree avistar un buque enemigo y destaca al Gloucester y al Tryal , para que le den caza, sin conseguirlo, por lo que a la caída de la tarde, cumpliendo con las instrucciones generales dadas se reúnen a la flota. El 20 del mismo mes, es toda la escuadra inglesa la que se lanza en persecución de otro supuesto enemigo, y el 21, después de casi cincuenta días de continuada íncertidumbre, llegan a Santa Catalina, adonde desembarcan los enfermos, mientras las naves de Pizarro continúan su navegación en demanda de Maldonado a cuyo puerto llegan el 5 de enero.

En Santa Catalina, permanece Anson nasta el 18 de enero, utilizando la gente apta de las naves en reparaciones y embarque de víveres, agua y leña, ya que al ha de negarle toda clase de elementos y hasta tal vez arrebatarle alguna de sus naves. Aun aquella tierra neutral, cuyo gobernador lo recibe con agasajo, le resulta adversa, pues a poco de llegar despacha el brigadier portugués José Sylva Paz, aviso a las autoridades españolas de Montevideo y Buenos Aires, del estado y tuerzas de la flota enemiga.

¿Qué hace al saberlo Pizarro, cuyas fuerzas ya conoce superiores?. . . Diferir el combate hasta su llegada al mar del Sur (Pacífico), abandonando el puerto amigo, inmediatamente, sin siquiera esperar la llegada de los víveres y repuestos solicitados a Buenos Aires y renunciando a los servicios del patacho por inútil e inapropiado para continuar su viaje.

¿Qué cree conseguir con ello?... "Pasar él primero Cabo de Hornos, para desconcertar con solo eso al enemigo". ¡ Craso error que más tarde debió íntimamente reconocer!. . . Yo creo que algo más lo induce a obrar así : el evitar la mala estación en las proximidades de Tierra del Fuego, que tan obstinada como erróneamente suponían por entonces fuera en invierno la mayoría de los navegantes españoles que, por más de un siglo, abandonaron totalmente la derrota patagónica, para utilizar la para nosotros inconveniente de Panamá, con trasbordos de mercaderías al Pacífico, desde donde llegaron a Buenos Aires con enormes recargos, toda clase de artículos.

El 18 de enero, como ya dijimos, Anson, con su completo de víveres, agua y leña, y habiendo hecho por la salud de su tripulación todo lo que pudo, emprende nuevamente viaje, y el 22, apresuradamente, Pizarro. Desde entonces los designios de este último se encaminan a forzar velas en demanda de Cabo de Hornos, mientras Anson, cuya menor fuerza militar sabe descubierta al enemigo, atina a mejorar el estado de sus naves, dando nuevas instrucciones y naciendo de San Julián su próximo puerto de reunión.

El jefe español, olvidando las instrucciones que le fueron dadas, de impedir la llegada al Pacífico de sus enemigos, de perseguidor, que debió ser, toma ostensiblemente el papel de perseguido. La decisión de combatir no acompañará ahora al pendón de Castilla, que tan alto luciera en anteriores empresas — y aun en esta misma guerra, en la campaña de Antillas, — y sin aquella, la de vencer ha de serle imposible.

Porque Pizarro, no ignora ya que el enemigo sigue sus aguas, pues antes de la llegada de Anson a San Julián la Perla , confundiendo la corneta del Asia (capitana española) con la del Centurión (capitana inglesa) se pone a distancia de tiro y poco faltó para que cayese en poder de sus enemigos que intentan por varias horas darle caza.

Llegado Anson a San Julián, y con las nuevas dadas por el teniente Salt, que durante la travesía ha reemplazado al capitán Kid, en el comando de la Perla (muerto el 31 de enero) y fondeado en alta mar, según es práctica, y del estado lastimoso de la arboladura del "Tryar" (al que hubo de prestársele remolque) procedió el Comodoro a tomar todas las medidas que la situación aconsejaba: la remoción de los capitanes (dos de los cuales estaban enfermos de gravedad); la instalación de algunos cañones que iban en bodegas, y el desembarazo de cosas inútiles de las baterías, pasando al transporte Santa Ana tales efectos, y formando consejo de guerra con los nuevos capitanes, para enterarlos de sus nuevas instrucciones, entre otras la de no separarse más de dos millas de la capitana, porque el encuentro con el enemigo seguía siendo inminente, pues la entrada en San Julián había coincidido con días de calma y de vientos totalmente contrarios durante los cuales la escuadra española no podía haber adelantado camino.

Tampoco permanecían ociosos en la flota de Pizarro que, aprovechando la susodicha calma, redoblaban cuanta actividad pudiera redundar en provecho de la instrucción de sus armas y preparación marinera de las naves. El 4 de marzo, Anson, barajaba la costa oriental de Tierra del Fuego, mientras Pizarro, bordejeaba por la parte Sud de la misma isla. 

Sucesivamente españoles e ingleses, cruzan Le Maire, donde por ser paso obligado de ambos y por lo escaso de su anchura el encuentro debe lógicamente producirse. "Pero el mar es allí amo y soberano y después de Dios es él quien dispone de la oportunidad de las batallas".De "Bordejeando", del autor)

El temporal está tan cercano, que el 4 de marzo es de calma, de esas precursoras del mal tiempo en la región fueguina. Ella no engañó a Anson, que recibió a bordo a sus capitanes ultimando instrucciones y normas de navegación para la región en que debían internarse. El 5, día siguiente, era en efecto de mal tiempo declarado en Le M aire y Cabo de Hornos.

El 6, dos cuadros, igualmente impresionantes y grandiosos se mostraban a la vista de los enemigos de la víspera. Una violenta tempestad, hace reforzar las trincas de la artillería de todas las naves, mientras los marineros se disponen a la lucha contra el elemento. Para el caso, de nada sirven ni el número de sus piezas ni el valor de sus guarniciones.

De los buques de Pizarro que han perdido el contacto, desde el 28 — fecha en que algunas cruzan Le Maire — el Asia y San Esteban , se mantienen a la vista separándose en consecuencia de la capitana, la "Guipúzcoa",  "Hermione" y "Esperanza". El 6, la "Guipúzcoa", se separa de este grupo, perdiéndose de vista por última vez. Y mientras las naves de Pizarro, luchan con el Sudoeste, en toda su fiera magnitud, sumidos en la obscuridad de sus furias desencadenadas, soportando sus amuradas el castigo de sus gruesas olas y derribando, con el rolido que producen, las arboladuras de sus naves, en mar libre, las de Anson, asisten al espectáculo dantesco que muestra el aspecto tan terrible y desolado de la Tierra del Fuego , por una banda, mientras por la otra "el de la Isla de los Estados, la supera en su aspecto de salvaje horror". (Lo puesto entre comillas en este último párrafo, son las palabras de Walter. en la presente oportunidad )

 El 7, el viento experimentó esa crisis tan temida que, aunque animó el espíritu de los navegantes, era el más seguro anuncio de la prosecución del temporal. . . El océano que se extiende desde Le Maire a Cabo de Hornos y el viento que azota esa región es desde entonces el mismo para ambas escuadras, que luchan ahora contra común enemigo, empujados por el afán del predominio marítimo mundial, tambaleante en las naves de España desde la destrucción de su gran Armada.

Consideramos ahora, aisladamente, las pérdidas de las dos flotas, alguna de cuyas unidades debieron navegar "de vuelta encontrada" y tal vez a la vista, en las críticas condiciones que siguieron a partir del 7 de marzo. Veamos, primeramente, lo que aconteció a las de Anson, ya que de las dos será la única que, aunque maltrecha y menguada, consiguió llegar al Pacífico, desapareciendo de nuestro escenario.

Pasado Le Maire, "toda la esperanza de que calmara el tiempo se cambió en temor de inminente naufragio". ( Relato de Ricardo Walter). El viento saltó al Sud, soplando con grandísima violencia y amenazando al Wager y al Ánna de aconcharlos contra la costa de la Isla de los Estados, peligro que evitaron después de grandes dificultades. A causa de la acción combinada del viento y la corriente, toda la escuadra fué entonces arrastrada 25 millas al Oeste de la isla citada. "Su ímpetu — dice Walter — furiosamente nos tiraba al Este y la constancia de temporal del Oeste, nos hizo pronto comprender que el pasaje alrededor de Cabo de Hornos era una empresa no solo mala en sí sino de demasiado empeño para nosotros".

"Desde el momento que se desembocó el estrecho de Le Maire — agrega el mismo espectador y autor — tuvimos continuamente un viento tan furioso y estraño que puso en consternación a los viejos y expertos marineros que teníamos abordo, al punto que, comparados con éste, consideraban como insignificantes los temporales que hasta entonces habían soportado".

El mar gruesísimo que se levantó en un mal tiempo que, con pocos momentos de tregua, tanto se prolongaba no dejó de nacer sentir sus perniciosos efectos. Primero, fueron pérdidas de numerosas vidas, como consecuencia de la situación anormal por la que atravesaban, muriendo unos, víctimas de contusiones al ser violentamente despedidos contra los costados en los fuertes rolidos; otros, arrojados al mar en parecidas circunstancias y un número no menor, como consecuencia de las mojaduras experimentadas en cuerpos debilitados en fatigas intensas y prolongadas.

Luego vinieron las infaltables averías en la obra muerta y arboladura amenazando, estas últimas, el buen gobierno de los buques y naciendo imposible el mantenimiento del rumbo de capa. El viento frío variable del Sud al Oeste, y los chubascos arrachados de agua y nieve que se sucedían, nacían aún mayores estragos en el personal. Afortunadamente — y por espacio de treinta y dos días — Anson pudo mantenerse a la vista de toda su escuadra y auxiliarlos en todo aquello que necesitaba tan pronto un recalmón lo permitía.

Y un día era el Gloucester el que — mediante disparos de cañón — requería los carpinteros de la flota para reparar un palo desarbolado ; otro la Tryal , que anunciaba al Comodoro que no podía utilizar sus bombas para achicar el agua que lo inundaba, o la Wager que, reiniciado el temporal, había quedado sin mesana y sin carpintero — prestado a otro buque — o el Anna , que pedía socorro al quedarse sin los estays de bauprés y trinquete y amenazado, por iguales causas, de perder toda la arboladura.

El 10 de abril la "Severn" y "Perla" se separaron de la flota, sin que su búsqueda, por parte de los buques restantes, diera resultado. El 14, después de cuarenta días de lucha a brazo partido con el mar y toda clase de inquietudes, y cuando ya creían encontrarse bien al Oeste de la Tierra del Fuego, disponiéndose, en consecuencia, a tirar rumbo al Norte, el Alina , que estaba más al Este, señaló con disparos — a la una de la noche — tierra a proa , de la que sólo distaban dos millas, corriendo el gravísimo riesgo de ser lanzados contra las rocas de sus proximidades. Providencialmente el viento cambió disipándose una vez más el peligro.

La llegada a Juan Fernández, punto de reunión dado a la flota, deparaba a Anson, una gran contrariedad : la desaparición de la Severn y Perla que virando en redondo regresaron a las aguas calmas de Río Janeiro con graves averías y la Wager que, castigada por el mar en las contingencias referidas, naufragó en las costas de Chile por- los 47° de latitud. Con ella perdióse el material de artillería de desembarco que era necesario para consumar el intento de atacar Valdivia ; además de los víveres de la flota que también conducía. Sólo la Gloucester y la marinera Anna se reunieron a la insignia, teniendo, empero, que lamentar no menos de una tercera parte de bajas de su personal. {Bajas que el mar no devuelve!)

De la escuadra española, más castigada aún por el  delito de lesa marina ninguna de sus naves logró por entonces doblar el Cabo de Hornos. El Hermione desapareció sin ni siquiera saberse dónde. El Asia , capitana de Pizarro, sin víveres, porque la orden inconsulta de éste no permitió demorar las cuarenta y ocho horas, con cuyo atraso llegaron a Maldonado los solicitados a Buenos Aires, que la condenaron a sufrir los horrores del hambre y los de la sed y las revueltas de sus tripulaciones.

Dice Pavía que el ratón que podía atraparse en las bodegas llegó a cotizarse por el valor de cuatro escudos y que un marinero para poder agregar a la suya otra mísera ración, escondió en su cucheta, fingiendo enfermo, el cadáver de un hermano con el cual dormía. . . Macabra pincelada que pinta sin palabras la situación creada por la ineptitud de un jefe indigno del recuerdo de sus conciudadanos y que, sin embargo se le ha considerado más digno de conmiseración que de castigo.

Los soldados de marina — a estar por la relación de Mindinueta — que en gran número llevaba esa nave, ajenos a la lucha contra el elemento y rehacios a prestar la ilimitada y necesaria cooperación que las circunstancias exigían, pensaban, en el ínterin, en conjuraciones destinadas a dar muerte a los oficiales y gente de mar, sin comprender, acaso, que sin ello conseguirían aumentar sus desdichas. La trama de esta sublevación, revelada a un confesor en los momentos en que iba a ponerse en práctica, evitó mayor derramamiento de sangre, aunque escarmentándose con la vida de tres de los cabecillas.

Nos ahorraremos toda suerte de espeluznantes descripciones diciendo, en resumen, que el Asia llegó a Montevideo con 350 hombres menos de su tripulación; el "San Esteban" al llegar a Barragán, había perdido 160, y la Esperanza , más lesionada todavía, con sólo 58 hombres de los 450 que tenía consigo. En cuanto a la Guipúzcoa , del mando del bravo capitán José Mindinueta, sorprendida por el temporal al Sur de la Isla de los Estados, se le rifó gran parte de su velamen, navegando, por esta causa en malas condiciones y embarcando tal cantidad de agua, que no bastaban el poder de sus cuatro bombas para achicarla. El rolar de la nave destrozó parte de su obra muerta; el 19 de marzo estaba en latitud 60°, con poquísimos víveres, aumentando diariamente la muerte de su gente por la extenuación física que el trabajo en las bombas producía, empeñados con esa faena en evitar la catástrofe final. Fué entonces cuando su capitán resolvió virar y correr a un largo proa al Noroeste.

El 22 de marzo, ecbaron por la borda al mar los cañones de la batería alta, sin cuyo peso algo se mejoraba la estabilidad del buque, perjudicada por la gran cantidad de agua de mar embarcada a su bordo. El 4 de abril, la nave se desarboló totalmente, aumentando con esto la consternación general de su gente que, basta ese momento, había perdido 250 de sus hombres, víctimas, como se ha dicho, de la sed, el hambre, las contusiones y la extenuación física de la que ni los mismos oficiales, partícipes en todas sus faenas, estaban exentos.

En tales condiciones, no es extraño que ningún viento resultase propicio a la tripulación de la Guipúzcoa , que recién el 24, después de cien días de duro bordejear en las aguas del Atlántico meridional, se encontraron 35 millas al Sud de la Isla de Santa Catalina, a la vista ansiada de tierra, aunque en un estado tal de extenuación, que faltábanles fuerzas hasta para echar al mar unos 30 cadáveres diseminados en cubierta.

Pero, ni los sufrimientos pasados, ni el cuadro que se extiende a su vista, alejan del espíritu de su heroico capitán el cumplimiento de su deber. Reúne a los oficiales y tripulación y les anuncia su decisión de llegar a Santa Catalina, a fin de salvar el casco del buque que la patria confiara a su custodia. Pero la gente flagelada por la peste, el hambre y la visión de los peligros increíbles apuntados, no responde a sus nobles propósitos, y abandonando esa odiosa faena de las bombas, que había terminado con la vida de tantos infelices, se sublevan.

¿Qué dicen esas piltrafas humanas en sus gritos, que más que voces de venganza parecen ayes de angustia y dolor, de un reducido número de miserables que clavan ante su capitán la mirada inexpresiva del moribundo, única arma que les es dado esgrimir?. . .

¡A Tierra! , vocablo, que en el espíritu de esos nombres reemplaza : desde la angélica palabra de madre, hasta el grito maldiciente del miserable, que impregnado el olfato del hedor de los muertos que lo rodean, la piden siquiera sea para entregar sobre ella su alma, sin ese incesante rolar que anticipa el momento postrero!.....

Puesta la proa a tierra, la obra viva de la Guipúzcoa no tiene la consistencia necesaria para soportar la varada y su pérdida total será cuestión de días y del mar. Cuatrocientos de los que un día, por indecisión punible de su Jefe de Escuadra, no llegaron hasta esos mismos parajes a exponerla para honor de sus armas, no saltaron a tierra. . . El mar de nuestra costa patagónica se llevó en total, sin provecho visible por entonces, más de 1.700 hombres de la flota, pero los que buscan en la historia la sugestión del elemento, sacarán esta importante lección : El concepto de considerar los buques como cuarteles flotantes, sin cultivar el espíritu del mar, no dará jamás buenos frutos.

Hemos visto el resultado del mal hallado intento de Pizarro de llegar al Pacífico antes que Anson. Ahora, y para terminar, daremos cuenta abreviada de lo que luego siguió, asombrándonos que Vargas Ponce, con más pasionismo que justicia, diga a este particular silenciando los desaciertos de Pizarro : Con qué tedio no debió contemplarse un Anson, que del helado Norte vuela al hemisferio antartico, le cuesta doblar su extremidad toda una Escuadra, cruza el Pacifico, el mar de la India, casi aniquila el equipaje del navio que le restaba, etc.. .

¡No! Por más que el sentimiento nacional nos haga desear cosas distintas, no es posible tergiversar un fallo tan claro y lógico como este. La historia, que es ante todo lección y verdad, debe recordar que la mala conducción de la flota que España dio a Pizarro para la defensa de sus posesiones de América no alcanzó, por su designio, llegar al Pacífico, en cuyas aguas y alejada de toda clase de recursos actuaba un enemigo "con una sola nave y con su tripulación aniquilada" al decir de aquel ilustre escritor.

En tanto que Anson se mantenía en el mar conservando la iniciativa de sus operaciones, que era misión de Pizarro cortar, este último enviaba desde Buenos Aires una barca a Río de Janeiro, con el encargo de adquirir elementos para equiparar sus naves, pidiendo a Lima 200.000 escudos para el mismo fin. El Virrey remitióle la mitad de lo solicitado, recordándole que los "habitantes de Lima, que juzgaban absolutamente necesaria su presencia para su seguridad, estaban muy descontentos de su proceder."

Menos feliz fué aún la comisión mandada a Río de Janeiro, porque volvió sin los mástiles y vergas que tanto requerían, teniendo además que lamentar la deserción de un carpintero con una fuerte suma de dinero. En tales condiciones resolvió Pizarro desarbolar la Esperanza , que consideró la menos útil de las tres y aprovechando de esa arboladura y los respetos del Asia puso a ésta y a la San Esteban en condiciones de nacerse a la mar. Pero estaba escrito que Pizarro no podría llegar a Chile, por mar.

A la salida del Río de la Plata varó la "San Esteban", perdiendo su timón, por lo que sólo la nave Asia pudo continuar su viaje; pero cuando ya creía haber doblado Cabo de Hornos, navegando con brisa a un largo, aunque con mar gruesa, un descuido del oficial de guardia hizo que se atravesase a las olas, desarbolándose con los bandazos y teniendo que regresar maltrecha por segunda vez a Buenos Aires.

¿Qué hizo entonces Pizarro, a quien le quedaban todavía elementos suficientes para tentar la empresa nuevamente? Emprender el viaje por tierra a Chile, con la vergüenza que debía experimentar quien, después de haber sido jefe de una Escuadra, apenas si conservaba ahora un puñado de hombres a quien conducir, olvidando que en el Pacífico requerían, más que a su discutible personalidad militar, naves para intentar la defensa de ese litoral.

En tanto Mindinueta, que comprende mejor la situación, llega a Montevideo, se hace cargo de la inútil "Esperanza" , desarbolada y casi sin elementos, y equipándola la lleva a las aguas de Chile. Pizarro, ante la presencia de una de sus naves vuelve a sentirse jefe y pretende reasumir la autoridad del puesto cuya responsabilidad no supo afrontar. ¡Razón le asistió a Mindinueta al negarle acatamiento!

Llevado, sin embargo, el pleito a la resolución del Presidente de la Audiencia de Chile, éste se inclina por el mantenimiento de la desprestigiada autoridad del general. Fué tan poco feliz Pizarro en todos sus actos, que no supo, firmada la paz, aprovechar la oportunidad de rehabilitarse de la tacha de ineptitud marinera que se le achacaba, pues nada hizo para regresar por agua a Buenos Aires; por el contrario, dejando nuevamente por perdida a la Esperanza , lo hace por tierra al Río de la Plata, acompañado ahora por Mindinueta, que desaparecidas las contingencias de la guerra y con un superior presente, no tenía porqué hacerlo nuevamente.

Ya en Buenos Aires, realiza el general lo que antes creyó superior a sus fuerzas : preparar la nave Asia para volver a España. ¡Acomodaticia resolución! Era tan grande su impopularidad, que no había gente para el apresto de esa sola nave. Cometióse entonces el error, tantas veces repetido de considerar que los puestos de a bordo son simples plazas a llenar, cualquiera sea la procedencia y elevación moral de las dotaciones así reclutadas, error éste de la época, no de Pizarro.

La de esta desgraciada nave la completaron un buen número de ingleses prisioneros que se encontraban en buques mercantes merodeando por el Río de la Plata; otro de portugueses contrabandistas y de criollos mestizos con largas cuentas con la justicia, que los embarcó a la fuerza entre ellos a un tal Orellana, que había sobresalido capitaneando foragidos por los alrededores de Buenos Aires.

Pero ni las horas de paz ni la tranquilidad de las aguas, trajo el sosiego para el desventurado jefe, que antes de llegar a la costa de su patria soportó una sangrienta revuelta originada por los malos tratos dados por los oficiales, muriendo como consecuencia de ella no menos de treinta tripulantes.

Los diez mestizos, capitaneados por Orellana y secundados por un grupo de descontentos, llegaron por sorpresa a enseñorearse del Asia , aunque por breves horas. Y una vez más, cúpole a Mindinueta los honores de la jornada, ya que en la reacción, por él encabezada, murió a sus manos Orellana, y sus companeros al verlo caer se arrojaron al agua. Tal fué el desgraciado fin de esta Escuadra, que además de la pérdida militar de casi todas sus naves, privó a la Armada Española de cerca de 2.000 de sus hombres, sin que ninguno de ellos muriera dando frente al enemigo. ¡Suprema desdicha del soldado. . . !

Por eso la historia de España debe decir que Pizarro, aunque descendiente del conquistador del Perú, no tuvo, militarmente hablando, ni el acierto ni la decisión que las circunstancias exigían. Marineramente no fué tampoco el continuador de la obra de aquellos animosos navegantes que le dieron la posesión de un extenso y rico continente, ni el representante de esa brillante falanje de marinos que, medio siglo después, ilustraron el nombre de su patria con la ciencia, tesón y virtudes marineras que los levantamientos marítimos suponen. Juzgar bondadosamente al general Pizarro, es desconocer los méritos del valiente Mindinueta, cuya conducta hemos destacado en estas líneas.

 

 

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