Historia y Arqueologia Marítima

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VIAJANDO POR EL RIO PARANÁ - 1930

por JOSÉ RAMÓN NUÑEZ - Articulo aparecido en la Revista de Geografia Americana, 1932 - provista por Carlos Castro, miembro de Histarmar. Recopilado y publicado por Carlos Mey.

1ª Parte: de Buenos Aires a Posadas 2ª parte - Regreso a Buenos Aires

SEGUNDA PARTE - DE POSADAS A IGUAZU Y REGRESO

 

Obra misteriosa y grande de la Naturaleza, que en ningún otro lugar puede ser sentida y vivida más intensamente. Iracundo precipitarse del agua espumosa y convulsa... y que se aviene, domada mágicamente por la solemnidad de la selva, a hacerse quieta y espejante (A. M. Speckel)

Reminiscencias históricas

EN Posadas cambiamos por segunda vez de barco transbordando a la motonave "Guayrá" más pequeña, pero, nuevita y muy cómoda. Sin querer, nuestro pensamiento retrocede en el tiempo, ayudado por la fantasía que parece despertarse en esos momentos de soledad y de sueño. Vemos los esforzados primeros navegantes que en pos del oro y de la plata osaron remontar con sus goletas estos inmensos ríos hace cuatro siglos, cuando navegar era una aventura y cuando todo esto era salvaje, cuando cada paso delante era un paso hacia lo desconocido, hacia el peligro, y, a veces, hacia la muerte.

Posadas, parte de la barranca cercana al puerto

Nosotros que, sin temores, miramos confortablemente los paisajes bajo el aspecto turístico, o comercial o científico, difícilmente podemos comprender a costa de cuales y cuantas privaciones los primeros descubridores recorrieron estos ríos entregando, sin saberlo, a la civilización rutas de valor inestimable. Cuando Sebastián Caboto, allá por el año 1527, alucinado por los relatos confusos de algunos indios, se entusiasmó al punto de interrumpir su ruta hacia las Molucas para, a su vez, remontar desde el Mar Dulce este inmenso río, no pensaba por cierto que ese recorrido debía devenir la ruta básica de uno de los sistemas de comunicaciones más importantes del mundo. Capeando toda clase de dificultades, él llegó a los límites de la actual Misiones, retrocedió hasta la confluencia del Paraguay, por el cual se adentró, remontándolo por buen trecho hasta que, desbaratado y vencido, tuvo que abandonar su irrealizable quimera. El oro al cual llevaba el río era otro: oro de trabajo y de cultura.

Después de Caboto, en 1536 don Pedro de Mendoza y otros más, tentaron la misma empresa y todos fracasaron: luego la fiebre del oro se fue atenuando hasta desaparecer, mientras el río iba paulatinamente adquiriendo su verdadera función de enlace entre países y pueblos. La prosperidad de las regiones ribereñas, especialmente las argentinas, densas de población e intensamente cultivadas atestiguan lo que es hoy, lo que vale este inapreciable bien de Dios que es el río Paraná.

Pequeñas notas misioneras

El traqueteo de la salida nos despierta temprano: subimos al puente. Nos rodean numerosos vaporcitos que negros y sucios contrastan con la blancura y limpieza del "Guayrá". En ellos algunos hombres están preparando sus comidas en cocinitas al aire libre y pelan mandioca con una rapidez asombrosa. Desde Encarnación, que allá enfrente, del otro lado del río, apenas divisamos a través de la neblina matinal, avanzan y pasan delante de nosotros numerosos botes y lanchas cuyos pasajeros son en su gran mayoria mujeres, las cuales, envueltas en grandes chales negros y fumando enormes cigarros, van al mercado de Posadas para vender sus pollos y otros productos.
A las 8 y 20 el "Guayrá" emprende su viaje de 344 kilómetros desde Posadas hasta el Iguazú. Entramos en la parte más interesante y pintoresca del río, ya no tendremos costas monótonas y chatas de un lado o de ambos lados, ni islas e islote, ni brazos y nachos; ahora el río sigue su curso único y profundo enclavado entre paredes altas a veces hasta noventa metros y cubiertas de maraña subtropical.El fondo del río es prevalentemente de roca, y la corriente es suave.

 

Posadas, vista panorámica desde el buque



Dejamos el promontorio sobre el cual se extiende Posadas. "Las alturas en que predomina el tono ro;o de la tierra misionera, el verde obscuro de las plantas y la blancura de las casas graciosamente escalonadas van desapareciendo.
A medida que se remonta el Paraná va aumentando la belleza del paisaje. Las orillas, cubiertas de tupida vegetación, ostentan todas las gamas del verde y algunos tonos cobrizos, entre los cuales el "Ambay" de anchas hojas recortadas, pone una extraña nota gris. Deliciosas hondonadas albergan las aguas mansas que reflejan la fronda: troncos viejos y ñudosos se retuercen y bañan en el río, mientras las lianas cuelgan en el vacío como serpientes enroscadas.

A la altura de Corpus, la selva subtropical llega hasta el borde de la playa

De vez en cuando aparecen dos cortinas vegetales separadas por estrechas planicies. La de arriba ofrece a la vista
elegantes palmeras; la otra, variadísimas especies de árboles: lapacho, virará, urunday, timbó, tipa, soto-caballo, Jacaranda, cedro, incienso, araticú, palo rosado, inga, laurel, etc. (Addor). A este propósito es interesante recordar que nuestro territorio de Misiones cuenta con más de setecientas clases distintas de árboles, lo que lo pone entre las regiones más feraces del mundo.
Un simpático compañero de viaje, el cual con su esposa está haciendo una jira por estos lugares, que conoce muy bien, nos da una serie de informes interesantes. Nos dice que originariamente tocio el territorio de Misiones era una inmensa selva impenetrable, a través de la cual había que abrirse el camino con el machete. Las grandes extensiones ahora cultivadas a tabaco, a mate, etc., fueron ganadas al bosque mediante el corte de los árboles y la extirpación de todas las malezas y raíces. El terreno así preparado, o monte limpiado, listo para el cultivo se llama "rozado". Pero a veces ocurre que, después de tanto trabajo y sacrificios se abandona un cultivo y entonces debido a la increíble feracidad de estas tierras, vuelve a crecer y predominar la maleza: estos terrenos se llaman "capueras".

Puertos de Misiones

Las numerosas paradas o "puertos" (como aquí se denominan) son la peculiaridad de esta parte del viaje; todas están al pie de la barranca, tan escarpada en algunos puntos, que permite al barco arrimarse directamente, y colocar la tabla, que sirve de planchada, a tierra.
Por ese mismo motivo los depósitos, constituidos generalmente, por uno o dos galpones de chapa canaleta, están ubicados allá arriba y comunican con la orilla del río, en el breve espacio donde atracan los buques, mediante un funicular con vagonetas o zorras que suben y bajan la carga. El público no tiene mayores comodidades, pues dispone sólo de una empinada escalera, a menudo socavada en la piedra friable de la cuesta o un modesto sendero.
 

Al fondo la ciudad paraguaya de Encarnación; el río Paraná y en primer plano los rancheríos de las inmediaciones del puerto de Posadas

Todos los pueblos, cuya edificaciónestá muy desparramada, se esconden en lo alto, atrás de la barranca: por eso ninguno es visible desde el río, salvo en contados casos en que asoma uno que otro edificio o algún galpón. Al llegar a cada uno de estos puertecitos se desprende del barco una embarcación manejada a remos por cuatro o seis marineros para la tarea de amarre, lo que se repite muchas veces en el día: ponderamos el cansancio de estos hombres al final de su ruda jornada!
Y nunca faltan un par de perros y un grupo de chicos jugando para animar estos puertos todos parecidos, pero al mismo tiempo distintos el uno del otro y tan bonitos.

Paraguayos en Misiones

Estamos ahora en Candelaria, primer puerto sobre la orilla argentina al cual corresponde otro enfrente sobre la orilla paraguaya, pero de mucho menor importancia, y, casi diríamos, en dependencia del argentino.

Candelaria, primer puerto que sigue al de Posadas, hacia el Norte; existe otro sobre la ribera paraguaya, aunque de menos importancia y dependiente del argentino

 A este propósito cabe señalar la diversidad que hay entre las dos orillas del Alto Paraná. La argentina alterna el monte con claros cultivados, pueblos frecuentes y, acá y allá, alguna casa o choza, que denotan población, trabajo y progreso.
La orilla paraguaya por el contrario es una monótona sucesión de bosques vírgenes, la verdadera maraña tropical inextricable, salvo alguna picada o sendero que lleva a miserables poblados, todos o casi, haciendo juego, con puertos argentinos sobre la orilla de enfrente. Consecuencia de este hecho es la inmigración de gente paraguaya hacia nuestro territorio, que le proporciona mejores medios de vida: aquí hay muchos paraguayos dedicados, por lo general, a humildes menesteres. Así que la vida de la población paraguaya lindante con el río depende en gran parte de la argentina. Pero, desgraciadamente, hay mucho contrabando y pillaje, que a pesar de la energía de nuestras autoridades no fue aún posible extirpar del todo a causa especialmente de lo agreste de la región del lado paraguayo, que da segura protección y guarida a contrabandistas y forajidos.

Despedida nocturna

Desde Candelaria la motonave se dirige a S. Ana (Km. 1624), luego a Yabe-biry a la desembocadura del río del mismo nombre y por fin a San Ignacio, famoso por sus ruinas jesuíticas, que lamentamos muy de veras no poder visitar. San Ignacio es notable también por su producción de yerba mate: los cuatro principales establecimientos emplean cerca de dos mil personas. Pasamos luego por Corpus, Santo Pipó, Naranjito y Tabay Da-mus, llegando a Puerto Mineral, adonde, a causa de la carga, la motonave demoró más de media hora y luego por San Gotardo, Mahourat y Puerto Mbariguí.

Un puerto cerca de Santa Ana, que se halla en el Km. 1.624

Santo Pipo, Misiones; los depósitos se hallan construidos sobre los barrancos, y aparecen semi-ocultos entre hermosos ejemplares de la flora misionera.

Llegando a Naranjito, las aguas del Paraná mantienen una tersura de espejo bruñido

Puerto Mineral, en donde nuestra nave se detuvo mas de media hora para entregar parte de su carga

El tiempo es nublado y casi frío: la caída de la tarde entonada en gris, navegando entre las altas paredes que encierran el río, el cual refleja el color plomo del cielo, predispone a la tristeza: la sirena del barco anunciando la próxima parada es repetida por el eco varias veces y nos aumenta la sensación de soledad de estos apartados lugares.

Un trecho del Alto Paraná, entre Santa Ana y San Ignacio; hacia la derecha la costa es abrupta v cubierta de árboles

A las 22,30 llegamos al puerto de Montecarlo, al que bajó el amigo que nos acompañaba desde Rosario. Son interesantes las paradas nocturnas, pues, en cuanto el buque da los consabidos toques de sirena, aparecen en la costa unas lucecitas. Luego, mientras maniobra para aproximarse, se encienden a bordo dos faros, cuyos haces de luz son dirigidos hacia el lugar de amarre: uno de éstos está al costado del barco y fijo, y el otro a proa, movible y manejado por un marinero que alumbra la ribera de modo tal que el capitán pueda ver bien el breve espejo de agua que le enfrenta. Una vez amarrado el barco, las luces son dirigidas directamente sobre ese pedazo de barranca que sirve de puerto.

Los pasajeros que bajan, mejor sería decir que suben, a Montecarlo tienen que escalar un empinado sendero, en algunos tramos con gradas socavadas en la tierra firme de la barranca. Este sendero sube paralelo a los rieles del funicular en el que viaja la zorra que sirve al galpón ubicado en lo alto. Después de haber efusivamente saludado a nuestro amigo, lo miramos escalando la elevada cuesta alumbrada por la luz del faro hasta que desapareció en las tinieblas

San Ignacio, tan famosa por sus antiguas ruinas jesuíticas y región muy importante por su producción yerbatera

Llegada a Puerto Aguirre

Por la mañana siguiente temprano nos despertamos en Puerto Esperanza. Seguimos viaje a Puerto Carolina y Puerto Wanda para llegar a las nueve y media a Puerto Bemberg, uno de los más importantes del recorrido. Aquí subió una pareja de jóvenes esposos, que de inmediato captaron la simpatía de todos. El marido, intrépido fotógrafo aficionado y muy práctico de los lugares, fue desde entonces el animador N" 1 de las excursiones a las cataratas y de las locas tertulias de a bordo y en el Hotel. Creemos que no habrá pasajero que olvidará los bailes flamencos y los cantos rusos, a los cuales participaba la joven esposa, y que provocaban hilaridad incontenible. En ese viaje quedó bien confirmado que felizmente hay momentos en los cuales se vive en otro mundo sin preocupaciones y sin mañana.

Atracando en Puerto Otto Bemberg, uno de los más importantes del recorrido; obsérvese el interesante carril para llegar hasta los galpones construidos lejos de la playa. Los árboles ponen siempre su nota verde en todos estos paisajes misioneros

Un detalle del Puerto Otto Bernberg, que centraliza las actividades de la región

Reanudada su marcha, el "Guayrá" se dirige a Puerto Martín, muy cerca de Puerto Bemberg, e igualmente puerto exportador de yerba mate.El paisaje se vuelve cada vez más pintoresco. Entre las altas y tupidas tacuaras que se asemejan a heléchos gigantes y los brillantes penachos de las espadañas, asoman ahora, de cuando en cuando, encantadoras cascadas, cuyas aguas cristalinas van a perderse en la enorme corriente, que desliza a sus pies". De vez en cuando vemos numerosas familias de carpinchos cómodamente instaladas sobre la fina arena de la playa.
Por fin a las 13 horas llegamos a la confluencia del Paraná con el Iguazú, que forma como una inmensa Y griega, de la cual la parte izquierda es Para-
guaya, la punta del centro, hacia la cual parece vaya el barco, es brasileña y la costa a nuestra derecha, argentina. Hay, pues, unos minutos del viaje en que navegamos a la vista de tres países, luego doblamos suavemente a la derecha para entrar en el río Iguazú. Después de pocos kilómetros llegamos a Puerto Aguirre, punto extremo de nuestro viaje.

Aproximándonos a Puerto Wanda, entre los puertos Carolina y Bemberg. El barco se desliza fácilmente por el río, de suavísimas ondas, que la ilusión de una curva parece cerrar entre una doble hilera de frondosa vegetación. Los tonos obscuros de las riberas contrastan visiblemente con los luminosos de las aguas y de! cielo

Hacia las cataratas

Desde el río vemos en lo alto de la empinada barranca varios edificios, entre los cuales el de la Dirección del Parque Nacional del Iguazú, moderno y de buena arquitectura.

Puerto Aguirre, En lo alto el hermoso edificio de la Dirección de Parques Nacionales

Apenas bajamos a tierra tuvimos la grata sorpresa de un enorme enjambre de magníficas mariposas amarillas: eran tantas que parecían una nube y revoloteaban sin cesar en derredor nuestro. Esta escena, nueva e inesperada, dio la nota del momento y nos entretuvo hasta que llegó el autobús que debía conducirnos al Hotel de Las Cataratas.
Hace un poco de calor, pero en cuanto el coche se pone en marcha, ya se respira. Desde la playa, una buena carretera zigzagueando con estrechas curvas gana al desnivel, y una vez en el plano, arriba, cruza el pueblo, el cual a primera vista denota estar en vías de rápido progreso. Las casas son un tanto raleadas, pero algunas modernas y hasta elegantes: notamos con placer que se ha dado importancia a la instrucción pública: el edificio escolar es uno de los mejores.
A la salida del pueblo el camino, que sigue aproximadamente el curso del río Iguazú, que no vemos, pues queda algo distante a nuestra izquierda, tiene un recorrido de unos veinte kilómetros a través de la tupida selva tropical. Es un breve trayecto en auto, pero de aquellos que no se olvidan por la novedad del ambiente. El hecho de encontrarnos por primera vez dentro de esos bosques enmarañados de lianas y de vegetación exuberante, que todo lo invade, todo lo sumerge, nos embargaba el espíritu de una sensación nueva, casi de asombro. Vimos árboles de todos los tamaños y de todas las formas: vimos varias orquídeas en flor y escuchamos el chillido de pájaros silvestres. A través del espeso follaje apenas si pasa algún rayo de sol: una sombra eterna y misteriosa reina allá abajo y el aire está impregnado de aromas.

Después de unos cuarenta minutos de marcha pasamos cerca del nuevo campo de aviación, logrado dificultosamente, limpiando hectáreas de floresta virgen, y, por fin, llegamos al Hotel de Las Cataratas. El elegante edificio en estilo suizo nos causó el más grato efecto por su ubicación y por ese "no se que" que denota a primera vista aseo y confort, lo que nos fue ampliamente confirmado en los cuatro días que allá quedamos: lo que más ponderamos fue el hecho de disfrutar de tantas comodidades en plena selva y tan lejos del más próximo centro urbano importante.

Un costado del Hotel Cataratas, Iguazú

Desde el hotel mismo, a unos centenares de metros y al centro del inmenso y grandioso panorama que nos rodeaba, tuvimos la primera visión de las cataratas. Sobre el verde obscuro de la vegetación asomaba la parte superior de las cascadas formando como una guirnalda inmaculada envuelta en blanquísimos vapores que resplandecían al sol. Era un anticipo de lo que debíamos ver, pero un anticipo que por sí solo era ya todo un espectáculo soberbio. Fue tal nuestro entusiasmo que no pudimos resistir a la tentación de ir en seguida a conocerlas más de cerca. Cruzamos el espacio abierto frente al hotel y nos internamos por un sendero en el bosque, llegando en breve a las primeras cascadas.

El salto Bozzetti, el de las Dos Hermanas, el San Martín y otros, nos llenaron de asombro y, diríamos casi, de pavorosa admiración, que llegó a su límite extremo, inexprimible, cuando al día siguiente, luego de haber cruzado en bote el río Iguazú Superior, visitamos la Garganta del Diablo. Esas enormes masas de agua, que se precipitan con ruido ensordecedor desde ochenta y más metros de altura en el profundo y misterioso barranco, cuyo fondo nos oculta la eterna resplandeciente'nube de agua pulverizada, causan tal impresión que conmueve y espanta. Allá abajo pasado el furor y las convulsiones de las caídas fantásticas, el río, como si nada fuera, reanuda su curso y muestra el cristalino espejo de las aguas mansas que fluyen tranquilas hacia su eterno destino. Las cataratas del Iguazú, las famosas cascadas del Niágara, en Norte América, de Kayeteur en la Guayana Británica y de Victoria en la Rhodesia, son consideradas las mayores del mundo por su grandeza y por su magnificencia: las cuatro son maravillas de la naturaleza, pero las del Iguazú son indiscutiblemente la primera: basta con recordar que tienen muchísimos saltos por una extensión de más de cuatro mil metros, o sea, dos veces y media las del Niágara, y que la masa de agua que cae desde 60 a 80 metros de altura se calcula en 172 millones de metros cúbicos por hora en la época de aguas crecidas y en 140 millones en la época de poca agua. Imagínese la inmensidad de fuerza que se podría obtener si se utilizaran con fines industriales.

De regreso

Los cuatro días de permanencia en las cataratas volaron literalmente: entre excursiones y distracciones no quedaba un momento libre: los veinte y siete turistas que formábamos nuestra compañía, estábamos continuamente atareados. Nos entretenían mucho cuatro amiguitos muy graciosos: eran dos perros y dos monitos, los que parecían comprender su obligación de colaborar para hacernos más grata la estadía. Los perros nos acompañaban en todas partes y los monitos nos entretenían con sus monerías: el "negro" daba la mano a cuanta persona se le acercaba y al mismo tiempo abría la boca en una sonrisa a su modo, muy cómica: pero bien es cierto que eran abundantemente retribuidos con golosinas.

Las cataratas desde un recodo del río. Una nube de polvo acuoso se levanta como una neblina, ocultando sutilmente las caídas. Hasta nosotros llega el bramido del río que se precipita entre las rocas, turbulento e inquieto, para recobrar, poco más adelante, su calma y deslizarse apaciblemente entre las riberas intensamente arbolada

Choza y horno misioneros en una picada del intrincado bosque

Tuvimos también oportunidad de visitar un refugio en la foresta, que nos permitió ver la obra caminera que la Dirección Nacional de Vialidad está realizando en aquellas apartadas zonas; no se trata por cierto de caminos asfaltados, pero el solo hecho de talar árboles y limpiar de maleza para abrir carreteras es un gran paso.
Llegó demasiado pronto el momento de decir un "adiós" a aquellos lugares hermosos. Bajamos otra vez a Puerto Aguirre al encuentro de la motonave "Guayrá" que había vuelto trayendo otro grupo de turistas. Saludamos al administrador del hotel, agradeciéndole las muchas atenciones, y a eso de las 18.30 empezamos el viaje de regreso.

Neblina en el río

Por la mañana siguiente, los que nos habíamos levantado temprano asistimos a un espectáculo curioso que se repite frecuentemente en esta estación y en esta zona. Durante la noche enormes masas de vapor ácueo semejantes a copos de algodón o a sutiles gasas, de una blancura inmaculada, parece se desprendan del agua elevándose lentamente hasta envolverlo todo en una neblina espesa que obliga al barco a pararse. Luego, con el salir del sol todo se va disolviendo y desaparece completamente. Nosotros perdimos ocho horas por esa causa, las que retardarán nuestra llegada a Posadas, que será de noche. Paciencia!

Atardecer nublado en el Alto Paraná. Los últimos rayos solares, filtrándose entre las nubes obscuras, ponen pincelarlas de luminoso oro sobre las tranquilas ondas

Otros puertos misioneros

Navegando río abajo, vemos ahora en buena parte lo que pasamos de noche en la venida: Taticuá y Puerto Eldorado, que es uno de los principales en esta zona. Esta riquísima colonia, situada en el departamento del Igua-zú y a 1.809 Km. desde Buenos Aires,cuenta con más de 4.000 habitantes, prevalentemente extranjeros. Es éste uno de los puntos de Misiones en el cual la agricultura alcanza mayor desarrollo, produciendo, sus tierras fértilísimas: yerba mate, tabaco, citrus, mandioca y maíz en grandes cantidades.

Puerto Eldorado, uno de los principales de la zona, situado en el departamento del Iguazú y a 1.809 Km. de Buenos Aires. Cuenta con más de 4.000 habitantes, la mayoría extranjeros. En esta región ha alcanzado la agricultura gran desarrollo, produciendo yerba mate, tabaco, citrus, mandioca y maíz. Un funicular pone en comunicación los depósitos con la ribera en donde atracan las embarcaciones

Desde Eldorado el barco prosigue pasando frente a varios puertos sin detenerse hasta llegar a Montecarlo, que visto de día parece menos abrupto que en las sombras de la noche.

                               

El Puerto Montecarlo, durante las operaciones, dejamos Montecarlo y nos dirigimos hacia de descarga Puerto Rico

Una hora después arribamos a Puerto Rico adonde había mucha carga. Aprovechando de la oportunidad algunos pasajeros bajaron, mejor dicho, subieron a tierra e hicieron un breve paseo en automóvil. Puerto Rico, a 1.741 Km. desde Buenos Aires, es otro importante centro agrícola, en el departamento de Cainguás. En un aserradero vimos a los peones descortezar enormes troncos de cedro, incienso y lapacho, medirlos y dejarlos deslizar barranca abajo para que, recogidos en el río y atados entre sí paralelamente, formen las jangadas,una de las tantas notas pintorescas del Paraná. También aquí se cultiva mucho el tabaco, y la población es prevalentemente extranjera.
Llega otra noche más de nuestro viaje: noche clara que el resplandor de la luna llena de luces plateadas. A medianoche llegamos a Posadas.

Patí-Cuá. Una especie de tobogán que permite bajar los frutos desde el depósito Puerto Rico, en el departamento de Cainguás, a 1.741 Km. de Buenos Aires
La motonave "Guayrá", atracada directamente en la ribera, vista desde la barranca de Puerto Rico Preparando una jangada de cedros, inciensos v lapachos en Puerto Laharragu

Otra vez Posadas

A las cinco de la mañana siguiente, antes del amanecer, ya estábamos todos de pie para trasbordar al "Iguazú". Las caras somnolientasy cansadas, especialmente las de las señoras, denotaban que aquella noche se había dormido poco. Pero tuvimos en compensación el espectáculo magnífico de la salida del sol, cosa insólita para nosotros habitantes de la gran ciudad, y por eso nueva y de una belleza fascinadora. Vimos el esclarecer paulatino del cielo, allá en el lejano horizonte, luego las primeras luces extenderse y acrecentarse con los más suaves tintes del amarillo, del rosa y del rojo y por fin el magnífico azul del cielo, cuando triunfante sobre las tinieblas, se asomaba el sol. Contribuía al encanto del cuadro la fresca neblina matinal que aumentaba y esfumaba los contornos de las cosas, dándonos la ilusión de un paisaje de ensueño. Pero con la misma rapidez con que se esfuma la neblina y el paisaje adquiere sus verdaderos contornos, se desvanecen también nuestros sueños de hadas y volvemos a la realidad, representada en este caso por un apetitoso desayuno, que nos reconcilia con la prosaicidad de la vida diaria; pero que nos da la fuerza, también, para seguir soñando, pues este viaje es un sueño.

Bajando por el Paraná

Hacia las ocho zarpamos en dirección a Corrientes a donde llegaremos mañana, empleando unas diez horas menos que a la venida, porque ahora viajamos con el favor de la corriente. En este tramo del viaje haremos de día más o menos la misma parte de recorrido que en la subida: por eso no repetimos nuestras impresiones. Pasamos otra vez por Ituzaingó y las rápidas de Apipé, llegando a Corrientes por la mañana muy temprano. Allí trasbordamos por última vez a la motonave "General Artigas", grande y lujosa, que nos llevará a Buenos Aires.

Vapor de la Linea Mihanovich "General Artigas" - Archivo Histarmar

Notamos en seguida una cantidad enorme de pasajeros: el barco está abarrotado, no hay un lugar disponible, hasta han tenido que preparar mesas en el hall de las cabinas, no siendo suficiente el amplio comedor. Salimos en seguida y a las dos horas ya pasamos frente a Empedrado, que casi no se ve desde el río, salvo el alto campanario en punta.

El ex Hotel Casino, de Empedrado, que estuvo abierto solamente ocho días. El monumental edificio abandonado, pone una nota triste en la alegría del paisaje

Un pasajero, que conoce bien este pueblo, nos informa que Empedrado es cabecera de departamento y cuenta con cerca de veinte mil habitantes y que es un lugar muy bonito ubicado entre jardines y naranjales. Es famoso por su clima suave tanto es cierto, que en sus alrededores se construyó la "ciudad de invierno" con su hotel Casino, un edificio grandioso frente al cual pasamos en este momento; pero que no tuvo suerte: quedó abierto sólo ocho días, luego fue cerrado... y con él terminó una ilusión. Desgraciadamente la vida tiene de estas sorpresas: el grandioso palacio, allí, imponente sobre la orilla del río, con esa arquitectura lujosa, pero con las señales del más completo abandono, es como un llamado a la realidad de la vida, a menudo muy distinta de lo que pensamos. Nuestro informante agrega que Empedrado tiene orígenes bastantes remotos, pues fue fundado a principio del 1700 bajo el nombre de Santiago Sánchez; fue destruido por los indios en 1739, luego reedificado, en 1826 tomó el actual nombre por el cercano río Empedrado.

Poco después del almuerzo llegamos al puerto Bella Vista. En este tramo del río la barranca correntina es sumamente hermosa, lo que justifica el nombre del lugar. La vuelta que da el barco para atracar al puerto nos permite ver el declive salpicado de blancas casitas de un bellísimo efecto. Y aquí viene al caso decir, para los que no tienen familiaridad con la navegación fluvial, que una de sus características, navegando río abajo, es de que el barco no atraca nunca directamente, sino que se aleja hacia la orilla opuesta, da una media vuelta, como si tuviera que volver atrás y luego atraca, contra corriente. Y cuando reanuda la marcha completa el círculo para retomar su rumbo río abajo. Esta maniobra se repite en todas las paradas.
El puerto de Bella Vista está constituido por un dique flotante de cemento, muy cómodo y práctico: hay mucha actividad, lo que denota la riqueza de la zona. Allí cargamos una cantidad grande de cajas de naranjas; no faltó la oportunidad de gustar algunas: eran magníficas. Unos chicos ofrecían estos sabrosísimos frutos a diez centavos la docena.

Puerto de Bella Vista, en uno de los departamentos más importantes de Corrientes, fundado en 1825, cuenta con 22 mil habitantes
 

Bella Vista es uno de los departamentos más importantes de la provincia de Corrientes, y cuenta con 22 mil habitantes: fue fundada en 1825.
Después de casi una hora reanudamos el viaje hacia Puerto Lavalle, adonde llegamos alrededor de las 17. Volvemos a ver, esta vez de día, el amplio dique flotante de madera y cemento, una verdadera estación con sus depósitos y oficinas. Las pocas casas, que constituyen el pueblo, se ven en lo alto de la barranca entre naranjales.

Escena de actividad sobre el muelle flotante de Puerto Lavalle, construido con cemento v madera

Seguimos el viaje y al atardecer llegamos a Goya. Como en la venida se arrimó a nuestro barco el vaporcito que trae y lleva los pasajeros y las mercaderías para Goya.

Gente de Goya

Pero esta vez la estada fue más agitada, pues a bordo teníamos un personaje político, al parecer muy popular, el cual fue recibido con ruidosos aplausos por muchas personas apiñadas en el barquito de Goya, que denotaban de este modo su entusiasta fervor partidario . . . y patriótico.

Pero lo que nos llamó más la atención fue un muchacho del pueblo, de tipo guaraní o mestizo, el cual llevaba un amplio sombrero de alas enormes, que dejaban en la sombra la cabeza y la espalda: por lo demás era casi harapiento: el sombrero, mejor dicho, el casi paraguas, era negro y limpio: parecía que ese muchacho hubiese sacrificado todo al sombrero ... y estaba en silencio, presenciando la estrepitosa escena de los políticos, en una actitud entre indiferente o ... mística, como de cosa que estuviese más allá de su mundo. Y quizás si no fuera el más cuerdo! Por fin con la salida del barco, nuestros oídos terminaron de sufrir: los gritos de "viva" y "viva" se iban amortiguando en la lejanía a medida de que el barco marchaba.

De vuelta a Rosario

Caía otra noche, otra bellísima noche del río Paraná: Se han descubierto a bordo varios artistas, entre los cuales una soprano paraguaya, que va a completar sus estudios en Buenos Aires, un virtuoso del "armonium" y un bailarín zapateador, además de dos pianistas: así que nos entretuvimos hasta altas horas.

Un rincón de los muelles del puerto de Paraná, la bella capital de Entre RÍOS, una dle las más hermosas y progresistas ciudades argentinas que cuenta con 65 mil habitantes. En segundo término los automóviles de alquiler esperan a los pasajeros que arribarán con el barco. La hilera de árboles frondosos pone una nota cordial y apacible. El día, un poco nublado, envuelve las cosas en su tenuísimo manto grisáceo

Otro sector del puerto paranaense; sus amplios galpones, los edificios y las grandes grúas dan una idea de su importancia ya que concentra la intensa actividad de una rica zona entrerriana.Hacia el fondo aparece el dique seco en donde se reparan embarcaciones de poco calado

Al día siguiente, a eso de las once, llegamos a Paraná, la bella capital de Entre Ríos, magníficamente ubicada sobre la alta barranca. No vamos a describirla porque es harto conocida: recordamos solamente que es una de las más hermosas y progresistas ciudades de la Argentina y que sus 65 mil habitantes están a la vanguardia por su cultura y sus actividades. Salimos de Paraná en las primeras horas de  latarde y ya entrada la noche llegamos, por fin, a Rosario.

Se nos ocurre una observación y es que de todos los puertos que hemos tocado el único situado sobre la orilla derecha del río es Rosario. Miramos el mapa y vemos que efectivamente de este lado del río no hay puertos importantes, sacando Santa Fe y Barranqueras; pero los dos no están directamente sobre el río y como tienen de frente, en la orilla opuesta, Paraná y Corrientes, parece convenga excluirlos del itinerario directo Buenos Aires-Asunción.

En Rosario prácticamente el viaje había finalizado, pues parte de nuestros compañeros bajaron: saludos efusivos y promesas de "hasta pronto" es lo que, no sin emoción recordamos, de aquella noche.

Ultimas horas a bordo

A eso de las veinte el barco se adentró en la obscuridad del río. El aire fresco invitaba quedarse en los salones, que fueron muy animados hasta muy tarde, con gran desesperación de los que, ya acostados en sus camarotes, deseaban descansar tranquilos. Al otro día nos despertamos ya en pleno Río de la Plata, inmenso como un mar, con a la vista el litoral bonaerense que parecía como un delgado ribete gris en el horizonte.
Todo el mundo ya está de pie y atareado en los preparativos de la llegada. En los pasillos y vestíbulos se van amontonando valijas, bolsas y demás equipajes en pintoresco desorden: abundan los baúles y las valijas cuyos costados están literalmente tapizados de etiquetas multicolores: etiquetas de compañías navieras y de hoteles de los más heterogéneos países, que nos recuerdan viajes anteriores: París, Roma, Londres, Biarritz, Venecia, El Cairo pasan en nuestra memoria como una fantasmagórica evocación de días felices, que esperamos vuelvan pronto.
Ya se dibuja, imperceptible, allá lejos, entre la bruma matinal, el perfil de nuestra Buenos Aires, perfil que, a medida que nos aproximamos, se va haciendo más evidente en sus detalles y colores.

Llegando a Buenos Aires, la proa del barco entila el canal. Esfumada entre la niebla matinal aparece el perfil de la incomparable ciudad del Plata. Humaredas fabriles llenan el horizonte, los remolcadores cruzan el estuario, más lejos se divisan los imponentes puentes del Riachuelo

Una hora más tarde tocábamos tierra y después de la consabida visita en la aduana, adonde en honor de la verdad, fuimos atendidos con toda corrección, subimos al auto que nos llevaba a casa a los quince dias exactos desde nuestra partida. El viaje ha terminado y, como toda experiencia de esta naturaleza, deja el fruto de una serie de enseñanzas, cuales ningún libro, ningún discurso, ninguna foto pueden dar mejor.

El viaje hasta el Iguazú, mientras nos dio descanso y deleite, nos proporcionó la oportunidad de conocer, aunque fuera superficialmente, una de las zonas más atractivas e interesantes de nuestra patria, cual es la gobernación de Misiones. Pero lo que hemos visto es suficiente para convencernos de la importancia de esa región en el cuadro general de la economía argentina: por la excelencia de su clima, por la fertilidad de su suelo es, lo que llamaríamos, una realidad de éxito en potencia.

Como conclusión plácenos referirnos a los conceptos vertidos por el Ing. Agr. A. C. Muello, que sintetizan las posibilidades del territorio de Misiones: "Este es, en la actualidad, esencialmente yerbatero y su riqueza prevalece, después de que la explotación de los bosques ha dejado de ser su principal especulación, a la que le ha llegado ya la hora para que se dicte una ley protectora de este filón tan importante, con una producción de más de 61 mil toneladas de yerba (1929). Como es dable apreciar, no obstante la exuberancia del medio y la multiplicidad de aplicaciones y variedad de cultivos que pueden hacerse en sus ricas tierras, predomina la censurable práctica de la monocultura como en otras regiones del país. Las plantas industriales que se adaptan maravillosamente, y que hasta ahora han alcanzado un discreto desarrollo, son: el tabaco, la mandioca, la caña de azúcar, el arroz, el maní, el algodón, el tártago, el ramio, el cáñamo, el café, etc., y entre los frutales: los citrus, el banano, el mamón, la ananás, etc.

La fecundidad del suelo misionero es tal que el colono instalado en su rústica pero cómoda vivienda, construida con los elementos del lugar, no necesita mayor esfuerzo para vivir con holgura y aún para independizarse en pocos años". Y cerramos estos últimos conceptos del Ing. Muello, reconociendo que el territorio de Misiones ofrece las más amplias posibilidades tanto económicas como estéticas.
FIN

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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