Historia y Arqueología Marítima

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ACTIVIDADES MARITIMAS EN LA PATAGONIA DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII

1778-Colonizacion Patagonica

 

 Antecedentes

Viejo fué el intento de los monarcas españoles de extender, en las aguas atlánticas meridionales, los beneficios de la colonización. La seguridad de sus naves en las derrotas australes así lo hicieron comprender al día siguiente de realizarse aquellos descubrimientos en que también se iniciaron las correrías de ingleses y holandeses.

El funesto ensayo de don Pedro Sarmiento de Gamboa, primero en presentir en 1579 el deseo de Inglaterra de ocupar algún punto en las proximidades del estrecho que le sirviese de apoyo para sus incursiones marítimas, hizo demorar, en más de siglo y medio, la antigua decisión de la Corte, puesta nuevamente sobre el tapete después de la desastrosa expedición militar de Pizarro.

Más tarde, el tráfico regular de los buques de registro entre España, Buenos Aires y el Pacífico, volvió aún más necesaria la habilitación de puertos con recursos de todo género para aquellos lugares en que eran grandes los riesgos de la navegación.

Los proyectos frustados de formación de la Misión Jesuítica, encomendada a la expedición de Olivares en 1745, y la lección proporcionada con el naufragio del navio Purísima Concepción" en 1765 que originó, como antes dijimos, las dos subsiguientes del teniente de fragata don Manuel Pando - que debía, además, tratar de establecer una colonia de arribada para las embarcaciones que no pudieran cruzar Le Maire o doblar Cabo de Hornos — así también lo evidenciaron.

La orientación política que impulsó la campana final contra los portugueses en el Río de la Plata en 1773 ; que aconsejaba la adquisición de las islas Malvinas a Francia cuatro años después y encaraba la expulsión de los ingleses de Puerto Egmont; la que en fin, obtuvo la anexión de las islas de Annobón y Fernando Poo — mediante una expedición equipada precisamente en aguas del Río de la Plata — se hará visible nuevamente. Es la visión marítima colonial predominante, firme y decidida de Carlos III de cuyas ideas, desgraciadamente, no participaron con igual entusiasmo, los funcionarios del virreynato de Buenos Aires ni las autoridades navales residentes en ese puerto y en el de Montevideo.

LA CÉDULA REAL DEL 24 DE MARZO DE 1778

En esa fecha el Rey ordena a don Juan José de Vértiz, virrey de Buenos Aires, la formación de un establecimiento en el puerto de San Julián, cuyos puntos de vista son, aunque claros, más elocuentemente expuestos en el documento de Moñino, conde de Flondablanca, que parece ser el que sirvió para la redacción del decreto que nos ocupa. Dice este último, que, desesperanzados los ingleses de recobrar sus vastas posiciones de América del Norte, con menoscabo de su marina y comercio, les es indispensable "hacer en la parte Sud del mismo continente alguna adquisición que, permitiendo el empleo y fomento de sus fuerzas navales, pesca y navegación, les prometa para lo sucesivo alguna competente indemnización de la gran perdida que ha padecido".

La frecuencia — añade Moruno — con que los ingleses envían naves a las proximidades de las islas Malvinas para practicar la pesca de la ballena, los reconocimientos en esos mares y el levantamiento de sus cartas, hace recelar, fundadamente, el deseo de llegar a sentar la planta "en algún parage de la parte que corre desde el Río de la Plata hasta el estrecho de Magallanes".

La formación de dos establecimientos principales y dos secundarios, artillados y con naves armadas que se mantengan en ellos, serán los medios tendientes a precaver los graves daños que seguirían si se adelantasen los ingleses . Dichos establecimientos se asentarían : en la Bahía Sin Fondo, lugar hasta el que había llegado por tierra el padre Cardiel, del que sólo ha trascendido tiene un río en sus proximidades que se interna hacia el Oeste varios cientos de leguas y el río Colorado, ya descripto por Falkener, y los puertos de Deseado y San Julián, recientemente visitados en las expediciones de Pando, Perler, Gil y Goicoechea.

Tres sujetos — dice el mismo documento de Moñuno a que nos venimos refiriendo — son necesarios para la consecución de este asunto: una persona activa, económica e inteligente en el conocimiento de los terrenos adecuados para la población y cultivo a quien se ha de confiar la fundación y gobierno de la colonia"; un oficial de marina, "hábil y expedito , que lo asesore en los asuntos de su profesión y un ingeniero capaz de levantar planos y dirigir la construccion de la fortaleza".

NOMBRAMIENTO DE LOS COMISIONADOS:

En fecha 4 de mayo de 1778 el Rey otorgaba a don Juan de la Piedra el título de Comisario Superintendente de las nuevas poblaciones de Bahía Sin Fondo y San Julián y a don Antonio de Viedma el de Contador Tesorero de las mismas. Posteriormente recayeron, en don Francisco de Viedma y don Francisco Igarzábal, idénticas designaciones para el Puerto de San Julián, disponiéndose, previas consultas, que tales cargos debían desempeñarse en Babia Sin Fondo.

Era don Juan de la Piedra un antiguo empleado formado en la contaduría de marina del Departamento del Ferrol en cuyas oficinas sirvió durante 17 años, al cabo de los cuales, y por espacio de cuatro años, estuvo embarcado en buques al servicio de la marina Real. En 1772 fué destinado a las islas Malvinas para relevar al comisario de marina, con funciones de ministro de Hacienda, allí existente, cargo que desempeñó otros cuatro años al término de cuyo plazo, con la salud algo quebrantada por el clima de aquellos parajes, regresó a España.
Conocedor de los asuntos de la administración marítima, rama frondosa y de gran importancia por entonces, en la metrópoli, con alguna experiencia del terreno en que debía actuar y tal vez económico — a fuer de gallego — no cabe duda tuviera todas o gran parte de las condiciones exigidas por Moñino para el gobierno político de las nuevas poblaciones. Así también debió comprenderlo el ministro Gálvez, cuando, a la presentación a que dio motivos su llegada a la península, lo propuso al Rey para desempeñar uno de los puestos de superintendente de reciente creación y a quien, oficialmente, se le designará como principal o primer superintendente de las futuras poblaciones.

En cuanto a su colega don Francisco de Viedma, figura que a través de sus actividades en Río Negro tendremos oportunidad de conocer mejor, bastará por ahora decir que era un acomodado vecino natural de Jaén que se había distinguido en la colonización de Andalucía, en la que logró, merced a sus sobresalientes dotes, una desahogada posición económica. Las designaciones no fueron, pues, ni ciegas ni caprichosas y revelan una preocupación atinada y juiciosa de las autoridades españolas.

PREPARATIVOS EN ESPAÑA.

La nutrida documentación que tenemos a la vista prueba, en forma irrecusable, que los preparativos para llevar a la práctica las ideas del Rey, contaron con el apoyo que era lógico esperar. Cursáronse a ese efecto toda clase de órdenes y disposiciones tendientes a facilitar los elementos requeridos para la empresa y las concernientes a juntar familias para las nuevas poblaciones. Galicia, la de nombres humildes, trabajadores y sufridos; la de campesinos-pescadores de tierra fragosa y mares bravios que echan las redes terminada su faena diaria, fué el lugar elegido de España, para ese tributo.

Para ello, y anunciados por pregón, fijáronse vanos miles de edictos en sus pueblos en los que se solicitaba el concurso de 200 familias que, enviadas primeramente al Río de la Plata, serían luego trasladadas a las nuevas poblaciones patagónicas. Útiles de labranza en grandes cantidades — entre ellos no menos de 350 arados — transporte en embarcaciones adecuadas, contratas ventajosas que garantían la propiedad de las tierras a colonizar, así como sus animales y semillas, y el mantenimiento por parte del Estado durante el primer año de permanencia en ellas, eran, en verdad, medidas atinadas que hablan muy en favor de este bien encaminado intento de poblar un litoral marítimo. El plausible deseo de acercarse al mar, tantas veces olvidado por España en sus colonias, iba a ser una realidad. Muchas, pero muchas precisas y convincentes manifestaciones evidencian la popularidad de este proyecto.

Sabias memorias, como las de Cornide, discretísimas consideraciones, como las del ya citado Moñino, y oportunas medidas como las tomadas por el ministro Gálvez e intendente Astraudí, lo confirman a cada paso.

Los anteriores intentos de una colonización a base de catequización de indios reaparece mejorada y rodeada de todos los prestigios. Ya que en aquellos parajes parecía ni existir el elemento autóctono, practicaríase un "trasplante que, sólo por su mayor coste y preocupación, probaba la decisión de los dirigentes que lo engendraban.

La pesca, escribe Cornide, debe ser uno de los empleos de esos colonos. Pesquerías de sardina que se sabe existen en aquellos mares con salazones en San Julián, en cuyas cercanías la sal abunda, y pesca de ballenas que viven en ese litoral que suministre la grasa necesaria para el curtido de los cueros. No siendo posible, agrega, preparar en España los muchos que vienen de aquellas tierras ¿quien duda que seria mejor traerlos curtidos?"

LOS PREPARATIVOS EN EL RIO DE LA PLATA

Don Juan de la Piedra se despidió de la Corte, entonces en Aranjuez, el 16 de mayo de 1778 y el 1.° de junio estaba en la Coruña donde recibía, días después, pliegos reales para el virrey e intendente de Ejército y Hacienda de Buenos Aires.

El 20 del mismo mes zarpaba con don Antonio de Vied-ma en el correo Diana que, cual si se hiciera cargo del apremio con que se pretendía dar cima al magno proyecto, tardó en su navegación a Montevideo solo 6g dias , al que llegó, en consecuencia, el 27 de agosto y donde encontró al intendente de Ejército y Hacienda don Manuel Ignacio Fernández. El 30 el superintendente Piedra entregaba en Buenos Aires al virrey Vértiz las instrucciones reales de que era portador.
A pesar de conocer la urgencia que Piedra traía, el intendente permaneció ausente de Buenos Aires hasta

el 16 de septiembre. Era la primera muestra de tibieza que la importante misión de Piedra encontraba. Al día siguiente visitólo éste, recibiendo, recién entonces, una orden escrita del virrey pidiéndole una relación con lo que estimara necesario para su empresa. Piedra, que cualquiera que sea el juicio que su posterior conducta merezca, es todo actividad y celo, entregó de inmediato la lista requerida. Solicita en ella: 5 embarcaciones armadas en guerra capaces de cruzar los mares a que se les destina y conducir los víveres y útiles necesarios ; 2 chalupas, también artilladas y dos canoas; un torreón de madera para que, armado al llegar al lugar en que se naga el establecimiento, sirva de alojamiento a la tropa y gente que quepa dentro, cuyo total — excluido el personal de las naves — alcanza a 227 nombres.

Para artillar los cuatro fuertes, que recomiendan las instrucciones reales, pide 16 cañones de seis a odio pulgadas con sus accesorios y municiones. Referente al pormenor de los demás pedidos hace notar, con buen tino, la conveniencia de esperar sean designados los facultativos que deberán acompañarlo en su empresa, quienes, más enterados de sus necesidades, podrán hacerlo con mayor fundamento.

Fernández, intendente de Hacienda al fin, pretendía conocer primeramente el presupuesto general de los gastos a efectuar sin tener en cuenta las naves que se iban a adquirir, de las cuales, y de su estado, dependería como es lógico gran parte de las inversiones. Con este concepto resolvió la constitución de una Junta en la que figuraban como miembros : el propio Intendente, el Comisionado, teniente del Rey y oficial Real Factor. Esta, asesorada por un carpintero, que era tratante de maderas, inició su cometido. Entonces, dice un documento de Piedra que tenemos a la vista, como el carpintero no tenía luz alguna de la obra para determinar, ni aun de los materiales del oficio, ni los miembros de la Junta conocían las instrucciones reales que establecían, reservadamente, lo que debía hacerse, cuenta el mismo testigo "que todo fué un mirarnos los unos a los otros sin que el Teniente del Rey se atreviese a pedir al Virrey el documento que debía dar el cimiento".

Después de varios días de tanteos e indecisiones — y a requerimiento de uno de los miembros de la Junta — el intendente transigió en conceder a Piedra el apresto de las embarcaciones pedidas con lo que pudo este dar comienzo a su equipo. Fueron estas naves: un paquebot de más de 200 toneladas y dos sumacas de alrededor de 100 — apresadas todas a los portugueses, — decidiéndose la compra de una lancha que debería armarse bergantín y el flete de una fragata particular de 500 toneladas que estaba finalizando su carga para regresar a España.

De estas embarcaciones, la fragata y paquebot, estaban en Montevideo y en Buenos Aires las sumacas, pero, exceptuando la primera, carecían las restantes de jarcia y marinería y los cascos exigían un serio recorrido y carenado. El proceso de equipar esta expedición con plazo fijo ya que según lo ordenado debía estar en su destino antes de la llegada del verano, fué por cierto dificultoso. El intendente Fernández, que tal vez siguiera viendo a Piedra como a un subordinado directo y no a un funcionario encargado además de una importante comisión, no tomó muy a lo serio su obligación. Este último, por otro lado, repentinamente encumbrado, sentía acrecentada su personalidad y veía mala voluntad hasta donde había negligencia o mero arrastre administrativo.

Lo cierto es que los víveres que se le proporcionaron fueron malos y caros y, nombrada una comisión de inteligentes" en la materia, llegóse a la conclusión que las harinas eran viejas e inservibles, ¡como que habían viajado a lomo de mula a través de la cordillera en su viaje desde Chile y hecho la campaña de don Pedro de Ceballos contra os portugueses! Rechazadas no fueron empero substituidas y con ellas zarparían luego, contribuyendo así al resultado que no tardaremos en conocer.

El 12 de octubre don Juan de la Piedra se trasladó a Montevideo con instrucciones del virrey para que sus autoridades lo auxiliaran y donde su actividad se estrella varias veces contra la inacción de los que deben secundarlo. A excepción del gobernador del Pino, que en verdad trató de facilitarle su gestión, el resto de las autoridades de esa plaza no lo nace así. Por todas partes dilaciones y consultas que, ya que no podrán detener a Piedra, se traducirán luego en deficiencias.

A fines de octubre el estado de los preparativos de la expedición era el siguiente: el paquebot Santa Teresa no se había carenado y por consiguiente no tenía su carga a bordo; las sumacas "San Antonio la Oliveyra" y "Madre de Dios" acaban de llegar de Buenos Aires en cuyo puerto quedaba su maestranza con la lancha adquirida para ser armada bergantín, además de las cureñas de toda la artillería de las naves y sus accesorios. La gente para el paquebot y sumacas tampoco aparecía y la de la fragata había casi totalmente desertado.

No estaban más aviados de dinero y aprovisionamientos en general y ni los mismos negros, con ser esclavos, retenidos en servicios ajenos a los del Rey, prestaban el oficio de acarreadores para lo cual debieron ser entregados a Piedra. "Como la estación me está ejecutando ya — dice éste — pienso hacerme a la bela antes que espire el inmediato noviembre en los términos que me hallo".

Afortunadamente no faltó en la emergencia una persona de buenas intenciones que "biendo lo que sucedía y movido de compasión a instancia del comisionado se dedicó a ver si podia carenar una de las zumacas lo que consiguió interesándose también con los tenderos para que fiasen lo preciso para la havilitacion del aparejo y mas menesteres".

Carenada la "San Antonio de Oliveyra", pretendióse hacer lo mismo con la "Madre de Dios" pero, eran tantos los arreglos que requería y tanto lo que el tiempo apremiaba, que hubo que renunciarse a sus servicios. El 9 de noviembre el paquebot estaba "para lo que es navegar que para ello — dice el comisionado — con poco basta pero para lo que es navegar dotado de lo necesario y armado en guerra como lo mandó el Rey y me dijo el Virrey en la instrucción, eran menester otras precauciones y mas para ir a un destino desprovisto y crudo como es la costa patagónica . Y tenía razón. jComo que dicho buque salió a viaje sin las velas de dotación y en malas condiciones las pocas que se les suministraron!. . .

El 3 de noviembre remitía el virrey a Piedra las instrucciones para el desempeño de su comisión y el 21 acusaba recibo de ellas el segundo. Pero — agregaba éste — la marinería para la avilitacion y manejo de las dos embarcaciones y otros operarios y lenguaraces que deben venir de ay, todavía no han parecido, la falta que habrá hecho y esta aciendo la gente de mar considérela V. E. y cual será la conformidad en que estará la maniobra de los buques para servirse de ella con la prontitud que conviene. Por mas que V. E. y yo nos querramos sacrificar en que las reales determinaciones tengan la devida eficaz observancia, en no contribuyendo también los demás resortes que tienen juego en la maquina, con el mismo empeño, es preciso que se experimente la falta de su ejercicio".

El 6 de diciembre llegaron, en las dos chalupas, la tripulación contratada en Bue nos Aires por el teniente de infantería Nicolás García con sueldos que, por ser superiores a los que disfrutaban los restantes de la escuadrilla, originaron no pequeños trastornos y reclamaciones. A los inconvenientes ya expresados se unía, pues, otro factor desfavorable: el descontento de la gente.

ÚLTIMOS APRESTOS

Los últimos días que don Juan de la Piedra pasó en Montevideo no fueron, para él, de menos empeño que los primeros alternando con el aprovisionamiento, caro y malo, lo concerniente a la navegación pronta a emprender. Formó así y distribuyó entre los capitanes de las naves sus instrucciones, plan de señales para comunicarse en el mar y régimen general de aquéllas, embarcándose en el paquebot "Santa Teresa" el día 14 de diciembre, después que las autoridades de Montevideo, por disposición del virrey de Buenos Aires, lo hicieron reconocer en sus funciones por toda la tripulación de la escuadrilla, reducida a cuatro naves por no haberse terminado el alistamiento de la "Madre de Dios , según ya expresamos.

Esa resolución era, en razón del número, irreconciliable con lo ya dispuesto, pues, si la fragata particular debía regresar y dejar dos naves para los establecimientos de Bahía Sin Fondo y río Colorado, mal podía disponerse de otras dos para proseguir a Deseado y San Julián. Lo peor de todo era que, para subsanar ese inconveniente, pidiera Piedra, en el momento de su partida, el apresto de la sumaca y el envío de una nueva expedición para que se le incorporara en Deseado o San Julián.

En esto don Juan de la Piedra pecaba de optimista, porque nadie sabía mejor que él lo que había costado obtener los recursos con que partía y debía ser el primer convencido de que, en su ausencia, las cosas no mejorarían. Por esos mismos días se producía la llegada del superintendente propietario de Bahía Sin Fondo, don Francisco de Viedma, cuya presencia no dejó de producir rozamientos que, corriendo el tiempo, llegarían a tener influencia en el futuro de la colonización cuyos orígenes tratamos de estudiar. La presencia, poco antes de la partida, de una nueva autoridad deshacía parte de las instrucciones del virrey y complicaba el buen gobierno de la expedición porque, la subordinación de personas de igual grado e idénticos derechos, es siempre molesta para ambos.

Algo de eso sabía el virrey Vértiz, cuando, al comunicarle a Piedra los cambios que la llegada de Viedma introducía en aquéllas, finalizaba su oficio diciendo: "Encargo a V. m. la buena armonía con  Viedma y que justamente dedicados al mejor servicio de Dios y del Rey sea este todo el fin de sus operaciones", y así también debió comprenderlo Piedra quien, haciendo de este párrafo el objeto principal de su acuse recibo, contestaba:

Excmo. Señor: La instructiba orden de V. E. de fecha 3 del corriente precautoria de los accidentes que pueden suceder en Bahía Sin Fondo, queda en mi poder para la debida puntual observancia pudiendo V. E. estar en la crehencia de que por mi parte nada deseo mas que el perfecto logro de los fines tan importantes a que se dirige esta expedición, por eso estoy resignado muy desde el principio a desviar de mi cuantos objetos se me presenten capaces a perturbarla y continuando con este cimiento, conforme a el sera en aquel Puerto el modo de comportarme con Don Francisco de Viedma'.

El mismo día 14, en que dijimos se embarcó Piedra en el paquebot Santa Teresa , el lío estaba ya planteado con un escrito de su colega que decía: "deviendome embarcar
en la fragata "Carmen" se ace preciso declare V. M. si boy en calidad de pasagero o si se me debe reconocer por la gente que ba en ella con el carácter que S. M. me da y a su consequencia en cualquier acontecimiento que con esta gente húsar ocurra de las facultades de mi Ministerio".

La contestación de Piedra, que desde entonces se considera, por sobre todo, jefe de una expedición cuya responsabilidad no es divisible, no se hizo esperar: "Ya que esos inconvenientes — le dice — no se le han ocurrido antes debe atemprarse con lo que conceptué mas conforme al servicio del Rey y estando para hacerme a la vela el poco tiempo que queda me es necesario para el desempeño de atenciones inmediatas sin detenerme en otros objetos que puedan distraerme de ellas . Respuesta que, si bien no resulta política, no dejaba de tener una aceptable lógica.

Para Piedra era Viedma lo que nuestra gente de mar designa como "la quinta rueda del carro" y para éste era el primero lo que la misma llama, gráficamente, un mangoneador". . .

¡Historia, historia, cuan igual muestras el fondo de los hombres! Con razón te califican desde muy antiguo "maestra de la vida."

PARTIDA Y EFECTIVOS DE LA EXPEDICIÓN

El día 15 de diciembre de 1778, no sin mucho trabajo para poder "arrancar de Montevideo a la gente de la expedición", la escuadrilla se hizo a la vela fondeando a tres o cuatro millas del puerto por escasez de viento, remicianao el viaje al siguiente día.

Hacía de buque jefe el paquebot "Santa Teresa , de 265 toneladas y 17 pies de calado, siendo su comandante el teniente de infantería del regimiento de Buenos Aires, don Pedro García, llevando a su bordo 6 oficiales de mar y 43 hombres de tripulación; de numeral 2, la sumaca "San Antonio La Oliveyra", de 136 toneladas y de 10 pies de calado, mandada por el primer piloto de la armada, don Manuel Bruñel, con 4 oficiales de mar y 25 hombres de tropa; numeral 3, el bergantín "Nuestra Señora del Carmen — al que es frecuente llamen también goleta — de 110 toneladas, 7 pies de calado, mandado por el práctico patrón José Ignacio Goicoechea, con 4 oficiales de mar y 12 hombres de tropa y, finalmente, la fragata particular "Nuestra Señora del Carmen", de 548 toneladas, 21 píes de calado, 5 oficiales mayores, 5 de mar y 80 hombres de tropa, mandada por el piloto don Antonio Gorostiaga. Respecto a las 2 chalupas, que se le llamaron "Nuestra Señora del Buen Suceso" y "Nuestra Señora del Carmen", con 15 hombres de dotación cada una, iban sobre los cuarteles de las dos embarcaciones mayores.

Como podrá juzgarse, por falta de invocación a la Virgen del Carmen, patrona de los marinos, no pecaba el referido convoy. En las citadas embarcaciones iban otras 232 personas, de distintas categorías y oficios, con destino a las poblaciones entre ellas, don Francisco y don Antonio de Viedma en la fragata fletada. El resto de la plana mayor destinada a los futuras establecimientos lo daban: el teniente contador, don Francisco lgarzábal, 4 cirujanos, 4 oficiales de infantería, 1 de artillería y 4 capellanes, cuyos nombres ya iremos conociendo.

Llevaban también víveres para 15 meses ; semillas y granos como para experimentar siembra de diversas especies ; 35 arados, 12 bueyes y 12 caballos; gran cantidad de zapapicos, picos, palas y azadas; 107 tiendas de campaña y gran variedad de útiles para canteros, albañiles, herreros y carpinteros.

En cuanto a piezas de artillería y armamento llevaban : 12 cañones de montaña, 2 de bronce y 10 de fierro (4 de 12 pulgadas y 6 de a 3) ; 300 fusiles de chispa con bayonetas, 100 pistolas, 200 espadas y sables y 600 chuzos con sus astas; material este que fué colocado en bodegas e independiente, por cierto, del de dotación de las naves.

LA NAVEGACIÓN Y DESCUBRIMIENTO DEL GOLFO SAN JOSÉ Y PUERTO DE SAN ANTONIO

Por ser época de calmas en el río, recién al cabo de cinco días consiguió la escuadrilla abandonar sus aguas, cual si los manes del intendente les impidieran todavía la marcha.
En contra de lo acostumbrado, la capitana Santa Teresa era la más pesada o zorrera de las naves. Contribuía a ello, no sólo su construcción, sino la falta de su verdadero velamen porque la presencia del piloto Villarino en ella contrabalanceaba la menor capacidad profesional que, lógicamente, cabe atribuirle al teniente de infantería, don Pedro García.

El bergantín de Goicoechea se particularizó enseguida en su afán de separarse del buque jefe, cosa humana también, atendiendo a su condición de ex contrabandista, acostumbrado a huir de españoles y portugueses en sus antiguas correrías y a su probada capacidad de mejor navegante y más conocedor de los mares que surcaban. El 28 esta embarcación le llevo a Piedra la noticia de que la fragata, en que iba don Francisco de Viedma, hacía 40 pulgadas de agua por hora pero, como éste creyera que el móvil de ambos era separarse de su jefe, le ordenó al bergantín siguiera más estrechamente sus aguas ofreciéndole a la fragata recursos para reparar la avería que no sería de tanta importancia cuando no fueron aceptados por su capitán.

Con esa medida — dice Piedra — todo el convoy se reunió al buque jefe hasta el día 30 en que, después de un chubasco fresco del S. O., se le separó totalmente la nave de Goicochea. Dos días después entraban a lo que luego llamóse Golfo de San Matías. El paquebot, cuyo velamen hacía defectuosas sus maniobras, "no podia barloventear para zafar y montar las puntas que se veían al Norte y al Sur" con la impresionante amenaza que presta, aparentemente, esa costa alta, con picos muy visibles, que parecen en verdad acercarla más aun. "Y si hubiera — dice Piedra — durado o arreciado el viento algo más, era infalible dar en la costa este buque por lo mucho que se sotabentaba,.

Ese golfo, para ellos desconocido y de configuración bien distinta a la bahía Sin Fondo que tenían situada en sus cartas, les presentó, la noche del 6 al 7, en la banda sud de la entrada, una sorpresa a la gente del paquebot: la tierra se dividía ostensiblemente ante su vista y a las 12 1/2 de la noche, como flauta que el acaso hace sonar, se sentía arrebatado "por un hilo de corriente que lo llevaba para adentro".

Era la corriente de marea creciente, muy apreciable en el lugar, que hacía entrar a don Perico por su casa. El escandallo, picando siempre 40 b razas, acallaba el temor que el hervidero de los escarceos de su boca producía. La noche, serena y clara, hacía también lo suyo. El teniente don Pedro García, del regimiento Fijo de Bue nos Aires, capitán del bergantín y su piloto, don Basilio Villanno, podían con razón envanecerse de la recalada. En cuanto a los tripulantes, cuando la fatalidad se cierna sobre ellos, podrán culpar a la mano de la casualidad que ahora los conduce, la responsabilidad de su desdicha.

Al amanecer del 7 de enero de 1779 "se hallo el paquebot dentro de un famoso puerto; avistó fuera bastante lejos las otras dos embarcaciones y les largó bandera, pero como por la noche habían perdido de vista la luz del farol que tenia en la popa procuraron apartarse de tierra y por eso les costó bastante trabajo el acercarse y entrar este día\ Doce horas después, la misma corriente, tirando nuevamente al Sud. les permitiría el cruce de la boca de entrada a la sumaca y la fragata. En cuanto al bergantín había desaparecido.

Si Piedra llegó a sentirse Colón, debió sospechar — después de sus oraciones de gracia — que Goicoechea era su Martín Alonzo Pinzón. En tanto, el capitán del bergantín que había olfateado muy bien eso del puerto de bahía Sin Fondo cerca de la punta de San Matías, en cuyas proximidades desemboca un río, se ocupaba en barajar la costa que media entre la actual punta Bermeja y puerto San Antonio, cuyo descubrimiento practicó el día 9.

 

 

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